Prólogo

Un maestro es alguien que tiene algo para enseñar, pero además, lo enseña

Estanislao Antelo

Hablar de oficios en tiempos de profesionalización y especialización de los mercados laborales y académicos puede sonar a reivindicación nostálgica. Puede ser. Ahora bien, conociendo a Jordi Planella estoy seguro de que hay más de reivindicación que de nostalgia. Posiblemente, en la eterna discusión entre arte y ciencia, los discursos pedagógicos actuales han virado hacia aproximaciones tecnocientíficas, han incrustado en su lenguaje innumerables conceptos con la única pretensión de explicar lo inexplicable, de dotar de certeza aquello que juega con la incertidumbre, e incluso de cosificar lo que es fundamentalmente un acto humano. He aquí un texto que puede otorgar un valor diferente a algunas cuestiones fundamentales para las profesiones sociales y educativas. Y, además, con la manifiesta intención de sumar en torno a los procesos de profesionalización de algunas ocupaciones en los últimos tiempos. En el caso de la educación social, matriz desde la que Jordi Planella aporta experiencia y práctica, hemos asistido en los últimos veintitantos años a un necesario recorrido profesionalizador que ha supuesto avances en la formación, en la investigación y en el reconocimiento de una actividad. Esto no es óbice para señalar que en el camino se hayan producido pérdidas inevitables, a la vez que abandonos innecesarios. Es por ello por lo que no existe contradicción en hacer emerger el oficio sin que eso signifique renunciar a los aportes de la profesionalización del educador social. Y más aún si ese oficio se asienta en el reclamo y en el requerimiento de incidir en lo pedagógico, de reflotar y contagiar del acento educativo las prácticas de la educación social.

Sin duda, los territorios de lo pedagógico se resienten de los ímpetus didácticos del aprendizaje, de la (parece ya) inevitable y continua correlación entre educación y mercado laboral, de las urgencias legislativas de las políticas educativas y de un sinfín de acometidas que tan solo generan acciones superfluas, ahuyentan el compromiso y suscitan más de una dimisión pedagógica. Ante semejante paisaje desértico, textos como este pueden ser catalogados como “textos-oasis”, en tanto ofrecen descanso y alimento en el desierto, provocando briznas de esperanza o, al menos, un cierto y merecido reposo que permita seguir la travesía.

Y todos los textos llevan la impronta de su autor. Incluso aquellos que quieren o dicen querer evitarlo. En el caso que nos ocupa, inconfundiblemente se palpa su huella. Eso, sin duda, obedece a la pasión por un campo de estudio, a la necesidad de bucear sin descanso en los libros, las palabras y las conversaciones, al ímpetu de la propuesta y al compromiso con su transmisión. De la misma manera, es ahí donde se pueden también reflejar aspectos constitutivos del oficio de educar, desde la inclusión de un otro que está presente, sin el que es imposible entonces hablar de acto educativo, hasta el intento constante de habilitar oportunidades, espacios y tiempos que permitan a ese otro habitar el mundo; pasando por un intenso ejercicio perseverante de preguntar y preguntarse, de pensar y repensarse. En definitiva, una insistente manera de seguir haciendo pedagogía (al estilo de Durkheim). El lector va a encontrar en este libro palabras que le permitirán recordar otros textos del autor; no obstante, a ellas se van a sumar otros recorridos que forman parte de la continuidad que Jordi Planella otorga a la lectura y al estudio de nuevos textos que uno siempre se pregunta de dónde han salido y dónde los ha podido encontrar. Así, junto a lugares comunes en su bibliografía encontramos aportaciones que permiten nuevos encuentros con la educación, ya sea desde la pedagogía, la filosofía, la antropología o la historia.

En muchas de las conversaciones mantenidas con el autor de El oficio de educar se han puesto de manifiesto diferentes maneras de entender la educación, puntos de vista dispares sobre los ejes fundamentales de las prácticas educativas, e incluso discrepancias enraizadas en distintas tradiciones pedagógicas, lecturas y maestros. Pero, pese a ello (o precisamente por ello) han sido siempre conversaciones fructíferas y apasionadas, con una repercusión interesante en quehaceres comunes de creación y producción. Este libro va a permitir(me) seguir con ese interés compartido de discusión, diálogo y conversación acerca de la tarea apasionada y apasionante de educar. Entonces… que así sea.

Segundo Moyano