CAPÍTULO I

AL PIE DE MI ÁRBOL



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Lo vi, lo oí


Recordar mi infancia se hace una práctica diaria en mi presente.  Entre más “añosa” estoy, más se vuelcan los recuerdos de mi niñez, así que te invito a que vivas tus añoranzas y que juntos, como dice una amiga mía, nos dé la morriña compartida.


Upe Cervantes Mayagoitia, tu servidora, la misma que viste y calza, nació en Encarnación de Díaz, un pueblo ubicado entre Lagos de Moreno, Jalisco, y “Aguas”, la capital del estado de Aguascalientes. Cuando uno nace en un poblado pequeño, las vivencias con todas las personas del lugar son cercanas y entrañables.  Por esta razón poco a poco irán apareciendo en este correo con sus quehaceres y sus decires.

En “La Chona”, como coloquialmente se le llama a mi pueblo, se habla castellano, más atinadamente, se habla castellano refranero. Como ustedes lo saben, el refrán es un mensaje simbólico. Para ejemplo este diálogo entre Don Antelmo y Don Hipólito:

—M’hijo le “anda buscando tres pies al gato”.

—Pero qué necesidad tiene este muchacho de “meterse en camisa de once varas”.

—Usté sabe que “más jala un par de tetas que una carreta”.

—Claro, “al enamorado para loco le falta poco”.

—Qué le va a hacer uno, “en el pecado llevará la penitencia”.

Fue claro, ¿verdad?


Y así crecí entre refranes y así también me hago mayorcita. Cuando visito a mi mamá Guadalupe, con noventa y tres años a cuestas, muchas veces no recuerda cómo me llamo, pero eso sí, me recita un rosario interminable de refranes de todos colores y sabores.


De mi abuelo escuché la ley en refrán: “La mujer en la casa y el hombre en la plaza”.


Mi abuela nos enseñaba la doctrina casera con sus “evangelios chiquitos”: “La esperanza no es pan, pero alimenta”.


Papá nos daba en refrán la tarea: “El camino del deber es el camino de la dicha”.


La sentencia y la reprimenda venían de mamá: “Bien merece juego y paseo quien se ha ganado el recreo”.


Al pasar por el atrio parroquial oía el Señor Cura que refraneaba la palabra de Dios: “Agáchate y entrarás al cielo”.


Apolonia (Tía Polita), la tía que yo admiraba en secreto, me decía por lo bajito: “Besos y abrazos no hacen hijos pero son preparatijos”.


Doña Abundia, la cocinera eterna de la familia, aderezaba manjares con refranes: “Cada quien se busca su cebollita para llorar”.


Florián el lechero, además de la leche nuestra de cada día, dejaba un diario requiebro en el oído a mi nana: “Dios me dará lo mío para no desear lo ajeno”.

Don Remedios el boticario, recetaba con refranes: “El que come hasta enfermarse ayuna hasta reponerse”.


Por las noches, entre las rendijas de la ventana oía a Teporoncio afirmar: “Más abrigan buenas copas, que buena ropa… ¡salud!”.


“Niña, métete a la casa que ahí viene el carretón de la basura”, me decía mi mamá; le obedecía, por supuesto, pero me quedaba a una prudente distancia para oír la arenga de Guarino, el carretonero: “Ábranla piojos, que ái les va el peine”.


Bueno… ya le paro también a mi carreta. Seguiremos en otros momentos, porque créanme, esto… lo vi… y lo oí.


Petición de mano


Tengo docenas de historias conmovedoras, pero el relato del compromiso matrimonial de mis abuelos maternos supera a todas ellas.

Fueron los abues que sobrevivieron a todas las epidemias de aquellos tiempos, por esa razón pude convivir más con ellos y sus historias hicieron nido en mi corazón.


Mi abuelo Gregorio vivía en Encarnación y mi abuelita Altagracia lo hacía en la hacienda donde nació el 6 de diciembre de 1877, un sencillo lugar cercano a La Chona; sus padres eran don José Refugio Franco Villalobos y su madre Petra Alba Alba.  Tenía cuatro hermanos y tres hermanas.


Un buen día (como lo son casi todos los de nuestra vida), llegó el cura de Encarnación a visitar a don Cuco y a doña Petrita. Al verlo llegar, mis bisabuelos tuvieron un mal presagio... traía malas nuevas. Todos, niños y jovencitos, fueron testigos de la llegada del sacerdote pero a la sala sólo entraron él y los papis.


Después del diálogo inicial que señalaba las buenas y cristianas costumbres, se empezó a tratar el propósito de la visita:

—Ya saben, queridos amigos, que a uno le toca ser ave de mal agüero, ser portador de noticias no tan agradables, pero qué le vamos a hacer, la vida es así, la voluntad de Dios es que su reino se engrandezca en estas tierras y traigo la petición del señor Gregorio Mayagoitia Alba de solicitar en matrimonio a su hija Altagracia.

Palabras más, palabras menos, el diálogo continuó en boca del sacerdote y del hombre de la casa; la mujer tenía un diálogo único: el silencio y la aceptación de los hechos.

—Padre, con todo el respeto que me merece, Altagracia tiene sólo catorce años, sus hermanas Otilia y Delfina tienen dieciséis y dieciocho años; a ellas les correspondería en todo caso ser las elegidas…


—Don Cuco, el señor Mayagoitia fue muy claro, él quiere casarse con Altagracia y les propone un plazo de tres meses para que den su respuesta.


—¡Tres meses es muy poco para pensar esta decisión tan delicada!, dígale que necesitamos un año mínimo.


—No, don Cuco, no me ponga usted en tal aprieto; si usted y doña Petrita no opinan otra cosa, el plazo que quede en seis meses. Yo regresaré el mes de mayo para conocer su respuesta.


Después de las bendiciones y el besamanos, el sacerdote salió al patio y ahí recibió en grande el mismo ritual de parte de los hijos de la pareja.


Por supuesto que los padres guardaron completo silencio respecto a lo que se había tratado en la reunión, pero a Otilia y Delfina “no las calentaba el sol” ante la duda de quién había sido la agraciada pedida en matrimonio. Altagracia ni sufría ni se acongojaba, ella no entraba en esos juegos de sus hermanas mayores, ella arrullaba a su muñeca de trapo que había confeccionado, le hacía y deshacía sus largas trenzas.


Y llegó mayo de 1892 y regresó el Señor Cura por la respuesta. De nuevo encerrona en la salita y afuera el cuchicheo en grande entre Otilia y Delfina, la fecha había llegado, se despejaría la duda, ¿quién sería la que se iba a casar y con quién?


—¿Qué le trae a su Merced por aquí, Padre? —preguntó mi bisabuelo Cuco, así como esperando que el tema se hubiera olvidado.


—Pues estoy aquí por la respuesta que le tengo que llevar a Gregorio Mayagoitia.

—¡Ay, Padre! Qué quiere que le digamos, pues si esa es la voluntad de Dios, ¿nosotros qué podemos decir?

—Entonces les pido su anuencia para que en junio, en las festividades de San Juan se lleve a cabo la bendición.


—Está bien, Padre, dígale a Gregorio que le pedimos que esta bendición se haga en la capillita de aquí del rancho a las seis de la mañana.


Salió el Señor Cura y de nuevo la expectativa entre los hermanos y sobre todo entre las hermanas... ¿quién era la elegida para contraer matrimonio?


Los padres no tenían por qué hacer un anuncio oficial ante la prole, simplemente llamaron aparte a su hija Altagracia y le anunciaron su decisión. Delfina, la hermana de diecisiete años se casó un año después; Otilia, la hermana que llegó a cumplir veinte años sin ser requerida en matrimonio, abandonó «este mundo de vanidades» y se encerró en un convento.


Y así fue, el 24 de junio de 1892 a las seis de la mañana mi abuelita se presentó en la puerta de la capilla, con un sencillísimo vestido blanco hecho por su mamá para contraer matrimonio con Goyo, su “Güerito”, al que conoció minutos antes de decir: «sí quiero».


En aquel siglo antepasado no se usaban lunas de miel ni de hiel.  Sólo la luna del cielo que todavía estaba brillando cuando Goyo tomó de la mano a su mujer Altita y la llevó a la que sería su casa.


Mi abue me platicó que días después pudo regresar por su muñeca de trapo. También me comentó que después de casada lo que más extrañaba era subirse a los árboles más rápido que una ardillita.


Junto a Gregorio, hijo de Fructuoso Mayagoitia Viramontes y de Juana Alba Alba, trajo al mundo a doce hijos, cuatro mujeres y ocho varones. Cincuenta y ocho años duró su matrimonio.  El «se fue» en 1950 y ella «lo alcanzó» después de once años de viudez en 1961.


La historia de mis padres y su compromiso fue diferente, pero también inusual para los tiempos que ya nos tocó vivir a los nacidos en la segunda parte del siglo pasado.


Mi papá quedó huérfano de padre y madre cuando aún no cumplía dos años. La muerte de sus padres, don Francisco Cervantes Cervantes y su esposa Susana Mayagoitia, ocurrió en la ciudad de Aguascalientes pero su orfandad la pasó en Encarnación de Díaz. Ahí fue «recogido» junto con cuatro hermanas y un hermanito, por su abuelita y un tío soltero. Tres años más tarde de radicar mi papá con sus hermanas en la casa de la abuelita en La Chona, también murió su hermanito.


Mi papá era muy querido en casa de mi mamá... ¡eran primos hermanos!  Mis abuelitos maternos querían mucho a su sobrino hasta que... pusieron sus ojos los tiernos palomitos uno en otro. El Jelipito y la Lupita se hicieron de amores y con toda la pena del mundo se le prohibió al sobrino Felipe pisar la casa de sus tíos. Así que mi papá quedó condenado a pasar por la calle y silbar una tonadita que reconocía mi mamá,  como “Mujer abre tu ventana”, para echar una platicadita.


Así pasaron dos años de noviazgo «echando reja» y esquivando las miradas de mis abuelitos cuando coincidían por las banquetas del pueblo.


Y la vida es la vida y «va de nuez», el Señor Cura llegó con la dolorosa encomienda de la petición de mano.  Lo bueno que ahí estaba bien claro de quién era el pedimento y a quién iba dirigido.


Cosa simpática: mi madre era la menor de la docena de hijos y tenía, por supuesto, tres hermanas mayores que permanecían solteras y grandecitas, aunque la mayor ya estaba en el convento.


Se habló de plazos y también del permiso especial de la Iglesia que era requerido por ser ellos primos hermanos.  (Por cierto, trámite muy usado por la familia ya que había muchos matrimonios consanguíneos, primos con primos, tíos con sobrinas).


Ese requisito lo tramitó directamente el hermano de la novia, el padre jesuita David. Con permiso en mano, vinieron los preparativos: iglesia, vestido, padrinos y recepción.


El día señalado, 27 de julio de 1943, a las seis de la mañana mi abuelita se fue a casa de una de sus primas para no ser testigo de la fiesta. Ella tenía que guardar la compostura y penosa aceptación de la santísima voluntad de Dios que como sierva suya tenía que acatar, pero de eso a estar en la trifulca y chisme del peinado, el vestido y el almuercito... ¡no! Ninguna madre podía soportar el dolor de ver partir a un hijo que era el centro de sus emociones, de las cuales no se podía distraer.


Mi abuelito sí, el hombre era diferente, se puso sus mejores galas y fue a entregar a su hija con su sobrino querido sin armar revuelo. Don Goyo estaba contento de entregar a su primera hija en matrimonio. ¿Se acordaría de aquel 24 de junio de 1892?  Yo creo que sí.


La ceremonia civil fue dos días antes, por supuesto sin mi abuelita, y en el almuerzo después del enlace religioso, en casa de los padres de la novia, doña Altita «brilló por su ausencia».


Mis padres se fueron de luna de miel a Guadalajara y luego al puerto de Acapulco, modernidades que ya se daban por entonces.


Y al regreso... ya todo cumplido, mi abuelita tuvo el permiso de abrazar a su sobrino-yerno al que quiso siempre con todo su corazón y a su hija la “benjamina», que le dio siete hermosos nietos, entre ellos... Upe.


El abuelo: Los diez mandamientos de don Goyo


En tiempos de mis viejitos a la sabiduría se le llamaba “tener tres dedos de frente”. Mi abuelito los utilizaba para sus quehaceres de varón: compañero de su mujer por más de sesenta años; proveedor de su prole, ocho hombres y cuatro mujeres; hombre de palabra en sus relaciones de trabajo.


Don Goyo era de confianza. Aquellos eran tiempos en que se oía decir a un caballero: “mi palabra vale más que mi firma”  y era congruente con su afirmación pasara lo que pasara.


A través de su vida y después de ella, el “buen nombre” de mi abuelito fue ampliamente reconocido y sus hijos vivieron siempre movidos a la continuidad de esa buena fama. “Tu padre era hombre de una sola pieza”, “Tu abuelo era un caballero a carta cabal…”.


Su herencia es inagotable y se puede resumir en esto que he llamado “Los diez mandamientos de don Goyo”. Los primeros siete para buscar la fuerza y la paz personal, y los otros tres para conseguir la armonía con los demás.

  1. Dura el nombre más que el hombre.

  2. Lo que se mama en la cuna, se deja en la tumba.

  3. El buen juez por su casa empieza.

  4. Amores son acciones, no besos ni apachurrones.

  5. No dejes lo bueno por lo hermoso, ni lo cierto por
  dudoso.

  6. Quien abrojos siembra, abrojos recoge.

  7. Un centavo mal habido, corrompe el peso honrado.

  8. Ama lo tuyo y respeta lo ajeno, que aquello es miel y lo     otro veneno.

  9. El hablar a todos bien y darles buena respuesta, vale     mucho y poco cuesta.

  10. Un sí claro y un no claro hacen al hombre afamado.


Y han pasado muchos años y pasarán muchos más, y este decálogo no creo que llegue a tener caducidad.


El mesón


Mi abuelito tenía un mesón llamado “La Venta”. Cuando yo lo conocí por primera vez, era un terreno de media cuadra con caballerizas, establo para vacas lecheras, corrales para cerdos y jaulas para gallinas con sus pollitos y me imagino que algún gallo cantor.


Su entrada era un magnífico portón de diez metros de largo y tres de altura hecho de pura madera del grosor de un árbol milenario. Me imaginaba cuando estaba frente a esa gran puerta, que San Pedro tenía una igual en el cielo y que su cansancio era inaudito cuando a muchas buenas personas se les ocurría morirse el mismo día.


El portón se abría en fracciones, dependiendo de quién entraba o salía del lugar. Una persona sola, puerta pequeña izquierda o derecha; un caballo, media puerta; y si de ahí salía el grupo de charros para marchar en el desfile, portón completo.


“La Venta” platicaba unas historias increíbles, no, perdón, muy creíbles.


Este mesón fue tomado por las tropas Cristeras que salían a todo galope cuando sabían que las fuerzas Federales les pisaban los talones. En este lugar se servían con “cuchara grande” pastura y agua para los animales y daba hospedaje a los soldados, con permiso o sin él.

Al grito de “¡Viva Cristo Rey y venga un buey!” arrasaban con los animales de los corrales, y los Federales no se quedaban atrás...  Las jovencitas Chonenses debían ser escondidas porque también “arriaban” con ellas y si llegaba enojadita la tropa también los hombres de paz de mi pueblo corrían grave riesgo de ser asesinados si sabían que protegían a curas, o que no los protegían, daba lo mismo. Por eso mi abuelito Goyo ya tenía una cueva en un cerro a donde “pegaba carrera” luego de dejar seguras a sus mujeres en la casa de un pariente al que no se le conocían doncellas; nada más sabía que se acercaban soldados y sin importar quiénes eran, montaba su cuaco y a su cueva de ermitaño mientras pasaba la “rejolina”.


Mi abuelita me platicaba que su Güerito —mi abue— llegaba alguna noche o de madrugada a visitar a su familia, montado en su caballo con trapos amarrados en las patas y manos para no hacer ruido en las piedras.  Hagan de cuenta un caballo nocturno con pantuflas.


Cuando ya terminó la refriega, “La Venta” continuó cumpliendo con su misión: recibir a peregrinos y por supuesto a jinetes y sus caballos que iban de paso por La Chona. El caballo entraba a su caballeriza y le esperaba techo, pastura y agua; su dueño entraba en la troje con un petate, una cobija, un jarro de barro con agua, que le entregaba mi abuelo.


Cuando iba por las mañanas a “La Venta”, justo al amanecer, era bellísimo lo que veía, lo que oía y también, lo que se olía, todo era natural, todo era vida. Los hombres acurrucados en la banquetita de la troje, envueltos en sus cobijas haciendo café, no hablaban, murmuraban como frailes en oración. De los caballos sólo veía sus colas… para allá, para acá, para allá, para acá… como si bailaran un vals triste. Una gallina “norteada” corría despavorida por todo el corral de las caballerizas, perseguida por el hijo del que estaba en ese momento ordeñando las vacas.


Ahí me enseñó mi abuelo a distinguir los colores de los caballos, moros, tordillos, retintos… pero él me decía: “Mire, niña, el más bonito es mi alazán, vea usted qué chulada de animal”.  Y me llevaba de la mano para admirar a su cuaco amado… el animal golpeaba la tierra con sus patas y volteaba a verme con unos ojos coquetos que me decían… “¡Ésta es guapura, chamaquita!”.

Las trojes donde se guarda el grano, la pastura y las sillas de montar, tenían unos escritos que recuerdo todavía:


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Me hacía mucha gracia don Roque, el caballerango del mesón, cuando cantaba a todo pulmón nada más veía entrar a una damita a recoger la leche:


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El convite de cada año


El día más especial y esperado en el calendario era el cumpleaños del abuelito. Prácticamente “se echaba la casa por la ventana”.


Las veinticuatro horas de la víspera eran las más fatigosas en la cocina de Abundia y la temporada más trágica en el corral de las gallinas. No solamente era difícil para las señoras kikirikí, también para mí, que solamente en una ocasión  aguanté personalmente el doloroso trance de las inocentes aves.


Imaginen un día antes a esta cándida e inocente infantita, cantando dulcemente esta canción en la escuela:

“Doña Cocorica salió a pasear con sus tres pollitos por el corral,

Doña Cocorica les hace ver lo que todo pollo debe saber…”.


Y al otro día, de metiche en el mesón del abuelo, viendo cómo elegían a las gallinas a las que les iban a dar “cuello”. Hice como que no me daba cuenta, pero a la hora que empezaron a corretear a las inocentes emplumadas, yo puse pies en polvorosa y no quise saber más nada del acto ruin y cobarde que se llevaba en contra de esas damas cuyo único crimen era quedarse sin los huevos que nos desayunábamos.  No se vale… eran fregaderas.


Muerta de pena puse pies en polvorosa y me refugié  en el corral de los cuinitos, pero hasta allá alcanzaba a oír los cacareos de las víctimas. Mi dulce abuelito y Roque el caballerango las tomaban por el cuello y les daban tres vueltas. Caían las inocentes todas despatarradas, dando los últimos aletazos. Me tocó ver a un ave que corría ya con el pescuezo caído. ¡Ay, que dolor!  Nada más les cuento que tuve tal derrame de bilis que esa misma noche “canté la guácara” y no quise ningún alimento.  Debut y despedida, fue la primera vez que acompañé a don Goyito a tan triste trabajo.


Los cadáveres llegaban a la cocina de Abundia donde ya se tenía una gran tina con agua hirviendo; venía una tarea necesaria, desplumar a las gallinitas sacrificadas. Si el agua no estaba muy caliente, no soltaban la pluma. Una de las partes más difíciles de pelar era el ala; Abundia y mis tías me las daban para incrementar mi paciencia infantil. Ya para esos momentos me sentía menos compungida por la hecatombe del corral.  Me parecía divertida la labor de desplumar, aunque el olor de las plumas mojadas nunca fue aroma de mi agrado precisamente.


Ya que todas las difuntas quedaban desnuditas, entraban a la mesa de operaciones donde les sacaban toditos sus entresijos. Viendo aquel espectáculo me quedó algo muy claro para mi futuro: nunca podría estudiar Medicina.


Higaditos por un lado, mollejas por otro, alitas, patas, muslos, piernas y el póstumo premio mayor que las aves entregaban al gran patrón en su cumpleaños: las pechugas.


Ya todo estaba a punto para el último brinco de las gallinas: directitas iban a dar a la olla que Abundia ya tenía preparada sobre el carbón. Esperaban por ellas en pleno hervor unas cebollas en cuarterones, ajos, hojas de laurel, sal y orégano. Por supuesto que para dar mejor color y sabor al consomé, flotaban alegremente unos ramos de cilantro.


Mi abuelita ya había preparado sobre la mesa la mantelería, los cubiertos y la vajilla que se iban a ocupar en el convite anual. Con esto se cerraban las labores de la víspera, ahora, a esperar el gran día.


Abundia tenía metida la idea entre ceja y oreja de que el mole tenía que hacerse el merito día para que los olores no se perdieran. Así que casi al cantar el gallo —que por cierto había amanecido medio viudo el pobre, porque habían arrancado algunas damiselas a su harem—, la mujer, dueña de la cocina, entre sombras todavía, llegaba a sus dominios con un aparato de petróleo para que le diera algo de luz y así iniciar sus labores.


La noche de la víspera la pasaba yo casi en blanco. Lo más temprano que me permitían llegar al convite era las siete de la mañana.  A mí me gustaba por sobre todas las cosas la preparación de la comilona, la hora del banquete era solamente el punto final de aquel acontecimiento maravilloso que compartía con mi madrina de gula.


Antes que nada me ponía un delantal, que por cierto me quedaba de cuerpo completo y arrimaba un banquito a la gran plancha donde iba a iniciar el desfile culinario.


Abriendo la marcha venía el contingente de los chiles. Con sus uniformes guindas, rojos, naranjas y casi negros; y ya tatemaditos llegaban al metate a pasar por la terrible “mano”, que en manos de Abundia hacía la labor de una licuadora ancestral. Anchos, pasillas, guajillos y puya daban color y sabor al plato principal de ese día: el mole.


Después desfilaba el grupo de los aromas: orégano, tomillo, mejorana, laurel, canela, ajo, pimienta y clavo. Y cerrando el gran convite los cacahuates, ajonjolí, chocolate y pasitas.


La señora más sabrosa de la cocina, doña manteca, esperaba a todos chirriando en la enorme cazuela.

Entre una y otra cosa la pinche Upe recibía la orden de pelar las vainas de los chicharitos para el arroz, de picar las zanahorias y los membrillos en vinagre, para aderezar la ensalada de lechuga con aguacate y jitomate.

Luego seguía en la decoración de los platos del dulce: al centro un ate redondo de guayaba con rajitas de queso alrededor. Abundia me decía: “Haz de cuenta, Pipita, que vas a pintar unos soles con sus rayitos”.


Para finalizar mi labor, me esperaban ocho jarras para preparar en ellas agua de jamaica, tamarindo, lima y limón. Dos de cada una, para que ningún sabor se sintiera ninguneado.


Todo parecía ya estar listo, pero no era así, faltaba lo mero bueno, las tortillas. En una cubeta cubierta con una manta, varios kilos de masa esperaban las manos de Abundia y una señora que ese día le ayudaba a “echar las tortillas”. No se les veían las manos, tenían una agilidad de aplaudidoras geniales. Me pedían que les fuera haciendo bolitas de masa y de verdad, no me daba abasto.


¡Huy!... Quince minutos antes de la hora señalada ya estaba terminado el banquete. Ya se oían los pasos y las voces de todos los invitados que muy cortésmente aceptaban la regla de don Gregorio de que a las dos de la tarde se bendecía la mesa y se empezaban a servir los “santos alimentos”.


Me quitaba el mandil y ayudaba a poner la mesa de los niños, por supuesto la mesa de la cocina, que a mí  no me parecía nada mal; teníamos más a la mano los manjares que comían todos los mayores en el comedor; aunque a esas alturas poca hambre era la que tenía, ya había comido tal cantidad de olores por mi nariz, de colores por mis ojos, de burbujeos por mis orejas, que ya con mi boca poquito deseaba masticar.


Entre el mitote y la matatena


Don Bulmaro era amigo de todos y pariente de nadie.  ¡Suerte te dio Dios, Bulmaro! Era ajonjolí de todos los moles y tenía pocos males. Sabía a qué hora llegar y a qué hora retirarse, una chulada de hombre, quizá por eso era bien recibido en la plaza, en el parque, en las casas y en todo lugar.


Hablaba con medida y con tino, y eso es precisamente vivir sin desatino. Entre las cosas que yo escuchaba acerca de este hombre añoso, era que trabajó muy duro en sus años mozos por la selva de Chiapas y ahora, en sus años viejos, se mantenía de sus ahorros y de cinco vacas lecheras.


Sabía de distancias correctas para no incomodar ni incomodarse. No se desgastaba en dimes ni diretes acerca de los vivos ni tampoco con difuntos, quizá por eso decía: “A enemigo fallecido, perdón y olvido”.


Sabía cuándo usar la lengua y cuando callar para escuchar: “Aunque soy viejo, no desdeño ningún consejo”, porque “las canas son un símbolo de vejez, no de sabiduría”.


Don Bulmarito era un hombre sin edad, hacía ronda con jóvenes, departía las horas con los viejos de su edad y se le veía divertido con los niños.  Él aseguraba que “todos tenemos la edad que sentimos”.


En el zaguán de mis abuelos pasaba con mi papá  grandes ratos que yo saboreaba de lejecitos para no andar donde no era invitada y así platicaran a sus anchas.  En el patio me ponía a jugar con mi hermana y desde ahí los escuchaba. Con un ojo al juego y una oreja a la platicada, oía: “El que vive como viejo, llega a viejo, don Goyito”.


Mi abuelito, seguro de que yo no escuchaba, le contestaba: “Sí Bulmaro, pero las reumas y lo pendejo no se quitan”.


Se hacía el silencio y venía una nueva andanada de dichos…


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Mi hermana, ya impaciente, me reprendía:


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—O estás conmigo jugando matatena, o vete al mitote con los viejitos.


—¿No te das cuenta, hermanita, que los dichos en boca de los viejitos son “evangelios chiquitos”?


Y como ya se había acabado el mitote, regresaba a la matatena.


Tesoros ocultos


Habitaciones cerradas, cajones con llaves, roperos clausurados eran causa de fantasías infantiles, así que cuando podía meter las narices por ahí, no desaprovechaba la ocasión.


El mueble de mi madrina Carmen, la maestra de costura, era el cofre donde guardaba docenas de madejas de hilos de todos colores. El material suficiente para pintar el arco iris y yo podía tener acceso a ese arsenal si me prestaba la llave.


Los roperos eran imanes de mi curiosidad y sobre todo el ropero donde mi tía Lucha guardaba cosas especialísimas: la corona de la Virgen del Perpetuo Socorro, la mantilla que la Virgen de los Dolores lucía el Viernes Santo, los manteles que estaban en el proceso de bordado para el altar de la parroquia y del santuario. Todo esto no era poca cosa, que una de mis tías guardara tesoros de los templos en su casa, ¡palabras mayores!

La sala de mis abuelos estaba casi siempre cerrada con llave. Cuando entraba recorría cada una de las paredes para que nunca se me olvidara lo que ahí estaba. Al centro de la pared principal un cuadro enorme del Sagrado Corazón de Jesús. Toda familia católica debía entronizar esa imagen como signo de su reinado en esa familia. Al lado, la fotografía del Padre Pro, mártir de la Cristiada y actualmente santo mexicano. Al otro lado, la bendición Papal de Pío XII para mis abuelos en la celebración de sus cincuenta años de casados. Bajo esa bendición estaba un mueble pequeño encristalado y cerrado, ahí se encontraba el solideo de este mismo Papa. En un viaje que mi tío, el Padre David, había hecho a Roma, el Papa le entregó el solideo que estaba usando al recibir uno nuevo de sus manos. Así que dicha posesión de mis abuelos era todo un tesoro.


En otra pared estaban las fotografías familiares: don Goyo y doña Altita con sus once hijos vivos, el día que celebraron sus bodas de oro.  En otra, mis abuelos con sus dos hijos especialísimos, el Padre David y la Madre Celia. Papá Goyo con todos sus hijos varones, y otra fotografía más, doña Altagracia con sus cuatro hijas.


Una imagen enorme de San José adornaba otra de las paredes. Mi abuela le tenía una devoción especial, siempre le nombraba con este título: “Señor San José, el castísimo esposo de la Virgen Santísima”. Yo siempre pensé que la imagen de ese Santo con una azucena entre sus manos le dirigía miradas de ternura a mi abuelita.


Otras tres fotos: mi nina Cati luciendo como modelo de camafeo antiguo, mi nina Cuquis con “enganchaguapos” en la frente, una minúscula boca roja y chapetas rositas, digna imagen de una artista.  Por último, el tío Goyo luciendo su sombrero de charro, mirada verde retadora; Pedro Armendáriz le venía guango.


Todo esto lo podía ver casi en la penumbra.  Esas ventanas de la sala muy  pocas veces se abrían.  Salía de la sala como quien sale de un santuario. Recuerdo los roperos con ese olor tan peculiar a guardado, naftalina pura. Ese enorme mueble de madera tallada, lleno de sábanas especiales bordadas con las iniciales de mis abuelos.  Cada determinado tiempo se lavaban para que no tomaran el color de la vejez.


Guardar para los días especiales era un mandato interno… Así  pasaban años intactos, con secretos y tesoros que no veían la luz del día ni el pasar de la vida.

Pero un día a media noche el pueblo se despertó con un repique, se anunciaba una inundación. La presa de un ranchero ricachón y tres veces presidente de mi pueblo, se había roto y se acercaba un alud de agua, lodo y piedras por el río que partía en dos a La Chona.


Como siempre, ante estas situaciones sucede que las personas se niegan a creer la emergencia. Creen que son exageraciones de gente mitotera, así que a duras penas aceptaron pasar lo que quedaba de la noche en casas más lejanas al río. Entre estas personas estaban dos de las hermanas de mi papá, mis tías Lucha y Carmen, que vivían a un lado del río. Mis abuelos y tíos maternos tenían su casa a una cuadra del riesgo mayor y aceptaron también pasar la noche en una casa lejana.

Y llegó la presa convertida en un río crecido que arrastraba todo a su paso... así se fue la casa completa de mis tías, con todos los hilos del arco iris, la colección de la revista La Familia, que era la enciclopedia más querida y necesitada por la maestra de costura. “El chorro”, como llamó mi tía Lucha a ese castigo terrible, arreó con la corona de la Virgen del Perpetuo Socorro y la hermosa mantilla española de la Virgen de los Dolores. Los exquisitos manteles para los altares, años de perder la vista en ellos, fueron remolcados a través de sembradíos en compañía de reses muertas. Fue algo sumamente doloroso y difícil de creer y aceptar.


Mis abuelos conservaron su casa que permaneció húmeda por meses. No les quiero platicar dónde se encontró el solideo de Su Santidad Pío XII. Cuando lo encontraron, era un pobre hilachito color mugre perdido abajo de un tabique en el último patio.


Este fue el primer acercamiento que tuve con la fuerza de la naturaleza, con la ambición de una persona que no mide los riesgos a los que expone a una comunidad y con la necesidad de usar y gozar lo que se tiene, porque guardado está ¡inevitablemente perdido!


La teología de mi abuela


A Encarnación de Díaz, mi pueblo natal, lo hicieron municipio en 1760, antes era conocido como la Villita de la Encarnación. Cerca de ahí, en la Hacienda de Jesús María, nació mi abuelita Altagracia en 1877, mujer piadosa y de fe inquebrantable.

Algunas mañanas al mes, hacía guardia frente al Sagrario del Santísimo, en el Santuario de Jesús María y José, y cuando al regresar le preguntaba dónde había estado, me respondía: “Haciéndole compañía a Padre Dios. Es triste que esté solito”.


Por la tarde, cuando todavía había solecito en el segundo patio, sacaba una sillita de patas cortas, se sentaba ahí durante media hora a leer “El Oficio”. Me pedía que la acompañara en silencio, sólo se oía el canto nostálgico de una paloma arrulladora.

Ella nunca fue a la escuela, no sabía escribir y aprendió ya grande a leer “letra de molde”, la letra de su libro de oraciones.


Cuando le invadía el regocijo, suspiraba y exclamaba: “¡Alabado sea Dios!”; cuando pasaba por momentos de tribulación, suspiraba y exclamaba “¡Alabado sea Dios!”.


Así daba testimonio de su fe inconmovible, que como era costumbre en esos lugares y en esos tiempos no era tema que se platicara, era una vivencia íntima y sin asomo de duda. Entre los decires que le escuché acerca del quehacer Divino, estaban los siguientes:


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Abue, yo vi que recurrías a un libro para sentirte cerca de quien llamabas “Su Divina Majestad”, ahora yo trato de dejar los libros para intentar descubrirlo. Te invito para que uno de estos días, cuando yo deje la gravedad de este planeta, nos instalemos en un anillo de Saturno, cada quien con su sillita, para dialogar al respecto.

¡Alabado sea Dios!

Tu nieta Upe.

Amistad


La amistad era uno de los valores más preciados y lo constaté en la sonrisa cálida al hablar con mesura acerca de los demás y en la escucha comedida que mi abuelita dispensaba a sus amigos.


Cuando oía pláticas criticonas, su cuerpo mostraba su desacuerdo. Bajaba la vista, cerraba los labios y cruzaba los brazos contra su pecho para dar calor a su corazón y que no le llegara la fría violencia de los juicios.

Me decía: “Tú siempre ten en cuenta que ‘el que mete paz, saca más’;  tú nunca pierdas la fe en que ‘dádivas y buenas razones ablandan los corazones’  y no olvides nunca que ‘no se puede reír sobre las lágrimas de los demás’”.


Confiaba en su buen juicio respecto a sus amistades. “Mira, pequeña —me decía—, ‘ojos que se quieren bien, desde lejos se saludan, por eso amistades que son ciertas, siempre las puertas abiertas’. Usa tu cabecita, mi pequeña, y aunque duela, acepta que ‘a invitación de paso, ni quien le haga caso’, porque ‘donde no te llaman, ¿para qué te quieren?’.  Es siempre claro que ‹el que nunca va a tu casa, en la suya no te quiere’”.


Abue, te quiero confiar que por no seguir la sabiduría en estos claros y filosos refranes, me he llevado mis chascos, pero como también me decías, “nadie aprende en cabeza ajena”, por eso sigo con buen ánimo aprendiendo acerca del amor y de la amistad. Tengo un gran consuelo, que en esta tarea no estoy sola, no te imaginas cuántos corazones están cerca de mí, desentrañando este vital misterio y precisamente a algunos de ellos les envío tus “evangelios chiquitos”.  Te amo desde aquí hasta aquí… porque estás muy cercana a mí.


Bordando mujeres


Después de llevar a cabo los quehaceres cotidianos, las mujeres de mi pueblo se ponían frente a un aro, un bastidor, un huevo de zurcir, ganchos y agujas de tejer en las manos. Desde la silla pequeña que designaban a las niñas aprendices de mujeres y bordadoras escuché  lecciones que he guardado en alhajero de oro y otras más que he puesto a la distancia, para darles una lectura diferente:


Mientras aprendía en yute a bordar en pespuntes escuché  que:


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Cuando se me enseñó a bordar matizado como un óleo en tela, escuché:


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Haciendo cadenitas, casas, macizos y chonguitos, tejí en memoria que:


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Y como inicio en cada sesión de bordado y zurcido, unas frases constantes de esas mujeres, como una necesaria autoafirmación y quizá también una disculpa para las agujas y los ganchos que terminarían después de dos horas de trabajo, totalmente exhaustos:

“Mujer con manos desocupadas, no es mujer. Para una mujer valiosa, su casa es un taller donde nunca le faltará un quehacer...”.


Esto lo escuché de niña, de labios de todas las bocas que me rodeaban, y todavía les sigo oyendo... Ensartando agujas, rematando hilos, escogiendo matices, reconociendo malas hechuras, desbaratando, aprendiendo a usar las tijeras, era como una niña se convertía poco a poco en una mujer, bordadora de la vida.


Ramillete de rosas rojas


Cada familia tiene su historia. La historia de cada familia es su corazón.  Ese corazón, cuando se sabe escuchar, nos cuenta de sus valores y también de sus dolores.


Desde que sé de mí, o como también se dice, desde que tengo uso de razón, me encanta, literalmente, lo que el corazón cuenta de las familias, empezando por la más cercana.


Nací con un agudo problema visual, así que me crecieron de más las orejas y como a los niños de aquella época nos controlaban la boca y a mí siempre se me ha dado el mucho hablar, pues las orejas me crecieron al cuadrado y se me dio oír hasta  los silencios.


Y este es un cachito de historia. Clotilde llegó a casa de mi abuelos cuando el siglo diecinueve tocaba a su fin, 1899. En casa ya había tres niños y medio, mamá Altita necesitaba ayuda y Clotilde llegó. Sabía de todo un poquito y quería aprender mucho.


Pronto se dio cuenta mi abuelita que junto con su cuarto hijo nacería el quinto niño de la casa, el hijo de la recién llegada, de Clotilde. Mis abuelos la arroparon con ternura y generosidad y ella, como pollito desvalido, se protegió bajo las alas de sus patrones.


Junto con el siglo llegó una niña el 11 de julio, día de San Abundio mártir, por tanto era el protector que Dios enviaba a la pequeña, y Abundia se llamó para siempre.

Cloti fue en casa de mi abues a ratos nana, a ratos cocinera y otros muchos, escucha de la Doñita y de sus hijos. Se ganó un espacio y cuando faltó, nadie intentó sustituirla, ni su hija, porque ya tenía también su propio lugar.


La pequeña Abundia recibió la misma instrucción que la prole de sus patrones; y adquirió de su madre Clotilde una educación que le enseñó a reconocer su lugar en la casa que siempre le dio techo, y a ser agradecida con quienes se lo facilitaron. Esas dos materias, no perder la ubicación y ser agradecido, no las da la erudición, no son temas universitarios, pero sí se obtienen de la sabiduría interna y la tenían esas dos nobles mujeres, Cloti y Abundia.


De su mamá aprendió también el arte y el gusto por la cocina… Le dijo: “La que luce en la cocina, no luce con su vecina ni a malas cosas se inclina”. Ella fue fiel al mandato de su madre y, dueña y señora de sartenes y cazuelas, animadora de antojos, consagró toda su vida para satisfacer el apetito de la familia que la adoptó como una más.


También Clotilde le aconsejó: “Si tienes un hueco en tu vida llénalo de comida”.  Y Abundia fue abundante en carnes, pero qué importaba entonces, vestidos amplios y delantales llenos de olanes…

La abundante Abundia pregonaba a diestra y siniestra: más vale gordita feliz que flaca amargada.


Aquí no se acaba Abundia, hay para rato de esta mujer. Sólo presenté un maravilloso ramillete de rosas rojas, llenas del aroma que da la generosidad y la belleza graciosa que proporciona el agradecimiento que se dio entre Clotilde, Altagracia y Abundia.


Doña Amargosita


Mi abue no le “hacía el feo a nadie”, pero amigas de su corazón, no más de dos o tres. Una persona que la visitaba con frecuencia y a la que prodigaba mi abuelita cierta amistad era doña Josefina Romo y Chávez.  La chamacada le llamábamos por abajito del agua doña Amargosa Ortiz de Domínguez, porque se parecía a la efigie de las moneditas de cinco centavos.


Siempre malhumorada, racista, negativa, cuentachiles y fruncidita, la mujer era despiadada en su juicio, encopetada a más no poder; se pensaba con un gran pedigrí. Me admiraba la paciencia de mi abue cuando la visitaba. Doña Josefa se mostraba a disgusto cuando nos encontrábamos en la casa de los abuelos, el ruido infantil la sacaba de quicio y si le llegábamos a preguntar algo como “doña Jose, ¿por qué tiene usted diez gatos en su casa?”, ella nos contestaba: “Por lo dulce del azúcar y lo amargo del café”. A cualquier pregunta iniciada con un porqué, ésa era su respuesta.


 Cuando llegábamos a hacerle plática y le preguntábamos ¿para qué?, ella contestaba: “Para que llueva y salga zacate, muchachita…”.


No había manera de llegarle, no digo al corazón, a los bigotes que tenía, y ya merecían una rasurada. Entre los niños decíamos que cuando chupaba un limón, éste era el que hacía los gestos.


Mi abue no era criticona, pero cuando hacía referencia a alguna persona que no era de la simpatía de doña Josefa, ésta la interrumpía:


—Mira Alta, hasta en los mocos hay linajes, unos los sorben y otros los envolvemos en encajes.


Mi abue guardaba silencio y si se le ocurría salir a defender o hablar bien de alguien que no estaba a su altura, decía doña Josefa:


—Gracia, no nos hagamos tontos; todos somos del mismo barro, pero no es lo mismo bacín que jarro.


También decía otros refranes:



“Todo árbol es madero, pero el pino no es caoba”.


“El que no acostumbra calzones, las costuras le hacen llagas”.


Por más que le daba vuelta a mi cabeza no me podía imaginar de dónde había chupado tanta amargura.


Entre otras muchas virtudes, mi abuela era discreta, tierna y prudente, quizá por esa razón a doña Josefa le gustaba estar cerca de ella, a la vez veía en doña Altagracia esa parte que ella abandonó un día en algún lugar.


Cuando yo le preguntaba a mi abuelita por qué su amiga era tan amargosa, ella me respondía: “Mira, hija, nadie sabe cuántas cosas carga a cuestas el prójimo. Sólo podemos imaginar lo que le ha de pesar y su sufrimiento. Si ella ve que le consideras, le estás ayudando un poco”.


Doña Amargosita “arriaba parejo” con el cura en turno y si se le ponían enfrente hasta con las monjitas.  Ahí sí, a mi abue como que no le gustaba mucho el tono de la plática, pero lo único que hacía era arquear más sus negrísimas cejas.


Sabía que su amiga Altita hacía bien sin mirar a quién y por eso le criticaba: “¡Ay, Altagracia, favorecer a quien no lo ha de estimar, es como echar agua en los ríos!”.


Cuando mi abue le preguntaba por su familia —unos sobrinos que quedaron huérfanos de papá y a quienes su madre, una mujer muy sencilla de una ranchería sacó adelante, y ya habían terminado escuela superior— ella le contestaba: “Están inaguantables, olvidaron sus orígenes. Nada más porque nacieron en un pesebre se sienten Niños Dioses. Pero lo feo y prietito ni con dinero se les va a quitar”.


A una distancia prudente estaba haciendo la tarea que mi abuelita me dio: una larga fila de “casitas” en crochet. Y haciendo cadenitas tejidas, escuchaba cómo encadenaba dolor y prejuicios esa infeliz mujer. Volteaba y la veía sentada en la orillita de la silla, golpeando sus brazos constantemente contra sus piernas.  Sus manos estaban siempre empuñadas y las uñas no las podía ver, hasta pensé que las tenía enterradas en su propia carne.

Hablaba entre los dientes y sus mandíbulas parecían trabadas. El cuello siempre lo tenía muy rojo, se parecía al de una guajolotita que tenía mi abuelo en el mesón. Mi abue le ofreció un té y yo corrí a la cocina para traérselo.


Abundia puso en mis manos una charolita con dos infusiones de jazmín de limón. Era una de las bebidas más delicadas. Regresé de nuevo a la salita que se usaba como costurero con las tacitas.


Le ofrecí endulzarlo yo, pero doña Josefa no me contestó nada, ni me dirigió una mirada siquiera. Tomó su taza y fue todo. Luego sacó de la bolsa de su suéter algo que puso en su boca. Mi abue le preguntó si se encontraba enferma y ella le respondió: “Ay, Alta, mi cabeza siempre está a punto de estallarme. Si no me trago unas veinte cafiaspirinas al día, me vuelvo loca”.


Mi abue se acercó a ella y con suma ternura acarició su espalda. Creo que palpó la pesada carga de doña Josefina y con sus ojos le comunicó que la entendía en sus tribulaciones.


¡Cuánto me enseñó mi abuela en esos momentos, para el resto de mi vida!