Los pasos de papá me despertaron de un sueño profundo. Caminó por la habitación en la oscuridad. La madera de palma extendida por el suelo tembló ligeramente. A la distancia, se escuchaba un lamento, un gemido.
Me senté. Dentro de mi mosquitero, mis luciérnagas titilaban como chispas doradas.
Seguí a papá hasta el patio. Estaba nublado. Había un halo amarillo alrededor de la luna. Los murciélagos se abalanzaban sobre nosotros, salvajes y precisos en su vuelo. La tierra estaba fría y húmeda y respiraba.
Por un tiempo, papá no dijo nada. La luz de la luna dibujaba su silueta: pelo largo y negro, brazos fuertes. El jazmín nocturno era agradable y dulce. Podía escuchar el ayay-ayay-taidi-crump de un paujil en los bosques cercanos. Y luego, el lamento, el gemido, otra vez.
—Meñe —dijo mi padre, alzando su dedo en el aire—, un jaguar.
—¿Está llorando? —pregunté.
Papá se quedó en silencio por un momento largo.
—Cuando morimos, nos transformamos en jaguares —dijo—. Viviremos en el bosque cazando pecaríes y monos aulladores. Pero no somos como cualquier viejo jaguar. Somos espíritus jaguar. Las almas de nuestros antiguos transitan por estos bosques. Lo recuerdan todo. Cargan consigo tristeza, ira, venganza, canciones, poderes curativos. Solo algunos de nosotros pueden hablar con ellos. Las meneras y los meñemempos. Las madres jaguar y los padres jaguar.
Recordé que Víctor iba a convertirse en un meñemempo. Me preguntaba si quizá algún día yo podría ser una menera.
Papá miraba hacia donde estaban los sonidos. Parecían venir de donde vivía Mengatowe.
—¿El jaguar está al otro lado del río?
—Sí, en la cuchilla.
Nos quedamos en silencio por un rato, escuchando.
—¿No te acuerdas de tu abuelo, cierto?
—No —dije.
—Piyemo te sostuvo cerca en sus brazos. Te cantó cuando naciste. A veces puedo sentir a mi padre en el bosque. Lo siento cuando estoy solo. Un viento se levanta y todo se queda en silencio y se oscurece un poco, y yo sé que mi padre me está viendo.
—¿Es ese mi abuelo llorando en el bosque?
—No lo sé.
—Papá —dije—, ¿algunos de nosotros vamos al cielo cuando morimos?
Miró hacia arriba, a la luna, y respiró profundo.
—Mincaye y Yowe estaban cantándole al cielo —continué—, decían que habían sido salvados, y que iban a vivir en el cielo porque se lavaron en la sangre de Jesús.
Papá se quedó pensando por un momento, y luego dijo:
—Están locos.
—¿Pero por qué dicen algo así?
—Creen en el dios de la gente blanca.
—¿Tú crees en el dios de los blancos?
—No, él no sirve de nada en el bosque.
—Pero entonces, ¿por qué le hablan al cielo?
—Por ningún motivo —dijo papá—. Dios no habla su lengua. Él no puede entender nada de lo que ellos dicen. Es por eso que le hablan tanto tiempo con los ojos cerrados. Están esperando que responda, pero él nunca lo hace.
—¿Rachel sabe cómo hablarle a Dios?
—Sí, ella puede hablar con su Wengongi. Él le dijo a ella que viviera con nosotros. Cuando Mincaye y Yowe y el resto del clan Guikita lancearon a su hermano en la playa, su Dios le dio poderes sobre nosotros.
Entonces yo tenía razón. Rachel vino aquí a vivir con nosotros y a convertir en cristianos, en pastores, a los mismos hombres que mataron a su hermano.
—¿Qué tipo de poder le dio a Rachel su Dios?
—Como cuando una boa hipnotiza a un venado moviendo su lengua. El venado se vuelve débil, entrampado. Eso es lo que le pasó a nuestra gente. Fueron las cosas que nos dio y las historias que nos contó. Luego la enfermedad nos mató.
¿Qué es lo que papá quería decir con eso de la lengua de la boa? ¿Eran el vestido azul, el azúcar, las pastillas, todo parte de los poderes de Rachel?
—¿Es Rachel una mala persona?
—No sé si es mala. No es una de los nuestros.
Hubo un largo silencio entre nosotros.
—Nemonte, yo era solo un niño cuando fuimos a vivir con Rachel Saint en la comunidad de Teweno. Lo vi todo. No teníamos que estar ahí; ese no era un lugar para nosotros. Nuestro clan era el más fuerte de todos. El clan Nenquimo-Nihua. Había muchos de nosotros, guerreros jóvenes y sanos. Caminamos durante muchas lunas al río donde corrían los bocachicos. Tenía mucha hambre cuando llegamos, pero no abrí la boca. No comía la comida que nos daban. Pasaba mis días atrapando camarones en los riachuelos y asándolos en el fuego por las noches. Por muchas lunas, dormí en la tierra y la ceniza al lado del perro de Rachel Saint. No éramos felices ahí. Los mayores hablaban sobre matar a la mujer blanca e irnos para siempre, volver a nuestra antigua tierra. Pero luego la enfermedad se escurrió entre nuestros huesos. La enfermedad que ellos llamaban polio. Muchos murieron. Otros guerreros como Nenecawa ya no podían ni caminar ni tirar una lanza. Rachel le rezó al cielo. También Mincaye y Yowe y todos ellos lo hicieron. Pero su Dios no los escuchó. «Nuestro Wengongi está enojado», decían, «y este es tu castigo por no creer en él».
Los lamentos que venían de la cuchilla se habían detenido. Nos quedamos parados y en silencio debajo de las estrellas. Quería preguntarle a mi padre sobre el anciano Mengatowe. ¿De verdad se había transformado en jaguar para curar a mi hermanito? Quería preguntarle por qué los espíritus jaguar no nos protegieron de la enfermedad de los blancos. Pero papá ya estaba caminando de regreso a la casa. El sol no saldría por varias horas aún.
Muchas lunas pasaron. Mis padres dejaron de ir a la iglesia. Mamá sabía que Rachel estaba enojada con ella por lo que había hecho: convocar al anciano Mengatowe para que curara a mi hermano con toda la comunidad viendo; usar brujería cuando debería haber confiado en Dios.
No íbamos a la iglesia, pero mamá me mandaba a la escuela dominical todas las semanas pese a que yo no quería ir. Una mañana, mientras la lluvia golpeaba el techo de lata de la Casa de Dios, Rachel abrió un libro ilustrado y lo sostuvo ante nosotros.
—¿Saben quién es este? —preguntó. El sonido del agua encima de nosotros ensordecía su voz. Luego me lanzó una sonrisa fría—. Inés, ¿sabes quién es este?
Me retorcí dentro de mi vestido que ya no era azul cielo sino azul nublado. Inés era mi nombre cristiano. Me lo había dado Dayuma, la mujer Waorani más poderosa de nuestra comunidad. Hace mucho tiempo, Dayuma huyó de la selva en medio de un conflicto y encontró su camino hacia un lugar —puede que en el cielo— donde conoció a Rachel. Y Rachel le pidió a Dayuma que la trajera sana y salva al interior del bosque. Ella quería vivir con los Waorani. Ahora, Rachel y Dayuma se llamaban «hermana» la una a la otra y Dayuma ayudaba a Rachel a administrar la comunidad. Todos sabíamos que cuando Dayuma nos decía algo, casi siempre era Rachel quien hablaba a través de ella.
Dayuma mantenía abierto el libro junto con Rachel. La miré de reojo para ver si ella me podía ayudar a responder la pregunta. Miró para otro lado.
—Este es el demonio —anunció impaciente Rachel—. Niños, ¿de qué color es el corazón del demonio?
—¡Negro! —exclamaron en coro los niños—. ¡El corazón del demonio es negro!
—¡Bien! —asintió Rachel—. El demonio es un embaucador, él es el que pone pensamientos oscuros en sus corazones.
Yo estaba asombrada. El demonio tenía cejas pobladas, nariz ancha y labios gruesos. Tenía la piel oscura y era peludo. De hecho, lucía igual al padre de mi mamá, Donasco. Sentí un escalofrío en la piel. Yo tenía dos abuelos. El padre de papá, el gran guerrero Piyemo, era un jaguar que aullaba por las noches en el bosque. Y el padre de mamá era el demonio.
—¿De qué color es Dios? —gritó Rachel por sobre la estruendosa lluvia.
—¡Blanco! —chillaron todos los niños—. Dios es blanco.
Muchos días después, mientras chapoteaba en las partes poco profundas del río, vi al abuelo Donasco aparecer, doblando el río, subiendo lentamente por la corriente.
—¡El demonio! —grité—, ¡ahí viene el demonio!
Era un grito juguetón, una mezcla de sorpresa, emoción y miedo. Corrí descalza de regreso a nuestro oko.
—Cállate la boca, niña —me regañó mamá—, ¿por qué dices eso sobre tu abuelo?
Mamá siempre se preocupaba cuando el abuelo venía de visita. Todo el mundo sabía que era un chamán. Pero no como el padre jaguar, Mengatowe, o el hechicero, Ahua. Él era diferente. No era Waorani, era Záparo, un pueblo vecino que estaba desapareciendo. Mezclaron su sangre con los kichwas, y sin embargo tenían poderes especiales, todo el mundo lo sabía. Y mamá tenía miedo de que la gente pensara que su padre era un hechicero, que lo culparan por cualquier enfermedad, por cualquier accidente o mala suerte que golpeara a la comunidad.
Su nariz amplia y plana, su pecho peludo, sus ojos negros y agudos lo hacían ver como el demonio de las imágenes de ese libro. Además, tenía una extraña forma de caminar. Como si se estuviera deslizando como una serpiente, ondulándose. Mamá solía decir que él tenía el poder de la anaconda, que era así como llamaba a los peces y curaba a la gente, como lanzaba hechizos y veía el futuro. También tenía el poder de las piedras. Ellas iban hacía él, las piedras, temblando y estremeciéndose, y él las cargaba y las escondía y las usaba de formas enigmáticas.
—Que alguien le traiga a este pescador un mate de chicha bien fuerte —exclamó Donasco mientras entraba a nuestro oko tirando una chigra abultada y llena de peces al suelo.
Su primera esposa, la madre de mi mamá, había muerto misteriosamente mientras lavaba la ropa en el río, cuando mi madre era una niña pequeñita. Ahora, su segunda esposa, una mujer Waorani llamada Ero, entraba a nuestro oko. Los picos de rayas amarillas de dos tucanes muertos, recién cazados, sobresalían de su canasta.
—Dime, pequeña —me dijo Donasco—, ¿por qué saliste corriendo del río cuando me viste?
Sacudí la cabeza. Mamá le pasó un mate de chicha amarilla —una especie de cerveza hecha de yuca— con un fermento espumoso y burbujeante encima.
—Anoche soñé con esta pequeña —le dijo a mamá, soplando la chicha— y quién diría, aquí estamos con un par de tucanes y miel de monte.
No entendí qué tenían que ver conmigo los tucanes y la miel.
—¿Cuántos años tienes ya? —preguntó.
—No lo sé.
—Tiene siete años —dijo mamá.
—¿Ya has preparado su lengua para hacer chicha dulce? —preguntó entre sorbos ruidosos.
Enseguida, Ero abrió el pico de uno de los tucanes, sosteniendo su cabeza suelta y movediza, agarró su lengua filuda y suavemente con un cuchillo oxidado hizo un pequeño corte. Luego, de un amasijo de hojas sacó un terrón de panal de miel que tenía el tamaño de un puño. Unas abejas negras se hundían en esa miel viscosa y dorada. Sumergió la lengua del tucán en la miel.
—Abre la boca —me dijo, y empezó a cantar
Tenía los ojos cerrados. La miel goteó dulce de la lengua del tucán a la mía. Destellos de plumas brillantes aparecieron a través de las copas de los árboles verdes de mi mente, como en un sueño, mientras las gotitas de miel llenaban mi boca y un ardor dulce se desvanecía desde mi garganta hacia mi pecho.
—¡Listo! —bramó Donasco gravemente. Una mueca orgullosa recorrió los contornos pedregosos de su nariz y sus mejillas.
—Ahora, ¡mi pequeña nieta hará la chicha más dulce de todo el bosque!
Después de eso, Víctor y yo nos regodeábamos de nuestros poderes secretos. Yo hacía buena chicha. Y él ya no se enfermaba más. Se erizaba cuando no lo llamábamos con su nuevo nombre, su nombre poderoso, Mengatowe. Aunque casi siempre yo aún lo llamaba Víctor en mi cabeza, me esforzaba para respetar su nuevo nombre. Era una cosa seria. Él incluso se puso la misión de enseñarles a nuestros loros parlantes a pronunciarlo: Meng-ahhh-toweeee, Meng-ahhh-toweee.
Y los pájaros aprendieron. Demasiado bien. Anunciaban la llegada de mi hermanito a nuestro oko repitiendo su nombre, tantas veces y tan seguido que, hasta a mí, su hermana mayor, su mejor amiga y alguien que respetaba mucho al chamán, me molestaba.
Luego, una noche, algo gracioso ocurrió, el tipo de cosas chistosas que hacían a mi mamá estremecerse y a papá ahogarse de la risa mientras movía sus dedos sobre las brasas.
Estábamos haciendo chicha en el piso de tierra de nuestro oko. Ya habíamos hervido el caldero de yuca, vertido el agua hirviendo en la ceniza del fuego y machacado las yucas con unos palos de madera para hacer un puré caliente. Ahora estaba listo para ser masticado, para que nuestra saliva lo transformara en un suave fermento. La chicha es la base de nuestra existencia.
Yo masticaba puré de yuca y lo escupía de regreso al caldero desde que tenía edad suficiente para subirme a la hamaca sola. Pero ahora era diferente. Donasco y Ero me habían concedido un poder secreto. Me acuclillé al lado de mi madre, escuchando la conversación de nuestras mayores. La tía Geca y la tía Wiamenke estaban descansando en las hamacas.
—La escuela es una pérdida de tiempo —dijo la tía Geca. Era la hermana mayor de mi padre. Era igualita a él, solo que sus ojos mostraban que ella tenía un poco más de fuego adentro.
—¿Qué es lo que pueden aprender los niños Waorani en una caja sofocante como esa?
Me metí un manojo de yuca machacada en la boca y lo mastiqué lentamente, masajeándolo con la lengua, imaginando como mi boca transformaba esa masa en miel.
—Los niños deben estar en las chacras con sus madres —añadió Wiamenke—, caminando los senderos con sus padres.
Asentí con la cabeza, como si yo no fuera una niña sino una de las mujeres. Yo faltaba a clases seguido. La escuela era una casa pequeña y abarrotada, y el profesor siempre estaba enojado con nosotros y solo hablaba en español. Nos jalaba y nos golpeaba las orejas, como si el problema fueran nuestros oídos, cuando lo que pasaba era que no le entendíamos. Estaba controlado por Rachel.
De repente, nuestra guacamaya sacudió sus alas y chilló anunciando que llegaba una visita. La hoja de entrada a nuestro oko se agitó con el viento y, mientras nos dábamos la vuelta para ver quién venía, los loros comenzaron con su alarido habitual: Mengatowe, Mengatowe, Mengatowe.
Mamá escupió un sorbo de chicha en el caldero, retorciéndose con incomodidad. Los loros repetían el nombre del chamán jaguar una y otra vez… frente a nuestra visitante, Dayuma.
Ella hizo como si no hubiera escuchado a los loros. Pero sabíamos que Dayuma le contaba todo a Rachel y que era ella la razón de cada una de las visitas que hacía a nuestro oko. Para decirnos que Rachel estaba enojada o para darnos información, o quizá para mantenerla al tanto sobre nuestras vidas.
Dayuma usaba un vestido floreado, largo hasta los tobillos, que cubría sus botas de caucho. Su pelo colgaba sobre sus hombros, tal vez para tapar los lóbulos de sus orejas colgantes. Se arrodilló al lado de la caldera de chicha con una sonrisa brillante. Era hermosa. Era una de nosotras, pero era diferente porque había viajado por el cielo con Rachel. Tenía historias sobre sitios inimaginables —cosas llamadas edificios que eran donde vivía la gente blanca. Ya no hacía chacras como las otras mujeres Waorani. Vivía en una casa de tablas de madera en el otro extremo de la comunidad junto con Rachel, al lado de la Casa de Dios. Y pasaba la mayoría de su tiempo en ese pequeño cuarto con ella. Estaban haciendo algo misterioso juntas, algo llamado «tallados de Dios».
—Estoy visitando todos los okos de la comunidad —empezó. Su voz era suave—. Pronto llegará un grupo de hombres.
—¿Quiénes? —preguntó Wiamenke.
—Hombres muy importantes. Los jefes de la compañía petrolera.
Los loros no paraban: Mengatowe, Mengatowe, Mengatowe. Mamá le dijo entre dientes a Víctor que los callara mientras que papá solo se reía. Pero me di cuenta de que las palabras «compañía petrolera» se quedaron retumbando en su cabeza.
—¿Por qué van a venir para acá? —preguntó Geca, con firmeza.
—Porque van a venir —dijo Dayuma—. Pero no se preocupen. Rachel los conoce bien. Dice que son creyentes como nosotros.
Mientras se iba, Dayuma me miró con ternura.
—Inés, escuché que tu lengua se curtió para hacer chicha dulce —sonrió.
Mi boca estaba repleta de puré con saliva. Asentí. Hubiera querido que me llamara por mi verdadero nombre, Nemonte, y no el nombre cristiano que me había dado. En el fondo, entendía que había dos mundos. Uno donde existía nuestro oko lleno de humo e iluminado por el fuego, donde mi boca convertía yuca en miel, los loros repetían «Mengatowe» y mi familia me llamaba Nemonte —mi verdadero nombre, que significaba «muchas estrellas». Y otro mundo, donde la gente blanca nos miraba desde el cielo, el corazón del mal era negro, donde había algo llamado «compañía petrolera» y los evangélicos me llamaban Inés.
Mis días favoritos eran en los que mamá estaba tan ocupada que ni nos notaba. Era durante esos días —cuando daba de lactar a Emontay, mi hermano recién nacido, abanicando el fuego con plumas de pava, espantando los monos de la carne en la parrilla— que, en lugar de ir a la escuela, íbamos al bosque con papá.
Papá conocía todos los senderos, y todos ellos tenían historias. Algunas veces pasábamos el día rastreando una manada de pecaríes por un pantano de moretes y sobre altas colinas. Los pantanos eran fáciles de rastrear y nos permitían guiar a los niños. Pero en la tierra dura y seca de las colinas, papá se hacía cargo. Siempre regresábamos a la comunidad con cosas buenas —canastas de fruta, carne de monte, hojas de palma para hacer hamacas, cordones de liana amarga para veneno de cacería.
En esta mañana, no tan lejos de la comunidad, nos paramos en un tronco caído en una parte lodosa del bosque, al pie de una quebrada, a ver una anaconda gigante muerta. Había comido demasiado: esperó, movió su lengua e hipnotizó a la cierva, trayéndola hacia ella, la envolvió y se la tragó.
Pero la serpiente había cometido un terrible error. Había estado tendida en una gran sombra, donde el lodo estaba frío cuando se tragó a la cierva. Tal vez era muy joven para saber que debería de haberse deslizado hacia un lugar soleado antes de comerse a una cierva vieja y fibrosa. En el frío, explicó papá, las puntiagudas patas de la cierva se estiran mientras muere, y mientras más fría está la serpiente, más duras se ponen las patas. Las patas de esta cierva habían atravesado completamente los músculos de la serpiente, haciendo estallar su piel brillante y aceitosa. Su presa la había matado. Ahora estaba rodeada de un laberinto de huellas de animales. Tigrillos, pumas, osos hormigueros, capibaras. Una solitaria tortuga estaba mordisqueando la carne podrida.
—¡Miren! ¡Un cóndor! —exclamó Víctor, señalando hacia arriba, en medio de las copas de los árboles.
—Todos los animales del bosque vendrán a presentar sus respetos a la anaconda —dijo papá—. Ese cóndor ha volado desde las montañas, desde muy lejos, para honrarla, para engullir la poderosa energía de la carne de la serpiente.
Mientras miré hacia la luz brillante de las copas de los árboles, buscando los destellos del cóndor, escuché un leve golpeteo entrecortado en el cielo.
—¡Ebo, ebo, ebo! —exclamé.
Papá inclinó la cabeza y luego levantó la mano exigiendo silencio.
—No, no es un avión —dijo—. Es un helicóptero. Un helicóptero de la compañía petrolera.
Cuando regresamos a la comunidad mis hermanos mayores, Opi y Ñamé, estaban agachados en la sombra del helicóptero, tocando su panza grande como de abejorro. Al final de la pista la gente se amontonó afuera de la casa de Rachel. Algunos de mis amigos, vestidos con sus uniformes blancos y azules de la escuela, jugaban en las ramas de los miwagos. Seguimos a papá más allá de la iglesia y nos paramos a la sombra del árbol de toronja.
—¡Han venido cowori de la compañía petrolera! —nos dijo Paa, uno de los pastores Waorani—. Están adentro hablando con Rachel y Dayuma.
—Victor, metámonos debajo de la casa —susurré.
Conocía la distribución de la casa de Rachel. Sabía dónde dormía; dónde guardaba los juguetes, los vestidos y los otros regalos; dónde estaban el azúcar, el arroz y los fideos. Algunas veces nos escabullíamos justo debajo del cuarto donde ella garabateaba en su libro mientras susurraba preguntas a Dayuma con una voz seria. Preguntas sobre la mejor manera de decir cosas en nuestra lengua, Wao Tededo, cosas para las cuales no teníamos palabras: cielo e infierno, oveja y buey, perdón y fe. Sabía que el sonido de esos trazos era el sonido del «tallado de Dios», el proyecto en el que estaban trabajando juntas, pero no entendía qué significaba.
Gateamos por la tierra mojada. A través de las rendijas de las tablas del piso podía ver que había varios hombres blancos sentados alrededor de una mesa. Estaban riéndose con Rachel en su propio idioma. Ella lucía vieja y cansada. Tosía bastante, también. Los hombres blancos eran diferentes a los cowori que visitaban la comunidad. Usaban sombreros extraños, blancos, duros y brillantes, y uniformes anaranjados.
Dayuma estaba sentada a la mesa con su esposo, Komé. Él tenía las manos más grandes de toda la comunidad y siempre nos estaba persiguiendo a los niños: latigueándonos con ortiga por habernos portado mal. Le tenía miedo. Ambos, Dayuma y Komé, asentían y se reían, pero sabía que no podían entender porque no hablaban el idioma de los cowori. Dayuma le había enseñado nuestra lengua a Rachel, pero Rachel a Dayuma solo le enseñó sobre Dios.
—¿Cuántos hombres irán con la compañía? —preguntó Dayuma a Rachel en Wao Tededo.
—Muchos irán —dijo Rachel.
—¿Se irán muy lejos volando o estarán cerca caminando?
Rachel habló con los hombres blancos y giró hacia Dayuma:
—Si todo sale bien, los hombres irán a todas partes por el bosque. Volando y caminando.
—¿Se irán durante mucho tiempo? —preguntó Dayuma.
Sabía que estaba preguntando para poder informar a la gente de la comunidad.
—Muchas lunas.
Pronto los cowori de los sombreros duros salieron de la casa de Rachel. Víctor y yo corrimos para que nadie nos viera. Rachel señaló hacia la Casa de Dios y la escuela, los hombres asintieron.
La gente de la comunidad los seguía, haciendo preguntas.
—Estamos ocupados —dijo Rachel con una voz severa—. Ya hablaremos después.
Los hombres blancos llevaban cajas negras con pequeñas agarraderas. Cuando llegaron hasta el helicóptero le dieron la mano a Rachel, asintieron con la cabeza, y se vieron a los ojos unos a otros. Luego se despidieron de nosotros y dijeron algo que nadie entendió. El helicóptero empezó a rugir, haciendo más viento que un ebo. Me asusté, hasta que vi a mis hermanos con los brazos estirados, inclinados en el viento, aullando, encantados. Cerré los ojos y también me incliné en el viento. Mi pelo volaba en todas las direcciones. Mientras el helicóptero se levantaba del suelo, vi a papá entre la multitud. Tenía la boca abierta por completo.
Después de la tormenta y el traqueteo que causó el helicóptero, vino una quietud, un pensamiento doloroso, silencioso: Esos hombres se van a llevar lejos a mi padre.
Esa noche no había estrellas. Una corriente fría y húmeda sopló en el oko. Papá estaba acurrucado junto al fuego, con las piernas estiradas, los dedos moviéndose justo al borde de la llama. Mamá, arrodillada al lado de una olla de guiso de tortuga, entrecerraba sus ojos en el humo.
—Tu papá debe haber comido muchos corazones de tortuga cuando era niño —nos dijo a todos—. Por eso es que no se ubica bien. ¡Va a cualquier lado, como las tortugas!
Ella se rio. Su risa no era amable. Solo mi hermano Ñamé soltó una risita.
No me gustaba cuando mamá era dura con papá. Pero él siempre lo aceptaba, se quedaba callado, nunca respondía a la carnada. Eso enfurecía más a mamá.
—Nemonte, ¿sabías que tu papá anduvo con la compañía todo el tiempo que estuviste dentro de mi vientre? ¡Ni siquiera me lo dijo! Solo se subió al helicóptero y se fue. Casi se pierde tu nacimiento.
Yo estaba agachada en una esquina del oko alimentando con pequeños trozos de plátano frito a nuestros coatíes. Opi estaba sentado junto a mí, tallando un pedazo de madera de balsa con la navaja de papá. No dije nada. No quería que mis padres se pelearan.
—Papá, cuéntanos sobre los Tagaeri y Taromenane que viste cuando estabas con la compañía —dijo Ñamé—. Cuéntanos sobre todos los cowori que mataron.
Caminé hacia el fuego y jalé una yuca a medio carbonizar. Supe, por la forma en la que papá se sentó en la hamaca, que iba a contar la historia.
—Cuando su mamá estaba recién embarazada de Nemonte, unos hombres blancos llegaron en un helicóptero. Como hoy. Trabajaban para la compañía. Hablaron con Rachel en su casa. Rachel se paró en la puerta y gritó mi nombre, junto con otros más. Dijo: «¡Tiri, necesito que vayas con estos hombres! Tus parientes no contactados se están portando mal. Durante la última luna lancearon a varios hombres de la compañía. Dios quiere que vayas con ellos y les digas a tus parientes que matar es obra del mal».
Mastiqué la yuca y me incliné hacia adelante, mirando la cara de papá iluminarse con la luz del fuego.
—No sabía cuánto tiempo me iba a ir. Me subí al helicóptero con esos hombres y volamos sobre el bosque. ¡No llevé nada conmigo! Estaba descalzo y sin camisa…
—¡Se fue como se iría un perro de caza! Siguiendo a los cowori sin pensar en nada más en el mundo —lo interrumpió mamá.
Papá masculló algo entre dientes y continuó.
—Cuando nos acercamos al río Toroboro vi las colinas donde vivíamos cuando era niño. Vi las palmas de chonta que mi abuelo plantó. Sobrevolamos una gran carretera que iba por en medio de nuestras antiguas tierras. Ahora, muchos cowori vivían ahí. Talaron el bosque y había ganado por todos lados. Luego aterrizamos en la ciudad de El Coca. Un hombre nos estaba esperando. Era el jefe de la compañía. Texaco, dijo él, y repitió, Texaco. Nos dio ropa, botas, sombreros, machetes y afiladores. Estábamos felices con eso. No nos quedamos en El Coca por mucho tiempo, aunque quería ver si el gran guerrero Nihua estaba enterrado ahí.
—¿Nihua? —preguntó Opi.
Sabíamos de ese nombre por las historias alrededor del fuego. No era nuestro pariente de sangre, pero tenía lazos cercanos con nuestro clan.
—Cuando era niño los militares le dispararon y luego le cortaron la cabeza. Ahí es cuando empezaron los problemas en nuestro clan. Pero no hubo tiempo para averiguar dónde estaba enterrado, pronto el helicóptero nos sacó de ahí. Volamos con el jefe, el hombre blanco barbado, hacia un pequeño claro en el bosque. Lo llamaban campamento. Había una lona plástica como refugio. Al jefe le gustaba que todo estuviera en orden. Les gruñó directivas a los hombres. Dijo que nos dieran todo lo que quisiéramos. Eso nos gustó mucho. Luego, antes de irse, nos mostró unas fotos. En una de ellas había dos lanzas cruzadas en el sendero. Podíamos ver que eran lanzas del clan Tagaeri, nuestros parientes que decidieron quedarse en las antiguas tierras, que no quisieron tener nada que ver con la gente blanca. Sus lanzas eran como las nuestras. Estaban adornadas con plumas de guerra, plumas rojas de guacamayo. Y pequeñas piezas de plástico rojo que los Tagaeri deben haber encontrado en el río. Creo que el jefe quería que le dijéramos qué significaba: dos lanzas cruzadas en el sendero. No dijimos nada. Todo el mundo debería saber qué significa eso. Luego, nos mostró una foto de un hombre blanco de la compañía al que todos llamaban «el cocinero». Tenía lanzas atravesadas en su pecho y en su cuello. Estaba tirado en el riachuelo al lado de las ollas y los sartenes que había estado lavando. No sabíamos qué se suponía que debíamos hacer. A la mañana siguiente, los trabajadores empezaron a talar el bosque. Tenían motosierras. ¡Nunca habíamos visto algo así! ¡Cuán rápido podían cortar la madera dura! Con un hacha de piedra nos hubiera tomado días talar árboles como esos. Nos aventuramos en el bosque, pero la motosierra había ahuyentado a todos los animales. Por eso los Tagaeri estaban molestos. Los cowori hacían demasiado ruido y espantaban a todos los animales.
—Una noche mientras casi todos los hombres dormían oí un chasqueo de ramas en el suelo del bosque. Me paré. Escuché…
Hasta ese momento papá había estado en cuclillas junto al fuego, ahora se paró y nos enseñó cómo escuchó.
—Podía sentir que los Tagaeri estaban cerca. Le dije a uno de los hombres cowori que hiciera silencio. Pero puso ojos de loco. Caminó hasta el borde del bosque y empezó a disparar su arma hacia la oscuridad. Después vino el silencio. La siguiente vez que escuché a los Tagaeri no le dije a nadie. Fue durante el día. Hacían llamadas de pájaros para comunicarse entre ellos. Tomé varios machetes y hachas del campamento y caminé hacia el bosque. Llamé a mis primos y tíos: «Soy Tiri, hijo de Piyemo, nieto de Nenkemo. Estamos viviendo con los cowori ahora. Usamos su ropa y comemos su comida. No nos matan. Aquí dejo machetes y hachas para ustedes. Con estas podrán vivir bien. Podrán hacer muchas chacras y tener muchos hijos. Soy Tiri, hijo de Piyemo. ¿Quién eres tú?». Sabía que estaban ahí. Podía escuchar su respiración. Después, regresé al lugar donde dejé los machetes y las hachas. Ya no estaban ahí.
Hubo silencio por un momento.
—¡Cuando sea grande voy a encontrar a los Tagaeri y viviré con ellos! —dijo Ñamé, rompiendo el silencio.
—¡No digas tonterías! —murmuró Opi—. Te lancearían en un segundo.
—Papá —dije—, ¿por qué los cowori estaban talando el bosque?
—¡No sabíamos por qué! Cortaban grandes senderos, líneas rectas en el bosque. No importaba si había grandes árboles o pantanos de morete. Talaban desde el amanecer hasta el atardecer, y entonces caían rendidos. Todos fumaban cigarrillos y roncaban como pecaríes en la noche. El jefe regresaba al pasar unos días. Traía cables naranjas, gruesos como lianas, y paquetes de lo que llamaban dinamita. Hacían agujeros y botaban los paquetes de dinamita en lo profundo de la tierra.
—¿Irás con la compañía otra vez? —pregunté.
—Si se va —dijo mamá—, más le vale traer algo de vuelta. Nuestros hijos ni siquiera tienen zapatos para la escuela, ni mudas de ropa. ¡Y mira nuestras ollas! ¡La última vez, tu padre se fue por siete meses y lo único que trajo de vuelta fueron un montón de historias!
Papá no dijo nada. Solo miró hacia abajo, sus pies en el fuego, y movió sus dedos.