3
Corellos se estaba poniendo nervioso. Bourne pudo sentir que el capo de la droga se tensaba esperando el instante en que pudiera pillarlo desprevenido.
—Éste es el momento —manifestó Bourne—. No habrá otro.
Jalal Essai asintió, pero él pudo ver el ardiente odio de sus ojos. Años atrás, tuvo que introducirse en su casa para recuperar un portátil. Para un hombre como Essai, no había mayor transgresión que la invasión de su hogar, donde su familia comía y dormía. Ése era el dilema esencial: no podía perdonarlo, y sin embargo se veía obligado a hacer a un lado su amarga enemistad para poder conseguir lo que quería ahora. Bourne odiaba estar en esta maldita situación.
Los hombres de Corellos bajaron sus armas.
—¿Ya sabe lo que está haciendo? —La voz de Corellos era tensa como la cuerda de un violín.
—Estoy haciendo lo que hay que hacer —dijo Essai.
—No puede fiarse de este hijo de perra. Lo enviaron a matarme.
—La situación ha cambiado. Ahora el señor Bourne comprende que matarle será contraproducente. —Ladeó la cabeza, inquisitivo—. ¿Tengo razón, señor Bourne?
Bourne soltó a Roberto Corellos, que se apartó dando un traspiés y luego se detuvo ante la severa mirada de Essai, temblando de emoción mal contenida. Sangraba por una de las fosas nasales. Tras acercarse a uno de sus hombres, el capo alzó un brazo y se limpió la nariz en la manga de su camisa. El hombre cometió el error de mirar la nariz de su jefe, y éste le arrancó el AK-50 de las manos y lo golpeó con la culata haciéndolo caer de rodillas.
Bourne estaba ocupado dilucidando cuál era la relación entre los dos hombres. Antes de este encuentro nunca habría creído que Corellos fuera a recibir órdenes de nadie. El control de sus dominios era absoluto: nadie se atrevía a desafiarlo, incluyendo el nuevo orden en alza: las mafias rusas, albanas y chinas. Su clara sumisión a Jalal Essai era a la vez sorprendente e intrigante. Ha entrado en un mundo nuevo y más grande, pensó Bourne. Essai lo ha atraído a la esfera de Domna. Y entonces pensó: ¿Qué premio le habrá prometido Essai? Y la pregunta más importante de todas: ¿Qué pretende Essai?
Dejarse capturar había dado sus frutos. Había creído que Corellos había enviado a sus hombres, pero la sorprendente aparición de Essai lo había llevado a otro mundo, donde su interés aumentaba.
El árabe extendió las manos en un gesto de amistad.
—Hay sillas bajo aquel árbol. Sentémonos, compartamos el pan, bebamos té, y charlemos.
—Coged vuestras puñeteras armas, maricones —gruñó Corellos, mirando a sus hombres uno a uno. Y entonces, ladeando la cabeza, añadió—: Trae tequila, en buena cantidad —le gritó a uno de sus hombres, una bofetada directa a Essai, quien, como musulmán, no podía beber alcohol.
Mientras se sentaban, Essai sonrió para sus adentros, en sus ojos se veían las ascuas de un fuego dormido, como si ya hubiera diseñado un castigo adecuado para la falta de respeto de Corellos. No ahora, ni mañana ni el día después. La paciencia era una de las siete columnas no oficiales del islam, mientras que el capo de la droga era apasionado, dado a súbitas erupciones de violencia. De hecho, Bourne sabía que su comentario era un intento de recuperar parte de la fachada que había perdido delante de sus hombres, pero eso no mitigaba la ofensa a ojos de Essai. Bourne observó que esos dos hombres podían ser socios, pero desde luego no se apreciaban mutuamente, una situación que podía resultar útil en el futuro.
Essai observó a Bourne, ignorando por completo a Corellos mientras el capo de la droga, inclinado, se echaba al coleto una botella entera de tequila. Resoplando sangre y alcohol, bebió a tragos largos y ansiosos, con los ojos ardiendo de furia. Essai había colocado su silla de modo que encaraba a Bourne. Así quedaba claro que Corellos era sólo un observador de la conversación, no un participante.
—Severus Domna lo tiene en su punto de mira —empezó a decir Essai.
—Ya intentaron matarme en Tailandia —respondió Bourne—. Así que ahora es al revés.
Les trajeron cuencos de terracota con pozole, junto con cucharas de madera. Corellos escupió en el suyo y, de un revés, lo arrojó al suelo. Volvió a su tequila, la botella brillaba como una mancha de leopardo al sol cuando la alzó.
El árabe asintió.
—Posiblemente. Sin embargo, los ha herido usted gravemente, y créame cuando le digo que no pararán hasta que esté muerto.
—El sentimiento es mutuo.
Essai lo miró con sus ojos insondables.
—Ya veo que lo dice en serio. —Suspiró, soltó su cuenco, y entrelazó los dedos sobre su regazo.
Bourne trató de discernir si se mostraba resignado o satisfecho. Posiblemente ambas cosas.
—Sé que desconfía de mí. —Se encogió de hombros—. Con toda franqueza, sentiría lo mismo si estuviera en su pellejo.
Se inclinó hacia delante y descansó los codos sobre las rodillas y a continuación prosiguió:
—Pero le diré algo: desbarató los planes de Domna. Los planes de la organización eran valerse del oro de Salomón para crear un nuevo patrón oro y de esa forma debilitar al dólar americano. Ahora, por supuesto, por culpa suya todo se fue al diablo. Con la consecuente pérdida irremediable de tiempo y dinero incalculables. —Aplaudió—. ¡Bien hecho!
Por lo que Bourne podía colegir, hasta el momento, no había el menor indicio de sarcasmo en su voz.
Bruscamente, la expresión de Essai se ensombreció.
—Ojalá esto fuera el final, pero desgraciadamente para ambos, es sólo el principio.
—Supongo que el plan B tendrá las mismas feas consecuencias.
—Posiblemente, o peores. —Se encogió de hombros.
Se produjo un silencio embarazoso. Por fin, Bourne dijo:
—Me está diciendo que no sabe cuál es el plan B.
—Aparte de que extenderá el dominio de Domna a Estados Unidos, no. —Aplastó un mosquito contra su frente y se limpió la mancha de sangre resultante—. Puedo ver la decepción en su rostro.
—«Decepción» se queda corto. No puedo imaginar por qué quería hablar conmigo.
Mientras empezaba a levantarse, Essai replicó:
—Severus Domna ha dado la orden de eliminarle.
—No es la primera vez, y no será la última —comentó Bourne, sin dejarse impresionar—. Sobreviviré.
—No, no lo entiende. —Ahora Essai se levantó también—. En el mundo de Domna, una orden así no se toma nunca a la ligera. No se vende al mejor postor. Es sagrada.
Bourne lo miró a los ojos.
—¿Y eso qué significa?
—Significa que el golpe letal se producirá en cualquier momento, y en un lugar que incluso a usted le parecerá sorprendente. —Alzó un dedo—. Y lo dará alguien…
—¿Sí?
Essai tomó aliento.
—El hecho es que lo necesito, señor Bourne.
Éste consiguió a duras penas no reírse en su cara. Sin embargo, sacudió la cabeza.
—Lo sé, es difícil de entender…, también lo es para mí, créame. —Dio un paso hacia Bourne—. Pero lo que dicen es verdad: la realidad hace extraños compañeros de cama y, sinceramente, no puedo imaginarme a unos compañeros de cama más extraños que nosotros dos. —Se encogió de hombros—. Sin embargo…
Bourne esperó. No iba a hacerle ningún favor; no iba a mantener en marcha esta extraña conversación. Pero el hecho era que no le desagradaba Essai, y no le había gustado la misión original de irrumpir en su casa. No podía achacar esta transgresión mortal a Alex Conklin, aunque la orden se originara en su antiguo jefe. Conklin no sabía qué consecuencias traería la misión de Bourne, o no le importaba. Pero él sí (era consciente de cómo reaccionaría un musulmán a la invasión de su hogar), y sin embargo había obedecido las órdenes. El hecho era que estaba en deuda con Essai. Era esa deuda lo que lo retenía aquí ahora.
—¿Cuánto tiempo lleva recelando de Domna? —Era una cuestión crucial.
—Muchos años —replicó Essai sin vacilación—. Pero fue sólo el año pasado cuando decidí romper con ellos abiertamente.
—¿Qué iba a hacer con la información del portátil que robé en su casa hace años?
—Planeaba utilizarla para escapar —contestó—. Pero usted me obligó a cambiar de idea.
Los rodeó un silencio tan sofocante que pareció hacer callar incluso a los insectos y los insistentes pájaros cantores.
Essai alzó las manos.
—Y aquí estamos, en medio de esta jungla perdida, comidos vivos por mosquitos y moscas de cabezas verdes.
Se apartó de Corellos, borracho ya, que agarraba la botella de tequila casi vacía como si fuera una puta de diez dólares. Bourne lo siguió hacia el tupido bosque. Un par de hombres del capo de la droga los miraron con desprecio mal disimulado, luego, aburridos, escupieron y fueron a servirse cervezas de una nevera.
—Estos colombianos... —comentó Essai con aquel tono conspirador que podía conectar y desconectar con un abrir y cerrar de ojos. Fue todo lo que dijo, como si esas dos palabras hablaran por sí solas, y lo hacían. Bourne era consciente de que consideraba que él era mejor que ellos, y tal vez tenía razón. Desde luego era más educado, más consciente del mundo exterior, pero tal vez ése era el fallo. Esos colombianos, incluso los más ignorantes de todos ellos, poseían una concentración de energía que, como un ciclón, podía causar devastación a su paso en un segundo. La muerte no tenía en cuenta la educación ni la autoconsciencia: era la gran igualadora.
Había algo crucial que Bourne necesitaba saber.
—Tenía la impresión de que cuando alguien pertenecía a Severus Domna era de por vida. ¿Qué le llevó a romper con ellos?
—En un momento dado Domna representaba algo auténtico: un encuentro de las mentes de Oriente y Occidente. Era una empresa noble, un plan atrevido, pero fue como intentar mezclar aceite y agua. De manera gradual, tan sutilmente que casi nadie fue consciente, Domna cambió. —Essai se encogió de hombros—. Tal vez fue el ascenso de Benjamin El-Arian, aunque por mucho que desprecie a ese hombre, eso sería simplificar el proceso. El-Arian fue y es el guía, sin duda, pero la enfermedad que infecta a Domna está extendida. Ha llegado demasiado lejos para detenerla.
—¿De qué enfermedad estamos hablando?
Essai se volvió hacia él.
—Tengo un poco de información sobre usted, señor Bourne, así que sé que está familiarizado con la Legión Negra.
Hablaba del grupo de musulmanes desafectos que los nazis trajeron de la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial. Los musulmanes, que odiaban profundamente a Stalin, fueron entrenados por las SS, formados en unidades, y enviados al Frente Oriental, donde lucharon con una ferocidad poco común contra las tropas de su antigua patria. La Legión Negra tenía varios amigos poderosos dentro de la jerarquía nazi. Durante los últimos días de la guerra, sus soldados fueron retirados del Frente Oriental y enviados a lugares seguros, donde los aliados no pudieran tocarlos. Así, fueron esparcidos, pero nunca olvidados. Décadas más tarde, volvieron a reunirse en torno a una mezquita de Múnich, considerada ahora por unanimidad como uno de los epicentros del terrorismo fundamentalista islámico.
—He tratado con la Legión Negra —reconoció Bourne—. Pero han permanecido callados desde hace más de dos años: no han hecho ningún comunicado, no se han atribuido ningún atentado. Es como si se hubieran borrado de la faz de la tierra.
—Alá así lo quiere —dijo Essai—. Lo sé de corazón. —Se secó la frente con el dorso de la mano. Estaba acostumbrado al calor extremo, pero la humedad le estaba dejando la ropa hecha una pena—. En cualquier caso, la Legión Negra, después de sufrir diversas derrotas (y al menos una de ellas, según tengo entendido, por su mano y voluntad), ha vuelto su atención… digamos que hacia dentro.
Miró alrededor, como si calibrara y analizara la posición de Corellos y de cada uno de sus hombres.
—Durante décadas, las altas esferas de la Mezquita de Múnich han puesto sus ojos en Domna Severus. Vieron sus objetivos como una amenaza directa porque, como usted bien sabe, la Mezquita no desea otra cosa sino el dominio del mundo occidental por parte del islam, así que ha estado detrás de la continua llegada de musulmanes a Europa occidental y los ha incitado para que exijan más derechos y más poder e influencia en los gobiernos locales.
»Antaño, la Mezquita tenía dos o tres de sus miembros en Domna. Ahora su presencia es mayoritaria, entre ellos se cuenta Benjamin El-Arian. Severus Domna, con más alcance global ahora del que ni siquiera posee la Mezquita, son la mayor amenaza para la paz mundial que hayamos visto jamás.
Bourne sopesó la información antes de contestar.
—Es usted un hombre de familia, Essai. Está jugando a un juego demasiado peligroso.
—Usted sabe mejor que nadie cuán peligroso es. —Una lenta sonrisa se extendió por el rostro de Essai—. Pero la suerte está echada y la decisión tomada. No podré vivir conmigo mismo si me quedo cruzado de brazos y no hago nada para detener a Domna. —Sus ojos ardieron como fuego negro—. Severus Domna debe ser eliminada, señor Bourne. No hay otra alternativa para mí, para usted…, para su país.
Bourne podía ver el odio en los ojos de Essai, además de oírlo en su voz. Era un hombre de rígidos principios, espíritu indomable, fiero en la acción, astuto de pensamiento. Por primera vez, sintió respeto por él. Y, de nuevo, pensó en cómo había violentado su hogar, principalmente porque estaba seguro de que Essai no se lo perdonaría nunca.
—Mi impresión es que no tenemos mucho tiempo para averiguar cuál es el nuevo plan de Domna —manifestó Essai.
Se produjo otro silencio entre ellos y sólo quedó el rumor de los insectos, el croar de las ranas de zarzal, el correoso sonido de los murciélagos en las copas de los árboles.
Essai se levantó y se alejó un poco del campamento. Un momento más tarde, Bourne lo imitó.
Su enemigo contempló los árboles.
—Tengo cuatro hijos —anunció después de un largo rato—. Tres ahora, en realidad. Mi hija está muerta.
—Lo siento.
—Fue hace años, casi en otra vida. —Se mordió los labios, como si no supiera si continuar o no—. Era una muchacha testaruda… y, como puede imaginar, no es la mejor de las tendencias en una casa musulmana. De niña pude controlarla, pero llegó un momento en que se rebeló. Se escapó tres veces. Las dos primeras pude traerla de vuelta: sólo tenía catorce años. Pero luego, cuatro años más tarde, se escapó con un chico iraní. ¿Se lo imagina?
—Me imagino que podría haber sido peor —replicó Bourne.
—No, no pudo ser peor. —Essai empezó a pelar la corteza de un árbol, hundiendo en ella sus largas uñas curvadas como cimitarras—. El chico estaba comprometido para casarse y, estúpidamente, se la llevó con él a Irán. No me pregunte por qué: hasta hoy en día no tengo ni idea.
—Tal vez la amaba de verdad.
Essai sacudió la cabeza.
—Las cosas que hacen los humanos…
Su voz se apagó durante un momento, pero sus uñas no dejaron de arañar el árbol. Entonces inspiró profundamente y cuando dejó escapar el aire las palabras salieron como el agua que desborda una presa.
—Sucedió lo inevitable, naturalmente. Apartaron a mi hija de su lado y la encarcelaron. Iban a lapidarla hasta morir, ¿puede imaginárselo? ¡Esos bárbaros iraníes!
Se refería a los suníes, naturalmente, porque aunque los iraníes no eran árabes como él, eran musulmanes de todas formas. Suníes, en vez de chiíes como él. La enemistad que acompañaba al cisma entre las dos principales corrientes del islam era tan venenosa como irreparable.
—Son unos jodidos animales.
Era la primera vez que utilizaba una expresión malsonante, y Bourne pudo ver cuánto le costó hacerlo, pero su vehemencia le dictaba que tenía que expulsar la maldición de su sistema, como si fuera una infección.
—Así que fui allí, yo mismo, en persona. La saqué de la cárcel, la saqué de Teherán, la saqué de Irán. Pero cuando volvía con ella a casa, en un barco que cruzaba el Mediterráneo, Domna hizo su aparición.
Volvió de pronto sus ojos hacia Bourne.
—Seis hombres. ¡Seis! Fue el número que consideraron necesario. Domna me había advertido que no fuera a Irán, que no interfiriera, que era necesaria la paz para seguir dentro del Alto Consejo. Para eso, decían, era necesario que suníes y chiíes respetaran sus tradiciones mutuas. De otro modo, dijeron, estallaría una guerra sectaria dentro de Domna y no seríamos mejores que aquellos a quienes pretendíamos controlar. «Pero es mi hija», les dije, «carne de mi carne». Dudo que me oyeran, y si lo hicieron, no les importó. «Te recordamos que nada es más importante que el dominio», me dijeron.
Hundió la cabeza. Había corteza de árbol entre sus uñas, y suciedad. Una hormiga se arrastraba por uno de sus dedos, deambulando perdida.
—Fue la última vez que vi a mi hija. No hice nada porque… porque entonces yo pertenecía a Domna y no se podía hacer nada contra su voluntad colectiva. Es cierto que había perdido un montón de sangre y estaba herido. —Alzó la mano derecha para que Bourne pudiera ver el feo nudo blanco, la cicatriz en el centro de su palma—. No me quedaban fuerzas, me dije, yo era leal. Pero cuando volví a casa y vi la expresión del rostro de mi esposa, las mentiras que me dije a mí mismo se evaporaron como bruma a la luz del sol. —Sus ojos buscaron los de Bourne—. Todo cambió, ¿comprende?
—Cruzó usted el Rubicón.
Essai dejó calar aquello, luego asintió.
—Volví a casa siendo un hombre diferente, un hombre de guerra, un hombre de corazón negro. Mis colegas, aquellos a los que había considerado mis amigos, me habían traicionado. Se habían escabullido cuando no les prestaba atención. Ya no pertenecían a Domna…, al menos a la que yo admiré una vez. Ésta era una nueva Domna, esclava de la Mezquita y su horrible Legión Negra.
»Ahora sólo puedo pensar en la venganza. La información del portátil que robó usted iba a ser esa venganza. Iba a robar el oro ante las narices de Domna, pero eso ya no es posible.
Bourne estaba a punto de responder cuando Essai se adelantó a sus palabras.
—Pero Alá es grande, Alá es bueno porque en el momento adecuado ha reaparecido usted, el instrumento de mi venganza.
Otro silencio. Las criaturas nocturnas chirriaron y Corellos, con los ojos cerrados, la barbilla sobre el pecho, empezó a roncar como un cerdo.
Essai soltó una risa seca, luego se aclaró la garganta.
—Necesito su experiencia, señor Bourne. Usted es la única persona en quien puedo confiar para que averigüe cuál es el nuevo plan de Domna y, juntos, podamos detenerlo.
—Trabajo solo.
—Extraño, ¿verdad? —No había escuchado a Bourne o, si lo había hecho, lo ignoró.
—Usar la palabra «confiar».
—Los dos somos hombres de palabra, ¿no?
Bourne asintió.
Las comisuras de los ojos de Essai se arrugaron.
—Entonces esto es lo que propongo…
—Sé lo que quiere que haga —declaró Bourne.
—Es sólo lo que planeaba hacer usted mismo. Pero ahora tiene mi ayuda.
—No quiero su ayuda.
—Con el debido respeto, señor Bourne, en este caso la querrá. Domna es grande y poderosa, sus tentáculos se extienden por todos los rincones del globo. —Lo señaló con el índice—. Cree que estoy exagerando, pero le aseguro que se equivoca.
—Voy a hacer lo que tengo que hacer.
Essai asintió, casi ansioso.
—Comprendido. A cambio, le propongo decirle a quién ha enviado Domna para que lo mate.
Bourne se encogió de hombros.
—Lo descubriré a su debido tiempo. Conozco todas las salidas, todos los jugadores.
—No conoce a éste. Como le decía, Domna se ha embarcado en una misión sagrada. Sin mi ayuda, puede acabar destruido.
—Y supongo que planea retener esa información hasta que yo le entregue la información que quiere sobre Domna.
—Nada de eso, señor Bourne. ¡Quiero que viva! Además, le he dicho que ambos somos hombres de palabra. Voy a decírselo ahora mismo. —Dio un paso para acercarse y bajó la voz—. A menos que usted lo impida, su amigo Boris Karpov lo matará.