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Un poco de delicadeza en un mundo de brutos

La noche americana

En Estados Unidos, no se juega con el amor y todavía menos con el sexo. Como prueba de ello se encuentra la lista increíble, insólita y a veces surrealista de lo que prohíbe la ley en algunos Estados. Por fortuna, estas leyes sólo se aplican excepcionalmente, salvo cuando los infractores mantienen relaciones en lugares públicos o con menores.[1]

Desde 1999, está prohibido vender consoladores y otros juguetes sexuales en Alabama. El vendedor se expone a un año de trabajos forzados y a diez mil dólares de multa. En Georgia es peor: vender o utilizar objetos sexuales es ilegal.

Las leyes antisodomía se observan en varios Estados, como Pensilvania, y no sólo contra los homosexuales o los que negocian con animales...

La felación también está castigada. Si una pareja mantiene relaciones orales en la intimidad, está infringiendo las leyes de Maryland y de Pensilvania, salvo si están casados. En Louisiana o en el Estado de Washington esta excepción desaparece, porque incluso estando casados está penado. En Virginia, una mujer puede negarse a masturbar a su marido y a hacerle una felación, dado que se considera «delito».

La fornicación tampoco es totalmente legal en Florida, Minnesota o Georgia, ya que, en principio, implica mantener relaciones sexuales con una persona casada, aunque puede aplicarse a las parejas de hecho.

La zoofilia es ilegal en la mayoría de los Estados, y resulta divertido comprobar que en esta práctica se incluye el sexo con aves, peces y animales de caza.[2]

En Estados Unidos, el amor ha perdido su aire festivo. Algunas revistas aconsejan a sus lectores hacer firmar un consentimiento a las chicas que conozcan una noche, por si al día siguiente a estas se les ocurriera denunciarlos por violación. Algunas universidades preconizan el «contrato sexual», donde se explicita lo que ambas partes admiten como juegos amorosos. Los profesores reciben a sus alumnos dejando la puerta abierta, por si a algún estudiante contrariado se le ocurriera denunciarlos por acoso sexual. Cuando las extranjeras que llegan a un campus americano todavía no han dado diez pasos, ya les han dado una lista completa con las asociaciones a las que deben dirigirse en caso de acoso o violación. Incluso la mirada levanta sospechas. Los hombres no se atreven a mirar con insistencia a una mujer, porque pueden verse sometidos al oprobio general, incluso a la denuncia judicial. El feminismo radical americano no es ajeno a esta «judicialización» de la sexualidad. Como explica la filósofa Élisabeth Badinter en Fausse route (Mal camino), un mordaz y valiente análisis de la evolución del feminismo y de las relaciones entre hombres y mujeres: «[Según las feministas americanas radicales] las mujeres son una clase oprimida, y la sexualidad es la raíz de esta opresión. La dominación masculina se basa en su poder para tratar a las mujeres como objetos sexuales. Este poder, que se remonta hasta el origen de la especie, probablemente se inició con la violación. [...] El veredicto resulta inapelable: se debe obligar a los hombres a cambiar su sexualidad. Y para ello, se deben modificar las leyes y recurrir a los tribunales».[3]

Afortunadamente, no todas las feministas son tan extremistas, no todas preconizan la separación de ambos sexos o la transformación del hombre y de su sexualidad. La mayoría, al contrario, defiende el acercamiento y una mejor convivencia, siempre y cuando los hombres acepten compartir sus privilegios y participar de manera equitativa en las tareas del hogar. Es evidente que queda mucho por hacer.

Siempre se dice que Europa lleva diez años de retraso con respecto a Estados Unidos. Así pues, ¿cabe la posibilidad de que las relaciones amorosas se degranden hasta ese punto? ¿Sería posible que hombres y mujeres se perdieran por el camino? Podemos partir del hecho de que las feministas han hecho mucho por las mujeres, y que muchos de los reajustes eran esenciales, justos y equitativos. Pero, por una vez, pongámonos en la piel de los hombres y adoptemos su punto de vista (en la versión destinada a los hombres,[4] también nos pondremos en la piel de las mujeres para explicar y defender el punto de vista femenino).

Algunas nuevas leyes europeas o experiencias locales son para preocuparlos: la ampliación del delito de violación o de acoso sexual (con la obligación para los hombres de demostrar que no son culpables), la penalización de los clientes de la prostitución, etc. En sólo dos generaciones, han visto cómo su imperio se derrumbaba en el ámbito social e íntimo, hasta el punto de que algunos temen convertirse en «hombres objeto» (una pesadilla...). De hecho, en el amor también se han puesto en peligro todos los equilibrios. Con la doble arma de la contracepción y de la interrupción voluntaria del embarazo, las mujeres han adquirido el derecho de decidir sobre su maternidad. Y, gracias al trabajo y su independencia económica, han podido plantearse el divorcio o la separación. Aparte de esto, sus enormes exigencias han generado una gran ansiedad en su alter ego masculino. Ahora demandan un hombre fuerte, pero no demasiado «macho»; un hombre tierno, pero que no sea un pelele; un hombre que las haga reír, pero sin exceso; un seductor, pero que no las ponga celosas; un hombre que las respete y que las excite; que les dé seguridad, pero que las sorprenda. En pocas palabras, quieren seguridad y sentimiento, confianza y reciprocidad, con una buena dosis de humor y sensibilidad; es decir, la cuadratura del círculo. Y otras reclaman incluso el derecho a la estabilidad –con un marido al que quieran– y a la pasión –con un amante elegido por ellas; en suma, una vida como la de los hombres. Todavía son pocas, pero ¿quién dice que en la próxima generación no los habrán alcanzado?

Todo ello quizá explica la reacción vengativa de algunos machos heridos en su amor propio. ¿Quieren igualdad? Pues la tendrán. Que empujen el carrito de la compra solas, que se abran la puerta ellas mismas, que se las apañen sin hombres, ya que incluso pretenden tener hijos solas (mediante inseminación) y se compran sex toys (juguetes sexuales) sin complejos ni remordimientos.

Esta avalancha de cambios, comprendida, admitida, y considerada normal por ellos, los hace temblar y con razón. En este torbellino, los hombres se sienten desconcertados, un poco atrapados, casi perdidos. Sobre todo, son conscientes de algo que los perturba: se han convertido en el «eslabón débil» de la cadena. ¿Por qué? Porque siguen funcionando como siempre, a base de amor y admiración. Necesitan que las mujeres los hagan sentirse seguros y los pongan en un pedestal. Al menos, cuando llevaban el salario a casa y mantenían a la tribu, tenían la ilusión de ser héroes. Cuando las separaban de sus familias para casarse con ellas, eran príncipes azules. Pero ahora, ¿qué lugar ocupan? ¿Qué papel juegan que la mujer no desempeñe también?

Cada cual debe encontrar los puntos fuertes de su sexo. La diferencia constituye el motor del deseo y su abolición amenaza la libido e incluso el amor. Élisabeth Badinter cita en su libro este ejemplo caricaturesco pero verídico: en el entorno alternativo de Berlín o en Suecia, algunas feministas enseñan a los niños a orinar sentados en el inodoro para que no lo ensucien todo: hacerlo de pie se considera vulgar y provocador. Esta práctica no es nada divertida, pues algunos hombres la consideran una amenaza de aniquilación. Una más...

No quieren seguir siendo considerados como el sospechoso número uno, ni como criminales en potencia. Les gustaría poder expresar lo que sienten, siempre y cuando respeten a su compañera. Si muestran su admiración ante una mujer con la que se cruzan, no significa que sean patanes ni pervertidos. Si declaran su deseo o sus ganas de hacer el amor, no significa que sean animales libidinosos. Si tienen erecciones, es su naturaleza, y son incontrolables. Si las mujeres no se conciencian de esta realidad, los hombres corren el riesgo de ir allí donde nadie quería llegar: hacia una sexualidad higienista (por la pulsión) con profesionales o hacia aventuras de un día y una sexualidad conyugal muy limitada; es decir, hacia una disociación de sexo y sentimientos.

Las propias feministas americanas, al tener hijos varones, se plantearon la cuestión del lugar que les debían dejar, de la educación que debían transmitirles.[5] Mientras tenían delante a sus compañeros, por no llamarles adversarios, luchaban por la igualdad paso a paso; pero, al llegar los hijos varones, la afectividad entra en escena y también la idea de equidad. Niñas y niños deben recibir una educación específica, según su naturaleza y necesidades. Esto significa que no todos requieren la misma educación unisex y sería una injusticia no darse cuenta de la riqueza de ambos extremos. Ver solamente una representación, un solo perfil, constituiría un empobrecimiento del mundo y representaría la negación de la diversidad y de la riqueza de cada cual.

Diferentes pero muy complementarios

Por curiosidad, podríamos hacer un pequeño inventario de las diferencias habituales entre hombres y mujeres, naturalmente, con precaución. No todas las mujeres reaccionan del mismo modo, ni todos los hombres, afortunadamente. No existen reglas universales ni leyes psicológicas grabadas en piedra. Las mujeres pueden tener comportamientos supuestamente «masculinos» y a la inversa. El sentido de la responsabilidad, la agresividad, la violencia, el poder o la dominación no son en absoluto privilegio de los hombres, como tampoco la pasividad, la comprensión, la ternura, la amabilidad o la benevolencia lo son de las mujeres. Debemos renunciar a una visión angélica de las mujeres y a una diabolización de los hombres. Como escribe Élisabeth Badinter: «No existe una masculinidad universal, sino numerosas masculinidades, igual que existen diversas feminidades. Las categorías binarias son peligrosas porque eclipsan la complejidad de la realidad en beneficio de esquemas simplistas y limitados».[6] Mensaje recibido... Sin embargo, pensamos que la feminidad, aunque no se resuma en la maternidad –ni de lejos– conlleva comportamientos específicos. La psicóloga Yolande Mayanobe[7] está convencida de ello; por eso, empieza sus clases pidiendo a sus estudiantes que respondan espontáneamente a la pregunta «¿Quién soy yo?», con lo que normalmente comprueba que: «Los hombres se definen a través de lo que hacen, su profesión, el deporte que practican, los estudios que realizan, los proyectos... Las mujeres dicen su nombre, hablan de su situación familiar (esposa, madre de tantos niños, hija mayor, hija menor) y después se describen por su carácter (sensible, enérgico) o por su estado de ánimo (enamorada, feliz), algo que los hombres no escriben nunca. La mujer se refiere a su manera de ser y a la afectividad, mientras que el hombre se refiere a lo que hace y se siente hombre porque actúa».

Otra «diferencia de estilo» esencial, apuntada en esta ocasión por estudios de psicobiología, es que desde la más tierna edad se establecen unos modos de comunicación muy diferentes entre niñas y niños. Las primeras tienen un lenguaje «colaborativo» y los segundos un lenguaje de «confrontación», según expresa el psiquiatra Alain Braconnier.[8] Cuando hablan, las chicas utilizan fórmulas que expresan su acuerdo y marcan pausas para dejar hablar a los demás. Buscan un doble efecto: ser agradables y sociables, defendiendo al mismo tiempo su punto de vista enérgicamente. Los chicos interrumpen y reclaman más a su interlocutor, intentan dirigir el intercambio, quieren controlar la charla y, por encima de todo, afirmarse. En la adolescencia, y después en la edad adulta, estas diferencias siguen manifestándose a pesar de la fuerte atracción por el sexo opuesto.

La principal diferencia entre ambos sexos corresponde a la palabra (y a su uso) y de esta derivan todas las demás. Las mujeres viven más en el ámbito afectivo y en el intercambio de emociones, mientras que los hombres en la acción y el intercambio de información. Ellas se muestran atentas y sociables, ellos necesitan afirmarse y convencer, sobre todo en presencia de otros hombres, porque en ese caso se trata de proteger su estatus de «macho dominante».

En caso de conflicto, ellas se niegan a todo, incluso a hacer el amor, o bien explotan y expresan vehementemente sus emociones. Frente a esto, los hombres tienden a tomar distancia y no manifiestan sus sentimientos, porque sería una muestra de debilidad. De ahí la escalada simétrica en el silencio, la cólera e, incluso, la violencia. En el mejor de los casos, la crisis permitirá poner encima de la mesa lo que no funciona y reconciliarse después. En el peor de los casos, provocará resentimiento, alejamiento o ruptura.

Las emociones femeninas y masculinas suelen declararse de manera diferente, y querer ignorarlo puede provocar una catástrofe. Por el contrario, es posible apoyarse en ese hecho y utilizarlo como trampolín para comunicarse y para amarse, de ahí el interés de delimitar mejor estas diferencias.

« Julieta se va de compras en coche con Romeo. Él aparca sin problemas delante de la tienda. Se acerca otro coche, la conductora realiza un aparcamiento perfecto y Julieta dice a Romeo: «¿Has visto que dominio?» Él, molesto, suelta: «¿Por qué lo dices? ¿Acaso yo no sé aparcar bien?» Y ella responde: «No, cariño, simplemente quería decir que ella había aparcado bien, nada más». El tono sube y el conflicto toma proporciones exageradas. Julieta se enfurruña y se jura a sí misma que a partir de ahora «nanay del peluquín», y que más vale que Romeo se porte bien. Quince días después, Julieta sigue enfadada con Romeo, que le está haciendo reproches continuamente. Julieta consulta con su ginecólogo porque, en su opinión, su pareja está al borde de un ataque de nervios. Desde esta escena sin importancia no puede hacer el amor y el deseo se ha esfumado, debido a sus quejas permanentes y al rencor acumulado.

Esta historia verdadera ilustra a la perfección el desfase que puede producirse en las discusiones entre un hombre y una mujer. En el fondo, ¿qué pasó entre los dos en ese preciso momento de su historia? ¿Un simple aparcamiento es el que ha provocado esta espiral ascendente de conflictos? No, es posible que las cosas no dichas, la falta de comprensión y la frustración mutua se hayan ido acumulando poco a poco. El episodio del coche es la gota que colma el vaso. Sin embargo, se añade otro elemento importante: la diferencia en cómo se relacionan ambos sexos. Julieta, enfática como muchas mujeres, expresa simplemente su admiración ante otra conductora, porque seguramente no se siente capaz de aparcar tan bien como ella. No tiene nada que ver con Romeo, pero él no lo entiende así. El viejo demonio masculino que dormita en él se ha despertado. Está convenido de que ella lo cuestiona, lo juzga, lo compara y lo desacredita. Enseguida piensa: «Si dice esto, es porque cree que no estoy a la altura». Y esta idea es insoportable para todo hombre «que se precie».

Pongamos otra situación. Romeo vuelve del trabajo, se echa en el sofá y se queda callado. Le da vueltas a sus pensamientos en un rincón, lo que irrita enormemente a Julieta. Esta vez, es ella la que se siente herida en su amor propio. Está convencida de que, si no le habla, es porque ella no existe para él, porque está enfadado con ella, porque la encuentra menos seductora o, quizá incluso, porque está pensando en otra mujer. Le gustaría dialogar, comprender, tranquilizarse, calmarlo... ¿Y qué recibe a cambio? Ni una sonrisa ni una palabra amable, nada de nada.

Romeo está bastante lejos de imaginar los pensamientos desagradables que inundan la cabeza de su Dulcinea. Sólo necesita una cámara de descompresión para recargar las pilas, sólo quiere un poco de tranquilidad. ¿Por qué entonces ella se le echa encima? Él no ha hecho nada ni ha dicho nada, ni una sola palabra, y ella se enfada como una histérica delante de él pidiéndole explicaciones. Es otra gran fuente de incomprensión entre ambos sexos: cuando algo va mal, las mujeres generalmente necesitan hablar, mientras que los hombres prefieren bajar la cabeza y esperar a que todo vaya mejor.

Hombres: instrucciones de uso para mujeres

Un vez más, por una cuestión práctica, diremos que «los» hombres hacen y «las» mujeres son..., pero evidentemente no hay nada establecido ni definitivo: algunos hombres tienen la fibra femenina muy desarrollada y algunas mujeres «llevan los pantalones»; por ello, es difícil reconocernos en todos los casos. En esta lectura, el humor es la mejor defensa contra la caricatura.

 Los hombres necesitan sentirse seguros

Para ellos, lo que está en juego es la obsesión de estar a la altura, de ser capaces, realmente viriles. Se evalúan permanentemente, de forma consciente o inconsciente, en el campo sexual y en otros.

Todo ello responde de forma clara a una «materialidad» capital, a una evidencia natural: tienen un sexo externo, visible, elocuente, un sexo que resume sus emociones, muy integrado en su esquema corporal y mental. Cuando todo va bien, consiguen tener una erección, y, cuando las cosas van mal, es imposible. Son así de naturales. Desde pequeños, han tenido que aceptar la mirada de los otros chicos, se han medido, comparado y observado con ellos. Las mujeres, que tienen un sexo oculto, íntimo, misterioso, están muy lejos de este tipo de lógica e incluso de reto.

 Los hombres interiorizan sus emociones

En ellos, «todo» se ve. Por lo tanto, es esencial ocultar los afectos para protegerlos mejor, lo cual no significa que no los tengan. Cuando «se cuelgan» por alguien se sienten débiles, vulnerables, expuestos y vergonzosos, lo que no está muy acorde con su idea de la virilidad. Imaginan que su credibilidad pasa por un dominio absoluto de las emociones. Incluso las hormonas tienen algo que ver, al menos un poco. La testosterona (hormona masculina) inhibe la secreción de las lágrimas. Las mujeres muestran más fácilmente su alegría, su placer, su pena y su cólera. Es su manera de exteriorizarse. No se sienten cuestionadas por el hecho de haber llorado. Una vez aliviadas y descargadas de sus tensiones, pueden incluso sonreír y pasar a otra cosa.

 A los hombres les gusta llevar las riendas

Siempre se topan con el famoso problema de ser suficientemente capaces. Cuando tienen un problema, le dan vueltas hasta que encuentran la solución. Se sumergen en el periódico, ven la televisión y, durante este tiempo, el obstáculo se deja de lado o se salva. Del mismo modo, pocas veces preguntan el camino cuando están perdidos con el coche: para llegar a eso tienen que estar realmente en un estado avanzado de desesperación. Llevan mal el hecho de recibir órdenes y no les gustan los consejos iterativos.

Las mujeres, sin embargo, tienden a considerar a su compañero como a un niño al que deben educar. Tienen ganas de transformarlo y modelarlo a su imagen. Desgraciadamente, nadie cambia bajo presión, más bien sucede lo contrario. Así, antes que reprochar, es mejor proponer positivamente lo que esperamos del otro, sin que parezca que le estamos dando lecciones o, todavía peor, órdenes. De este modo, la pastilla cuesta menos de tragar.

 Los hombres prefieren la acción antes que los grandes discursos

Antes que perderse en explicaciones o en grandes conversaciones filosóficas, muchos se sienten más cómodos en lo concreto. Exagerando un poco, podríamos decir que ellos actúan y, cuando se expresan, es para informar y no para intercambiar opiniones ni para tejer un vínculo afectivo ni mostrar sus emociones. Se sienten más bien torpes con las palabras, con peor dominio del lenguaje. Además, basta con verlos al teléfono: normalmente terminan rápido. Se limitan a decir «está bien» o «está mal» allí donde una mujer mostraría una atención activa y empática salpicada de consejos y opiniones de todo tipo.

Los hombres que han sido psicoanalizados alguna vez saben hablar mejor de sus emociones y, en general, están más predispuestos al «diálogo emocional». Otros también hablan, los amantes de la cháchara o los intelectuales prolijos y brillantes, aunque estos utilizan el lenguaje más para brillar intelectualmente o seducir que para transmitir emociones.

 A los hombres les gusta separar las cosas

Normalmente, no les gusta hablar de lo que viven fuera de casa (en el trabajo, con los amigos, etc.). ¿Por egoísmo? No necesariamente. A menudo, más bien, quieren proteger a su compañera y evitarle las preocupaciones o incluso los problemas insuperables que atraviesan. A veces, también protegen su jardín secreto, aquello que les da sensación de libertad y de que al menos siguen controlando una parte de su vida. A otros les cuesta mucho comprender que en la relación de una pareja estable es saludable mostrar un poco más su afectividad, así como desvelar las claves de sus intereses y de sus emociones para construir una relación cómplice y no perder de vista al otro.

 Los hombres arquean el lomo

En caso de conflicto, prefieren retirarse de puntillas y esperar a que pase, antes que dialogar, porque les cuesta hablar de lo que sienten. Incluso pueden utilizar subterfugios para evitar la discusión por miedo a que se vuelva a envenenar la situación. A partir de un detalle que les parece inexacto, ya no oyen nada de lo que el otro tiene que decir o siente, y lo rechazan todo en bloque. Por ello, si no queremos perderlos en el camino o darles la oportunidad de interrumpir la discusión, es mejor no exagerar demasiado para dar más peso a la demostración. Si afirmamos que llega una hora tarde, en lugar de quince minutos, o que nunca hace ningún esfuerzo, cuando hace una semana que empezó a pintar el piso, dirá lisa y llanamente que estamos dramatizando como siempre y considerará nulo y sin valor todo lo demás. Un único consejo: conviene mantenerse lo más cerca posible de la realidad para ser tomadas en serio.

 A los hombres les encanta tener razón

«Tienes razón» o peor aún «Me he equivocado» son dos frases malditas excluidas de su vocabulario. Se trata de una verdadera confesión de impotencia, en toda la acepción del término. Cuando las mujeres se equivocan, se retractan más fácilmente. No se sienten ni más pequeñas ni menos valoradas por esta actitud. Al contrario, se sienten «grandes» por ser capaces de hacerlo y consideran que el mundo iría mejor si los hombres hicieran lo mismo.

Entonces, ¿cómo actuar? En una situación de pareja estable, es mejor arreglar la situación que saldar las cuentas. La mejor solución es no entrar en una relación de fuerza, porque ellos quieren ganar; evitar abordar el problema frontalmente; hacer preguntas más que lanzar afirmaciones tajantes, y mostrarse flexible. Si no se sienten agredidos, los hombres sentirán menos el riesgo de perder. La solución más astuta es hacerles creer que deciden ellos cuando en realidad quizá los hayamos manipulado un poco. O bien, antes de lanzarles un reproche, mencionar una de sus cualidades: «Seguro que tu gran capacidad de comprensión te permitirá entender que necesito hablar con el corazón...».

 Los hombres priorizan el fondo antes que la forma

Pueden invitar a amigos a casa sin preocuparse de saber si todo está ordenado, si la nevera está llena, si su compañera ha tenido tiempo de ponerse un vestido bonito o de arreglarse. Para ellos, lo que cuenta es pasar una buena noche juntos, importa poco que las flores estén marchitas o que no haya postre. El fondo prima sobre la forma, lo cual es una gran herejía para las mujeres, que dan la misma importancia a una cosa que a otra. Cuando ellas se disponen a recibir visitas, no sólo ponen los platos pequeños dentro de los grandes, sino que cuidan la presentación de la mesa, la sala de estar, la casa y su vestimenta. Todos los detalles cuentan como si formaran parte de sí mismas o del ambiente de fiesta.

 A los hombres les asusta decir «te quiero»

Detestan pronunciar esta frase mágica porque sí, porque entonces se sienten atrapados, comprometidos, atados. Imaginan que no podrán volver a dar marcha atrás. Para los más jóvenes, encantados de vivir en pandilla, esto equivale a bajar las armas, a entregarse desnudo, como si perdieran todo su orgullo delante de las «tías». Como si expresar sus sentimientos fuera una prueba de debilidad y de enternecimiento; es decir, lo contrario de ser un tipo duro, un hombre de verdad, un tatuado. Para las mujeres que apuestan por lo afectivo y las relaciones personales, «te quiero» es la llave maestra imprescindible, la palabra tierna que significa «eres tú y ninguna más», aunque, en el fondo, presientan que no siempre es cierto. Les gustan las palabras de amor y los cumplidos: forman parte de la puesta en escena sentimental o erótica, algo así como si se montara un bonito decorado para ellas.

 A los hombres les gusta mostrarse viriles

Se sienten seguros al ver que «funcionan» y al demostrarlo mecánica y emocionalmente. Les gusta que su pareja admire su capacidad de reacción y su disponibilidad. Sus erecciones los tranquilizan, incluso sin hacer el amor. Además, no se trata de que siempre piensen en ello, sino que simplemente quieren comprobar o demostrar su virilidad y asegurarse de que su pareja está orgullosa de ellos. Las mujeres están muy lejos de estas consideraciones automáticas y metafísicas. Si su hombre se les acerca, con el sexo erecto y duro, lo toman como una evidencia. Creen que se las considera como un objeto sexual y rechazan cualquier forma de complicidad íntima (como cuando ellos les tocan el trasero) si no la piden y no se sienten disponibles. Deben explicarles a los hombres lo que las altera, sin que por ello les estén reprochando sus erecciones espontáneas.

 Los hombres «siempre están preparados»

El hecho biológico hace que no estén sometidos de forma cíclica a las hormonas, de manera que no están cansados en ciertos momentos del ciclo o en ciertos periodos de su existencia (embarazo, parto, lactancia, regla, menopausia). Su índice de testosterona es relativamente estable y disminuye muy progresivamente con la edad. Así pues, tienen un deseo relativamente constante. Por otro lado, tienen una sexualidad espacial, en la que la vista y la imaginación juegan un papel determinante. El simple hecho de que las mujeres lleven menos ropa (en primavera, en la playa o en una película) contribuye a aumentar su libido. Para mantener la distancia, las mujeres deben ofrecer un mayor funcionamiento emocional (muy enamoradas, muy excitadas por la novedad o por una nueva situación, etc.).

 A los hombres les entristece que la mujer rechace sus proposiciones sexuales

Cuando realmente tienen ganas de hacer el amor, se pueden sentir completamente rechazados si se les dice que no. Es como si su pene fuera un compendio de todo su ser. Se sienten heridos, humillados, abandonados y, lo peor de todo, responsables de no estar a la altura, una vez más. Les cuesta atenerse a los hechos: quizá su compañera está cansada o preocupada. Cuando el rechazo se vuelve sistemático, se sienten miserables y poco valorados. Entonces inician el plan de emergencia: o bien se encierran en su concha para protegerse y pierden todo el interés por la sexualidad o bien, al contrario, van a buscar consuelo fuera, para asegurarse de que no todas las mujeres rechazan sus proposiciones.

 Los hombres hacen el amor para desahogarse

Para ellos, el sexo es una manera ideal de desconectar. La pulsión pasa por encima de lo afectivo. Tanto si están nerviosos, alterados, inquietos, perturbados, agresivos, enfadados con su compañero de la oficina o con su socio, ven la relación sexual como una manera ideal y agradable de olvidarse, de calmarse, de recuperarse, de recargar pilas, de demostrar que siguen siendo viriles. Las mujeres, por su parte, necesitan lo mejor del mundo (tiempo, relax, disponibilidad) para abandonarse.

 Los hombres hacen el amor para querer

En caso de fricciones en la pareja, ellos piensan: «No veo por qué debería tener atenciones especiales hacia ella si no quiere hacer el amor». Ellas piensan más bien: «No veo por qué debería hacer el amor con él si no tiene atenciones especiales hacia mí». Ellos se impacientan: «No la he visto en toda la semana, a ver si vamos rápido a la cama». Ellas se indignan: «No le he visto en toda la semana y sólo quiere ir a la cama». Dicho de otro modo, para amar, los hombres necesitan hacer el amor. Para hacer el amor, las mujeres necesitan primero amar. O más exactamente, crear una complicidad, una connivencia amorosa o sexual. Si uno no se esfuerza en ir hacia el otro, la sexualidad puede convertirse en el objeto de todos los conflictos: una fuente de frustración o de dominación para los hombres, un medio de castigo soñado para las mujeres.

Para comunicarse no es necesario hablar

El cuerpo tiene su lenguaje, que refuerza o apoya el de la palabra, pero que también lo traiciona. Las palabras dicen una cosa, pero los gestos afirman otra. El cuerpo se expresa con su vocabulario, su sintaxis, su puntuación e incluso sus lapsus; por ejemplo, el hombre que dice estar abierto al diálogo y dispuesto a escuchar a su compañera, y, al mismo tiempo, se queda inmóvil en su silla, con los brazos cruzados y la cara seria. Un diálogo habitual está formado por un tercio de mensaje verbal y dos tercios de mensajes gestuales, de hecho, existe un millón de códigos y señales corporales. El célebre etólogo Desmond Morris establece las principales señales de seducción: miradas insistentes, roces con las manos, asentimientos de cabeza vigorosos y aprobadores, labios que se ofrecen con una sonrisa, cuerpo presentado sin barreras de protección, miradas rápidas lanzadas hacia el otro para comprobar sus reacciones, ojos muy abiertos y cejas levantadas, juegos de lengua activos, labios húmedos.

Estos gestos, de forma consciente o no, son percibidos perfectamente, aunque no siempre sean bien interpretados. Un pequeño experimento realizado hace algunos años en el Max Planck Institut de Munich puso en evidencia los posibles malentendidos. La psicolingüista Christiane Tramitz, especialista en el estudio del flirteo, enseñó a un grupo de hombres y mujeres un vídeo en el que una actriz cómica encantadora aparecía en un bar, se giraba hacia el espectador y realizaba movimientos sugerentes. Casi al final de la secuencia, cambiaba de actitud y desviaba ostensiblemente la mirada. Los espectadores debían tocar un botón al detectar una «invitación» y al sentirse listos para el «abordaje». El resultado fue que los habituales de las discotecas respondían a la primera, en cuanto ella les lanzaba las primeras miradas zalameras, y no se daban cuenta en absoluto del cambio de actitud. Por su parte, los tímidos reaccionaban más lentamente, pero en el mismo sentido, e interpretaban numerosos detalles como alentadores (la posición oblicua y lánguida del cuello o el hecho de tirar de su vestido); sin embargo, tampoco se daban cuenta del cambio radical de actitud de la actriz. En cambio, el grupo de control femenino que visionó la secuencia no tenía la sensación de que esta estuviera haciendo alguna proposición. Para Christiane Tramitz, las mujeres son más sensibles que los hombres a las señales de rechazo o de repliegue. Según ella, esta sorprendente diferencia de percepción explicaría los malentendidos que pueden producirse entre hombres y mujeres con respecto al lenguaje corporal. Los «machos» ven lo que tienen ganas de ver y tienen la tentación de considerar sus deseos como realidades...