
La buena disciplina es sana. Por mucho que los niños se quejen de ella (¡y deberían hacerlo!) la disciplina es un método para enseñar a diferenciar lo correcto de lo incorrecto, para motivar y para mantener el orden en la familia. Todos los niños tienen que aprender a ser responsables, considerados y respetuosos en el trato con la gente. Deben aprender a tomar buenas decisiones y a evitar aquello que pueda causarles problemas, o que sea peligroso. La disciplina cariñosa, efectiva, proporciona a nuestros hijos todas estas cosas y más.
¿Qué hace que un problema se convierta en un problema serio, y cómo debería responder un padre? Algunos problemas son claramente serios, tales como el abuso de las drogas, el crimen, o el comportamiento abusivo. El psicólogo Thomas Phelan describe un sistema para que los padres clasifiquen el comportamiento según el grado de seriedad y el daño que éste puede causar. Lo denomina sistema de «importante/moderado/secundario».
Las ofensas «importantes» requieren un cambio y una acción significativa. Los ejemplos incluyen: beber y conducir, salir toda la noche sin permiso, robar en las tiendas y la violencia física. Las consecuencias podrían incluir estar encerrado en casa dos semanas, perder los privilegios del teléfono o el coche durante un mes, o pagar un tanto que el joven conseguirá haciendo diez horas extras de tareas domésticas. Una ofensa «media» incluye cosas como fumar antes de los dieciséis años, decir palabrotas en contra de los padres, o tener problemas de comportamiento en el colegio. Las consecuencias serían menos severas que en el caso de las ofensas graves, por ejemplo no poder llamar por teléfono durante dos semanas o hacer cinco horas extra de tareas domésticas.
Es importante que los padres tengan una idea general de cómo responderán a estos tipos de problemas. Algunas cosas sobrepasan claramente los límites y éstas deberían ser comentadas con los niños o adolescentes. El consumo de drogas no está permitido, por ejemplo. Si se incumplen estas normas las consecuencias tendrán que ser impuestas consistentemente, sin discusión ni negociación. En los casos de consumo de drogas, de no asistir al colegio, de un embarazo indeseado o cualquier otro problema que afecte a la salud, las reacciones de los padres tendrían que ser guiadas por un profesional.
La disciplina sana es una muy buena herramienta de enseñanza; enseña los buenos comportamientos, establece buenos ejemplos y expresa amor mutuo y respeto entre padres e hijos. Los hijos aprenden mejor cuando aman a sus padres, no cuando les tienen miedo o les castigan cada vez que se pasan de la raya. La disciplina sana no está nunca basada en el castigo o la crítica. La disciplina insana, por desgracia, está basada sobre todo en los castigos como medio de «corregir» el comportamiento. Muchos padres de hecho confunden la noción de disciplina con la de castigo. Cuando dicen que «se merece ser disciplinado» lo que en realidad quieren decir es que «se merece un buen castigo». Este sistema de disciplina es destructivo y está destinado al fracaso. El buen comportamiento no puede ser «impuesto a palos» y los padres que confían en el castigo no son padres afectivos.
Los psicólogos hace tiempo que saben que confiar en el castigo como medio principal de disciplina es malo tanto para el padre como para el hijo. Sabemos que recompensar un buen comportamiento hace que éste a la larga acabe repitiéndose. Recompense a un niño por recoger la mesa, con elogios verbales y un abrazo por ejemplo, y verá como al cabo del tiempo el niño habrá adquirido el hábito de hacerlo.
Por otro lado, todos sabemos que castigar los malos comportamientos no hace que éstos desaparezcan, por lo menos a largo plazo. En lugar de eso, el castigo suprime el comportamiento temporalmente mientras dura el efecto del castigo. Castigue a un niño por ver demasiado la televisión y el niño no la verá ¡mientras usted esté en casa! Cuando un mal comportamiento es castigado, no quiere decir necesariamente que vaya a desaparecer. Muchas veces el niño aprende a esconderlo mejor para escapar al castigo. Los castigos son dolorosos y suelen ser emocionalmente traumáticos. Lo que los castigos enseñan al niño es que es una «mala» persona, y esto destruye su autoestima. Es una disciplina tóxica y destructiva.
Es muy habitual ver cómo niños que han sido disciplinados con el castigo acaban contraatacando. Los padres que disciplinan a sus hijos con agresiones verbales o físicas lo único que consiguen es enseñarles a ser agresivos. Lo que el niño aprende es «la ley del más fuerte» y que si quieres que alguien haga algo lo mejor que puedes hacer es gritarle, amenazarle o incluso pegarle. Normalmente, esa agresión se volverá en contra de los padres, los cuales entonces se lamentarán diciendo: «¡mi hijo está fuera de control!».
Los niños que son castigados excesivamente acabarán castigando a sus padres dejando de hacer lo que éstos quieren que hagan. Adoptarán la actitud desafiante de «ya verás», cosa que provocará una lucha de poder constante de la que ambos saldrán perdiendo. El Dr. Bruno Bettelheim cuenta una historia sobre un chico que estaba tan enfadado que acabó dejando de hablar y por tanto de funcionar en su vida diaria. Al discutir el problema con un psicólogo, resultó que el chico estaba harto de que sus padres le lavaran la boca con jabón cada vez que decía una palabrota. Su respuesta enojada «ya veréis» al comportamiento de sus padres fue «cuando vosotros laváis las palabrotas con jabón, laváis también las palabras buenas y por tanto no me quedan palabras para hablar». Este chico luchó contra la disciplina dura y abusiva de sus padres de la única forma que sabía, retirándoles la palabra, aunque este comportamiento todavía le perjudicara más a él.
La disciplina puede convertirse en exagerada por mucho que los padres tengan buenas intenciones. La mayoría de los padres se preocupa por sus hijos y quiere lo mejor para ellos, incluso los que castigan excesivamente. Normalmente, estos padres se preocupan también por el futuro de sus hijos. Castigan como resultado de su propia ansiedad y preocupación, y no porque el comportamiento del niño se lo merezca. A veces, lo hacen porque ellos también fueron castigados o recriminados cuando eran niños y es lo único que conocen. En cualquier caso, utilizar excesivamente el castigo no es sano, no es un buen método de disciplina y el que lo hace no es demasiado buen padre.
Los padres pueden evidentemente aprender mejores maneras de ser padres, pero desgraciadamente a menudo no se dan cuenta del daño que están causando. A veces basta con leer un libro como éste para darnos cuenta de estos errores. Otras, será necesaria la ayuda de un profesional. Si el abuso continúa, tanto si es emocional, físico o sexual, el padre abusivo podría (y debería) perder los derechos de custodia del niño. Los padres peligrosos o enfermos que cometen abusos sexuales o físicos pueden llegar a ser procesados y acabar en la cárcel. Por suerte, éstos son la minoría.
La disciplina sana y efectiva implica muchas cosas y los buenos padres utilizan muchas de estas técnicas de manera natural. La buena disciplina implica proteger la autoestima del niño y su sentido de integridad, enseñarle comportamientos responsables, y crear una atmósfera de cooperación, amor, confianza y respeto. La disciplina efectiva se concentra en el comportamiento, nunca en el carácter o valía del niño. En caso de que sea necesario aplicar un castigo razonable (por ejemplo, has dado una patada a tu hermana y por tanto te quedas sin televisión todo el día de hoy), lo que se debería castigar es el mal comportamiento, no al niño «malo». La distinción debería estar bien clara también para el niño.
Algunas normas que hay que tener en cuenta para una disciplina humana y efectiva:
La buena disciplina
• Espere hasta que el niño esté calmado antes de intentar discutir la situación.
• Mantenga la calma, no se ponga histérico, y no se pelee nunca con el niño.
• Concéntrese en el comportamiento, no amenace su autoestima.
• Trate los asuntos de uno en uno:
• Sea breve: ¡no están permitidos los sermones!.
• Utilice lo positivo antes que lo negativo, intente recompensar el buen comportamiento.
• Describa el comportamiento problemático y comente comportamientos alternativos.
• Tenga el mando cuando utilice la disciplina, no sea sumiso ni le pida permiso al niño.
• Utilice siempre que pueda las consecuencias inmediatas, especialmente con los jóvenes.
• Haga que el castigo sea proporcional a la falta.
• Utilice consecuencias que sean importantes para el niño y que le afecten.
• Utilice siempre que pueda las consecuencias naturales; la regla es «si abusa, perderá».
• Intente anticipar los problemas y tenga un plan preparado, por ejemplo para cuando sus hijos empiecen a conducir.
• No se tome como algo personal el mal comportamiento de su hijo ni reaccione exageradamente a él.
Los malos métodos para disciplinar suelen dañar la autoestima del niño, establecer una atmósfera «yo contra tú», desalentar la cooperación y la confianza, y reducir la sensación del niño de tener el control o de ser capaz de actuar responsablemente. Como ya hemos comentado anteriormente, confiar en el castigo excesivo es una manera segura de dañar la relación con su hijo y de perder su efectividad como padre.
Algunas reglas que debe tener en cuenta sobre la mala disciplina:
La mala disciplina
• La disciplina inapropiada a la edad del niño.
• La inconsistencia a la hora de aplicar las consecuencias.
• La pelea.
• Las amenazas.
• Las negociaciones.
• El sarcasmo.
• Los sermones.
• Mensajes indirectos o poco claros.
• Aceptar promesas.
• Los desacuerdos y la desunión entre los padres.
• Ser demasiado emocional.
• Repetirse continuamente.
• Echar las culpas.
• Dejar de querer.
• Sacar los trapitos viejos.
• Lamentarse.
• Utilizar el «humor» sarcástico y cruel.
• Las comparaciones con los demás.
Para ser buen padre siempre hay que tener paciencia, pero esto es especialmente verdad a la hora de aplicar la disciplina, y todavía más cuando se trata de disciplinar a niños pequeños. Los niños necesitan muchas lecciones antes de que un comportamiento sea aprendido o cambiado, y para ello se necesitan grandes dosis de paciencia y amor. ¡No pierda la paciencia con los niños pequeños! Piense cuánto tiempo le costó a usted aprender a autocontrolarse. Por desgracia, la paciencia es difícil de poner en práctica en el mundo actual en el que todo son prisas, y difícil de recordar cuando decimos «¿cuántas veces te he dicho que...?» por vigésima vez.
El buen padre debería siempre recordar que para enseñar valores y comportamientos responsables a un niño son necesarias muchas lecciones y mucho uso de la disciplina, para que éste los interiorice y pasen a formar parte de su propio sistema de creencias, su visión de la vida y sus hábitos de conducta. Algunas cosas requieren una lección para ser aprendidas, otras diez y otras cien; ¡y no se puede cambiar!
Un «mal» comportamiento que sea normal para la edad del niño, no debería nunca amonestarse. Por ejemplo, no es demasiado realista esperar que un niño de cinco años no toque la caja de chocolatinas que su madre ha olvidado encima de la mesa de la cocina. Sería más práctico y más realista que los padres dejaran la caja de chocolatinas siempre en un lugar alto al que el niño no pudiera acceder fácilmente. Castigar este comportamiento no acelerará el desarrollo o el autocontrol del niño, sino que seguramente le hará sentir como un niño «malo» que ha perdido la aprobación de sus padres. Todos los niños mienten de vez en cuando, a veces porque están jugando o fantaseando. Un comportamiento mentiroso debería ser discutido como apropiado o inapropiado, pero un comportamiento juguetón que por sí mismo es inofensivo no debería ser nunca disciplinado.
Si un niño se porta mal pero demuestra un alto nivel de remordimiento o pesar por ello, limítese a discutir y amonestar ese comportamiento y después olvídelo. En la adolescencia y preadolescencia los niños empiezan a querer demostrar su independencia y por tanto es importante que los padres establezcan prioridades y límites, e impongan aquellos que sean considerados innegociables. Si un padre reacciona a cada desafío a las normas o a la autoridad de su hijo adolescente castigándole y disciplinándole, la vida en la familia pronto parecerá una zona en estado de guerra. Elija sabiamente sus batallas y olvídese de lo que es poco importante.
Nuestros hijos imitan nuestro comportamiento. Esto puede ser una buena o mala noticia, dependiendo evidentemente de nosotros y del tipo de ejemplo que les damos. Lo bueno es que cuanto más nos amen y nos respeten, más probablemente imitarán y copiarán nuestros valores y comportamientos. Los padres que dan ejemplo de buenos comportamientos a sus hijos necesitan utilizar menos disciplina con ellos. ¿Quién va a escuchar mejor y a aprender más: un niño que ama a sus padres, que se siente querido por ellos, y que intenta imitarles o uno que teme a sus padres y se siente rechazado por ellos? Por supuesto, el niño imitará a la persona que él admira, respeta y ama más.
El modelado versus la disciplina. Los padres que critican, castigan en exceso o son hipócritas necesitarán utilizar más a menudo la disciplina pero pronto se darán cuenta de que la disciplina que utilizan es menos efectiva. Muchos niños tienen un sensor perfectamente formado en su interior para la hipocresía y el comportamiento falso. Los padres que esperan una cosa de sus hijos pero ellos mismos hacen otra, conseguirán poca credibilidad y respeto. Ellos mismos acabarán descubriendo que su disciplina tiene muy poca efectividad. En resumen, los padres que muestran comportamientos pobres son padres inefectivos. ¿A qué categoría de padres quiere usted pertenecer? Su respuesta, y todavía más importante, su comportamiento, tendrán mucho que ver con lo efectivo que sea usted a la hora de dar disciplina a sus hijos, y en general con lo efectivo que sea usted como padre.