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Si le pido que me hable de su infancia, ¿qué me diría? Probablemente hablaría de su madre, de su padre, de un hermano, de una hermana o de dos; quizás también me hablaría de su casa, del perro, etc. Nada destacable. Pero piénselo de nuevo: el mundo de su descripción está lleno de seres separados o delimitados –usted mismo para empezar, y después está la madre, y luego el padre, la hermana… ¿Qué hay entre esas comas que garantizan que los entendemos como seres individuales? ¿Qué es, por ejemplo, lo que le separa a usted de su madre? Piel y espacio, podría aventurarse a responder…
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Cuando era pequeño e intentaba representar el mundo con ceras de colores seguramente empezaría con seres delimitados. Esta figura de palo es “mi mamá”, ese borrón es “mi casa”, etc. Y seguramente todo estaba claramente trazado… quizás con la fuerza inconfundible de la cera negra. Para los niños pequeños las figuras individuales simplemente flotan en un espacio vacío y cuando son más mayores puede reconocerse un fondo –enormes manchas de verde o de azul o de amarillo. Lo primero son los seres delimitados, el resto es irrelevante.
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¿Acaso la vida cotidiana no se entiende así: yo aquí, tú allí y un espacio entre ambos?
Para nosotros se trata de un mundo de profunda separación.
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Si le pidiera que me hablara de sí mismo –qué le mueve a actuar en la vida, qué le motiva– ¿cómo lo haría? Seguramente me hablaría de lo que piensa de la vida… y quizás de la muerte. Me describiría sus deseos, lo que quiere de la vida, lo que espera lograr. Y si se sintiera cómodo conmigo incluso me hablaría de sus sentimientos, de su amor, de sus pasiones y de sus odios. Su mundo interior está repleto de contenidos, algunos de los cuales se escapan por sus palabras y gestos, mientras que el resto permanecen ocultos… Quizás piense que incluso ocultos para usted mismo. Esas explicaciones sugieren una profunda separación. Lo más importante para nosotros, creemos, permanece enterrado –en pensamientos, sentimientos, deseos, esperanzas, etc. Usted, allí, dentro de su caparazón y yo, aquí, en el mío, y proclamamos buena fortuna cuando sentimos que estamos compartiendo esos mundos interiores.
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En este capítulo me gustaría lidiar con el impacto de esos límites. En este momento de la historia occidental los damos por garantizados. El sentido de yo como algo fundamentalmente independiente es algo que va tejido a nuestras vidas cotidianas y que impregna nuestros momentos privados, se insinúa en nuestras relaciones diarias, está inscrito en nuestros objetos, lo segregan nuestras instituciones. No experimentamos ninguna dificultad a la hora de hablar de “mis pensamientos”, “mi decisión”, “mi experiencia”, “mis necesidades”… y buscamos conocer las “intenciones”, los “sentimientos verdaderos” y los “valores personales” de los demás. De hecho, estamos cómodos viviendo entre nuestras líneas trazadas con ceras de colores pero ¿tendríamos que estarlo?
A partir de aquí me gustaría confrontar algunas de las responsabilidades. Cuando damos por hecho esos límites –simplemente cómo son las cosas– ¿cuáles son los resultados para nuestras vidas? ¿A qué se invita y qué se niega en nuestras vidas? En mi opinión los costes que implica son enormes, además de ser unos costes que también hemos llegado a dar por hecho, y ya no podemos permitirnos tanta complacencia. Como propondré más adelante, hay formas importantes en las que la idea de que las personas son unidades delimitadas emerge ahora como una amenaza para el bienestar del mundo de manera más general. Esas preocupaciones se materializan en un corpus importante de escritos que atacan lo que se caracteriza como la tradición individualista[1]. Muchas de esas obras se verán reflejadas en la presente explicación.
No obstante mi crítica no es un fin sino un principio. Establece los fundamentos para el mayor desafío que se plantea este libro: esbozar una alternativa para la tradición del ser delimitado. Esta visión, la del ser relacional, busca reconocer un mundo que no está en las personas sino en sus relaciones y que en última instancia elimina las delimitaciones tradicionales de separación. Nada nos pide que entendamos nuestro mundo en términos de unidades independientes; somos libres para acuñar nuevas y más prometedoras ideas. Y una vez captada la concepción de ser relacional se pueden formar nuevas formas de acción, se pueden entender nuevas formas de vida y puede aparecer una visión más prometedora de nuestro futuro global. Y no, todo eso no significa abandonar el pasado; la visión tradicional del individuo delimitado no tiene que eliminarse, pero cuando logramos verlo como una construcción realizada por nosotros mismos –una opción entre muchas– quizás podamos también entender que el límite alrededor del yo también es una presión.
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He dividido este estudio crítico en tres secciones. En la primera trato los asuntos vinculados con la caracterización cotidiana de nosotros mismos y el peso tedioso que adquirimos a través del discurso de un yo delimitado. A continuación paso del sentido de yo al impacto corrosivo del ser delimitado en nuestras relaciones cotidianas. Por último analizo el carácter más amplio de la vida cultural. ¿Qué ocurre con los patrones de vida generales cuando aceptamos la tradición de individuos independientes? Para ir sobre seguro mi explicación será selectiva; me centraré exclusivamente en el desafortunado declive de una tradición duradera. Pero mi intento no es inclusivo ya que todavía quedan muchas críticas que no se recogen en este ensayo. También existen motivos para criticar sin disculparse. Los ideales de autonomía, razón individual, conciencia personal, libertad, libre competencia y autoconocimiento –todos ellos compañeros del ser delimitado– están tan profundamente consagrados que las dudas aisladas raramente son escuchadas. Si se va a producir una transformación tendrá que llegar el día en el que esas voces discrepantes sean escuchadas.
Las concepciones de la persona proceden de la historia cultural. Antes del siglo XVI se dudaba poco en Occidente de que el alma sagrada fuera el ingrediente central del yo y esa concepción hizo que resultara inteligible buscar la absolución de los pecados en los representantes de Dios en la Tierra. El concepto de uno mismo y la institución de la religión iban de la mano y a medida que la concepción del alma ha sido sustituida gradualmente por su homólogo secular, la razón consciente, la influencia de la Iglesia se ha ido debilitando. Sin embargo, ¿cuáles son los resultados de nuestro sentido ilustrado de que somos agentes auto-determinantes de nuestras acciones? Consideremos primero las dimensiones de la vida personal, centrándonos en particular en los problemas de aislamiento, evaluación y autoestima.
El aislamiento fundamental
Nos miramos a los ojos con la esperanza de captar la fuente inagotable de acción. Sé que en algún lugar de su persona habitan los pensamientos, las esperanzas, los sueños, los sentimientos y los deseos en torno a los cuales gira su vida. Sus palabras y sus hechos pueden expresar esas ondulaciones internas pero de forma imperfecta. Aun así, si lo más importante de usted se encuentra en algún lugar de su interior, siempre será un desconocido para mí. El “usted” esencial no está ante mí, disponible ante mi mirada, sino en algún otro lugar –al acecho detrás de los ojos. No puedo atravesar el escudo del rostro para saber qué hay realmente, qué piensa, siente o quiere de veras. Incluso en nuestros momentos de mayor intimidad no puedo saber qué hay detrás de sus palabras de ternura; no consigo captar su significado. Permanecemos fundamentalmente separados. Y su posición es idéntica a la mía. Mi mundo privado no está disponible para usted. Lo que es esencial para mí está “aquí”, en un espacio privado al que ni usted ni ninguna otra persona pueden acceder. Existo en un jardín de bien y de mal en el que no hay visitas. Y aquí estamos, usted en su mundo y yo en el mío. Nací solo y moriré solo. Esa es la condición fundamental de la naturaleza humana.
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Barcos que pasan en la noche,
y al pasar se hablan uno al otro,
solo mostrando una señal,
y una voz lejana en la oscuridad;
así en el océano de la vida,
pasamos y hablamos el uno al otro,
solo una mirada y una voz, luego
otra vez oscuridad y silencio.
—Henry Wadsworth Longfellow
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Si nos entendemos como seres fundamentalmente aislados, el hecho de vivir solos es un acto natural. Casi la mitad de los adultos que viven en Estados Unidos ahora viven solos y estrechamente relacionado con ello está que en 2004 el norteamericano medio solamente tuviera dos amigos cercanos en quien poder confiar para asuntos importantes. Una cifra que había disminuido desde 1985, cuando la media era de 3 personas de confianza. Además el número de personas que decía no contar con nadie en quien confiar escaló del 10% en 1985 al 25% en 2004[2]. Así las cosas, la prevalencia de la soledad no debería sorprender a nadie. Existen más de dos millones de páginas web dedicadas al problema de la soledad en la vida contemporánea. Además la soledad no se ve solamente como un déficit en sí misma sino que va asociada a unos niveles peligrosamente elevados de presión arterial[3], y a depresión y suicidio[4].
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En nuestra sociedad sufrimos mucho de soledad. Una parte importante de nuestra vida es un intento por no estar solos: “Hablemos con los demás, hagamos cosas juntos para no estar solos”. Pero inevitablemente estamos realmente solos en estas formas humanas. Podemos disimular, podemos distraernos, pero eso es casi lo máximo que podemos hacer. Cuando se trata de la experiencia real de la vida, estamos muy solos, y esperar que alguien haga desaparecer nuestra soledad es pedirle demasiado.
—Ajahn Sumedho
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No debería sorprender a nadie que muchos terapeutas, expertos y teólogos describan que lo que sienten es una importante pérdida del sentido de la vida en las personas[5]. Se fracasa a la hora de ubicar algo realmente significativo por lo que valga la pena un compromiso vital, una brújula para acciones concertadas, una razón para seguir vivos. No obstante, también celebramos la autonomía, el “hombre hecho a sí mismo”, el individuo que resiste a la convención social y que va a su propio ritmo. ¿Acaso es precisamente esa celebración la que le lleva a la pérdida de sentido? Cuando se les pregunta qué es lo realmente importante para ellos, muchos hablan del amor, la familia y Dios. Pero ¿cuál es el origen de tales inversiones? ¿Se podrían llegar a descubrir en solitario? ¿Y si pudiéramos entender todo lo que denominamos pensamiento, fantasía o deseo como algo que se origina en las relaciones? Incluso estando físicamente aislados podríamos descubrir los restos de una relación. Se debería analizar una apreciación renovada del yo con los demás.
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Una vez adopté el heroísmo del aislamiento solitario. Fueron los días en los que me emocionaban las obras de Sartre y Camus, liberalmente acompañadas de dosis de Jack Kerouac y Alan Ginsberg. En ese mundo yo era el dueño de mi destino y cada momento era un punto de elección en el que el acto auténtico podría resultar fundamentalmente redentor. Yo era Sísifo en un mundo sin sentido y en mi decisión diaria de empujar con dolor la piedra hacia la cima de la montaña me convertía en un héroe. No necesitaba a nadie y me reía de sus maneras convencionales… hasta que un día fui consciente de que tal heroísmo no nacía del aislamiento. La imagen del héroe aislado era una tradición cultural. Mi heroísmo no era más que una actuación en búsqueda del elogio indirecto de mis héroes.
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El sentido de la vida para la mayoría de norteamericanos es convertirse en la propia persona de uno mismo, casi como parirse a uno mismo. Y gran parte de ese proceso… es negativo; implica liberarse de la familia, de la comunidad y de las ideas heredadas.
—Robert Bellah
Una evaluación inexorable
Si estoy fundamentalmente solo… el origen de mis acciones… ¿qué hay que decir del fracaso? Es evidente que hay eventos que escapan a mi control pero en términos generales mis fracasos son de mis propias acciones. En ese sentido, cualquier comportamiento inadecuado, inapropiado o cualquier fracaso público pone en cuestión a mi “yo” esencial. Todas las insuficiencias de conducta son expresiones potenciales de una carencia interna. A la hora de explicarlo, “no ha sido culpa mía”, “mis padres no se ocuparon de mí” o “no tenía conocimiento de las consecuencias” son expresiones para defenderse de la terrible acusación: ¡eres inferior![6]
La posibilidad de inferioridad personal empieza tan pronto como la primera experiencia infantil con juegos competitivos. “Fallo mío” no se toma a la ligera. Y cuando llegamos a la escuela, el “yo en cuestión” se institucionaliza y a partir de ese día el individuo existe en un estado de evaluación continua: “¿Soy suficientemente bueno?”, “¿fracasaré?”, “¿cómo seré juzgado por mis profesores, mis padres y mis compañeros de clase?”, “¿he pecado?”. Los problemas se vuelven mayores cuando es nuestra propia carrera la que está en evidencia. Están los equipos de asistencia al estudiante, los cocientes de inteligencia, las pruebas de acceso a la Universidad… Y el recién licenciado accede a la vida adulta profesional para encontrarse con evaluaciones semestrales de rendimiento, evaluaciones de promoción… una vida repleta de amenazas para la propia valía[7].
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Llegar a Yale fue una experiencia desgarradora. En aquel momento la cultura dominante era la de la elitista escuela preparatoria de New England y el hecho de acceder a la Universidad como chico becado procedente del Sur me convertía en un desclasado. Mirara donde mirara mi tembloroso sentido de valía se veía amenazado. Ahí estaban los ricos para recordarme mis orígenes indigentes; los súper guais para iluminar mi falta de sofisticación; los viajeros por el mundo para revelar mi estrechez mental; los súper deportistas para menguar mis competencias atléticas; los súper guapos para recordarme mi aspecto mediocre y los estudiosos aplicados para sugerir mi superficialidad. Había días en los que me preguntaba si tenía algo que ofrecer. ¿Por qué casualidad había sido aceptado? Por no hablar de los debates nocturnos con los compañeros de habitación: un judío de Florida, un católico de Nueva York y un playboy de Connecticut. Nuestras bromas y las conversaciones ligeras poco a poco revelaron que todos compartíamos un sentimiento general de aprensión y que a pesar de nuestras diferencias había momentos importantes en los que nos asegurábamos los unos a los otros que estaríamos bien.
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La cantidad de maneras en las que podemos fracasar es disparatada. A medida que las tecnologías contemporáneas nos llevan a introducirnos en una órbita en continua expansión de relaciones, los criterios de autoevaluación se multiplican. Cada conocido puede recordarnos de alguna manera que somos inadecuados. Un amigo suyo de California puede recordarle que no se relaja ni disfruta de la vida, mientras que un colega de éxito de Ohio le sugiere que si no trabaja un mínimo de once horas al día está desperdiciando su talento. Otro amigo de Boston le recuerda que no está disfrutando de toda la fantástica literatura que se publica, mientras que su colega de DC considera que sus conocimientos de política mundial son insuficientes. Una visita de París le hace sentir que no tiene ningún estilo a la hora de vestir, y un amigo rubicundo de Colorado da a entender que se está dejando. Mientras tanto los medios de comunicación nos enfrentan a un bombardeo de criterios adicionales de fracaso personal. ¿Es lo suficientemente aventurero, limpio, viajero, con un nivel bajo de colesterol, con buenas inversiones, delgado, buen cocinero, bien perfumado, a prueba de ladrones y dedicado a su familia? Y todas las reuniones sociales plantean preguntas sobre nuestra popularidad; todo comentario puede llevar signos de nuestro propio fracaso; y cada matiz, prenda de vestir o mancha corporal corre el riesgo de extenderse a los cuatro vientos y generar formas sutiles de burla. ¿Qué daño se infringe a los jóvenes de la sociedad cuando lo único que cuenta es ser “el número uno”?
La evaluación constante no es una dimensión inherente de la vida social sino que se trata concretamente del resultado de suponer que estamos en un mundo de seres delimitados. Si no entendiéramos el mundo en términos de individuos separados, cada uno de los cuales con un comportamiento en función de su capacidad y de su estado mental, ningún fracaso ni ninguna culpa pertenecerían a NADIE. Para un budista el reto de la vida no es luchar para evitar el fracaso y conseguir el éxito sino trascender las estructuras mismas que consideran esa lucha significativa. Y ésa es la introspección que invita a explorar el ser relacional.
La búsqueda de la autoestima
Si estoy fundamentalmente solo y haciendo frente a la amenaza continua de la evaluación, ¿cuál es mi objetivo fundamental en la vida? ¿Acaso no es mi propia supervivencia? No puedo confiar en nadie para que cuide de mí, nadie puede conocerme y siempre estoy bajo amenaza de evaluación. Así pues, cuidar de nuestro yo es primordial. A pesar de mis limitaciones, tengo que aprender a amar, a aceptar y a valorarme.
Esta lógica es tan común que muchos científicos sociales creen que es fundamental para la conformación humana. Para el eminente psicoterapeuta Carl Rogers la mayoría de problemas de sufrimiento humano se deben a la falta de amor propio[8]. Para Rogers el amor propio es natural, existe desde que nacemos. Sin embargo nuestros problemas surgen al vivir en un mundo en el que la mirada de los demás siempre es condicional. “Te quiero si…”. En un mundo en el que se aplican condicionales a nuestra valía acabamos por evaluarnos a nosotros mismos condicionalmente, según propone Rogers. El resultado es dudar constantemente de nosotros mismos, incapacidad de abrirnos y de amar a los demás, y la construcción de multitud de defensas. La tarea del terapeuta es en primer lugar mirar al paciente incondicionalmente, y cuando le valora a pesar de sus defectos, su plenitud queda restaurada.
El mismo mensaje se hace patente en el interés permanente de los psicólogos por la autoestima, y son miles los estudios de investigación sobre la materia[9]. La principal preocupación de esa investigación ha sido demostrar los numerosos problemas de la vida asociados con la baja autoestima, así como localizar maneras de aumentar el amor propio. El impacto de ese tipo de estudios ha alcanzado proporciones sociales y los programas educativos para mejorar la autoestima, los programas de apoyo para adultos y los ejercicios de autoayuda se han convertido en un elemento cultural muy importante. La Asociación Nacional Norteamericana para la Autoestima (National Association for Self-Esteem) –dedicada a “integrar la autoestima en el tejido de la sociedad norteamericana”– propone pósters, juegos, libros, juguetes, ropa y cintas para ayudar a los niños a generar su sentimiento de valía. En la actualidad existen más de un millón de sitios web que ofrecen material relevante para aumentar la autoestima.
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Eva Moskowitz escribe:
Vivimos en una era consumida por el culto a la psique. En una sociedad plagada de divisiones por raza, clase y género estamos no obstante unidos por un evangelio de felicidad psicológica. Ricos o pobres, negros o blancos, hombres o mujeres, heterosexuales u homosexuales, todos compartimos la creencia de que los sentimientos son sagrados y que la salvación reside en la autoestima; que la felicidad es el objetivo definitivo y la sanación psicológica el medio para conseguirlo… Todas las instituciones de la vida norteamericana –escuelas, hospitales, cárceles, tribunales– han sido formuladas con la inversión nacional en sentimientos. … La intensa preocupación por la psique es única tanto histórica como culturalmente y ningún otro país del mundo tiene tanta fe en las técnicas de bienestar emocional y de autoayuda[10].
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También hay un lado más oscuro en este clamor por la valoración de nosotros mismos y somos conscientes de que la autoestima es amiga fiel de rasgos menos admirables como el narcisismo, la soberbia, la vanidad, el egocentrismo, el egoísmo y la arrogancia. ¿Dónde se debe trazar la línea divisoria? Somos muy conscientes de esta conducta más oscura en nuestras relaciones con los demás. Existen condiciones muy especiales que deben prevalecer antes de que un conocido pueda hablarnos de sus logros, de su maravillosa personalidad o de sus excelentes elecciones sin que nos volvamos fríos. Podemos resplandecer cuando nuestros hijos se sienten orgullosos por un trabajo bien hecho, felicitarles por la confianza en sí mismos y animarles a ser “personas responsables”… hasta el punto en el que se giren y digan “No me digas lo que tengo que hacer…”[11].
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Muchos eruditos consideran este énfasis en la autoestima como una invitación a la insensibilidad social. Ya a principios de 1800 Alexis de Tocqueville comentaba lo que a su modo de ver era un defecto importante del individualismo norteamericano:
El individualismo es un sentimiento pacífico y reflexivo que predispone a cada ciudadano a separarse de la masa de sus semejantes, a retirarse a un paraje aislado, con su familia y amigos; de suerte que después de haberse creado así una pequeña sociedad a su modo, abandona con gusto la grande. … el individualismo no agota, desde luego, sino la fuente de las virtudes públicas; mas, a la larga, ataca y destruye todas las otras y va, en fin, a absorberse en el egoísmo”[12].
Casi 200 años después Christopher Lasch retoma el mismo tema en su crítica La cultura del narcisismo[13]. Como el mismo autor postula, la actitud de “primero yo” dominante en la vida contemporánea reduce las relaciones emocionales y la intimidad sexual al nivel de la mera trivialidad. Se convierten en vehículos para “hacernos sentir bien”; básicamente “te quiero porque me das placer”. De la misma manera la investigación académica se ha transformado del bien inherente al “bueno para mi carrera”. La petición de “publicar o perecer” no favorece tanto el nacimiento de nuevo conocimiento como el mandato de nuevos Profesores. La actividad política no se dedica tanto a lograr el bien público como a garantizar que “gane mi partido”. Cuando el “primero yo” es un reflejo que no se cuestiona, el atascamiento político no debería sorprender a nadie. Más preocupantes son los efectos de creer que uno es superior a los demás. La investigación sugiere, por ejemplo, que ese sentido de superioridad está vinculado a la violencia: los criminales violentos a menudo se consideran a ellos mismos superiores y sus víctimas “se merecían lo que les ha ocurrido”. Los miembros de bandas callejeras y los acosadores escolares también tienden a verse superiores a los demás. El ejemplo más radical de todos es el Holocausto, o el resultado trágico de identificarse a sí mismo como una raza superior[14].
No propongo que abandonemos a la multitud que sufre de un sentido empobrecido de valía personal, que vive angustiada por los desafíos que plantea la vida normal, o que escapa a través del suicidio. Lo que me ocupa es la posibilidad de un futuro alternativo. ¿Por qué tenemos que sostener maquinalmente una tradición en la que el principal lugar de evaluación es el yo individual? ¿Por qué la valorización de una mente individual tiene que servir de ingrediente básico para una buena vida? Cuando dejamos de pensar en términos de seres delimitados estamos dando un paso hacia la libertad de las demandas cada vez más numerosas de la autoestima.

“Debes ser sensible ante la realidad de que el resto de niños es inferior a ti”
Cortesía de The New Yorker Collection 2007, William Haefeli de cartoonbank.com Reservados todos los derechos.
En su obra clásica Celebrando al otro, Edward Sampson propone que sostenemos nuestra autoestima con lo que él denomina “monólogos de auto-celebración” –historias sobre lo buenos, lo exitosos y lo honestos que somos[15]. No obstante, para sostener esos monólogos necesitamos a otros que no sean tan buenos para así construir mundos en los que los demás sean irracionales, irreflexivos, pecadores, etc. Entonces se establece una estrecha relación entre nuestra presunción de que somos “autosuficientes” y la calidad de nuestras relaciones con los demás, y amplificamos el asunto centrándonos en cuestiones de desconfianza, menoscabo e imponiendo artificios.
Desconfianza y menoscabo
Buscamos la aceptación de los demás para asegurar nuestra valía en tanto que individuos; es nuestra lógica cultural. Pero ¿cuánta confianza podemos depositar en las expresiones de apoyo y de amor de los demás? ¿Simplemente están siendo educados, están intentando que nos sintamos bien, quieren algo a cambio? ¿Se nos está manipulando? Cuando intentamos responder a ese tipo de preguntas nos vemos confrontados ante un profundo desafío: comprender el mundo interior del otro. Según nuestra tradición, las acciones de las personas proceden de esos mundos interiores y para entender las acciones de los demás uno debe tener en cuenta sus razones, motivos o deseos subyacentes. Aun así ¿cómo lograremos penetrar tras el velo? Resulta interesante ver que a pesar de los varios cientos de años de interés por este tema ningún especialista ha sido todavía capaz de aportar una explicación adecuada de cómo puede comprenderse el fenómeno. Todo lo que tenemos son expresiones “exteriores” de un mundo interior, nunca acceso a ese mundo en sí. Volveré sobre este tema en capítulos posteriores. Sin embargo por ahora basta con destacar la impenetrable ambigüedad de las acciones de los demás. El cráneo nunca se abrirá para desvelar los secretos del alma. Entonces ¿qué conocemos realmente del otro? Cuando asumimos los límites del ser nos ponemos en una posición de desconfianza fundamental. Queremos creer la sinceridad del agradecimiento de los demás e intentamos convencernos de que el amor es auténtico, pero en el fondo también sabemos que no sabemos. La mente delimitada es eternamente esquiva y opaca.
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La desconfianza se agudiza por la idea prevalente de que la satisfacción personal es el objetivo humano fundamental. También es una idea a la que la comunidad científica ha añadido un coro de confirmación. Freud se pronunció directamente: el motor primario de la conducta individual es el placer animal, presente desde que nacemos. De hecho es una energía tan potente, argumentaba Freud, que la persona tiene que establecer defensas neuróticas para impedir su plena expresión. Más recientemente los biólogos sociales le han dado un giro genético al principio del placer de Freud y proponen que el motivo fundamental que rige la acción humana es sostener nuestros propios genes. El énfasis de Freud en el deseo erótico se convierte ahora en el deseo de reproducirse, de ahí que los biólogos sociales propongan que cumpliendo con su destino genético los hombres sean polígamos por naturaleza[16]. ¿Deberíamos aceptar estas especulaciones científicas como verdaderas? Solamente si estamos dispuestos a otorgar que científicos como Freud y los biólogos sociales pueden de algún modo penetrar en el interior de las mentes humanas, que pueden mirar hacia dentro y discernir cuál es el “origen real” de nuestras acciones. ¿Es el acto sexual, por ejemplo, el resultado de un impulso por obtener placer, de un impulso por reproducirse, de una necesidad de seguridad, de una necesidad de lograr algo, de un impulso de poder, de una urgencia por una comunión definitiva, o …?
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Que la motivación fundamental de los seres humanos sea la autosatisfacción es un constructo cultural y como tal casi nunca nos vemos obligados a incorporar esa creencia a nuestros modos de vida. ¿Por qué deberíamos hacerlo? En la medida en la que yo crea que usted se aleja de la autosatisfacción sus acciones se tornan sospechosas y todas sus muestras de cariño, de atención, de compromiso y de preocupación personal dejan de ser auténticas, de corazón; y en lugar de eso se plantean preguntas sobre qué está intentando obtener de mí. ¿Acaso me estará enrolando simplemente al servicio de su placer, de sus necesidades o de sus deseos? Y si intenta garantizarme que sus muestras son sinceras, ¿no será simplemente otra estratagema? Cuando ansiamos el amor de otro ese tipo de sospechas son veneno.
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La presunción del ser delimitado no solo engendra la desconfianza de los demás sino que pone en marcha una búsqueda activa del fracaso de los demás. Cuando estamos crónicamente preocupados por nuestra autoestima buscamos medir lo buenos que somos y para ello hay que compararse con los demás. Soy más o menos inteligente, talentoso, gracioso, motivado, etc. Los psicólogos sociales han estudiado mucho el proceso de la comparación social[17] y aunque los estudios son concisos hay dos temas invariables: el primero es que las personas suelen elegir la comparación “hacia abajo”, es decir, analizan el entorno para localizar a personas que tengan menos valía que ellas. De hecho la autoestima se potencia cuando se localiza lo que uno ve como inferioridad en los demás. Y si esa inferioridad de los demás no se ve claramente, siempre podemos encontrar defectos. “Es generoso pero también es cobarde”, o “Es guapa pero es muy aburrida”.
Una segunda conclusión importante que se desprende del estudio de la comparación social es que la comparación “hacia arriba” suele resultar dolorosa: si observo a mi alrededor y encuentro que todos son mejores que yo, sufro. Y como sugiere el estudio, tengo dos posibilidades: primero, puedo mirar selectivamente y limitarme a evitar la información sobre las cualidades de los demás, después de todo esa información haría que me sintiera inferior; o puedo encontrar maneras de rebajar su superioridad volviendo a buscar defectos: “Puede parecer inteligente pero tiene que trabajar más que nadie para conseguir esas notas”, o “Puede parecer amable pero por detrás es una víbora”.
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No debería extrañarnos que para casi cualquier término de evaluación podamos encontrar un sustituto que reduzca el elogio a escarnio. Disponemos de los recursos verbales necesarios para destruir el carácter de cualquiera que sea “mejor que yo”.
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carácter fuerte |
rígido |
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valiente |
alocado |
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dulce |
empalagoso |
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ahorrador |
tacaño |
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culto |
sabelotodo |
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elocuente |
cuentacuentos |
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convincente |
timador |
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muy motivado |
frenético |
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fiel |
convencional |
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espiritual |
excéntrico |
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reflexivo |
indeciso |
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tolerante |
inocente |
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optimista |
soñador… |
En general la investigación en materia de comparación social traza una imagen pesimista y sugiere que cada día accedemos al mundo utilizando unas gafas de cristales grises. Evitamos ver lo bueno que tienen los demás y nos acomodamos en localizar sus fallos. Observamos el mundo social para garantizar que somos mejores que todos los demás.
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Como escritor soy plenamente consciente de las presiones de la comparación social. Entrar en una librería o en una biblioteca, por ejemplo, es una experiencia intimidadora. Quiero considerarme un buen escritor pero ante mí aparecen miles de competidores y frente a esas hileras inacabables de libros, ¿qué valor posible tiene mi trabajo? ¿Es simplemente otra cubierta entre la multitud? En la librería miro las pilas de best sellers y cuando veo a un autor cuya obra es muy comentada se me cae el mundo encima. “¿Cómo voy a poder competir nunca con ellos? ¿Por qué continuar?”. Pero entonces busco defectos: “claro que su obra es popular, simplemente porque dice lo que todo el mundo quiere oír”. “Este libro ha tenido un gran impacto pero por desgracia los argumentos están completamente mal enfocados”. “Este libro está muy de moda pero el contenido es trivial”. Ahora estoy preparado para regresar a mi manuscrito inacabado. Siento la presencia de la comparación social en mi vida. Si no hubiera absorbido las lecciones del ser delimitado no hubiera accedido al incapacitador callejón sin salida de la comparación. La comparación social no es un hecho de naturaleza humana sino una tradición desafortunada de la cultura occidental. El desafío que tenemos todos es deshacer los límites del ser.
Las relaciones como artificio
Si el átomo fundamental de la sociedad es el yo delimitado ¿cómo entenderemos las relaciones? Si el yo es la unidad “natural” del ser entonces las relaciones son “artificiales” y no se dan en la naturaleza sino que se crean cuando dos “yos” individuales se unen. Solemos decir:
“Tenemos que trabajar esta relación”.
“Han establecido una relación”.
“Esta relación se está rompiendo”.
“Necesita establecer una buena relación”.
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Si el yo es primario entonces para nosotros las relaciones son secundarias en importancia. Tenemos que ser cautos siempre con la conexión. Las relaciones plantearán inevitablemente demandas al individuo, se desarrollarán expectativas y obligaciones, se impondrán normas sobre lo que está bien y lo que está mal. Si no somos muy cautos nuestra libertad quedará destruida. Según Michael y Lisa Wallach, en la cultura contemporánea “las lealtades privilegiadas tienden a verse como una limitación inaceptable de nuestra libertad personal”[18](TdT).
Si vemos las relaciones como algo secundario y artificial, recurriremos a ellas principalmente cuando sean necesarias para nuestro uso o satisfacción personal. En ese sentido una relación comprometida es una señal sutil de insuficiencia y sugiere que nos falta algo. Somos tan vulnerables que sacrificamos nuestra autonomía. Las despedidas de soltero, por ejemplo, pueden verse como rituales de escarnio además de como una celebración. Y en la misma línea, la relación comprometida está bajo continua amenaza –sostenida solamente en la medida en que nos llena personalmente. “Si dejas de cubrir mis necesidades desaparezco de aquí”. El compromiso es peligroso. Envuelta en todas las relaciones se encuentra la amenaza de la prescindibilidad[19].
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Cortesía de Regine Walter, dibujante
(Los ingleses) no dedican demasiado tiempo a las relaciones hasta que no saben cuáles son las probabilidades.
—Malcolm Bradbury
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Las ciencias sociales también han contribuido a esta amplia sospecha “del otro”. Desde principios del siglo XIX los científicos con frecuencia han propuesto que el individuo es en cierta manera estropeado por los demás. Poseído por la historia de la revolución francesa, Gustav LeBon argumentaba que en la multitud se destruye la capacidad de raciocinio del individuo[20]. Después de la Segunda Guerra Mundial los científicos sociales estaban horrorizados por la sumisión de los ciudadanos alemanes ante el fascismo de Hitler y fue en ese contexto en el que se celebró la famosa obra de Asch sobre el conformismo. Como Asch demostró, frente a un grupo que aceptó por unanimidad una decisión a todas luces equivocada, el individuo apenas podría resistir la conformidad[21]. Influenciado por el horror del Holocausto, Stanley Milgram alzó la voz para condenar a los que obedecían a la autoridad[22]. Tal como intentó demostrar, individuos perfectamente razonables podían ser presionados para someter a potentes electroshocks a otro ser humano, que seguramente moriría. Y como Irving Janis argumentó con su investigación, cuando las personas toman decisiones juntas están en peligro de caer en el “pensamiento de grupo”[23]: eliminan información, dejan de ser autocríticos y se rinden ante las opiniones de los demás. En todo este trabajo los grupos son peligrosos y se honora la independencia.
No es que esos estudios sean incorrectos sino que son selectivos –tanto en términos de lo que eligen observar como en cómo se interpreta. Los investigadores eligen condiciones específicas que dan forma al grupo bajo una luz negativa. Podrían seleccionarse muchas otras situaciones que enseñarían la imagen opuesta –mostrando cómo un grupo corrige el sesgo del juicio individual, crea más opiniones o genera una moral elevada. Además también está la selección de la terminología para interpretar las observaciones. Si estamos de acuerdo con la opinión del grupo, ¿se trata de conformidad o de una expresión de solidaridad? Y si obedecemos las órdenes de un experimentador de aplicar descargas eléctricas a otro sujeto, ¿es obediencia o hacer lo mejor para la ciencia? Efectivamente esta investigación tiene un mensaje político: cuidado con el grupo.
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El infierno son los otros.
—Jean Paul Sartre
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Iba a dar una charla en el Centenario de la fundación de la psicología social y a fin de llevar a cabo la investigación de antecedentes decidí pasar dos semanas en la Biblioteca Boudlian de Oxford, lo que supondría estar alejado de la familia, de los amigos y de los colegas. Pero de nuevo disfruté de la visión de ser completamente libre y de estar solo; sin obligaciones, ni expectativas, ni lazos… por fin un poco de autonomía. Durante varios días la biblioteca fue una robusta compañera, aunque pronto empecé a sentirme inquieto. Necesitaba a alguien con quien hablar y reír, necesitaba compañía. Busqué a viejos conocidos en la Universidad, me desplacé hasta Londres para visitar a un amigo e incluso empecé a hablar con desconocidos. A la semana, mi agenda estaba repleta de citas y cada noche tenía un compromiso; las expectativas se enlazaban día a día. La libertad se había desvanecido. La lección que aprendí fue la siguiente: la libertad contiene un vacío que solamente las relaciones pueden colmar.
La tradición del ser delimitado va más allá de la experiencia cotidiana del yo y de los demás. También se materializa en nuestros modos de vida y en las estructuras de nuestras instituciones –escuelas, negocios y la misma democracia. De hecho, por lo general pensamos que esos grupos están constituidos por individuos únicos y, como propuso el teórico francés Michel Foucault, esa concepción de vida social facilita la dominación[24]. Cuando las autoridades pueden distinguir a las personas y encarcelarlas o eliminarlas, se potencia la resistencia de la comunidad. Según propone Foucault, la idea misma de asignar la autoría de los libros surgió en un momento en el que las autoridades deseaban controlar y suprimir la crítica política. Más adelante en este mismo libro hablaré largo y tendido de las prácticas relacionales en instituciones tales como la educación, la terapia y las empresas. Sin embargo, y para completar este capítulo, me gustaría abordar dos orientaciones que dominan en la vida cultural contemporánea. Lo que me preocupa son las maneras en las que la ideología del ser delimitado se presta a hacer marketing del yo y a un desglose en deliberaciones morales.
Los costes de calcular
Como ya se ha dicho, dada la primacía del yo el significado de las relaciones disminuye. Así, la pregunta que se plantea es la siguiente: ¿Para qué deberíamos tener compañeros? Y para el yo delimitado la respuesta es clara: porque pueden darme placer. Las relaciones no tienen ningún valor inherente, lo que cuenta es el bienestar individual, y el valor de los demás viene determinado por si contribuyen o sustraen nuestro propio placer. “¿Qué eres para mí?”. Depende de “cuánto beneficio puedes aportar, y a qué precio”. De ahí que oigamos expresiones como:
• Tendrías que conocerle, podría ayudarte en tu carrera profesional.
• Simplemente no cubre mis necesidades.
• ¿Qué has hecho por mí últimamente?
• Ya no te necesito.
• Puedes llevarlo a todas partes.
• Eres una traba en mi vida.
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Algunos críticos hablan de esta orientación calculadora hacia la vida social como instrumentalista. En efecto, los demás se definen como instrumentos para conseguir mis objetivos. No son fines en sí mismos y su bienestar no importa en sí mismo, simplemente son medios para alcanzar el objetivo de mi bienestar. Está claro que podemos desear ayudar a los demás a lograr su propia felicidad, pero nos sacrificamos por los demás solamente para que sea recíproco y entonces hablamos de “interés propio ilustrado”.
Aquí nos volvemos a encontrar con las ciencias sociales dispensando verdades que contribuyen a la naturalización de esta orientación. La teoría económica es el caso más obvio. En tanto que padre de la teoría económica contemporánea, Adam Smith caracterizó la acción social como fundamentalmente basada en el propio interés. La naturaleza humana del individuo le lleva a maximizar las ganancias y a minimizar las pérdidas[25]. Como propone una promoción de economistas sociales, calcular la autogratificación resulta fundamental para toda acción humana, desde comprar cervezas a elegir pareja[26]. Desde entonces son muchos los psicólogos que se han hecho eco de esa “verdad económica”. La teoría conductual de B.F. Skinner figura entre las más prominentes. Para Skinner, el organismo –ya sea una paloma o un político– se rige por refuerzos –o aproximadamente las dosis de dolor y de placer suministradas por el entorno. Según el autor estamos programados mentalmente para maximizar la recompensa y minimizar el castigo[27]. Y como también razonan los psicólogos, todas las relaciones sociales consisten en obtener el mayor placer de los demás al mínimo coste. El amor humano, bajo este prisma, consiste en obtener un beneficio: amamos a alguien cuando nos da el máximo placer por el mínimo coste[28]. Cuando adoptamos esos puntos de vista cualquier relación es candidata a la mercantilización.
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En un mundo social en el que prevalece el cálculo económico, la predicción y el control de los demás se convierte en virtud. En ese sentido, los psicólogos han pretendido demostrar las ventajas de creer que tenemos el control de lo que nos ocurre. Se utiliza una escala de personalidad para medir el grado en el que una persona cree que tiene ese control, en contraposición a la creencia de ser una marioneta de las circunstancias[29]. Casi en todos los casos la investigación demuestra que a las personas que creen en el control interno les va mejor –son más optimistas, más efectivas en su rendimiento, con más posibilidades de ser líderes, más orientadas a la acción, etc.[30] Este estudio está asociado con numerosos estudios que sitúan tanto a perros como a personas en condiciones en las que se elimina su control. Y a medida que se vuelven indefensos a la hora de controlar sus acciones, se vuelven cada vez más inactivos y a menudo se deprimen. Según Martin Seligman, decano de los estudios sobre indefensión, la principal causa de depresión en humanos es la sensación de indefensión a la hora de controlar nuestro propio mundo[31].
Imaginemos ahora que por el momento las personas se ven beneficiadas desde un punto de vista emocional cuando sienten que tienen el control. Entonces la pregunta importante que se plantea es si esos hallazgos nos dicen algo de la naturaleza humana en contraposición al estado cultural. Ese tipo de estudios presenta la imagen de una cultura en la que cada uno de nosotros está ahí para garantizar que tenemos el control de nuestro entorno. O, en efecto, todos deseamos controlarnos, deseamos que los demás sean predecibles y, de ahí, manejables. No obstante, esas líneas de investigación contribuyen a las creencias que sostienen la orientación. ¿Qué ocurriría si dejásemos de ver nuestro ser delimitado como el centro de nuestro universo social? ¿Desaparecería el clamor de control? ¿Es posible que el orden social surja no tanto del “yo te manejo” y viceversa como de la unión colaborativa? Quizás se deriven mayores ventajas si nos mecemos en la cuna de las relaciones –con los demás y con nuestro entorno.
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Cuando los demás se definen en términos de su valor instrumental, la metáfora económica entra a hurtadillas por la puerta de la vida cotidiana. Como demuestran los economistas sociales, todo lo que valoramos puede reducirse a la precisión del valor de mercado. Todo puede valorarse en términos de ganancias y pérdidas monetarias. ¿Cuánto cuesta un brazo o una pierna? Depende de lo que pagaríamos por volver a tener el miembro en cuestión. ¿Cuánto cuesta una puesta de sol? Depende que cuánto pagaríamos por verla. Así pues, los seres humanos y sus acciones se convierten en bienes de consumo, igual que un traje o un coche. No es sencillamente que los seres humanos pierdan valor intrínseco sino que todos los valores se abandonan excepto el valor de mercado.
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Cuando empezamos a entender a los individuos como calculadores racionales se altera la naturaleza de nuestras relaciones y todas las “declaraciones del corazón” –de amistad, cariño, amor, devoción o compromiso, se vuelven objeto de sospecha. Quedan reducidas a mera retórica o, en el peor de los casos, a subterfugios. Entonces una expresión como “te quiero” pierde su capacidad de vincular y se traduce como “eres mi fuente de ingresos”. Que nos quieran por nuestro dinero no es amor en absoluto.
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Cuando era adolescente las declaraciones de amor apasionado y eterno eran habituales. Dominaba el espíritu romántico y el éxtasis se encontraba en una sonrisa persistente o en los movimientos paralíticos del “último baile”; y si los abrazos tiernos daban paso a besos profundos, saltar la luna se volvía una posibilidad evidente. No obstante, si se descubría que por casualidad uno había escondido un preservativo –Dios mío, por si acaso– la puerta del romance se cerraría de golpe. Obviamente el pretendiente había planeado practicar sexo y no solamente había pensado en ello sino que lo más probable es que todas sus devotas declaraciones y las tiernas caricias fueran destinadas a ese preciso fin. En la mera existencia del preservativo la relación se había transformado de comunión en concupiscencia.
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Los tiempos han cambiado… ¿o quizás no? Está embelesado por una mujer –la conversación interesante, las revelaciones de su alma, el movimiento de su cuerpo– y sus ojos, sus labios, su cabello, su aroma, su piel suave –todo ello le adentra en las profundidades de la felicidad. Se acerca el momento… en el que tendrá que hacer frente a las siguientes preguntas:
• ¿Tengo derecho a decir “no” en cualquier momento?
• ¿Has traído protección?
• ¿Tienes algún herpes?
• ¿Te has hecho alguna prueba de SIDA?
Si responde correctamente a todas esas preguntas, podrá continuar… pero la pasión se habrá escapado por la ventana.
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Como propone Barry Schwartz, las disciplinas económicas “han ayudado a justificar las condiciones que potencian la búsqueda del interés propio económico excluyendo casi todo lo demás”[32]. En la medida en la que prevalece un cálculo económico de la relación podemos anticipar un mundo en el que las relaciones humanas se vuelven superfluas para una buena vida. Bajo esas condiciones un hombre podría preguntarse, por ejemplo, “para mi placer sexual, ¿una esposa costará más que una serie de novias, o sería más económico una prostituta? Y también, “¿Por qué tendría que salir y gastarme cien Euros invitando a esta mujer a cenar cuando puedo gastarme veinte en una película porno?”. ¿No contribuiría tal actitud al hecho de que la pornografía sea, de lejos, el negocio de comercio electrónico más lucrativo del mundo? En el ciber-mundo podemos acceder a un placer visual que está completamente bajo nuestro control –y a una fracción del precio de tener una pareja real[33].
La moralidad pública como molestia
En su ensayo del siglo XIX Sobre la libertad, John Stuart Mill dio voz a unas creencias que ahora están arraigadas en las estructuras de la vida cotidiana: “… que los hombres sean libres para obrar según sus opiniones, para llevarlas a la práctica en la vida de cada cual…” (pág. 135)[34]. Y por eso simplemente presumimos el derecho a tener nuestras propias opiniones, ideales, valores y formas de vida. En términos comunes nosotros cuestionamos el derecho de cualquier persona a decirnos lo que tenemos o no tenemos que hacer y por eso decimos “¿Quién te crees que eres para imponerme tus valores morales? Si no te gusta lo que hago es tu problema. Estamos en un país libre”.
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Son sentimientos fundamentales del ser delimitado, aunque esos sentimientos también provocan una preocupación de segundo orden. Si todos tenemos derecho a ser autónomos, ¿cómo logramos una forma viable de vida colectiva? Evidentemente si todos actuáramos movidos por nuestros propios impulsos podríamos vernos confrontados a lo que Thomas Hobbes veía como un mundo de “todo contra todo”. Bajo esas condiciones la vida sería “repugnante, salvaje y breve”[35]. Con gran parte de la misma preocupación Jean Jacques Rousseau proponía un “contrato social” en el que cada individuo elegiría libremente vivir bajo un código común con la sociedad[36]. La idea del contrato social es atractiva hasta que alguien proclama que el bien común no es su bien. No se puede obligar a nadie a participar.
El problema del bien común sigue vigente en la actualidad y para los eruditos está representado en “la tragedia de los comunes”, la famosa metáfora de Garrett Hardin de la desaparición del bien colectivo cuando los individuos maximizan su bienestar privado[37]. Si tenemos un espacio común con recursos limitados y cada uno piensa solamente en sus propios deseos, los recursos pronto serán erradicados. Cuando nadie se preocupa del conjunto el resultado es el deterioro del bienestar individual. Esa es la chispa que enciende la aclamadísima Teoría de la justicia de John Rawls, un modelo más elaborado del contrato social38. También está en las calles sucias y en el aire contaminado de nuestras ciudades; está presente en los guetos urbanos, santuario de los desempleados, las bandas callejeras y las adicciones. “No son mi problema”, decimos. “Las personas pueden elegir; no tienen que vivir así. Mi abuelo era pobre y optó por una vida de duro de trabajo para salir adelante”. Si los bienes individuales son lo primero el bien común es de interés secundario.
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El hombre no es un animal solitario y mientras sobreviva la vida social la realización personal no puede ser el principio ético supremo.
—Bertrand Russell
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El problema no se reduce a enfrentar los derechos individuales contra el bien colectivo. Con la primacía del yo también damos forma a las actitudes comunes hacia los códigos éticos y legales. Según Robert Bellah y sus colegas caracterizan la lógica,
Cuando se afirma… la exclusividad de cada individuo, (uno) concluye que no hay base común moral ni por lo tanto relevancia pública de la moralidad fuera de la esfera de las reglas y obligaciones de procedimiento mínimas de no injuriar[39].
Como vemos, la tradición del ser delimitado desalienta la deliberación sobre asuntos morales y nos aleja de nuestros órganos rectores. Desde el punto de vista del ser delimitado cualquier código moral global está repleto de peligros. Debido a que la libertad individual se ve amenazada, constituye un trampolín hacia la opresión y el resultado es una aversión general a cualquier demanda moral. Incluso en el mundo académico la filosofía moral ocupa una parcela muy pequeña de preocupación. Y las leyes públicas son igual de sospechosas; no forman parte de nosotros como individuos, no las hemos elegido ni las hemos creado personalmente. Nunca hemos firmado el contrato social. En efecto, no son “mis códigos” sino verdaderas molestias. No tengo ninguna obligación intrínseca de obedecerlas; consiento principalmente porque si no obedezco podría sufrir. Son mi protección y si no obedezco podría ser castigado. De lo contrario, son una molestia.
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En el mundo contemporáneo el sentido de comunidad y de propósito social compartido son atacados como limitaciones injustas a la libertad, como impedimentos para la libre afirmación del yo.
—Robert Goodwin
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Para muchos de nosotros que crecimos a finales de los años 60 la lógica implícita de “la ley como molestia” se convirtió en un grito de guerra. Si el Gobierno era injusto –implicándose en una guerra que negaba la libertad a los demás– ¿por qué teníamos que obedecerle? ¿Qué derecho tenían a imponernos sus leyes injustas y sus normas inmorales? Gritamos de varias maneras distintas, hubo derramamiento de sangre, un Presidente destituido, y la Guerra acabó en desolación. Nosotros no podíamos abandonar la lógica: la persona es el átomo de la sociedad, y el Estado es un mal necesario (o “bien” si se está en el otro lado). Se trataba del individuo versus el Estado –y sigue siéndolo hoy.
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Gran parte de esa misma lógica también desencadena movimientos armados, alienta el espíritu del Ku Klux Klan y presta un apoyo sutil a actividades mafiosas, representando el derecho a la autodeterminación en acción y también es así en el ámbito de las relaciones internacionales, en las que distintos Gobiernos representan a seres delimitados, cada uno de los cuales reclama el derecho a controlar su destino. Ninguna otra nación tiene derecho a imponer sus valores. El resultado no es sencillamente unas Naciones Unidas debilitadas sino un ambiente general de relaciones entre naciones repleto de alienación, competencia y desconfianza[40]. Aun así, si el concepto de ser delimitado es opcional, lo mismo ocurre con el concepto de Estado delimitado. Y si ambos son opcionales, ¿no podemos buscar un medio alternativo de comprensión de la ética y de la ley? ¿Podemos desplazarnos hacia un espacio de entendimiento en el que ningún individuo ni ningún Estado tengan derecho a dictar lo que está bien? Más adelante volveremos a ver esta posibilidad estudiando la ética relacional (Capítulo 11).
La arraigada y tan apreciada tradición del yo individual tiene unos costes enormes. Ya he destacado las formas en las que esta tradición invita a un sentido de separación y soledad fundamentales, potencia el narcisismo a expensas de la relaciones, genera un sinfín de amenazas a nuestra persona y transforma el yo en un bien de consumo. Las relaciones se tornan artificiales y amenazantes, y las peticiones morales son infracciones a nuestra autonomía. Al final también acabamos por ver a las naciones como unidades delimitadas y el resultado es una alienación y una desconfianza globales.
Aunque la explicación haya sido selectiva, no representa una mayor toma de conciencia en las comunidades de académicos y de profesionales. Al mismo tiempo no considero esas críticas tan letales en su intención. El objetivo de esta obra no es erradicar la tradición[41] sino que al someter nuestras tradiciones a un escrutinio crítico se desnaturalizan. Es decir que la vida tal cual la conocemos deja de ser un reflejo de la naturaleza humana y pasa a ser una tradición que se ha convertido en algo tan común que olvidamos que es una creación humana. Y si es una creación humana tenemos la potestad de crear alternativas. En los próximos capítulos intentaré generar la visión de un mundo en el que las relaciones tengan primacía sobre las unidades delimitadas. Efectivamente, si podemos llegar a apreciar la realidad de las relaciones estaremos en disposición de transformar la tradición. No trataremos nuestras instituciones de democracia, educación pública, tribunales y derechos individuales como celebraciones del ser delimitado. Cuando se entienden como resultados de la vida relacional se plantean nuevas formas de acción. Del mismo modo, hay formas de retener las alegrías de un logro individual, de una historia amorosa, de una acción de heroísmo, de liderazgo o creativa, sin adoptar la separación y la alienación fundamental. Y repito, entender esas tradiciones como arraigadas en las relaciones puede transformar nuestros modos de vida. Seguramente no queramos abandonar los frutos de la Ilustración pero eso no significa que tengamos que permanecer helados… como una gelatina de cultura. El reto de los próximos capítulos será abrir el camino hacia el ser relacional.
1 . Véase por ejemplo, Gelpi, D.L. (1989). Beyond individualism, toward a retrieval of moral discourse in America. Notre Dame, IN: University of Notre Dame Press; Hewitt, J.P. (1989). Dilemmas of the American self. Philadelphia: Temple University Press; Bellah, R.N. et al. (1989). Hábitos del corazón. Madrid: Alianza, cop; Heller, T.C., Sosna, M., y Wellbery, D.E. (Eds.) (1986). Reconstructing individualism, autonomy, individuality, and the self in Western thought. Stanford: Stanford University Press; Capps, D. y Fenn, R.K. (1998). Individualism reconsidered, Readings bearing on the endangered self in modern society. Nueva York: Continuum; Lasch, C. (1999). La cultura del narcisismo. Barcelona: Andrés Bello; Leary, M.R. (2004). The curse of the self, self-awareness, egotism, and the quality of human life. Nueva York: Oxford University Press.
2 . McPherson, M., Smith-Lovin, L. y Brashears, M. (2006). Social isolation in America: Changes in core discussion networks over two decades. American Sociological Review, 71(3), 353-375.
3 . Hawkley, L.C., Masi, C.M., Berry, J.D. y Cacioppo, J.T. (2006). Loneliness is a unique predictor of age-related differences in systolic blood pressure. Psychology and Aging, 21, 152-164.
4 . Véase, por ejemplo, Stravynski, A. y Boyer, R. (2001). Loneliness in relation to suicide ideation and parasuicide: A population-wide study. Suicide and Life-Threatening Behavior, 31, 32-40; Hafen, B.Q. y Frandsen, K.J. (1986). Youth suicide: Depression and loneliness. Evergreen, CO: Cordillera Press.
5 . Véase, por ejemplo, Frankl, V. (1982). Psicoterapia y humanismo: ¿tiene un sentido la vida? Madrid: Fondo de Cultura Económica; Krasko, G. (2004). The unbearable boredom of being: A crisis of meaning in America. Nueva York: Universe.
6 . Como proponía Karen Horney, en Estados Unidos la amenaza de la autoinsuficiencia es prácticamente una neurosis nacional. Véase Horney, K. (1985). La personalidad neurótica de nuestro tiempo. Barcelona: Planeta-Agostini.
7 . Como indica la investigación, la aprensión de la evaluación puede reducir el rendimiento de la persona. Al temer el fracaso se empieza a fracasar. Véase por ejemplo, Steele, C. y Aronson, J. (1995). “Stereotype threat and the intellectual test performance of African Americans”. Journal of Personality and Social Psychology, 69, 797-811.
8 . Rogers, C.R. (1972). El proceso de convertirse en persona, mi técnica terapéutica. Barcelona: Paidós Ibérica.
9 . Véase por ejemplo Wylie, R. (1976). The self-concept: Theory and research on selected topics. Lincoln, NB: University of Nebraska Press; Hewitt, J.P. (1998). The myth of self-esteem. Nueva York: St. Martins; Branden, N. (2001). La psicología de la autoestima. Barcelona: Paidós; Mruk, C. (1998). Auto-estima: investigación, teoría y práctica. Bilbao: Desclée De Brouwer.
10 . Moskowitz, E.S. (2001). In therapy we trust, America’s obsession with self fulfillment (págs. 1; 279). Baltimore: Johns Hopkins University Press. (Traducción de la traductora, TdT).
11 . Como se desprende de la investigación, las personas con alta autoestima no se ganan la estima de los demás. Véase Baumeister, R. et al. (2003). Does high self-esteem cause better performance, interpersonal success, happiness, or healthier lifestyles? Psychological Science in the Public Interest, 4, 1-44.
12 . de Tocqueville, A. (2007). La democracia en América (pág. 20). Madrid: Ediciones Akal, S.A.
13 . Lasch, C. (1999). La cultura del narcisismo. Barcelona: Andrés Bello.
14 . Baumeister, R.F. (2001). Violent pride. Scientific American, 284, 96-101; Baumeister, R.F., Smart, L. y Boden, J. (1996). “Relation of threatened egotism to violence and aggression: The dark side of self-esteem”. Psychological Review, 105, 5-33. Véase también Crocker, J. y Park, L.W. (2004). “The costly pursuit of self-esteem”. Psychological Bulletin, 130, 392-414, y Leary, op cit.
15 . Sampson, E. E. (2008). Celebrating the other, a dialogic account of human nature. Chagrin Falls, OH: Taos Institute Publications.
16 . Más información sobre la racionalización que hacen las ciencias sociales de la satisfacción personal en Wallach, M. y Wallach, L. (1993). Psychology’s sanction for selfishness. San Francisco: W. H. Freeman; y Schwartz, B. (1986). The battle for human nature. Nueva York: Norton.
17 . Véase por ejemplo Festinger, L. (1954). “A theory of social comparison process”. Human Relations, 7, 117-140; Kruglanski, A.W. y Mayseless, O. (1990). “Classic and current social comparison research”. Psychological Bulletin, 108, 195-208; Suls, J., Martin, R. y Wheeler, L. (2002). “Social comparison: Why, with whom and with what effect?”, en Current Directions in Psychological Science, 11, 159-163.
18 . Wallach, M. y Wallach, L. (1993). op cit.
19 . Véase también Bellah et al. op cit.
20 . Le Bon, G. (1983). Psicología de las masas. Madrid: Morata, DL.
21 . Asch, S. (1956). “Studies of independence and conformity: A minority of one against a unanimous majority”. Psychological Monographs, 70 (Whole nº. 416).
22 . Milgram, S. (1980). Obediencia a la autoridad: un punto de vista experimental. Bilbao: Desclée De Brouwer.
23 . Janis, I. (1983). Groupthink: Psychological studies of policy decisions and fiascoes. Boston, MA: Houghton Mifflin.
24 . Foucault, M. (1979). “What is an author?”. En J.V. Harari (Ed.) Textual strategies. Ithaca: Cornell University Press.
25 . Smith, A. (1996). La riqueza de las naciones. Barcelona: Folio, cop.
26 . Véase, por ejemplo, Becker, G.S. y Murphy, K. M. (2000). Social economics: Market behavior in a social environment. Cambridge: Harvard University Press.
27 . Skinner, B. F. (1975). La conducta de los organismos: un análisis experimental. Barcelona: Fontanella.
28 . Véase, por ejemplo, Homans, G.C. (1961). Social behavior, its elementary forms. Nueva York: Harcourt Brace; Blau, P. (1983). Intercambio y poder en la vida social. Barcelona: Hora, DL; Thibaut, W. y Kelly, H.H. (1986). The social psychology of groups. Nueva York: Wiley.
29 . Phares, J.E. “Locus of control in personality”. Morristown, NJ: General Learning Press.
30 . Lefcourt H.M. (1982). Locus of control: Current trends in theory and research. Hillsdale, NJ: Erlbaum
31 . Seligman, M. (1983). Indefensión: en la depresión, el desarrollo y la muerte. Debate.
32 . Schwartz, B., op cit. págs. 247-248.
33 . Para dar un paseo por lo más salvaje el lector puede visitar www.realdoll.com, donde encontrará una serie de muñecas de látex de tamaño real. Estas muñecas se aproximan a los ideales culturales de belleza y todas ellas disponen de los elementos necesarios para el placer erótico. El tacto puede aproximarse a la calidez del cuerpo humano si se sumergen en un baño de agua caliente y también pueden introducirse en una maleta como compañera de viaje.
34 . Mill, J. S. (2004). Sobre la libertad. Madrid: Editorial Edaf, S.A. Publicado por primera vez en 1859.
35 . Hobbes, T. (1989). Leviatán, la materia, forma y poder de un Estado eclesiástico y civil. Madrid: Alianza. (Publicación original en 1651 en Londres (A. Crooke)).
36 . Rousseau, J. J. (1981). Contrato social. Madrid: Espasa-Calpe. (Publicación original en 1762).
37 . Hardin, G. (1968). “The tragedy of the commons”. Science, 162, 1243-1248.
38 . Rawls, J. (1995). Teoría de la justicia. Madrid: Fondo de cultura económica.
39 . Bellah et al. op cit.
40 . Véase una excelente ilustración de esta lógica en Steyne, M. (2006). America alone: The end of the world as we know it. Nueva York: Regnery, donde el autor supone un antagonismo fundamental entre las dos unidades delimitadas: el Islam y Estados Unidos, con una invitación a adoptar una posición de agresión.
41 . Véase una explicación más amplia de las formas en las que la tradición del ser delimitado ofrece recursos morales en Taylor, C. (2006). Fuentes del yo: la construcción de la identidad moderna. Paidós.