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Colores que abrazan
Los más ancianos apenas eran niños cuando escucharon la historia. El Gran Consejo reunido alrededor del fuego. El mandato de Boi y la tristeza, la profunda tristeza de la aldea. La aceptación de Naipí, mansa y virtuosa. Y especialmente recuerdan a Tarobá. A Tarobá y su furia. Su vehemente discurso frente al Gran Consejo. Su rebeldía y su resistencia.

Tarobá era fuerte. Era el más valiente entre los guerreros. Joven, pero no impetuoso. Y por eso los ancianos —los de entonces, los que dirigían aquel Gran Consejo— lo dejaron hablar.
Eran tiempos lejanos: el hombre blanco aún no había llegado a la región de Iguazú y en la Tierra habitaban los hijos del Gran Tupá. Pero algunos hijos del Gran Tupá fueron monstruosos y despiadados. Como Boi, la enorme serpiente que habitaba el río y que, cada año, exigía una doncella para ser entregada en sacrificio.
Cuentan que en aquella ocasión, había elegido a Naipí. A Naipí con la noche en sus cabellos. A Naipí con el alba en su mirada; en sus ojos de almendra y de melaza. A Naipí con su sonrisa de orquídea y nube blanca. Con su piel de cobre y de tersura; y su voz de pájaro campana.
¡Ay, el joven Tarobá cuánto la amaba! Tanto, que pidió una reunión de Consejo.
—¿Qué quieres decirnos, Tarobá? —preguntó el más anciano.
—¡Salvemos a Naipí! ¡Boi jamás podrá contra todos nosotros! ¡No si la enfrentamos juntos!
Pero los ancianos no pensaban igual. Boi era cruel y despiadada, y todos le temían. Incluso ellos, que a casi nada temían en el mundo:
—No podemos arriesgar a toda la tribu por ella. Debes aceptarlo, Tarobá.
—¡Cobardes! —gritó el joven. Y toda la aldea se quedó en silencio cuando el Gran Consejo, con dolor, ordenó su destierro.

Aquella misma noche, despojado de sus bienes pero no de su amor hacia Naipí, Tarobá quiso salvarla. No atendió a peligros que eran evidentes: la hermosa joven dormía, custodiada, a orillas del río. Una suave brisa, sin embargo, conmovida por el arrojo del joven, arrulló a los guardianes de Naipí para que también durmieran. Y los dos enamorados escaparon.
Pero Boi los sintió. Escuchó sus voces sobre la canoa que se deslizaba, sigilosa, por el río. El río que hasta entonces gobernaba. El río que era Boi.
La fiera serpiente encorvó su lomo y el agua se partió en múltiples pendientes y cascadas: la frágil canoa se precipitó al vacío.
Cuentan que desde entonces unas inmensas cataratas habitan la región de Iguazú. Y que los cabellos de Naipí se extienden, convertidos en agua, por el salto más alto. Dicen también que Tarobá se transformó en un sauce cuyas ramas intentan acercarse a ella. Pero Boi se interpone.
Sin embargo, cuando los rayos del sol penetran en las aguas cristalinas, un arcoíris se extiende, poderoso, desde el salto hasta el árbol: son Tarobá y Naipí que atraviesan los siglos abrazándose.
Boi, impotente, nada puede hacer para evitarlo.