2
Guille era un chico especial. Desde chiquito empezó a decir que no.
¿Querés ir a la plaza? No.
¿Querés ir a jugar a lo de Fulanito? No.
¿Querés ir al parque? No.
Y ni hablar cuando le preguntaron si quería ir a la escuela.
El ¡NOOOOOOOOOOO! se escuchó hasta en el almacén de don Anselmo.
—¡Es un rebelde! —dijo el padre—. Lo voy a curar. Como sea, pero lo voy a curar.
—Déjalo —dijo la madre.
—¡Pobrecito! —dijo el abuelo—, y se fue a buscarlo para contarle un cuento.
Guille tenía un año cuando don Remo, su abuelo, empezó con la frase: “había una vez” y se dormía con esas palabras en su cabeza.
A fuerza de tantos cuentos, historias y libros grandes de tapas duras con imágenes pintadas por parte del abuelo, Guille escribía todo el tiempo.
Por eso no iba a la plaza, ni a lo de los amigos, porque no había nada más lindo para él que subirse a la casita de troncos que don Remo Santos le había construido en el fondo de la casa. Tenía una escalera que llevaba a un cuarto con dos ventanas: una daba al jardín y la otra… ¡al mismísimo cielo!
Guille se asomaba y empezaba a inventar historias. El abuelo sentado en el césped fumaba su pipa y lo aplaudía.
Este chico… este chico…, murmuraba.
No había nada más lindo para Guille que pasarse el día ahí.
A veces, cuando todos dormían, subía con una vela y leía en voz alta las historias más extrañas que su abuelo encontraba en los libros.
—Papá —le decía su papá al abuelo—, deja al chico tranquilo… ¡basta con esas historias…! ¿No te das cuenta de que no sale, no va a ningún lado por tus malditas historias! ¡Un chico tiene que jugar!
Y don Remo contestó que Guille iba a jugar cuando tuviera ganas de jugar, que iba a salir cuando tuviera ganas… En una palabra, había que respetarle las ganas, y agregó que no había nada más hermoso en la vida que ver a un niño con un libro en la mano.
El papá de Guille no le contestó nada porque a él no le gustaba leer y por eso, ahora que era grande, tenía vergüenza porque, a veces, el jefe le ordenaba que escribiera una nota y temblaba porque no sabía cómo empezarla ni cómo seguirla.
¡Y encima tenía faltas de ortografía!
Un día la mamá y el papá estaban sentados con las cabezas muy juntas y Guille lo escuchó decir:
—No sé adónde se ponen los acentos.
Y la mamá le dijo:
—Es muy sencillo, Eulogio: hay que escuchar cuál es la vocal que suena más fuerte y la marcas con una rayita… a ver, vamos a probar…
Le hizo una lista de palabras y Guille escuchaba que su mamá lo corregía:
—No, mi amor, “papa” no es lo mismo que “papá”, escucha bien, empieza de nuevo.
Una semana estuvo la madre para que entendiera que “papa” era una palabra grave y “papá”, aguda.
—A ver, mi amor: “espectáculo”… ¿qué vocal suena más fuerte?
—La “u”—dijo el padre.
—No, mi vida, si fuera la “u” la palabra sería “espectacúlo” y no llevaría acento. A ver… lee y marca.
—En la “e” —dijo el padre.
—¿En la primera o en la segunda?
—En la segunda.
—No, mi amor, si fuera así la palabra sería “espéctaculo”.
Sobresdrújula, pensó Guille. Pero no dijo nada.
Una hora luchó la madre para hacerle entender que el acento iba en la vocal que sonaba más fuerte. Y el padre… nada.
—¿Te das cuenta?… ¡soy un burro!
—No, mi amor… se te olvidó, que es distinto.
La madre siempre decía palabras suaves.
Como el abuelo.
A Guille le dio una pena enorme, porque hubiera querido acercarse a su padre y enseñarle lo que sabía.
Pero él era chico y, a veces, los adultos no entienden que en la vida se aprende y no importa con quién.
Ahora, su mamá era la maestra de papá.
Y el abuelo, en la cocina, tomaba café amargo y sacudía la cabeza.
El abuelo era una cobija de ternura para Guille.
Que Guille estaba enamorado de Nube no era ninguna novedad. El misterio para él era saber si Nube quería a algún chico. Y eso nadie lo sabía. La razón era simple: no estaba enamorada de nadie.
Abrió el cuaderno que él llamaba Ideas de Guillermo y anotó:
“Nube.
Si supieras cuánto te quiero…
Ni Borlero ni Felipe ni Resorte ni nadie en la vida te van a querer como te quiero.
Lo sé porque mi corazón hace bum bum y después bumbum bumbum bum”.
Cuando Guille empezaba a sentirse inquieto por algo que no podía resolver se iba a la casa de Resorte.
La mamá les hacía leche con chocolate y pan con manteca y azúcar.
A Resorte le decían así porque cada vez que algún profesor lo llamaba para la lección saltaba del banco como si tuviera un resorte en el trasero.
A Guille le gustaba estar con él por una sencilla razón: escribía como un genio.
Resorte no necesitaba jugar, ni patear pelotas.
Se tiraba panza abajo y escribía montones de hojas que guardaba en una carpeta sujeta con un elástico.
Pero tenía un problema: era tartamudo. No sólo cuando hablaba, sino también cuando escribía.
Una frase simple como: “el cielo estrellado de tu nombre” se transformaba en: “e-e-el-cii-cici-cicielo-e-e-e-es-estre-tre-tre-lla-llado-dddddde-tttuuu-no-no-nommmmbre-bre”.
Tuvo que ir a una psicopedagoga.
En la clase se enteraron y le empezaron a hacer bromas.
Todos decían que el que iba a una psicóloga o a una psicopedagoga era porque tenía un tornillo que no le funcionaba.
Guille le decía que no contestara nada, que cuando se cansaran lo iban a dejar en paz.
—Sí, pe-pe-pe-ro-me-du-du-ele —le contestó Resorte—. Me me-me hace-ce-ce-ssssssentir-mmmmmal.Yo-nnnno-teete-ngo-la-cul-cul-culpa-ddd-de-esto.
Las tardes más lindas de Guille eran las que podía pasar junto a su abuelo en la vieja cocina de la casa y las que podía compartir con Resorte.
Guille decía: mira lo que leí y Resorte contestaba: mira lo que escribí.
Y la tarde se desparramaba sobre las palabras escritas y las palabras leídas mientras otros chicos jugaban.

El abuelo le hablaba de los tiempos pasados, de cuando la gente podía dejar las puertas abiertas de las casas y nadie entraba a robar nada, no como ahora que parecen casas cárceles, todas llenas de rejas.
—Un día vamos a mirar para arriba y vamos a ver el cielo enrejado —decía.
A Guille le parecía que el abuelo estaba inventando.
Que no podía ser que la vida hubiera sido tan linda antes.
No podía imaginar los tranvías, ni los carruajes. No sabía lo que era el carnaval, ni la radio eléctrica donde la abuela escuchaba novelas de amor y lloraba.
Don Remo le había enseñado a hacer ruidos de puertas que se abrían y se cerraban, ruidos de cascos, de trotes y vientos, relámpagos y truenos cuando leían cuentos.
—Así pasaba con la radio —le explicaba.
Ahora había que escuchar todo el tiempo a papá y a mamá:
—¡Con cuidado! No te pares a conversar con desconocidos. No subas a cualquier auto que andan robando chicos para sacarles los órganos y venderlos. Hay secuestros, hay espías, también te sacan la sangre y la venden.
¡Nada que ver con lo que le contaba el abuelo!
Las puertas de las casas… ¡abiertas! ¡Y nadie entraba!
Los vecinos se sentaban a la tarde en la vereda; si alguien se enfermaba, te llevaban sopa de verdura recién hecha. Se prestaban azúcar, yerba, aceite… ¡Y los devolvían!
No como ahora. Nadie presta nada, encima te roban, nadie devuelve, todo es un saqueo, repetía don Remo.
Cada tres frases el abuelo decía: “no como ahora”.
A Guille le parecía que se ponía muy triste cuando comparaba los tiempos y que, en cambio, se le iluminaba la vida cuando contaba cuentos.
Y los ojitos le brillaban como dos carbones en la oscuridad de la noche, mientras el nieto apoyaba la cabeza en la almohada y cerraba los ojos para soñar historias.
Pero a Guille le encantaba saber cómo eran los tiempos de antes.
Y el abuelo le contaba que había un policía en cada esquina con un silbato que hacía sonar a las doce de la noche y lo escuchaba el que estaba en la otra esquina y este, a su vez, hacía lo mismo con el siguiente.
Eso quería decir que era la medianoche y que todo estaba en calma.
Estaban allí no por los ladrones, sino para cuidar de los vecinos, socorrerlos si sentían mal, les decían las calles y para dónde había que ir… como un informativo, decía el abuelo.
—No había taxis… había coches a caballo.
—¿Coches a caballo?, ¿qué eran, abuelo?
—Un carruaje a caballo con capota por si llovía. Había lugar para cinco personas. El conductor iba a la intemperie y, con lluvia, ¡se mojaba entero! El caballo iba a trote lento sobre las calles adoquinadas —contestaba. Y añadía:
—También, estaban los tranvías que iban por las calles en vías… ¡era tan lindo, Guille! Las ventanas tenías cortinitas de rafia que se podían bajar para que no te molestara el sol.
Continuaba, entusiasmado:
—El almacenero no solo fiaba sino que te daba una yapa. Te anotaba los gastos en una libreta, sin intereses, en su importe original y sin firma. La palabra era una firma, Guille.

—¿Yapa? ¿Qué es eso, abuelo?
—¡Ahhhh! Cuando pagabas la cuenta te regalaban galletas con forma de animalitos o una gallinita de azúcar con licor de menta o goma de mascar.
—¡Qué lindo! ¡Ahora nadie te regala nada!
—Y el lechero pasaba y dejaba las botellas de leche en la puerta de tu casa, lo mismo el repartidor del agua con gas. ¡Mira si uno va a dejar algo afuera hoy!
—Sí, ahora no es como antes.
—Antes todos trabajaban —seguía contando el abuelo—, nadie tenía miedo de perder el trabajo… el trabajo era sagrado.
—Como papá —dijo Guille—. ¿Viste que siempre tiene miedo del jefe malo?
—Tu papá tiene miedo porque no sabe. No quiso leer ni estudiar.
—Como yo, abuelo. Yo tampoco quiero estudiar. ¿Es hereditario?
—Es verdad, pero te gusta leer y cuando se lee… de alguna manera se aprende. A ver, ¿todas las cosas que aprendiste no te las enseñó un “señor libro”?
Guille lo abrazó y le dijo:
—No… un “señor abuelo”. ¡Por eso te quiero tanto!
—Bueno… bueno… es que yo de tanto leer y leer soy como un libro abierto… ¿o no?
—Cuéntame del “antes” abuelo…
—El antes siempre es mejor que el ahora. Ya te iré contando de a poco. Me falta hablarte de las comparsas de carnaval, del acomodador de cine con su linterna, los huevos perfumados. ¿Por qué no lo anotas en tu cuaderno? Me estoy poniendo viejo y en una de esas me empieza a fallar la memoria.
Guille no quería pensar en eso.
No soportaba la idea de que a Remo Santos le pasara lo mismo que al abuelo de Resorte.
Hacía tiempo que don Anastasio, el abuelo de Resorte, hablaba pavadas.
Y, encima, se había quedado sordo y no solo eso sino que su prodigiosa memoria se estaba yendo por un camino largo sin regreso.
Era como un niño. A la hija la llamaba mamá y a Resorte, su propio nieto, le decía: ¡qué tal, hermano, cómo te va!
Salía a caminar y se perdía.
¡Lástima que no existieran los policías de antes! Esos que contaba don Remo Santos, los que te ayudaban a cruzar la calle, los que te orientaban con las direcciones equivocadas y te llevaban hasta tu casa si te perdías.
Como don Anastasio se agravó, los padres de Resorte decidieron que lo mejor para él sería ponerlo en un geriátrico. Un lugar para viejitos.
Entonces, Resorte dijo que no, que él lo podría cuidar a la tarde y a la noche y que su abuelo se iba a morir si lo sacaban de su cama.
Pero los padres le dijeron que su deber era ir a la escuela y hacer las tareas y que el abuelo iba a estar cuidado y muy bien atendido.
A Resorte se le hizo un nudo en la garganta.
Dormían en la misma habitación y don Anastasio lo ayudaba con su escritura y Resorte era feliz porque las frases le salían lindas, sin palabras entrecortadas.
No se sabía muy bien por qué Resorte se trababa, que había sufrido… ¡ahhhhhhh!, ¡claro que sí!
¡Y cómo no! Las pruebas escritas le eran devueltas con el mensaje: “Rehacer”. Cuando lo llamaban al frente para dar lección, se ponía tan nervioso que era imposible entenderlo.
Y lo mandaban de vuelta al banco, casi sin escucharlo.
Nadie le tenía paciencia.
Y él no tenía la culpa de lo que le pasaba.
Y la psicopedagoga ya no sabía qué hacer.
Y la madre y el padre, tampoco.
Y Resorte lloraba como loco cada vez que tenía que ir a la escuela.
Y lo peor de todo es que estudiaba y estudiaba y todo lo que estudiaba entraba en su cabeza porque era un superdotado.
Así había dicho el neurólogo.
La psicopedagoga aconsejó una psicóloga.
La psicóloga ordenó un neurólogo.
El neurólogo aconsejó una psicopedagoga.
—¡Bastaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! —gritó su abuelo una mañana de sol tan lindo que nadie entendía por qué Resorte estaba en el baño encerrado.
No lo entendieron hasta que lo escucharon llorar y decir: ¡no voy a ir más a la escuela!
—¡Bastaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! —volvió a gritar el abuelo y salió como una tromba rumbo a la escuela.
Se encerró en la dirección toda la mañana.
Nunca se supo qué habló con la directora, pero media hora después hubo una reunión con todas las profesoras del curso.
Cinco horas estuvieron hablando. A las doce se vio salir al abuelo dando un portazo.
A partir de ese día, las cosas cambiaron para Resorte.
Su abuelo lo llevaba a la escuela y lo esperaba a la salida.
Por amor.
Nada más que por eso. Algunos chicos lo envidiaban.
Porque se notaba a la legua que don Anastasio lo acompañaba por el gusto de charlar con su nieto. Dos compinches. Se reían a carcajadas, ¡vaya a saber de qué cosas!
Y por amor, don Anastasio se sentaba al sol y borraba las letras tartamudas y apoyaba una y mil veces su gran mano de abuelo sobre la pequeña mano del nieto y, juntas, dibujaban las palabras.
No se sabe cuánto tiempo lo hizo. Pero un día Resorte escribió de un tirón: “mi abuelo me ama”.
Fue la primera frase “destartamuda” que escribió.
Guille se dio cuenta de que Resorte había vuelto a tartamudear desde que don Anastasio entró al geriátrico. Solo que ya no estaría la mano del abuelo.
Entonces Guille tuvo una idea genial.
—Te presto a mi abuelo. Es tan bueno como el tuyo. Vas a ver que no hay problema.
—Co-co-como mi abuelo no hay otro.
—Y como el mío, tampoco.
Parecía un duelo de nietos.
Pero eran muy buenos amigos y supieron frenar la broma, que de broma no tenía nada porque Guille de verdad le prestaba a su abuelo.
¡Con todos los problemas que tenía que resolver!
La conversación con la Congelada, el problema de Borlero, las lagrimitas de Nube, ¡y Resorte con su abuelo en el geriátrico!
Y eso que recién era lunes. Había empezado mal la semana. Con esa prueba terrible y ese dolorcito que estaba sintiendo en la boca del estómago. ¡Tenía unas ganas de estar en su cama, tapado hasta las orejas y escuchando las historias del abuelo!
Lo que le pasaba a Resorte lo había afligido porque no le encontraba solución. ¡Y Borlero con su mamá enferma! ¡Y Mauro aterrado porque si la Congelada lo descubría podía mandarlo a la dirección o ponerle una mala nota! Pero también podía ocurrir que los chicos hicieran un pacto de silencio, entonces sí la situación se pondría negra como la noche.
Pateó pelotitas de bayas, piedritas y, de a poco, el airecito del mediodía le llenó los pulmones de palomas porque la primavera estaba ahí, delante mismo de sus narices.
La mochila ya no era un peso enorme sino una especie de plumita suave.
¡Ahhhh! Ahí estaba su casa, con el jardín de rosas… Y el abuelo Remo Santos regando las plantas.
Después de almorzar, se metió en su cuarto para hacer las tareas mientras escuchaba a sus padres:
—“Re-cep-tá-cu-lo”: ¿adónde cae el acento?
—En la “e”.
—No, mi cielo, si cayera en la “e” la palabra sería “recéptaculo”. Vamos otra vez.
A Guille le dio una pena bárbara. A su papá le costaba aprender las agudas y las graves. Ya estaban en las esdrújulas. ¿Qué pasaría cuando llegaran a los diptongos?
—Vienen inspectores la semana que viene —dijo el papá—, ¿y si me toman esto?
—No seas tonto, la oficina no es una escuela. No te van a preguntar cuáles son las palabras agudas y cuáles las esdrújulas.
—¿Esdrújulas? ¿Qué es eso?
—Tranquilo, ya vamos a repasar… ahí no hay problemas, llevan acento siempre, marca la vocal que suene más fuerte. Cuenta las sílabas… una, dos, tres y pones acento sí o sí. Pero ¡mi vida!… ¡ya te dije, la oficina no es una escuela!
—Y… más o menos. Siempre tienes que rendir para un diez. También te ponen nota. Una vez al año el jefe te califica y, si sacas menos de cincuenta puntos, te echan. Y yo acá, dale que dale con las agudas. Nunca te lo quise decir, porque me da mucha vergüenza, pero no leo muy bien.
—Bueno mi amor, pero lees…
—Pero no como Guille. ¡Qué orgullo nuestro hijo!
¡Notaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! ¿A papá le ponían nota?
Los inspectores de la oficina ¿eran como los directores de las escuelas?
Lo único que le faltaba para que ese lunes fuera el más horrible lunes de septiembre.
Entonces, llegó el abuelo. Y Guille le contó todo de un tirón.
Lo de la Congelada, lo de Borlero, lo de Resorte… y también lo del papá.
Que tal vez perdía el trabajo, si no alcanzaba el puntaje.
—Vamos por partes —dijo don Remo Santos—. Todo junto no se puede. ¿Qué quieres resolver primero?
—Todo.
—No se puede.
—Pero abuelo, lo de la Congelada es mañana, lo de Borlero es mañana, lo de papá… bueno… no es mañana y lo de Resorte… tampoco es mañana, pero es urgente.
—Me parece que no está muy claro, a ver, ¿por qué no me cuentas?
—Tengo miedo —dijo Guille.
—Tranquilo… yo estoy aquí —dijo el abuelo—. ¿Por qué tienes miedo?
—Por la Congelada.
—¿Y quién es la Congelada?
—La maestra de historia.
—¿Y por qué le pusieron la Congelada?
Entonces, Guille se acordó de Gustavo Stilman que se sentaba en el tercer banco de la fila de la derecha. Gustavo, que era muy observador, se había dado cuenta de que la profesora de historia no se reía jamás. Que la única vez que intentó reír hizo una mueca parecida a una sonrisa, pero quedó tiesa, la boca dura y los labios como de hielo y dijo:
—¡Se le congeló la sonrisa!
Y de ahí le había quedado la Congelada.
—¿Y cómo es ella?
—Una mujer un poco rara. No habla con nadie, en el recreo no va a la sala de profesores, no conversa con Numeroso, ni con la de sociales ni con nadie. Se pasea por el corredor hasta que suena la campana y lo único que hace es estornudar todo el tiempo.
—¿Pero por qué tienes tanto miedo?
Ahí, Guille le contó que en la prueba había mezclado un poco de lo que sabía de la Gran Batalla con la historia del Laberinto, porque todas las guerras son más o menos iguales, unos pierden porque otros ganan...

El abuelo lo interrumpió:
—¿Escribiste sobre el Laberinto?
—Sí, ¿no te acuerdas que me diste la enciclopedia y ese otro libro con imágenes tan horrendas… el manual de Goblinología?
—Sí… me acuerdo muy bien, pero te dije que no hablaras del tema hasta que tuviera el Cuaderno n.º 44. Pero lo hecho hecho está, ¿qué te dijo la profesora de historia?
—Que quería hablar conmigo mañana.
—¿Y qué más?
—Hummmm… a ver… no recuerdo… ¡ah!… sí, dijo: “increíble… increíble”.
— ¿Es una mujer hermosa?
—Sí.
—¿Y usa un bolso peludo?
—Sí, usa un bolso de piel marrón que hace ruiditos.
—¡Dios mío! ¡Dios mío! —dijo el abuelo.
—¿Qué pasa? ¿La conoces?
—No. Pero cuando hables con ella, trata de recordar todo lo que te pregunte o te diga. ¡Ah!, y si te convida con un pastelito… acéptalo, pero ¡no lo comas! Ahora, hijito, a dormir… mañana hablaremos de tus otras penas.
—Abuelo… ¿es para tener miedo?
—No… no… pero no le aceptes pastelillos.
—¿Y si me pregunta por Borlero?
—Que responda Borlero. Es problema de él. Mañana será otro día y no hay nada en este mundo que no tenga solución.
Guille no lo quiso preocupar, pero la Congelada comía pastelitos en todos los recreos.
El abuelo lo tapó con la cobija, apagó la lámpara y le acarició la cabeza.
—Gracias, abuelo… hasta mañana.
Y el anciano salió despacito.
Cuando la puerta se cerró, se levantó y fue a buscar el manual de Goblinología. ¡No estaba en el estante! Fue a la habitación del abuelo. La puerta estaba entornada y se asomó.
Don Remo daba vueltas para atrás y para adelante las hojas del manual mientras murmuraba:
—¡Zitzie! ¡Oh, Zitzie, cuánto te extraño!
Se quedó quieto, casi sin respirar.
El abuelo fue hasta el teléfono, marcó un número muy largo y preguntó:
—¿Está el señor Brian Froud?… Bien… volveré a llamar… disculpe la hora, por favor.
Después volvió a su escritorio y tomó el manual.
Guille regresó a su habitación, se metió en la cama y estaba tan inquieto que le costó dormirse.
Cuando se levantó para ir a la escuela, vio que el manual había vuelto a su lugar.