«Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído» (Jn 20,29)
Tomás es el apóstol que dudó de la Resurrección de nuestro señor. Esta falta de fe es su rasgo principal para mucha gente, como se refleja en la Colecta de hoy. Pero no pensemos que entre él y los demás apóstoles había mucha diferencia. En mayor o menor medida, todos ellos desconfiaron de las promesas de Cristo al ver que se lo llevaban para crucificarlo. Cuando lo enterraron, sus esperanzas fueron enterradas con Él, y cuando les dieron la noticia de que había resucitado, ninguno de ellos lo creyó. Y al aparecérseles «les reprochó su incredulidad y dureza de corazón» (Mc 16,14). Pero como santo Tomás no estaba presente en ese momento y sólo supo por los demás apóstoles que habían visto al Señor, su perplejidad y oscuridad duró más que la de ellos. Al conocer el gran milagro de la Resurrección, Tomás expresó su deseo de no creer, a menos que viera a Cristo con sus propios ojos, y pudiera tocarlo. Y así, gracias a esta circunstancia aparentemente accidental, Tomás se singulariza como un caso especial de incredulidad entre sus hermanos, que al principio descreyeron lo mismo que él. Ninguno de ellos creyó hasta no ver a Cristo, excepto san Juan, que también dudó en un primer momento. Tomás se convenció más tarde porque vio a Cristo más tarde. Por otro lado, es verdad que aunque al principio no creyó las noticias de la resurrección de Cristo, no seguía a su Señor con un corazón frío, como se demuestra en esa ocasión en que expresó su deseo de compartir el peligro y sufrir con Él. Cuando Jesús iba hacia Judea para resucitar a Lázaro, los discípulos dijeron: «Rabbí, hace poco te buscaban los judíos para lapidarte, y ¿vas a volver allí?» (Jn 11,8). Al permanecer Él en su intención, Tomás dijo a los demás: «Vayamos también nosotros y muramos con él». Tal como los apóstoles habían predicho, el viaje terminó con la muerte del Señor. Ellos huyeron, pero fue el impulso de Tomás lo que les llevó a arriesgar la vida junto a Él.
Santo Tomás, pues, amaba a su Señor, era un apóstol y estaba dedicado a su servicio; pero cuando lo vio crucificado, su fe se hundió temporalmente, ni más ni menos que los otros. Pero, por otro lado, sus dudas sobre la resurrección de Cristo no se debieron únicamente a las circunstancias sino que en buena medida vinieron causadas por una disposición interior defectuosa. El relato de san Juan y las palabras que el Señor le dirigió dan la impresión de que Tomás era más culpable que los demás. Su firme oposición en solitario, no contra un solo testigo, sino contra el testimonio de los otros diez apóstoles, de María Magdalena y las demás mujeres, es prueba de ello. Y lo son también estas palabras tan duras: «Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré» (Jn 20,25). Y aunque sabemos poco de santo Tomás, se nota que las únicas palabras suyas que nos han quedado antes de la Resurrección, dan a entender algo de esa misma tendencia a la duda. Cuando Cristo dijo que iba al Padre por un camino que todos ellos conocían, Tomás le interrumpió disputando: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino?» (Jn 14,5). Es decir: no hemos visto el cielo, no hemos visto al Dios del cielo, ¿cómo vamos a saber el camino hasta ahí? Parece que necesitaba una visión sensible de lo que es un estado invisible, alguna señal infalible del cielo, como la escalera de los ángeles de Jacob, que le quitara la ansiedad mostrándole el fin del camino antes de echar a andar. Le asediaba un ansia de certeza. Al oír que Cristo había resucitado, surgió en su interior un deseo semejante. Como su fe era floja, suspendió el juicio, decidido a no creer nada hasta no saberlo todo. Cuando nuestro Salvador se le apareció ocho días después que a los demás, a pesar de que concedió a Tomás sus deseos y este pudo ver por sí mismo, sensiblemente, que Él realmente vivía, acompañó este permiso con un reproche; le daba así a entender que, por esa debilidad suya, le estaba quitando lo que, en realidad, era el don más importante. «Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente. Respondió Tomás y le dijo: ¡Señor mío y Dios mío! Jesús contestó: Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído» (Jn 20,27-29).
No obstante, no nos interesan demasiado estas consideraciones acerca del temperamento del apóstol que hoy conmemoramos sino las circunstancias concretas en que su nombre sale a relucir, y las palabras de nuestro Señor sobre ellas. Sus discípulos le sirven siempre y, de una forma u otra, también lo hacen al dar ocasión a las palabras de gracia que proceden de su boca. Le sirven incluso en sus debilidades, puestas a la luz frecuentemente en la Escritura, que no las esconde como haría piadosamente algún buen amigo cristiano, para que podamos sacar de ellas instrucción y consuelo para su Iglesia. Así, la excesiva dedicación de Marta a los asuntos de la casa, ha dado ocasión a que Cristo sancionara la vida contemplativa y de oración. Así, en la historia que ahora nos ocupa la precaución desmedida de santo Tomás nos ha ganado una promesa de especial bendición para los que creen sin haber visto. Haré a continuación algunos comentarios sobre la naturaleza de esta tendencia a creer y por qué Dios la bendice.
Lo que nuestro Señor dice a Tomás de forma tan clara e impresionante lo había dado a entender ya, de una forma u otra, a lo largo de su ministerio: la excelencia de un alma que cree con prontitud. Son prueba de ello su exigencia de fe a aquellos que venían pidiendo que les ayudara con milagros, y cómo los pone a prueba; su modo de alabar la fe allí donde la encontraba, su dolor cuando veía que faltaba, y sus advertencias contra la dureza de corazón. «En verdad os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande» (Mt 8,10). «Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado» (Mt 9,22). «Tu fe te ha salvado; vete en paz» (Lc 7,50). «Esta generación perversa y adúltera pide una señal» (Mt 12,39). «¡Necios y torpes de corazón para creer todo lo que anunciaron los Profetas!» (Lc 24,25). Estos pasajes nos recordarán otros muchos en que Jesús hace un elogio de la fe. San Pablo prosigue esta línea iniciada por su Señor. En tres de sus epístolas pone ante nosotros el puesto especial que la fe ocupa entre las características de una persona religiosa, y siempre cita un pasaje de los profetas para mostrar que no está inventando una doctrina nueva, sino enseñando lo que se promulgó desde el principio. Por tanto, en nuestro lenguaje de todos los días, decimos que la religión se construye sobre la fe, no sobre la razón. Por otro lado, es corriente que quienes hacen burla de lo religioso vuelvan contra nosotros justamente esta idea, como si al decir eso hubiéramos casi admitido que el cristianismo es algo falso. Examinemos la situación.
Una persona religiosa, antes o después de la venida de Cristo, tiene por hábito mirar hacia fuera y más allá de sí misma en lo que se refiere al Bien supremo. Porque persona religiosa es la que se atiene a la regla de su Conciencia, que nace con él, que no está hecha por él, y a la que se siente obligado a someterse. Y la Conciencia en seguida dirige sus pensamientos a un Ser exterior a sí mismo, que le dio la conciencia y que es superior a él, evidentemente. Porque la existencia de una ley implica que hay un legislador y un mandato implica la existencia de alguien que manda. Así que el ser humano es inmediatamente lanzado fuera de sí mismo por la misma Voz que habla dentro de él; y al tiempo que gobierna su corazón y su conducta según ese sentido interior de lo bueno y lo malo, no según las máximas del mundo exterior, no obstante, ese sentido interior no le autoriza a confiar en sí mismo sino que, una vez más, le impulsa a buscar fuera a Aquel que ha puesto su Palabra dentro de él. Mira y remira en el mundo, buscando a quien no es del mundo para encontrar, detrás de las sombras y engaños de esta escena cambiante de tiempo y sensaciones, a Aquel cuya palabra es eterna y cuya Presencia es espiritual. Busca fuera de sí mismo una Palabra Viva a la que atribuir ese eco que percibe en su corazón. Y como está seguro de que tiene que encontrarla en algún sitio, está predispuesto a encontrarla y con frecuencia piensa que la ha encontrado, y no es así. De ahí que, como la verdad no está al alcance de la mano, el hombre sea propenso a confundir el error y la verdad, a considerar que hay una especial presencia u operación de Dios donde no las hay; y al pensar que cualquier cosa es preferible al escepticismo, se vuelve supersticioso —un reproche que a veces se le hace—. Como podréis suponer, éste es el caso de la gente buena en un país pagano. No se les han concedido las pruebas más verdaderas del poder y de la voluntad de Dios que nosotros sí poseemos, así que donde no pueden encontrar, fantasean, y como su conciencia es más aguda que sus poderes de razonamiento, pervierten y hacen mal uso hasta de esas indicaciones inscritas en la naturaleza que Dios les ha proporcionado. Ésta es una causa de las falsas divinidades paganas, que no son prueba de culpa en su caso, que no conocen cosa mejor, sino cuando les da culto alguien que ha vuelto la espalda a la luz y no ha querido «conocer a Dios». Y si así marcha un alma religiosa, cuando no goza de la verdad divina, con mucha más razón acogerá y se entregará con alegría al poder de Dios cuando pueda descubrirlo en los evangelios. Ésa es la fe que existe en la multitud de los creyentes, una fe que procede de su sentido de la presencia de Dios, que desde el principio les fue certificada por la voz interior de la Conciencia.
Por otro lado, esas personas que prefieren este mundo a la guía del espíritu de Dios dentro de ellos pierden pronto la percepción de ese espíritu interior y se apoyan en el mundo como en un dios. Al no tener el presentimiento de un Guía Invisible que reclama ser seguido en asuntos de conducta, consideran que nada tiene sustancia sino lo que dicen los sentidos; eso les basta y de ahí extraen sus reglas de vida. Desde luego, no corren peligro de ser supersticiosos o crédulos porque no sienten ningún deseo o persuasión antecedente de que Dios pueda haberse revelado al mundo; y cuando oyen hablar de hechos sobrenaturales, los examinan con detenimiento y sin pasión, como si fueran jueces en un tribunal o investigadores de ciencia experimental. No ven especial interés en la cuestión y nada les cuesta emplear su intelecto sobre ella con el mismo rigor que si fuera una herramienta externa que no pudiera sufrir influencia alguna. He aquí dos mentalidades opuestas: el crédulo, como se le suele llamar, por un lado, y el sincero, sagaz y ponderado, por otro. Y está claro que el religioso es el crédulo, no el otro. De esta forma, entre otras, la fe y la razón aparecen como contrapuestas. Y tener mucha fe es una gracia mayor que tener poca fe.
Pero esto no es todo. El que intenta hacer la voluntad de Dios, verá que no es capaz de hacerlo con perfección. Se encontrará lleno de imperfecciones y de pecados, y cuanto más logre someter su corazón, más notará su culpa y lo amargo de su origen. Éste es un motivo más para que el hombre religioso busque fuera de sí mismo. Conoce la inclinación al mal de su naturaleza y, en consecuencia, prevé la ira de Dios, y al mirar a su alrededor ve el mal reflejado desde dentro sobre la faz del mundo. Esto le infunde temor; enseguida, busca la manera de hacerse agradable a su Creador, quiere alguna prueba de que Dios, por así decir, se ha ablandado. No aguanta en casa, no encuentra descanso, anda vagando por pura ansiedad, necesita que alguien lleve paz a su alma. Si se presentara alguien y le dijera que es un mensajero venido del cielo, inmediatamente pararía y se pondría a escuchar. Y sea verdadero o falso el mensajero, su primer deseo es que sea verdadero. Por el contrario, los que no tienen ese sentido del pecado reciben la noticia de que Dios ha hablado al hombre sin el menor sobresalto. Con paciencia esperarán a que se les presenten las oportunas pruebas y entonces aceptarán o rechazarán, según les dicte la razón.
Vayamos más allá. Supongamos dos personas de espíritu templado, no fácilmente excitables, de buen juicio y cautas; los dos con las mismas cualidades a este respecto. Sin embargo, de estos dos, el que es religioso creerá más y razonará menos que el no religioso —es decir, si el hecho de reaccionar a un anuncio es la medida de que la persona lo cree, cosa que dictará el sentido común—. Porque en materia tan trascendental y práctica como la salvación del alma, una persona prudente no esperará a tener todas las pruebas para pasar a la acción; mostrará su cautela no manteniéndose inmune a la noticia de que ha llegado un mensaje del cielo sino obedeciéndolo enseguida, aunque quepa probarlo con más claridad. Si lo probable es que el rechazo del Evangelio lleve consigo la pérdida eterna del alma, lo seguro y más prudente es actuar como si el Evangelio fuera verdadero. Por otro lado, cuando alguien no hace de la verdad del Evangelio un asunto práctico sino un mero punto de investigación histórica o filosófica, se sentirá muy a gusto —y desde su punto de vista, muy razonablemente— viendo puntos flacos en las pruebas. Cuando indagamos en un asunto de historia o de ciencias queremos pruebas decisivas. Y estamos dispuestos a esperar hasta obtenerlas, a permanecer indecisos; en una palabra, a ser escépticos. Si la religión no fuera un asunto práctico, estaría bien resignarnos a ser escépticos. Sin duda, Dios podría habernos dado una seguridad más plena acerca de la verdad de la religión; pero, después de todo, también hay toda una serie de cuestiones de fondo acerca de las leyes de la naturaleza, la constitución del alma humana y otras parecidas, que habría que resolver antes de darnos por satisfechos del todo. Y aquellos cuyos corazones no «se estremecen» (2 R 22,19) al decir de la Escritura —es decir, quienes no tienen una vívida percepción de la Voz divina dentro de ellos ni de la necesidad de que exista quien la profiere— no sienten el cristianismo como un asunto práctico y, lógicamente, lo dejan pasar. Suelen decir que la muerte llegará pronto y les resolverá este gran secreto sin tomarse tanto trabajo. Es decir, que esperan ver; no entender (o dejar que les ayuden a comprender) que solucionar, sin ver, ese gran problema es precisamente el fin y el objeto de su vida mortal. Lo dice san Pablo: la fe es el «fundamento», el darse cuenta de «las cosas que se esperan», «la prueba», la comprobación, la constatación, de que uno cree en «cosas que no se ven» (Hb 11,1). Lo que cuenta el apóstol sobre Abrahán es una descripción de la auténtica fe: sale de su tierra sin saber adónde va, no tiene ansias de ver el final de su viaje, no regatea para enterarse. La fe auténtica no discute, como santo Tomás en los días de su ignorancia, diciendo «no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». El hombre de fe está convencido de que, con ver un paso más allá, tiene luz bastante para echar a andar —bastante más de la que un pecador tendría derecho a esperar— y deja el conocimiento del terreno por donde anda en manos de Dios, que es quien le hace avanzar.
Esta disposición de espíritu que guía a los hombres religiosos en la gran decisión de aceptar o rechazar el Evangelio, se aplica también a su recepción íntegra. Como a la fe le basta con un poco de luz para iniciar su viaje, y a esa poca luz le saca mucho rendimiento práctico, así también es capaz de leer —por así decir— en la penumbra el mensaje de verdad en sus distintos aspectos. No exige que el texto de la Escritura aporte pruebas estrictas y bien elaboradas de sus enseñanzas. Tiene la sabiduría práctica de considerar que la Palabra de Dios debe tener un sentido, uno sólo, e intenta averiguar, lo mejor que puede, cuál es ese sentido, sean las pruebas grandes o pequeñas, y no se queja si las pruebas no son aplastantes. Tiene a la vista continuamente que Cristo habla en la Escritura, y recibe sus palabras como si las estuviera oyendo, como si las dijera un amigo y superior suyo, alguien al que quisiera agradar, no como si se sintiera obligada por la letra muerta de un documento que se puede tratar sin consideraciones, sometiéndolo a críticas y salvedades. La mirada de fe va de sí misma hacia Cristo, y en lugar de buscarse con impaciencia algún asidero seguro, se afirma en la obediencia y dice «Aquí estoy, envíame». Y lo mismo hace con todas las instituciones de Cristo, con su Iglesia, sus sacramentos, sus ministros; no obra como un discutidor de este mundo sino como un discípulo de quien las estableció. Por último, la fe auténtica se contenta con la revelación que se le ha hecho. Ha «encontrado al Mesías» y eso le basta. El mismo principio que dio lugar a su anterior inquietud le impide ahora deambular. Cuando «venga el Hijo de Dios y nos dé entendimiento para conocer al verdadero Dios», la indecisión, el miedo, la supersticiosa confianza en las criaturas, la busca de novedades, serán signos no de fe, sino de falta de fe (Ct 3,1-4).
Se podrían añadir más cosas para aplicar lo dicho al temple de nuestros tiempos, en que la gente de nuestro entorno tiende casi a presumir de que «la nuestra es una religión racional». Sin duda, lo es; pero justamente no es característica necesaria de la verdadera religión ser racional en el sentido común de la palabra, ni tampoco es cosa de mérito para nadie atenerse sólo a lo que considera racional. La verdadera religión, en parte, se encuentra absolutamente por encima de la razón —por ejemplo, en sus misterios—. En teoría, podría habernos sido dada sin todo ese conjunto de «pruebas», como se suelen llamar, que nuestra razón es capaz de deducir y en las que tanto se goza. Y no por eso hubiera sido menos verdadera la religión. En la medida en que está por encima de la razón, en la medida en que se ha extendido por algunos países sin pruebas suficientes de su divinidad, en esa misma medida no puede llamarse racional. Es más, el hecho de que la religión sea accesible a la razón, es más un privilegio concedido por Dios Todopoderoso que algo que pueda reclamar el hombre. Y si esa racionalidad de la religión no la recibimos como algo inmerecido, puede resultarnos perjudicial. Siendo esto así, ya sabemos qué pensar sobre la conveniencia de discutir las enseñanzas del Evangelio porque son o dejan de ser racionales, o de tratar de refutar el credo de los demás a base de ridiculizar los artículos de fe por absurdos o inexplicables, o de pensar que los supersticiosos dan un paso hacia la verdad cuando en realidad se meten de lleno en la infidelidad1, o de sostener que es un error educar a los niños en la fe católica porque así no podrán escoger por sí mismos cuando sean mayores.
Desechemos todos esos pensamientos y contentémonos, más bien, con las palabras del apóstol. «El mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden, pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios. Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé la prudencia de los prudentes. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el docto? ¿Dónde el investigador de este mundo? ¿No hizo Dios necia la sabiduría de este mundo? Porque, como en la sabiduría de Dios el mundo no conoció a Dios por medio de la sabiduría, quiso Dios salvar a los creyentes, por medio de la necedad de la predicación» (1 Cor 1,18-21).