Capítulo I. Polisemias y poliformas de la imagen

La ciencia es la estética de la inteligencia (1)

Gaston Bachelard

Preguntarnos qué es una imagen significa que ya hemos recorrido una parte importante del camino que nos lleva a la comprensión de los fenómenos visuales, puesto que la pregunta implica que estamos en condiciones de comprender que la existencia de las imágenes no tiene nada de natural ni éstas poseen ningún tipo de vínculo básico con la realidad. Nuestro conocimiento ha avanzado siempre a través de este tipo de victorias sobre lo que se considera implícito, lo que se da por sentado, y una de las últimas conquistas de este proceso racional es el que concierne a nuestra visión y los procesos estéticos, emocionales y comunicativos que podemos establecer a través de las representaciones de la misma y que se articulan mediante lo que llamamos imágenes. El mundo y la humanidad podrían existir sin imágenes, aunque serían un mundo y una humanidad esencialmente distintos.

Este proceso de extrañamiento no es ni mucho menos una operación fácil, puesto que desde siempre la imagen ha discurrido por la frontera que separa lo natural de lo construido y, gran parte del tiempo, se ha visto fuertemente atraída por una actitud naturalista o realista que ha pretendido que su función primordial era asemejarse tanto a la realidad que acabara confundiéndose con ella: esta postura ha sido, curiosamente, la exacta contrapartida de aquella otra que desconfiaba de la imagen por esta misma razón, porque copiaba a la realidad. Así las más antiguas leyendas que circulan sobre los orígenes del arte nos relatan las historias de aquellos artistas, como Zeuxis, cuyas pinturas eran tan perfectas que no se distinguían de la realidad, de forma que cuando pintaban por ejemplo unas uvas, los pájaros se lanzaban a picotearlas. Otros alcanzaban incluso cotas más altas de perfección en sus operaciones miméticas. Así Parrasios, en una disputa sobre perfección estética, logró engañar al mismo Zeuxis pintando una cortina que éste quiso retirar para poder ver el supuesto cuadro que estaba debajo: una buena imagen no era sólo aquella que era capaz de engañar a los pájaros, sino incluso a los más expertos de los seres humanos. Los mitos fundacionales son difíciles de erradicar y aún hoy en día las imágenes digitales tienden a privilegiar esta condición hiperrealista de lo visual, como podemos comprobar en el cine y los videojuegos. Tampoco la tecnología, que no está exenta de sus propios mitos, es ajena a esta tendencia y así vemos como proliferan las cámaras de vigilancia o aquellas adscritas a algún tipo de robot que propugnan una clase de imágenes que serían ajenas a los atributos de la mirada humana y que, supuestamente, alcanzarían por tanto el máximo grado de realismo posible.

Al otro lado de esta postura, tenemos el mito de la caverna de Platón y todas sus consecuencias ideológicas que plantean un tipo de desconfianza en las imágenes basada precisamente en una firme creencia en su realismo, un realismo que hacen que parezca cierta la posibilidad de que sustituyan perversamente el contacto con lo real verdadero. Desde ángulos distintos, Baudrillard, con su teoría del simulacro (1987), y Guy Debord (2002), con su denuncia de la sociedad del espectáculo, son dos manifestaciones contemporáneas de ese mito ancestral.

Tanto los que aplauden desde la estética el fundamental realismo de las imágenes, como los que, desde la ética, lo denuncia, unos y otros le conceden a la imagen un escaso grado de maniobra, al sujetarla, positiva o negativamente, a una función estrictamente mimética. Son posturas que podemos ver repetidas a lo largo de la historia, con momentos clave en el que las mismas experimentan procesos de reconversión cruciales. Podemos localizar estos puntos de transición en el Renacimiento, en el Siglo de las luces, en la modernidad del siglo XIX y en la posmoderna actualidad. En todas estas ocasiones, las dos postura antitéticas pero igualmente realistas han reconfigurado sus mutuas posiciones, pero siempre arrojando fuera del ámbito constituido por ellas cualquier pensamiento que quisiera entender las imágenes de forma distinta.

En el Renacimiento, es representativa a este respecto una disputa famosa entre los representantes de dos eras que en ese momento se cruzan: Johannes Kepler y Robert Fludd. También es por supuesto importante en esa misma época la constitución de las técnicas de la perspectiva pictórica como forma hegemónica de representación, pero de esto trataremos en otro momento.

Kepler (1575-1630) es el representante prototípico del nuevo espíritu científico que se estaba formando en Europa a principios del siglo XVII, mientras que Fludd (1574-1637), intelectualmente, pertenece por el contrario a un pasado de tradición neoplatónica cuya importancia se está desvaneciendo. Ambos se enzarzan en una prolongada disputa a raíz de uno de los libros de Fludd sobre la esencia metafísica de lo real. El libro estaba repleto de intrigantes ilustraciones cuya pretensión no era sólo didáctica, sino fundamentalmente ontológica, es decir, representativa de la verdadera forma de la realidad. Fueron precisamente estas imágenes y sus pretensiones lo que llamó la atención de Kepler, que en sus indagaciones astronómicas también hacía uso de imágenes, aunque de unas características supuestamente muy distintas.

No puede decirse que Kepler conceda un lugar insignificante a las imágenes en su pensamiento, pero entiende que la relación de las mismas con la realidad es muy diferente de la que Fludd propone. Una de las más famosas imágenes de toda la historia de la ciencia es el modelo del sistema solar que Kepler construye mediante un conjunto de poliedros situados unos dentro de otros como cajas chinas. Para el astrónomo, esta imagen es una metáfora de la realidad, pero por su biografía, que nos informa de cómo llego a concebir esa estructura que le sirvió para descubrir la ratio que determina la órbita de los planetas en torno al Sol, sabemos el importante papel que en su pensamiento tuvo lo visual. Kepler forjó su hipótesis sobre las órbitas planetarias a través de establecer analogías entre éstas y las principales figuras geométricas -cuadrado, rectángulo, pentágono, hexágono y circunferencia- que coincidían con los cinco planetas conocidos hasta entonces. Pero, para él, estas figuras no eran simples estructuras matemáticas, sino que constituían un conglomerado de significados metafísicos, físicos y matemáticos visualizados a través de las mismas. Los poliedros de Kepler eran imágenes de las ideas arquetípicas de Dios, que éste utiliza para realizar el mundo de la mejor forma posible. Fue precisamente esta creencia la que le hizo intuir que debía cambiar un primer modelo formado por figuras planas que no funcionaba por otro, el definitivo, compuesto por cuerpos sólidos, considerados más perfectos y forzosamente, por tanto, más cercanos a Dios. Anterior a estos conceptos, tanto ontológica como temporalmente, está la imagen de Dios como esfera. Recordemos al respecto la no menos célebre definición de Dios que promulgó Nicolás de Cusa: Dios es una circunferencia cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. Es esta idea de Dios como círculo lo que le confiere a la esfera un carácter divino y lo que hizo que Kepler, que había situado al círculo como culminación de su modelo (el círculo correspondía a Saturno, el último planeta conocido), cambiara esa circunferencia inicial por una esfera y, a partir de ahí, fuera sustituyendo los otros cuerpos planos por sus homólogos tridimensionales. Todo ello nos indica hasta qué punto, en los albores de la ciencia, las ideas científicas y las religiosas estaban próximas unas de otras. Las imágenes, por lo tanto, están igualmente presentes en el pensamiento científico de Kepler que en el pensamiento metafísico de Fludd, y en ambos casos hay en ellas una carga metafísica importante, pero el astrónomo ya no está dispuesto a concederles ningún papel esencial a las mismas en su búsqueda del conocimiento, mientras que Fludd todavía defiende firmemente la visualización de los conceptos.

Fludd arguye contra Kepler que el alma no llega a conocer a través de los números, mediante la división de las cosas en partes, sino buscando unidades en la multiplicidad de la experiencia oscura y oculta, y que lo hace mediante la creación de imágenes unitarias. Estas imágenes muy bien podrían ser las figuras geométricas que utiliza Kepler, y en realidad Fludd hace uso de figuras geométricas en sus composiciones. Es muy instructivo, por lo tanto, ver cómo una misma figura tiene usos distintos que marcan la frontera entre dos imaginarios contrapuestos.

En el caso de Kepler también estamos, como digo, ante un pensamiento fundamentado en imágenes, pero el astrónomo establece una distinción entre “el juego de la imagen” y la “imagen objetiva”. Por medio de esta última, los objetos del mundo son representados directamente en el alma: así la visión, dice, se produce a través de una imagen formada en la superficie cóncava de la retina. Es decir, la realidad destila una imagen y esta imagen es observada por el alma. A partir de aquí, se ve claramente cómo nace la idea de la representación a modo de sustituto de la imagen retiniana y, por consiguiente, como copia de la realidad. Kepler sólo concibe las imágenes de esta manera: incluso su modelo platónico del sistema solar no deja de ser una forma de alcanzar a ver la verdadera realidad, es decir, aquella creada a través de una escritura divina que se rige a través de las matemáticas y las correspondientes figuras geométricas. Es por ello que acusa a Fludd de hacer imágenes poéticas, en el sentido de la poesis de Aristóteles, es decir, de la transposición de un nombre desde su significación propia a otro significado distinto. En este sentido, cuando Fludd habla, por ejemplo, de pirámides espirituales o de octavas espirituales, está  convirtiendo, según Kepler, motivos religiosoespirituales en predicados de nombres matemáticos y musicales, trasladándose “emblemáticamente” desde lo verbal a lo visual, lo cual empieza a ser en esos momentos la dirección errónea, aquella que no hay que tomar. Además, por si fuera poco, las imágenes de Fludd no son simples dispositivos retóricos de carácter imaginario, sino que éste las materializa y las muestra en su libro como representantes de lo que considera formaciones reales.

Obviamente estos dos tipos de representación, que coincidían en una misma época, tenían que chocar entre sí, a pesar de tener tantas cosas en común. Resulta muy instructivo colocar un tipo de imagen junto a la otra porque nos permite observar que en una de ellas se esconde lo que en la otra se muestra, es decir, los elementos ideológicos y metafísicos. La nueva era se propondrá ir expulsando de las representaciones todos los elementos subjetivos, emocionales o metafísicos que habían nutrido las de la época anterior.

Nos encontramos ahora, casi cuatro siglos después, en una situación inversa a aquella en la que el enfrentamiento entre Fludd y Kepler tenía lugar. La tendencia que llevaba hacia la imagen transparente, que era el correlato de un conocimiento asimismo desarraigado, termina su ciclo y empieza una era en la que la imagen se vuelve opaca e impone, por tanto, su presencia como un espacio lleno de síntomas y tensiones. La corriente que inauguraba Kepler nos llevó a un tipo de conocimiento que cumplió con gran éxito su función, pero que también eliminó del panorama epistemológico una serie de cuestiones que son absolutamente necesarias para la comprensión de la complejidad de las sociedades actuales. No se trata de regresar a la concepción mágico-religiosa que Fludd tenía del mundo, la cual quedó definitivamente atrás, sino de recuperar en las representaciones visuales aquella densidad que la tradición del filósofo inglés les concedía.

En 1996, la revista norteamericana de teoría y crítica de arte “October” (2) , publicó una encuesta entre renombrados especialistas acerca de la llamada cultura visual como nuevo campo de estudios. Los resultados de la encuesta inaugura ron un debate cuyos ecos todavía no se han apagado (3) , acerca de la posibilidad de una cultura específicamente visual o de la existencia de un fenómeno visual puro. Los meandros a través de los que se ha desplazado esta discusión a lo largo de los años, empezando por los esfuerzos de la nueva disciplina por separarse de la historia tradicional del arte y la resistencia de ésta a dejarse desbordar, pueden recordarnos la disputa entre Kepler y Fludd, sólo que con las tendencias, como digo, cambiadas. Mitchell, desde el corazón de la actual polémica, indica que «la cultura visual es el campo de estudio que se niega a dar por sentada la visión, que insiste en teorizar, criticar e historiar el proceso visual en sí mismo» (Brea,2005:24). Sea lo que se la cultura visual, configura, como indican las palabras de Mitchell, el fin de la idea de una representación y una visión desproblematizadas, lo cual nos lleva a considerar la condición política del conocimiento que tiene tanto en los actos de visión como en la materialidad del objeto contemplado uno de sus más dramáticos campos de batalla.

Mieke Bal (2004), también dentro del ámbito de la mencionada polémica, afirma que es necesario dar más importancia a los actos de visión que a los objetos (imágenes) contemplados, pero yo creo que es un error decantar la balanza hacia uno de los lados, aunque sólo sea para corregir la tendencia típica de los estudios estéticos a privilegiar los objetos sobre la mirada. Ambos polos deben interesar igualmente a los estudios visuales, a pesar de que el descubrimiento de los actos perceptuales, como construcciones complejas compuestas por los parámetros de la mirada y del objeto, sea especialmente importante para ellos. Vale la pena tener presentes, «los intrincados nudos afectivos y cognitivos que todo acto perceptual constituye (ya que) el nudo “poder-conocimiento” nunca está ausente de visualidad, no sólo cognitivamente; es más el poder se ejerce precisamente a través del anudamiento» (20). Es obvio que la geometría de estos nudos está más cerca de la que manejaba Fludd que aquella de la que hacía gala Kepler.

1. Alfabetización visual

En la imagen, la condición polisémica que en el lenguaje aparece en segundo lugar, se presenta al espectador de inmediato, lo que hace que sea confundida con la propia ambigüedad del mundo. Pero, en realidad, esto es un engaño porque la imagen, incluso la más simple, la más puramente iconográfica, es una construcción que se superpone a la realidad y sintetiza la ambivalencia de ésta en una dirección determinada. A través de la lengua, vamos de lo exacto a lo polisémico, mientras que con la imagen desde lo polisémico nos dirigimos a lo concreto a través de un proceso de comprensión de su estructura visual. La escritura, en nuestra civilización, se apoya básicamente sobre la transparencia de su materialidad, mientras que la imagen obtiene su fundamento en la necesidad de hacer que esa materialidad sea opaca, es decir, que detenga la mirada en lugar de dejarla pasar en dirección a otro sitio. Mientras que aprender a leer significa aprender a difuminar el soporte material del escrito para internalizar, y automatizar, sus mecanismos simbólicos, aprender a ver implica hacer visible la materialidad de lo figurado para construir sobre ella una nueva simbología. Se trata de dos mecanismos cognitivos que son antitéticos, aunque ambos confluyan en un parecido proceso de conocimiento.

A partir de la equiparación de estas funciones se construye el concepto de alfabetización visual (visual literacy) que no deja de ser contradictorio puesto que le supone a la imagen unas formas de actuación semejantes a las de un texto. Así se llega a considerar la posibilidad de “leer las imágenes” o incluso se espera que las imágenes “hablen”, nos digan algo. Como indica James Elkins, si la noción de visual literacy significara algo, implicaría que «seríamos capaces de leer imágenes, de desglosarlas como un escrito, de leerlas en voz alta, de descodificarlas y de traducirlas» (2003:128). Todas estas acciones son metáforas de lo que realmente se puede hacer con las imágenes o de lo que las imágenes son capaces de hacer. Metáforas que pretenden ayudarnos a comprender, desde la perspectiva de los textos, algo que no podemos describir desde el de las propias imágenes. Algunos estudiantes, impulsados por la idea contraria, pretenden que las imágenes hablan por sí solas, y nos presentan a los docentes trabajos compuestos sólo por imágenes, sin ningún comentario (4) . Las imágenes, obviamente, no hablan, puesto que no emiten ningún sonido, ni proponen significados de la manera en que lo hacen las palabras o los textos. Eso no quiere decir que no expresen nada, sólo se nos puede ocurrir esto si equiparamos expresión a expresión lingüística. En todo caso, creer que las imágenes hablan es utilizar, como decía, una metáfora para intentar explicar lo que hacen, sin acabar de comprender adecuadamente cual es esa actividad y cómo funciona.

Sea cual sea esta actividad de las imágenes, es necesario traducirla al lenguaje que utilizamos para comunicarnos, si queremos explicarla. No debe considerarse, sin embargo, que este proceso de traducción sea la prueba de una supuesta debilidad expresiva de la imagen, sino que el mismo debe entenderse como un complemento necesario de lo visual, cuando éste deja de pertenecer exclusivamente al campo de la experiencia estética y se convierte en un fenómeno ligado al conocimiento. Utilizar el lenguaje es hacer hablar a las imágenes, lo cual no es lo mismo que imponerles un lenguaje distinto al suyo, como ocurre cuando las tratamos como objetos lingüísticos. Explicar las imágenes con palabras es una actividad tan productiva como explicar las palabras con imágenes. Por ello es tan engañoso el dicho popular, según el cual una imagen vale más que mil palabras. No es cierta esta conocida afirmación, entre otras cosas porque son necesarias mil palabras para comprender la imagen y comunicar esta comprensión. Pero ello no quiere decir que la imagen funcione como un texto ni que necesite esas palabras para cumplir su función. Lo que debe comprenderse es que nuestras actividades mentales son híbridas, conjuntos funcionales compuestos por lo visual y lo verbal en constante interacción y, por lo tanto, si bien esas experiencias pueden separarse, el resultado consciente de las mismas, no. Podemos dejarnos llevar por la experiencia estética ante una imagen bella, sin tratar de explicar lo que sentimos mediante palabras, de la misma manera que podemos leer un texto, sin prestar atención a las actividades relacionadas con lo visual que se producen en nuestra imaginación en contacto con la carga imaginativa que el texto acarrea, pero si queremos participar conscientemente de estos procesos, no tendremos más remedio que combinar ambos dinamismos. En todo caso, debemos tener en cuenta que la expresión visual es fundamentalmente distinta de la expresión lingüística.

El concepto de alfabetización visual puede recuperarse superando la paradoja antes mencionada, si lo entendemos no como una expresión literal (lo visual organizado verbalmente) ni tampoco metafórica (el alfabeto como una manera de describir la estructura de la imagen), sino como la enunciación de la condición híbrida del conocimiento y de las condiciones cognitivas que comporta. Alfabetización visual significa, pues, aprender a conocer los fenómenos visuales, es decir, aprender a expresar verbalmente lo que se produce visualmente. Pero para ello es necesario saber qué se produce visualmente en el ámbito intrínseco de la imagen: sólo así podremos decir de ella algo realmente nuevo y útil.

De lo que se trata, por consiguiente, no es de aprender un “lenguaje” de la imagen que nos permita desarrollar una “escritura” visual o, incluso, “hablar” o “pensar” mediante imágenes, sino de desarrollar la sensibilidad necesaria, y adquirir los conocimientos correspondientes, para saber cómo piensan las imágenes, como contienen y propone ideas y emociones. Es así que las imágenes pueden conducir los procesos reflexivos: aclarando ideas o proponiéndolas.

2. Visión y cuerpo

Para comprender la complejidad de la visión no es necesario acudir a los fundamentos fisiológicos de la misma. Es un error descender a esos niveles orgánicos para apreciar unos mecanismos que se desarrollan fundamentalmente en otro plano, aunque tengan, por supuesto, un sustrato instalado en la condición física del cuerpo humano. Fuera de los casos en que por alguna patología estas funciones del cuerpo no se desarrollan normalmente y por lo tanto pueden provocar una distorsión básica de lo percibido, la condición fisiológica de la visión pertenece a un universo completamente distinto de aquel en el que nos interesa instalarnos en los estudios visuales. En realidad, acercarnos a la fenomenología visual a través de lo fisiológico sería tan torpe como si, para aprender a escribir o para saber qué es la escritura, nos empeñáramos en conocer cómo funcionan los músculos de la mano, o, para buscar una analogía más precisa: sería como si para comprender la música debiéramos examinar primero la fisiología del aparato auditivo. No son del todo inútiles estas comparaciones, puesto que ellas describen exactamente lo que hacen aquellos que quieren iniciar los estudios visuales desde la fisiología del ojo, pensar que elaboraciones tan esencialmente complejas como pueden ser la escritura, la música o la imagen dependen esencialmente de aquellos órganos y sentidos que le sirven de plataforma corporal. Las actuales neurociencias incurren, desde nuestro punto de vista, en un parecido error cuando pretenden buscar en el cerebro la localización de los fenómenos de la visión y con ello agotarlos. No cabe duda de que la base fisiológica de estos fenómenos está localizada en el córtex, en las conexiones neuronales que se desarrollan en esas regiones, como tampoco cabe dudar de que si una de estas áreas está impedida por alguna razón u otra, la visión se distorsiona. El psicólogo Oliver Sacks ha escrito diversos libros muy instructivos a este respecto. Casos como el del hombre que confundió a su mujer con un sombrero (2002) o los que narra en su estudio “Un antropólogo en Marte” (1997) son muy ilustrativos de la relación que existe entre el cerebro y la realidad. El cineasta Joaquín Jordá realizó también un par de documentales, “Monos como Becky” (1999) y “Más allá del espejo” (2006), en los que narra su experiencia después de sufrir un infarto cerebral que afectó temporalmente su cerebro y que distorsionó su capacidad de comprender el mundo real. Todo ello no hace sino confirmar la tesis, sostenida en un próximo capítulo en el que trataremos de la percepción, de que construimos la realidad a partir de unos parámetros biológicos básicos. Pero precisamente este conocimiento nos lleva a considerar la necesidad de establecer una plataforma común fuera de lo cual la realidad tal como la concebimos los humanos no existe: de modo que, como hacen Sacks y Jordá, cuando tratamos las distorsiones patológicas de la percepción, las incluimos dentro de la condición normal de la misma, como excepciones que no la anulan, sino que la explican.

Estas regiones del conocimiento, que son muy genuinas y que las neurociencias o la psicobiología tratan adecuadamente, no deben afectarnos de forma directa, puesto que nosotros emprendemos los estudios visuales desde otro nivel más complejo. Desde esta plataforma, si tuviéramos que examinar los resultados de las agnosias y las alexias que describen Jordá y Sacks, deberíamos hacerlo desde una perspectiva semiótica y preguntarnos por el significado de las distorsiones en el escenario que configura nuestra realidad, tanto en su vertiente ecológica como socialmente construida.

Digamos por el momento que las funciones fisiológicas son comunes a todos los seres humanos, forman lo que podríamos denominar un horizonte de realidad fuera del cual nada significativo es posible (cuando existe una patología que interfiere en este horizonte, lo sujetos recomponen su visión para darle sentido, es decir, para incluirla dentro de las expectativas de este horizonte, lo cual no quiere decir que los resultados sean siempre lógicos o racionales, pero tampoco lo son todos los de los individuos que no padecen de ninguna distorsión visual). Por tanto podemos dejar a un lado esas funciones fisiológicas, considerándolas un factor no determinante dentro de la esfera humana a la que todos pertenecemos, de la misma manera que no es esencial para comprender la psicología de un individuo el hecho de que tenga brazos y piernas. Es, por el contrario muy relevante, saber cómo los usa (o cómo los suple, si tiene la desgracia de carecer de esas partes del cuerpo), pero ello ya pertenece a un ámbito distinto del simplemente morfológico: al ámbito cultural, social, antropológico, incluso al ámbito tecnológico en el caso de esas carencias y sus suplementos.

No nos precipitemos a negar, sin embargo, la función del cuerpo en los procesos cognitivos puesto que su presencia en los mismos es indudable. De lo que se trata es de encontrar el lugar desde dónde el cuerpo en toda su extensión, tanto morfológica como fisiológica, actúa. Las propiedades del cuerpo humano configuran indudablemente una determinada ecología de la visión que influye en los parámetros epistemológicos de la misma, pero esto sólo es relevante cuando los comparamos con los de otros animales. Como luego comprobaremos, no está de más que hagamos esta comparación para comprender mejor las características de nuestro mundo visual, pero instalarnos en este substrato sería, como digo, contraproducente, ya que nos sumergiría de nuevo en la condición natural de la que nos interesa alejarnos, si es que queremos comprender verdaderamente la fenomenología de la imagen.

La visión, en un sentido general, no está solo relacionada con los ojos. En realidad, podemos decir que vemos también a través del cuerpo, puesto que el campo de visión y las experiencias que se derivan de él están conectadas con la posición del mismo con respecto a la realidad que le rodea, de igual manera que toda la experiencia visual tiene que ver con los estímulos que se reciben del entorno a través del cuerpo en su totalidad. Además no cabe duda de que, en resumidas cuentas, nuestra visión no es otra cosa que la propiedad de un cuerpo. Pero todo ello sólo puede tener sentido para nosotros si lo consideramos a partir del momento en que ya tenemos una idea clara de lo que significa la visión y de las relaciones que la misma mantiene con lo que llamamos imagen. Considerarlo un apriorismo sería emborronar nuestra perspectiva.

3. Imagen y visión

Como ya he dicho antes, lo visual, no sólo la imagen propiamente dicha, es siempre un fenómeno complejo que circula por entre diferentes plataformas y niveles de significado, todos ellos inscritos en la visualidad. Por un lado tenemos todo cuanto hace referencia a los procesos de cognición, en los que se fundamentan y se combinan los mecanismos de identidad social, ligados al imaginario, y los de identidad individual, relacionados con la percepción entendida como experiencia existencial.

Fuera de la imagen, el espectador (o actor, en los procesos de interactividad contemporáneos) se sitúa ante ella de una determinada manera que establece su percepción de la misma, al tiempo que la propia imagen, o fenómeno visual, lo coloca en una posición social que articula su identidad dentro de este marco. Percibir, ser receptor de una imagen o un usuario de la misma, significa en primer lugar iniciar un juego entre la identidad social y la identidad individual.

Dentro de la imagen, en la propia estructura de la misma, se instalan los resultados de una imaginación que también se divide en los ámbitos social e individual, puesto que pertenece al autor entendido a la vez como individuo y como factor de la sociedad que lo acoge y lo produce. Esta imaginación baraja valores e ideas en una constante reconfiguración que va de lo figurativo a lo discursivo sin nunca detenerse definitivamente en uno de los polos, excepto cuando finalmente se materializa en una imagen. Por otro lado, también debemos tener en cuenta que la imagen, en su proceso de configuración, constituye la cristalización de la serie de parámetros culturales y estilísticos que forman el contexto del que la imaginación se nutre.

No se trata de considerar que las imágenes son la suma de todos estos factores, ni de suponer que constituyen la visualización de alguno de ellos en concreto. Las imágenes proceden, por el contrario, del proceso de circulación de un significado que transita por todos ellos exponiendo a cada momento una parte de este flujo. Quizá sea por ello que las imágenes en movimiento que irrumpen en la cultura en el siglo XIX pueden considerarse la extensión lógica de los fenómenos visuales de carácter estáticos que hasta ese momento predominaban: en este sentido, el movimiento sería, entre otras muchas cosas, la expresión de ese flujo significante que caracteriza a toda imagen, pero que sólo en aquellas en movimiento se vuelve explícito y se convierte en plataforma para nuevas expresiones del significado. Si aceptamos esta premisa, veremos que cobra sentido una cierta teleología de las tecnologías audiovisuales que culminan en el ordenador, considerado como se sabe un dispositivo equiparable al cerebro humano. Contra los que insisten en una historia de la imagen que avanzaría siempre hacia un realismo cada vez mayor, es decir, hacia una equivalencia cada vez más grande con la realidad, podría plantearse otra propuesta que, desde la perspectiva tecnológica, nos indicaría que primero la fotografía, luego el cine, más tarde la televisión y finalmente la imagen digital lo que harían sería ir equiparando cada vez más las representaciones visuales con las mentales. Es decir que las tecnologías no serían cada vez más realistas u objetivas, sino más subjetivas. Esto es lo que parece desprenderse de la verdadera historia de la imagen técnica que se inicia fundamentalmente con la fotografía. Pero no conviene detenerse nunca en visiones lineales de la historia, puesto que ésta es mucho más compleja de lo que parece: en nuestro caso, por ejemplo, es posible que ambas versiones del desarrolló de las imágenes tengan razón o que no la tenga ninguna de las dos, puesto que lo que ha sucedido durante los últimos dos siglos ha sido con toda seguridad el resultado de la combinación de estas dos tendencias, junto con la intervención de otras menos evidentes.

Todo esto puede parecer muy complicado, pero en realidad no lo es tanto. Se trata simplemente de poner sobre la mesa los muy diversos factores que constituyen la fenomenología visual y su materialización en lo que denominamos imágenes para poderlos tener en cuenta a la hora de interpretar lo que vemos, tanto directamente de la realidad como a través de una representación o expresión visual de la misma. Hacemos de esta forma hincapié, no tanto en unos determinados códigos de la imagen o de la sociedad que los produce, como los que planteaba para la literatura Barthes en “S/Z” (1980) o los que postulaba en sus aproximaciones a la semiótica de lo visual, sino en los múltiples mecanismos -sociales, subjetivos, estéticos, antropológicos, tecnológicos, etc.- que intervienen en la formación de las imágenes, que así se nos presentan como formaciones compuestas por diversas capas que interactúan entre sí. Sólo de esta manera seremos capaces de comprender la imagen y lo visual.

4. Percepción y sociedad

Se preguntaba Umberto Eco si la semiosis se encuentra en la base de la percepción o si, por el contrario, es la percepción la que está en la base de la semiosis. Es decir que se trataría de determinar si percibimos a partir de unos parámetros semióticos dados, y por lo tanto construidos culturalmente, o bien si por el contrario percibimos las cosas tal como son y luego iniciamos sobre esta visión transparente y absoluta un proceso de análisis semiótico. No creo que Umberto Eco se plantee la dicotomía entre la posibilidad de que veamos sin pensar o de que necesariamente pensemos lo que vemos, sino que hay en sus interrogantes algo más fundamental.

La pregunta de Eco es pertinente porque traza la frontera entre dos epistemologías contrapuestas: una, naturalista, que deja tanto la visión como la realidad fuera del proceso perceptivo e instala la producción de significado en una subjetividad del observador de carácter plenamente contingente; la otra, culturalista, que considera que el propio proceso constructivo está ya determinado socialmente y que, por lo tanto, no podemos ver si no es a través de un determinado filtro culturalmente construido. Aquellos que pretenden empezar a estudiar la fenomenología de la visión a partir de su fisiología son los mismos que se decantarían por considerar que la acción semiótica es siempre posterior a la visión propiamente dicha: para ellos el proceso de ver nada tiene de complejo y, por lo tanto, se limita a una puesta en contacto de lo real con un ojo equipado con los mecanismos correspondientes (o para la neurociencia, en contacto con la adecuada disposición neuronal). De ahí que les parezcan trascendentales estos mecanismos. Sin embargo, el proceso de ver lo es todo menos simple.

Antes de continuar, fijémonos por un momento en que la pregunta de Eco implica ya la aceptación del carácter lineal de los procesos perceptivos, tanto si la respuesta se decanta por un tipo de epistemología como si lo hace por la otra. Esto nos ilustra sobre la presencia de los modelos mentales en las tomas de posición ideológicas, incluso en aquellas que se pretenden neutras, como sucede con las científicas. Eco, en este caso por lo menos, se inscribe al hacer la pregunta en un determinado modelo mental caracterizado por su condición lineal y mecanicista. Una postura que encontramos por otro lado expresada de formas muy diversas. Así, por ejemplo, Alain Renaud afirma que la imagen es la representación de lo visible: muestra la visibilidad cultural (Anceschi,1990:14). También aquí el proceso comunicativo implícito es unidimensional, aunque esta unidimensionalidad parece diluirse un poco al estar relacionada con un fenómeno como la cultura que es muy amplio. Pero, aún así, se asume una geografía implícita: a un lado está la cultura y al otro la imagen y ambas se comunican o se corresponden mediante un proceso que no parece admitir contradicciones ni fisuras. Ya hemos visto que esto no es así, que ver y representar son formas afines de lo mismo que se generan a través de interacciones mutuas y con otros factores que no admiten linealidades ni mecanicismos. Vale la pena que tengamos en cuenta esta presencia de marcos conceptuales latentes a la hora de analizar fenómenos visuales, ya que en éstos los modelos mentales se hacen esencialmente visibles.

Figura 1

Por otro lado, con su propuesta, Renaud responde a la pregunta de Eco privilegiando el carácter construido de la percepción, pero de alguna forma parece trasladar el peso de esta construcción a la propia sociedad, a la condición visual de la misma: no es sólo que nuestra visión estaría culturalmente condicionada para actuar de determinada manera, sino que la propia sociedad, en confabulación con la visión, establecería una determinada visibilidad, un régimen de lo visible. La afirmación de Renaud es esencialmente realista, aunque implica algo fundamental, a saber que lo real no coincide con la totalidad del mundo, sino que es una forma social, una forma construida socialmente. Así lo constata, con más contundencia, Deleuze, a partir de las ideas de Foucault: «cada formación histórica ve y deja ver todo lo que puede, en función de sus condiciones de visibilidad» (1986:66), por lo que lo visible es aquello que se puede ver, lo que la sociedad deja ver e instituye que se ha de ver. Estas posturas son más complejas que la de Eco, aunque ambas responden a su pregunta en la misma dirección: vemos lo que es posible ver y, por lo tanto, la semiosis es antes que la percepción. Queda en el aire, sin embargo, la cuestión de si la estructura semiótica está instalada primordialmente en la sociedad o en la propia capacidad perceptiva: ¿es la sociedad la que construye su propio realismo o, por el contrario, nuestra percepción está ya formada de manera que vemos selectiva y valorativamente? Mi opinión es que ambas cosas son ciertas, aunque ello no quiere decir que sean intercambiables. Cada parte posee su función y estas funciones no tienen por qué coincidir ni histórica ni estructuralmente. No se produce por tanto una relación mecánicamente ajustada entre la sociedad y los procesos perceptivos de sus miembros (como tampoco existe un mismo régimen visible para todas las sociedades y todas las distintas partes de las mismas, ni para todos los sujetos perceptivos pertenecientes a ellas).

Dicho este, debemos tener en cuenta que las propuestas de Renaud y Deleuze, a pesar de su consistencia y efectividad, siguen siendo hijas de una idea fundamentalmente errónea, sin que ello quiera decir, si se me permite la paradoja, que no sean ciertas. Lo que ocurre es que su adscripción al marco inicial que mencionaba impide que puedan desarrollar toda su efectividad. Provienen de la idea de que los procesos perceptivos se fundamentan primordialmente en un intercambio directo entre el receptor y lo real, mediado por la visión organizada semióticamente. Ya hemos visto antes que estos fenómenos son más complejos que lo que se deduce de este planteamiento y que, además, no se organizan linealmente, sino de forma arquitectónica e incluso orgánica. No son ni unidireccionales ni se mantienen estáticos: se trata, por el contrario, de procesos que pueden captarse total o parcialmente, pero que están siempre presentes a través de una totalidad en continuo movimiento.

5. Modos de la imagen

No hay una sola modalidad de imagen o, dicho de otra manera, las imágenes pueden ser muchas cosas a la vez, y casi siempre lo son. Para empezar lo que evidentemente será un largo proceso de lectura, aprendizaje, comprensión y, finalmente, de correcta asimilación visual de las imágenes, podemos considerar que éstas pueden dividirse según sus diferentes funciones primarias (figura 1):

  1. Función informativa de la imagen (la imagen constata una presencia)

  2. Función comunicativa de la imagen (la imagen establece una relación directa con el espectador o usuario)

  3. Función reflexiva de la imagen (la imagen propone ideas)

  4. Función emocional de la imagen (la imagen crea emociones).

De esta misma clasificación se desprende de inmediato que difícilmente estas funciones pueden aparecer por separado, aunque, desde una perspectiva estrictamente pragmática, pueden desarrollarse prácticas que privilegien alguna de las funciones sobre las demás.

5.1. Función informativa de la imagen

Si contemplamos las imágenes desde el ámbito de la información, consideraremos que son imágenes que reproducen algo de cuya existencia se nos quiere informar. En este caso, un primer acercamiento a este tipo de imágenes puede efectuarse contestando a la pregunta sobre qué no están mostrando. Posiblemente su función informativa se agote en la constatación de aquello que vemos concretamente en las mismas: es una constatación y al mismo tiempo, una descripción. La intensidad de este proceso descriptivo dependerá del formato de la imagen, de si es o no una imagen en movimiento, por ejemplo. Ello nos lleva a una interrogante más fundamental: ¿cómo se muestran las cosas visualmente? Un investigador realista no se haría esta pregunta, sobre todo desde el invento de la fotografía, que es cuando en verdad aparecen las imágenes que pretender ser puramente informativas. Para ese investigador, no habría otra cosa que un proceso mimético, automático, de impregnación de la imagen, de manera que ésta reproduciría literalmente lo real. Es curioso cómo seguimos considerando que esto es así incluso en aquellas imágenes, como las pictóricas, en las que obviamente el proceso de mostración tiene un carácter creativo y, por tanto, nada automático. La fotografía nos ha llevado a pensar, retroactivamente, que todas las imágenes que mantienen determinadas relaciones miméticas con lo real son equivalentes a su reproducción mecánica y automática de ello. Lo que debemos hacer, en lugar de dejarnos llevar por la inercia realista que destilan las imágenes técnicas, es por el contrario proyectar sobre éstas aquellos métodos de interpretación que aprendemos a través de las imágenes claramente construidas.

Las imágenes informativas son de muchos tipos, tantos como cosas queramos exponer a través de ellas: una foto de periódico es una imagen informativa, pero también un cuadro de Delacroix puede serlo, especialmente para nosotros a quienes nos resulta fácil contemplarlo como un documento histórico. La foto del periodista es informativa a un primer nivel cuando aparece en un periódico, pero su factor estético puede cobrar valor fuera del contexto de la noticia a la que se refiere. De la misma manera, en el cuadro de un pintor lo primordial es el factor estético pero inmediatamente detrás puede venir el factor informativo, si el cuadro es realista.

A veces, este factor informativo puede aparecer en primer término incluso en una obra que es fundamentalmente un producto artístico y ésta siendo consumida como tal. La pintura de Théodore Géricault “La balsa de la Medusa” es un buen ejemplo de ello. La pintura fue ejecutada en 1816 en medio del escándalo que siguió a una tragedia marítima ocurrida tres años antes cuando el barco francés “La Meduse” naufragó a unas cincuenta millas de la costa del Senegal y una balsa improvisada que transportaba a casi ciento cincuenta personas, la mayoría tripulantes del barco, fue abandonada por los botes de salvamento que llevaban al capitán y al aristocrático pasaje, los cuales inicialmente la habían estado arrastrando. El cuadro de Géricault, es una obra de arte que en su momento tuvo una función informativa para la sociedad francesa en cuyo imaginario la tragedia y la infamia del suceso trataban de cobrar forma. Para nosotros, sin embargo, esta primera función informativa (pero también emotiva) ha dejado de tener un sentido inmediato y la obra nos llega primordialmente a través de uno de los factores iniciales, el artístico.

5.2. Función comunicativa de la imagen

Cuando hablamos de la función comunicativa de la imagen nos referimos a aquellas imágenes que pretenden de manera esencial establecer una relación directa con sus espectadores o usuarios, ya sea para requerirles una acción, para instruirles sobre determinado proceso o simplemente para transmitirles una información específica de interés o utilidad inmediatos. Todas las imágenes tienen una función comunicativa, ya que todas ellas son confeccionadas para relacionarse con alguien, aunque sólo sea el mismo autor en los casos más extremos, pero ello no impide que podamos aislar del cúmulo de imágenes posibles aquellas cuya función específica es establecer esta comunicación y lograr un resultado inmediato de la misma. En gran medida, las imágenes de la propaganda política y las publicitarias pertenecen esencialmente al ámbito de la comunicación, aunque puedan ser también emotivas, por ejemplo. Una imagen o un proceso visual destinado a dar instrucciones sobre una determinada actividad también es una buena muestra de este tipo de imágenes. Si las imágenes informativas se limitan a reproducir, las imágenes comunicativas representan. Las primeras reproducen algo y, por lo tanto, informan de esa presencia: por ejemplo, los dibujos realizados por los primeros expedicionarios que viajaban al Nuevo Mundo. Su interés era reproducir las plantas, el paisaje y las personas que veían para transportar esa reproducción a la metrópoli. Representar implica algo más que simplemente reproducir. Esto no quiere decir que puedan existir imágenes que sólo reproduzcan sin representar, pero recordemos que estamos hablando de funciones y no de la fenomenología completa de las imágenes. Representar implica establecer una distancia formal con respecto al referente. En este sentido, la inmensa mayoría de las imágenes representan algo, incluso aquella que sólo pretender reproducirlo.

Por lo tanto, la pregunta que debemos hacernos ante una imagen comunicativa es qué pretende comunicar esa imagen: de esta manera, desgajaremos la función estrictamente comunicativa de las otras capas que pueda llevar incorporadas. Este proceso analítico es importante en aras a la claridad de las distintas funciones que puede desarrollar una misma imagen y también porque nos permite hacernos la consiguiente pregunta sobre cómo se efectúan los procesos de comunicación, aislando de esta manera uno de los mecanismos retóricos posibles. Estas operaciones no tienen necesariamente como objetivo la confección de una taxonomía de todas las imágenes posibles, sino que su productividad se encamina más a la comprensión de las distintas formas a través de las que una imagen, cualquier imagen, puede relacionarse con quienes las observan o las usan. Debemos tener en cuenta, sin embargo, que el alcance estético y operativo de estas funciones varía según el tipo de imagen y que puede experimentar transformaciones muy drásticas, no sólo en las imágenes en movimiento, sino en las que proponen algún tipo de interactividad activa.

De momento, hemos aislado las funciones informativa y comunicativa y, por lo tanto, podemos dejar abiertos estos dos ámbitos para ampliarlos posteriormente.

5.3. Función reflexiva de la imagen

Adjudicarle a las imágenes una función reflexiva puede llevar fácilmente a la confusión de creer que estamos refiriéndonos al pensamiento de su autor expresado a través de sus imágenes. En este caso, todas las imágenes tendrían una función reflexiva, puesto que no hay ninguna que no tenga una intención adjudicable a quien la hizo y esta intención, por mínima que sea o por mucho que esté escondida detrás de una práctica artesanal, implica determinadas ideas y su procesamiento. En este sentido, todas las imágenes serían también, además de informativas y comunicativas, reflexivas.

Pero es necesario profundizar un poco más en este ámbito para determinar que existen dos tipos de imagen más activamente reflexivas. El primer tipo se refiere a aquellas imágenes utilizadas por su autor expresamente para exponer su pensamiento. No son por tanto imágenes que provengan de una reflexión externa a las mismas o que contengan un proceso reflexivo como un componente más de su estructura, sino imágenes expresamente escogidas o confeccionadas para pensar mediante las mismas. Estaríamos aquí descubriendo, casi de pasada, un nuevo pliegue en la fenomenología visual que se referiría al uso de las imágenes de archivo o imágenes, podríamos decir, de segunda mano, que se desarrollaría a partir de los fotomontajes y collages hasta llegar a los actuales films basados en metraje encontrado o a los films-ensayo. Tengamos en cuenta esta nueva modalidad paralela, en la que profundizaremos más adelante. Pero recordemos que no sólo del uso del archivo, entendido en un sentido general, proviene esta subcategoría de imágenes reflexivas. Ya he dicho antes que pueden ser también imágenes producidas directamente para fundamentar una reflexión. La imagen digital es una buena cantera de este tipo de imágenes, por la capacidad transformativa de las mismas, pero no es la única. De hecho, cualquier tipo de imagen puede ser confeccionada para expresar un pensamiento a través de su estructura, lo cual no quiere decir que todas las imágenes por si mismas contengan esta cualidad. Para ello, esta estructura debe tener como fundamento principal el proponer una reflexión. Ron Burnett se pregunta cómo piensan las imágenes en un libro del mismo título: How Images Think (2004), pero la respuesta que obtenemos los lectores no se refiere al tipo de imágenes del que estamos hablando, sino a las modalidades contemporáneas de la imagen, especialmente aquellas más relacionadas con el ordenador, de las que se extraen los fundamentos fenomenológicos: no se trata, por lo tanto, de saber cómo pueden llegar a pensar las imágenes, sino de pretender que todas piensan, especialmente las contemporáneas, y examinar los modos en que lo hacen. Como puede adivinarse fácilmente por lo dicho, no es éste nuestro propósito.

Tampoco estamos refiriéndonos a imágenes que nos hagan pensar, porque todas nos hacen pensar de una manera u otra: el pensamiento no es aquí el resultado de la imagen, ni tampoco la imagen es exactamente el resultado de un pensamiento, sino que este pensamiento se halla inscrito, en su desarrollo, en la propia imagen. Son imágenes que se utilizan para pensar y, por tanto, podríamos denominarlas imágenes-pensamiento, utilizando estos conceptos híbridos que tan necesarios son en un momento en que aparecen nuevas configuraciones para las que no tenemos denominaciones concretas.

El segundo tipo de imágenes activamente reflexivas tiene que ver con aquellas en cuya visualidad está implicado un pensamiento que, por lo tanto, exponen de manera que podríamos denominar autónoma: imágenes que piensan por sí mismas, más allá de la intención expresa del autor o del uso reflexivo que este quiera darles. ¿Es ello posible?

Si recuperamos la idea expuesta anteriormente sobre la visibilidad social: aquello que determinada sociedad permite ver y establece qué es significativamente visible, veremos que las imágenes sí que pueden expresar un pensamiento por sí mismas, ya que mediante sus presencias y sus ausencias elaboran el negativo de esos límites de la visibilidad. Determinadas imágenes, por su relación con sectores social y culturalmente sensibles en un momento dado, son más susceptibles que otras para acarrear este especial significado, y estudiando las mismas podemos ver el fundamento epistemológico de un pensamiento social. Lo que ocurre en lo social puede ser trasladado a lo individual. Si recurrimos a los conceptos del psicoanálisis, sin necesidad de adoptar plenamente los fundamentos de la teoría, podemos referirnos a imágenes que son sintomáticas de un pensamiento inconsciente y que por lo tanto revelan los mecanismos de pensamiento profundo.

Es obvio que, en estos casos, no nos estamos refiriendo a procesos reflexivos racionales, sino a pulsiones sociales o individuales que están, sin embargo, fundamentadas en estructuras mentales que, si se verbalizan, corresponden a un pensamiento por muy estandarizado que sea: las ideologías están relacionadas con este tipo de pensamiento y, por lo tanto, también podemos rastrear en determinadas imágenes ciertas estructuras ideológicas. Todo esto nos lleva además a descubrir la riqueza significativa de las imágenes: cómo unas más que otras, pero en general todas ellas, son un contenedor de expresiones varias y complejas que es necesario desentrañar. Digamos, aunque sea de paso, que este proceso de desentrañamiento significa, entre otras cosas, pensar las imágenes. Esta posibilidad de pensar las imágenes se desarrolla, como vemos, mediante una serie de operaciones hermenéuticas como las que estamos poniendo de manifiesto a través de esta serie de descripciones.

Pensar las imágenes no es, sin embargo, pensar con las imágenes ni el acto cubre tampoco esta operación última por la que las imágenes expresan por sí mismas un pensamiento o un proceso de pensamiento independientemente de la intención con la que han sido hechas. Propongamos otro ejemplo del funcionamiento de estas últimas. Mieke Bal se pregunta cómo piensa el arte. Se trata, en principio de un interrogante parecido al que lanza Burnett en el terreno de las imágenes contemporáneas, pero que parte de las imágenes clásicas para llegar a la vertiente artística de las mismas. De todas maneras, la respuesta que ofrece Bal está más cerca del fenómeno de unas imágenes que piensan por sus propios medios: «ciertas ideas largo tiempo olvidadas emergen conjuntamente con formas y colores, motivos y tonos, superficies y sustancias, en el “pensamiento” de los artefactos visuales contemporáneos» (5) , nos indica la autora proponiéndonos otro de los caminos por los que las imágenes piensan.

5.4. Función emocional de la imagen

Cuando se habla de emociones relacionadas con la imagen, se piensa inmediatamente en la emoción estética que ha articulado la historia del arte desde sus inicios como disciplina en el ciclo cultural que proviene del Renacimiento. Sin embargo, durante el pasado siglo este tipo de emoción se ha hecho mucho compleja de lo que había sido hasta ese momento, a la vez que experimentaba diversas transformaciones.

De nuevo hay que afirmar ahora, como he venido repitiendo a lo largo de este capítulo al revisar los distintos modos de la imagen, que todas las imágenes participan de un modo u otro de las funciones que venimos estudiando. Por lo tanto, también es una prerrogativa de todas las imágenes el despertar algún tipo de emoción en el espectador. Queda en el aire la cuestión básica de si nuestras emociones no estarán ligadas a lo visual de una manera mucho más directa de lo que se ha venido pensado. Es decir, si la emoción estética no será más que la punta de un iceberg que contiene toda nuestra arquitectura emocional. De manera que lo que llamamos estética no sería más que una forma de calificar una propiedad emocional intrínseca de toda función visual, estuviera o no ligada a la producción de lo que se ha considerado el correlato de esa estética, es decir, la belleza. Por lo tanto, no nos emocionaríamos sólo ante lo bello (ni siquiera teniendo en cuenta que ésta es una apreciación subjetiva), sino que nos emocionaríamos, en un grado o en otro, ante lo visible, ante lo que vemos y, más aún, si lo vemos representado. La representación visual sería, de esta manera, una forma de controlar nuestras emociones ante lo visible.

También al oído podría aplicársele parecida función de interfaz con nuestras emociones. Pero no estoy seguro de que podamos afirmar que cualquier clase de sonido despierte emociones, a menos que consideremos emocional cualquier tipo de alteración de nuestro espíritu, lo cual es perfectamente posible. Pero aún en este caso, deberíamos considerar un factor añadido a lo visual en este campo. Podemos estar de acuerdo en que ambos sentidos, el oído y la vista, son dispositivos igualmente emocionales en sus fundamentos, pero puede que el oído, quizá por una cuestión cultural que los ciegos no compartirían, sea un sentido paradójicamente más realista que la visión. En cualquier caso, la función estética está mucho más escondida en la estructura auditiva que en la visual: para alcanzarla, es necesario elaborar mucho más el sonido que la imagen. El hecho de que en el resto de los sentidos –olfato, gusto y tacto- todavía sea más difícil, haya que profundizar más, para alcanzar una emoción básica y, sobre todo, para poder controlarla, prueba que existe una jerarquía en este ámbito, por mucho que pueda estar culturalmente construida y que, por consiguiente, pueda ser en algún momento modificada (6) .

Según Wollheim, las emociones son un fenómeno mental que surge de la interacción entre los estados mentales y las disposiciones mentales: «Cuando, como ocurre normalmente, un suceso externo causa un estado mental, la cadena causal que va desde el primero al segundo pasa a través de diversas disposiciones relevantes, que filtran el suceso externo. Si el suceso externo determina el estado mental en el que finaliza la cadena, lo hace solamente en conjunción con esas disposiciones» (7) . De nuevo nos encontramos ante un ejemplo del pensamiento lineal que ya hemos detectado antes y que sigue fundamentando nuestra forma de pensar. Quizá si lo examinamos desde la perspectiva de la visión, y por añadidura de lo visual, podemos variar sustancialmente este enfoque.

Nuestra visión se sustenta en determinados estados mentales de carácter emocional, no tanto porque éstos sean el resultado de sucesos externos, sino porque la construcción cultural de esa visión, es decir, aquello que podemos ver y el modo en que lo podemos ver, implica ya la existencia de estados mentales-emocionales ligados a la misma, en consonancia con determinados sucesos externos. En este caso, es necesario ampliar el concepto de suceso externo para desplazarlo desde su concepción tradicionalmente puntual –un estímulo, un dato, un objeto- hasta una idea más desarrollada del mismo. Un suceso no puede ocurrir separado de otros sucesos ni de un escenario que los acoge, de la misma manera que no puede comprenderse ni asimilarse, si no es en relación a actores ausentes que se implican en cada uno de los factores señalados. De esta manera, no es necesario suponer que disponemos de un almacén de estados mentales aplicables a cada uno de los sucesos externos posibles, incluso los inesperados, sino que basta con admitir que los estados mentales-emocionales están relacionados con un número determinado de paisajes de lo real que pueden combinarse entre sí para producir situaciones nuevas. No hay una mecánica de las emociones que relacione éstas directamente con los sucesos, o viceversa.

La calidad de estos paisajes de lo real puede comprenderse precisamente cuando los ponemos en relación con los equivalentes paisajes del pensamiento, como los denomina Martha C. Nussbaum (8) . Estos paisajes del pensamiento son primordialmente paisajes emocionales que filtran los tránsitos cognitivos en las distintas direcciones en que estos circulan: mente-realidad, memoria-presencia, símbolo-imaginación, razón-pasión, etc.

Desde esta perspectiva, las imágenes propiamente dichas serían la representación emocional de esta confluencia entre paisajes reales y paisajes emocionales. Es decir que constituirían la plasmación visual de los estados mentales que resultan de experimentar lo real a través de una emoción. En este contexto, las imágenes emocionales serían aquellas que colocarían este factor emocional en un primer plano, como expresión expresa del mismo o de alguno de sus correlatos, mientras que en el resto este factor podría ser uno entre tantos, aunque cognitivamente hablando pudiera considerarse, como he dicho, fundamental.

No puede terminar aquí, sin embargo, la descripción de las relaciones que se establecen entre lo emocional y lo visual. Hay muchos factores que determinan estos nexos, como por ejemplo la existencia de las imágenes técnicas que, en principio, parece que podrían distorsionar el planteamiento establecido, puesto que se considera que este tipo de imágenes, a partir de la fotografía, elimina precisamente cualquier vestigio de subjetividad en la captación de imágenes de lo real. Por lo tanto, se supondría que, en el momento en que estas imágenes intervienen, las emociones quedarían absolutamente apartadas del proceso. A lo largo de este estudio, tendremos ocasión de comprobar que esta postura no es más que una ilusión que depende más de un deseo, es decir de una emoción, que de una realidad. Baste apuntar ahora el hecho de que la objetividad, o carencia de emociones, es una emoción en sí misma que además se experimenta emocionalmente.

Se regresamos ahora al concepto de estética, podremos comprender mejor cómo se transforma, según he apuntado antes, en una serie de funciones más complejas. Por ejemplo, la publicidad podría ser considerada hoy en día como una forma heredera de la antigua función estética del Romanticismo, encargada de la educación de los sentidos, o, más directamente, del concepto decimonónico de educación sentimental. Sólo que en su caso se trata de una educación industrializada de la sensibilidad o de las emociones que tiene un finalidad externa a estos ámbitos. La antigua educación preparaba a los receptores para disfrutar con mayor intensidad de los fundamentos generadores de la misma función educativa: es decir, la educación estética iba encaminada al disfrute de los valores estéticos (por ejemplo, las manifestaciones ligadas con la belleza o con lo sublime). La nueva función educativa de la publicidad va dirigida, por el contrario, a producir el consumo y, por lo tanto, convierte la estética en instrumental. Lo que importa no es, por ejemplo, que se sepa apreciar la belleza de un automóvil, sino que el automóvil se convierta en el sustituto de cualquier belleza posible (aunque sólo sea en el lapso de tiempo que transcurre entre el mensaje publicitario y la culminación del consumo, en este caso la compra del automóvil). Ello no quita, sin embargo, que la publicidad sea una de los mejores ejemplos de imagen emocional. Toda imagen persuasiva lo es, como la propaganda política: son imágenes que colocan el carácter emocional de toda visualidad en primer término y lo utilizan como motor para provocar determinados estados mentales y para provocar, finalmente, una acción concreta. En este sentido, hay en ellas el germen de lo que se denomina interactividad y que caracteriza gran parte de las imágenes contemporáneas, especialmente las relacionadas con el ordenador, y en concreto con los videojuegos.

Para comprender la importancia fenomenológica de estos hay que acudir necesariamente a lo que hemos dicho de la relación entre imagen y emoción, pero también a esa noción de interactividad que tiene su origen en regiones que parecen no tener nada que ver con la noción moderna de la misma, como son las que acogen a la publicidad o a la imagen persuasiva en general.

6. Análisis de la imagen

6.1 La prehistoria de la imagen

A la imagen, ya lo estamos viendo, es posible aproximarse por muy distintos caminos. Algunos de ellos son engañosos, puesto que colocan la imagen como señuelo para poder hablar más del camino que se supone que nos lleva a ella que no de ella misma. Sucede así con la aplicación a la fenomenología visual de los grandes relatos teóricos que han articulado nuestra cultura de forma totalizadora y excluyente, desde el marxismo al psicoanálisis, desde la lingüística al existencialismo, por citar los más relevantes. En todos estos casos, cuando se han aplicado su metodología y sus principios al universo visual, la peculiaridad de éste ha quedado eclipsada por el filtro impuesto por la teoría correspondiente: la imagen ha servido más de ejemplo de los presupuestos teóricos que de otra cosa. Esto no quiere decir que una aproximación a la imagen canalizada por estas disciplinas no sea relevante. Lo es pero de forma subsidiaria: primero es necesario saber interrogar la imagen directamente, explorar su fenomenología antes de poder empeñarla en una operación que ya tiene sus particulares intereses y que ignora las peculiaridades de lo visual.

Los tipos de imagen a los que nos enfrentamos son innumerables y han aumentado todavía más en la edad moderna al iniciarse durante la misma una simbiosis muy profunda entre lo visual y lo tecnológico. Además, los estudios visuales no sólo deben ceñirse a las imágenes específicamente visibles, sino también a los fenómenos mentales relacionados con las mismas, del mismo modo que no sólo es imagen el objeto material que se ofrece a nuestros ojos como alternativa de la realidad que lo desborda, sino todo cuando esta realidad nos ofrece a la vista, ya sea de origen natural o artificialmente construido. Lo cierto es que, desde la perspectiva de la fenomenología de la visión, lo natural no es más que una base que nuestra percepción se encarga de modificar a través de una serie de plantillas culturalmente construidas. Mieke Bal considera que «los objetos poseen una cierta elasticidad a los significados proyectados sobre ellos: son lugares en los que la formación discursiva se entrecruza con ciertas propiedades materiales» (2004:27). Es por ello que realidad e imagen tienden a equiparse en cuanto a que ambas son el resultado de una misma cultura actuando a distintos niveles. Para Paul Virilio, todas las imágenes forman una esfera de lo visual en cuyo interior sus múltiples fenomenologías interactúan incesantemente. En una época más clásica que la nuestra, una sistematización de los distintos tipos de imagen podría servir para trazar el mapa de la realidad visual del momento, pero en la actualidad sólo podemos utilizarla como punto de partida de la búsqueda de una red de implicaciones a la que no es posible verle fin: no existen ya las imágenes puras y su impureza está en continua mutación. A lo largo de este libro se intentarán poner de manifiesto distintos aspectos de esta cambiante red, pero para empezar quizá sea conveniente recurrir a una de las clasificaciones tradicionales y empezar por ella a pesar de sus evidentes carencias.

W. J. T. Mitchell (9) , al tratar de responder a la pregunta de qué es una imagen, procede a la descripción de sus distintos tipos que he intentado resumir mediante el cuadro que sigue (figura 2). Se trata de establecer los límites dentro los que se movía el fenómeno visual en nuestra cultura hasta hace bien poco: ¿qué querían decir los filósofos, los científicos, los artistas cuando hablaban de imagen?

El esquema parte de un tópico que, a pesar de su evidente reduccionismo, ha influido profundamente en la concepción de la imagen que ha tenido nuestra cultura. Según esta idea asimilada culturalmente, el concepto de imagen equivaldría al de analogía, parecido o semejanza. No parece que esta equivalencia fuera del todo cierta ni en la prehistoria, si es que queremos remontarnos a ella para pensar en los orígenes de la imagen. La reproducción visual siempre ha tenido otras funciones que las meramente miméticas, aunque hayan sido éstas las que durante un largo período de tiempo hayan supuesto su mayor atractivo. Las imágenes han estado siempre relacionadas con la técnica, con la magia y la religión, y han establecido un puente muy interesante con la expresión oral y escrita, sin olvidarnos por supuesto de su vínculo trascendental con la imaginación. No se trata, sin embargo, de dar a entender que Mitchell ignora estas vertientes, sino de constatar, a través de su planteamiento inicial, el hecho de que imagen y copia han sido sinónimos durante largo tiempo y que, para muchos, aún lo siguen siendo, lo cual ha dificultado y dificulta la perfecta comprensión se los fenómenos visuales.

Mitchell divide las imágenes a partir de las distintas disciplinas que se han ocupado de ellas: la historia del arte, la física, la filosofía y la psicología. Seguimos instalados en la época clásica, puesto que a lo largo del siglo XX, estas disciplinas han variado considerablemente, aunque también es verdad que se han ocupado más o menos del mismo tipo de imágenes básicas, como las que enumera el autor: imágenes gráficas, ópticas, perceptuales, mentales y verbales. Las distintas clases de imagen que se agrupan en el interior de cada una de estas tipologías pertenecen a una serie de apartados que vale la pena aclarar porque en algunos casos se superponen entre sí, cuando penetramos un poco en sus características más particulares. Así por ejemplo las imágenes que aparecen durante la segunda revolución industrial y cuya fenomenología alimenta la visualidad contemporánea –imágenes técnicas- pueden ser consideradas tanto imágenes ópticas como perceptuales. Además, si por un lado son imágenes físicas, es decir, imágenes estables que podemos ver, por el otro no tienen la consistencia ni la estabilidad de las imágenes gráficas propiamente dichas. Finalmente, están situadas a medio camino entre la imagen física y la imagen mental, puesto que son imágenes esencialmente fenoménicas.

Figura 2

Ahora ya sabemos de qué se hablaba hasta hace bien poco cuando la cultura se refería a las imágenes. No han sido sólo los estudios visuales los que han cambiado este panorama, aunque éstos hayan contribuido a aumentar el grado de sensibilidad sobre los fenómenos visuales (en realidad, su aparición viene a ser más bien un síntoma del cambio de sensibilidad que no un motor del mismo), sino que la misma complejidad de los medios contemporáneos y el incremento de la cultura visual propiamente dicha han conseguido superar la barrera que imponían las antiguas ideas y en consecuencia han ampliado considerablemente el campo de la imagen.

6.2. Interrogar la imagen

Jean-Pierre Dautun, en un libro en el que propone diez ejemplos de análisis visual, un poco a la manera de los antiguos manuales de análisis de texto, afirma que «ver una imagen es realizar un acto muy complejo que se aplica al mismo tiempo sobre el sujeto que muestra (el contenido de la imagen) y los medios que se emplean para mostrárnoslo (el soporte de la imagen)» (1995:15). Efectivamente, cuando analizamos una imagen no podemos separar el contenido de lo que Dautun denomina soporte, pero es necesario precisar qué queremos decir con soporte para comprender la propuesta.

Cuando Dautun habla de soportes, en realidad se está refiriendo a dos cosas distintas que presenta como si fueran una sola: la imagen y el medio. Cada imagen pertenece a un medio determinado y es producto de una técnica concreta (en la actualidad, las técnicas se han convertido en tecnologías que reúnen un conglomerado de técnicas más simples). Una escultura, una pintura o una fotografía pertenecen, respectivamente, al medio escultórico, al medio pictórico y al medio fotográfico, y la fenomenología de todos estos medios rebasa los límites de la obra, o imagen, en concreto. Esta obra tiene, sin embargo, su fenomenología particular que no puede resumirse simplemente a las propiedades del medio, de la misma manera que las características generales de éste, su modo de exposición, no pueden deducirse sólo del alcance de la tecnología correspondiente. Son tres niveles de una misma realidad, que es necesario comprender de forma separada, aunque actúen en conjunto. Por ello, puede ser un error oponer soporte a contenido, sin matizar las distintas manifestaciones posibles del soporte, las cuales nos obligaran necesariamente a contemplar el contenido también desde una perspectiva más rica, puesto que, como bien dice Dautun, ambos debe contemplarse conjuntamente.

Pero no es fácil realizar la operación unitaria que propone Dautun y por la que examinamos el contenido a través del soporte y el soporte a través del contenido, ya que «el contenido de la imagen salta a la vista, pero el conjunto de operaciones por las cuales este contenido ha podido saltarnos a la vista no se manifiesta, antes al contrario: está enmascarado por aquello que salta a la vista. Lo que se nos muestra con facilidad disimula el trayecto que ha efectuado para manifestarse: el trayecto de nuestra mirada» (10) . La imagen mimética tiene la peculiaridad de establecer una serie de mecanismos que son a la vez forma de exposición y forma de ocultamiento: el cine clásico es un ejemplo de este tipo de lenguaje generador de un alto grado de realismo que a la vez sirve para ocultar el funcionamiento de ese lenguaje, que está lejos de ser realista. Por ello cuando vemos una imagen realista, tendemos a confundirla con la realidad; por ello también cuando se nos pide que describamos una imagen, acostumbramos a describir el contenido de la misma, ignorando los resortes visuales que lo forman. Para Dautun, «es necesario buscar el camino por el que la imagen se nos impone, los medios por los cuales actúa en nosotros. Ya que somos nosotros los que la hacemos hablar: lo que nos dice no proviene de ella, sino de nosotros mismos; lo que viene de ella es aquello que nos empuja a decir. Por lo tanto, lo que hay que buscar es el conjunto de medios que nos han llevado a percibir algo, y luego sacar conclusiones de esta percepción. Es necesario descubrir cómo la imagen conduce, determina (organiza e incluso, de hecho, manipula) nuestra percepción, dirige nuestra mirada y con ella las ideas que han surgido de esta mirada orientada de esta forma. Se trata de aprender a mirar cómo opera nuestra mirada» (11) . He aquí un proyecto realmente complejo que culmina en esta necesaria operación de desentrañar visualmente lo visual, esa parte de lo visual que tiene que ver con nuestra mirada y que responde a lo que en la imagen existe para completar esta mirada.

Existen varias formas de interrogar la imagen. Algunas de ellas, básicas y tradicionales, contemplan la imagen como documento y tratan de catalogarla según una serie de datos básicos. La operación se ejecuta mediante la descripción de la imagen, su interpretación y fijación del contexto. De esta forma, la imagen queda inmovilizada y lista para ser archivada, considerando erróneamente que, mediante este proceso de catalogación, ya la hemos comprendido. Pero no podemos detenernos en este ejercicio práctico porque las imágenes, sobre todo las actuales, no acostumbran a ir dirigidas a un archivo, como sucedía anteriormente, sino que muchas veces la operación se invierte y las imagen surgen del archivo para volver a ser utilizadas: el fenómeno del archivo, de este archivo que es más una fuente de visualizaciones que un receptáculo de las mismas, es crucial para comprender la visualidad contemporánea. Así lo atestiguan las diferentes formas cinematográficas que se basan en estos fenómenos de apropiación de imágenes diversas o de utilización de imágenes de archivo para funciones diferentes a las que tenían en su contexto original.

Según Laurent Gerverau, la historia del arte ha conocido, a la hora de acercarse a la imagen, dos grandes tendencias que dan paso a tres funciones interrelacionadas: «de un lado, el catálogo, la descripción, que lleva ocasionalmente a la interpretación. Del otro, la voluntad de conceptualizar, de clasificar, de aportar también un juicio de valor. Operan, por lo tanto, tres funciones generales que con frecuencia se superponen: catálogo y descripción, clasificación e interpretación, apreciación y juicio de gusto» (2000:14).

Ahora todas las imágenes nos conciernen, desde las más antiguas a las más modernas, desde las más humildes a las más ampulosas, desde las más simples a las más complicadas. Todas ellas merecen un acercamiento más complejo que amplíe los límites de la descripción y la interpretación clásicas, por medio de preguntarse ¿de qué está compuesta la imagen? o ¿a dónde va la imagen? Es decir que no se trata sólo de saber cómo está compuesta la imagen (la estructura de la imagen), sino también de conocer qué elementos, qué materiales la compone que no están directamente ligados a su mecanismo representativo, a su funcionalidad: qué mestizajes y que hibridaciones, qué deseos y qué pulsiones manifiesta o despierta. Se trata de ir más allá de lo superficial y rastrear los hilos que ligan la imagen con otras imágenes y con otros ámbitos. Así penetramos en la imagen, vamos más allá de su superficie y descubrimos el substrato inconsciente de la misma que la desliga del contexto inmediato al que pertenece.

Preguntarse a dónde va la imagen, supone ampliar por consiguiente el alcance de su interpretación: no le pedimos a la imagen que nos trasmita su información estricta, aquella para cuya comunicación parece haber sido diseñada, sino que le demandamos que nos cuente sus secretos, aquellos que nadie ha buscado manifestar cuando la confeccionaba ni nadie espera realmente recibir, pero que están en ella. Le pedimos por lo tanto que nos diga a dónde se dirige, puesto que sabemos que no hay un significado preciso que la inmovilice en el tiempo, sino que tiene un alcance mucho más amplio. De esta forma, intervenimos en la imagen puesto que nos proponemos utilizar su inercia para viajar con ella hacia el futuro, es decir, para que nos ayude a comprender nuestro presente en el viaje hace el futuro. Walter Benjamin hablaba de las imágenes dialécticas, es decir, aquellas imágenes a través de las cuales una época sueña con su porvenir. En realidad, no se trata solamente de que existan unas imágenes concretas que, en cada era, cumplan esta función, sino que ésta se encuentra en toda imagen: es una parte integrante, aunque muchas veces oculta, de la misma, una parte que es necesario saber desentrañar.

Finalmente es necesario sustituir el concepto de contexto por el de ecología. Hay una diferencia esencial entre ambos: el contexto es estático, establece sus conexiones una vez por todas y además está ligado indiscriminadamente a muchas imágenes y fenómenos al mismo tiempo, mientras que la ecología implica un ámbito en continuo movimiento, en continua interacción, un ámbito que, además, es específico de una imagen o un fenómeno determinados. La imagen está situada en un contexto, pero se nutre y es el resultado de una determinada ecología.

Todas estas posibilidades de acercamiento a la imagen las he articulado a través del esquema de la figura 3. Parte del mismo, la que se refiere al método de análisis tradicional, proviene del esclarecedor libro de Laurent Gervereau sobre la visión, comprensión y análisis de las imágenes (2000): es un resumen de su sistema, que sienta las bases para una primera labor de organización de los materiales visuales. Vale la pena tenerlo en cuenta porque, antes de poder interrogar en profundidad las imágenes, es necesario saber de qué imágenes se trata: si son imágenes de una revista o un periódico, si son ilustraciones de una novela o de un tratado científico: de qué tipo de documento visual estamos hablando. Queremos conocer también su estilo, su técnica, su temática. Luego buscaremos cual era su significado en el momento en que fue confeccionada y en el lugar en qué apareció, para pasar a preguntarnos luego si este significado ha cambiado con el tiempo, como sin duda habrá sucedido. Tengamos en cuenta además que muchos de los materiales con los que nos enfrentamos en la actualidad han pasado por distintos medios: una fotografía de un periódico de principios del siglo XX puede aparecer en un libro de historia, ser reproducido en una revista de finales de ese mismo siglo o ser incluida en un reportaje de televisión, etc. Es necesario tener en cuenta estas migraciones, tanto para esclarecer los orígenes reales de la imagen en cuestión, como para comprender la función que pueda desarrollar la misma en su nuevo contexto. John Berger, a propósito del estudio clásico que Benjamin hace de las transformaciones que experimentan las imágenes en el momento en que pueden ser reproducidas técnicamente (12) , se refiere en concreto a los cambios trascendentales que han sufrido las imágenes artísticas desde el momento en que empezaron a ser reproducidos en los libros. A partir de ese momento, no tan sólo perdían sus raíces concretas y pasaban a poderse contemplar en cualquier lugar, sino que además el tamaño de las mismas se relativizaba, ya que todas tendían a tener el mismo en el libro que las reproducía, cuando en realidad era muy posible que la diferencia de tamaño entre ellas fuera muy grande. La experiencia de las imágenes puede por tanto cambiar a través de muy diversos factores que es necesario tener en cuenta.

La segunda parte del esquema, la que se refiere a un posible método complejo, constituye mi propuesta de apertura del procedimiento tradicional de clasificar las imágenes a partir de su descripción, contextualización e interpretación, con el fin de llegar a conceptualizar el fenómeno contemporáneo de la imagen-red, es decir, la imagen que está multirrelacionada y, por tanto, se resiste a ser clasificada.

6.3. Las experiencias de la imagen

Posicionémonos ante una imagen, o ante cualquier experiencia visual (incluso un paisaje o la calle de una ciudad puede servir) y tratemos de dilucidar cuantos tipos de experiencia se desprenden de esa visión. Serán muchos, sin duda, algunos de ellos circunstanciales, otros más fundamentados en lo que la imagen o conjunto de imágenes representan, pero creo que llegaremos a delimitar una serie de experiencias básicas posibles que se pueden encontrar, en un grado u otro de intensidad, en todas las manifestaciones visuales, incluso aquellas que parecen surgir de la propia naturaleza. Benjamin decía que en nuestra era de la técnica, la realidad era una flor imposible y ciertamente lo es, ya que no sólo ha desaparecido tras su constante reproducción en los medios, sino que además éstos han acabado creando en nosotros hábitos de visión que hacen que contemplemos lo natural, cuando verdaderamente logramos estar ante ello (¿hasta qué punto un paisaje es absolutamente natural?), a través de esquemas artificiales. Pero esto es sólo una forma de ver contemporánea y no necesariamente debe ser valorada negativamente, siempre que seamos conscientes de su existencia.

En la figura 4, pretendo exponer de manera dinámica el conjunto de estas experiencias básicas posibles y los campos epistemológicos que se desprenden de las mismas.

En primer lugar podemos entender la imagen como expresión. Estoy hablando de una expresión particular o subjetiva, dependiendo de si se trata del proyecto de un autor o bien un encargo. En los dos casos, nos encontramos ante una expresión, pero la expresión será de una categoría muy distinta si se trata de un anuncio publicitario o de una obra de arte. Con ello no pretendo hacer valoraciones, sino establecer categorías funcionales. Cuando hablamos de expresión tendemos a pensar en la versión autoral de la misma, pero en realidad, a lo largo de la historia del arte, ha habido muy pocas manifestaciones visuales que respondan a este criterio de forma tan estricta como lo pensamos nosotros. Lo que ocurre es que tendemos a aplicar a toda manifestación artística (y a considerar artísticas muchas cosas que no lo son) el mismo criterio que hemos extraído de una idea romántica del autor que se ha impuesto en nuestra cultura y que la recorre subterráneamente a pesar de que creamos haberla erradicado. Ello no quiere decir que la mayoría de obras no tengan un autor o no quieran expresar algo, sino que muchas veces esta autoría es una cuestión secundaria y la expresión no corresponde a los deseos directos de este autor, sino que puede ser, por ejemplo, la expresión de las ideas de un patrón o de una empresa. Debemos acostumbrarnos a cuestionar los conceptos de autor y de expresión, pero no abandonarlos por completo porque nos pueden seguir siendo útiles para comprender el fenómeno visual. Procuremos sin embargo que su presencia no nos oculte otras manifestaciones tanto o más importantes.

Cuando hablamos de expresión, nos estamos refiriendo, como digo, a la confección de una obra de arte pero también a la experiencia del mundo como artista. Ver el mundo a través de los ojos del arte es un tipo de experiencia que no está sólo reservado a los artistas, aunque ellos posean esta virtud de manera más acentuada, sino que, en realidad, todos experimentamos el mundo a través de los ojos de los artistas que han creado las visualidades formadoras de nuestra cultura. Alguien dijo alguna vez que Picasso había cambiado drásticamente la forma de ver la cosas en el siglo XX. Ello es cierto, pero no ocurrió de la noche a la mañana: un día de 1907, cuando el artista expuso al público “Les demoiselles d’Avignon”, sino que la revolución visual que indudablemente suponía esa pintura fue trasladándose poco a poco a ámbitos culturales más amplios, pasó de un artista a otro, de un medio a otro, hasta alcanzar la cultura popular. A la larga, Picasso nos ha influido a todos.

Aunque puede que ésta sea una forma muy elitista de considerar las cosas, puesto que, en realidad, la cultura popular ya había provocado su propia revolución formal, más o menos al mismo tiempo que Picasso efectuaba la suya. Pensemos, por ejemplo, en el cómic y la experiencia fragmentaria de la realidad que supone, con respecto a la pintura realista, la fragmentación de la página en viñetas. ¿No es éste un proceso estético equiparable, a nivel básico, con el cubismo? Si lo consideramos así, veremos que cuando la nueva visualidad instaurada por Picasso alcanza la cultura popular, no hace más que regresar al punto de partida y hacer consciente a la mayor parte de la población de las sociedades occidentales de algo que su sensibilidad ya había experimentado. No deja de ser cierto que, durante el siglo XX, la pintura, es decir la imagen considerada eminentemente artística, ha tenido un mayor prestigio que otras manifestaciones interpretadas como inferiores precisamente por ser populares. Por lo tanto, un pintor parecía tener mayor posibilidad de afectar a la cultura que un dibujante de cómics, a pesar de que era muy posible que éste llegara a un mayor número de personas que aquel. Son vías distintas, cada una con su propio ritmo y su propia fenomenología: no es necesario que para salvar una, menospreciemos la otra. La noción de síntoma, que propondré luego, aclarará este punto. Pero quedémonos de momento, con un fenómeno importante que la historia de Picasso y su revolución visual ilustra perfectamente: las grandes manifestaciones artísticas, más que provocar revoluciones en la formas de ver, lo que hacen es ayudar a la toma de conciencia de unos cambios que ya habían sido experimentados por otras vías. La obra de Picasso acaba constatando lo que el ojo ya sabía por otros medios, pero esta constatación implica un salto cualitativo en la potencia de la mirada y constituye quizá la verdadera revolución.

La expresión es un factor ligado, pues, a la obra de arte, no porque ésta sea única en sus descubrimientos, sino porque es la única capaz de pensarlos y expresarlos de manera que acaben provocando la toma de conciencia sobre cambios perceptivos que otros medios simplemente aplican sin conocerlos.

El concepto de expresión nos lleva también al campo de la cognición y una vez en éste desemboca en el de imagen mental, un territorio ambiguo del que se ha querido prescindir durante mucho tiempo. Pero, como indica Hans Belting, «las imágenes mentales y psíquicas de una época (los sueños y los iconos) se relacionan de manera tan compleja unas con otras que no es posible disociarlas netamente, si no es en un sentido positivamente material» (2004:31).

Si el factor expresivo se refiere a la vertiente activa de la imagen, al motor que la genera, los conceptos de sensación y percepción están relacionados con su vertiente pasiva, con su recepción. Las teorías de la comunicación, en gran parte herederas de una tradición cibernética, nos tiene demasiado acostumbrados a considerar que las relaciones entre los emisores y los receptores son siempre lineales, de manera que los mensajes se emiten primordialmente para alcanzar su destino y que, si no lo consiguen o sólo lo hacen parcialmente, es culpa de algún tipo de distorsión del sistema, lo que se acostumbra a denominar ruido. Pero éste planteamiento, que es adecuado para máquinas diseñadas con un propósito concreto, no funciona de igual manera con los seres humanos ni con las comunicaciones culturales, especialmente con las de carácter visual. En estos ámbitos el ruido supera al propósito comunicativo y se convierte por tanto en el factor más importante de la comunicación. Ni todos los mensajes llegan a su destino, ni el receptor interpreta exactamente el mensaje de la forma que pretendía el emisor. Además los mensajes que éste crea y envía (si es que podemos seguir empleando esta nomenclatura) siempre son mucho más complejos de lo era estrictamente necesario. La teoría de la comunicación entre dispositivos se fundó para eliminar precisamente esta complejidad, considerada innecesaria y contraproducente, lo que dio paso a una idea de la comunicación basada en la claridad, simplicidad y efectividad lineal de los mensajes. Sin embargo, la comunicación humana, cuando no está relacionada con las máquinas (si estamos en un avión, queremos que el piloto sea capaz de interpretar mensajes claros y directos), es precisamente todo lo contrario, lo cual es una de sus necesarias distinciones. Por lo tanto, no podemos esperar que las relaciones que unen la expresión de la imagen con su percepción sean simples. Están en juego, por ejemplo, las emociones, que pueden ser efectivamente provocadas y controladas, pero que distorsiona la efectividad comunicativa. Las máquinas no tienen emociones y, por ello, puede esperarse de ellas una gran seguridad en este campo, no así los seres humanos que sobre la visión construyen una mirada, es decir, una capacidad personal de ver conscientemente, algo que queda fuera del alcance de una máquina. Todo ello fundamenta una determinada ecología de la expresión visual que debe ser tenida en cuenta al analizar las imágenes. Ello no nos lleva a una completa incapacidad para descubrir su significado o la forma en que éste se transmite, sino que deja estas funciones siempre abiertas a otras interpretaciones, a otros hallazgos. El concepto de imagen red, al que antes he apuntado, encuentra aquí uno de sus primeros ejemplos: la imagen, el mensaje, no es una señal que parte desde el emisor como un rayo de luz en busca de un receptor que la recibe aislado de cualquier otro fenómeno, sino que es el punto central de una constelación cuya fulgor se expande en todas direcciones, algunas de las cuales alcanzan a los receptores, que a su vez son también núcleos de otra constelación receptiva abierta asimismo en múltiples direcciones (figura 5).

Figura 5

La comunicación visual tiene otra vertiente, que se encuentra podríamos decir entre la expresión, como voluntad generadora de la imagen, y la recepción, como instancia que la acoge. Se trata de la representación, que corresponde a lo que la teoría de los mensajes denominaría medio. La voluntad expresiva, del tipo de sea, produce representaciones que son las que llegan al receptor. La representación sería así una construcción a medio camino entre el emisor y el receptor, organizada mediante un código común a ambos. Afortunadamente, es mucho más que esto.

La representación nos coloca en el mundo de la imagen propiamente dicha pero no lo agota, porque no todas las imágenes son representaciones. No podemos pensar, por lo tanto, que la representación es simplemente un artilugio comunicativo. Aquí también nos sirve la metáfora de la red, puesto que la misma configuración que adjudicábamos al autor, o emisor, y al espectador, o receptor, debemos considerarla adecuada para la representación, que no sólo está relacionada con esos dos polos, sino que, una vez se ha creado, adquiere una autonomía propia.

No todas las acciones humanas persiguen necesariamente la comunicación. Ni toda la comunicación está originada en un acto voluntario dirigido a producirla expresamente. El campo de lo visual está repleto de fenómenos que se ofrecen a la vista y a la mirada sin necesidad de que hayan sido generados para esa contemplación concreta. Se quejaba Guy Debord en los años sesenta del pasado siglo de que se estaba formando una sociedad basada en el espectáculo, lo cual era cierto. Pero el fenómeno desbordaba las inquietudes del filósofo francés, ya que además de producirse una atrofia de las manifestaciones socioculturales que se convertían en simples espectáculos superficiales, como él temía, también brotaba esa independencia de la imagen que he mencionado: la imagen sin emisor ni receptor fijos, la imagen como estricto espectáculo pero por ello dotada de un poder propio de la que antes lo visual había carecido. El menoscabo de la cultura tradicional con la que amenazaba la espectacularización de la sociedad tenía como contrapartida el incremento del potencial epistemológico y cultural de la propia imagen, como hemos podido ir comprobando a lo largo de los años que han pasado desde que Debord lanzó su famoso alegato.

Gran parte de las imágenes que nos rodean son autónomas, puesto que las recibimos descontextualizadas y, por lo tanto, las interpretamos en un primer momento como construcciones independientes. Incluso en los medios más dirigidos, como la televisión, experimentamos este fenómeno, por ejemplo a través del zapping. Antes de que un determinado programa consiga atraer nuestra atención de espectadores y, por lo tanto, introducirnos en la red comunicativa supuestamente simple (hemos visto que nunca lo es, pero los programadores de los canales de televisión siguen pensando que sí) para que nos convirtamos en simples receptores, las imágenes (y los sonidos, así como el fragmento del entramado narrativo) nos han atraído desde su autonomía. Lo mismo sucede cuando ojeamos una revista y vemos superficialmente las fotografías que en ella se exhiben, sin conocer el contexto del que surgen, ni muchas veces lo que representan desde los parámetros informativos. O cuando contemplamos una antigua fotografía en un álbum que no pertenece a nuestro entorno familiar. Es siempre lo puramente visual lo que se proyecta sobre nosotros, lo visual autónomo. Barthes en su libro “La cámara lúcida” establece el concepto de punctum para delimitar ese aspecto de una fotografía, ese detalle a veces inadvertido, que atrae directamente a un determinado espectador de la misma. Es un elemento que ha sido captado por azar porque es independiente del factor comunicativo de la fotografía, es decir, de las pretensiones generales de la misma. Podríamos considerar que esta autonomía de la imagen a la que me refiero, y que muchas veces es una autonomía provisional que se produce antes de ser captados por su función comunicadora, es como un punctum que aparece en la esfera de lo visual que nos rodea en nuestra sociedad. Algo que nos llama la atención más allá de los dispositivos que el fenómeno visual lleva incorporados por voluntad de sus creadores/emisores para llamarnos la atención. Miramos a nuestra alrededor en una calle y descubrimos una relación de objetos (mobiliario urbano, árboles, peatones, luces, anuncios) que adquiere de pronto un significado, aunque sólo sea emotivo, que nadie ha construido para nosotros. Avanzamos por las salas de un museo, no aquellas donde hay las pinturas más famosas, sino las salas menos concurridas donde hay cuadros desconocidos, y de pronto una imagen nos atrae: no sabemos de quien es ni qué representa, pero nos acercamos para contemplarla. Establecemos así una comunicación particular, privada, con la imagen al margen del fenómeno comunicativo propiamente dicho, de tal manera que nos colocamos en la posición idónea para comprender la imagen en su pura visualidad, esa que algunos niegan actualmente, pero que debe ser considerada como factor de la construcción visual. Ron Burnett establece una hipótesis muy radical, pero también muy interesante, con respecto a la relación de la imagen con el espectador. Considera que en el proceso de visualización, que se relaciona según este autor con la creatividad humana, no es único ni está anclado en la imagen propiamente dicha, sino que debe crearlo el espectador, de manera que, por ejemplo, una foto cualquiera puede, en un momento dado, convertirse en la imagen que mejor documenta los sentimientos de ese espectador, a pesar de que no tiene nada qué ver con él, ni haya sido confeccionada con ese propósito (2004:13).

En cuanto a la pura visualidad que se desprende de esta amplia fenomenología que acabo de esbozar, especialmente la propuesta de Burnett, tiene antecedentes en los estudios visuales efectuados en Alemania a finales del XIX, donde autores como Robert Vischer desarrollaron el concepto de empatía con respecto a la obra de arte. La empatía (Einfuhlung) era una forma de proyectarse en la obra y transformarla , a la vez que se transforma el propio espectador.

Esta posible condición autónoma de una imagen, que no hace sino añadir una capa de complejidad a su multifacética fenomenología, nos lleva al concepto de síntoma, ligado a las visualizaciones. Las imágenes, además de ser expresiones que se convierten, a través de la forma representativa o formativa, en visiones emocionales que despiertan la mirada del espectador, tienen a través de un aspecto de esta función autónoma que he señalado, la capacidad de ser síntomas de los aspectos de la cultura que las ha creado o de las pulsiones de su creador (ya sea éste un individuo o una empresa), así como de la condición de los espectadores. Las imágenes son un bullir de síntomas que se expresan, entre otras cosas, a través de su estructura visual, a la que hay que saber interrogar para extraer este tipo de significados que la recorrer por debajo de su superficie.

7. Modos de ver

Hans Belting, en su estudio sobre la antropología de las imágenes, distingue entre lo visible y lo visual para diferenciar entre aquello que podemos ver porque nos lo permiten los órganos de lo visión y la forma histórica que esta visibilidad adquiere. Con ello quiere decir que, si bien en principio existe una realidad absolutamente visible, luego esta capacidad global se amolda a las características de cada cultura, dando paso a lo visual: «nuestra percepción está sometida al cambio cultural, mientras que nuestros órganos sensoriales no han sido modificados desde tiempos inmemoriales» (2004:33), afirma Belting. Se trataría de una distinción impecable, si no tuviéramos que no considerar la existencia de los medios que se interponen entre lo visual y lo visible, medios que poseen, según el mismo autor, una estructura psico-técnica determinada y un aspecto histórico dado.

Es cierto que nuestra visión no ha sido modificada como dispositivo fisiológico y que, por lo tanto, siempre nos ha ofrecido un mismo rango de visibilidad (no podemos ver nada a partir de la radiación infrarroja ni por encima de la ultravioleta, por ejemplo), pero debemos tener en cuenta que se ha transformado a media que hemos inventado dispositivos que no sólo la ampliaban, sino que también modificaban los fundamentos de la misma.

Cuando hablamos de medios, no nos referimos solamente a determinados instrumentos técnicos, sino también a las teorías que los acompañan. A veces, estas teorías permanecen en la oscuridad tras la presencia operativa de los instrumentos, dando así la impresión de que no existen. En otros casos, sin embargo, es la teoría la que ocupar el lugar más visible y de ella emanan múltiples técnicas encargadas de ir plasmando sus parámetros hasta que, al final, la teoría original también parece desvanecerse tras la importancia de las técnicas que la representan. La pintura renacentista, organizada mediante las reglas de la perspectiva, es un buen ejemplo de esta última posibilidad: no sólo creó un nuevo tipo de imágenes, sino que hizo que se viera el mundo de manera distinta a como se había visto hasta entonces. Esta forma de ver se ha prolongado hasta la actualidad, a pesar de que ahora, cuando contemplamos una fotografía o una película, tendemos a olvidar que estamos todavía bajo su influencia. Por el contrario, los telescopios y los microscopios forman parte de la otra categoría que parece no tener un fundamento inicial, a pesar de que su estructura de funcionamiento conlleva una determinada visión de la naturaleza y el cosmos. Son instrumentos que no sólo permitían un aumento de la capacidad de visión natural, sino que inauguraban un nuevo tipo de visión artificial, una visión técnica. Podríamos considerar que estos aditamentos técnicos a la visión forman parte de lo visible, que son una variante de la intervención de la cultura en el campo de lo visual, pero casi nunca se han considerado así, ni siquiera por aquellos que están dispuestos a aceptar la división entre lo visible y lo visual que propone Belting. Creo que es necesario distinguir, por lo tanto, entre lo que modifica culturalmente nuestra visión a lo largo de la historia, creando categorías de lo visible o formas históricas de ver, y aquello que pretende ampliar técnicamente lo visual. En el primer caso, lo visible es una categoría antropológica generalizada para una cultura concreta, mientras que en el segundo se plantea como una visión especializada que pretende ampliar técnicamente el rango de lo visible para convertirlo en visual a través de la técnica.

Nos encontramos, por lo tanto, ante tres formas distintas de ver y no dos, como pensábamos, ya que no se trata de distinguir solamente entre la visión cultural y la visión natural, con su correlato naturalizador por el cual la técnica no iría más que ampliando la categoría de lo visual, sino que es necesario añadir a estas dos la categoría de lo técnicamente visible, que supone una innovación especialmente importante para el mundo contemporáneo, cuya primordial forma de ver está relacionada con la técnica:

Figura 6

Los medios (13) se dividen usualmente en medios artísticos o expresivos y medios técnicos. Los primeros se refieren a los modos a través de las que se construyen las imágenes -pintura, dibujo, escultura, fotografía, cine, televisión, etc.-, los segundos a los dispositivos que hacen funcionar esos modos –de los pinceles a las cámaras, pasando por la imprenta. A la combinación de una y otra categoría, junto con las plataformas de exposición que generan –canvas, film, DVD, etc.- se la acostumbra a denominar soporte. Pero existen dispositivos técnicos y estructuras tecnológicas enteras que no pertenecen a ninguna de estas categorías directamente y que sustentan una determinada visión fundamental: por ejemplo la visión científica que, a su vez, influye en la estructura básica de los soportes expresivos y sus distintos niveles, y que genera además un tipo especial de imágenes.

Figura 7

De todo ello se deduce que no existe una categoría absoluta de lo visual ligada a la capacidad natural del sentido de la visión, ni es por lo tanto posible distinguir radicalmente entre lo visual y lo visible. Lo visible es una entelequia que permanece como telón de fondo ideal sobre el que transcurren una serie de fenómenos visuales siempre cambiantes. Norman Bryson ya denunció la opinión contraria que se ha expresado tradicionalmente en el mundo de la historia de la pintura con la idea de que las transformaciones visuales de las obras de arte se concentrarían en los cambios anecdóticos, superpuestos siempre a un fondo fundamental que permanecería inalterable: «La historia tiene un lugar en este relato, pero sólo como un espectáculo que cambia superficialmente pero cuyas alteraciones no afectan el sustrato básico e inmutable» (1983:10). Se trata de una concepción basada en la estructura del espacio newtoniano, entendido como un contenedor de cualidades absolutas que acoge las múltiples variaciones del mundo físico.

Nosotros ya no podemos acogernos a esta creencia, puesto que sabemos que una imagen no sólo expone los cambios estilísticos de lo visual, sino también los cambios más drásticos y profundos de lo visible. En otras palabras, la diferencia indiscutible entre, pongamos por caso, una Anunciación de Piero della Francesca (1416-1492) y un videojuego como Gran Thef Auto (2008), separados por más de quinientos años, no reside en la obvia diferencia de estilos representativos o en la no menos elemental transformación de las formas de vida que se muestran, sino que ambas figuraciones expresan concepciones radicalmente distintas del mundo, de su estructura y su visibilidad. Le hemos dado, por tanto la vuelta, a la concepción clásica y ahora entendemos que las imágenes expresan antes que nada la existencia de un fondo, una estructura básica fundamentalmente cambiante a través del tiempo, a la que se añaden formando un conjunto inextricable los cambios históricos expresados de forma superficial a través del estilo o las técnicas artísticas o representativas, así como la exposición de las usuales variaciones que experimenta la superficie del mundo histórico. Un interior de Balthus, pongamos por caso, no puede compensar a un interior de Hogarth porque ambos artistas encaraban la pintura de manera distinta y además los personajes representados visten de forma distinta, muestran comportamientos distintos en lugares que obviamente han experimentado variaciones a lo largo de casi dos siglos. Pero además a Bathus (1908-2001) y a Hogarth (1697-1764) le separa fundamentalmente unas concepciones del espacio físico y de los espacios mentales muy diferentes. Ambos eran observadores atentos de la vida cotidiana, y las formas de ésta habían ciertamente cambiado entre el siglo XVIII y el siglo XX, pero lo fundamental es que tenían maneras distintas de ver y que estas perspectivas se superpusieron a los propios cambios históricos y modificaron su visibilidad. Lo hicieron, sin embargo, en la dirección que correspondía a estos cambios históricos, de manera que en ellos aparece resumido el estilo visual de la época en el conglomerado que suponen la expresión de las distintas transformaciones que los afectan: transformaciones de la superficie y la relación entre las cosas, en la forma técnica de expresarlas pictóricamente y en el sistema del mundo, físico y psicológico en el que acontecen. Este último nivel no surge tan sólo de la mente del artista, como una concepción propia a la que ha llegado racionalmente, sino que pertenece también a la tecnología que utiliza, la cual impone su particular manera cultural de ver las cosas.

8. La imagen técnica

Podemos entender aquí por tecnología una alianza entre los medios y los dispositivos técnicos que se utilizan en los mismos, los cuales no tienen por qué ser exclusivos de aquellos. Así, por ejemplo, el cine, que es un medio, utiliza dispositivos fotográficos y fonográficos, así como técnicas que provienen de otros medios como la música o la literatura.

Vivimos en una época de imágenes técnicas que se inició en su sentido estricto a principios de siglo XIX, con la invención de la fotografía, aunque en realidad todas las imágenes han sido confeccionadas a través de una técnica u otra: la antigüedad de las técnicas de dibujo o de escultura se pierden en el horizonte primero de nuestra historia. De todas maneras, la intervención de la técnica en este tipo de imágenes que calificamos expresamente de técnicas es mucho más sustancial que la que afecta a imágenes anteriores. Una imagen técnica es aquella que ha sido producida directamente por un dispositivo tecnológico.

Estas imágenes han surgido en conjunción con el nacimiento de medios industriales, fundamentalmente distintos de los medios anteriores. El cine, la televisión, el ordenador, Internet, los teléfonos móviles, son este tipo de nuevos medios. Por otro lado, los medios clásicos, han sufrido a su vez un proceso de industrialización que ha modificado los modos de producción y de consumo, pero no puede decirse que ello haya implicado un cambio de las técnicas fundamentales para producirlos. Debemos tener en cuenta, sin embargo, los procesos de hibridación y confluencia que caracterizan la sociedad a actual y que sí que pueden derivar en cambios fundamentales en esos medios. Pero en tal caso, ya no estaremos hablando de pintura, escultura o teatro, sino de algo distinto. Los medios industriales, por el contrario, implican el uso de una nueva estructura tecnológica y nuevas formas de producción y consumo que determinan la forma de las imágenes que generan.

Figura 8

El actual arte electrónico o el Web Art configura imágenes altamente relacionadas con le técnica. Esta relación es distinta, sin embargo, de la que se establecía en las primeras imágenes técnicas, en las que daba la impresión de que la técnica era un elemento transparente que permitía el contacto entre la imagen y la realidad de manera más perfecta que la intervención directa del ser humano. Se trataba de una visión de la técnica cuya condición ideológica se pone de manifiesta en la actualidad con las citadas tendencias, ya que en ellas lo que la imagen muestra es precisamente la estética de una capacidad tecnológica. Con ello es la materialidad de esa tecnología y el lenguaje correspondiente el que se sitúa en primer término y permite la perfecta comprensión de las relaciones entre la técnica y la realidad.

Un importante aspecto a considerar de la realidad tecnológica actual es lo que Bernard Stiegler denomina «ecología industrial del espíritu». Otra vez debemos ponernos en guardia con respecto a un nuevo mito de la tecnología que aparece cuando se ha empezado a resolver el anterior, referido a la transparencia representativa. Como dice Stiegler, «el capitalismo tiene necesidad de controlar los comportamientos y para ello desarrolla técnicas de captación del deseo» (2008:12). No podemos separar tan fácilmente la tecnología moderna, sobre todo la ligada con la representación, de este empleo en la captación y gestión del deseo. No es posible, por tanto, considerar que la compleja realidad tecnológica que nos rodea está compuesta tan sólo por medios.

El concepto de medio lo es todo menos inocente, implica por el contrario una idea, muy asentada en nuestra cultura, de que nada debe interponerse, ni nada se interpone, entre nosotros y la realidad. Qué todo cuanto inventamos para comunicarnos con ella constituye simplemente una ayuda para llegar más fácilmente a sus distintas facetas, pero que una vez cumplida la función podemos retirar el instrumento y habremos obtenido una visión tan limpia de la realidad como si la obtuviéramos con nuestros propios ojos (suponiendo que en este caso pudiera ser pura). Es la moderna teoría de la comunicación la que, aplicando la metáfora del periodismo decimonónico, propone el concepto de medio para cualquier sistema de transporte de información entre un emisor y un receptor. El medio es, según esta perspectiva, un simple mensajero. Y como nos indica una frase muy popular en los medios: no se debe culpar al mensajero.

Sin embargo, ya en la modernidad los mensajeros empezaron a controlar las noticias y, por lo tanto, dejaron de ser simples medios entre un extremo y otro de la cadena comunicativa para pasar a convertirse en gestores de la misma y sus contenidos. A medida que la industria de la información (y otras industrias afines, como la de la representación) se va haciendo cada vez más compleja y se crean nuevas formas de tecnología, con sus correspondientes lenguajes, para servir las finalidades de la misma, denominarla medio deja de tener sentido. A menos que entendamos el término como referido a un medio ambiente, a una ecología tecno-informativa, tecno-representativa o tecno-persuasiva. Según Stiegler, «el capital se ha convertido efectivamente en toda una estética. A través de las marcas, a través del moldeado de las formas de vida. El capitalismo es lo que fabrica los modos de vida de los individuos» (2008:35). Ello quiere decir, entre otras muchas cosas, que las imágenes técnicas que surgen de este ámbito están impregnadas de una determinada intencionalidad. No puede haber, por tanto, imágenes neutras y mucho menos si estas imágenes surgen de un ámbito tecnológico que cumple unas funciones determinadas.

Es necesario, por consiguiente, analizar las imágenes no sólo en relación a la realidad que pretende representar directamente, sino también con respecto a esa otra realidad que efectivamente representan por surgir de una determina ecología estética tecno-industrial. Una capa se superpone a la otra en toda imagen, de manera que no es posible prescindir de este filtro al hacer valoraciones sobre determinada visualidad, incluso cuando ésta se presenta desde una posición pretendidamente neutra.

Ello no quiere decir que las imágenes sean invalidadas por el hecho de que no sean puras. Son los rescoldos del mito de la imagen realista por excelencia, el mito de los medios transparentes, los que nos hace sospechar de las imágenes que no cumplan estos requisitos, los que nos llevan a rechazar las imágenes contaminadas. No ha habido nunca imágenes puras, lo que ocurre es que ahora los sistemas que se inmiscuyen en ellas son más complejos, pero esto no las hace menos genuinas, sino más interesantes. No puede decirse que todas las imágenes mientan por el hecho de que lo que representan sea el resultado de unos intereses determinados y una tecnología destinada a cumplir con los mismos. Sólo mienten aquellas imágenes destinadas directamente a mentir, pero eso lo han hecho muchas imágenes a lo largo de la historia, sin necesidad de complejas tecnologías.

No estamos, pues, ante un problema de veracidad, sino de complejidad. Las representaciones visuales de hoy en día deben ser tratadas bajo el criterio de que son de una gran complejidad y que, por lo tanto, su discurso visual es expansivo: no está focalizado en una forma o una temática, sino que se abre hacia diversas constelaciones de significado. No debe desconfiarse, pues, de la representación visual, sino de la incapacidad para comprender su intrincada factura. Incluso cuando la imagen miente de manera ostensible es necesario saber detectar la parte de verdad que contiene.