Desde niño siempre tuve bastante claro que quería ser militar. En mi familia no había ningún antecedente, pero, cuando iba de vacaciones a Melilla a visitar a mis abuelos maternos, siempre me fijaba en los soldados con sus uniformes y en las patrullas que recorrían las calles. En la ciudad se respiraba ambiente castrense.
Mi madre me cuenta una anécdota de aquellos veranos que refleja bien mi atracción precoz por la milicia. Tendría tres o cuatro años cuando una unidad de la Legión pasó desfilando por la puerta de la casa de mis abuelos. Al verlos, corrí como un loco hacia los soldados y me puse a desfilar, en medio de la formación, con la misma marcialidad que los legionarios. Si no es por el grito que me lanzó mi madre, ese mismo día me alisto. Supongo que, siendo un niño, influirían en mí esos sueños de aventura, de viajes, de héroes…
Con el paso de los años fue creciendo mi interés por todo lo que rodeaba ese mundo. Me gustaba la disciplina, el estilo de vida militar y la idea de servicio a los demás. Siempre fui un chico tranquilo, y aquel orden que veía en Melilla me atraía. Quizá porque contrastaba con lo que encontraba a diario en Carabanchel, en Madrid, donde vivía con mis padres. No es que hubiera tenido problemas ni que quisiera dejar el barrio, no era eso. Me gustaba estar con mis amigos, pero, a finales de los años setenta, las secuelas que empezaban a dejar las drogas y la inseguridad se notaban en las calles, especialmente en algunos barrios.
Así que, cuando cumplí catorce años y tuve que pensar por dónde encarrilar mis estudios, enseguida me decidí. Nadie me obligó. Elegí la vida militar, tenía claro que me gustaría esta profesión y acerté. Así ha sido, aunque esa decisión me llevaría en el futuro por un camino que en aquel momento no podía imaginar.
Fui yo quien les dijo a mis padres que quería incorporarme a la formación profesional militar, lo que entonces se llamaban Institutos Politécnicos del Ejército. De ese modo conseguiría aprender un oficio y si, como yo imaginaba, me gustaba esa vida, después de los tres años de formación podría quedarme en el Ejército.
Los Institutos Politécnicos eran unas academias militares para alumnos civiles, aunque en ellos también estudiaban los dos últimos cursos los alumnos especialistas de la Academia de Suboficiales. El objetivo era dotar al Ejército de personal de tropa con capacitación técnica, es decir, de especialistas en distintas profesiones.
Podría haberme quedado en Madrid, donde ofrecían sobre todo estudios de mecánica. Mi familia lo habría preferido, pero opté por ir interno a la academia de Calatayud, porque allí se impartían estudios de nuevas tecnologías, que eran los a mí me interesaban, sobre todo los relacionados con la electrónica. Siempre me gustó el mundo de los cacharritos, enredar, desmontarlos, arreglarlos… Seguramente eso se lo debo a mi padre, que también era muy aficionado. Para acceder había que pasar un examen bastante exigente y creo que esa fue la primera vez que estudié de verdad.
Ingresé en septiembre de 1980. Durante los tres años de formación, el sistema de estudios era civil; es decir, se cursaba la antigua Formación Profesional, pero siguiendo la normativa y el régimen castrense. De hecho, la mayoría de los profesores eran militares de carrera. Al final no dejaba de ser una academia militar con régimen militar.
La primera vez que me di cuenta de dónde me había metido fue en 1981, cuando vivimos allí el golpe de Estado del 23F. Fue el único día que vimos en el recinto patrullas que llevaban casco y armas, señal clara de que algo grave estaba pasando. Al día siguiente nos dieron una charla para explicarnos lo que había sucedido, pero lo cierto es que a nosotros, que éramos unos críos, solo nos interesaba saber si nos mandarían a casa de vacaciones. No supimos mucho más, pero nos sirvió para darnos cuenta de que aquel no era un internado al uso, sino una institución militar donde las cosas no funcionaban como en el mundo civil.
Al principio no fue fácil. Siempre es duro dejar a tu familia y entrar en un internado con otros trescientos chavales, sobre todo cuando eres un adolescente. Sin embargo, ahora, después de tantos años, guardo un bonito recuerdo de aquella época. Fue una enseñanza de vida, un tiempo que me sirvió no solo para adquirir conocimientos técnicos, sino también para formar mi carácter y tener siempre presentes valores como la disciplina, la lealtad, la vocación de servicio, el compañerismo… En definitiva, aprendí a amar la profesión. De aquella época mantengo grandes amigos, como Luis, que acabó también en el CNI, y Charly, que siguió en el Ejército. Los dos asumirían, años después, la dolorosa tarea de acompañar a mi mujer durante aquella terrible tarde del 29 de noviembre de 2003. Ellos, junto a la familia de Charly, estuvieron con Isabel mientras llegaban noticias imprecisas sobre lo que había ocurrido en Irak, a miles de kilómetros, pero sin saber aún quién estaba vivo y quién herido o muerto.
He tenido la oportunidad de volver en varias ocasiones a Calatayud, al centro donde estudié. Lo hice en las bodas de plata de nuestra promoción de alumnos aprendices, y fue muy entrañable reencontrarme con mis compañeros de cuando tenía catorce o quince años. Muchos de ellos solo cumplieron el compromiso de estar allí durante tres años y después tomaron diferentes rumbos. Otros, como yo, siguieron en el Ejército, aunque en distintos destinos.
Volví unos años después, el 31 de enero de 2024, para asistir a un acto cargado de gran emoción para mí. Mis compañeros, tras cumplirse el 20.º aniversario del ataque de Irak, decidieron invitarme el día de San Juan Bosco a los actos del patrón del Cuerpo de Especialistas del Ejército y de la Academia de Logística. Ese día, el más importante del año para el Cuerpo, se entrega un premio al técnico que más haya destacado por toda su trayectoria. Que me dejaran compartir un lugar con el premiado y que me dieran la oportunidad de colocar junto a él la corona de laurel —la ofrenda a los caídos— fue un gran honor, un homenaje que interpreto como un reconocimiento a todos los que sufrimos aquel atentado. Porque yo sigo sin saber muy bien qué hice o dejé de hacer, si otro en mi lugar hubiera actuado del mismo modo, y menos aún qué es o qué no es un héroe.
El 1 de mayo de 1983 acabé mis estudios y me puse por primera vez el uniforme para hacer el campamento. En ese momento supe que comenzaba a vivir mi sueño. Fue uno de esos días que te marcan. Aunque era un recluta más, sabía que acababa de empezar mi vida militar. Tras jurar bandera y cumplir un año de servicio militar en Madrid, ingresé en la Academia General Básica de Suboficiales en Talarn, en la provincia de Lérida, donde durante un año aprendí formación militar.
Ni mis compañeros ni yo hemos olvidado la «caña» que nos dieron. Teníamos un teniente recién salido de la Academia General Militar que era muy «guerrillero»: había hecho el curso de Operaciones Especiales y, durante nuestro primer año, viendo carne fresca —teníamos dieciocho años—, nos metía un tute tremendo. Hacíamos instrucción, tiro, gimnasia, pero lo que nunca faltaban eran las dos horas, al menos, de orden de combate. Repetíamos una y otra vez todos los movimientos:
—¡Enemigo a la derecha, enemigo a la izquierda! ¡Cuerpo a tierra! —nos gritaban los sargentos instructores.
—Antes de hacer el salto (avance entre dos puntos), pensad hacia dónde os vais a dirigir. ¡Después corred a toda velocidad!
Y venga, y repite… Había días que acabábamos llorando. En nuestro interior nos pasábamos esas dos horas protestando. Nos enfadábamos, no entendíamos lo importantes que eran esos movimientos. Y mucho menos me podía imaginar entonces que esas enseñanzas —aprendidas a base de repeticiones— vendrían años después a mi mente de forma automática y me salvarían la vida.
De ese tiempo juvenil, que vives intensamente, siempre conservas amigos. Nos seguimos viendo de vez en cuando y cada reencuentro es como si fuese el día anterior, como si entre nosotros no pasase el tiempo. Es cierto que cuando ingresas en el CNI te separas un poco de la vida militar al uso y de tus compañeros, hasta el punto de que no vuelves a vestirte de uniforme. Después de entrar en el Centro creo que me lo he puesto dos veces, y una de ellas fue porque juraba bandera mi hijo Pablo.
El tipo de vida también condiciona las relaciones, y no solo porque debas mantener tu trabajo en secreto. Los horarios, los viajes y la discreción te van separando del resto. Esto pasa mucho en el mundo militar, porque la gente se dispersa y, al cambiar a menudo de destino, vas dejando atrás muchas amistades.
Diez o doce años después de terminar la academia, me pasó una anécdota curiosa. Durante un desplazamiento para realizar un trabajo técnico en un batallón de guerra electrónica, que estaba en Sevilla, en el comedor se sentó alguien a mi lado. Yo vi que me miraba, así que le pregunté:
—Perdona, ¿nos conocemos de algo?
—¿Que si nos conocemos? Soy tu binomio de combate de la academia.
Había pasado mucho tiempo y yo no recordaba quién era aquel suboficial que me hablaba. Sin embargo, mi falta de memoria no importó. Comenzamos a hablar de nuestras vidas y enseguida nos pusimos a rememorar aquel primer año de academia que tanto nos marcó. Nos venían a la memoria los compañeros, las guardias y, sobre todo, aquellos durísimos ejercicios en los que teníamos ir siempre pegados el uno al otro para darnos cobertura y protección.
En el último año de estudios, ya como suboficial en prácticas, solicité un curso en el Regimiento de Transmisiones Estratégicas, que entonces se llamaba Red Territorial de Mando, que está en Prado del Rey, en Madrid, pegado a las instalaciones de Radiotelevisión Española. De hecho, había algunos compañeros que trabajaban por la mañana en el Regimiento y por la tarde en la televisión pública. Casi todos eran técnicos en comunicaciones, e incluso había una pequeña puerta que comunicaba las dos instalaciones.
En 1987, al terminar el curso y recibir el despacho de sargento, me incorporé al Regimiento de Transmisiones, donde estuve cinco años como profesor encargado de la formación del personal de las academias militares y de la Red Territorial de Mando. Recuerdo las dificultades que tuvimos para introducir la informática, bastante rudimentaria en aquel tiempo. Cuando los alféreces de complemento, que estaban acabando sus carreras en la universidad, pasaban su periodo de servicio militar en el regimiento, aprovechábamos para aprender de ellos. Éramos un grupo pequeño y de todos nosotros yo era el más joven, y quizá el más interesado en el mundo de los ordenadores y la programación. Ahora parece algo muy lejano, pero entre 1987 y 1992 el salto tecnológico fue tremendo. Empezamos con unos equipos que eran mitad mecánica y mitad electrónica, y de ahí dimos el gran paso a un mundo digital que nos abrió un escenario lleno de posibilidades. Tratar de incorporar a quienes estaban al final de sus carreras militares a esta nueva realidad no fue tarea fácil, aunque la verdad es que todos tuvimos que adaptarnos. Para mí, el trabajo era muy interesante, porque tenía que aprender tanto como enseñar, aunque después de cinco años me planteé buscar otro destino.
Tuve la posibilidad de entrar en la Casa Real por mis conocimientos en telecomunicaciones. Muchos de los que trabajaban allí procedían de mi regimiento, que era como la cuna de este tipo de especialistas, ya que contaba con importantes medios y su gente siempre obtenía buenos destinos porque estaba muy bien considerada. Otra posibilidad que barajé fue el Ministerio de Defensa, que también trataba de adoptar los cambios tecnológicos y precisaba personal especializado en informática y comunicaciones. Pero, al final, por casualidades de la vida, no fue así. Mi destino fue otro.