—El camino del mal es ancho, plano y fácil de caminar —dijo Rachel Saint.
Estaba en la iglesia, parada adelante. Tenía los tobillos hinchados, y cuando movía sus manos en el aire se podía ver la piel de sus brazos colgando. Dayuma estaba parada al lado de Rachel, era casi una cabeza entera más pequeña que ella. Nos miraba mientras Rachel hablaba.
—Hay jóvenes en la comunidad, sus hijos y nietos, que están siendo llevados por el camino del mal —dijo Rachel—. Estos jóvenes están siendo influenciados por los comunistas.
Hizo una pausa. Todos la miramos.
La iglesia estaba llena, aunque no era domingo. Los pastores Waoranis estaban sentados al frente, su cabello cuidadosamente peinado hacia los lados. Mamá y papá estaban parados en la parte de atrás. Yo estaba apretujada en la esquina con mis amigos. Desde las ventanas sin vidrio podía ver por encima de la loma, al otro lado del río donde vivía Mengatowe. Me pregunté si él, desde su hamaca, podría ver el interior de la Casa de Dios.
—Dayuma lo sabe —dijo Rachel echándole una mirada—. Ella ha viajado conmigo y ha visto el mundo. ¡En el frío, se le han congelado hasta las nalgas!
Todos se rieron. Me habían mostrado fotos de Dayuma en sus viajes, acurrucada en muchas capas de ropa, mientras pequeños trozos blancos caían desde el cielo.
—Ella ha visto los edificios más altos y los puentes más largos. Ha conocido cowori muy poderosos, mucho más poderosos que yo. Porque el mundo es muy grande y hay más cowori que Waorani.
—¡Los Waorani somos guerreros! —gritó un hombre desde la parte delantera.
De inmediato, Dayuma regresó a ver al hombre.
—Los cowori tienen aviones que pueden volar por encima de nuestra comunidad y bombardearnos con fuego —dijo ella—. Nos pueden destruir a todos, y hasta pueden….
—¡Escuchen! —la interrumpió Rachel levantando la voz—. Dayuma y yo hemos conocido a un hombre muy bueno, es cristiano como nosotros. Es el presidente de una compañía petrolera. Un hombre muy poderoso y creyente. Él quiere ayudar a los Waorani. Ahora bien, hay comunistas que van a decir que es un hombre muy malo, que las petroleras son malas. Hay gente joven en la comunidad que está confundida. ¡Está siendo engañada por los comunistas! Lo que les estoy diciendo —continuó Rachel, ahora hablando muy alto— es que el mundo necesita petróleo. Y hay mucho petróleo debajo de la tierra de los Waorani. No hay ninguna forma en la que podamos detener a las compañías petroleras. Son muy poderosas. El presidente del país las apoya. Tenemos suerte de haber conocido a un buen hombre, un hombre cristiano, quien sacará el petróleo de debajo de la tierra y, además, ayudará a los Waorani. Pero va a necesitar nuestra ayuda también. La gente de la compañía petrolera vendrá pronto. Hablaremos con ellos y llegaremos a un acuerdo de cómo podemos ser buenos amigos. ¿Entienden?
—Uuuuuuu, uuuuuu, uuuuu. —Un suave coro de síes, como el sonido de flautas, se movió a través de la habitación.
Yo no sabía qué era un comunista, ni tampoco qué era ese petróleo que estaba debajo de la tierra.
Unos pocos días después, escuché la palabra «comunistas» de nuevo. Nenecawa la gritó alegremente.
—¡Los comunistas me están llevando al río! ¡Estos muchachos comunistas me están llevando… a pescar!
—¡Keuuuuuuuuu! —gritaron Amo y Moi, dos muchachos de la comunidad, mientras alzaban a Nene, con su pecho de barril y su aparato, su silla de ruedas, por sobre una parte lodosa del camino.
Yo estaba feliz. Nene había querido ir a pescar desde hacía mucho tiempo, y ahora estos dos muchachos lo estaban llevando. El río estaba bajo, había bocachicos corriendo por él. Nene llevaba un arpón de madera en su hombro.
En la orilla, Amo y Moi lo levantaron de su silla de ruedas y lo pusieron en la canoa. No llevaban puesta camisa, y su pelo negro y largo caía sobre sus espaldas musculosas. Conocía a Amo porque siempre traía pescado y carne de monte a la casa de Nenecawa. Pero no sabía mucho sobre Moi. Era de otra comunidad y tenía el pelo bonito y muy largo. Todo el mundo decía que era el líder de los comunistas, y Rachel nos había dicho que los comunistas eran malos. Pero él no me parecía malo. Bromeaba y reía.
Nene casi volcó la canoa cuando se zambulló en el agua. Víctor y yo nos matamos de la risa, saltamos al agua poco profunda y corrimos hasta la playa del otro lado de la orilla. Nene no podía mover las piernas, pero de alguna manera era capaz de meter su cuerpo bajo el agua y quedarse ahí para siempre.
—¡Nene se ha ido a vivir con los peces gato! —bromeó Amo.
—¡Soy más rápido que una nutria de río, más fuerte que un delfín! —gritó Nene cuando salió del agua.
Sostuvo su arpón en el aire mientras una mota, una especie de pez gato de piel plateada con pequeños puntos negros, se movía en la punta.
Nene se empujó hasta la playa, jalando consigo sus extrañas piernas flacas. Se sentó en la parte menos profunda del agua.
—¡Apuren, comunistas! ¡Se nos escapan! —gritó Nene.
Amo y Moi corrieron despacio por la orilla del río y luego se sumergieron en sus profundidades.
Nene regresó hacia mí.
—Awame, ¿ves todos estos peces? Están nadando río arriba para desovar.
—¿Cuántos peces hay en el río? —pregunté.
—Hay más peces que estrellas, Awame.
Moi y Amo regresaron con las manos vacías. Se sentaron junto a Nene en la arena húmeda.
—Las compañías petroleras van a contaminar el río y matar a los peces —dijo Moi— y luego los últimos peces quedarán tan solos como estrellas fugaces.
No entendí. Moi usó una palabra que no era Waorani: «contaminar».
—¿Qué pasará cuando ya no haya peces? —pregunté.
—Entonces seremos más como los cowori —dijo Amo—. Solo comeremos pollo y arroz. ¡Ya no seremos divertidos, nunca más haremos chistes!
Todos giramos nuestras cabezas mientras el ruido del helicóptero que habíamos escuchado toda la mañana se iba haciendo más fuerte. Había estado sobrevolando por horas sin aterrizar. Lo escuchamos por un momento y luego dejamos de mirar.
—Awame, somos la gente más rica del mundo —dijo Nene—. Tenemos todo en nuestros ríos y bosques.
Luego, con un palo, le pegó a la mota en la cabeza y la lanzó hacia Víctor y hacia mí.
—Díganle a su mamá que yo cuidaré de la familia mientras no esté Tiri. La familia no pasará hambre.
—¿De qué hablas? —dije—. Mi papá no se ha ido.
—Tu papá se fue esta mañana —dijo Nene—, se fue caminando río abajo al campamento, donde el helicóptero está zumbando. Dijo que tu mamá ya no quería que ustedes, niños, anduvieran descalzos por todos lados y que traería zapatos.
Mi corazón se detuvo. Me quedé callada. Amo vino y se puso de cuclillas a mi lado y dijo con una voz amable.
—No te preocupes, pequeña. Mi abuelo Ahua no quiere a las compañías petroleras aquí. Él les mandará los jaguares. Es un padre jaguar, un meñemempo.
Regresé a ver río abajo, hacia el ruido chirriante y entrecortado de los helicópteros. Mamá decía que Ahua era un hechicero. Ella le tenía miedo. Dijo que Mengatowe era un curandero, pero que Ahua era un hechicero, un brujo. Pensé que, tal vez, él lanzaría un hechizo a las compañías petroleras. Traté de imaginar a mi papá con los cowori en el bosque, usando uno de esos sombreros duros, talando todos los árboles, haciendo agujeros en el suelo. ¿Y todo eso para que nosotros tuviéramos zapatos? A mí me gustaba andar descalza.
Ahora que papá se había ido, mamá nos dijo que quería que fuéramos a la escuela todos los días, para que aprendiéramos a hablar como los cowori. Yo no quería hablar como ellos. Sabía que habían sido los cowori quienes arrugaron y encogieron las piernas de Nenecawa, y eran los cowori los que estaban talando el bosque, espantando a los animales. Y ahora, además, se habían llevado a mi papá.
El aula era pequeña y húmeda. Pero hoy había algo diferente. El profesor sonreía en lugar de gritarnos o pegarnos. Rachel y Dayuma estaban ahí. Tenían una caja de cartón llena de papeles.
—Hoy es un día muy especial —dijo Rachel parada frente a la clase—, tenemos cartas para todos ustedes de parte de los Piadosos: unos niños muy buenos que querían escribirles. ¡Y viven en la tierra de donde yo vengo!
Había oído de la Tierra de Rachel. Aunque no podía imaginarla, sabía que no estaba en el cielo. Y que era muy lejana. No fue sino muchos años después que descubrí que su nombre real era Estados Unidos de América.
Rachel y Dayuma fueron niño por niño. Cuando me tocó a mí, Rachel se arrodilló a mi lado y desdobló un papel. La miré con mucha atención. Su pelo era blanco y gris y grueso. ¿Por qué la gente blanca tenía tantas arrugas? Tal vez era porque se hacían muy muy viejos. ¡Tal vez vivían para siempre!
En el papel había una escritura grande y redondeada. Rachel me leyó la traducción:
—Hola, mi nombre es Emily. Tengo doce años. Me gusta ir al cine con mis amigos. Mi familia va a la iglesia todos los domingos. Estoy muy contenta de que hayas encontrado a Dios. Escuché que viviste sin el amor de Dios durante mucho tiempo, y que tu gente se mataba entre ellas. Pero ahora ya no lo hace. ¡Te salvaste! ¡Jesús te ama! ¿Qué te gusta hacer? ¿Vas a la playa? ¿Juegas en el río? Rezo por ti todas las noches. Espero saber de ti. Emily.
Había una foto también.
—Esta es la niña que escribió la carta —dijo Rachel—, esta es Emily.
Agarré la foto y me quedé mirándola intensamente. Emily tenía muchas pecas en la cara, su pelo era rojo y sus labios eran también muy rojos. Me pregunté por qué me había enviado esta carta. Más que nada, me pregunté cómo sus labios se hicieron así de rojos. ¿Tenían achiote en la Tierra de Rachel? Nosotros pintábamos nuestras caras con achiote. ¿En la Tierra de Rachel lo usaban en los labios?
Rachel me dio la carta y la foto de Emily para que las guardara. Esa tarde se las mostré a mi hermano Opi. Estaba rodeado de pedazos de balsa, cables, baterías y alambres. Dijo que estaba haciendo un helicóptero.
Le expliqué que Emily era una de los Piadosos.
No pareció que le importara demasiado.
—¿Enviaron dulces los Piadosos? —preguntó.
—No.
—¿Entonces para qué me sirve?
No pude responder a eso.
Al día siguiente en la escuela le mostré la foto de Emily a mi amiga Mimaa.
—¿Cómo crees que hace para que sus labios sean tan rojos? —le pregunté.
Mimaa tenía mi misma edad. Era del clan Baihua, como Amo. Vivían en el extremo lejano de la comunidad, lejos del río, cerca del riachuelo y el pantano de moretes.
—Ah, yo sé de esto, mi hermana tiene un poco —dijo—, es el achiote de la gente blanca. Se lo ponen en los labios. Mi hermana lo esconde en una bolsa que cuelga de la esquina de nuestro oko.
Por supuesto que ahora quería ver ese achiote. Aunque sabía que no tenía permitido ir al caserío de Baihua. Ahua, el hechicero, vivía ahí, y mamá le tenía miedo. Y también había algo más acerca de la familia Baihua. Eran diferentes. Eran conocidos como «la gente de río abajo». Nunca ponían un pie en la iglesia, ni usaban ropa, lo que sabía que molestaba mucho a Rachel. Las mujeres caminaban por la comunidad con sus pechos al aire y hojas sobre sus vaginas. Los hombres usaban el comé, la cinta del pene. Todos tenían piernas musculosas muy fuertes y pelo largo que les llegaba hasta las nalgas. En la noche se los podía escuchar cantando.
La mayoría de las familias en nuestra comunidad no cantaba así. Rachel no lo permitía. Imaginaba que era por eso que los Baihuas vivían al borde de la comunidad.
Nos escapamos de la escuela mientras el profesor no estaba viendo y escondí mi mochila, con todos mis lápices, cuadernos y la foto de Emily labios rojos en el pasto crecido junto al sendero que llevaba al caserío de Baihua. Dejé atrás mi uniforme también. Me quedé en calzones.
—Sígueme muy de cerca —me dijo Mimaa—, nuestro pecarí no es amigable con los extraños.
El pecarí chasqueó los dientes cuando entramos al caserío: una serie de casas tradicionales de techo de hojas, conectadas por senderos aplanados por el caminar. La piel de una anaconda gigante colgaba de las ramas de dos árboles. Había caparazones de tortugas esparcidos por el suelo, cráneos de caimanes, venados, pecaríes, y monos amontonados en los alrededores.
Mimaa me hizo señas de que entráramos a su oko. Empujamos la puerta de hojas e ingresamos al mundo, lleno de humo y poco iluminado, de una anciana del clan Baihua. Estaba sentada cerca del fuego, tarareando, oscurecida a medias por las canastas llenas de hollín que colgaban de las vigas. Su nombre era Gimawe, que significa águila arpía. Estaba desnuda y los lóbulos de sus orejas colgaban hasta sus mandíbulas. Comía nontoka.
—¿Eres la hija de Tiri?
—Sí, abuela —le respondí.
—Ven, siéntate. Déjame que te prepare un plato de peneme.
Me di cuenta de que tenía unas uñas muy largas, y que no se lavó las manos antes de amasar el plátano y ponerlo en un mate de agua. Mamá siempre se lavaba las manos antes de servir peneme. Mimaa y yo bebimos el engrudo tibio.
Se escuchaba un canto gutural extraño, cerca, tal vez en la cabaña de al lado.
—¿Qué es eso? —le susurré a Mimaa.
—Es Ahua —susurró de vuelta—. El jaguar viene otra vez.
Recordé que mi madre llamaba hechicero a Ahua. Caminé al borde del oko, hacia el sonido.
—¡No, quédate aquí! —dijo Mimaa—. No debemos mirar cuando está con el espíritu jaguar.
Regresé a ver a Gimawe. La anciana tenía los ojos cerrados y mascullaba un canto casi sin aliento. Así que salí muy despacio. Mimaa me siguió, nerviosa. En medio terreno, un paujil negro nos asustó, silbando y ronroneando con su pico naranja, mostrando las plumas iridiscentes de su pecho. Caminamos en silencio alrededor del pájaro y miramos a través de las pajas de hojas de la casa.
Ahua estaba en la esquina más lejana, acostado en una hamaca. Su cuerpo temblaba y parecía que tenía las manos y los dedos acalambrados. El canto era raro, como el de Mengatowe, aunque las palabras venían de su pecho y de debajo de la tierra. Apenas podía entender algo. Había dos hombres arrodillados al lado de la hamaca. Uno de ellos era Amo, el joven que llevó a Nene al río con su silla de ruedas junto con Moi. El otro era Bai, el hijo de Ahua.
—Padre Jaguar —dijo Bai—. Dime dónde se esconden los pecaríes. Trae la manada cerca de la comunidad. ¡Iré a donde me digas!
Ahua gruñó y golpeó sus dientes, convulsionando en la hamaca. Temblé y dejé de mirar.
Escuché a Amo decir:
—Meñemempo, dinos sobre las compañías petroleras. ¿Padre Jaguar, espantarás a los cowori?
Ahua cantaba…
—Padre Jaguar —continuó Amo—, pronto iré al río Toroboro, donde los cowori están construyendo carreteras para el petróleo e invadiendo nuestras tierras con sus ganados. Dame la fuerza para defender nuestras tierras.
Mimaa me jaló del brazo y me llevó hacia el patio, estaba muy seria. Yo me preguntaba sobre los poderes de Ahua, sobre su forma secreta de hablar con los espíritus jaguar. ¿De verdad podría hacer que detuvieran a las compañías petroleras?
—No deberíamos estar viendo esto. Vamos a ver el achiote de la gente blanca antes de que mi hermana llegue a la casa.
De vuelta en el oko, tomamos la bolsa de la hermana de Mimaa y nos sentamos, calladas, en una esquina, esperando que Gimawe no se diera cuenta. Aún podíamos escuchar el canto de Ahua que venía de la casa larga.
Saqué un espejo rosado, de plástico, de la bolsa y lo sostuve frente a mi cara. No era la primera vez que me veía a mí misma —había visto mi reflejo en la superficie del agua en las lagunas río abajo, y en los techos de lata oxidados de la iglesia, y en el cobertor de plástico de una canoa a motor que llegó a nuestra comunidad una vez. Pero nunca antes me había visto con tanta claridad.
Me quedé mirando mi propia cara. Me parezco a mi mamá, pensé. Vi cómo mi pelo negro brillaba bajo la luz humeante.
—¿Ves? —Mimaa me pasó el achiote de la gente blanca—, le das la vuelta y sale ¡como el pene de un perro!
Las dos nos reímos, mientras yo agarré el pintalabios, lo abrí, le di la vuelta, lo cerré y luego lo abrí, y le di la vuelta otra vez.
—¿De dónde sacó esto tu hermana?
—Trabaja para Dayuma en la chacra todos los días, y pues ella se lo dio.
—No me lo voy a poner en los labios —dije de forma desafiante. Pensé mucho—. ¿Qué pasa si lo mezclamos con agua?
—¿Y si pintamos nuestros brazos con él?
Le di la vuelta al pintalabios hasta que ya no giraba más. Luego, saqué la parte roja y lo mezclamos en un mate de agua.
—¿Dónde está tu cuaderno? —le pregunté.
Pronto, llenamos todo el cuaderno de Mimaa con huellas rojas de nuestras manos. Cogimos los pequeños trozos de pintalabios que quedaban y dibujamos líneas en zigzag en nuestros brazos. Luego pintamos líneas rojas y brillantes en nuestros ojos. Saqué un pequeño trozo del mate y lo pasé suavemente por mis labios. Me miré en el espejo y me imaginé que era Emily, de la Tierra Rachel.
Sabía que nos podíamos meter en problemas por esto. Y ahora me di cuenta de que todo a nuestro alrededor estaba en silencio. Los cánticos jaguar de Ahua se habían desvanecido. En el reflejo del espejo vi que Gimawe nos estaba observando con el rabo del ojo, viéndonos intensamente como un águila arpía perchada en el humo. Me dio un escalofrío. Cerré el espejo rápido y corrí al riachuelo a lavarme antes de que nadie más me viera.
Unos pocos días después, mamá me llamó desde nuestro oko. Su voz era amable.
—Nemonte, ¿puedes venir a ayudarme a levantar esta olla del fuego?
Entré caminando y ella se acercó rápidamente a mí. Antes de que pudiera hacer nada, vertió un cuenco de líquido sobre mis ojos. Al principio estaba frío, pero después de un momento empezó a quemar. Luego quemaba tanto que me tiré al suelo, retorciéndome en el piso de madera de palma.
—¿Qué has hecho? —me gritó—. ¡Robaste achiote de gente blanca de la familia Baihua! Te dije que Ahua es un hechicero. ¡Va a usar sus poderes contra nosotros!
Quedé completamente ciega. Un dolor rojo y negro burbujeó en mis ojos, en mi cerebro, en mi nariz y en mis mejillas. Podía sentir, en el piso, los pasos de Opi y Víctor cerca de mí. No podían hacer nada. Yo sentía en su aliento su deseo de ayudarme, pero tenían miedo.
—Esta no es mi gente —masculló—. ¿No entiendes? Yo no soy Waorani. Tengo sangre diferente.
Sus palabras eran tristes, solitarias y frías, y las sentí pulsando debajo de la quemadura. Siempre había sabido que como Kichwa ella era diferente. Interpretaba sueños de manera diferente, sabía sobre plantas y medicinas distintas, y además no lucía igual a las otras mujeres: yo pensaba que era mucho más hermosa, con pómulos altos e inclinados. No entendía por qué algo de eso podía enojarla tanto.
Yo temblaba y lloraba y no podía ver. Podía escuchar a mamá avivando el fuego, como si nada hubiera pasado. Luego escuché la voz de mi tía Wiamenke, aunque sus palabras se ahogaban en medio de mis gritos. De repente había manos sobre mis ojos, las manos de Wiamenke. Los estaba cubriendo con cáscaras de plátano. Me llevó al patio.
—Agua de ají —le dijo a su esposo, Nenecawa, quien debe de haber estado sentado en su silla de ruedas en algún lugar por ahí cerca—. Manuela empapó los ojos de su hija con agua de ají.
—Pobrecita —dijo Nene en voz alta—. ¡Y los Kichwas nos llaman «aucas» a nosotros!
Estuve ciega por tres días. Mientras el ardor disminuía gradualmente, sentía un frío que crecía en mí. No miraba a mi mamá. Traté de mantenerme lejos de ella. A veces me sentaba en silencio en la cabaña de Nene, donde mis hermanos y los niños mayores se agrupaban alrededor de su silla de ruedas, en hamacas, en troncos, en la tierra. La cabaña estaba llena de alambre y cables que habían recogido. Cortaban cables verdes y amarillos en pedazos pequeños, todos menos Opi. Él todavía estaba haciendo su helicóptero con madera de balsa.
—Awame, ven acá —me dijo Nene—, pruébate esto, está hecho para una niña pequeña.
Tomó mi muñeca y amarró, alrededor de ella, una pulsera verde y amarilla enhebrada con semillas de petomo negras y rojas.
La pulsera era bonita. Su color era diferente de cualquier tinte que hubiera visto en el bosque.
—Pequeña Awame, ¿todavía te duelen los ojos? —me preguntó Nenecawa.
Sacudí la cabeza y agaché la mirada. Aún me dolía, pero adentro, no en los ojos.
Con un sonido casi inaudible, Nene balbuceó algo sobre los Kichwas. Me senté silenciosamente viendo los dedos atareados de los muchachos. Mi tía Wiamenke se movía entre ellos sin molestarlos. Tenía dos ollas de guiso en el fuego, y una cabeza de pecarí asándose en la parrilla. Me preguntaba si los jaguares de Ahua habían traído a los pecaríes cerca de la comunidad. Estaba segura de que eso debía ser.
Amo estaba sentado en el suelo al lado de Opi.
—Nene —dijo—, ¿cuando eras joven alguna vez lanceaste una vaca?
—Tal vez lo hayas olvidado, joven comunista —contestó Nene—, pero cuando yo era un guerrero ¡Vivía en el bosque! ¡No vivíamos cerca de ninguna vaca! ¡Yo era un cazador de pecaríes!
Amo tenía una mirada seria.
—A lo largo de todas las carreteras para el petróleo, por el río Toroboro, los colonizadores cowori invaden cada vez más y más adentro nuestras tierras. No tienen respeto por nuestro territorio. Cortan los árboles frutales de nuestros antiguos para hacer crecer césped para su ganado.
Los otros murmuraban afirmativamente cuando Opi interrumpió para mostrar con orgullo su helicóptero terminado.
—¡Espera a que papá lo vea! —le dije.
Me encantaba pensar en el regreso de papá. Estaba segura de que mamá no me hubiera lastimado con el agua de ají si él hubiera estado aquí.
—Vi a tu padre en el bosque, pequeña —dijo Amo, suavizando el tono de su voz—, nos ayudó a recoger este cable.
—¿Qué dijo?
—Me dijo que río abajo hay jaguares por todos lados, y que los trabajadores de la petrolera están asustados.
—¿Cuándo va a volver a casa? —susurré.
—Dijo que volvería cuando la petrolera le diera algo para traer a su pequeña.
Entonces tuve la certeza de que Amo era mi amigo. Me sonrió y luego nos dijo a todos:
—¡Pero yo no voy a volver hasta que haya lanceado a todas y cada una de las vacas que están pastando en nuestras tierras!
Una mañana, poco después de eso, antes de que nos fuéramos a la escuela en nuestros uniformes, papá por fin regresó a casa. Solo apareció de repente en el patio.
Lucía raro, usaba botas de caucho amarillas y pantalones jean. Estaba más delgado que cuando se fue. Corrí hacia él y le abracé la pierna. Me tocó la parte de arriba de la cabeza y dijo:
—Estaba en el bosque con los cowori abriendo senderos. Ellos no saben nada sobre el bosque. Nemonte, ¿has estado ayudando a tu madre en la casa?
No respondí. Quería llorar. Mamá estaba en el oko y yo estaba segura de que había escuchado la voz de papá, pero no salió.
—Encontré un lugar río abajo donde podemos hacer una nueva comunidad —dijo papá.
Me quedé mirándolo.
—Hay muchos animales en el bosque río abajo, muchos más que aquí.
¿Una nueva comunidad? ¿Estaba diciendo que dejaríamos Toñampare? Fue sorpresivo, pero él no respondió a las preguntas. Ahora estaba buscando algo en una bolsa y desdoblando un montón de hojas verdes. Dentro había una lora bebé. Me la dio.
—Los cowori talaron con sus motosierras justo en medio de la casa de esta pequeña lora. Aún no puede volar. Anda y tráele unos plátanos maduros, está hambrienta.
Fui a la escuela con mi lora bebé. Me senté en el fondo, mi lora envuelta en un trapo debajo de mi camisa. Me preguntaba qué cosas habrá visto mi papá río abajo con la compañía. Me imaginé a los hombres cowori rompiendo huevos azules brillantes en el suelo, los sonidos de pequeñas aves abandonadas por todos lados.
Como siempre, no podía entender al profesor, así que me perdí en mis propios pensamientos. ¿Realmente papá había dicho que íbamos a empezar una nueva comunidad? Sabía que antes de que viniera Rachel, antes de que viviéramos con ella, nuestra gente se movía por el bosque de un lugar a otro. Pero eso era cuando mi padre era un niño. Yo nunca me había mudado. Traté de imaginar cómo sería dejar Toñampare, pero no pude.