Sobre la alegría al borde del camino
Recientemente almorcé en Corea del Sur con el cónsul indio Bed Pal Singh y ambos terminamos hablando de Jim Corbett, el legendario cazador de tigres que vivió a principios del siglo pasado en la India. En aquella época no era infrecuente que estos animales atacasen a los humanos en la selva de Kumaon, en el norte del país. Los treinta y tres tigres y leopardos que Corbett mató a lo largo de su carrera como cazador habían matado a su vez a unas mil quinientas personas.
Jim Corbett era hijo de un británico que trabajaba como director de una oficina de correos, y desde pequeño sintió fascinación por la jungla y la diversidad de animales salvajes que vivían en su entorno. Ya en su juventud conocía por su nombre a la mayoría de las especies de aves y otros seres vivos. Su interés y su pasión por la naturaleza lo llevaron a convertirse en un extraordinario rastreador y cazador. Ascendió a la categoría de mito cuando consiguió abatir él solo al tigre de Champawat, una misión en la que habían fracasado tanto el ejército como muchos otros cazadores.
Uno de los principios innegociables de Corbett era que solo cazaba ejemplares que hubiesen matado previamente a personas, siempre y cuando hubiese pruebas suficientes de ello. Era un defensor convencido del medioambiente, lo que lo llevó a fundar en Kumaon el primer parque nacional de su país y a impulsar la protección de las especies animales salvajes, sobre todo del amenazado tigre de Bengala. En reconocimiento a su labor, se bautizó con su nombre el parque nacional que él mismo creó y también una de las cinco especies de tigre que existen en la India.
El cónsul Bed Pal me contó entonces una impactante anécdota sobre este cazador.
En cierta ocasión, Corbett se encontraba en la jungla, a los pies del Himalaya, acompañado por un grupo de cazadores. Corría el mes de abril y la naturaleza desplegaba todo su esplendor. Los árboles, los arbustos y las plantas trepadoras se encontraban en flor y las mariposas, de mil colores, revoloteaban aquí y allá. El aire estaba cuajado de gorjeos de los pájaros más singulares y en él flotaba un aroma dulce y embriagador. Se diría que aquella sensación primaveral había tomado toda la jungla, porque las aves migratorias, que se habían desplazado al sur durante el invierno, ahora se cortejaban como si aquel fuese su último día en este mundo. Los rayos del sol, que caían sobre el denso follaje, sumergían todo el paisaje en una enigmática luz. Allá donde se posaran los ojos, el alma encontraba un goce único.
El grupo, extasiado ante aquella escena, avanzaba por el sendero, que serpenteaba a través de la jungla. Al anochecer, llegaron al campamento. Cuando tuvieron todo montado y los cazadores pudieron al fin sentarse juntos y charlar, Corbett le preguntó a uno de sus compañeros si le había gustado el camino.
—¡No! ¡En absoluto! —respondió enfurruñado—. El terreno era impracticable y todo ha sido mucho más complicado de lo que me esperaba.
En lo único en lo que había pensado aquel hombre durante todo el recorrido era en el destino al que se dirigían, y por eso no había podido disfrutar de la belleza de la naturaleza que los rodeaba. El esplendor de las flores, el canto de los pájaros, los aromas... Nada de aquello había penetrado en él. El camino que atravesaba la selva estaba cubierto de maleza en muchos puntos, así que habían tenido que abrirse paso a machetazos a través de aquella intrincada vegetación. Una y otra vez se habían visto obligados a espantar a los insectos que se posaban sobre sus cuerpos y a ascender por escarpadas pendientes en cuyo terreno, cubierto por el fango, era difícil mantenerse en pie. Además, habían lidiado con la incertidumbre de no saber si conseguirían llegar al campamento antes de que se pusiera el sol, y los atenazaba un miedo constante hacia todos los peligros desconocidos que los acechaban allí afuera.
Sin embargo, Corbett había olvidado todas las dificultades y las preocupaciones al contemplar las maravillas y los secretos de la selva virgen y salvaje. Paso tras paso, había disfrutado de aquel espectáculo de la naturaleza, y gracias a ello había conseguido llegar hasta el campamento sin darse cuenta. Dos personas habían recorrido el mismo camino, cargadas con mochilas de idéntico peso, pero lo que habían sentido no tenía nada que ver. Lo que para una había sido fatiga, para la otra había sido puro goce.
También nosotros pasamos por alto las cosas hermosas con las que nos encontramos mientras avanzamos con esfuerzo hacia nuestros deseos y objetivos, a pesar de que son precisamente esas cosas las que enriquecen nuestra vida. Hay quienes se apresuran y, en su afán por llegar lo antes posible a su meta, tratan de esquivar todo lo posible los obstáculos, mientras que otros escrutan los secretos del camino y se alegran de descubrir giros inesperados. Para estos últimos, la vida es un magnífico regalo que de ninguna manera se querrían perder, y el objetivo solo representa la dirección que han de seguir. Todos lo sabemos: tan pronto como alcanzamos una meta, ponemos rumbo hacia la siguiente.
«El camino y el momento son el objetivo»: esta frase no solo es válida para el recorrido a través de la jungla, sino también para toda la vida. De hecho, cuando practicamos senderismo por las montañas y los bosques de este mundo, la idea no es apresurarnos para llegar a nuestro destino, sino vivir y gozar cada momento del camino que nos conduce hasta él. La alegría y el resto de las emociones compensan cualquier esfuerzo. Si disfrutamos de todos y cada uno de los instantes, nos resultará más sencillo dar un paso tras otro y, sin percatarnos, alcanzaremos nuestra meta. De un misterioso modo, la alegría funciona como una brújula. Con ella, el camino se vuelve más claro.
Lo que cuenta en un viaje es lo vivido. La manera en la que nos movemos y la atención y el interés con los que experimentamos cada momento determinan la calidad de un viaje. Al fin y al cabo, no importa a qué lugar lleguemos. Somos tanto los viajeros como el viaje en sí mismo.
Jim Corbett escribió al respecto en uno de sus libros: «Las personas que no se interesan por el suelo que pisan no son felices, ni siquiera cuando alcanzan su destino».
O, como reza el aforismo: «Si no puedes ser un poeta, sé un poema».
A veces tendremos que luchar en la selva de la vida, como hicieron aquellos cazadores. Pero el aroma —lo realmente esencial de nuestra existencia— nace precisamente de las flores que se abren al borde del camino y del momento que vivimos. No importa cuándo alcanzaremos nuestra meta. En lugar de mantener nuestra mirada fija hacia delante, disfrutemos, pues, del recorrido. Relajémonos. Tomémonos el tiempo necesario para contemplar esas pequeñas flores que crecen en las grietas de los muros.