Alba alzó la vista por encima de los rosales y contempló a su hijo meciéndose en el balancín del porche. Era tarde, pero a él le gustaba sentarse allí aunque hiciera un frío terrible, fumarse un cigarrillo y contemplar las estrellas; una costumbre que su padre le había inculcado desde que era muy pequeño, y que había convertido en un ritual después de cenar. Ahora que él no estaba, su hijo seguía haciéndolo noche tras noche, y aunque había deseado mil veces sentarse a su lado y compartir ese momento, nunca se había atrevido. Temía interrumpir sus pensamientos, molestarle incluso. Era un muchacho que había tomado la iniciativa frente a todo lo que su padre le había dejado: los negocios, la casa, incluso a ella misma. Alba no podía pedirle nada porque todo se lo daba de un modo u otro. Él siempre cuidaría de ella. Siempre estaría pendiente de que no le faltara nada.

Roberto era la viva imagen de su padre cuando tenía su edad: el mismo cabello negro ondulado, los mismos ojos rasgados y grandes, esa perilla fina y discreta que siempre se dejaba, sutilmente recortada, y que tan bien le quedaba en su rostro afilado y masculino. ¿Por qué estaba tan preocupada por él entonces? Durante aquellos segundos trató de imaginar qué era lo que pasaría por su cabeza. Todas esas reuniones, las horas de trabajo excesivas que tenía que pasar con tan solo veintitrés años, las noches en vela, los viajes… ¿Sería acaso su hijo feliz de ese modo? No lo sabía. Su juventud no merecía tanto trabajo, tantas responsabilidades que no le dejaban tiempo para otras muchas cosas.

Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un sobre. Hacía días que había recibido aquella carta y todavía no la había abierto. Reconocía la letra de Antón, una bonita letra cursiva de trazos finos sobre un papel grumoso y algo amarillento, como antaño.

Querida Alba:

Dentro de un mes se celebra el aniversario de Quimera. Deseo con todo mi corazón que vengas a casa y reuniros a todos. Me gustaría, querida amiga, poder verte una vez más, poder veros a todos aquí. Por favor, haz lo imposible por estar. Es importante tu presencia.

Siempre tuyo: A. A.

Apretó la hoja contra su pecho y luego la dobló cuidadosamente antes de guardarla en su bolsillo. Avanzó por el caminito de piedras mientras se abrochaba la chaqueta, para que el frío no le calara los huesos, y se aproximó a su hijo por detrás. Al inclinarse hacia su mejilla y besarle, Roberto pegó un brinco y a punto estuvo de tirar el cigarro sobre sus pantalones y quemarse.

—¡Ah, mamá! Me has asustado —exclamó. Luego la tomó de la mano y, tras besarle el dorso, la hizo caminar por un lateral y le ofreció asiento a su lado—. Siéntate conmigo.

Su madre lo besó en la frente y se acurrucó a su lado mientras él pasaba el brazo por encima de sus hombros y la estrechaba contra su costado.

—¿Va todo bien hijo? Últimamente te veo algo triste y apenas paras en casa.

Su hijo apagó la colilla en uno de los maceteros y sonrió soltando el humo.

—Todo bien, mamá. Ya sabes que nunca he sido el alma de la fiesta. No te preocupes, solo pensaba. Me gusta la soledad después de un largo día de trabajo.

Alba sonrió y pasó la yema de los dedos por su rostro. Su hijo tenía una mirada misteriosa, la misma que había hecho que se enamorara de su padre tiempo atrás, y un talante taimado y elegante que le recordaba a los modales de antaño, con sus gestos solemnes y suavidad en las formas.

Para ella siempre había sido un niño pausado y sensato, distinto a los de su edad. Jamás se peleaba, no jugaba en el parque y, ya de joven, se pasaba horas leyendo, sin importarle la televisión o si debía salir al bar de moda para conocer chicas o tomarse unas cervezas con los amigos.

—Mañana viene Petro Argas a la constructora —dijo rompiendo el silencio—. Es de tu plena confianza, ¿verdad?

—Claro que sí, cariño. Es un amigo de la infancia. Tu padre lo quería muchísimo. Un buen hombre, con su genio y sus manías, pero todo un señor. Confía en él.

—Sabes que lo hago. Es la cuarta vez que lo veo y es muy amable —murmuró Roberto acariciándole los dedos de las manos—. Es un hombre sorprendente y me recuerda mucho a papá por su forma de hablar.

Alba sonrió satisfecha. Si por un momento su hijo supiera… No, nunca sería capaz de confesarle su pasado. Su padre no lo había hecho y ella no se sentía con fuerzas para hacerlo sola. Lo miró discretamente y asintió. Desvió la vista hacia las flores del jardín y permaneció en silencio unos instantes.

—Ya sabes que hemos mantenido siempre a nuestros amigos cerca, Roberto. Todos estaban en el funeral de tu padre. Siempre te ayudarán. Recuérdalo, hijo.

Observó la efímera emoción que detectó en los ojos de Roberto, iluminándole el rostro y prosiguió con tristeza:

—No siempre estaré aquí cariño mío. Ya tengo sesenta años y…

—No digas tonterías, mamá. ¿Acaso no te ves? —inquirió—. Eres una mujer bellísima. ¡Mírate! Por el amor de Dios… y tienes una salud de hierro ¿Por qué ibas a irte? No vuelvas a decir eso. No lo hagas…

—Hijo… Estoy bien porque pago por ello y si aparento veinte años menos es por lo que es… Seamos sensatos. Tengo una edad y tú, mi único hijo, nunca me has presentado una mujer, una novia, ni siquiera una amiga. Trabajas demasiado desde que tu padre no está y a tu edad deberías hacer otras cosas. Deberías vivir un poco más.

—No necesito a nadie. Al menos por el momento. Además, te tengo a ti…

«Ya lo sé. Pero no porque no la necesites, sino porque no encuentras lo que realmente precisas para ser feliz.»

—Mañana tengo un día muy largo y necesito dormir —continuó para cambiar de tema—. Papá tenía negocios con Richard Armani y, ahora que su hijo también ha cogido las riendas, creo que es el momento de retomarlo. Es lo que él hubiera querido. Por eso me voy a reunir con Carlo Armani, así podremos decidir qué hacer con los proyectos que tenían entre manos.

—Me alegra oírte hablar así —asintió Alba con satisfacción.

Roberto volvió a besarla en la frente y en la mejilla y se incorporó. La arropó con una manta de hilo que cogió de un diminuto baúl de mimbre que reposaba en un rincón del porche y se agachó frente a ella.

—No te quedes aquí mucho tiempo. Comenzará a helar.

Observó cómo su hijo se alejaba hacia la casa. Después, escuchó el sonido ronco y seco de la puerta al cerrarse perezosamente. Miró al cielo y se acurrucó en el balancín. Se soltó el pasador del pelo y su espesa cabellera azabache se desparramó sobre los hombros, tapándole el pecho y parte de la espalda con alegres serpentinas. Volvió a sacar el papel que guardaba en el bolsillo y acarició los bordes con las yemas de los dedos.

Después de aquello, su mente viajó a una conversación del pasado, y se estremeció.

—¿Cómo lograremos reunirnos, Richard? Los dos edificios están flanqueados siempre por varias religiosas y vuestros tutores. ¡Es una locura!

—No seas tonta, Alba. Los viernes por la noche Goretti está tan borracho que no atinaría a ver un elefante en mitad del jardín delantero y esas monjas desquiciadas que os controlan se duermen a las ocho cuando se apagan las luces y se cierra la verja. Es tan sencillo como esperar a las diez. Bajaremos por el túnel del sótano. Hemos pasado varias noches averiguando dónde da y hay una galería inmensa que comunica los dos edificios. ¡Es sorprendente! La limpiaremos, llevaremos mantas y lámparas de aceite y podremos reunirnos allí las noches del viernes y del sábado.

Evocó la sonrisa sutil de Roberto mientras hacía rodar sus ojos hacia ella con encomiable serenidad. Todo un caballero encerrado en el cuerpo de un adolescente de largos dedos de pianista, nariz afilada y fuerte aplomo. Aquel día, años atrás, había deseado en ese mismo momento que él pudiera ser el amor de su vida, su esposo, el padre de sus hijos y su compañero. Y en su eterna fantasía, en sus anhelos más profundos y secretos, aceptó su juego. ¡Qué ironía!

—Estaba pensando —había dicho entonces él, sin apenas apartar la mirada de ella—, que no sería mala idea siempre y cuando mantengamos un orden y lleguemos aquí en riguroso silencio.

Richard y Jonás se habían mirado antes de explotar en una carcajada. Roberto los había observado de soslayo con un gesto de desdén.

—Todo un figurín —había gruñido Argas.

Alba soltó una carcajada al recordar aquel episodio de San Torbe. Richard Armani había sido un chico impetuoso de cabello rubio, casi blanco, y ojos de un azul tan intenso que a veces dolía mirarlo. Por el contrario, Jonás y Argas, como Antón, eran chicos morenos y de facciones más agresivas y angulosas. Podía parecer que ellos eran los más proclives a meterse en peleas, pero nada más lejos de la realidad. Y es que Richard, a pesar de su apacible y angelical rostro, era sin duda el más problemático y guerrero, aunque los momentos más divertidos siempre venían de su mano y eso era un pequeño rayo de luz en un lugar tan sórdido y triste como San Torbe.

Olvidó durante un instante la noche que pactaron aquellas reuniones y centró su recuerdo en Eleonor y Micaela, sus dos compañeras de habitación en el orfanato, y las mejores amigas que había tenido en toda su vida. Mejor dicho, las únicas. Eleonor, tan parecida a ella, con el cabello castaño y los ojos esmeralda, su voz timbrada y su dulzura y paciencia. Sabía que jamás podría superar su muerte, como tampoco superó no tenerla los últimos años que vivió. Y eso la hería profundamente. Cada vez que la imagen de su amiga volvía a su memoria, un velo de tristeza cubría su rostro. Por aquel entonces, Eleonor era una jovencita tímida y algo sofisticada que solía leer de noche la Biblia y cuyo carácter educado y meloso hacía que su relación con las religiosas fuera buena. Huérfana de nacimiento y con una única tía como pariente cercano, acabó en el orfanato cuando esta falleció de un infarto. Era lo que había dispuesto su tía en testamento, para que su sobrina se dedicara a la vida religiosa.

Micaela era la antítesis de Eleonor. Tenía el cabello cobre y unos enormes y redondos ojos color avellana. Era mucho más alta que ellas y tenía un carácter más marcado y una actitud menos sumisa y más dictatorial. Era una jovencita rebelde, independiente y de ideas fijas, que solía reírse descontroladamente cuando se imaginaba a sí misma como la esposa obediente y servicial de un hombre, o la madre de una familia numerosa, que era lo que todas las demás muchachas deseaban ser en un futuro. No. Ella era Micaela Bernal, al menos ese era el nombre y apellido que figuraban en las actas de las religiosas, también huérfana y sin familia conocida. Una niña delgada y patilarga de mejillas arreboladas y pelo liso y brillante, la misma que se encaraba con todo aquel que pretendiera decirle lo que tenía que hacer como más de una vez le pasó con Richard Armani o con Jeremías y Llosa Malbaseda, los dos primos de raíces italianas que de vez en cuando la sacaban de quicio con sus provocaciones continuas y ese don que tenían para hacer que Micaela hirviera como una olla a presión.

—Pero Micaela, no tiene sentido lo que dices —le había dicho la dulce Eleonor una tarde mientras bordaban—. A nosotras nos enseñan a cocinar y a coser para ser buenas esposas el día de mañana. ¿Qué harás si no?

Micaela, con los ojos en blanco y el bastidor costurero entre los dedos como si fuera un escudo más que un utensilio de costura, se encogió de hombros y arrugó la nariz.

—No voy a dedicar mi vida a un hombre porque sí, Eleonor. Ni voy a ser una fábrica de hacer bebés y bollos de canela con azúcar. ¿Por qué no puede ser al revés? Yo podría trabajar o estudiar. ¡Tendré un marido que me cocine y me borde!

Eleonor soltó una ruidosa carcajada que luego calmó melodiosamente mientras miraba a las monjas que las vigilaban.

—¿Te estás escuchando? —murmuró entre dientes aguantando la risa—. ¿Tú la oyes, Alba? ¡Un hombre que te cocine y te borde!

—Y que te ate los cordones de los botines —añadió Alba con humor—. Y que tenga los bebés por ti.

Las tres rompieron a reír hasta que una de las monjas mandó guardar silencio.

—Pues no sería mala idea —continuó Micaela—. Me conformo con que borde y cocine y me limpie la casa. Yo trabajaría. Lo mantendríamos en secreto para que no fuera la burla de todos los vecinos, pero sería mi esclavo.

Soltó otra risa contenida y luego alzó la cabeza en un gesto digno.

—Tendré dos esposos. Creo que sería lo mejor, porque mi casa será como un palacio y uno con todo no podría. Además, tendría que complacerme…

—¡Oh, Micaela! —exclamó Alba—. Qué obscena eres.

Micaela alzó el bastidor con una mano y otra de las religiosas le llamó la atención.

—Deja de menear el bastidor como si fuera una veleta, Micaela —le susurró Eleonor—. Eres un desastre. Así jamás encontrarás marido… O esclavos.

Dicho esto las tres rompieron a reír.

Alba se levantó del balancín y se dirigió al interior de la casa. Durante unos segundos se mantuvo quieta intentando adaptarse al calor del salón. Su hijo ya se había acostado, pero ella, a pesar de lo tarde que era, no tenía ni pizca de sueño.

«No temeré al dolor porque me hace fuerte…»

Sintió una punzada lacerante en el corazón nada más sentarse en el sofá y cerrar los ojos, pero no era algo físico. No era el corazón lo que realmente le dolía, sino los recuerdos.

Su mente saltó en el tiempo varios años hasta recuperar una escena con Roberto. Mientras rememoraba la voz suave y denodada del muchacho, por un instante casi pudo sentir su presencia…

—Cierra los ojos, Alba, y confía en mí.

Recordó sus largos dedos sobre la piel, su cálido susurro en el oído. Él le había prometido que nunca la dejaría, que siempre estaría con ella y que volvería a buscarla fuera donde fuera, viajara donde viajara. Él la encontraría.

—Me mientes. Te olvidarás de mí cuando me vaya de este lugar.

—Jamás haría eso. Eres mía —le había asegurado una de tantas noches a escondidas.

Sonrió. San Torbe había sido un lugar horrible durante mucho tiempo, y los únicos momentos de felicidad habían sido los que pasaron en aquel rincón especial que ellos mismos habían creado para verse. Pero luego todo cambió, y lo que creían horrible se volvió aún más oscuro y terrible con la llegada de aquel hombre al orfanato…

Apoyó la cabeza en el respaldo del sofá y se quedó medio dormida con las manos aferradas a la carta de Antón y la mirada fija en las llamas de la chimenea. Por un momento deseó volver a ver a su marido, durante unos segundos, en algún lugar que no fueran sus propios sueños. ¡Le echaba tanto de menos! Se sentía incompleta sin Roberto. Totalmente sola.

Evocó en su duermevela la primera noche de libertad después de irse del orfanato. Ella había logrado que una buena familia, un matrimonio de edad avanzada sin hijos, se ocupara de ella, la acogiera en su casa y la tratara como la hija que nunca habían tenido. Y él apareció aquella noche bajo su ventana, como una presencia fantasmal, vestido con una elegancia portentosa, enfundado en un traje tipo sastre estilo Brooks Brother, en aquel tono plomo carbón que tanto comenzaba a llevarse, una camisa blanca y una fina corbata.

Hacía más de un año que ella soñaba con aquel momento. Noches enteras sin dormir imaginándose que él regresaba para cumplir su promesa y llevarla a dar un paseo, enseñarle aquel lugar especial que sus amigos habían descubierto y prometerle el mundo. Y allí estaba él, con una sonrisa perspicaz, apoyado en el tronco de uno de los árboles del jardín, fumando un cigarro. ¡Tenía que ponerse preciosa para él! Recordaba claramente su falda de circunferencia con enaguas en tablas hasta las rodillas, que ella misma había cosido con una preciosa tela que había comprado en un modisto de la ciudad; la camisa de seda con botones dorados y un diminuto cinturón para marcar la cadera que aún no tenía. Cuando salió a la calle colocándose los inmaculados guantes largos y el bolsito, parecía una diminuta Audrey Hepburn, le había dicho Roberto. Ella había sonreído aunque le temblaban las piernas por los nervios y él la había tomado de la mano.

—El pueblo de Torbe ha crecido y es como una pequeña ciudad.

—¿Y los demás?

—Nos esperan. Han pasado muchas cosas en este último año, Alba. Cuando se tiene necesidad y ganas, uno prospera y las cosas han mejorado un poco para todos.

Ella lo había mirado con un amor tan profundo que dolía.

—¿Lista, mi preciosa perla?

—¿Lista? ¿Para qué? —le había preguntado temblorosa.

—Para conocer el mundo que te has perdido toda tu vida, Alba…