6
Soraya llegó a París temprano en una mañana gris y lluviosa. No le importó. París era la única ciudad que le encantaba con lluvia. Las superficies brillantes, el ambiente melancólico ampliaban misteriosamente la belleza y el romanticismo de la ciudad, destripando la corteza moderna, revelando las fachadas de la historia, que iban pasando como las páginas de un libro. Además, dentro de unas horas vería a Amun. En la zona de descanso de primera clase se duchó y se puso ropa limpia, luego se pasó veinte minutos maquillándose mientras bebía una taza de café horrible y comía un cruasán que sabía a preenvasado.
Rara vez llevaba maquillaje aparte de brillo de labios, pero quería impresionar a Jacques Robbinet, a quien iba a conocer hoy. Sin embargo, no fue el ministro de Cultura quien la recibió tras el control de seguridad, sino un hombre que se presentó como Aaron Lipkin-Renais. Sus credenciales lo identificaban como inspector del Quai d’Orsay.
Era alto, enjuto, con una de esas inconfundibles narices galas que se extendían ante él como la proa de un barco pirata. Vestía su traje a medida como sólo pueden hacerlo los franceses. Un caballero, pensó ella, porque le ofreció la mano y se inclinó.
—El secretario le envía sus disculpas —dijo en inglés suavemente articulado—; una reunión en el Palacio del Elíseo le impide recibirla en persona.
El Palacio del Elíseo era la residencia y despacho del presidente francés. Era allí donde se reunía el Consejo de Ministros. Aaron hizo un mohín de modestia.
—Me temo que tendrá que contentarse conmigo.
—Je ne crains pas le moins du monde —replicó ella con perfecto acento parisino («No me molesta en lo más mínimo»).
El rostro alargado y caballuno de Aaron se dividió en una enorme sonrisa.
—Eh bien, maintenant, tout devient clair. —(«Ah, bien, ahora todo queda claro.»)
Cogió su maleta, y mientras atravesaban juntos el vestíbulo de llegadas, Soraya tuvo la oportunidad de estudiarlo con más detalle. Consideró que tenía unos treinta y tantos años y pensó que estaba en buena forma para ser francés. Aunque no lo llamaría guapo, había sin embargo algo atractivo en él: cierto aire juvenil en sus ojos grises y sus modales informales que contrastaban enormemente con la inevitable capa de cinismo que produce el trabajo de inteligencia. Le pareció que se llevarían bien.
En el exterior, la lluvia se había convertido en una suave bruma. El cielo parecía querer desprenderse de sus diáfanas capas. El tiempo era excepcionalmente suave. Una leve brisa sacudió el pelo de Soraya. Aaron la condujo hasta un Peugeot oscuro que esperaba en la acera. Cuando el conductor los vio, bajó del coche, cogió la maleta de Soraya de manos de su jefe y la guardó en el maletero. Aaron le abrió la puerta trasera y ella entró en el vehículo. En cuanto estuvo sentado a su lado, arrancaron y salieron del aeropuerto.
—Monsieur Robbinet le ha reservado habitación en el Astor Saint-Honoré. Es céntrico y está cerca del Palacio del Elíseo. ¿Le gustaría ir allí primero y refrescarse?
—No, gracias —respondió Soraya—. Me gustaría ver el cadáver de Laurent y luego el informe del forense.
Él sacó una carpeta de la bolsa trasera del asiento del conductor y se la entregó.
—Es usted medio egipcia, ¿verdad?
—¿Es eso un problema? —Ella miró sus ojos grises, buscando signos de prejuicios.
—Para mí no. ¿Y para usted?
—En absoluto.
Ella se alisó el pelo. Ahora comprendió. Aaron era judío. Con la creciente influencia de los musulmanes últimamente, los judíos lo tenían cada vez más difícil en Francia, sobre todo en París. Los niños judíos eran especialmente acosados en los colegios. Casi a diario había una noticia de un niño judío apaleado por una banda de niños musulmanes. Soraya había leído recientemente un alarmante informe que decía que muchas familias judías se estaban marchando de Francia porque cada vez encontraban más inseguro el cargado ambiente para sus hijos.
Él le sonrió, y Soraya pudo verse claramente en él: la herencia semita que árabes y judíos compartían, pero que, trágicamente, no soportaban considerar.
Le devolvió la sonrisa y esperó que él viera lo mismo. Entonces abrió la carpeta y hojeó las páginas. Había varias fotos de Laurent tomadas in situ por los forenses. No era una visión agradable.
Tomó aliento.
—Me parece que el coche lo golpeó y luego le pasó por encima.
Aaron asintió.
—Sí, eso parece. No hay otra manera de explicar ese tipo de heridas: la primera en el esternón y las costillas, la segunda en la cabeza.
—No podrían haber sido producidas con un solo golpe.
—No —confirmó él—. Nuestro forense dice que en modo alguno. —Indicó una de las fotos—. Alguien odiaba mucho a este hombre.
—O no quería que hablara.
Aaron le dirigió una brusca mirada.
—Ah, se hace la luz. De ahí su interés en este asesinato. Tiene implicaciones internacionales.
—No voy a decir nada.
—No tiene que hacerlo. —Otra vez aquella sonrisa juvenil.
Soraya se sintió escandalizada. ¿Estaba coqueteando con ella?
Se dirigieron al Périphérique, el bulevar que rodeaba la ciudad, y entraron en París a través de la Porte de Bercy. En las calles aledañas Soraya sintió la cálida bienvenida de la ciudad. Las calles familiares parecían llamarla, sonrientes.
Apartó la mirada de los viejos edificios de techos con buhardilla y regresó a su lectura. El cadáver no exhibía otras marcas aparte de las producidas por el atropello. Todavía estaban analizando su sangre, pero los resultados preliminares no indicaban niveles elevados de alcohol ni de sustancias extrañas. Volvió a mirar las fotos, examinando con más atención las que mostraban una vista general de la escena del crimen.
Señaló una manchita vagamente oblonga en la esquina inferior derecha de la foto número tres.
—¿Qué es esto?
—Un móvil —contestó Aaron—. Creemos que pertenecía a la víctima, pero el daño hizo que fuera imposible acceder manualmente al listado de contactos.
—¿Y la tarjeta SIM?
—Doblada y arañada, pero se la he llevado a nuestro mejor técnico informático. Está trabajando para sacarle la información.
Soraya pensó un momento.
—Cambio de planes. Lléveme con el técnico, luego quiero ver el lugar donde se produjo el asesinato.
Aaron sacó su móvil, marcó un número y luego habló en voz baja unos segundos.
—El técnico necesita más tiempo —anunció cuando guardó el teléfono.
—¿Ha encontrado algo?
—No lo da por seguro, pero lo conozco: es mejor darle el tiempo que necesita.
—Muy bien —Soraya asintió, reacia—. Entonces vamos a la escena del asesinato.
—Como desee, mademoiselle.
Ella sonrió.
—Llámeme Soraya. Por favor.
—Sólo si usted me llama Aaron.
—Trato hecho.
—Documentos de identidad, por favor.
Bourne le entregó su pasaporte al soldado armado. El hombre lo miró con mala cara mientras abría el pasaporte. Éste era el segundo control de carreteras con el que se encontraba. Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia llevaban seis meses de intensa actividad, para gran disgusto del presidente del país. Y luego se produjo la invasión de la prisión La Modelo que causó la huida de Roberto Corellos. Molesto, el presidente había empezado a desplegar su poder militar. Bourne estaba seguro de que los federales buscaban ejecutar sumariamente a cualquier rebelde de las FARC que se encontraran.
El soldado le devolvió el pasaporte y, sin decir palabra, le hizo un gesto para que continuara. Bourne puso el coche en marcha y siguió a la caravana de camionetas que tenía delante. Llevaba varias horas de viaje y ahora se encontraba en las alturas de las montañas.
Ibagué estaba en la ruta nacional 40 que conectaba Bogotá con Cali y continuaba hasta la costa del Pacífico. Estaba en una altiplanicie a mil doscientos metros sobre el nivel del mar en las laderas orientales de la cordillera central de los Andes.
La carretera serpenteaba entre curvas peligrosas. Estrechos arcenes caían docenas de metros hacia los bosques de pinos o los restos de gigantescos corrimientos de rocas. De vez en cuando Bourne divisaba grandes zonas calcinadas en los pinares, huella de los rayos caídos. El cielo era enorme, un caleidoscopio de veloces formaciones nubosas y deslumbrante luz solar. La elevación y el sol del hemisferio sur se combinaban para darle a todo una claridad sorprendente, recortada y vívida. En el cielo, las negras cruces de los cóndores giraban y viraban con las altas corrientes termales.
Según Jalal Essai, pronto llegaría a La Línea, el túnel más largo de Latinoamérica. Atravesaba la montaña conocida por Alta de La Línea y su función era suavizar el tráfico de la congestionada carretera repleta de camiones que llevaba al puerto de Buenaventura en el Pacífico. El túnel era tan nuevo que no aparecía en el mapa que Bourne tenía abierto en el asiento del copiloto. Como había advertido Essai, aquí no había cobertura, y su teléfono vía satélite no tenía función GPS.
El tráfico era denso, las caravanas de camiones se movían a idéntica velocidad, siguiendo una larga curva, siguiendo el contorno de la montaña. Y luego, vista desde la cima de la curva, la boca abierta de La Línea, un agujero negro donde desaparecía el serpenteante tráfico para reaparecer en el lado oriental.
Bourne se internó en el túnel, un tubo largo y elegante que atravesaba toda la montaña. Estaba iluminado a cada lado con sartas de luces de argón cuya fría luz azulina rebotaba en los capós de los vehículos que venían de frente.
El tráfico redujo la velocidad, como era normal en los túneles, pero el avance era firme. Pasó el indicador de tres cuartos y empezaba a ver el titilar de la luz del día en la distancia cuando la fila de camiones redujo la velocidad bruscamente. Un mar de brillantes luces de freno de color rubí apareció y el tráfico se detuvo.
¿Había habido un accidente? ¿Era otro control de carretera? Bourne estiró el cuello en su asiento. No había luces destellantes, ninguna señal de los caballetes que los militares utilizaban para bloquear la carretera.
Se bajó del coche. Un momento después vio a un grupo de hombres que estaban abriéndose paso entre los carriles de vehículos y que iban acercándose hacia donde él estaba. Iban armados con subfusiles, pero no llevaban el uniforme del ejército colombiano. Un grupo de insurgentes de las FARC había detenido el tráfico. ¿Por qué?
Vio al líder, un hombre de anchos hombros, barba poblada y ojos de color café que ni siquiera el estridente brillo de las luces de argón podía anular. Un hombre se detenía ante cada vehículo para mostrar a los conductores un fax con una foto mientras los otros comprobaban los asientos traseros y el maletero. Los camiones llevaban más tiempo, ya que los soldados obligaban a los conductores, a menudo a punta de pistola, a abrir la plataforma trasera para poder inspeccionar el contenido.
Bourne se acercó con cautela, pasando ante otros conductores que habían bajado de sus cabinas y charlaban nerviosos unos con otros. De inmediato vio claramente la hoja del fax. Se miró a sí mismo. Los rebeldes lo estaban buscando. No había tiempo para preguntarse por qué. Tras girar sobre sus talones, regresó a su coche y rebuscó en la guantera, donde encontró un destornillador y una llave inglesa, ambos armas útiles.
Empezó a retirarse a pie, se agachó y se deslizó bajo una camioneta, arrastrándose de espaldas. Tres vehículos más atrás, salió por la parte trasera de una camioneta descubierta. Tras agarrarse a las cuerdas de nailon que ataban una lona, se subió a la plataforma trasera. Desde ese punto de observación vio a más soldados de las FARC acercándose por el otro lado. No había salida ni por delante ni por detrás.
Desató una sección de la lona y se metió en la caja de la camioneta. Los sacos de arpillera llevaban el sello de una conocida plantación. Usó el destornillador para desgarrar una esquina. La camioneta transportaba granos de café verde. Tras dejar los artículos que había traído de su coche, salió de debajo de la lona y echó un cauteloso vistazo hacia delante. Los rebeldes de las FARC se acercaban. Casi habían llegado a su coche. Cuando vieran que no había nadie, sabrían que su presa no estaba lejos. Bourne tenía que escapar sin pérdida de tiempo.
Manteniéndose pegado al asfalto de la carretera, se arrastró hasta donde estaba parado un camión descubierto. El conductor estaba apoyado contra el lateral, hablando nervioso con otro hombre, probablemente el conductor de otro vehículo o su relevo. La puerta de la cabina estaba abierta y Bourne se metió dentro. Mientras miraba, el conductor sacó un paquete de cigarrillos, extrajo uno y se lo puso entre los labios. Rebuscó el encendedor en el bolsillo, pero no encontró ninguno. Se dio media vuelta y empezó a dirigirse a la cabina de su camión.
Bourne se quedó inmóvil.
Aaron señaló el lugar del accidente en la calle de Place de L’Iris.
—Ahí es donde monsieur Laurent fue atropellado.
—¿Hay algo sobre el coche?
—No mucho. Los testigos no se ponen de acuerdo respecto a la marca. BMW, Fiat, Citroën.
—Ninguno de esos coches se parece.
—Testigos —se lamentó él—. Pero encontramos restos de pintura negra en el cuerpo de la víctima.
Soraya estaba estudiando la acera.
—Aquí tampoco hay gran cosa.
Aaron se agachó a su lado.
—Los mismos testigos dicen que acababa de bajar de la acera.
—¿Se lanzó al tráfico sin mirar? —Soraya parecía dubitativa.
Él se encogió de hombros.
—Puede que estuviera distraído. Tal vez lo llamó alguien, tal vez se acordó de que tenía que recoger la ropa de la tintorería. —Se encogió de hombros de esa manera totalmente gala—. ¿Quién sabe?
—Alguien lo sabe —observó ella—. La persona que lo mató. —Entonces se le ocurrió algo y se puso rápidamente en pie—. ¿Dónde encontraron su móvil?
Aaron se lo indicó y ella retrocedió varios pasos.
—Ahora, cuando baje de la acera, choque conmigo.
—¿Qué?
—Ya lo ha oído —replicó ella, algo impaciente—. Hágalo.
Soraya sacó su móvil y se lo llevó a la oreja, luego caminó a paso rápido hasta el bordillo y bajó a la calzada, donde Aaron, a la carrera, la golpeó. Su brazo derecho salió despedido en diagonal, y si no hubiera tenido bien agarrado el teléfono habría caído más o menos donde habían encontrado el de Laurent.
Una lenta sonrisa asomó a su rostro.
—Estaba hablando por el móvil cuando lo atropellaron.
—¿Y? La gente habla por el móvil constantemente. —Aaron no parecía demasiado convencido—. Fue una coincidencia.
—Tal vez sí, tal vez no —aventuró Soraya. Se volvió hacia el coche—. Vayamos a ver a su técnico por si ha conseguido sacar algo del teléfono o de la tarjeta SIM.
Cuando ya regresaban al coche de Aaron, ella se detuvo y se dio media vuelta. Contempló el edificio que había directamente al otro lado de la acera donde había tenido lugar el atropello. Alzó la mirada por la brillante fachada de cristal verde y acero inoxidable.
—¿Qué edificio es éste? —preguntó.
Aaron entornó los ojos para protegerse de la plomiza luz del mediodía.
—Es el edificio del banco Île de France. ¿Por qué?
—Es posible que Laurent viniera de ahí.
—No veo por qué —contestó él, comprobando sus notas—. La víctima trabajaba para el Club Monition.
Otro hecho que Soraya no sabía sobre su posible informador.
—Es una sociedad arqueológica con oficinas aquí, en Washington, El Cairo y Riad.
—¿Cuando dice aquí se refiere a La Défense?
—No. El Octavo Distrito, en el número cinco de la Rue Vernet.
—Entonces, ¿qué demonios estaba haciendo aquí? ¿Solicitar un préstamo?
—El Club Monition es bastante acaudalado —comentó Aaron, consultando sus notas—. En cualquier caso, comprobé con Île de France. No tenía ninguna cita con nadie del banco, no era cliente y nunca habían oído hablar de él.
—Entonces, ¿por qué estaba aquí una mañana de trabajo?
Aaron se encogió de hombros.
—Mis hombres siguen intentando averiguarlo.
—Tal vez tuviera un amigo aquí. ¿Ha hablado con sus colegas del Club Monition?
—Nadie sabe mucho de él. Al parecer era un hombre reservado. Informaba directamente a su superior, así que nadie pudo decirme qué estaba haciendo en La Défense. El superior de Laurent está fuera de la ciudad hasta esta noche. Tengo una cita para entrevistarme con él mañana por la mañana.
Soraya se volvió hacia él.
—Ha sido muy concienzudo.
—Gracias.
El inspector no pudo ocultar su sonrisa.
Soraya se dirigió al coche, pero antes de entrar, echó un último vistazo al edificio del Île de France. Había algo en él que la atraía y la repelía al mismo tiempo.
El conductor del camión llamó a su amigo, y el hombre se volvió y regresó al ver que el otro agitaba una cajetilla de fósforos de madera. El conductor de la camioneta descubierta se inclinó hacia delante mientras el otro encendía la cerilla y acercaba la llama al extremo de su cigarrillo. Se echó hacia atrás mientras inspiraba profundamente el humo. El conductor de la camioneta miró nervioso por encima del hombro, midiendo el avance de las FARC.
Bourne buscó rápidamente en el asiento y la guantera. Nada. Entonces en el hueco de la puerta de pasajeros vio un encendedor barato de plástico. Debía de haberse caído del bolsillo del conductor al bajar. Lo cogió. Se escabulló de la cabina y continuó caminando hacia delante hasta que encontró un grupo de conductores.
—¿Sabe usted lo que está pasando, amigo? —preguntó uno de ellos.
—Guerrilleros de las FARC —replicó Bourne, cosa que los puso aún más nerviosos.
—¡Ay de mí! —exclamó otro.
—Escúchenme —dijo Bourne—. ¿Tiene alguien un bidón de gasolina? Me he quedado seco. Si los rebeldes me ordenan moverme y no puedo, me matarán.
Los hombres asintieron con sombría comprensión, y uno de ellos se marchó rápidamente. Un momento después regresó y le dio el bidón.
Bourne le dio profusamente las gracias y se marchó. Cuando estuvo seguro de que no lo miraba nadie, se subió a la lona del camión de café y desapareció debajo.
Una vez dentro, usó el destornillador para agujerear el bidón por la parte de abajo, de modo que la gasolina se derramara lentamente sobre un par de sacos. Entonces le prendió fuego. El resultado fue una llamarada seguida de una nube de denso humo tan punzante que resultaba asfixiante. Conteniendo la respiración, salió de allí antes de que se derramara más combustible y la conflagración se extendiera. Los ojos le lagrimeaban ya. El humo salió por el agujero de la lona. Bourne salió de la camioneta justo cuando la lona empezaba a arder. Las llamas saltaron, y el humo se intensificó cuando el resto de los sacos de arpillera comenzaron a arder. El humo llegó rápidamente al techo abovedado del túnel y, tras rebullirse, se extendió en horizontal.
Hicieron falta sólo unos instantes para que la visibilidad de esa parte del túnel disminuyera de forma notable. La gente empezó a toser y a resollar, con los ojos tan llorosos que apenas podían ver. Los soldados de delante comenzaron a gritar. Entonces la voz de bajo del comandante resonó, ordenando a sus hombres que se retiraran. Pero el humo era demasiado denso, y los soldados se retorcían, jadeando.
Bourne echó a correr entre el caos, empujando por igual a soldados y conductores. En la mano derecha empuñaba la llave inglesa. Un rebelde de las FARC apareció entre el humo, bloqueándole bruscamente el paso con su cuerpo y su subfusil. Bourne lo golpeó en la cara con la llave inglesa, le dio una patada en la entrepierna y, mientras el rebelde se doblaba, pasó de largo. Otro soldado se le echó encima casi inmediatamente. Bourne podía ver al comandante, así que no tenía tiempo que perder. Le encajó dos puñetazos y le clavó el destornillador entre las costillas; el rebelde se desplomó.
Se acercó entonces al comandante desde un carril diferente. Tras deslizarse por el capó de un vehículo, agarró al hombre, lo desarmó, y tras sacudirlo con fuerza, lo condujo, trastabillando, hacia la luz del fondo del túnel.
El comandante jadeaba. Sus ojos enrojecidos continuaban llorando, y las lágrimas le caían por sus mejillas picadas de viruela. Caminaba a ciegas. Era muy fuerte. Hizo falta un golpe con el canto de la mano en la garganta para someterlo.
Bourne continuó avanzando lo más rápido que pudo, ignorando las maldiciones ahogadas del comandante. Había superado el perímetro de los rebeldes que avanzaban. Por delante pudo distinguir la irregular barricada de los vehículos de las FARC: cuatro jeeps y una camioneta que usaban para las provisiones, las armas y el transporte de municiones. Dos conductores, que habían estado fumando, habían echado mano a sus pistolas y apuntaban con ellas a Bourne. Entonces vieron a su comandante, con su propia Makarov apuntándole a la sien.
—¡Bajen las armas! —gritó Bourne mientras empujaba a su rehén hacia delante.
Como vacilaron, apretó el cañón contra la zona blanda tras la oreja derecha del comandante. Manó sangre y el hombre gritó. Los rebeldes dejaron las pistolas sobre el capó de la camioneta.
—¡Ahora aléjense de los jeeps!
—¡Hagan lo que dice! —les gritó su jefe entre un fuerte arrebato de tos.
Los hombres se apartaron de los vehículos. Bourne empujó al comandante hacia uno de ellos y subió. Un rebelde intentó alcanzar su pistola y Bourne le pegó un tiro en el hombro. Mientras el tipo caía al suelo, le dijo a otro:
—¿Tu turno?
El otro rebelde levantó las manos y no se movió.
—¡Si nos siguen, lo mato! —gritó Bourne a los hombres mientras arrancaba el vehículo.
Pisó el acelerador y se alejaron del túnel lleno de humo.