CAPÍTULO 1

LOS GUIÑOS DEL DESTINO

Cualquier coincidencia merece ser siempre anotada. Luego podremos tirar la nota a la basura si tan sólo se trataba de eso, de una mera coincidencia.

AGATHA CHRISTIE

Sucedió en junio de 2001. La pequeña Laura asistía a las bodas de oro de sus abuelos en Staffordshire (Inglaterra) cuando su abuelo Terry tomó uno de los globos de helio que adornaban la celebración y decidió pegar en él una etiqueta en la que había escrito el siguiente mensaje: «Por favor, devolver a Laura Buxton», junto a su dirección.

Con una sonrisa de oreja con oreja, la niña de diez años soltó el globo en el jardín y vio como su color dorado metalizado se alejaba en el firmamento.

Arrastrado por el viento, el globo recorrió la friolera de 225 kilómetros y cayó finalmente desinflado en un campo de Milton Lilbourne, cerca de Marlborough, en el condado de Wiltshire. El destino quiso que, vigilando a sus vacas, se lo encontrara Andy Rivers, quien, atraído por el brillo del globo dorado, se paró a recogerlo. Iba a tirarlo a la basura cuando reparó en la leyenda serigrafiada en su superficie: «Happy 50th Birthday» y, a continuación, leyó la etiqueta con el nombre de Laura Buxton y una dirección cercana a Stoke-on-Trent, a tres horas en coche. Dio un respingo. Sus vecinos Peter y Eleanor Buxton tenían una hija llamada Laura... ¿Podía ser ella?

Algo contrariado, Andy hizo entrega del globito a sus vecinos, quienes, sobrecogidos por la coincidencia con el nombre de su hija, escribieron a la dirección indicada. Una posterior llamada telefónica desencadenaría uno de esos guiños del destino, una sensacional coreografía de coincidencias que, en mi opinión, desafía todas las leyes de la probabilidad.

Los padres de las «Lauras Buxton» acordaron encontrarse cara a cara y descubrieron, entonces, que no sólo compartían nombre y apellido sino también la misma edad. Sin pactarlo, las niñas habían acudido a la cita vestidas de forma similar, con unos tejanos y una blusa de color rosa, tenían el pelo rubio y una estatura similar. Para colmo, ambas tenían una perra labrador de color negro, un conejo blanco y un conejillo de indias gris como mascotas que ambas decidieron llevar consigo −sin pactarlo− en su primer encuentro. ¡Qué fuerte!, ¿verdad?

A fecha de hoy, las dos Lauras Buxton siguen siendo amigas... por la fuerza del destino.

Una primera lectura de estos acontecimientos nos lleva a pensar que las dos niñas estaban «destinadas» a conocerse, y esta idea me estremece porque denota un plan, una intencionalidad... ¿Acaso no somos libres? ¿Existe el destino? Si es así, ¿hasta qué punto nuestras decisiones pueden variarlo? ¿Qué papel juegan las coincidencias en los acontecimientos venideros? Este libro pretende acercarte algunas respuestas a este intrigante fenómeno.

Algunas coincidencias parecen ironías del destino: el 17 de octubre de 1678 murió asesinado en Londres un juez de paz llamado Edmund B. Godfrey. Su cuerpo se encontró en una zanja de Greenberry Hill [el destacado es mío]. Cuando la policía metropolitana de Scotland Yard dio con los tres culpables no podía dar crédito: se apellidaban Green, Berry y Hill.

Otras tienden a ordenar nuestra concepción de la realidad. En 1906, a bordo del Grosser Kurfurst, un navío que viajaba de Bremen (Alemania) a Nueva York, tuvieron lugar varios alumbramientos. Un niño nació en primera clase, un par de gemelos en segunda y unos trillizos en tercera clase. Sorprendente, ¿verdad?

También las hay que parecen predecir el futuro: en 1938 vio la luz la comedia de A. J. Talbot titulada Chez Boguskovsky, que versaba acerca de un hombre que robaba una pintura del Museo del Louvre. Un año más tarde fue sustraído un cuadro del museo parisino y el ladrón se apellidaba Boguskovsky.

En la misma línea se sitúa Samuel Langhorne Clemens, conocido por el seudónimo de Mark Twain. El famoso escritor nació en 1835, mientras surcaba los cielos el famoso cometa Halley. El autor de Las aventuras de Huckleberry Finn pronosticó que moriría cuando el mismo cometa volviera a aparecer, y así sucedió, en 1910.

Las coincidencias más sorprendentes afectan a objetos o acciones bastante corrientes, como cuando un periodista de Chicago, Irv Kupcinet, que cubría los actos de coronación de Isabel II, llegó a su hotel en Londres y al abrir un cajón descubrió que contenía pertenencias del cliente anterior, que, y ahí está lo bueno, era un jugador de baloncesto de los Harlem Globetrotters, nada menos que su amigo Harry Hannin.

Dos días más tarde, Harry le escribió una carta desde un hotel de París en la que le explicaba una situación similar. Había abierto un cajón de su habitación y había encontrado una corbata con el nombre de Kupcinet bordado. Sorprendentemente, Irv la había dejado olvidada meses atrás en el hotel Meurice.

En su libro Please Explain, el genio de la ciencia ficción Isaac Asimov hace notar que muy a menudo dos o más científicos realizan el mismo descubrimiento simultáneamente. Es el caso del cálculo diferencial e integral, descubierto al mismo tiempo por Newton y Leibniz en Inglaterra y Alemania, respectivamente, sin que tuvieran conexión. También la evolución de las especies fue formulada por Charles R. Darwin y Alfred R. Wallace en la misma época o, por citar un ejemplo más, el descubrimiento del helio fue hecho por el francés Pierre Janssen, quien reportó su descubrimiento a la Academia Francesa en una carta escrita el 20 de octubre de 1858, y ese mismo día J. Norman Lockyer, profesor de física astronómica de la Universidad de Londres, comunicó el mismo descubrimiento a la Royal Society de la capital británica.

La historia de la ciencia está llena de avances «por casualidad». Reciben el nombre de serendipias y parecen dejar entrever un plan para el avance de la humanidad. El marcapasos, por ejemplo, fue descubierto de forma accidental cuando el ingeniero estadounidense Wilson Greatbatch trabajaba en la creación de un mecanismo capaz de grabar los sonidos del corazón. Su «equivocación», al utilizar una resistencia eléctrica de baja capacidad en su invento, hizo posible un aparato médico que pulsa cada 1,8 milisegundos y que ha conseguido salvar millones de vidas.

No es extraño, pues, que las «coincidencias» hayan entusiasmado a científicos, filósofos y matemáticos durante más de dos mil años. ¿Qué fuerza desconocida se manifiesta en ellas? ¿Contienen un mensaje oculto? ¿Existen fuerzas en el universo de las que aún no tenemos conocimiento?

La fuerza del destino

Todos tenemos en mente el terrible accidente protagonizado por María de Villota el 3 de julio de 2012. Durante la preparación para el Gran Premio de Silverstone, su vehículo aceleró de repente y fue a estrellarse contra la parte trasera de un camión. Pese a no ir a gran velocidad, el golpe fue tan aparatoso que María sufrió graves lesiones en la cabeza y en su rostro.

Cuando, casi un mes después, De Villota recibió el alta hospitalaria, el informe médico destacó lesiones faciales y algunas secuelas que la obligarían a mantener un seguimiento y tratamientos periódicos. Aparte de perder su ojo derecho, De Villota vio truncado un sueño que había perseguido toda su vida: competir como piloto de Fórmula 1. Lo acarició por unos días, pero ese desgraciado accidente lo truncó para siempre. María, sin embargo, no se vino abajo. Lejos de caer en la depresión, se sobrepuso con una energía que no dejó indiferente a nadie. Todos reconocimos su fuerza y su imagen sonriente, marcada con un parche que conquistó a todo el mundo.

Si Inglaterra había sido el universo de su accidente, un gran paréntesis en su vida, Madrid representaba el futuro, sus nuevos sueños. «La vida —declaró— me ha dado una oportunidad. Si tenemos salud, amigos y familia, tenemos lo más importante». Y con el apoyo de estos, dedicó casi un año a escribir un libro, La vida es un regalo, en el que relata el accidente de su monoplaza y cómo intentó superar sus graves lesiones. Pero el 11 de octubre de 2013, un «destino» tan implacable como injusto le arrebataba la vida... tres días antes de su presentación. Una cita que preparaba con gran emoción, ya que su contenido era para ella el relato de una superación y la puerta abierta a una nueva vida.

María de Villota fue hallada muerta en la habitación de un hotel de Sevilla. La posterior autopsia reveló que su fallecimiento tuvo lugar por causas «absolutamente naturales» (?). ¿Es que uno se puede morir «de forma natural» a los treinta y tres años de edad? ¿Su pérdida es casual o causal?

Tal vez la clave resida en la introducción de su libro? cuando escribe que «no sólo vivir es decidir. Yo diría, desde mi vivencia, que morir hasta cierto punto también es decidir».

¿Podemos desconectar su accidente —del que se salvó milagrosamente— de su muerte tan sólo un año después? ¿Es sólo una coincidencia?

El filósofo Arthur Schopenhauer sugirió que los acontecimientos simultáneos iban en líneas paralelas y que un mismo suceso, aunque representa un eslabón de cadenas diferentes, se produce en ambas, de forma que el destino de un individuo se ajusta invariablemente al destino de otro, y cada uno es protagonista de su propio drama mientras que simultáneamente está figurando en un drama ajeno a él. Esto es algo que sobrepasa nuestra comprensión y sólo puede concebirse como posible en virtud de una «maravillosa» armonía preestablecida. Por tanto, como veremos más adelante, todo está interrelacionado y armonizado recíprocamente.

Salvados por la campana

La vida y la muerte, entonces, son dos caras de la misma moneda. Y la cruz más amarga se la lleva —probablemente— el suceso ocurrido en el municipio leonés de Pola de Gordón en octubre de 2013. Hizo correr ríos de tinta en nuestro país por tratarse del peor accidente en la minería española de los últimos dieciocho años.

Un escape del mortal gas grisú, un tipo de metano silencioso e inodoro que se acumula en las explotaciones de carbón, inundó la galería 7 de forma súbita, sin que se produjera ninguna explosión, y mató en el acto a seis mineros que trabajaban en el Pozo Emilio del Valle, en la localidad de Santa Lucía. Los mineros no tuvieron tiempo ni de colocarse las máscaras de protección.

Todas las muertes son trágicas, pero de este incidente hay dos que resultan especialmente estremecedoras: José Luis Arias perdió la vida cuando apenas le quedaban unos meses para jubilarse. De hecho, el minero asturiano podría haber estado en su casa de no haber sido afectado por la nueva reforma laboral, que le obligaba a trabajar dos años más. Ironía del destino.

Especialmente significativo resulta el caso de Orlando González, de cuarenta y cuatro años, que murió al cambiar de turno en la mina. Cuentan sus familiares que siempre trabajaba por las tardes y el lunes que tuvo lugar el accidente había cambiado el turno. Para colmo, él no se encontraba en la galería 7, donde se originó la tragedia, pero cuando le avisaron del accidente acudió en ayuda de sus compañeros para intentar salvarles. En seguida resultó afectado por el grisú y murió en el acto... como un héroe.

Si la del cambio de turno de Orlando es la cruz del destino, la cara está protagonizada por el Grêmio Foot-Ball Porto Alegrense. Me explicaré.

Este club de fútbol juega en el Campeonato Brasileño de Serie A (el equivalente a nuestra primera división), y el 20 de julio de 2007 tenía que disputar un encuentro contra el Goiás Esporte Clube de Goiânia. Toda la plantilla tenía pasajes para el vuelo JJ3054 con destino a Brasilia, previa escala en São Paulo. Pero el Airbus A320 de la aerolínea brasileña TAM nunca llegó a su destino. El piloto no logró frenar a tiempo tras el aterrizaje en el aeropuerto Congonhas de São Paulo y se estrelló contra una gasolinera y un edificio de tres plantas cercanos a la pista. No hubo supervivientes. Las 186 personas que viajaban a bordo fallecieron y la cifra final de muertos (contando los habitantes del edificio siniestrado) fue de más de doscientos.

Contra todo pronóstico, sin embargo, el Grêmio de Porto Alegre salió indemne. El mismo día de la tragedia, el padre del portero Sebastián Saja declaraba a la prensa que su hijo tenía pasajes, junto a todo el equipo, para hacer escala en São Paulo, y que al final no lo hicieron porque fueron directamente a Brasilia. Emocionado, declaró: «Nació otra vez, ahora está en Brasilia con el Flaco [se refería al futbolista también argentino Rolando Schiavi] y nosotros tranquilos. Tuvieron un Dios aparte».

El partido contra el Goiás terminó en empate a cero goles, pero el encuentro más importante que habían ganado había tenido lugar dos días antes... contra la muerte.

Casualidad. Objetará alguno de los que haya leído hasta aquí. Y yo remataré —por seguir con los símiles futbolísticos— que cuando las «casualidades» hacen polvo cualquier probabilidad estadística o desafían las leyes del azar, va siendo hora de plantearse en serio que ocurren cosas que no podemos explicar.

Como muestra, un botón.

¿Que te parta un rayo?

Cada segundo caen cien rayos. Este fenómeno de la naturaleza produce cada año veinticuatro mil muertes, la mayoría en zonas rurales. Los expertos calculan que la probabilidad de ser alcanzado por un rayo es de uno frente a 2.320.000, lo que convierte a Jorge Márquez en el hombre más «afortunado» del mundo (después de Carlos Fabra, claro, agraciado hasta en cinco ocasiones —que se sepa— por la lotería).

Sus amigos le conocen como el «Hombre pararrayos», pues no en vano ha sobrevivido a cinco impactos. Si un rayo puede generar una potencia instantánea de un gigavatio (mil millones de vatios), la hazaña de Jorge Márquez puede ser comparada a sobrevivir a más de una explosión atómica.

La pesadilla de este (in)mortal empezó el 5 de junio de 1982. Este pequeño agricultor cubano, padre de tres hijos y residente en La Julia, poblado aledaño a San Manuel, en Puerto Padre, se dirigía en su tractor a Santa Bárbara cuando, sin haber caído una gota de agua, oyó un trueno inmenso. «Yo sólo vi un hilo rojo del grueso de un cable de corriente, además de la sensación de que algo muy frío penetró por mi cuerpo.»

Jorge perdió el conocimiento hasta llegar al hospital. Tenía los tímpanos perforados, quemaduras en el pelo y la espalda, los empastes de las muelas arrancados y otros daños de menor consideración. El tractor corrió peor suerte. No sirvió para nada más.

Este suceso fue el inicio de una larga pesadilla o, quizás, el umbral de un mundo enigmático que le tocaba vivir en «suerte» porque, casi cinco años después, el 2 de junio de 1987, en el mismo municipio de Santa Bárbara, tuvo lugar la segunda descarga: «Llegué a casa de unas amistades y comenzó un buen aguacero —recuerda—. Me asomé a la puerta y cuando me di la vuelta ahí mismo vi la luz y me tiró».

En junio de 1987 llegó el tercero. Estaba en San Manuel. No llovía aún. De pronto, un inmenso estallido. Márquez salió despedido, pero en esta ocasión no perdió el conocimiento; sin embargo, un transformador cercano se quemó.

El cuarto rayo impactó contra el «hombre pararrayos» en 1988, y el quinto, en 1991. El primero, sembrando maíz en sus tierras, y el segundo, andando por el patio de su casa.

Jorge Márquez ha llegado a pensar que le persiguen, pues no es normal que caigan cerca de su casa quince rayos en menos de dos años.

Más sorprendente es, si cabe, el caso de los Primarda, que viven en la localidad italiana de Taranto. Tres generaciones de la familia han fallecido en el mismo lugar a causa de electrocución por efecto de un rayo. El primero murió en 1899. Treinta años más tarde, su hijo falleció cuando se hallaba en el mismo sitio, en el patio trasero de la casa, y finalmente, en 1949, el nieto de la primera víctima e hijo de la segunda se convirtió en el tercer fallecido por el asombroso y regular rayo.

¿Por qué suceden estas anomalías? ¿Son fruto de la casualidad o, por el contrario, encierran alguna clave, algún misterio? ¿Es cosa de Dios? ¿Del destino?

El mensaje en este caso es evidente; si eres miembro de la familia Primarda, no salgas al jardín porque puedes morir fulminado.