De Orihuela a Alicante…

Orihuela (Alicante), 1966
Aquella fría y soleada mañana de otoño esperaba que llegase la hora de irme al cole sentado al sol junto a Mariquilla, mi linda gatita blanca y negra. Mientras, miraba y remiraba uno de mis más preciados juguetes de kiosco: Un cosmonauta en plástico inyectado blanco, con una cápsula amarilla transparente como casco. Medía unos 7 centímetros, aunque a mí me parecía enorme, entonces. Como todo lo que se va a contar aquí a partir de ahora, esta es una escena totalmente verídica. Me llamo Juan Pedro, por cierto. Juanpe para los amigos.
Al tiempo que examinaba el diminuto astronauta, recordaba como lo había conseguido, podría decirse que haciendo un pelín de trampa. El día anterior había sido el cumpleaños de don Carmelo, mi primer profesor en El Oratorio Festivo de Orihuela. El joven maestro quiso celebrar su aniversario repartiendo entre sus alumnos una baratija de kiosco, una canica o una golosina. Durante la clase, pasó mesa por mesa con una bolsa transparente conteniendo aquellos codiciados tesoros, y los chavales nos turnábamos para meter la mano en ella, cerrando los ojos para coger un objeto al azar.
Cuando por fin me llegó la vez, vi claramente el cosmonauta a través del plástico y en seguida decidí que tenía que ser mío (el proyecto Mercury había puesto muy de moda toda la parafernalia espacial), así que calculé el ángulo y la distancia apropiados para hacerme con el preciado juguete y me dispuse a meter la mano en la bolsa. Como podéis ver, con gran éxito (aunque también con un punzante sentimiento de culpa que aún hoy en día experimento al mirar el pequeño astronauta). Esta figura de plástico inyectado fue una de las primeras baratijas de kiosco que poseí en mi vida. Aunque yo la conseguí de esta forma tan estupenda, solían tenerla a la venta los piperos de la época, propietarios de pequeños puestos ambulantes que fueron los precursores de los kioscos (aunque algunos simplemente acarreaban el género en capazos de esparto).
No querría pasar por alto la primera chuche que recuerdo. No la compraba en el kiosco, sino que la confeccionaba mi propia madre, cuando hacía flanes en casa. Vertía la mujer una fina capa de aceite sobre el mármol, y sobre el aceite, un poco de azúcar caramelizada, aún fundida y caliente. El aceite era para que la fina lámina de caramelo se pudiera despegar con facilidad, una vez se hubiera enfriado. Mientras aún estaba fundido, dejaba caer sobre el caramelo un palillo, así que, una vez endurecida, disponía de una sabrosa piruleta casera. Lo que no hagan las madres por sus caprichosos hijos…
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«Con blancas y azules rayas de mi textil envoltorio voy y vengo con alegría al Oratorio»
Durante los años 60 y parte de los 70, la típica bata de rayas azules con cinturón y botones nacarados distinguía a los alumnos más pequeños en el colegio. Aquel día yo llevaba en el bolsillo de la mía una de aquellas pequeñas lupas de plástico que se vendían en los kioscos. Esa misma mañana descubrí el poder incendiario y destructor de los cristales de aumento: En la cuesta de San Miguel, un señor mayor que descansaba sentado en uno de los quitamiedos de hormigón del borde del camino nos mostró cómo, concentrando la luz del sol en un pequeño punto brillante sobre la calca negra de una quiniela, el insospechado poder de la lupa podía hacerla arder como una tea. Evidentemente, a la quiniela le siguió toda una retahíla de víctimas propiciatorias que probaron el mordiente poder de la lupita: una hormiga, algunos pulgones, mi mano, y la cartera del cole, que se quedó marcada para los restos con un lunar negro en su piel correosa.

Vista de Orihuela.
ANTONIO PASSAPORTE
La figurita de plástico inflado de Conguitos es otro de los recuerdos que me vienen a la memoria cuando pienso en aquellos primeros años de colegio. Y todo gracias al que años más tarde se convertiría en mi cuñado. Cuando el chico visitaba a mi hermana, la cosa siempre terminaba igual: Mi madre me colocaba en medio de los dos novios, en el sofá, mientras ella se ausentaba para hacer algún recado, asegurándose de que hubiera una barrera efectiva (en forma de niño hosco) entre los pichoncitos. Pero mi futuro cuñado siempre guardaba un as en la manga: tan pronto mamá salía por la puerta, se sacaba una bolsa de Conguitos, de aquellas blancas y anudadas con un hilo, del bolsillo. Y a petición de la parejita, me levantaba del sofá con mi bolsa de Conguitos, para disfrutarla en otro lugar más discreto, dejando a los tortolitos a lo suyo.
Con el tiempo, aquellos deliciosos cacahuetes recubiertos de chocolate ya no me parecían suficiente tributo para abandonar mi puesto de vigía malhumorado, así que mi perspicaz casi-cuñado se proveyó de unas figuritas de plástico inflado de Conguitos con lanza y hueso practicables. Salté del sofá como un resorte, dejando a la pareja en su dulce arrullar mientras me dedicaba a quitarles y ponerles las lanzas y los huesos sin parar a aquellas bonitas figuras en un lugar más discreto. Así es como aprendí, de bien pequeñito, lo rentable que puede ser el mirar para otro lado en algunas ocasiones. ¡Eso, y que el amor no conoce barreras!
En mis primeros años en Orihuela, donde nací, tiempo y libertad era lo que me sobraba para corretear sin fin por sus travesías y callejas. Y todas las tardes acudía sin faltar, corriendo con desespero por el callejón de las flores, a la puerta del almacén donde trabajaba mamá seleccionando frutas. Allí me plantaba para ver si mi madre ya había terminado la jornada y podía volver a casa conmigo. La respuesta de sus compañeras de trabajo era invariablemente la misma:
—¡Cuando salgan las estrellas, también lo hará tu madre, Juan Pedro! — me decían cariñosamente aquellas mujeres, imagino que enternecidas por ver a aquel mocoso de cinco años preguntando por su mamá. Y venga a mirar el cielo, a ver si salían las dichosas estrellas… Si era una tarde de otoño, cuando en seguida se hacía oscuro, contemplaba alborozado la aparición de las primeras y allí que me plantaba otra vez, delante del portón del almacén:
—«¡Mamá, que ya han salido las estrellas!» —gritaba, y la consabida respuesta de alguna compañera de mi madre no tardaba en llegar: «¡Que tienen que salir más, muchas más!»
¡Menuda faena! O sea, que no era suficiente con que saliesen unas cuantas estrellas, habían de salir aún muchas más antes de que a mamá se le permitiese salir del trabajo… Por suerte, la soledad era menos con Mariquilla a mi lado. Era mi compañera de fatigas, por decirlo así. De hecho, mamá nunca salía sola del almacén: si no le acompañaba yo, era la gata quien lo hacía, ya que de alguna instintiva manera sabía exactamente cuándo era el momento de ir a recoger a mi madre al almacén de manufacturas… Quizás ella entendiese mejor que yo el tema de las estrellas, aunque nunca me lo llegó a explicar, claro. Me imagino que tenía una percepción del tiempo más precisa que yo entonces.
Aquellos primeros años de niñez me evocan repique de campanas y aroma a higos y azahar, huerta lejana y silencio… Bueno, silencio sólo cuando dejaba de girar la rueda del molino donde fabricaban el pimentón, justo al lado de casa. Tantos recuerdos infantiles que quedaron sobre los fríos escalones de mi portal en la travesía de La Paja, junto a la gata Mariquilla…

Barrio Virgen del Remedio.
AMA
Todo aquello me fue arrebatado bruscamente cuando me trajeron a Alicante poco antes de cumplir los 7 años. Por circunstancias de la vida, debíamos trasladarnos a la capital, donde mamá, tras enviudar, decidió que nos mudásemos, buscando sin duda una vida mejor para todos nosotros.
Por aquella época, Mariquilla se había enamorado perdidamente de un gato de nuestra misma calle, tuerto para más señas. Mi madre siempre decía: «Desde luego, ya dicen bien que el amor es ciego. ¡Con lo guapa que tú eres, y menudo novio más feo te has echado!»… La cuestión es que la mudanza era inminente, y mi familia pensó que la gatita no se adaptaría a la vida en un piso, y menos en una gran ciudad como Alicante. No conocía más mundo que aquella bonita barriada de Orihuela; ya tenía su vida hecha allí ¡y hasta pareja!, así que los vecinos se quedaron a su cargo, y nosotros emprendimos nuestro camino hacia un futuro esperanzado en la ciudad.
Cuando meses después volvimos a Orihuela de visita, nuestros vecinos, compungidos, nos informaron de que Mariquilla había muerto, la pobrecilla. Tras nuestra marcha, no quiso aceptar ningún alimento, y se pasaba el día y la noche en los escalones de casa, maullando desesperadamente… Nunca olvidaré a la gatita blanca y negra que fue mi compañera de juegos y aventuras y sin duda un miembro más de la familia. Jamás he vuelto a tener otro gato.
Tampoco se me olvida que hicimos el viaje a Alicante en un Citroën DS, más conocido como «Tiburón», supongo que por su forma aerodinámica (que se asemejaba ligeramente a un escualo, poniendo bastante imaginación, claro). La forma de bajar y subir el chasis al detenerlo o ponerlo en marcha me parecía pura magia. Para mí, era el Coche Fantástico del final de la década de los 60.
Las viviendas para emigrantes y trabajadores de base que conformaron los diferentes barrios se construyeron al norte de la ciudad. El mío se llamaba —y se sigue llamando— Virgen del Remedio. Tan extenso, que se dividía en zonas norte y sur, con sus correspondientes mercadillos municipales: la plaza-mercadillo Argel, y el mercadillo de la zona oeste. Viví primero en la zona norte y más tarde en la zona oeste, pudiendo disfrutar así del barrio al completo… Es en este entorno donde se desarrollaron todas mis idas y venidas a los kioscos, de las que vais a ser, de alguna manera, testigos.
Los kioscos que conocí entonces no eran como los de ahora: el humilde pipero instalaba todos los días en la misma esquina de cualquier calle transitada un carro largo con base de madera y dos enormes ruedas. De los extremos salían dos asas o agarraderas que el hombre utilizaba para tirar de él. Encima de la tabla exponía el tabaco, las cerillas, pipas, chicles, baratijas, cromos, estampas, etc. La única y significativa ausencia en estos carros eran los periódicos y revistas.
Por tanto, en aquella época, conocíamos lo que ahora llamamos kioscos como carritos. «Me voy a comprar al carrito», decíamos. No pasó mucho tiempo antes de que, a aquellos carritos que acostumbraban a instalarse todos los días en el mismo lugar, se les acoplase encima una especie de caseta con ventanas laterales y apertura en el frontal. A pesar de tener ya apariencia de kioscos, muchos los seguíamos llamando carritos, por la costumbre.
Así pues, a partir de este momento, nos situamos en el alicantino barrio Virgen del Remedio, a finales de los años 60…
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¿Quieres verlo?

La primera baratija de kiosco que algunos guardamos en nuestra memoria, y la que da comienzo a esta historia de barrio, descampados y kioscos… Estos cosmonautas tan populares entre los niños de cierta época se fabricaron en tres posturas distintas, y en varios colores (blanco, rojo, verde, azul y amarillo), así como con diferentes cascos acampanados (azul, rosa, amarillo y transparente). Ignoramos qué empresa se encargó de la fabricación de este entrañable astronauta, aunque se cree que pudiera haber sido ESJUSA (Española de Juguetes, S.A.), los productores de las series Montaplex.


Los popularísimos y entrañables Conguitos llevan ya con nosotros más de 50 años. Fueron creados por el confitero Federico Díaz Martínez y registrados en 1963. La reciente independencia del Congo belga inspiró la creación de la famosa mascota (de la mano del diseñador Juan Tudela Férez), que ha llegado a nuestros días a través de sucesivas transformaciones, como la sustitución de la lanza por un pulgar aprobatorio. Algunas de sus promociones causaron furor entre los chavales de principios de los 70, como la colección de trenes o la de coches clásicos, que venían de regalo en las bolsitas. A partir de 1987, la empresa pasó a formar parte de Lacasa S.A. La figura que podemos ver sobre estas líneas es de plástico inflado blando, incorporando un pito de lengüeta en su base.

Estas simpáticas lupas de plástico fueron uno de los clásicos del kiosco durante mucho tiempo. Venían rellenas de los inevitables anisitos de colores, y a pesar de su discutible efectividad como lente de aumento, nos proporcionaron entretenimiento sin fin. Con ellas descubrimos que podíamos concentrar la luz solar en un punto minúsculo y hacer arder los más variopintos materiales, además de convertirnos en Sherlock Holmes de barrio cuando convenía resolver algún misterio…

Dos clásicos más de aquellos años: Pipo, el niño fumador y la cámara de resorte. Ni que decir tiene que el primero sería absolutamente impensable hoy en día. A Pipo se le colocaba uno de los cigarrillos mágicos que incorporaba, encendido, y él solito se lo fumaba, exhalando aros de humo como un auténtico profesional del pitillo. La cámara, fabricada por PSE (Plásticas Santa Elena, de Ibi), sigue siendo un clásico en las ferias de hoy en día. PSE, fundada en 1967, también produjo los famosos tentetiesos Din Don y menajes de cocina para niñas.

Otro de los más antiguos recuerdos de nuestra infancia, los plumieres artesanales de madera decorada. Nuestros primeros estuches escolares, con llave y todo. El olor de aquellos plumieres es algo que no se olvida: a lapicero, madera y goma…
La tartana fue el objeto cotidiano en el que se inspiró uno de los pioneros alicantinos para sus primeras creaciones jugueteras: en 1905 Rafael Payá otorgó a sus cuatros hijos en escritura pública su hojalatería de Ibi. Años después esta empresa se convertiría en Payá Hermanos. Esta tartana de hojalata representaba claramente la época en la que fue fabricada y, de alguna manera, también la cultura histórica del momento. En los años 60 se dejaban ver todavía en el kiosco tartanas de plástico, al igual que, de vez en cuando, también por las calles de algunas ciudades, como por ejemplo el tiro de caballo con la cuba de agua (el aguador), que acercaba el agua a las casas en muchos municipios hasta mediados de los 60, debido a las pobres infraestructuras de agua corriente existentes.

Esta trompetita con pito de lengüeta también fue habitual en los kioscos desde principios de los 60. La técnica del soplado del plástico en un molde hembra, o inflado, fue muy utilizada en la fabricación de baratijas en aquella época.


Este triciclo Rin de la casa Vercof combinaba una figura confeccionada con uno de los primeros plásticos duros o de pasta y el triciclo metálico. Funcionaba a cuerda, y las ruedas, al girar, accionaban un mecanismo que hacía que el timbre trasero sonase y girase al mismo tiempo, creando un bonito efecto visual a causa de su diseño gráfico.
El juego de la Taba es uno de los más antiguos que se conocen, y ya se jugaba en la Gracia clásica, como un juego de azar. Originalmente las tabas eran unos huesecillos que se extraían de las patas traseras de algunos animales, preferentemente de los corderos pero, como podemos ver en la imagen, con la llegada del plástico en los 60, se fabricaron de este material, y en colores diversos, aunque conservando su forma original. Existen diferentes reglas de juego, dependiendo de la zona.

Probablemente las primeras chuches que todos recordamos son aquellas que venían de la mano de las festividades locales. En Semana Santa los nazarenos te llenaban los bolsillos de caramelos como los de arriba a la derecha, de multitud de sabores. A la izquierda, bolas de San Antón, un dulce que se elaboraba en la calle Arriba de Orihuela, calle en la que vivió Miguel Hernández. Deliciosos caramelos aromatizados con esencia de bergamota… Y cómo olvidar el tradicional regaliz de palo o palulú, que aún podemos encontrar en las ferias de hoy día. Horas mascando y, al día siguiente, rehidratándolo para seguir mascando…


Este bonito álbum de cromos de la editorial Fher estaba basado en una exitosa serie inglesa de ciencia-ficción protagonizada por unas sofisticadas marionetas, cuyo nombre original era Thunderbirds. En nuestro país se estrenó en 1966, fecha de la que data el álbum que vemos arriba. Rápidamente se convirtió en una serie de culto entre el público infantil, que disfrutaba con los 5 magníficos Thunderbirds y los esfuerzos de la familia Tracy, afincada en una isla del Pacífico, para acudir al rescate de quien pudiera necesitarlo. Todo ello sucedía en 2026… Debajo de este texto podemos ver un sobre de cromos, y su valor: 50 cts. de peseta.
