Presentación
«Nunca pude, a lo largo de toda mi vida, resignarme al saber parcializado, nunca pude aislar un objeto de estudio de su contexto, de sus antecedentes, de su devenir. He aspirado siempre a un pensamiento multidimensional. Nunca he podido eliminar la contradicción interior. Siempre he sentido que las verdades profundas, antagónicas las unas de las otras, eran para mí complementarias, sin dejar de ser antagónicas. Nunca he querido reducir a la fuerza la incertidumbre y la ambigüedad. […] La patología moderna del espíritu está en la hipersimplificación que ciega la complejidad de lo real. […] Solo el pensamiento complejo nos permitirá civilizar nuestro conocimiento.»
E. Morin (2008: 23/35)
El trabajo que aquí se presenta es una reflexión sistemática sobre el sentido de la ética en la educación social.
No se trata solo de un trabajo académico, sino que es el resultado de un recorrido biográfico que descansa en la vivencia y la reflexión cotidiana de la educación en diferentes espacios académicos y profesionales a través de un periodo de casi treinta años. Las conversaciones profesionales o de amistad, el estudio y, siempre, la duda me han permitido ir destilando aquellas cuestiones que para mí han sido fundamentales en todo este tiempo y que creo oportuno poder compartir ahora.
La relación con niños difíciles en la escuela, en recursos de tiempo libre y más tarde en centros de justicia juvenil y de protección a la infancia, me alertó de que la capacitación técnica era fundamental para obtener buenos resultados en el proceso educativo, pero que no era suficiente; había algo más básico, más trascendente, que determinaba el sentido y el resultado de la tarea educativa, sobre todo cuando se trabaja con personas vulnerables (y vulneradas), que viven situaciones difíciles. Tuve y sigo teniendo la suerte de conocer a personas extraordinarias cuya forma de trabajar ilustra aquello que intuitivamente percibía: la predisposición, la solicitud, la comprensión, el respeto, el sentido de justicia, el rigor, la autoexigencia… características que aparecían con aparente naturalidad y conformaban una forma de entender y de vivir el trabajo educativo. No era solo hacer aquello que tocaba desde el punto de vista de las obligaciones laborales sino hacerlo desde una honestidad que nacía de un sentido del deber más profundo, pero a la vez más libre porque era una opción personal.
Para complementar estas evidencias, el estudio de los autores clásicos acabaron por confirmarme que el eje de referencia para reflexionar y construir una auténtica y honesta «vida pedagógica», en palabras de Makarenko o de Guerau, eran las actitudes y los valores y que eran estos los que permitían entender compromisos al límite como el de Janusz Korczak.
Así pues, en este itinerario personal, los valores han sido un elemento central en la reflexión/acción pedagógica; percibí que debían estar presentes en cualquier escenario donde se quisiera desarrollar una acción realmente educativa, porque su presencia asegura la prudencia necesaria para encarar los riesgos de querer incidir en la vida de las otras personas porque, en definitiva, educación es influencia convertida en incentivación para el cambio. Los valores deben estar presentes no solo en la motivación inicial de cualquier intervención, sino también en la solidez de su fundamentación teórica, en la exactitud del diseño, en el rigor del desarrollo del proceso de una actuación y, finalmente, en el análisis del resultado de la tarea. Conforman la estructura básica de la reflexión y de la acción pedagógica ante un mundo injusto.
Siguiendo ese camino, estos años de trabajo me llevaron primero hacia el estudio del desarrollo de la personalidad moral y más tarde, ya de manera clara y definitiva, hacia el estudio sobre el sentido moral de los profesionales en el ejercicio de su actividad cotidiana: cómo se construye, en qué se manifiesta, cómo se pone en práctica, cómo se comparte, en definitiva, cómo se ha ido manifestando la ética en la educación social y cómo se ha convertido finalmente en una estructura explícita de referencia para los profesionales.
Elaborar este trabajo no ha sido una tarea fácil porque, a pesar de hablar de ética, este es propiamente un texto de pedagogía (y pensado desde la pedagogía), no de filosofía, por lo que desde una perspectiva ética o filosófica se echarán en falta autores y referencias que pueden ser considerados como fundamentales para una persona experta en esa área. Conviene insistir en este matiz porque por encima de este trabajo planea una dificultad que ha estado presente de manera recurrente a lo largo de todo su desarrollo. El hecho de tener como referencia un campo de conocimiento de carácter pedagógico y educativo, pero estar planteando problemáticas que, en buena parte, pertenecen a otro como es la filosofía moral (de la que uno no es especialista por no haberse formado de forma sistemática en ese campo), configura un escenario de trabajo que en algunos momentos ha generado muchas inseguridades sobre la idoneidad del enfoque que se había adoptado y sobre las vías que había que ir siguiendo para encontrar las fuentes y referencias más adecuadas.
En cualquier caso, lo que ha estado claro en todo momento es que, a pesar de las posibles insuficiencias de fundamentación en relación con las cuestiones morales y filosóficas (que a buen seguro se han producido y las asumo como limitación personal), no debía renunciar a abrir una reflexión sobre los interrogantes éticos que se presentan en la práctica profesional y a los que la pedagogía todavía no da las respuestas que se están buscando.
Podemos decir, pues, que este trabajo es un ejemplo concreto de las dificultades con que se puede encontrar una persona que se plantea interrogantes sobre el sentido moral y la calidad de su actividad, que conoce bien su campo de trabajo, pero que para encontrar respuestas ha de encaminarse por territorios que le son conceptualmente desconocidos. En este sentido, es también un reflejo de los pasos y las dudas que se han ido produciendo en el proceso de construcción de la ética profesional en la educación social.
A pesar de todas estas dudas, me ha parecido mucho más productivo asumir la incomodidad y la incertidumbre de entrar en un terreno desconocido con todas las limitaciones que esto comporta a cambio de encontrar una cierta luz por pequeña que sea, que renunciar a hacer determinadas preguntas en nombre de la prudencia. Como se irá mostrando más adelante, la ética aplicada es, cada vez más, de gran interés y preocupación entre los profesionales de la educación social porque su práctica es una permanente exposición a situaciones críticas donde hay que tomar partido. Por otra parte, quedarse con los elementos de referencia clásicos como puede ser un código deontológico se ha manifestado claramente insuficiente; como indica Marzano (2009: 12), «más allá de los debates sobre los principios fundamentales de la razón práctica (éticas deontológicas versus éticas teleológicas, idealismo moral versus realismo moral, ética del deber versus ética de la virtud), la ética aplicada tiene en cuenta los interrogantes que nacen de la aplicación de estos principios». Precisamente, la práctica de la actividad profesional es una fuente constante de interrogantes con pocas respuestas que interpelan y ponen en cuestión esos principios. De ahí el subtítulo de este trabajo: «del compromiso político a la responsabilidad en la práctica profesional» o, dicho con otras palabras, cómo se sistematiza una estructura que permita trasladar los ideales a veces utópicos al día a día responsable en el ejercicio de la profesión.
Como ya se ha indicado anteriormente, el itinerario que se dibuja en este trabajo es el reflejo de un cierto recorrido biográfico. No se puede decir que el balance de todas estas vivencias sea extremadamente positivo; más bien se acerca a un desencanto realista después de conocer, estudiar o vivir múltiples experiencias educativas que nacieron con mucha ilusión pero que, finalmente, algunas cayeron en el desánimo, otras se desdibujaron o, directamente, se convirtieron en lo que no debieran haber sido nunca.
Con todo, las dificultades no han impedido seguir buscando un sentido, de forma que la esperanza para encontrar algún resultado positivo o alguna forma de trabajo que se aproxime, se convierte en un contrapunto imprescindible que motiva a continuar avanzando ante este escenario de incertidumbre. Pero no es un ejercicio de optimismo iluso. Es más bien la necesidad de conectar con una tradición humanística que, a pesar de las múltiples evidencias en contra, confía todavía en la posibilidad de construir un mundo mínimamente humanizado al que la educación pueda aportar día a día su pequeña porción de saber.
Como se podrá ver, con este trabajo no se pretende demostrar ninguna gran verdad, ni hacer ninguna aportación imprescindible en el mundo del conocimiento ni validar de forma sistematizada y rigurosa una hipótesis fundamental. Se trata simplemente de mostrar los hitos que marcan este camino personal que siempre ha oscilado entre la tradición y la renovación, entre las seguridades y la autocrítica, entre la duda y el convencimiento, entre la fidelidad a los proyectos y la disidencia ante las decisiones injustas o infundadas. Se trata simplemente de compartir el resultado de un largo viaje, las pequeñas certezas descubiertas, pero sobre todo de compartir también los límites, las dudas y las incertidumbres de este recorrido.
Un camino de estas características nunca se hace solo, por lo que expreso el mayor agradecimiento para todas aquellas personas extraordinarias (amigos y amigas, compañeros y compañeras, estudiantes, profesionales…) que de una manera u otra me han abierto nuevos itinerarios de estudio, oportunidades y perspectivas de reflexión a lo largo de todos estos años, ya sea desde la discusión, el desacuerdo, mostrándome su conocimiento y sus actitudes, poniendo en entredicho mis certezas, brindándome la posibilidad de participar en equipos y grupos de trabajo o invitándome generosamente a transitar por otros itinerarios desconocidos para mí. En todos estos casos, su interpelación me ha puesto en situación de cuestionar las cuatro frágiles verdades con las que nos agarramos de manera provisional a la realidad y es ese cuestionamiento el que finalmente permite seguir avanzando. Además, contar con todo su apoyo incondicional en los momentos más difíciles e incluso su disgusto ante mis momentos de pasividad se ha convertido a menudo en la principal motivación para seguir adelante, para escribir una línea más. Por todo ello, gracias de corazón.
Pero no todos los encuentros han sido positivos. Con más frecuencia de la deseada también los ha habido que han generado una gran decepción y a veces mucho sufrimiento, por lo que, tratándose de un texto sobre ética, también tengo que dedicar ni que sea una línea a todas aquellas personas que con su forma de actuar hacia mí o hacia los demás me han indicado cuáles son los caminos y las actitudes que no se han de seguir. No conviene tener demasiado presentes las vivencias negativas, pero recordarlas de vez en cuando desde la serenidad se convierte en un buen estímulo para estar activo sobre cuáles son las lógicas que hay que rehuir, cuáles son las ideas y actitudes contra las cuales hay que ser críticos o activamente beligerantes.
Para acabar, insistiré en el hecho que este documento es simplemente un aquí y un ahora que sé de donde viene pero no sé exactamente hacia donde lleva, aunque esto último probablemente no sea lo más relevante en este momento. Quizás, lo único que me atrevo a afirmar es la predisposición a seguir creyendo en la pedagogía y a continuar en la investigación y en la docencia. La forma de ser coherente y agradecido con todas aquellas personas que me han acompañado en este trayecto pasa por seguir haciendo pequeñas aportaciones sobre cómo creo que se debe construir una forma de hacer y de vivir la educación que sea honesta, realista y que no caiga en el desencanto, con la esperanza de que puedan ser de utilidad a alguien.
Algo difícil de explicar racionalmente me dice que, a pesar de todo, este camino ha valido la pena y que, de momento, tiene sentido continuar haciéndolo.
Objetivos y estructura del libro
Este texto tiene como finalidad aportar elementos teórico-prácticos que contribuyan al avance del colectivo profesional de los educadores y educadoras sociales en la definición de un marco que permita vincular de forma armónica su sentido político con la práctica diaria de su actividad. Esta finalidad tiene tres grandes motivaciones. Por un lado, tiene una voluntad de clarificación sobre el estado de la cuestión de los aspectos éticos en la educación social, especificando cuál ha sido el proceso histórico seguido hasta llegar a la actualidad y en qué punto está ahora. En segundo lugar, tiene una voluntad descriptiva que se concreta en la identificación de los temas clave que, desde el punto de vista de quien esto redacta, tendrían que ser motivo prioritario de trabajo en estos momentos. Para acabar, tiene una voluntad prospectiva, porque aporta algunas ideas sobre cómo incorporar la ética aplicada de manera sistematizada tanto en la formación básica y permanente como en los lugares de trabajo y en las estructuras de la profesión.
Teniendo en cuenta estas tres finalidades, los objetivos que se plantean son los siguientes:
• Describir las características principales de la ética cuando se hace referencia al ejercicio profesional, en tanto que actividad pública, y diferenciarla del sentido moral individual, entendido como dimensión personal y privada.
• Analizar la evolución de la ética profesional en la educación social, en paralelo a su proceso de consolidación como profesión.
• Identificar las principales dificultades que condicionan la construcción de un sistema de referencia moral en la educación social.
• Aportar elementos que faciliten la gestión de conflictos de valor y vinculen adecuadamente la reflexión moral con las acciones que se han de implementar en los contextos donde se producen las dificultades.
El texto está organizado en dos grandes bloques. En el primero, que lleva por título «Ética, profesión y sociedad: el compromiso de la educación social», se estructura en tres capítulos. En ellos se aborda qué es la perspectiva aplicada de la ética, qué tiene que ver con las profesiones, cómo se construye, de qué manera la educación social ha construido su identidad y qué relación tiene esta construcción con el desarrollo de la ética en la profesión.
La segunda parte, que lleva por título “La implementación de la ética profesional en la práctica de la educación social. Dificultades y propuestas de trabajo”, se estructura en cuatro capítulos más. En este caso, se entra de forma detallada a identificar las principales dificultades de la educación social para construir un sistema de referencia que le permita abordar con garantías los conflictos de valor en la práctica. Además, se hace un repaso a las principales fuentes generadoras de conflicto y, finalmente, se abre un último apartado de propuestas de trabajo para mejorar la presencia de la ética en el día a día de la profesión.