La coherencia
Cuando se la nombra, la coherencia asoma como un valor. Se aprecia a las personas coherentes. ¿Por qué? Porque no se contradicen. Sin embargo, quedarse en eso podría llevar a algunos malentendidos. Ser coherente o ser fiel no es algo positivo por definición. Hay ladrones, asesinos, mentirosos, infieles o corruptos que son muy coherentes. Actúan siempre igual. Mantienen inalterable su línea de conducta. Otra gente es coherente con su egoísmo, con su oportunismo ético, con su capacidad para manipular y engañar. Nunca cambia. Y, por otra parte, hay personas cambiantes en sus adhesiones y conductas, que esgrimen hoy un pensamiento, una cosmovisión o un ideario y mañana se aparecen muy campantes con otro, quizás más preocupadas por un beneficio inmediato, de cualquier tipo y procedencia, antes que por una vida trascendente. También existen quienes ofrecen cambios en sus actitudes y en sus decisiones o elecciones pero lo hacen justamente para no traicionar sus principios. Es decir, mantienen la plasticidad suficiente como para advertir cuando la aparente coherencia es solo el disfraz de una tozuda y disfuncional rigidez.
Por lo tanto, ¿la coherencia salta a la vista, es un atributo que se manifiesta externamente, o para percibirla es necesaria una observación detenida y profunda? Según las circunstancias o las personas, la respuesta podría ser afirmativa en ambos casos. La coherencia que se valora es, sin duda, la que tiene que ver con principios morales, aquellos que, respetados y ejercidos, mejoran la vida de todos. Es más fácil lanzar una declaración o un juramento y luego atarse a ellos sin dar el brazo a torcer, que mantenerse atento al fluir de los acontecimientos y cotejar permanentemente la relación de los propios sentimientos y pensamientos con aquel devenir. A veces la verdadera coherencia conlleva una importante dosis de autopercepción, de autoindagación y de autoevaluación, lo que significa un trabajo intenso, constante e invisible. La rigidez, en cambio, bien puede ser un derivado de la pereza. En este caso pereza emocional e intelectual. La coherencia real y valorable es el fruto de una permanente actualización de nosotros mismos.
Sin excusas
Tanto en el ámbito íntimo, personal y privado, como en el público, exterior y social, la coherencia tiene que ver con principios y valores. Y no es cuestión de apariencias. La dificultad de mantener principios morales no proviene de afuera, del medio social, sino del interior de las personas. Siempre habrá algo que perturbe u obstaculice la puesta en práctica o el mantenimiento de esos principios. Por eso son valiosos. Actuar en consonancia con valores morales es una elección. También se puede dejarlos de lado, falsearlos, vaciarlos o trampearlos. Justamente, dado que podemos ir por una vía como por la otra, la elección da trascendencia a nuestras conductas y actitudes. Las costumbres y tendencias sociales predominantes suelen incitarnos a transitar el camino de lo inmediato y descartable. Si aceptamos no es por obligación sino por elección. En cuestión de principios no hay excusas. Hay principios. Y estos son la columna vertebral de la coherencia con que se construye y se vive una vida.
Respecto de esto, Gabriel Marcel (1889-1973), filósofo y dramaturgo francés, mentor del existencialismo cristiano y autor de obras como Ser y tener y El misterio del ser, pensaba que «cuando uno no vive como piensa, termina pensando como vive». Es decir, no echa raíces en sus valores, sino que corre detrás de las conductas que le van dictando las conveniencias. Donde se ausenta la coherencia sustentada en valores, termina reinando el oportunismo. Esto puede parecer ventajoso en términos inmediatos, pero en la perspectiva de una vida puede resultar dramático, tanto como para que quien se interna por ese camino arribe a un punto en el cual ya no sería capaz de responder (ni de responderse) a la pregunta: ¿quién eres? No quién aparentas ser, sino quién eres. No quién dices ser, sino quién eres. No cómo te muestras, sino quién eres.
La incoherencia de una persona no solo desorienta (por un brevísimo tiempo) a los demás, sino que termina por confundir al propio incoherente. Ocurre lo mismo que con la mentira. Quien miente una vez debe mentir al menos nueve veces más para ir cubriendo cada falsedad con otra, hasta no recordar ya la primera, según sentenciaba Mark Twain, padre de personajes literarios inmortales como Tom Sawyer y Huckleberry Finn, mente lúcida y palabra afilada.
El incoherente puede obtener ganancias rápidas, pero le será difícil sostener en el tiempo proyectos trascendentes y vínculos sólidos y profundos. Los cimientos de sus construcciones están cavados en la arena. En cambio, la coherencia da frutos perennes, erige faros que se elevan sólidos y cuya luz es orientadora y confía.
Cimientos firmes
La coherencia, después de todo, no es más que el fruto de una vida que no se desmiente a sí misma y en la que cada paso es andado en un camino pleno de sentido. Deviene de una escala de valores a la que se honra en cada acción, en cada conducta. Es cierto que con frecuencia se oirán en aquel camino cantos de sirena que invitan a abandonarlo. Ganancias rápidas (materiales o en lisonjas y especies), promesas tentadoras, ofertas seductoras para, como el doctor Fausto, venderle el alma al diablo, quien se vestirá con múltiples disfraces. Cuando se cree en los propios valores y cuando se los vive, la resistencia no es heroica, aunque pueda parecerlo. Es, simplemente, coherente. En otras oportunidades los obstáculos provienen de circunstancias difíciles en el contexto (la sociedad, el país) en el que se vive. En momentos en que predominan el utilitarismo, el facilismo, la irresponsabilidad, la corrupción y la adoración de nuevos vellocinos (ya ni siquiera de oro, sino a menudo de plástico o de humo) la coherencia va en contra de la corriente, su portador es declarado demodé, ingenuo, iluso o, peor aún, puede llegar a ser considerado como un obstáculo a remover o un testigo peligroso. En situaciones así la coherencia se templa y se fortalece. Si sucumbe, suele deberse a que nunca había estado, era una simple apariencia, que el viento a favor ayudaba a mantener.
La coherencia, se ve y se percibe, pero no es una virtud que deba ser exhibida. No es para lucirla que las personas la sostienen, sino porque ella los ayuda a dormir en paz, a estar en armonía con su conciencia y a vivir con sentido. En definitiva es más fácil ser coherente que incoherente. En un caso las propias acciones y elecciones van certificando el rumbo de la marcha existencial, en el otro al final del día no se sabe en dónde se está parado ni hacia dónde lleva la ruta. Muchas veces lleva en forma directa hacia el desplome moral, emocional, vincular, cuando no social, profesional, laboral y económico.
La coherencia, en fin, liga los actos de nuestra vida en una secuencia significativa y trascendente. Existe una vieja definición de ella que circula a través de los tiempos y los idiomas. Según ella, la coherencia consiste en decir lo que se piensa, hacer lo que se dice y responder por lo que se hace. ¿Alguien podría decir que esto está lejos de su alcance, que solo algunos elegidos podrían responder a semejante requisito? No es cierto. La prueba está en que las personas coherentes no son seres extraordinarios, sino, simplemente, coherentes. Viven con valores y los hacen carne en su experiencia cotidiana.