2
En un hotel al borde de la jungla colombiana, Jason Bourne despertó en la oscuridad, pero no abrió los ojos. Permaneció tendido en el fino y disparejo colchón durante un momento, todavía envuelto en la extraña telaraña de su sueño. Estaba en una casa con muchas habitaciones, con pasillos que parecían extenderse hasta lugares donde estaba ciego. Como su pasado. La casa estaba ardiendo, llena de humo. Él no era el único que estaba allí. Había alguien más que se movía con el sigilo de un zorro, alguien que lo estaba buscando, alguien que, con intenciones asesinas, estaba muy cerca, aunque el denso y asfixiante humo lo ocultaba completamente a la vista.
No podía decir en qué momento concreto el sueño se convirtió en la realidad. Olía a humo: eso era lo que le había despertado. Al levantarse de la cama, el humo lo envolvió, y una vez más el sueño volvió a su mente. Se dirigió a la puerta y se detuvo.
Alguien lo estaba esperando al otro lado. Alguien armado. Alguien con intenciones asesinas.
Bourne retrocedió, agarró una silla de madera chamuscada, de aspecto frágil como leña. Abrió la puerta y arrojó la silla. Incluso al oír los disparos de respuesta, se lanzó a través del umbral.
Golpeó la muñeca del hombre con tal fuerza que un hueso chasqueó. El arma quedó colgando de los dedos sin nervios, pero el pistolero no estaba acabado todavía. Su patada alcanzó a Bourne en el costado, lanzándolo contra la pared opuesta. El pistolero, tras conseguir espacio, se movió a través del humo como un espectro, blandió la culata del arma, sujeta ahora con la otra mano, y le golpeó en la sien.
Bourne cayó y permaneció en el suelo. El humo se volvía más denso, y podía sentir el calor a medida que las llamas se iban acercando. En el suelo, el aire era más claro, le daba una ventaja que su oponente aún no había advertido. Le lanzó una patada a Bourne, que agarró el zapato en el aire y lo torció con tal fuerza que el tobillo chasqueó. El pistolero gritó de dolor, y entonces él, de rodillas, le golpeó con fuerza en los riñones, y cuando el tipo empezó a desplomarse le agarró de la nuca y le dio un rodillazo en la barbilla.
El humo envolvía el pasillo. Las llamas habían llegado a lo alto de las escaleras y amenazaban con convertir la primera planta en un infierno. Tras recoger la pistola del hombre, Bourne volvió a su habitación. Mientras la cruzaba corriendo, se protegió la cara con los brazos y, de un salto, atravesó el cristal y la madera de la ventana.
Le estaban esperando al otro lado. Eran tres y se lanzaron hacia él mientras aterrizaba desde la ventana del primer piso en medio de una lluvia de cristales rotos. Alcanzó a uno; con un brillante guiño de sangre el cañón de su arma trazó una línea en la mejilla del hombre. Enterró el puño en el vientre del segundo tipo, que se dobló. Entonces el cañón de un arma se apretó contra su nuca.
Bourne levantó las manos y el de la mejilla ensangrentada le arrancó la pistola de la mano y luego le dio un puñetazo en la mandíbula.
—¡Basta! —ordenó en español el hombre que Bourne tenía detrás—. No hay que lastimarlo.
Bourne calculó que podía eliminar a los tres, pero siguió sin moverse. Esta gente no había ido a matarlo. Habían iniciado el incendio. El que acechaba ante su puerta podría haberla derribado de una patada e intentado dispararle, pero no lo había hecho. El fuego era para hacerlo salir, igual que los disparos en el pasillo. No esperaban que se enfrentara al pistolero.
Sospechaba quién había enviado a esos hombres, así que permitió que le ataran las manos a la espalda y le cubrieran la cabeza con un saco de arpillera. Lo metieron en un vehículo sofocante y apretado que apestaba a gasolina, sudor y aceite. Se internaron en la jungla, pero la falta de sacudidas le indicó que estaba en una especie de desvencijado vehículo militar. Bourne memorizó los giros, contando para sus adentros para tener una aproximación de la distancia que recorrían. Mientras tanto, usó el afilado trozo de metal que tenía a la espalda para empezar a cortar el cable de plástico que sujetaba sus muñecas.
Después de unos veinte minutos, el vehículo se detuvo. Durante un rato no sucedió nada, excepto algún brusco y a veces vitriólico intercambio de palabras en español. Trató de entender lo que decían, pero el grueso saco y la peculiar acústica del interior del vehículo hizo que fuera virtualmente imposible. Lo llevaron a empujones al frescor de la sombra. Moscas y mosquitos zumbaban, una hoja caída rozó contra el dorso de su mano mientras lo empujaban. El acre hedor de una letrina, luego los olores de aceite lubricante, cordita, y sudor agrio. Lo hicieron sentarse en lo que parecía ser la áspera lona de un taburete plegable y allí permaneció durante otra media hora, escuchando. Podía oír movimiento, pero nadie hablaba, un signo de férrea disciplina.
Entonces, bruscamente, le retiraron el saco de arpillera y Bourne parpadeó ante la luz penumbrosa del bosque. Al mirar alrededor, se encontró en un campamento improvisado. Contó trece hombres… y eso sólo en su campo de visión.
Un hombre se acercó, flanqueado por otros dos de uniforme, armados hasta los dientes con semiautomáticas, pistolas y cinturones de munición. Bourne reconoció a Roberto Corellos por la detallada descripción que le había hecho Moira. Era guapo de un modo áspero y musculoso. Y sus ojos oscuros y chispeantes y su intensa presencia masculina le concedían cierto carisma que sin duda calaba entre estos hombres.
—Bien… —Sacó un puro del bolsillo de su bonita guayabera bordada, mordió el extremo, y lo encendió, usando un pesado encendedor Zippo—. Aquí estamos, cazador y presa. —Exhaló una nube de aromático humo—. Pero me pregunto cuál es cuál.
Bourne lo estudió con mucho cuidado.
—Curioso —comentó—, no parece un convicto.
Una mueca dividió el rostro de Corellos e hizo un amplio gesto con las manos.
—Eso, amigo mío, es porque mis amigos de las FARC tuvieron el detalle de sacarme de La Modelo.
Bourne sabía que las FARC eran las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, la guerrilla de extrema izquierda.
—Interesante —dijo—. Es usted uno de los capos de la droga más poderosos de Latinoamérica.
—¡Del mundo! —corrigió Corellos, alzando su puro.
Bourne sacudió la cabeza.
—Guerrilleros de izquierdas y capitalistas de derechas, no lo pillo.
Corellos se encogió de hombros.
—¿Qué hay que entender? Las FARC odian al gobierno, y yo también. Tenemos un trato. De vez en cuando nos hacemos favores mutuos y, como resultado, los cabrones del gobierno sufren. Por lo demás, cada quien se dedica a lo suyo. —Exhaló otra fragante nube—. Son negocios, no ideología. Yo gano dinero. Me importa un carajo la ideología.
»Y ahora, a los negocios. —Corellos se inclinó, las manos en las rodillas, la cara a nivel de la de Bourne—. ¿Quién le ha enviado a matarme, señor? ¿Cuál de mis enemigos, eh?
Este hombre era un peligro para Moira y para su amiga Berengaria. En Phuket, Moira le había pedido que buscara a Corellos y tratara con él. Nunca le había pedido nada antes, así que sabía que debía ser enormemente importante, posiblemente una cuestión de vida o muerte.
—¿Cómo averiguó que me enviaron a matarlo? —preguntó Bourne.
—Esto es Colombia, amigo mío. Aquí no pasa nada sin que yo lo sepa.
Pero había otro motivo por el que no había vacilado. Su épico encuentro con Leonid Arkadin le había enseñado algo sobre sí mismo. No era feliz en los espacios intermedios, en los oscuros, solitarios momentos sin acción en que el mundo se detenía y todo lo que él, un marginal, podía hacer era observarlo y no sentir nada al ver los matrimonios, las graduaciones, los funerales. Vivía para los períodos en los que saltaba a la acción, cuando su mente y su cuerpo se comprometían totalmente y corrían por el borde del precipicio entre la vida y la muerte.
—¿Bien? —Corellos estaba a escasos centímetros de él—. ¿Qué tiene que decirme?
Bourne le propinó un cabezazo en la nariz. Oyó el crujido del cartílago del tabique nasal mientras se soltaba las manos de las ataduras de plástico que había serrado subrepticiamente. Sujetó a Corellos, le hizo dar la vuelta delante de él y le atenazó la garganta con el brazo.
Los cañones de las armas se volvieron hacia él, pero nadie se movió. Entonces otro hombre entró en escena.
—Eso es una mala idea —le espetó a Bourne.
Éste tensó su tenaza.
—Desde luego lo es para el señor Corellos.
El hombre era grande, fornido, de piel de color de almendra y ojos sombríos, oscuros como el interior de un pozo. Tenía una gran melena de pelo oscuro, casi con tirabuzones, y una barba tan larga, gruesa y rizada como la de un antiguo persa. Emitía una energía que afectaba incluso a Bourne. Aunque ahora era mucho más viejo, lo reconoció por la foto que le habían mostrado de él hacía muchos años.
—Jalal Essai —replicó Bourne—. Me pregunto qué está haciendo en compañía de este capo de la droga. ¿Severus Domna se dedica ahora a traficar con cocaína y heroína?
—Tenemos que hablar, usted y yo.
—Dudo que eso vaya a pasar.
—Señor Bourne —dijo Essai, lenta y cuidadosamente—. Yo asesiné a Frederick Willard.
—¿Por qué me cuenta eso?
—¿Era usted aliado del señor Willard? No, creo que no. No después de que invirtiera tanto tiempo y energías enfrentándolo a usted contra Leonid Arkadin. —Agitó una mano—. Pero en cualquier caso, maté a Willard por un motivo concreto: había hecho un trato con Benjamin El-Arian, el jefe de Domna.
—Eso es difícil de creer.
—Sin embargo, es la verdad. Verá, Willard quería el oro de Salomón tanto como lo quería su antiguo jefe de Treadstone, Alexander Conklin. Vendió su alma a El-Arian para conseguir tajada.
Bourne negó con la cabeza.
—¿Y eso lo dice un miembro de Domna?
Una lenta sonrisa se extendió por el rostro de Essai.
—Lo era cuando Conklin lo envió a invadir mi casa —precisó—. Pero eso fue hace mucho tiempo.
—Ahora…
—Ahora Benjamin El-Arian y Domna son mis enemigos jurados. —Su sonrisa se volvió cómplice—. Así que ya ve, tenemos mucho de lo que hablar después de todo.
—La amistad —declaró Ivan Volkin mientras cogía dos vasos de agua y los llenaba de vodka—. La amistad está sobrevalorada.
Le tendió un vaso a Boris Karpov y cogió el otro, alzándolo para hacer un brindis.
—A menos que sea entre rusos. La amistad no se toma a la ligera. Sólo nosotros, de todos los pueblos del mundo, comprendemos lo que significa ser amigos. Nostrovya!
Volkin era viejo y canoso, el rostro hundido sobre sí mismo. Pero sus ojos azules bailaban alegremente en su cara, prueba, si alguna era necesaria, de que incluso en su retiro conservaba cada una de las fibras de la mente soberbiamente astuta que le había convertido en el negociador más influyente entre los jefes de la grupperovka, la mafia rusa.
Boris se sirvió mas.
—Ivan Ivanovich, ¿cuánto tiempo hace que nos conocemos?
Volkin se lamió los labios marchitos y tendió su vaso vacío. Sus manos eran grandes, las venas hinchadas, abultadas, de un morboso negro azulino.
—Si no me falla la memoria, mojamos juntos nuestros pañales.
Entonces se echó a reír, un sonido borboteante en el fondo de la garganta.
Boris asintió. Una sonrisa de melancolía alzó las comisuras de su boca.
—Casi, casi.
Los dos hombres se hallaban en el abarrotado y estrecho salón del apartamento del centro de Moscú donde Volkin había vivido durante los últimos cinco años. Era curioso, pensó Boris. Con el dinero que Ivan había amasado a lo largo de los años, podía haber elegido cualquier apartamento, no importaba el tamaño, el lujo o el precio, y sin embargo había elegido quedarse en este museo propio con sus cientos de libros, estantes repletos de recuerdos de todo el mundo, caros regalos de clientes agradecidos.
Volkin extendió un brazo.
—Siéntate, amigo mío. Siéntate y pon los pies en alto. No me visita con frecuencia el gran general Karpov, jefe del FSB-2.
Se sentó en su sitio de costumbre, un sillón de orejas que necesitaba urgentemente volver a ser tapizado desde hacía quince años. Ahora su tono rojo oscuro se había ajado hasta volverse una masa informe e incolora. Boris se sentó frente a él en el sofá estampado, tan mohoso y cascado como si lo hubieran sacado de un naufragio. Le sorprendió ver lo delgado y encorvado que estaba Iván, doblado como un árbol masacrado por décadas de tormentas, granizo y sequía. ¿Cuántos años han pasado desde la última vez que nos vimos?, se preguntó. Le inquietó descubrir que no podía recordarlo.
—¡Por el general! ¡Muerte despreciable a sus enemigos! —exclamó Ivan.
—¡Ivan, por favor!
—¡Brinda, Boris, brinda! ¡Disfruta de tu momento! ¿Cuántos hombres han conseguido en vida lo que tú? Estás en la cima del éxito. —Agitó sus hombros—. ¿Qué, no estás orgulloso de lo que has conseguido?
—Pues claro que sí —respondió Boris—. Es sólo que… —Dejó que su voz se apagara.
—¿Qué? —Ivan se irguió en el asiento—. ¿Qué tienes en la cabeza, viejo amigo? Vamos, vamos, hemos compartido demasiado para que te muestres reacio conmigo.
Boris inspiró profundamente y tomó otro trago del feroz vodka.
—Ivan, me encuentro, después de todos estos años, en las fauces de una trampa y no sé cómo salir.
Volkin gruñó.
—Siempre se puede salir de una trampa, amigo mío. Por favor, continúa.
Mientras Boris describía el trato que había hecho con su antiguo jefe y lo que le había pedido Cherkesov, los ojos de Volkin se volvieron amarillentos, feroces, su innata astucia afloró a la superficie como una criatura de las profundidades marinas.
Después se acomodó en su asiento y cruzó una pierna sobre la otra.
—Tal como yo lo veo, Boris Illych, esta trampa existe sólo en tu mente. El problema es tu relación con ese Bourne. Lo he visto varias veces. De hecho, incluso le he ayudado. Pero es americano. Aún peor, es un espía. En el fondo, ¿cómo puede ser de fiar?
—Me salvó la vida.
—Ah, ahora llegamos al meollo del problema. —Volkin asintió sabiamente—. Y es que eres un sentimental de tomo y lomo. Consideras que ese hombre, Bourne, es tu amigo. Tal vez lo sea, tal vez no, pero ¿estás preparado para arrojar por la borda todo por lo que has trabajado en los últimos treinta años para salvarle el cuello? —Volkin se dio un golpecito en un lado de la nariz—. Considera que esto no es una trampa, sino una prueba de tu voluntad, tu determinación, tu dedicación. Todas las grandes cosas requieren sacrificios. Esto, en esencia, es lo que las distingue de las cosas ordinarias, lo que las hace grandes, fuera del alcance de la gente corriente, superables sólo por unos pocos individuos dispuestos y capaces de hacer esos sacrificios. —Se inclinó hacia delante—. Tú eres uno de esos individuos, Boris Illych.
El silencio los envolvió. Un reloj de bronce dorado fue descontando los minutos como si fuera el latido de un corazón arrancado del pecho de su víctima. La mirada de Boris se posó en una vieja espada zarista que le había regalado a Volkin muchos años antes. Su aspecto era magnífico, bien aceitada, amorosamente frotada, su acero brillaba a la luz de la lámpara.
—Dime, Ivan Ivanovich, ¿y si fueras tú a quien Cherkesov me hubiera ordenado matar?
Los ojos de Volkin eran ahora como ojos de gato, llenos de pensamientos misteriosos e insondables.
—Una prueba es una prueba, amigo mío. Un sacrificio es un sacrificio. Confío en que lo sepas.
La Défense se alzaba como un extraño ente posmoderno en el extremo oeste de París. Y sin embargo era una solución mejor exiliar el distrito de negocios de alta tecnología de la ciudad a La Défense que permitir que la construcción moderna estropeara la hermosa arquitectura de la urbe. El brillante edificio de cristal verde del banco Île de France se encontraba a medio camino de la Place de l’Iris, que se extendía como una aorta a través del corazón de La Défense. En el piso superior, quince hombres se sentaban a una pulida mesa de mármol. Vestían elegantes trajes de negocios hechos a medida, camisas blancas y corbatas conservadoras, incluso los musulmanes. Era un requerimiento de Domna, así como el anillo de oro en el dedo índice de la mano derecha. Domna era probablemente el único grupo existente donde las dos principales ramas del islamismo, los suníes y chiíes, coexistían pacíficamente e incluso se ayudaban unos a otros cada vez que lo exigía la ocasión.
El decimosexto hombre presidía la mesa. Tenía una boca cruel, nariz aguileña, penetrantes ojos azules, y piel del color de la miel salvaje. A su izquierda y ligeramente por detrás de él estaba sentada la única mujer, con unos cuadernos abiertos sobre el regazo. Era más joven que los hombres, o al menos lo parecía, con piel de porcelana, y ojos muy separados, transparentes como el agua del mar. Ocasionalmente, cuando el hombre a la cabecera de la mesa extendía la mano izquierda, le pasaba una hoja de papel de ese modo tajante y profesional en que una enfermera pasa un bisturí al cirujano. Él la llamaba Skara y ella lo llamaba señor.
Cuando el hombre a la cabecera de la mesa leyó el informe, todos los presentes escucharon, excepto quizá Skara, que había memorizado todo el contenido de sus cuadernos constantemente actualizados, pues consideraba que la información contenida en ellos era demasiado sensible para digitalizarla.
Las diecisiete personas ocupaban una sala de hormigón y cristal dotada de una red de sofisticados aparatos electrónicos antiescucha.
Los miembros de la junta directiva de Severus Domna habían llegado desde todos los confines del globo: Shanghái, Tokio, Berlín, Pekín, Saná, Londres, Washington D. C., Nueva York, Riad, Bogotá, Moscú, Nueva Delhi, Lagos, París y Teherán.
Benjamin El-Arian, el hombre a la cabecera de la mesa, terminó de dirigirse a los demás.
—Sinceramente, Estados Unidos siempre ha sido una espina en nuestro costado. Hasta ahora. —Cerró el puño—. Nuestro objetivo está al alcance. Hemos encontrado otro modo.
Durante los siguientes diez minutos, El-Arian explicó todos los detalles del nuevo plan.
—Esto, naturalmente, pondrá gran cantidad de presión en mí mismo y los otros miembros norteamericanos, pero confío en que con este nuevo plan las ganancias serán mayores de lo que estaba preparado antes de que Jason Bourne lo estropeara todo.
Continuó con un breve resumen, luego ordenó que se levantara la sesión.
Los otros salieron, y El-Arian usó el intercomunicador para llamar a Marlon Etana, el mejor agente de campo y por tanto el más influyente de Domna.
—Confío en que estarás a punto de asignar a alguien que elimine a Bourne —manifestó Etana mientras se acercaba a su líder—. Asesinó a nuestra gente en Tineghir, incluyendo a Idir Syphax, a quien tanto amábamos todos.
El-Arian sonrió mostrando los dientes.
—Olvídate de Bourne. Tu hombre es Jalal Essai. Desde que traicionó su sagrada confianza en nosotros, ha causado considerables problemas. Quiero que lo encuentres y lo elimines.
—Pero por Bourne perdimos nuestras posibilidades de conseguir el oro de Salomón.
El-Arian frunció el ceño.
—¿Por qué me recuerdas algo que ya sé?
Etana cerró el puño.
—Quiero matarlo.
—¿Y dejar suelto a Essai para que cause más daños? —El-Arian puso una mano en el hombro del otro hombre—. Confía en mí, Marlon. Cumple con tu misión. Recuerda el dominio. Domna cuenta contigo.
Etana asintió, se dio media vuelta, y sin mirar atrás, abandonó la sala.
Todo quedó en silencio en el vasto lugar sin eco hasta que Skara se levantó.
—Cinco minutos —dijo sin mirar el reloj.
El-Arian asintió y se acercó a la ventana que daba al norte. Contempló la amplia avenida, la gente diminuta. Era un erudito, profesor de arqueología y civilizaciones antiguas, un hombre de porte casi regio.
—Esto funcionará —comentó, casi para sí.
—Funcionará —repitió Skara, colocándose a su lado.
—¿Qué color?
—Negro. Un Citroën. —Ella susurró contra su hombro. Su olor era curioso, canela y algo levemente amargo, almendras tostadas, tal vez—. Dentro de tres minutos nadie lo recordará.
El-Arian volvió a asentir, casi ausente. El familiar estremecimiento que ella le causaba lo hacía sentirse ligeramente incómodo. Pensó fugazmente en su esposa e hijos, a salvo, protegidos por muchas capas, pero tan lejanos.
—¿Quién seré mañana?
Él se volvió para ver su esbelta mano extendida. Se metió la mano en el bolsillo del pecho de su chaqueta y sacó un grueso paquete.
Al abrirlo, Skara encontró un pasaporte, su nuevo historial, un billete de avión de primera clase con la vuelta abierta, tarjetas de crédito, y tres mil dólares americanos.
—Margaret Penrod —leyó en el pasaporte abierto.
—Maggie —dijo El-Arian—. Te llamas Maggie. —Ladeó levemente la cabeza mientras su mirada volvía hacia la calle—. Todo está en el historial.
Skara asintió, como satisfecha.
—Lo memorizaré esta noche en el avión.
—Allí está Laurent —comentó El-Arian, señalando una figura de traje oscuro que salía del edificio. No pudo evitar cierta emoción en la voz.
Skara sacó un teléfono móvil desechable y marcó el número de Laurent. El-Arian ya había comenzado su cuenta atrás mental. Laurent se estremeció y, tras sacar su móvil, comprobó la pantalla.
—¿Qué está haciendo? —inquirió El-Arian.
—Nada —le aseguró ella—. Debe de haber sentido la vibración, eso es todo.
El-Arian frunció el ceño.
—No debería de haber sentido nada.
Skara se encogió de hombros.
—¿Puede hacer algo al respecto?
—Nada.
Un borrón apareció en su visión periférica, por la izquierda, y volvió la mirada hacia el Citroën negro que se aproximaba.
El-Arian dobló el cuello.
—¿Está llamando a alguien?
Los esbeltos hombros de Skara subieron y bajaron.
—No hay de qué preocuparse.
Un instante después El-Arian comprendió su certeza. El Citroën golpeó a Laurent con tanta fuerza que voló tres metros por los aires. Chocó contra el suelo, se quedó allí tendido durante varios segundos, y luego, sorprendentemente, empezó a moverse, tratando de arrastrarse a la acera. El coche viró para permitir que sus neumáticos derechos le aplastaran la cabeza, luego aceleró tan velozmente que cuando los peatones empezaron a correr hacia la calle ya había desaparecido.