Presente
Estaba intentando pintar la pared de detrás del mostrador y haciendo todo lo posible para no quedarme dormida en mitad de una frase mientras hablaba con Sally, mi empleada. Había sido un día largo, como todos los días de la última semana y media, pero no me quejaba. ¿Cómo iba a hacerlo si mi sueño era abrir mi propia cafetería desde hacía tanto tiempo? Sin ni siquiera intentar reprimir el bostezo, mojé el rodillo en más pintura verde oscura e ignoré el dolor que me rondaba el hombro mientras seguía pintando.
—¿Seguro que no quieres que me quede más tiempo? —preguntó Sally, quien estaba rebuscando en su mochila en busca del móvil.
—Ya has estado aquí más tiempo del que debías y, de todas formas, casi he terminado por hoy. Solo necesito unos quince minutos más para darle una última mano. Por alguna razón, sigo viendo algo de rojo debajo. —Solté un suspiro que se convirtió en un gemido—. En cuanto termine, yo también me iré a casa.
Mirando por encima del hombro, le lancé mi mirada de «Será mejor que me hagas caso» más severa y vi cómo se echaba a reír.
—¿Qué? —pregunté cuando me miró con una sonrisa temblorosa.
—Tienes puntos verdes por toda la cara, y ni siquiera voy a mencionar el estado de tu camiseta; es más, ni de tu pelo. Solo diré que ahora eres oficialmente una obra de arte.
Me imaginaba el desastre que me había hecho en la camiseta, pero lo de la cara era una novedad.
—Por curioso que parezca, me lo voy a tomar como un cumplido, y… bueno, la pintura salpica —murmuré con un suspiro al tiempo que me limpiaba la frente con el brazo—. Tengo cansados hasta los músculos de la cara. ¿Cómo ha pasado eso?
—A saber. Yo tengo la cara bien, pero me duele bastante el culo.
—Bueno —empecé con una mueca—, no sé qué has estado haciendo cuando he estado de espaldas, pero… —Antes de que pudiera terminar, vi la expresión de Sally y no pude contener la risa.
—¡Dios, qué mal ha sonado eso! —gimió, mirando al techo—. Llevamos casi dos horas seguidas sentadas en el suelo, era inevitable…
—Lo sé, lo sé. A mí también me duele el culo, y no solo el culo, me duele todo el cuerpo. Estoy a punto de ponerme a delirar, así que me voy a reír como una lunática independientemente de si lo que dices es gracioso o no. Vete para que pueda terminar e irme a mis amadas ducha y cama.
Sally era una chica de veintiún años, morena y de ojos oscuros que siempre tenía una sonrisa en la cara, y había sido la decimoquinta aspirante al puesto de barista/todo-lo-demás-que-necesito-que-hagas. Había sido una especie de amor a primera vista. Para evitarme quebraderos de cabeza, opté por no publicar nada sobre el trabajo en Internet ni en ningún otro sitio. Solo se lo había comentado a algunos amigos para que preguntaran por ahí si alguien que conocieran necesitaba un trabajo, y también les había preguntado a otras personas con las que había trabajado en mi último empleo como encargada de la cafetería Puntos Negros antes de dejarlo porque pensé que Gary me iba a dejar utilizar el local. Se había corrido la voz y acabé hablando con mucha más gente de la que había previsto. Sin embargo, ninguna de ellas me pareció la persona adecuada.
Sally, sin embargo, era una completa desconocida que simplemente estaba dirigiéndose a su apartamento después de una cita a ciegas horrible y que me había visto teniendo dificultades para llevar cajas desde la acera hasta la tienda. Se ofreció a ayudarme y, a cambio, al final del día le ofrecí el trabajo. Además, habíamos congeniado por nuestro amor y obsesión mutuos por el café, los cachorritos y Nueva York en invierno. Si esas cosas no demostraban que encajábamos a la perfección, no sabía qué más podría hacerlo.
Si había algo que deseaba para A la Vuelta de la Esquina (¡mi cafetería!) era que fuera acogedora, cálida y alegre. Popular tampoco le haría daño a nadie. Si bien es cierto que era muy consciente de que iba a ser la jefa, no quería trabajar con gente con la que no me llevara bien solo porque sus currículums fueran impresionantes. Consideraba que, si éramos alegres y simpáticos, atraería a los clientes de una forma distinta, y la personalidad y jovialidad de Sally cumplían todos mis requisitos.
—De acuerdo, jefa. —Meneó su móvil recién encontrado a modo de despedida y se alejó hacia la puerta—. ¿Cuándo quieres que vuelva?
Dejé el rodillo en el suelo, gemí mientras me enderezaba con la mano en la cintura y miré mi trabajo casi terminado.
—Creo que esta semana estaré bien sola, pero te escribiré para la que viene si tengo muchas cosas que hacer. ¿Te parece bien?
—¿Estás segura de que no necesitas que te ayude a pintar esta semana?
—Sí, puedo encargarme yo. —Me limité a hacerle un gesto con la mano sin girarme, ya que no creía que mi cuerpo fuera capaz de hacer algo tan complejo en ese momento—. Te llamaré si algo cambia.
—Vale. Vete a casa antes de caer muerta. —Con sus encantadoras palabras de despedida, desbloqueó la puerta y la abrió. Antes de oír cómo se cerraba, me llamó por mi nombre y la miré por encima del hombro, lo que me costó un gran esfuerzo—. Solo quedan dos semanas más o menos —dijo Sally con una sonrisa—. ¡Estoy muy emocionada! —chilló mientras daba saltitos.
Le dediqué una sonrisa cansada pero de genuina felicidad y conseguí levantar la mano hasta la mitad. Solo nos llevábamos cinco años, pero sentía cada uno de los años que le sacaba.
—¡Sí, qué ganas! Seguro que ahora mismo no te das cuenta por mi cara porque no puedo moverla mucho, pero yo también estoy emocionada. Me muero de ganas. ¡Yupi!
Su cuerpo desapareció detrás de la puerta y lo único que veía era su cabeza.
—¡Va a ser genial!
—Estoy cruzando los dedos mentalmente porque dudo que pueda hacerlo en la vida real.
Después de sonreírme aún más, su cabeza desapareció y la puerta se cerró. Como habíamos tapiado las ventanas, no podía ver el exterior, pero sabía que ya había oscurecido. Buscar el móvil en el bolsillo trasero me resultó más difícil de lo que me esperaba, pero fui capaz de ver qué hora era. Me movía a cámara lenta, pero ¿quién necesitaba velocidad un lunes por la noche?
Las ocho en punto.
Sabía que no debía tomarme un descanso, pero las piernas, los pies, la espalda, el cuello, los brazos y todo lo demás me estaban matando. Como no me quedaba más remedio, me deslicé detrás del mostrador, justo donde dentro de unos días estaría la caja registradora, gimiendo y lloriqueando todo el tiempo que mi culo tardó en llegar al suelo. Luego, dejé caer la cabeza hacia atrás con un fuerte golpe y cerré los ojos con un profundo suspiro. Si tan solo consiguiera levantarme, terminar de darle la última mano a la pared y asegurarme de que ya no veía nada del puñetero rojo, podría cerrar y mover los pies las veces suficientes como para llegar al metro y poder llegar a casa y meterme en la ducha del tirón. Si no me ahogaba en la ducha, meterme en la cama también estaría bien, y comer. En algún momento necesitaría comida.
Entonces, me vino otra vez a la mente. Si ignoraba que estaba sufriendo una muerte lenta a raíz de todo tipo de dolores, Sally tenía razón: me estaba acercando mucho al día de la inauguración. Desde que acepté un trabajo en una cafetería local cuando tenía dieciocho años, supe que quería abrir mi propio local. Algo que me perteneciera solo a mí. No solo eso, sino un sitio al que también sintiera que pertenecía yo. Y eso también sería la primera vez. Por muy cursi que sonara, la idea de tener mi propio local tenía algo que siempre me había calentado el corazón cuando fantaseaba con ella.
Justo cuando noté que me estaba quedando dormida, me desperté al oír cómo la puerta principal se abría y se cerraba con un suave chasquido. Se me había olvidado por completo que no la había cerrado con llave después de que Sally se marchara. Pensando que se había dejado algo, intenté levantarme. Como las piernas no querían cooperar, tuve que ponerme a cuatro patas con mucho esfuerzo y, luego, agarrarme al mostrador para levantarme.
—¿Qué se te ha olvidado? —pregunté, y me salió mitad como un gemido y mitad como un quejido.
Encontrarme a mi primo, Bryan, justo al otro lado del mostrador no fue la mejor sorpresa. Ante su inesperada aparición, intenté pensar en algo que decir, pero se me trabó la lengua por completo. Golpeó el mostrador con los nudillos y examinó el lugar con detenimiento. Hasta el momento, había ignorado todas y cada una de sus llamadas e incluso había apagado el móvil cuando se le habían empezado a descontrolar un poco los mensajes amenazadores.
—Bryan.
Sus ojos solo se movieron hacia mí cuando terminó con el escrutinio, y se notaba que no estaba contento.
—Veo que ya te has acomodado —dijo, y el enfado era evidente en su voz.
—Bryan, no pensaba…
—Sí —interrumpió, dando un paso adelante—. Sí, no piensas. No pensaste. No voy a dejar pasar esto, Rose. No lo dudes. No te mereces este lugar. No eres de la familia, no de verdad, lo sabes. Siempre lo has sabido. Y tener a ese abogado detrás de ti no va a cambiar nada. —Su mirada se posó en mis manos—. Veo que ni siquiera llevas alianza. ¿A quién crees que engañas?
Apreté los dientes y cerré los puños detrás del mostrador. Si pudiera pegarle una sola vez. Solo una vez. ¡Oh! El placer que me produciría...
—Estoy trabajando. No voy a llevar algo tan preciado para mí mientras pinto. Esto no tiene sentido, creo que deberías irte, Bryan.
—Lo haré cuando esté listo.
—No quiero discutir contigo. No me ves como familia, así que eso nos convierte en extraños. No tengo que darle explicaciones a un extraño.
Se encogió de hombros.
—¿Quién está discutiendo? Solo quería pasarme para comentarte que no deberías acomodarte. Nos veremos más a menudo. Puede que tu abogado haya conseguido que no te quite este lugar por ahora, pero no me rindo con tanta facilidad. Como ya sé que tu matrimonio no es más que una mentira, lo único que tengo que hacer es esperar y demostrarlo.
—Sé que piensas…
—Buena suerte con eso —dijo alguien y, con un sobresalto, giré la cabeza y clavé los ojos en Jack. El que era mi marido.
¡Cielo santo!
No era mi noche, eso estaba claro. Si Jodi hubiera entrado con unos ramos de rosas en las manos para darme la enhorabuena por la cafetería, dudaba de que me hubiera sorprendido tanto como en ese momento. Había seguido ignorando con éxito el recuerdo del día en el que me había casado con este desconocido en concreto, y como hacía ocho o nueve días que no estaba en la ciudad, había funcionado bien. Hasta ahora. Para ser justos, no debería haber sido una sorpresa. Estábamos, de hecho, casados, así que sabía que en algún momento tendría que volver a verle, pero el momento no podría haber sido peor. Si hubiera tenido la opción de elegir, habría preferido una llamada telefónica en la que pudiera exponer mis argumentos con mucha más facilidad antes de tener que vernos cara a cara.
Antes de que pudiera decir nada, se centró en Bryan.
—Como no creo que esté aquí para darnos la enhorabuena, le pido que deje en paz a mi mujer.
Bryan tuvo que apartarse un paso del mostrador cuando Jack casi se le echó encima.
—Conque sabes que tienes una esposa. Por lo que he oído, ni siquiera estabas en el país.
—Disculpe, señor Coleson, mis disculpas. No sabía que al casarme con su prima también tendría que compartir mi agenda con usted. Lo remediaré lo antes posible.
Me entraron muchas ganas de resoplar, pero logré contenerme. Jack continuó.
—Ya que estás aquí, aprovecho para repetirte lo que ya te dije. Me he dado cuenta de que cada vez que estás cerca de mi mujer, la haces sentir incómoda e infeliz. Creo que eso no me gusta nada, Bryan. No sé cuántas veces necesitas que te lo repita. Pero lo diré de nuevo: no quiero verte cerca de ella.
Como no podía ver la expresión de Jack, ya que estaba de espaldas a mí, observé cómo se le tensaba el músculo de la mandíbula a Bryan antes y, luego, forzaba una sonrisa.
—De todas formas, ya me iba. Ya he dicho lo que venía a decir, ¿verdad, Rose?
No dije nada.
Jack no dijo nada.
Bryan dejó escapar una risita falsa.
—Os dejo a solas, tortolitos. Y más tarde tendremos una charla tú y yo, Jack.
Jack siguió a Bryan hasta la puerta y se aseguró de cerrarla tras él.
Gimiendo, cerré los ojos.
—Esto ha sido una buena lección de por qué nunca debo olvidar cerrar la puerta.
Abrí los ojos y él estaba justo allí. Justo delante de mí, donde Bryan había estado hacía solo unos minutos. No estaba segura de si él era la mejor opción.
—Rose —dijo a modo de saludo. Solo Rose.
Durante un momento, no supe qué decir. Estaba bastante segura de que era la primera vez que me llamaba solo por mi nombre y no «señorita Coleson» cuando estábamos solos. Cuando asistimos a aquella reunión con Jodi y Bryan, era simplemente Rose, pero en cuanto me acompañó a los ascensores después de que hubiéramos terminado, volví a ser la señorita Coleson. Supuse que, como técnicamente ya no era una Coleson, lo más apropiado era usar mi nombre de pila.
Por otro lado, maldita sea, menudo regalo para la vista. A pesar de lo tarde que era, llevaba traje: pantalón y chaqueta gris oscuro, camisa blanca y corbata negra. Era sencillo, pero no por ello menos caro. Teniendo en cuenta las pintas que tenía yo en ese momento, también fue como un puñetazo bastante fuerte.
En ese primer vistazo, no estaba ni cerca de ser mi tipo. No me gustaban los melancólicos y distantes a los que no les gustaba mucho hacer uso de las palabras, como si para ellos no merecieras una conversación. Sin duda, no me gustaban los tipos elegantes y ricos que provenían de una familia adinerada y que crecían asumiendo que eran dueños de todo y de todos los que se encontraban a su alrededor; había conocido a bastantes cuando vivía con los Coleson, y no encajábamos bien. Aparte de eso, no tenía nada personal contra ellos. Así que no, Jack Hawthorne no era mi tipo. Sin embargo, eso no significaba que no pudiera apreciar lo bien que le quedaba la barba incipiente, esa mandíbula afilada, sus ojos azules únicos y cautivadores o el hecho de que tuviera un cuerpo al que le sentaban extremadamente bien los trajes. No, mi problema con mi nuevo marido no era su aspecto, sino su personalidad.
Así es como funciona el universo: te da lo único que dijiste que no querías.
—Jack…, has vuelto. —Dado que estaba medio muerta, esa fue la mejor respuesta que se me ocurrió, señalar lo obvio. Teniendo en cuenta que no le había visto ni hablado con él desde el día que me dejó en aquel coche, sentí que tenía todo el derecho a sorprenderme.
Ante la mirada que me lanzó, como si estuviera muy por debajo de él, se me formó un nudo de terror en el estómago. Tenía muchísima confianza en mí misma, pero los tipos como él siempre destacaban a la hora de hacerme sentir inferior. Tratar con Bryan tampoco había facilitado las cosas.
—¿Creías que iba a desaparecer? ¿Era la primera vez que aparecía por aquí? Tu primo.
Asentí con la cabeza.
—Bien. No volverá.
Eso no sonó siniestro para nada.
—Tenemos que hablar —continuó, completamente ajeno a mi nerviosismo.
Volví a asentir y me esforcé por mantenerme erguida.
No se andaba con rodeos, eso estaba claro. Tampoco era un conversador que digamos, según lo que había aprendido hasta el momento. Por suerte, esta vez eso jugaría a mi favor, porque, a pesar de que no tenía muchas ganas de verle, me había estado preparando para esta conversación desde que me dijo sus palabras de despedida después de la ceremonia. Había practicado mucho delante del espejo. Estaba segura de que había venido para decirme que quería el divorcio, y yo estaba decidida a hacerle cambiar de opinión.
—Sí, tenemos que hablar —coincidí una vez que estuve segura de que las rodillas no me iban a fallar.
No sabía si era porque no esperaba que accediera tan rápido o por algo más, pero parecía desconcertado. Lo ignoré y comencé mi discurso.
—Sé por qué estás aquí. Sé lo que has venido a decir, y voy a pedirte que no lo digas, al menos no antes de que termine lo que tengo que decir yo. Vale, allá voy. Tú eres el que vino a mí con esta oferta. Bueno, yo fui a tu despacho, pero técnicamente fuiste tú el que me atrajo a tu despacho.
Alzó las cejas despacio.
—¿Atrajo?
—Déjame hablar. Tú lo empezaste. Estaba haciendo las paces con la situación, incluso estaba buscando un trabajo nuevo, pero tú lo cambiaste todo. Tu oferta lo cambió todo. He venido aquí todos los días desde que cerramos nuestro acuerdo. He estado trabajando sin parar y ahora es demasiado real como para dejarlo ir. Así que no puedo hacerlo. Lo siento, pero no puedo firmar los papeles. En cambio, te traigo una oferta diferente, y quiero que la consideres.
Con cada palabra que salía de mi boca, fruncía cada vez más las cejas y su expresión se volvía asesina. Aun así, seguí adelante antes de que pudiera decir una palabra, preguntarme qué coño estaba diciendo y echar a perder mi proceso mental.
—Iré a todos los eventos a los que quieras que vaya, sin límites, siempre que sea después de que cierre la cafetería, claro. También te cocinaré. No sé si cocinas o no, pero puedo cocinarte y ahorrarte la molestia. Café gratis —añadí entusiasmada cuando la idea se me pasó por la cabeza de la nada. ¿Cómo no se me había ocurrido?—. Café gratis durante dos años. Cada vez que vengas, el que quieras, las veces que quieras al día. La bollería también sería gratis. Y, sé que esto va a sonar un poco tonto, pero escúchame. No pareces ser la persona más… sociable…
—¿Perdón? —dijo en voz baja, cortándome.
—No sé, igual es la palabra equivocada, pero también puedo ayudar con eso. Puedo ser una buena amiga, si es algo que necesitas o quieres. Puedo hacer…
—Deja de hablar.
El tono severo que utilizó fue inesperado e hizo que me callara enseguida.
—¿De qué narices estás hablando? —preguntó, apoyando las manos en el mostrador e inclinándose hacia mí.
Me eché hacia atrás.
—No me voy a divorciar, Jack. —Agaché la cabeza y solté un largo suspiro—. Lo siento, no puedo. Me odio por decir esto, pero te causaré problemas. —¡Dios! En lo que se refería a amenazas, sonaba bastante débil incluso a mis oídos.
Parpadeó un par de veces, y pensé que a lo mejor mi amenaza estaba funcionando.
—Me causarás problemas —repitió con un tono distante, y cerré los ojos, derrotada. No se lo creía. Si uno de los dos iba a causarle problemas al otro, sería él quien me haría la vida imposible. Tenía todo el poder—. Solo por curiosidad, ¿qué clase de problemas me causarías, Rose? ¿Qué tienes en mente?
Levanté la vista para ver si se estaba burlando de mí, pero era imposible adivinar nada por su rostro frío. Cuando no fui capaz de darle una respuesta, se enderezó y se metió las manos en los bolsillos.
—Si tuviera intención de divorciarme, ¿por qué iba a decirle lo que le he dicho a Bryan? He venido a preguntarte por qué tus cosas no están en mi casa, por qué no te has mudado.
¡Oh!
—N… ¿qué?
—Se suponía que te ibas a mudar cuando no estuviera. No lo has hecho. A pesar de que no va a ser un matrimonio de verdad, somos los únicos que lo sabemos, y me gustaría que siguiera siendo así. Teniendo en cuenta todo lo que has dicho, parece que no quieres el divorcio. Si eso es cierto, tenemos que vivir juntos. Seguro que podrías haberlo adivinado, sobre todo después de que tu primo haya venido.
Eso no era en absoluto lo que esperaba oír de él. ¿Había pasado casi dos semanas preocupándome por nada?
—Dijiste, antes de salir del coche… Dijiste que no deberíamos haberlo hecho y no me has llamado ni te has puesto en contacto conmigo en absoluto en todo el tiempo que has estado fuera.
—¿Y?
Encontré fuerzas para cabrearme un poco.
—¿Y qué se suponía que tenía que pensar después de ese comentario? Seguro que sabías que pensaría que te arrepentías de tu decisión.
—¿Y tú querías casarte ese día? —replicó.
—No, pero…
—Da igual. ¿No te ha llamado Cynthia para que te mudaras a mi apartamento?
Durante un momento, me quedé sin palabras ante su audacia, y cerré los ojos y apenas conseguí levantar la mano lo suficiente para frotarme el puente de la nariz.
—No he recibido ninguna llamada.
—Ya no importa. Tengo trabajo que hacer, así que tenemos que irnos ya.
Le miré a los ojos y fruncí el ceño.
—¿A qué te refieres con que tenemos que irnos ya?
—Te ayudaré a guardar algunas cosas de tu apartamento y luego volveremos a mi casa. Puedes recoger todo lo demás más tarde.
Fruncí más el ceño y negué con la cabeza.
—Puedes irte tú si quieres, pero yo también tengo trabajo que hacer, como puedes ver, y no voy a irme a ninguna parte antes de que esté hecho.
Si se pensaba que podía darme órdenes solo porque estábamos casados, que se fuera cogiendo una silla para esperar sentado. Antes de que se le ocurriera otra cosa y me cabreara aún más, le di la espalda y me agaché con cuidado para coger el rodillo con una mueca de dolor mientras intentaba no gemir ni hacer ningún otro ruido, a pesar de que la espalda me estaba matando. Justo cuando me puse con el primer rodillo húmedo, oí unos crujidos detrás de mí. No le di importancia (porque, en mi humilde opinión, si quería irse, era más que bienvenido a hacerlo), así que seguí pintando. Iba mucho más despacio que antes, pero estaba terminando el trabajo y, lo que era más importante, no estaba dando marcha atrás.
Unos segundos después, me rodeó la muñeca con la palma y detuvo mis movimientos. Solo sentí el calor de su piel durante un segundo, y luego desapareció.
Me quitó el rodillo, lo volvió a dejar en el suelo y empezó a subirse las mangas de la camisa blanca y extremadamente cara. Siempre había pensado que había algo irresistible en ver a un hombre remangándose, y Jack Hawthorne era tan meticuloso y minucioso que me resultó imposible apartar la mirada.
—¿Qué crees que estás haciendo? —pregunté cuando por fin había terminado y estaba recogiendo el rodillo de pintura.
Me lanzó una breve mirada y empezó a pintar.
—Es obvio que te estoy ayudando a terminar lo que estabas haciendo para que podamos irnos antes.
—Igual tengo otras cosas que hacer aquí.
—Pues también te ayudaré con ellas. —Pensé que era un detalle por su parte; irritante, pero de una forma dulce.
—No hace falta que… —Otra rápida mirada suya hizo que las palabras se murieran en mis labios.
—Tienes mala cara. —Me dio la espalda mientras seguía mirándole estupefacta—. ¿No te gustó cómo la pintaron los profesionales? —preguntó.
Tal vez no era tan dulce después de todo, simplemente grosero. Sinceramente, el comentario dolió un poco.
—Gracias. He hecho todo lo que he podido para tener mala cara hoy, me alegra oír que ha funcionado. Aunque, si hubiera sabido que venías, me habría esforzado más. Además, ¿de qué profesionales estás hablando? Estoy pintando yo.
Esa confesión hizo que me ganara otra mirada indescifrable, esta vez más larga.
—¿Por qué?
—Porque tengo un presupuesto y no puedo malgastarlo en cosas que puedo hacer yo misma sin problema. ¿Queda mal o algo? —Entrecerré los ojos y miré la pared con más atención—. ¿Se sigue viendo el rojo de las narices debajo?
El rodillo dejó de moverse durante dos segundos, pero luego siguió pintando.
—No. Teniendo en cuenta que lo has pintado tú sola, está bien. ¿Es la única pared que vas a pintar? —preguntó con la voz más tensa.
—No. Mañana empiezo con el resto del local. Iba a darle solo una capa más de verde y ya está.
Avancé, cogí la brocha pequeña y la mojé en el cubo de pintura que había en el extremo del mostrador.
—Yo me encargo de los bordes, iremos más rápido.
—No —respondió con un tono cortante, bloqueándome—. Parece que estás a punto de desplomarte. He dicho que yo me encargo. —Sin tocarme, me quitó la brocha de la mano.
—No sabes cómo lo quiero —protesté mientras intentaba recuperar la brocha.
—Creo que es un proceso bastante sencillo, ¿no te parece? Siéntate antes de…
—Que me desplome. Lo pillo.
Era tentador estar de pie todo el rato mientras pintaba mi pared, pero tenía razón: si no me sentaba, iba a desmayarme. Como todavía no habían llegado las sillas, lo único en lo que podía sentarme era en un viejo taburete que había encontrado en la trastienda y que había limpiado esa misma mañana.
Después de unos minutos de silencio en los que lo único que se oía era el tráfico de fuera y el sonido húmedo del rodillo de pintura, no pude soportarlo.
—Gracias por ayudar, pero señor Hawth…
Se detuvo y se dio la vuelta. Incluso con un rodillo de pintura en la mano, parecía atractivo, aunque tampoco es que fuera asunto mío. Un imbécil atractivo no tenía mucho encanto.
—Jack —dijo en voz baja—. Tienes que llamarme Jack.
Suspiré.
—Tienes razón. Lo siento. Todavía… me resulta raro. Solo quería decirte que no puedo quedarme en tu apartamento, no esta noche —me apresuré a añadir—. Estoy muy cansada y necesito ir a casa, ducharme y… para mí no es el mejor momento para guardar mis cosas y mover mi ropa. Dame una semana y…
—¿Quieres que sigamos casados? —Con indiferencia, se agachó y mojó el rodillo en más pintura. No respondí; no hacía falta. Sabía mi respuesta. Se puso a pintar otra vez y habló hacia la pared—. Bien. Iremos a tu apartamento y esperaré a que cojas una bolsa. Si no quieres que tu primo cree problemas en el futuro, tienes que deshacerte del apartamento lo antes posible.
Apreté los dientes. Sabía que tenía razón, pero eso no significaba que me gustara lo que estaba diciendo. Seguía pensando que contarle mi opinión sobre el tema era una buena idea.
—No me gusta.
Eso hizo que me mirara.
—¿En serio? Me sorprende oír eso. Y yo aquí pasándomelo bomba.
Se me crisparon los labios, pero su rostro era ilegible, como siempre. Sacudí la cabeza.
—Me alegra haber podido proporcionarte eso, y sé que tienes razón. Es solo que… tengo un millón de cosas que hacer aquí en los próximos días, y guardar mis cosas además de todo eso… No estoy segura de que vaya a tener energía. Así que, ya que estaría más cómoda en mi propio espacio, qué tal si sigo pagando el alquiler al menos durante un mes más o así y voy y vengo mientras trabajo en la cafetería y me mudo poco a poco…
—Eso no va a funcionar. Puedes guardar lo que necesites para unos días y enviaré a algunas personas a tu apartamento para embalar tus muebles.
¿Enviar a algunas personas? ¿De qué hablaba?
—Los… muebles no son míos. Es un estudio de una habitación, muy pequeño. Lo único que tiene es una cama plegable, un sofá pequeño y una mesa de centro, básicamente, y nada de eso es mío. Además, no necesito que nadie empaquete mis cosas. Lo haré yo.
—Bien. Entonces, después de pasarnos por tu casa, volveremos a mi apartamento. En los próximos días, traerás el resto de tus cosas.
Sin más, se me acabaron las excusas, así que cerré la boca y me di permiso para enfurruñarme en silencio durante unos minutos. Duró hasta que cogió la brocha pequeña y empezó con los bordes.
—No sé cómo hacer esto —afirmó Jack en voz baja y con un ligero toque de enfado.
Tenía el codo apoyado en el mostrador y la cabeza sobre la palma de la mano cuando habló. Abrí los ojos para comprobar su progreso.
—Desde aquí se ve bien. De nuevo, no hace falta que lo hagas, pero gracias.
Sus movimientos con la brocha vacilaron un segundo, pero no se detuvo.
—No estoy hablando de pintar. Me refiero a que no sé cómo hacer esto contigo. No sé cómo estar casado.
Me quedé mirándole la nuca, parpadeando y tratando de asegurarme de que le había oído bien. Me tomé mi tiempo mientras intentaba averiguar cómo responder.
—Yo tampoco me he casado nunca con un desconocido, así que creo que estamos al mismo nivel. Tengo la esperanza de que podamos ir resolviéndolo juntos sobre la marcha. Pero ¿puedo hacer una sugerencia? Creo que nos facilitaría la vida.
—¿Puedo detenerte? —preguntó, lanzándome una mirada por encima del hombro.
¿Se refería a que hablaba demasiado?
—Tendrías que intentarlo y comprobarlo por ti mismo, pero estoy bastante segura de que no, así que voy a decirlo. No eres muy hablador, y no pasa nada. Si lo intentara, podría hablar lo suficiente por los dos, pero, aunque no estemos cerca el uno del otro todo el tiempo, tendremos que encontrar una forma de… comunicarnos, creo. Dudo que me equivoque si digo que pareces un tipo de pocas palabras.
Se volvió para mirarme con una ceja arqueada, y le dediqué una pequeña sonrisa y me encogí de hombros antes de continuar.
—Va a ser difícil acostumbrarnos el uno al otro. Toda esta situación es incómoda y nueva. Además, vivir contigo va a ser…, si te soy sincera, un poco raro para mí, por no mencionar el hecho de que tú también vas a tener que vivir con una desconocida en tu apartamento. Intentaré no estorbarte lo máximo que pueda. De todas formas, pasaré la mayor parte del tiempo aquí, así que creo que apenas notarás mi presencia. Y nos estamos ayudando mutuamente, ¿verdad? Tú consigues la propiedad y la esposa falsa de vez en cuando y yo consigo dos años en esta increíble localización. Lo prometo, haré mi parte.
Me miró a los ojos y asintió con la cabeza.
—A pesar de lo que has visto esta noche, soy una persona bastante fácil de tratar —continué mientras se concentraba en mojar la brocha en más pintura—. Ni siquiera sabrás que estoy en tu casa.
—Eso no es lo que me preocupa.
Me estaba costando mucho mantener los ojos abiertos.
—¿Qué te preocupa entonces?
En lugar de dar más explicaciones, negó con la cabeza y se giró hacia la pared casi terminada.
—Esto está casi terminado. Si no hay nada más que hacer, deberíamos irnos.
—Hay un millón de cosas que hacer, pero no creo que tenga fuerzas para levantar un dedo, y mucho menos para hacer nada. Voy a por mis cosas a la parte de atrás y nos vamos.
—El anillo —dijo, de espaldas a mí, mientras me levantaba—. No lo llevas puesto.
—Lo… —Me toqué el dedo en el que se suponía que tenía que estar el anillo—. Lo he dejado en casa porque estoy trabajando. No quería perderlo ni estropearlo con todo el trabajo que tengo que hacer.
—Preferiría que lo llevases a partir de ahora.
No se giró para mirarme, pero me di cuenta de que en el dedo llevaba la alianza que le compré.
—Claro —murmuré en voz baja antes de ir a la cocina a recoger mis cosas.
Número de veces que Jack Hawthorne sonrió: ninguna.