«Camina por el sendero y luego adéntrate en el bosque, sin dejar rastro». Este fue el consejo de mi padre cuando le dije que te contaría mi historia. Supe lo que quería decir. Que mis antepasados estarían vigilando. Que hay historias que deben permanecer ocultas, secretos que deben ser resguardados. A través de los siglos, mi pueblo ha aprendido a no confiar en ti. Así es como hemos sobrevivido, no conquistados: sin dejar rastro.
Para nosotras, las historias son seres vivos. Respiran vida a nuestros hogares, a nuestros bosques. Laten en nuestra sangre, en nuestros sueños. Nos acechan como jaguares, chasquean como pecaríes, navegan como guacamayos, corren como peces. Son seres poderosos. Traen paz como arcoíris. Traen guerra como relámpagos. Y siempre están transformándose. Así es como sabemos que están vivas. Una historia muere cuando nadie la cuenta.
Nuestras historias nunca han sido escritas. No de esta manera. Una parte mía tiene miedo. ¿He contado demasiado? ¿He dejado demasiadas huellas? ¿Qué harás con mi historia ahora que ha sido escrita?
Espero que la dejes vivir.