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Introducción al concepto de autoestima

1.1. Introducción

significado profundo no desvelado

El término autoestima está de moda. Sin embargo, es muy posible que su significado más profundo todavía no haya sido desvelado como merece, y eso con independencia de que sea un concepto de muy amplia circulación social en la actualidad. Cuanto más frecuente es su uso en el lenguaje coloquial, más parece que su auténtico significado es ignorado y pasa inadvertido a muchos. No deja de ser curioso que el uso generalizado de tal concepto, aunque venga empleándose en el ámbito de la Psicología desde hace muchos años, sólo se haya divulgado y hecho emblemático en las últimas décadas.

self-steem

El término autoestima es la traducción del término inglés selfesteem, que inicialmente se introdujo en el ámbito de la Psicología social y en el de la personalidad; denota la íntima valoración que una persona hace de sí misma. De ahí su estrecha vinculación con otros términos afines como el autoconcepto (self-concept) o la autoeficacia (self-efficacy), en los que apenas se ha logrado delimitar, con el rigor necesario, lo que cada uno de ellos pretende significar (González y Tourón, 1992).

importancia

Hasta cierto punto, es natural que importe tanto la autoestima, puesto que atañe a la dignidad de la persona y hace referencia a la índole del yo. En cualquier caso, ¿qué significado tiene su magni

ficación?, ¿es que estamos acaso en una etapa cultural de acendrado individualismo y reafirmación del yo?, ¿puede tal vez reducirse lo que la autoestima es y significa a sólo la autoexaltación del yo?, ¿constituye este concepto, por el contrario, un modo de enriquecimiento cultural, en servicio de la dignidad de la persona?, ¿cuál es su fundamento?, ¿añade algo o completa en algún aspecto la formación de la persona?

A lo largo de los capítulos que siguen se atenderá a éstas y otras cuestiones, a la vez que se procurará penetrar en el esclarecimiento de este concepto, y en la grandeza y servidumbres que se pueden estar derivando, en la actualidad, de un uso abusivo y fragmentario.

1.2. Concepto y tipos de autoestima

La sociedad se ha vuelto demasiado acrítica respecto del significado inicial del concepto de autoestima, del que en buena parte es deudora la acepción actual, tal y como en la actualidad se emplea. El término autoestima tiene una larga historia y un breve pasado, ambos inscritos en el ámbito casi exclusivo de la Psicología.

Por lo general, cuando un término escapa del ámbito científico de donde procede, hace fortuna cultural y se instala en la prensa de cada día, es frecuente que se tergiverse o que su significado pierda el rigor y la precisión que tenía. De ahí que sea razonable admitir una cierta sospecha acerca del buen o mal uso que de él se hace.

definición autoestima

Nos encontramos ante un término un tanto ambiguo y complejo. La autoestima no es otra cosa que la estimación de sí mismo, el modo en que la persona se ama a sí misma. Lógicamente, es natural que cada persona haya de estimarse a sí misma. ¿Por qué? Porque en cada persona hay centenares de cualidades y características positivas que son estimables. Pero para estimarlas objetivamente y con justicia es necesario conocerlas previamente. De hecho, si no se conocen es imposible que puedan ser estimadas. Por eso no todas las personas se estiman de la misma manera.

conocimiento insuficiente

Hay muchas personas que más bien se desestiman, y eso porque no se conocen en modo suficiente. Algo parecido puede afirmarse respecto del modo en que son estimadas por los demás. De ahí que la autoestima, a pesar de ser un valor socialmente en alza, no sea en verdad apreciada –la mayoría de las veces– ni familiar ni institucionalmente.

self-concept

Ahora bien, conocerse no es lo mismo que estimarse. En realidad, para designar la acción de conocerse, la Psicología emplea otro término, el autoconcepto (self-concept), que, aunque relacionado con la autoestima, debería diferenciarse de ella con claridad.

La mayor parte de las veces, la percepción que las personas tienen de sí mismas suele estar equivocada o ser inexacta. Esto pone de manifiesto lo difícil que es el conocimiento personal, el conocerse a sí mismo con propiedad. En realidad, esta es probablemente la causa principal de que los problemas de autoestima se hayan multiplicado.

William James en su libro The Principles of Psychology, publicado por primera vez en 1890, ya hace mención de este término en el capítulo dedicado a la conciencia del yo. El autor hace allí consideraciones que todavía hoy resultan de mayor alcance, pertinencia y relevancia que algunas de las reseñadas en ciertas publicaciones recientes.

tipos de autoestima

James (p. 262) distingue, por ejemplo, entre tres tipos de autoestima: la material (vanidad personal, modestia, orgullo por la riqueza, temor a la pobreza, etc.), la social (orgullo social y familiar, vanagloria, afectación, humildad, vergüenza, etc.), y la espiritual (sentido de la superioridad moral o mental, pureza, sentido de inferioridad o de culpa, etc.).

definición de W. James

En su opinión, la autoestima es un sentimiento que depende por completo de lo que nos propongamos ser y hacer, y que está determinado por la relación de nuestra realidad con nuestras

supuestas potencialidades. De acuerdo con James, la autoestima puede expresarse según una fracción en cuyo denominador están nuestras pretensiones y en cuyo numerador, los éxitos alcanzados:

Autoestima = Éxito / Pretensiones

Por consiguiente, la autoestima puede aumentar o disminuir en función de los valores que se otorguen al numerador y al denominador. Cuanto mayor sea el éxito esperado y no alcanzado, más baja será la autoestima. Por el contrario, cuanto menores sean las aspiraciones de las personas o mayores sean los éxitos lucrados, tanto mayor será la autoestima conseguida.

autoestima resultado

Este modo de entender la autoestima parece haber marcado de modo casi definitivo el significado de este término. En efecto, de acuerdo con la anterior definición, hoy se entiende la autoestima más como una autoestima-resultado que como una autoestima-principio.

De este modo, se hace depender la autoestima de los logros, metas y éxitos alcanzados (resultados), con independencia de las cualidades, peculiaridades y características que posee cada persona, y que la singularizan y caracterizan (principios).

autoestima innata

No obstante, es un hecho que, cualquiera que fueren los éxitos obtenidos o incluso cuando todavía no se ha obtenido ninguno –como acontece en un niño de muy corta edad–, la autoestima, ya está presente en la vida de la persona.

Hay personas que han triunfado en la vida (de acuerdo, al menos, con lo que la opinión pública entiende por triunfar) y, sin embargo, se tienen en muy poca estima. Como me hizo notar en una ocasión un buen amigo: hay triunfadores que dan pena; es decir, han triunfado en su profesión y en su familia, tienen prestigio social, son admirados por mucha gente, disponen de un excelente futuro, trabajan en lo que les gusta y, a pesar de todo ello, se estiman muy poco, por lo que… ¡dan pena! Esta situación la he podido comprobar personalmente en muchas ocasiones.

Por el contrario, hay personas que desde la exclusiva perspectiva del éxito social alcanzado serían calificadas de fracasadas y, sin embargo, su estima personal es alta en modo suficiente, incluso demasiado alta en algunos casos. Esto demuestra que la autoestima no puede atribuirse principal o exclusivamente al éxito que se obtiene.

rendimiento personal y social

El pragmatismo utilitarista o eficacismo que comporta la anterior definición no parece que se compagine con la realidad personal que cualquier observador imparcial puede comprobar.

Así las cosas, la autoestima, tal y como es concebida hoy, es más un resultado del rendimiento personal y social que un principio a través del cual se reconoce la dignidad de la persona; la autoestima es más una propiedad que entronca y deriva de lo conquistado (lo adquirido) que de lo que a la persona le ha sido dado (el don innato y recibido).

comportamiento instrumentalizado

La autoestima es, en definitiva, un concepto que muy poco o nada tiene que ver con la bondad o maldad de lo que uno hace (comportamiento ético) y que sólo depende, al parecer, de lo acertado o desacertado de las acciones emprendidas por la persona conforme a unos determinados criterios relativos a una especial productividad (comportamiento instrumentalizado).

La autoestima se nos ofrece así como una mera consecuencia de los resultados del hacer –cuantificables, por lo general, según una mera dimensión económica y de prestigio social–, pero no del bien o mal realizados, que son los que, en última instancia, hacen que la persona se experimente a sí misma como buena o mala y, en consecuencia, se estime o desestime por ello.

El ser y el tener, lo objetivo y lo subjetivo, el yo y los resultados por él obtenidos se confunden aquí, sin que apenas puedan diferenciarse o distinguirse. Y ello, a pesar de que tal modo de proceder sea contrario a la común y generalizada experiencia empírica personal.

De hecho, al mismo tiempo que se acepta esta perspectiva, se rechaza de modo frontal (al menos teóricamente) cualquier opinión que reduzca el propio valor de la persona a sólo el éxito alcanzado por ella, a la cuota de poder conquistado o a la realización de las propias pretensiones, en términos contables de prestigio, dinero o popularidad.

aspectos subrayados por la acepción común de autoestima

Sea como fuere, el hecho es que el concepto de autoestima puesto en circulación –y que goza de un amplio consenso tanto en el ámbito científico como en el de su uso lingüístico generalizado– subraya los siguientes aspectos:

  1. un fuerte enfoque actitudinal;
  2. el hecho diferencial entre las actitudes acerca de las propias aspiraciones (yo ideal) y sus respectivos grados de satisfacción (yo real);
  3. un excesivo énfasis en lo emotivo que colorea o tiñe cualquier contenido con los propios sentimientos, entendidos éstos como logros positivos o negativos, éxitos o fracasos, aceptación o rechazo; y
  4. la configuración de una nueva dimensión de la personalidad, en función de las motivaciones alcanzadas y de la propia capacidad de autorregulación (Pope, McHale y Craighead, 1988; Mruk, 1999).

En este contexto, es forzoso admitir que la autoestima está hoy agigantada y que, a su vez, tal magnificación no parece hacer del todo justicia a la naturaleza de la persona. No es que las personas hoy se estimen mejor a ellas mismas que antes, sino que, simplemente, se habla más de la autoestima y, por el momento, sólo eso. Han cambiado, qué duda cabe, los criterios que rigen el modo en que las personas se valoran a sí mismas.

De aquí la conveniencia, más aún, la necesidad de hacer algunas indagaciones acerca de este término, tal y como en el pasado lo entendieron numerosos autores (James entre ellos), con independencia de que en el modo de afrontar hoy este concepto pueda haberse dado una cierta tergiversación de su significado.

1.3. Análisis de otras posibles definiciones

Ahora bien, ¿son los criterios anteriores los más razonables, los que mejor concuerdan con la naturaleza de la persona, en una palabra, los mejor fundamentados? Esta es otra cuestión muy diferente a la que sería preciso responder desde el ámbito de otras disciplinas, porque rebasa con mucho el estricto ámbito de la Psicología de la autoestima.

He aquí el porqué de la conveniencia, más aún, de la perentoria necesidad, de realizar otros acercamientos alternativos al tema de la autoestima, con tal de que vayan más allá de su presentación psicológica habitual.

TAUSCH Y TAUSCH desarrollo correcto

Numerosos autores se han ocupado de la autoestima, desde perspectivas muy diversas. Así, por ejemplo, Tausch y Tausch (1981), quienes hacen depender de la propia estimación el correcto funcionamiento de las capacidades psíquicas de niños y adultos, el desarrollo de sus respectivas personalidades, sus habilidades para la adaptación a la convivencia social y, en una palabra, todas sus capacidades intelectuales, afectivas y sociales.

pragmatismo utilitarista

En todo caso, hay casi tantas definiciones posibles de la autoestima como autores se han ocupado de ella. Hay, eso sí, un denominador común, amplio y diverso, pero que aúna a la mayoría de esas definiciones. Me refiero al pragmatismo utilitarista, aunque en una edición mucho más matizada y evolucionada que en el siglo XIX.

WHITE competencia y autoeficacia

Este es el caso, por ejemplo, de White (1963) –otro de los pioneros en el estudio de la autoestima– quien sitúa sus raíces en la experiencia de la propia competencia y el sentimiento de autoeficacia que se sigue. Pero, ¿pueden acaso establecerse muchas diferencias entre la eficacia y la consecución de los objetivos que se habían propuesto o el éxito?

MASLOW necesidad vital y motivación

Maslow ya subrayó que la estima de sí mismo es una necesidad vital (1993), aunque confiriéndole un cuarto lugar en el inventario de las necesidades humanas. La autoestima es una necesidad del ego que exige ser satisfecha, aunque después de otras necesidades básicas como el sentimiento de seguridad o la necesidad de asociación. En este autor la autoestima no se identifica con los logros a que antes se hizo referencia, sino, más bien, con el hecho de ser reconocidos por lo que somos; se trata de una necesidad estructuralmente vinculada a la esfera de la motivación.

En realidad, es difícil establecer la frontera entre motivación y estima personal; lo más probable es que, en tanto que procesos, ambos se imbriquen y sus consecuencias obren recíprocamente, tanto en sus aspectos disposicionales y de puesta en marcha del comportamiento, como en los resultados por ellos logrados. Más allá de estos procesos, lo que parece ser cierto es que están al servicio del ego, cualquiera que sea el horizonte desde el que se les observe.

ROSENBERG el sí mismo

El significado de la autoestima deviene más confuso cuando tratamos de relacionarla –para distinguirla– con el ego, el self, el sí mismo y el autoconcepto. En realidad, las dificultades se acrecen aquí porque ninguno de estos conceptos ha sido definido de modo suficientemente riguroso. Sin embargo, un estudioso del tema como Rosenberg (1979) llega a definir la autoestima en función del sí mismo.

“La autoestima –escribe el autor citado– es una actitud positiva o negativa hacia un objeto particular: el sí mismo”. Hay tres cuestiones en este acercamiento que, en mi opinión, resultan insatisfactorias por ser poco apropiadas. En primer lugar, el reducir la autoestima a sólo una mera actitud. En segundo lugar, el hecho de considerarla positiva o negativa globalmente, circunstancia que no suele acontecer en ninguna persona. Y, en tercer lugar, el hecho de hacerla referencial, como tal actitud, a un objeto (el sí mismo), sin plantearse ninguno de los problemas que surgen del hecho de que objeto y sujeto coincidan aquí, y sin explicar qué se entiende por sí mismo.

Hay autores que distinguen ámbitos sectoriales muy diversos en el sí mismo, en función de que se circunscriba o dé preferencia a ésta o aquéllas conductas, generalmente vinculadas a las funciones cognitivas y del aprendizaje, a través de las cuales la persona toma conciencia de quién es y, sobre todo, de lo que vale (Fierro, 1998). Esta sectorización del sí mismo, en la que se privilegian unos comportamientos respecto de otros, podría llegar a constituir, en algunos casos, una aproximación un tanto espuria a la autoestima y su significación –al menos desde la perspectiva de la metodología–.

¿En función de qué criterio pueden estimarse en más unos comportamientos que otros?, ¿es que acaso las personas proceden de un modo uniforme y riguroso al establecer los valores y criterios a través de los cuales evalúan su propia estimación? No parece que sea así; la experiencia es más bien unánime en sentido contrario. Por otra parte, ¿por qué se ha de valorar más o mejor el propio cuerpo, por ejemplo, que la cordialidad o la simpatía?, ¿quién se atrevería a fundamentar tal modo de proceder?

COOPERSMITH evaluación

La referencia al sí mismo parece ser la nota obligada, el axioma de partida exigido por este mismo concepto desde el principio. Coopersmith (1967), uno de los pioneros en los trabajos relativos a la evaluación de la autoestima, la definió del modo siguiente: la autoestima es “la evaluación que hace el individuo, que generalmente mantiene respecto de sí mismo, y expresa una actitud de aprobación o desaprobación e indica el grado en que el individuo se considera capaz, importante, con éxito y valioso”.

A mi parecer, en esta definición se concede excesivo valor a esa evaluación, de la que, por otra parte, apenas se nos da más información. Como tal actividad judicativa que respecto de sí misma realiza la persona, considero que es necesario entrar en ella con mayor rigor que el convenido por el mero funcionalismo. Discrepo de otros aspectos relevantes de esta definición. En concreto, de la supuesta estabilidad de la autoestima, pues ésta varía mucho en función de la edad, las circunstancias, etc.; lo mismo puede afirmarse respecto a la perspectiva actitudinal adoptada, a la rígida y globalizante aprobación o desaprobación de la persona, y a los valores (capacidad, importante, éxito) que se incluyen en la definición.

atomización del yo

Por el contrario, otros autores pusieron un mayor énfasis en el comportamiento social y llegaron a fragmentar el self, según lo habían hecho derivar de los diversos grupos sociales de pertenencia. De hecho, se ha llegado a admitir tantos egos socioculturales en una misma persona como los grupos sociales de pertenencia o referencia de esa persona (Sorokin, 1962). El mosaicismo social del yo estaría así servido, pero también su atomización fragmentaria. De ser así, ¿a qué instancia habrá que apelar para lograr restituir a la persona la unidad y unicidad, además de la singularidad, continuidad, coherencia e irrepetibilidad que le caracterizan como tal?

Es cierto que la autoestima es también una dimensión –y una dimensión irrenunciable– del sí mismo. Pero no parece que pueda ser algo adherido, yuxtapuesto al yo o al modo de una excrecencia que emergiera del yo. No sería extraño que entre las diversas dimensiones que configuran el complejo entramado del yo, una de ellas –ahora especialmente atendible– fuera la autoestima, entendida ésta como conocimiento de uno mismo en lo relativo a las propias capacidades personales, al modo en que nos relacionamos con los otros, al modo en que los otros nos perciben, además de a los valores que en el transcurso de la propia vida se han ido encarnando y configurando como referente singular e inequívoco de la propia forma de ser.

BRANDEN autoconfianza y autorespeto

Tal vez la definición que se nos propone desde la perspectiva clínica sea un poco más acertada. “La autoestima –escribe Branden, 1969– cuenta con dos aspectos interrelacionados: vincula un sentido de eficacia personal y un sentido de merecimiento personal.

Constituye la suma integrada de auto-confianza y auto-respeto [sic]. Es el convencimiento de que uno es competente para vivir y merece vivir”.

Hay algunos aspectos positivos que han de destacarse en la definición anterior. La apelación al merecimiento personal es, desde luego, uno de ellos; la apelación al auto-respeto, el otro. Aunque el autor continúa apelando a la utilidad de los logros y a la supuesta estabilidad de la autoestima, no parece tener inconveniente alguno, sin embargo, en apelar al respeto hacia sí mismo, cuestión ésta que, a mi entender, resulta primordial.

Su relevancia se ha hecho notar en otros muchos autores que han seguido su línea como, por ejemplo, Epstein (1985) y Bednar, Wells y Peterson (1989). Otro acierto importante de Branden es que se refiere a la autoestima como una convicción, un término que va más allá de los meros sentimientos y creencias, en tanto que denota las implicaciones de un sujeto activo y libre en aquello que realiza en sí mismo.

POLO sí mismo, yo y persona

En un acertado y breve artículo de 1977, Polo establece la necesaria articulación entre sí mismo, yo y persona; aunque convenga también establecer las relativas diferencias entre ellos.

“Resulta evidente –y negarlo sería penoso [escribe Polo]– que el hombre es el ser más individual del Universo; sin embargo, la exageración de este punto lleva a concebirlo como cerrado en sí, lo que significaría justamente la negación de su carácter individual, puesto que lo característico del individuo es precisamente la posibilidad de establecer relaciones, y cuanto más individuo se es, se es más universal”.

“Con todo, ese carácter individual no se nos da de una vez por todas: existe un proceso de crecimiento con una serie de fases –sí mismo, yo, persona– cuya sucesión no sigue un sentido unívoco, sino que caben alternancias y retrocesos con significado ético. La tragedia del subjetivismo consiste en detener este proceso en la fase del yo y retroceder hacia el sí mismo, malbaratándolo, en lugar de abrirse a la fase siguiente, la persona, y trascenderse en ella hacia la Persona divina”.

Llegados a este punto, trataré de ofrecer otras posibles definiciones que –con independencia de que sean meras propuestas de quien esto escribe–, tal vez puedan arrojar ciertas luces –aunque también algunas sombras– sobre el significado de este concepto (Polaino-Lorente, 2001).

POLAINOLORENTE autoestima y persona

La primera definición alude, como es obvio, al concepto de persona, sin cuya apelación la autoestima sería inconcebible. Se entiende por autoestima la convicción de ser digno de ser amado por sí mismo –y por ese mismo motivo por los demás–, con independencia de lo que se sea, tenga o parezca.

Se habla aquí de convicción por las naturales dificultades que entraña todo conocimiento de sí mismo y porque, además, en la génesis y estructura de la autoestima, los factores cognitivos –por importantes que sean– no lo son todo. Me interesa afirmar que esa estimación de sí mismo en modo alguno ha de estar fundamentalmente subordinada a los valores que se sea, tenga o parezca.

Considero que el fundamento de la autoestima es relativamente independiente de cuáles sean los valores que la persona ha recibido o ha conquistado en el transcurso de su vida. Esta definición puede tener un cierto talante personalista que, desde luego, el autor en ningún caso trata de eludir.

POLAINOLORENTE experiencia del propio valor intrínseco

La segunda definición alude a numerosas experiencias vividas por el autor en la clínica acerca de lo que es el hombre y, por tanto, habría que inscribirla en el marco de una antropología experiencial y realista. Se entiende por autoestima la capacidad de que está dotada la persona para experimentar el propio valor intrínseco, con independencia de las características, circunstancias y logros personales que, parcialmente, también la definen e identifican.

No se penetra aquí, como sería aconsejable, en qué se entiende por tal capacidad, a fin de no alargar innecesariamente esta exposición, pero desde luego la autoestima no se reduce a sólo las funciones cognitivas. Al mismo tiempo, se subraya que los valores sobre los que se debe fundar tal estimación son, desde luego, los valores intrínsecos, aunque sin menospreciar los extrínsecos a los que también se abre el concepto, pero sin que jamás se subordine la autoestima a sólo estos últimos.

Los valores intrínsecos son aquellos valores autoconstitutivos que configuran el entramado del lugar más apropiado, la tierra firme donde hincar el propio yo, de manera que crezca derecho y en su máxima estatura posible;, de tal forma que se desarrolle vigorosamente y haga expedito el modo de sacar de cada uno la mejor persona posible para abrirse a los demás. Esta propuesta de definición tiene, claro está, una decidida intencionalidad educativa o, por mejor decir, autoeducadora.

La tercera definición alude a algo tan perentorio e inexcusable como la dirección de la propia vida y el comportamiento personal, es decir, la tarea de ir haciéndose a sí mismo, un hacer que está mediado por el uso de la libertad del que aquélla depende. Se entiende por autoestima aquí el eje autoconstitutivo sobre el que componer, vertebrar y rectificar el yo que, en el camino zigzagueante de la vida, puede deshacerse al tratar de hacerse a sí mismo; la condición de posibilidad de rehacerse a partir de los deshechos fragmentarios, grandes o pequeños, saludables o enfermizos, buenos o malos, que como huellas vestigiales desvelan al propio yo (Polaino-Lorente, 1997).

Este acercamiento debe mucho a mi experiencia como profesor universitario, psiquiatra y terapeuta familiar; una experiencia en verdad dilatada –de más de treinta y seis años– aunque para este menester nunca sea excesiva. Pues, al fin y al cabo, como escribe Grün (1999), “el objetivo de toda terapia es que el hombre pueda aceptarse tal como es, que diga sí a su historia personal, a su carácter, que se reconcilie con todo lo que hay en él”.