8

 

Desde el avión, a nueve mil metros de altura, Boris Karpov contemplaba pasar las nubes grises ante la ventanilla de polimetacrilato. Como siempre, tenía sentimientos encontrados cada vez que salía de Rusia. Un ruso, caviló, nunca se sentía cómodo del todo fuera de la madre patria. Era de esperar. El pueblo ruso era especial; extraordinario, en realidad, si tenías en cuenta la terrible historia que habían soportado bajo los zares, los cosacos, luego Stalin y Beria, una oscuridad que acechaba constantemente a su hermoso país. El altruismo no era una cualidad reconocida para la mente rusa: la escasez había hecho que la supervivencia fuera el principal factor motivador durante tanto tiempo que ahora estaba imbricado en la psique rusa, pero en este aspecto Boris era distinto a sus compatriotas. Su amor por Rusia lo motivaba a querer una vida mejor no sólo para sí mismo, sino para esa gente que buscaba continuamente la luz, pero nunca podía conseguirla.

La azafata de primera clase le preguntó si todo estaba bien.

—Estamos horneando galletas con chocolate —dijo, inclinándose sobre él con una sonrisa. Era rubia y de ojos azules (nórdica, supuso), y tenía un leve acento—. Puede tomarlas con leche, chocolate, café, té o cualquiera de entre una docena de licores.

Galletitas y leche, pensó Karpov con una sonrisa irónica, qué americano.

—El clásico —comentó él, haciendo que la azafata soltara una risita.

—Cómo son ustedes los americanos, señor Stonyfield —dijo afectuosamente, usando el nombre falso de Karpov. Y con un silencioso roce de tela contra las medias, se marchó por el pasillo.

Karpov volvió a sus cavilaciones. Claro que los americanos habían nacido en un mundo de luz, así que estaban acostumbrados a menospreciar a todos. Pero ¿qué otra cosa se podía esperar de un pueblo tan privilegiado? Karpov no sabía cómo interpretar lo que sentía cuando lo confundían con uno de ellos. Tras reflexionar un momento sobre ello, se dio cuenta de que de alguna manera se sentía humillado, como si fuera un palurdo del campo que por algún milagro hubiera sido confundido con un graduado en Yale. El error de la azafata lo había vejado de un modo que no podía comprender del todo, plantándolo ante el espejo de todo lo que había carecido desde el momento en que nació.

Sus padres habían tenido poco tiempo para él, enzarzados en un sombrío y silencioso combate por decidir quién podía tener más líos sentimentales durante su matrimonio. Nunca pensaron en el divorcio: eso negaría las reglas del juego. Por tanto, apenas lo notaron cuando la hermana de Karpov, Alix, murió de una fiebre cerebral incontrolable. Él había cuidado de ella, atendiéndola durante su terrible y debilitadora enfermedad, primero después de clases, luego dejando de ir al colegio para estar con ella. Cuando la trasladaron al hospital, no se separó de ella. Le dio la impresión de que sus padres se sintieron aliviados por tener a sus dos hijos fuera de casa.

«Tanta oscuridad —murmuraba su madre mientras preparaba el desayuno—. Tanta maldita oscuridad.»

Pero la mayoría de las mañanas ella no aparecía. Karpov pensaba que nunca había vuelto a casa durante la noche.

«No puedo soportarlo», era todo lo que su padre podía decir las mañanas en que sí aparecía. No podía mirar a Alix, y mucho menos entrar en su habitación. «¿Para qué? —respondió una mañana a la pregunta de Karpov—. No sabe que estoy aquí.»

Eso no era cierto. Él estaba seguro de que Alix sabía cuándo había alguien con ella. A menudo le apretaba la mano cuando estaba sentado junto a su cama. Le leía historias de los libros que compraba. En otras ocasiones leía en voz alta las lecciones de los libros de texto que consideraba importantes. Gracias a estas lecciones con su hermana, descubrió su amor por la historia. Lo que más le gustaba era leerle sobre los diversos periodos del pasado histórico de Rusia, aunque en efecto algunos eran deprimentes, terriblemente difíciles de digerir.

Karpov estuvo sentado junto a su cama en el hospital cuando Alix murió. Después del dictamen del médico, un silencio asfixiante envolvió la habitación. Era como si el mundo entero se hubiera parado, incluso su corazón. Sintió como si el pecho fuera a hundírsele de un momento a otro. El olor a antiséptico le hizo querer vomitar. Se inclinó sobre el rostro pálido de Alix y besó su fría frente. Por fuera no había ninguna prueba de la enorme y brutal guerra que había tenido lugar dentro de su cerebro.

—¿Hay algo que pueda hacer? —le preguntó la enfermera cuando salió de la habitación.

Él negó con la cabeza. Tenía el pecho demasiado congestionado por la emoción para poder hablar. Los ecos lo siguieron por los pasillos de linóleo, los ruidos inarticulados y doloridos de los enfermos y los moribundos. En el exterior, el brillante crepúsculo de Moscú estaba lleno de nieve. La gente caminaba de aquí para allá, charlando, fumando, incluso riendo. Una pareja de jóvenes, las cabezas juntas mientras hablaban entre susurros, cruzaron la calle. Una madre llevaba de la mano a su hijo pequeño, cantándole suavemente. Karpov contempló estas situaciones diarias como haría un prisionero al ver el cielo y las nubes de paso ante los barrotes de su diminuta ventana.

En su corazón había un agujero allí donde Alix había residido durante mucho tiempo. Las lágrimas afloraron y, mientras caminaba sin rumbo, viendo la nieve acumularse, escuchando las campanas de San Basilio, apagadas y difusas, lloró por ella, pero también por él mismo, porque ahora estaba verdaderamente solo.

—¿Señor?

La azafata regresó con la leche y las galletas, y Karpov se sacudió como un perro que escapa de la lluvia.

—Lo siento —dijo ella—. ¿Quiere que vuelva más tarde?

Él negó con la cabeza y ella desplegó la bandeja y colocó el plato con las galletas y el vaso de leche.

—Todavía está caliente —comentó—. ¿Algo más?

Karpov le sonrió, pero había más que un atisbo de tristeza en la sonrisa.

—Puede sentarse a mi lado.

El suave cascabel de la risa de la azafata lo envolvió como una brisa fresca.

—Qué picarón es usted, señor Stonyfield —replicó ella. Sacudió la cabeza y se marchó.

Karpov miró las galletas, sin verlas. Estaba pensando en Jason Bourne, en lo que iba a hacer, en lo que significaría su decisión no sólo para el presente, sino para el resto de su vida.

Nada volvería a ser igual. El conocimiento no lo asustaba: estaba demasiado acostumbrado a lo desconocido para eso. Pero tenía una sensación incómoda en la boca del estómago, como si un grupo de polillas estuvieran aleteando allí dentro, sin dirección, esperando a que sucediera lo inevitable.

Sería dentro de poco. Eso era lo único que sabía con certeza.

Marcel Probst, el técnico del Quai d’Orsay a quien el inspector Lipkin-Renais había entregado el móvil de Laurent y su tarjeta SIM, era uno de esos franceses para quienes el vino, el queso y una sonrisa arrogante eran lo esencial de la vida.

Momentos después de que Soraya llegara con Aaron, Probst dejó claro con una mirada agria, casi ofendida, que ella no le gustaba. La codirectora de Treadstone no sabía si ello se debía a que era musulmana, al hecho de ser mujer, o a ambas cosas. Pero, claro, tampoco parecía completamente entusiasmado con Aaron, así que cualquiera sabía. En cualquier caso, su rostro, agrio como un limón, anunciaba sus prejuicios como una señal de advertencia en una carretera.

Probst era un cuarentón sofisticado y bien vestido. En otras palabras, el opuesto total a los técnicos informáticos norteamericanos que conocía Soraya. Liberté, égalité, fraternité, pensó mientras se acercaba a su banco de trabajo, donde, entre otros aparatos, había un ordenador portátil y un osciloscopio flanqueado por un par de altavoces.

—¿Qué tiene para nosotros? —preguntó Aaron.

Monsieur Probst se pellizcó el labio inferior, convirtiéndolo en una especie de pitorro de tetera.

—El teléfono es inservible —dictaminó—, y no hay nada que hacer con la tarjeta SIM.

Probst alzó una ceja.

—¿Sufrió el teléfono daños adicionales mientras lo transportaban hasta aquí?

—Desde luego que no —replicó Aaron. Y entonces, algo irritado, añadió—: ¿Ha descubierto algo o no? Adelante, por favor.

El técnico gruñó.

—Lo curioso es que, por lo que veo, la tarjeta SIM ha sido vaciada de información.

El corazón de Soraya dio un vuelco.

—¿Por el daño?

—Bueno, señorita, eso depende. Verá, esta tarjeta SIM fue sometida a dos tipos de daños. El que ya he mencionado es físico. —Dio un golpecito al tembloroso cable del osciloscopio—. El otro fue electrónico.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Aaron.

—No puedo estar seguro al cien por cien, pero hay fuertes indicios de que la tarjeta fue sometida a un barrido electrónico que borró su contenido. —Probst se aclaró la garganta—. Bueno, casi todo su contenido. Sólo se pudo salvar una cosa —dijo—. No hay ninguna duda de que fue introducida después del barrido electrónico, pero antes de que el teléfono quedara inutilizado.

—Se refiere al momento anterior a que Laurent fuera atropellado —comentó Soraya, e inmediatamente lamentó la interrupción.

Probst la miró como si fuera una rata que se hubiera colado en su sancta sanctórum.

—Creo que es lo que he dicho —confirmó, envarado.

—Continuemos —propuso Aaron resueltamente—. ¿Qué ha rescatado?

Probst hizo una mueca como si fuera uno de los personajes de Los miserables de Victor Hugo.

—Menos mal que acudió a mí, inspector. Dudo mucho que nadie más hubiera conseguido rescatar ni un kilobyte de información.

Por primera vez, una sonrisa curvó los pálidos labios del informático, finos como el abrigo de un mendigo. Estaba claro que creía haber puesto a los intrusos en su sitio.

—Esto es lo que fue transferido a la tarjeta SIM en el último momento de vida de la víctima.

En la pantalla del móvil apareció una única palabra críptica: «dinoig».

Aaron sacudió la cabeza y se volvió hacia Soraya.

—¿Sabe lo que significa?

Ella lo miró y dijo:

—Tengo hambre. Lléveme a su restaurante favorito.

A varios kilómetros de distancia de La Línea, Bourne salió de la carretera y se internó en una densa arboleda. Bajó del jeep, dio la vuelta y sacó de un tirón a Suárez de su asiento.

—¿Qué va a hacer? —preguntó el jefe militar—. ¿Adónde vamos?

Estaba hecho una pena. El lado derecho de su cabeza estaba ensangrentado, y un enorme hematoma que se alzaba como un puño marcaba su frente. Se acunaba la mano magullada e hinchada.

Bourne lo arrastró, obligándolo a ponerse en pie cuando tropezaba. Cuando quedaron completamente ocultos de la carretera, lo empujó contra el tronco de un árbol.

—Hábleme de su función en Severus Domna.

—Eso no le ayudará.

Cuando Bourne se le acercó, alzó la mano buena.

—¡Está bien, está bien, está bien! Pero le digo que no le servirá de nada. La organización está dividida en parcelas estancas. Yo transporto artículos para el grupo cuando me lo piden, pero no sé nada más.

—¿Qué clase de artículos?

—Las cajas están selladas —respondió Suárez—. No sé lo que hay dentro y no quiero saberlo.

—¿De qué están hechas las cajas?

El hombre se encogió de hombros.

—De madera. A veces de acero inoxidable.

Bourne pensó un momento.

—¿Quién le da las órdenes?

—Alguien. Una voz al teléfono. No lo he visto nunca. Ni siquiera sé su nombre.

Bourne chasqueó los dedos.

—Teléfono.

Suárez rebuscó torpemente en su bolsillo con la mano izquierda y sacó el teléfono.

—Llame a su contacto.

El comandante rehusó con un movimiento de la cabeza.

—No puedo. Me matará.

Bourne cogió la hinchada mano derecha de Suárez y le rompió el meñique. El hombre gritó y trató sin éxito de retirar la mano, pero el estadounidense sacudió la cabeza y agarró el siguiente dedo.

—Cinco segundos.

El sudor perlaba la cara de Suárez, manchando el cuello de su camisa.

—Dios, no.

—Dos segundos.

El hombre abrió la boca, pero no dijo nada. Le rompió el segundo dedo y el comandante casi se desmayó. Sus rodillas cedieron y resbaló por el tronco del árbol. Bourne le abofeteó la mejilla. Con los ojos llenos de lágrimas, Suárez se dio media vuelta y vomitó en el suelo.

Bourne le sujetó el dedo medio.

—Cinco segundos.

—¡Basta! —chilló Suárez—. ¡Basta!

Todo el color se había borrado de su cara y se estremecía violentamente. Miró el teléfono móvil que sujetaba con la temblorosa mano izquierda. Entonces, como si saliera de un trance, miró a Bourne.

—¿Qué… qué quiere que le diga?

—Quiero su nombre.

—Nunca me lo dará.

Bourne sujetó con más fuerza el dedo medio de la destrozada mano derecha de Suárez.

—Encuentre un modo de que lo haga, o no le quedará ni un dedo sano.

El comandante se lamió los dedos y asintió. Pulsó una tecla y un número apareció en la pantalla.

—¡Espere! —ordenó Bourne, y extendió la mano y cortó la conexión.

—¿Qué? —preguntó Suárez con un tono de voz ligeramente aturdido por el dolor que le causaba la rotura de los dedos—. ¿Qué pasa? He hecho lo que me pidió. ¿No quiere que lo llame?

Bourne se sentó en cuclillas, pensando. Sabía quién era el contacto de Suárez. Había reconocido los números. El comandante estaba llamando al teléfono vía satélite de Jalal Essai.