Capítulo I

Schoenstatt, 1933 - 1936

1.  Schoenstatt en el año 1933

El arresto del P. Kentenich fue el punto culminante de una confrontación que en realidad había comenzado en enero de 1933, con el nombramiento de Adolfo Hitler como Canciller del Reich alemán y las posibilidades que ello abría a la dictadura nacionalsocialista.

Quienes conocían, aunque fuera algo del Movimiento Apostólico de Schoenstatt y, sobre todo, a su fundador, no podían asombrarse de que se llegara a esa confrontación y, finalmente, a la persecución de Schoenstatt por parte del aparato nacionalsocialista.

El Movimiento de Schoenstatt era todavía relativamente joven en el año 1933. Tampoco formaba parte de los grupos y asociaciones más conocidas y numerosas de la Alemania católica, las cuales aparecían como representantes y portadores de las aspiraciones políticas, culturales y sociales del catolicismo alemán. Sin embargo, este Movimiento, centrado en el Santuario de la Madre tres veces Admirable, fundado el 18 de octubre de 1914 por el P. Kentenich, con un grupo de jóvenes de educación escolar humanista, había alcanzado tal importancia y en un lapso relativamente corto, que no pudo permanecer oculto a los espías de los nuevos dueños del poder, encargados de vigilar a la Iglesia y sus actividades.

En la década de 1920, con su Santuario dedicado a la Madre tres veces Admirable, Schoenstatt se había convertido en uno de los centros de vida católica más vitales de Alemania. De hecho, en los años inmediatamente anteriores a la toma del poder por parte de Hitler, la frecuencia de las actividades que se realizaban en Schoenstatt y en otros lugares había ido en aumento. En 1929, por ejemplo, 542 sacerdotes participaron en distintas jornadas y ejercicios; en 1930 acudieron 1.114; en 1931, el número de participantes subió a 1.524, y en 1932, a 2.184. Las actividades para laicos también iban en aumento: en 1929, se registraron 4.508 participantes; en 1930, 5.411; en 1931, 5.567, y en 1932, 6.525. Las actividades especiales contaban también con una asistencia extraordinaria: en la primavera de 1932 asistieron no menos de 320 personas a una jornada pedagógica, de modo que el entonces secretario de la Asociación de Jóvenes Católicos, J. Clemens, escribió al P. Kentenich: “320 participantes en la jornada pedagógica… ¡Increíble, pero magnifico! Algo nunca visto en la historia de la Iglesia”([10]).

El Movimiento también registró un constante crecimiento en lo que a organización se refiere: en 1919, en Dortmund-Hörde se fundó la Federación Apostólica con miembros de la organización externa de la Congregación Mariana del Seminario de estudiantes de Schoenstatt. La organización externa había sido formada por ellos durante la Primera Guerra Mundial. Un año después nació la Liga Apostólica. En 1920, la Federación de Mujeres. En 1926, el P. Kentenich fundó la Comunidad de las Hermanas de María de Schoenstatt. En 1929, el Movimiento de Universitarios del área humanista se convirtió en una rama independiente, y en 1932, lo hizo la Juventud Femenina de Schoenstatt.

El año en que el nacionalsocialismo asumió el poder, el Movimiento de Schoenstatt era ya una obra muy ramificada. En sus distintas comunidades incluía a católicos de ambos sexos, de todas las edades y estados; sacerdotes y laicos, hombres y mujeres, adultos y jóvenes, académicos, empleados, trabajadores industriales y campesinos.

Otros aspectos importantes del Movimiento contribuyeron especialmente a atraer la atención de los nacionalsocialistas y de su policía secreta, la Gestapo y el Servicio de Seguridad. Desde un principio, el P. Kentenich había concebido el Movimiento de Schoenstatt como un Movimiento de educadores y de educación. Él mismo era un gran educador y sentía una verdadera pasión por esta tarea. Se trataba, a su juicio, de la formación de la persona concebida como un todo. Para pertenecer a Schoenstatt, había que disponerse a vivir un proceso de educación y formación integral que excluía toda posibilidad de “servir a dos señores”. El resultado era que, como diría más tarde un alto funcionario del Partido, los schoenstatianos estaban perdidos para el nacionalsocialismo.

Además, Schoenstatt era un Movimiento marcadamente religioso. Mientras que otros movimientos y asociaciones de la Alemania católica a menudo perseguían finalidades políticas, sociales o culturales, Schoenstatt, como Movimiento de educadores y de educación, se jugaba enteramente por la formación de personas dispuestas a configurar su vida a partir de las fuerzas fundamentales del cristianismo, según la imagen que resplandece ejemplarmente en Jesús y María. Eso implicaba un serio compromiso con la cristianización del mundo y su renovación en Cristo.

En razón de este objetivo religioso y pedagógico, el Movimiento de Schoenstatt optó por dar un carácter selectivo a las comunidades que formaban su núcleo; durante muchos años se evitó transformarlo en un Movimiento de masas. Al respecto, en 1919, poco después de la jornada de Hörde, el P. Kentenich escribió lo siguiente a los jefes de grupo de la Federación Apostólica: “En virtud de la adopción de los estatutos de Hörde, hemos renunciado desde un principio a convertirnos en un Movimiento de masas. Debemos atenernos firmemente a este propósito; de no ser así, nuestro pequeño grupo podría caer fácilmente en decisiones equivocadas y falsos resultados. Las exigencias que planteamos son tan profundas que sólo relativamente pocos van a decidirse a perseverar fielmente junto a nosotros. Esto no es una desventaja, por el contrario, si dirigimos nuestros grupos según el recto espíritu que debe inspirarnos, ello constituirá más bien nuestra fortaleza. Actualmente abundan las organizaciones de masas –necesarias en nuestra época democrática para influir efectivamente en la opinión pública–, pero, si no están respaldadas por un trabajo minucioso y consciente de su finalidad, que constantemente vele por conservar el espíritu religioso y moral, demasiado pronto tendrán problemas. En esto queremos y debemos trabajar si pretendemos justificar nuestra existencia e influir de manera esclarecida en la solución de las tareas que plantea nuestra época”([11]).

Es importante, dentro de este contexto, destacar una segunda característica del Movimiento de Schoenstatt. Gracias a la adecuada conducción del P. Kentenich, había conciencia, como en pocas comunidades de la Iglesia de aquellos años, de que se vivía un cambio de época profundo y de gran magnitud. Ya en el Acta de Fundación de la Obra, el 18 de octubre de 1914, surgen hacia el final estas palabras, breves, pero muy significativas: “Una nueva época avanza con pasos agigantados”. Todo lo que el P. Kentenich echó a andar desde aquel día en Schoenstatt y a partir de Schoenstatt, estaba definido esencialmente por esta visión profética de la época y, ante todo, por un objetivo pedagógico y un análisis lo más exacto posible del momento histórico que se vivía.

A partir de esta premisa, el empeño pedagógico de Schoenstatt se orienta a la formación de una persona y de un cristiano que, consciente de su responsabilidad y en forma creadora, sea capaz de contribuir a este cambio, y así ayudar a la Iglesia a “pasar a la otra orilla”, la de la nueva época que se acerca.

El P. Kentenich formulaba esta meta pedagógica refiriéndose al “hombre nuevo en la nueva comunidad”, porque no sólo se requiere formar un “hombre nuevo” sino también una “nueva comunidad”, dado que el hombre está ordenado siempre, por su esencia, a la vida comunitaria.

El profundo análisis que llevó al P. Kentenich a diagnosticar el presente como un cambio de época, le hizo comprender que, en tales períodos, combaten, de manera más vigorosa y patente que en otros tiempos, los poderes que se juegan en el trasfondo de la historia universal: Dios y el demonio.

Aplicado esto a las circunstancias concretas de la Alemania de entonces, el P. Kentenich estaba convencido de que con Hitler y sus seguidores habían aparecido poderes diabólicos en el campo de batalla del mundo. Y aun cuando Hitler se describió a sí mismo y a su Partido como “enemigo mortal” del bolchevismo, el P. Kentenich mantuvo esta convicción.

El nacionalsocialismo y el bolchevismo eran, a sus ojos, y a pesar de todas sus diferencias, resultados del mismo desarrollo que se llevaba a cabo en el Occidente europeo, especialmente en Alemania. En el fondo, ambos eran pregoneros y campeones de un mismo tipo de hombre, que el P. Kentenich definió como “el hombre máquina y el hombre masa, sin Dios, sin moral, sin alma y deshumanizado”. Este hombre era todo lo contrario del “hombre nuevo en la nueva comunidad” al cual él dedicaba todos sus esfuerzos, trabajando minuciosamente, con fervor y amplia visión desde 1912-1914.

En consecuencia, no resulta muy difícil entender lo inevitable del choque entre el nacionalsocialismo y Schoenstatt, y la persecución montada por los organismos del Tercer Reich en su contra. A ello se agregaba que el P. Kentenich, desde los comienzos de la dictadura nacionalsocialista, alertaba a sus seguidores acerca del significado real del fenómeno nazi y los preparaba para la lucha que habría de venir.

2.  La lucha ideológica

No es posible exponer aquí todos los juicios emitidos en esa época por el P. Kentenich acerca del nacionalsocialismo y del así llamado Tercer Reich. Los apuntes tomados en sus conferencias, jornadas y cursos, que se seguían uno tras otro sin pausa, los omiten por razones obvias: las actividades eclesiásticas y religiosas, tales como retiros y jornadas, eran vigiladas con especial celo por la policía secreta. A menudo se mezclaban espías entre los participantes a fin de sorprender en delito flagrante a sacerdotes que les parecían sospechosos([12]). A pesar de ello, tenemos gran cantidad de notas tomadas en las conferencias, por taquígrafas, por ejemplo, que nos han transmitido casi exactamente lo que decía el P. Kentenich sobre el nacionalsocialismo. Al respecto, cabe constatar que sus juicios condenatorios contra el nazismo y el bolchevismo no eran globales ni superficiales: jamás permitió que cupiera ni la menor duda de que el nacionalsocialismo era para él, en último término, decididamente no cristiano, despiadado y diabólico, que siempre lo sería y cada vez con mayor intensidad. Cuando un obispo le preguntó si no sería posible “bautizar” el nacionalsocialismo, y no fue el único en plantearse esta posibilidad al comienzo del régimen nazi, el P. Kentenich le respondió que él no veía ningún punto donde derramar el agua bautismal.

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Coblenza, 1933: Reunión Nacionalsocialista, en el monumento dedicado a Guillermo I.

A su juicio, el nacionalsocialismo pertenecía a aquellos “signos de los tiempos” que, desde hacia mucho, él observaba atentamente, no sólo por razones de estrategia y táctica, sino también porque de ellos deducía deseos e indicaciones divinas para su propio quehacer y para sus planes. Daba suma importancia a la necesidad de interpretar correctamente qué quería decir la divina Providencia con ese “signo de los tiempos” que aparecía en Alemania: el nacionalsocialismo. Para hacerlo, se apoyó en dos leyes que en otros temas solía emplear como principios de conocimiento: la ley que denominó “ley de la contraposición” y otra que tomó de una frase de san Agustín: “Utamur haersticis ut contra eorum errores veram doctrinam catholicam asserentes tutiores et firmiores simus”. “Saquemos provecho de los herejes, de manera que mediante la defensa de la verdadera doctrina católica contra sus errores, logremos mayor seguridad y firmeza”.([13])

La primera ley llevó al P. Kentenich a prestar mucha atención a aquello que en el cristianismo, y por tanto en Schoenstatt, molestaba especialmente a sus enemigos; a lo que rechazaban y combatían. Por ejemplo, si a través de su propaganda y adoctrinamiento el nacionalsocialismo arremetía, cada vez con más fuerza, contra la doctrina cristiana de la inclinación al pecado y la necesidad de redención del hombre (ario), el P. Kentenich acentuaba justamente esta doctrina. Durante todo un año, 1933, basó sus ejercicios en el tema “el hombre redimido”.

Por su parte, la ley agustiniana “Utamur haereticis” lo motivó a observar atentamente aquellos deseos o necesidades vitales que también se hacen sentir en fenómenos como el nacionalsocialismo y a los cuales deben en buena medida sus éxitos y pujanza. La intención del P. Kentenich era captar esos deseos y necesidades de las personas a fin de proporcionarles una vía de expresión cristiana. A manera de ilustración, mencionaremos otro ejemplo sobre el Tercer Reich: Cuando el nacionalsocialismo inició el culto a la “tierra y la sangre”, en vez de rechazarlo el P. Kentenich se preguntó cuáles eran las fuerzas instintivas que se manifestaban en dicho culto, y llegó a la conclusión de que, tras la acentuación del apego a la “tierra”, al “suelo”, subyacía el creciente desarraigo, la falta de hogar del hombre moderno y, por tanto, su necesidad de “suelo”, esto es, de hogar([14]). En consecuencia, reaccionó intensificando la vinculación a Schoenstatt en cuanto lugar, cosa que siempre se había acentuado en la Familia de Schoenstatt, especialmente al Santuario de la Madre tres veces Admirable, hogar espiritual de los schoenstatianos y de la comunidad de Schoenstatt.

De esta manera, el P. Kentenich logró dos cosas: auscultar los deseos de Dios y encauzar su realización y, al mismo tiempo, realizar, en materias esenciales, un intenso trabajo de defensa e inmunización contra la infección del nacionalsocialismo.

3.  Jornada sobre “Pedagogía mariana del matrimonio”

La primera jornada para educadores, principalmente sacerdotes, a la cual nos referiremos a fin de iluminar más de cerca la posición y forma de proceder del P. Kentenich frente el nacionalsocialismo, trata sobre la “Pedagogía mariana del matrimonio”, y la dictó en Schoen-statt entre el 29 de agosto y el 1 de septiembre de 1933.

El año anterior ya había dado una “Jornada de pedagogía para el matrimonio” para sacerdotes. Este tema seguía la misma la línea de los cursos pedagógicos que dictaba desde mediados de la década de 1920, y adquirió especial interés después de la encíclica Casti Connubi de Pío XI, del 30 de diciembre de 1930. La elección del tema, por lo tanto, había sido hecha antes del advenimiento del nazismo en Alemania y, originalmente, no tenía relación alguna con esta ideología. Por lo mismo, es interesante ver cómo el P. Kentenich orientó el curso hacia la situación que se genera en Alemania, a partir del 30 de enero de 1933.([15])

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Berlín, julio de 1933: En las puertas de la Iglesia, miembros de la SA (tropa paramilitar del partido Nazi) hacen propaganda en favor de Hitler en vísperas de las elecciones.

Ya en la conferencia de introducción, el P. Kentenich habló, y difícilmente podía esperarse otra cosa, sobre la relación entre la pedagogía mariana del matrimonio y la situación creada por el gobierno nacionalsocialista. Debe reconocerse, destacó, que la pedagogía sobre la familia y el matrimonio es una de las necesidades más apremiantes de la época. Esto es así porque, en el mundo Occidental, la familia se ha vuelto “enferma e infecunda… casi incurablemente enferma e infecunda”. Dada la nueva realidad que vivía Alemania, el matrimonio y la familia habían llegado a ser un problema vital para la Iglesia. Según el P. Kentenich, la Iglesia alemana dedicaba gran parte de sus esfuerzos a las numerosas asociaciones que había creado en los últimos cien años; sin embargo, la familia, por su importancia fundamental, era la “asociación esencial” y la ocupación prioritaria en la cual recomendaba concentrar los mejores esfuerzos de los católicos. El concordato con la Santa Sede, del 20 de julio de 1933, daba garantías a las asociaciones eclesiásticas y las ponía bajo una protección especial, pero el P. Kentenich no las consideraba lo bastante sólidas como para confiar en ellas. Por eso insistía en que “debemos concentrar nuestro trabajo en la renovación de nuestras familias… El tiempo actual nos obliga a preguntarnos siempre por los principios últimos”. Esto significa que “si queremos salvar el catolicismo en Alemania, debemos orientarnos con todos los medios a nuestra disposición hacia la cristianización de nuestras familias. Si a las asociaciones católicas les fuera posible continuar sus actividades por un tiempo, éstas debieran orientarse, en primer lugar, al desarrollo de la vida familiar de sus miembros y a educarlos para que puedan formar familias conscientemente católicas”.

El P. Kentenich se preguntaba si en muchas asociaciones y organizaciones católicas se prestaba adecuada atención a la familia, si tendrían real conciencia de la necesidad de apoyarlas. En lugar de ello, muy a menudo éstas ocupaban a sus miembros, especialmente a los padres, en actividades que los alejaban de la familia y del cultivo de la vida familiar y, por consiguiente, de la educación de la familia como célula vital del cristianismo.

“Crear islas matrimoniales católicas es nuestro ideal, para eso trabajamos nosotros desde aquí” (es decir, desde Schoenstatt), afirmó el padre en esa oportunidad. Al hablar de “islas matrimoniales”, suponía que, muy pronto, sobrevendría una “inundación” que haría del matrimonio católico una empresa muy difícil y poco frecuente. De hecho, veía surgir circunstancias que se asemejaban a las del cristianismo primitivo: “Debemos elevarnos hacia los ideales matrimoniales cristianos en medio de un entorno pagano, tal como sucedía en tiempos del cristianismo primitivo”. Hizo un especial llamado a los cristianos que se habían consagrado a Dios a través de una vida virginal, a colaborar en la formación de esas “islas matrimoniales”: “Nosotros, como personas consagradas en virginidad, debemos salir al mundo como profetas del matrimonio católico”. No faltó la comparación con el nacionalsocialismo: “Deberíamos rugir como una tempestad a través del país, una tempestad de santa entrega para la renovación de nuestras familias… ¡Cuánto fervor hay en el nacionalsocialismo! Deberíamos encendernos también nosotros de la misma manera; de no ser así, no podremos cumplir nuestra tarea”.

Como no es posible seguir detalladamente el trazado de esta jornada, con todas sus ramificaciones, consideraremos su importancia respecto de la lucha contra el nacionalsocialismo desde un doble punto de vista:

1)  Como pronóstico de la futura evolución de los acontecimientos: desde el comienzo de la dominación nacionalsocialista, el P. Kentenich había llamado la atención sobre la necesidad de comprender que la familia era el bastión más poderoso en la defensa de la Iglesia. En ella, cual Iglesia en pequeño, ésta resistiría el duelo contra el nacionalsocialismo y podría iniciar un nuevo comienzo. Y la fuerza vital de la familia dependía de la calidad del matrimonio cristiano.

2)  Al proclamar el ideal matrimonial católico en forma integral y clara, el P. Kentenich aportaba al fortalecimiento de un principio fundamental para la conciencia cristiana, que estaba siendo amenazado. Pocas cosas eran más importantes en tiempos del nacional-socialismo, con su presión sobre la personalidad cristiana y la psicosis de masas deliberadamente organizada, que una conciencia intacta que permitiera a los individuos orientarse y juzgar con libertad interior. Por cierto que, a su vez, nada era más contrario a los propósitos y decretos de los dueños del poder, quienes se esforzaban por penetrar el ámbito del matrimonio y de la familia a fin de imponerles su ideología.

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Propaganda Nazi:
Portada de Frauen Warte. Revista, publicada por el régimen nazi dirigida a las mujeres. Número dedicado a la familia y al hogar.

4.  Jornada sobre “El misterio de Schoenstatt”

En 1933, el P. Kentenich dio otra jornada que también nos ilustra acerca de su posición frente el nacionalsocialismo. Nos referimos a la jornada sobre “El misterio de Schoenstatt”, para las jefas de la Federación de Señoras, que tuvo lugar entre el 27 y el 30 de diciembre de ese año.

Como el P. Kentenich quería no sólo defender y preservar sino también edificar, fundar nueva vida, porque, como insistía a menudo, la vida más vigorosa es la que siempre sale triunfante, esta jornada, tal como la anterior sobre la pedagogía mariana del matrimonio, no pretendía ser, en primer término, una confrontación con el nacionalsocialismo. El tema elegido versó sobre educación de la personalidad de los dirigentes de Schoenstatt, especialmente de aquéllos dedicados al servicio del “año popular mariano”, proclamado para 1934.

Como vemos, el P. Kentenich permanecía fiel a su propia línea, la que había seguido durante los años transcurridos desde la fundación. Desde un comienzo, la Federación Apostólica fue concebida como una comunidad de católicos dispuestos a imponerse exigencias superiores al término medio, a fin de que la labor de sus jefes estuviera respaldada por una vida religiosa intachable.

Por otra parte, también se percibe claramente la influencia de los sucesos de 1933. La expresión “misterio de Schoenstatt” apunta en ese sentido. Se remonta al caso del prelado Ludwig Wolker, entonces presidente de la Asociación de Jóvenes Católicos, quien, en 1930, después de una permanencia en Schoenstatt para estudiar, comentó que durante su estadía no había logrado descubrir el misterio de Schoenstatt.([16])

Ahora bien, tres años después, el P. Kentenich dio a conocer a toda la Familia de Schoenstatt las palabras de Wolker, porque le parecieron muy adecuadas para expresar su convicción de que Schoen-statt era obra de Dios y de la Madre de Dios. A juicio suyo, esta convicción no sólo correspondía a los hechos, sino que le parecía esencialmente necesaria si Schoenstatt quería resistir con éxito la lucha que se veía venir.

Durante la jornada, el P. Kentenich señaló, una y otra vez, la necesidad de formar personalidades católicas con capacidad de liderazgo. Este tema no era nuevo: ya en el acta de Prefundación, el 27 de octubre de 1912, se había referido a su importancia y a sus características esenciales: “carácter firme, libre y sacerdotal”. Como el nacionalsocialismo insistía en caracterizar al “auténtico líder” de acuerdo a sus propios valores, él decidió elaborar y destacar las características de un líder cristiano orientado a Cristo y a su doble entrega al Padre y a los suyos.

Pronto se vio que estas ideas no sólo no agradaron a los dirigentes nazis sino que les parecieron especialmente peligrosas.([17])

En la jornada sobre el “Misterio de Schoenstatt”, el P. Kentenich anunció que 1934 iba a ser un “año popular mariano”. No es difícil darse cuenta de que esa consigna se relacionaba directamente con la toma del poder por parte de Hitler. El movimiento nacionalsocialista había diseñado, a través del “Movimiento Alemán de la Fe”, un instrumento para combatir a la Iglesia. Su objetivo era penetrar no solamente las instituciones sino también la mente del pueblo alemán que, en 1933, aun no había sido conquistado por la ideología nazi.

La respuesta del P. Kentenich fue hacer todo lo que estuviese a su alcance para fortalecer y vivificar la fe cristiana del pueblo, abarcando el ámbito más amplio posible, por medio del contacto con Schoen-statt, su Santuario y fuente de gracias.

De esta sucinta descripción de la jornada, se desprende cuán deliberadamente orientó al Movimiento, desde un principio, hacia las nuevas circunstancias que enfrentaba Alemania, hacia la lucha contra el nacionalsocialismo y su empeño por lograr el total dominio de las personas. Prueba de ello son también sus numerosas referencias al nacionalsocialismo. En la primera conferencia del 27 de diciembre, habló sobre “las nuevas corrientes y movimientos” que pretendían tener el carácter de “religión redentora” capaz de liberar al hombre del sufrimiento y del pecado. Liberarlo del pecado negando el pecado y del sufrimiento creándole la ilusión de una existencia terrenal sin sufrimientos. En contraste a la glorificación de la comunidad del pueblo alemán, el P. Kentenich afirmó que, en la vida real, la comunidad es un “pecado original condensado”, y que sólo la gracia de Cristo puede hacer que existan comunidades donde se soporten, apoyen y amen los unos a los otros.

En una conferencia posterior, hizo notar que la Iglesia de Alemania y todos sus valores estaban en juego, por lo que se hacía indispensable entregar, en medio de la confusión en que muchos habían caído, “seguridad instintiva, católica y esclarecida”. “¡Nuestro pobre pueblo”, exclamó el P. Kentenich en un momento dado, “cuán falto de redención, de claridad, de seguridad!” Una de las tareas esenciales de Schoenstatt debía ser “mostrar una Iglesia organizada y profundamente espiritual, una organización ejemplar, un estado ideal que se mantenga en el trasfondo de la organización externa”.

Estas palabras del P. Kentenich reflejan su objetivo final: “Si llegara el momento en que todo fuera destrozado, nosotros deberíamos permanecer de pie; debemos salvar a la Iglesia y conducirla a los nuevos tiempos. El futuro de la Iglesia exige que empleemos todas nuestras fuerzas en crear una organización valiosa y capaz de arraigar profundamente en la vida de las personas. Allí donde existan centros estables, la vida católica estará segura. Y si alguna vez los enemigos del Movimiento de Schoenstatt lograran aniquilarlo, cada schoenstattiano debiera ser capaz de fundarlo nuevamente”.

Como vemos, ya el primer año de la dictadura nacionalsocialista, el P. Kentenich tenía una clara visión de lo que ésta significaba y de las consecuencias que la ideología nazi tendría para la Iglesia alemana. También podemos constatar que en sus pláticas usó un lenguaje explícito y que sacó conclusiones claras, tanto para sí mismo como para su fundación.

5.  Jornada sobre “Educación mariana”

Poco después, entre el 22 y el 26 de mayo de 1934, en la “Jornada mariana y pedagógica”, continuó la línea de la jornada anterior sobre el “Misterio de Schoenstatt”, profundizando y acentuando, en forma especial, el tema mariano([18]). La idea central de esta jornada se resume en las siguientes palabras: “Una devoción mariana esclarecida es el gran medio, ya probado, para crear un extenso y profundo movimiento católico de fe”.([19])

En esta oportunidad dio una batalla en dos frentes: 1) Dentro de la Iglesia, contra los representantes de un extremismo litúrgico que, especialmente en Alemania, desde hacía años y no sin éxito, intentaban frenar la teología y piedad mariana, medios que, a juicio del P. Kentenich, eran justamente los más eficaces para lograr la claridad indispensable y el apoyo irrenunciable que se necesitaba para resistir el nacionalsocialismo y despertar un “profundo y extenso movimiento católico de fe”. 2) Y en el frente externo, contra el nacionalsocialismo, cuyas garras se clavarían también en el ámbito de los asuntos religiosos en forma cada vez más despiadada a medida que se afianzaba en el poder, como lo hizo en el verano de 1934 al asesinar al dirigente católico berlinés, Erich Klausener.

Respecto a la controversia con un sector de la Iglesia que ocupó parte importante de la jornada, en esta oportunidad no podemos detenernos en este tema, aunque, de hecho, sigue vigente. Una comparación con la Iglesia en Polonia, bajo la dominación comunista, nos demuestra la efectividad e importancia de una orientación mariana para conservar la fe cristiana y resistir la persecución y la opresión, tal como afirmaba el P. Kentenich en 1933-1934, especialmente si se centra en un Santuario como el de Czestochowa.

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Hitler en una reunión del partido nazi. Al fondo la “Iglesia de santa María”, Nuremberg, Alemania 1928.

Por de pronto, podemos observar que en la “Jornada mariana y pedagógica”, el P. Kentenich procedió según la ley llamada “Utamur haereticis”, es decir, observó y se dispuso a usar algunas estrategias nazis (legítimas de usar) en beneficio de la Iglesia. Por ejemplo, al comenzar la jornada dijo que, “si hay algo que debieran ustedes reconocer a la corriente opuesta, es que sabe manejar con maestría la psicología del pueblo”([20]). Por cierto que la Iglesia, ni Schoenstatt como movimiento católico, podía imitar las tácticas nazis, pero eso no le impedía sacar conclusiones obvias, como la necesidad de orientarse más hacia el pueblo, de acercarse al pueblo, a sus raíces y necesidad de arraigo. El P. Kentenich se oponía enfáticamente a una concepción de Iglesia enfocada hacia el sector más sofisticado de los católicos, el cual, en el fondo, siente por el pueblo y sus formas de piedad sólo un desdén compasivo. En esto, como en otras materias, aspiraba a un equilibrio armónico: “No queremos sólo personas de selección; debemos incluir a las masas en el Movimiento en pro de la fe. Ustedes pueden ver cómo el otro lado (los nazis) atrae a las masas… La Iglesia debe ser también una Iglesia del pueblo”.([21])

Al respecto, destacó la tenaz perseverancia y el plan metódico empleado por Hitler para conquistar a las masas: “El nacionalsocialismo es capaz de estudiar cuánto tiempo se requiere para persuadir a las masas e inculcarles una idea”([22]). Referente a ello, señaló uno de los métodos usados por el Partido para ganarse e infiltrar a la población: “Vean, ustedes, cómo el nacionalsocialismo… tiene en todas partes sus “casas pardas…”([23]) Con estas casas, el Partido ponía hábilmente a su servicio la ley de la necesidad de vinculación a un lugar. El P. Kentenich vio en ello una señal que le indicaba la necesidad de fortalecer en el Movimiento la vinculación a un lugar, es decir, al Santuario de Schoenstatt, y apoyarla mediante la difusión de imágenes, grabados y Santuarios de la Madre tres veces Admirable.

Pero en esta jornada no sólo se refirió a los aciertos tácticos del nacionalsocialismo; también lo criticó duramente y con una franqueza no exenta de peligro. En la primera conferencia, por ejemplo, dijo: “Sí, en otro tiempo fue grande nuestro pueblo manteniéndose fiel a la sangre y a la tierra; pero era igualmente fiel a la sangre de Cristo, a su patria y al cobijamiento en Dios, en el Dios trino que se ha revelado. No es verdad que nuestro pueblo germano se haya convertido al cristianismo sólo por el poder de las armas. Mucho más cierto es que recibió el bautismo en virtud de un fuerte anhelo, profundamente arraigado, de redención, del Dios redentor y de la gracia. Quien conoce el tiempo actual entiende lo que hay detrás de estas palabras”.([24])

Como si presintiera lo que él iba a experimentar en la prisión y en el campo de concentración, al destacar el carácter irreemplazable del cristianismo encarnado en la vida, afirmó: “No nos inquieta tanto el Partido (en cuanto doctrina y programa) sino su poder, su brutalidad, que solamente una vida plena de vigor es capaz de resistir”([25]).

Una vez más, tal como en la jornada sobre el “Misterio de Schoenstatt”, el P. Kentenich se refirió al culto del trigo que se practicaba en honor al “Führer” Adolfo Hitler: “Un jefe no puede aspirar a ser un sustituto de Dios”([26]). Poco después repitió esta afirmación, agregando: “Puede ser su representante, un sustituto([27]), siempre que se atenga a dos condiciones: a su carácter de transparente e instrumento de Dios y a la ley de la transferencia orgánica, según la cual no se puede creer ni presentar como señor absoluto y último dueño del poder, sino sólo como un eslabón de unión con Dios”.

No dejó dudas entre sus oyentes de que la Iglesia tenía que contar con una lucha a muerte en la Alemania dominada por el nacionalsocialismo. A su juicio, se trataba de problemas graves y de vasto alcance: “¿Alemania se tornará pagana, cristiana, católica? ¿Cómo podemos llevar a Cristo de nuevo a Alemania?”([28])

El P. Kentenich sabía lo que decía. Sus afirmaciones y los problemas que planteaba no eran mera retórica. Vistas las cosas desde otro punto de vista, se trataba, a su juicio, de la superación del hombre-masa, que no se limitaba al modelo impuesto por el nacionalsocialismo y su partido sino que estaba en todas partes, pues es el problema antropológico y ético fundamental de nuestro tiempo. Para superarlo era necesario formar cristianos maduros, aptos para tomar decisiones por sí mismos y, gracias a ello, capaces de soportar la diáspora. Al mismo tiempo, había que construir un catolicismo compuesto por pequeñas comunidades, capaces de prescindir de una imagen triunfal de la Iglesia y sin que por eso vacilara su fe.

También se refirió, una vez más, al destino de las asociaciones y grupos católicos. En ese momento, mayo de 1934, estaba más convencido que el año anterior de que el nacionalsocialismo iba a destruirlos. Pero la desaparición de estas formas tradicionales de organizaciones católicas le parecía solamente parte de un proceso de “abandono de una forma, de transformación”, al cual se vería arrastrada inevitablemente la Iglesia del presente. El nacionalsocialismo y sus métodos le parecían, desde este punto de vista, sólo un síntoma y un componente más del trastorno de nuestra época, del cual la Iglesia no podía quedar exenta.

Estimulado por Ignaz Zangerle, que en ese entonces analizaba el mismo tema en la revista “Brenner”([29]), el P. Kentenich describió este “proceso de abandono de una forma y transformación”, que consistía en abandonar formas ya anticuadas y desarrollar otras adecuadas y útiles para que la Iglesia pudiera realizar su misión en el mundo moderno, como un proceso de deseuropeización, desmaterialización, despolitización y desterritorialización.

Con el término “deseuropeización” quería decir que la Iglesia debía abandonar su ropaje europeo y volverse más universal. Con “desmaterialización”, que en el futuro debía ser capaz de renunciar a los apoyos y medios materiales y confiar más en sus fuerzas sobrenaturales. Por “despolitización”, que la Iglesia no debía identificarse, en el plano nacional ni internacional, con determinadas tendencias; que debiera tomar más distancia respecto de los sucesos políticos contingentes. Finalmente, la “desterritorialización” implicaba la capacidad de prescindir de espacios y ambientes hasta ahora cerrados y exclusivamente católicos, y aumentar su capacidad de vivir en la diáspora.([30])

¿Adónde lleva una situación de trastorno como ésta? Dice el P. Kentenich que “debemos tener la capacidad de crear un mundo nuevo, pero desde un segundo plano… y a partir de los principios últimos, de modo que si las ‘penúltimas cosas’ son destruidas, las asociaciones y grupos, logremos crear un mundo nuevo, con nuevas formas, a partir de los principios últimos. Sin formas las cosas no andan. La pregunta es ¿qué formas pueden ser destruidas y cómo hacer surgir nuevas formas desde los principios últimos, desde las fuerzas motrices últimas?”

Este enfoque del problema no ha perdido su actualidad. Ya en ese tiempo, el P. Kentenich señala la tarea esencial que corresponde realizar a la Iglesia y dentro de la Iglesia. Y esto es válido también hoy, después del Concilio Vaticano II. Permite, además, comprender el propósito profundo que impulsó al P. Kentenich a fundar la Obra de Schoenstatt: quería ofrecer a la Iglesia una obra que representara una contribución efectiva, capaz de responder a la interrogante de cómo crear las nuevas formas que requieren los nuevos tiempos.

El P. Kentenich resumió en tres imperativos el fruto que esperaba obtener de la “Jornada mariana y pedagógica”:

1)  Entrégate sin reservas, con gran entusiasmo, a la idea, bien concebida, de un Movimiento popular marcadamente católico”.

2)  “Preocúpate de que logremos formar personalidades definidas, bien cinceladas… Debemos recurrir a fuerzas divinas, pues quienes ahora se enfrentan en una lucha no son fuerzas humanas que combaten entre sí, sino fuerzas subhumanas contra fuerzas divinas. Necesitamos estar traspasados por Dios”.([31])

3)  “Preocúpate de que haya islas matrimoniales… Permítanme mostrarles sus contextos y causas últimas: tenemos sólo dos instituciones humanas que son de indudable derecho divino: la Iglesia y la familia… Los destinos del mundo no se deciden… porque exista una mejor Constitución ni un mejor tipo de Estado; se deciden en la cuna del niño y en los matrimonios católicos, fieles a la naturaleza (querida por Dios)”.([32])

Evidentemente, cada uno de estos tres imperativos significaba una declaración de guerra a los correspondientes objetivos del nacionalsocialismo.

6.  Retiro sobre “El hombre redimido”

Por último, para ilustrar aun mejor la posición del P. Kentenich frente al nacionalsocialismo y su forma de proceder, demos una mirada al retiro para sacerdotes del año 1936, sobre el “hombre redimido”.

Como ya dijimos, la elección del tema se vio influida por la doctrina nazi sobre la necesidad de la redención del hombre ario. Pero, al mismo tiempo, el P. Kentenich quería seguir avanzando en la construcción de su obra, y hacerlo en la dirección que señalaban las circunstancias históricas. En la conferencia de apertura, dijo: “Tenemos ante nosotros una doble tarea, a saber, apagar la luz del fuego fatuo y encender la luz propia”. Al observar los “nuevos fuegos fatuos, las herejías de la época” veremos que “todo el fundamento de nuestra fe está siendo sacudido. Se niega que la Iglesia sea una institución liberadora; que las Sagradas Escrituras sean un libro redentor; que Cristo sea un Dios redentor; que el hombre necesite ser redimido… Se desgarran los fundamentos de toda religión. Dios, el fundamento de toda religión, ya no es más Dios. El hombre es Dios. Todo el mundo de la cultura moderna huye de Dios. Si antes había algunas personas aisladas que huían de Dios, hoy vemos por todas partes la gran huida de las masas alejándose de Dios. Esto también se puede apreciar en las vidas privadas en general”. “¿Dónde encontrar hombres que consideren el cristianismo no sólo como un principio formal sino también como un principio vital? En verdad, esto es lo que Dios quiere cuando permite que el espíritu de una época destruya todas las formas. Él quiere que el cristianismo vuelva a ser un principio vital. Todos los fundamentos de la religión están siendo sacudidos, por eso se niega al Dios trinitario. Hay que deshacerse de Dios, ¡fuera el Padre!; deshacerse del cristianismo, ¡fuera el Hijo!; deshacerse de la Iglesia, ¡fuera el Espíritu Santo! Para luchar contra todo esto, debemos reconquistar todo el Credo, todos sus fundamentos”.

Estas palabras dejan en claro que el P. Kentenich no sólo tenía en la mira al nacionalsocialismo, al que no veía sólo como un fenómeno aislado sino en el contexto de las corrientes fundamentales de la época. A fin de ilustrar su imagen ideal del “hombre redimido”, bosquejó las características del nuevo pagano no redimido y que rechaza toda redención que provenga de otro. En efecto, el hombre nazi ideal creía en su poder para redimirse a sí mismo: “¿Qué aspecto presenta el nuevo pagano? Es el humanista germano con rasgos marcadamente bolcheviques y tendencias ‘socavadoras’([33]) fácilmente reconocibles”.

La concisión de esta fórmula, llena de contenido, y su originalidad permiten reconocer que no es producto del momento sino el resultado de un muy bien meditado y profundo análisis. El P. Kentenich amplió y aclaró su significado en los siguientes términos: “Al otro lado –con esa expresión, que usaba a menudo en esos años, se refería al nacionalsocialismo– surge el ideal de un humanismo pagano. En este punto conviene detenernos en la historia del humanismo. Hay algo trágico en el humanismo en cuanto a la relación entre la naturaleza y la gracia. Si en el Renacimiento, el humanismo latino dejó de lado el “sobrenaturalismo”([34]), hoy vemos que el naturalismo germano abandona toda creencia en la realidad sobrenatural. Ahora tenemos que buscar, por una parte, una síntesis –¡nunca ponernos en una posición antiética!– y, por otra, alejarnos del catolicismo que se refugia unilateralmente en lo sobrenatural”.

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Juventudes Nacionalsocialistas.

El P. Kentenich toca aquí un aspecto fundamental, posiblemente el núcleo esencial de su pensamiento como teólogo y pedagogo: la “unión armónica entre la naturaleza y la gracia”. Es de lamentar que los apuntes tomados en esta conferencia, del cual sacamos la cita, reproduzcan este pensamiento en forma tan insuficiente. El P. Kentenich se oponía aquí al naturalismo puro, característico del nacionalsocialismo y su doctrina sobre la necesidad de redención del hombre prescindiendo de Dios. Pero también al sobrenaturalismo que menosprecia la naturaleza, que la deja de lado.

Frente al naturalismo puro, que rechaza la gracia y se cierra a ella, y al sobrenaturalismo –que rechaza la naturaleza, las características que le son propias, su fuerza, sus leyes y sus necesidades– el P. Kentenich aboga por un pensamiento genuinamente católico, que no se sitúa en ninguno de estos dos extremos sino que asume y valora “no sólo una cosa, sino también la otra”. En este sentido, continúa diciendo: “Es verdad que, en las circunstancias actuales, sin una disposición sobrenatural no es posible resistir el influjo del mundo. Pero debemos preocuparnos de que la gracia vuelva a ser un verdadero gozo para la naturaleza, que cautive al ser humano. Es una terrible tragedia constatar que el cristianismo no haya sido capaz de quebrarle el diente venenoso al ario. “¿A qué se debe esto? A que, en la práctica, no vivimos suficientemente la armonía querida por Dios entre naturaleza y gracia”. O, como expresó en otras oportunidades: “La armonía viva entre ambas no se ha hecho realidad porque la naturaleza no se ha abierto enteramente a la gracia”.

Con este análisis, el P. Kentenich tocaba la raíz más profunda del progresivo proceso de descristianización que observamos desde hace tiempo en Occidente. A su juicio, este proceso no se debe simplemente al surgimiento de la sociedad industrial ni al avance de la tecnología que, como algunos afirman, terminarán por dominarlo todo; ni es tampoco la consecuencia inevitable de la evolución del hombre contemporáneo, que ya habría alcanzado la mayoría de edad. No hay razón alguna para que la industria, la técnica o el esfuerzo del hombre por lograr la libertad deban traer aparejado un ineludible proceso de descristianización.

La causa fundamental de la progresiva descristianización de Occidente es, a su juicio, la emancipación de la naturaleza respecto a la gracia, entendiendo aquí por “naturaleza” la propia de la persona individual, pero también la totalidad de la realidad terrenal creada. Y al no subordinar la naturaleza a la gracia, se invalida la armonía entre ambas, querida por Dios.

¿Pero qué quería decir el P. Kentenich con la expresión “rasgos marcadamente bolcheviques” y “tendencias socavadoras fácilmente reconocibles”? A su juicio, el hombre con “rasgos marcadamente bolcheviques” es el hombre-masa y el hombre-máquina, un hombre disociado de todos los vínculos naturales y sobrenaturales, sin los cuales la persona no puede existir de manera verdaderamente humana. Según el P. Kentenich, “el hombre bolchevique” no se encuentra únicamente en el ámbito del bolchevismo político: también usa ese calificativo para caracterizar a los nazis.

La imagen opuesta al hombre bolchevique es la del “hombre nuevo en la nueva comunidad”. El P. Kentenich también lo define como: “la personalidad más perfecta posible en la comunidad más perfecta posible”, ambas orientadas hacia el Dios trinitario de la Revelación. Sólo este tipo de personalidad es capaz de sobreponerse a las tendencias de una sociedad que, basándose en la máquina, sólo busca el rendimiento técnico y económico.

Con la expresión “tendencias socavadoras fácilmente reconocibles”, el P. Kentenich quería llamar la atención sobre uno de los métodos favoritos “del lado opuesto”. Tal como sucedió con la Reforma del siglo XVI, en un principio permiten que subsistan las antiguas formas o estructuras, para luego irlas vaciando, poco a poco, de su contenido y llenando con otro, hasta que llegue el momento en que el proceso esté suficientemente avanzado como para cambiarlas.

El final del retiro sobre el “hombre redimido” fue tan claro e importante como su comienzo. El objetivo de la última conferencia fue anclar firmemente a los participantes en la fe en la divina Providencia, en la certeza de que, en último término, es Dios quien gobierna el mundo.

El P. Kentenich estaba convencido de que los trastornos causados por los acontecimientos de la época y sus circunstancias aumentarían considerablemente: “¿No sentimos el fuerte temblor cultural que remece al mundo entero? Por corto que sea el lapso de vida que Dios nos haya reservado, éste será decisivo y quizás más de lo que pensamos. Si en el tiempo venidero el destino me juega malas pasadas, la vida de fe y también la vida moral que hay en mí pueden sufrir serias sacudidas. Si en torno a mí veo la realidad desnuda en toda su dureza, si me rodea el naturalismo de la época, se me hace difícil creer en la realidad del mundo sobrenatural”.

7.  “El año popular mariano” - 1934

Lo que el P. Kentenich predicó con su palabra y demostró con su conducta durante el primer año del gobierno nacionalsocialista, no pudo permanecer oculto. Sus espías se habían diseminado por todas partes. Por lo demás, eran tan numerosas las personas que participaban en los cursos del P. Kentenich que no se necesitaba espías para atraer la atención sobre él. Gracias a ello, sus ideas e influencia se difundieron y se hacían sentir cada vez con más fuerza. Además, él no limitaba sus actividades a Schoenstatt, también las desarrollaba en muchos lugares de Alemania. En Munich, por ejemplo, habló no menos de cuatro horas sobre el nacionalsocialismo a una concurrida reunión de clérigos. Dio la misma conferencia en Berlín, en Breslau, en donde acudió a oírlo el cardenal Bertram, y también en Münster. Allí, el obispo Clemens August von Galen lo invitó, con motivo de la conferencia, a visitarlo a objeto de analizar una interrogante fundamental: “¿Cabe aceptar que hoy se atribuya al demonio más poder del que normalmente se le supone?”.

En 1934 tuvo lugar un acontecimiento que atrajo aun más la atención de la policía secreta sobre Schoenstatt: el traslado, hecho públicamente en el mes de agosto, de los restos de dos cofundadores de la joven Obra de Schoenstatt –Hans Wormer y Max Brunner– desde Francia a Alemania, y su inhumación en un pequeño cementerio de honor detrás del Santuario de la Madre tres veces Admirable de Schoenstatt. Los autores de esta iniciativa aprovecharon hábilmente el culto a los caídos en la Primera Guerra Mundial que el propio nacionalsocialismo impulsaba a voz en cuello. Sin embargo, un documento del SS (Servicio de Seguridad) fechado el año siguiente –al cual nos referiremos más adelante– demuestra que sus funcionarios estaban muy bien informados respecto al verdadero sentido de la repatriación de los restos de estos jóvenes schoenstatianos. De hecho, durante los tres días que precedieron a su inhumación, tuvo lugar en Schoenstatt un encuentro de jóvenes: se reunieron casi mil participantes, entre estudiantes secundarios, miembros de los grupos de jóvenes profesionales y estudiantes universitarios. Un gran número de personas desfiló ante las urnas con los restos de Brunner y Wormer, que fueron expuestos en una capilla ardiente en la Casa de Ejercicios de Schoenstatt. Y a pesar de que este hecho no se comunicó a la prensa, a las ceremonias vespertinas, realizadas en la plazoleta cercana al Santuario de la Mater ter Admirabilis, asistieron tres mil personas un día, y entre cuatro y cinco mil durante los otros dos. Entre los participantes se encontraba el P. Franz Reinisch, que entonces tenía 31 años de edad. Ésta era la primera vez que visitaba Schoenstatt, y quedó tan impresionado que desde entonces no se apartó nunca más del Movimiento. Justamente ocho años después, el 21 de agosto de 1942, dio su vida por Schoenstatt. Murió en manos del verdugo, decapitado en la guillotina.

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Asistentes a las ceremonias vespertinas realizadas en la plazoleta cercana al Santuario de Schoenstatt.

Como podemos ver, durante el año 1934 el Movimiento desarrolló una actividad apostólica extraordinariamente vigorosa. Bajo la consigna “Año popular mariano de Schoenstatt”, el P. Kentenich propuso trabajar tanto como fuera posible y abarcando el frente más amplio, para inmunizar al pueblo católico contra la doctrina nazi mediante la vinculación con Schoenstatt.

Según se desprende de un informe sobre actividades realizadas ese año en la sede del obispado de Tréveris, los padres de la dirección central de la Obra y sacerdotes schoenstatianos de la diócesis dieron no menos de 300 retiros de un día, 60 semanas de conferencias religiosas en parroquias y 40 tandas de retiros y misiones populares. Sólo el P. Kentenich dio, en 1934, en lugares tan distantes entre sí como Ulm, Dortmund, Danzig y Bransberg (Prusia oriental), la asombrosa cifra de 35 retiros y jornadas para sacerdotes, en las cuales se registraron 2.334 asistentes.

A pesar del abrumador trabajo y del consiguiente esfuerzo que implican estas cifras, éstas sólo reflejan una parte de las actividades del P. Kentenich. Paralelamente a los numerosos cursos y jornadas para sacerdotes y laicos, a partir del año 1926 fundó y formó, muy privadamente, la comunidad de las Hermanas de María, invirtiendo en ella lo mejor de su saber y de sus capacidades. Las Hermanas de María debían ser el “caso preclaro” de ese “nuevo hombre en la nueva comunidad” que el P. Kentenich quería obsequiar a la Iglesia.

8.  Informe especial del SD sobre Schoenstatt([35])

El primer documento del gobierno central relativo a Schoenstatt que se ha hallado hasta el momento, está en el “Informe del Día” del cuartel de la Policía Secreta del Estado en Berlín, con fecha 27 de septiembre de 1935. Bajo el número 23 dice: “El cuartel de la Policía del Estado de Tréveris informa que en ese distrito se erigen en muchos lugares nuevas capillas, sin justificación aparente. En este contexto, se informa que en Freisen, cerca de St. Wendel, en una conocida comunidad católica de la región del Saar donde hay muchos niños, la asociación de muchachas del lugar puso delante de la iglesia una ermita con una imagen de la ‘Querida Señora de Schoenstatt’… Posiblemente se trate de una forma… de sabotear la construcción de un Thingstäatten([36]).

El mismo mes de septiembre de 1935, se elaboró otro documento muy detallado sobre el Movimiento de Schoenstatt. Se trata de un “Informe Especial” de la Dirección Superior de Seguridad del SS([37]), que operaba todavía junto a la Policía Secreta del Estado, sin duda también bajo la dirección de Reinhard Heydrich. Dicho informe, declarado “secreto”, se titulaba: “El régimen de las asociaciones católicas: organización de las asociaciones católicas para adultos”([38]). Su finalidad era informar a un limitado círculo de dirigentes del Partido y funcionarios del Estado sobre las metas, miembros y actividades de las asociaciones y grupos católicos; en este caso, sobre las organizaciones para adultos.

El informe sobre el Movimiento Apostólico, al que ocasionalmente se refieren también como “Schönstattbund”([39]), se encuentra en cuarto lugar en el primer grupo de “las asociaciones de las cuatro categorías naturales, jóvenes, hombres, muchachas y mujeres”: después de “Apostolado de los Hombres”, “Congregación Mariana de Hombres”, “Asociación Central de Mujeres Católicas y Agrupación de Madres”.

Respecto de la mayoría de las asociaciones, el informe especial indica los nombres de los responsables, la dirección de la sede y, en lo posible, el número de sus miembros. Sin embargo, una serie de organizaciones se describen detalladamente en fichas con datos muy minuciosos. La Congregación Mariana de Hombres, por ejemplo, del total de 67 que contiene el informe, ocupa las páginas 3 a la 9; la Asociación Central de Mujeres Católicas y la Agrupación de Madres, las páginas 9 a la 12; la Asociación del Reich de la Agrupación de Trabajadores Católicos de Alemania, con la Internacional Católica de Trabajadores y la Unión Internacional y Social de Estudiantes, de la 18 a la 30.

El Movimiento de Schoenstatt se encuentra entre las organizaciones con ficha detallada. La Dirección Superior de Seguridad dedicó cinco páginas, de la 13 a la 17, exclusivamente a describirlo. Es evidente que no se puede esperar una relación imparcial de esta descripción, ya que el objetivo era caracterizar a Schoenstatt como una organización contraria al espíritu y objetivos de la “nueva” Alemania, es decir, la Alemania dominada por el partido nazi, y, por lo mismo, sumamente peligrosa para ellos: “La Dirección Superior de Seguridad llama la atención sobre el peligro que representa el Movimiento de Schoenstatt por dos razones: 1). Porque se ha apropiado hábilmente de ideales nacionalsocialistas, como el del héroe. 2). Compitiendo con el nacionalsocialismo, pretende nada menos que la renovación de Alemania. Ya entonces, 1935, estaba al servicio de la sospechosa Acción Católica, formando cuadros de élite para ésta”.

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Mujeres peregrinan desde Coblenza a Schoenstatt.

El primer cargo nos indica que los servicios secretos se daban perfecta cuenta de la diferencia entre la veneración a los héroes de la Primera Guerra Mundial, según se cultivaba en Schoenstatt, y el culto al héroe nazi. Las acusaciones contra Schoenstatt no podían ser más incriminatorias desde su punto de vista y, de hecho, en el informe especial hay muy pocas asociaciones católicas a las cuales se les atribuyera características y actividades más peligrosas para el nacionalsocialismo.

Especialmente interesante resulta que la enemistad de Schoen-statt contra el nacionalsocialismo se relacione casi exclusivamente a la persona de José Engling, el joven perteneciente a la primera generación de Schoenstatt (1914-1918), a quien el P. Kentenich describía como el “ideal clásico de un schoenstatiano”. Dado que Schoenstatt ve en José Engling la personificación de sus ideales y un ejemplo que nos compromete a imitarlo, su espíritu resultaba incompatible con el de la “nueva Alemania”, y por eso su influencia debía ser primero vigilada y, por último, combatida.

La Dirección Superior de Seguridad usó la biografía en dos tomos del Dr. P. Heinrich Schulte([40]) como principal fuente para conocer e interpretar el pensamiento de José Engling. Naturalmente, eligieron los párrafos que les parecieron más útiles como pruebas en su contra. Los extractos de “Omibus omnia” fueron completados con algunas citas menos extensas de la breve biografía “José Engling, un joven héroe”, de Anna Maria Weinlein([41]). La conclusión final dice así: “Ésta es, por lo tanto, la imagen del ideal cuyo espíritu debe inspirar la renovación de Alemania y su conversión al catolicismo”.

El que la selección de los textos resulte muy partidaria; que a menudo las citas no se atengan exactamente al texto del original, sea del P. Schulte o del diario o cartas de Jose Engling, y que hayan unido los extractos a su conveniencia, nada de eso debe asombrarnos en un texto editado por el servicio secreto nacionalsocialista.

Este informe no sólo contiene detalles malintencionados sobre José Engling y sobre Schoenstatt, sino además errores, en buena medida atribuibles a que en 1935, y aun después, el Servicio de Seguridad no tenía información fidedigna acerca del Movimiento de Schoen-statt. Basta comparar la descripción que se hace de Schoenstatt en el informe especial con la de otras organizaciones católicas, para percatarse de que el Servicio de Seguridad, de alguna manera, debe haber creído que Schoenstatt era una agrupación católica distinta a las demás. La diferencia con las otras asociaciones católicas radica, fundamentalmente, en que no se le veía tanto como una organización sino más bien como una forma de vida.

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José Engling (primero a la izquierda) y otros jóvenes schoenstattianos, frente al santuario, en su última visita a Schoenstatt, julio 1918.

En efecto, lo que mantiene unido a Schoenstatt como obra y comunidad no es una estructura convencional sino ideales compartidos y una red de vinculaciones personales y locales. Sus organizaciones son federativas y se rigen por el principio de subsidiaridad. Esto significa que la vida y actividades del Movimiento de Schoenstatt se desarrollan, en gran medida, en comunidades pequeñas que no llaman la atención, especialmente en la familia natural o en pequeños grupos estructurados de manera análoga, que se sostienen por la responsabilidad personal de sus miembros y la solidaridad recíproca.

Estas características dificultaban el conocimiento y comprensión del Movimiento de Schoenstatt a la policía secreta del Tercer Reich. Por eso, para describirlo tuvieron que recurrir a la figura de José Engling, imagen clásica del “hombre nuevo en la nueva comunidad”.