Después de pasarme días intentando ignorar lo que había hecho, por fin estaba de vuelta en Nueva York y seguía sin estar ni mucho menos preparado para enfrentarme al desastre que había creado. Salí del coche en cuanto Raymond se detuvo frente a mi edificio, pasé por delante del portero y entré en el ascensor. Mientras comprobaba los mensajes de voz, intenté no pensar en quién ni qué tipo de situación me estaría esperando en el apartamento.
¿Tendría que mantener una conversación con ella? ¿Responder más preguntas?
Esperaba que no, porque hablar con ella era lo último que quería hacer. No si pensaba seguir con mi plan de mantener las distancias con ella.
En cuanto crucé el umbral, supe que no estaba allí. Aliviado y molesto al mismo tiempo (aliviado porque me gustaba estar solo, molesto porque ella no estaba donde se suponía que tenía que estar), dejé la maleta en el dormitorio y caminé despacio por el apartamento, solo para asegurarme. Encendiendo y apagando luces, revisé cada habitación, inspeccionándolo todo, buscando algo que estuviera fuera de lugar, mirando si alguien había estado allí después de irme. Cuando llegué a la última habitación (en la que se suponía que se alojaba ella) y la encontré tal y como estaba cuando me fui a Londres, me froté el cuello con la esperanza de que me aliviara el dolor de cabeza que notaba que me estaba entrando. Atravesé la habitación y salí a la terraza para contemplar la ajetreada ciudad, preguntándome qué debía hacer a continuación.
¿Qué he hecho?
Unas semanas antes
En cuanto recibí la llamada del vestíbulo, salí de mi despacho para esperarla delante de los ascensores. Mi principal objetivo era interceptarla antes de que llegara a la sala de reuniones, donde los demás miembros de su familia se reunirían con ella en otros treinta minutos. Unos minutos más tarde, las puertas del ascensor se abrieron con un silbido y Rose Coleson salió. Llevaba el pelo castaño y ondulado suelto y tenía el flequillo tan largo que casi le cubría los ojos. Apenas llevaba maquillaje y llevaba unos vaqueros negros sencillos y una blusa blanca más sencilla todavía. Esperé mientras se acercaba al mostrador de recepción.
—Hola. ¿En qué puedo ayudarle? —preguntó Deb, nuestra recepcionista, con una practicada sonrisa en la cara.
Oí cómo Rose se aclaraba la garganta y vi cómo sus dedos se agarraban al borde del mostrador.
—Hola, vengo a la reunión de los Coles…
Antes de que pudiera terminar la frase, Deb se dio cuenta de que estaba esperando e, ignorando por completo a Rose, dirigió su mirada hacia mí.
—¿Señor Hawthorne? ¿Hay algo que pueda hacer por usted? Su cita de las dos y med…
—No, nada. —Ignorando la mirada de sorpresa de Deb, me centré en Rose Coleson—. Señorita Coleson. —Al oír su nombre, me miró por encima del hombro y soltó el mostrador para ponerse cara a cara conmigo—. Su reunión es conmigo —continué—. Si quisiera acompañarme...
Deb intervino cuando Rose dio un paso para seguirme.
—Señor Hawthorne, creo que se equivoca. La reunión de los Col…
—Gracias, Deb —interrumpí, sin importarme si le ofendía mi tono o no—. Señorita Coleson —repetí, puede que con más brusquedad de la que pretendía. Necesitaba terminar esta reunión y seguir con mi jornada—. Por aquí, por favor.
Tras una rápida mirada a Deb, Rose se acercó.
—¿Señor Hawthorne? Creo que es posible que haya un error. Se supone que tengo que reunirme con el señor Reeves…
—Puedo asegurarle que no hay ningún error. Si no le importa pasar a mi despacho para tener un poco de intimidad, hay algunas cosas que me gustaría tratar con usted. —Observé, impaciente, cómo se lo pensaba.
—Me dijeron que tenía que firmar algo y que luego podría irme. Tengo otra cita en Brooklyn, así que no puedo quedarme mucho tiempo.
Asentí con la cabeza.
Después de una breve vacilación y otra mirada a nuestra recepcionista, me siguió hacia mi despacho en silencio.
Tras una larga caminata, abrí la puerta de cristal para que entrara. Le recordé a Cynthia, mi asistenta, que no me pasara ninguna llamada y esperé a que Rose se acomodara en su asiento. Con su voluminoso bolso marrón en el regazo, me miró expectante mientras me sentaba detrás de mi escritorio.
—Creía que el abogado de los Coleson era Tim Reeves, al menos el abogado de sucesiones. ¿Ha habido algún cambio? —preguntó antes de que pudiera pronunciar palabra.
—No, señorita Coleson. Tim es quien redactó el testamento y, por el momento, es quien se está ocupando de todo.
—Entonces sigo sin saber…
—No soy abogado de sucesiones, pero el año pasado ayudé en algunas ocasiones al equipo que llevaba los casos corporativos de su difunto padre. ¿Puedo ofrecerle algo de beber? ¿Café, tal vez? ¿O té?
—No, gracias. Como le he dicho, tengo otra cit…
—Cita a la que tiene que ir —terminé por ella—. Lo entiendo. Es…
—Era mi tío, por cierto.
—¿Perdone?
—Ha dicho «padre». Gary Coleson era mi tío, no mi padre.
Alcé una ceja. Era algo que ya sabía, pero al parecer estaba demasiado distraído como para recordar todos los detalles.
—Cierto. Le pido disculpas.
—No pasa nada… Solo quería mencionarlo por si no estaba al tanto todavía. Me temo que también es la razón por la que no se me ha mencionado en el testamento, lo que nos devuelve al punto de partida, señor Hawthorne. No estoy segura de qué podría querer hablar conmigo.
Esto no estaba saliendo como lo había planeado. Era verdad que no había pensado mucho en cómo quería hacerlo, pero aun así no estaba saliendo sobre ruedas.
—Leí el testamento —admití después de ver la rigidez que mantenía: sentada en el borde de la silla, impaciente y lista para salir corriendo. Tal vez apreciaría un enfoque más directo, lo cual era algo en lo que yo sobresalía.
—Vale —dijo, enarcando una ceja.
—Me gustaría hablar con usted sobre la propiedad de la avenida Madison que era de su tío.
Los hombros se le pusieron rígidos.
—¿Qué le pasa?
—Me gustaría saber cuál es su plan a partir de ahora con respecto a la propiedad. Creo que Gary y usted habían firmado un contrato un poco antes de su muerte en el que se indicaba que le daría uso a la propiedad durante un período corto de tiempo, algo así como dos años, y que solo le pagaría una pequeña cantidad de alquiler en lugar del valor real. Al cabo de los dos años, se trasladaría. ¿Correcto?
Me miró con el ceño fruncido, pero asintió.
Convencido de que me estaba siguiendo, continué.
—El contrato se incluyó en el testamento, pero Gary decidió añadir una cláusula de la que creo que se ha enterado hace poco. En el caso de que le ocurriera algo durante esos dos años, quería que la propiedad pasara a su marido…
—Si estuviera casada —terminó Rose, con la barbilla alta.
—Sí. —Me fijé en su mano izquierda y me siguió con la mirada—. Si estuviera casada, exacto.
Al segundo, sus ojos volvieron a los míos y vi cómo fruncía el ceño.
—Ya sé todo eso —explicó despacio—. A Gary le hacía ilusión que me casara con Joshua, mi prometido. Se llevaban bien y le agradaba. Ambos teníamos un título en Administración de Empresas, pero es evidente que parecía que confiaba más en Joshua…
—Su exprometido, querrá decir —le recordé.
Hizo una pausa ante mis palabras, pero por fin sus dedos agarraron el bolso con menos intensidad mientras intentaba entender lo que quería decir.
—Sí. Claro. Por supuesto, exprometido. La costumbre. Rompimos hace solo unas semanas. Perdone, pero ¿cómo sabe que es mi exprometido?
Hice una pausa, tratando de ser cuidadoso con mis palabras.
—Hago mis debidas diligencias, señorita Coleson. Continúe, por favor.
Me estudió durante un rato mientras esperaba con paciencia.
—Ni siquiera era consciente de que incluiría nuestro contrato en el testamento. Tampoco debía tener la titularidad de la propiedad, eso no estaba en el contrato. Me dejaba usar la propiedad solo durante dos años, pasado el plazo, tenía que marcharme. Entonces, mi tío y su mujer, Angela, murieron en el accidente de coche y me enteré de que su intención era dejarle la propiedad a mi marido en el testamento.
—Tal vez era su manera de darle algo. Una sorpresa tal vez. Algo así como un regalo de bodas.
—Sí. Puede ser. Tal vez esa fue su manera de dejarnos el local, pero actualmente no estoy casada con Joshua, ¿verdad? Así que no entiendo nada. —Se encogió de hombros—. Solo sabía que Gary pensaba que la presencia de Joshua sería necesaria si iba en serio con lo de abrir mi propia cafetería. Yo no estaba de acuerdo con él. Daba igual que hubiéramos empezado a hablar de la posibilidad de utilizar el local un año antes de que Joshua llegara a mi vida. No me veía capaz de gestionar el trabajo yo sola, y Joshua estaba en busca de un trabajo nuevo, así que pensó que tenía sentido. Yo no. Creo que confiaba más en Joshua que en mí porque fue a una universidad mejor. Además, no hay que olvidar el hecho de que soy mujer y Joshua es hombre. Estaba chapado a la antigua y no creía que las mujeres fueran capaces de manejarse en el mundo de los negocios. Sin embargo, cuando volvimos a hablar del tema y le conté los planes que tenía para el local, accedió a dejarme utilizar su propiedad. Joshua no participó en la conversación ni en el contrato. Nunca puso más condiciones que el hecho de que solo podría utilizar el local durante dos años y después tendría que buscarme otro sitio. Esa era toda la ayuda que estaba dispuesto a darme. Ni más ni menos. Se lo agradecí de todas formas. No tengo ni idea de por qué creyó necesario añadir a Joshua en su testamento sobre algo que me concernía a mí. ¿Y por qué le estoy contando todo esto?
Me recosté en el asiento, poniéndome cómodo. Ahora estábamos avanzando.
—Sigue sin formar parte de la conversación.
—¿Perdone?
—Gary no llegó a utilizar el nombre de su exprometido. No especificó quién sería el dueño de la propiedad en el caso de que falleciera. Solo se menciona un «marido».
—No entiendo qué importa eso. Se suponía que iba a casarme con Joshua este año y él lo sabía, pero al final no me he casado. Joshua rompió conmigo dos días después de que murieran. Así que, como no estoy casada, señor Hawthorne, y no tengo intención de casarme con nadie pronto, no puedo hacer uso del local y menos quedármelo. Hablé con mis primos, Bryan y Jodi, pero no les interesa cumplir el contrato que firmé con su padre, lo que significa que no voy a poder abrir mi cafetería. A estas alturas, intento aceptar el hecho de que he desperdiciado cincuenta mil dólares (cincuenta mil dólares que conseguí ahorrar trabajando durante ya no sé ni cuántos años) en un local que nunca iba a ser mío. Aparte de todo eso, ese día perdí a dos personas importantes para mí en el mismo accidente de coche. A pesar de que era la sobrina de Gary, nunca me vieron como alguien de su propia sangre, pero eran todo lo que tenía después de que mi padre falleciera cuando tenía nueve años. Sea como sea, en vez de dejar que entrara en adopción, Gary aceptó acogerme y eso es lo único que importa. Así que, para responder a su pregunta anterior, no tengo ningún plan con respecto a la propiedad porque ya no tengo permitido usarla.
Un poco sin aliento y, por lo que veía, bastante cabreada, se puso de pie y se colgó el bolso del hombro.
—Vale, no quiero ser borde, pero creo que esto ha sido una pérdida de tiempo para ambos. Tenía un poco de curiosidad cuando le seguí hasta aquí, lo admito, pero no tengo tiempo para hablar de cosas que ya sé sin ningún motivo. Tengo que ir a una entrevista de trabajo y no puedo permitirme llegar tarde. Creo que hemos terminado, ¿no? Ha sido un placer conocerle, señor Hawthorne.
Pensando que nuestra conversación había terminado, extendió la mano por encima de mi escritorio y la miré durante un segundo. Antes de que decidiera irse, dejé escapar un suspiro, me levanté y la miré a los ojos mientras aceptaba la mano.
Aquí era. Aquí era cuando debería haber dicho «Ha sido un placer conocerla» y continuado con mi jornada. No lo hice.
Con voz tranquila y serena, dije lo que había estado esperando decir.
—No está siendo borde, señorita Coleson, pero antes de irse, me gustaría que se casara conmigo. —Rompí nuestra conexión y me metí las manos en los bolsillos, observando su reacción.
Después de un breve momento de vacilación, respondió:
—Claro, ¿qué le parece después de mi entrevista de trabajo, pero antes de la cena? Porque, verá, ya he quedado con Tom Hardy y no creo que pueda posponerlo…
—¿Se está burlando de mí? —Me quedé absolutamente inmóvil.
Sus ojos entrecerrados me recorrieron el rostro, supuse que en busca de una respuesta. Cuando no fue capaz de encontrar lo que estaba buscando, dejó de luchar y, justo frente a mis ojos, todo su semblante (que se había endurecido en el momento en el que comencé a hacer preguntas sobre su exprometido) se suavizó y dejó escapar un suspiro.
—¿No estaba haciendo una broma de mal gusto?
—¿Le parezco alguien que hace bromas?
Emitió un sonido evasivo y se removió en el sitio.
—A primera vista… no puedo decir que lo sea, pero no le conozco lo suficiente como para estar segura.
—Le ahorro la molestia. No hago bromas.
Me miró desconcertada, como si hubiera dicho algo sorprendente.
—V-Vale. Creo que aun así me voy a ir yendo.
Así como así, me pilló por sorpresa y se dio la vuelta para irse. Antes de que pudiera abrir la puerta, hablé.
—Entonces, ¿no le interesa saber más sobre mi oferta?
Ya tenía la mano en el pomo de cristal cuando se detuvo. Con los hombros rígidos, soltó la puerta y se giró hacia mí.
Después de abrir y cerrar la boca, me miró directamente a los ojos desde el otro lado de la habitación.
—¿Su oferta? Solo para saber que estamos hablando el mismo idioma y pueda estar segura de no haberle escuchado mal, ¿podría repetir dicha oferta?
—Le ofrezco casarme con usted.
Irguió aún más los hombros y se aclaró la garganta.
—Señor Hawthorne, creo… Creo que me halaga que…
—Señorita Coleson —la interrumpí sin rodeos antes de que pudiera terminar la frase—. Le aseguro que mi oferta de matrimonio es estrictamente un acuerdo de negocios. Estoy seguro de que no piensa que estoy expresando interés en usted. Tenía la impresión de que le vendría bien mi ayuda… ¿Me equivocaba?
—¿Su ayuda? Ni siquiera le conozco y, sin duda, no recuerdo haber pedido nada…
—Si acepta mi oferta, tendrá tiempo suficiente para conocerme.
—Si acepto su oferta…, que es un acuerdo de negocios disfrazado de matrimonio. Creo que no le sigo.
—Tal vez si me explicara lo que le cuesta entender, podría ayudarle.
—¿Qué tal todo? Desde mi punto de vista, parece un buen punto de partida.
—Claro, por supuesto. Si se sienta, estaré encantado de entrar en más detalles. Por ejemplo, puedo asegurarme de que los ahorros de toda su vida, los cuales ya ha gastado en una cafetería que no va a salir adelante, no se desperdicien. —Supuse que, por mi expresión, veía que no estaba encantado con ninguna parte de nuestra conversación.
—¿Cómo sabe que esos eran los ahorros de toda m…?
—Como dije antes, hago mis…
—Debidas diligencias, claro. Le escuché la primera vez. —Miró hacia fuera, y sus ojos escanearon el concurrido pasillo de fuera de mi despacho. Tardó unos segundos en elegir entre si marcharse o quedarse. Luego, de mala gana, regresó hacia mi escritorio y hacia mí, y con la misma mala gana volvió a sentarse en el borde del asiento. Sus ojos desconfiados captaron toda mi atención.
—Bien. —Una vez estuve seguro de que no iba a levantarse de un salto y salir corriendo, me senté también—. Ahora que se queda, me gustaría que considerara mi oferta.
Cerró los ojos brevemente, respiró hondo y soltó el aire.
—Mire, no me está explicando nada. Sigue preguntando lo mismo y yo sigo experimentando las mismas ganas de levantarme e irme.
—Me gustaría que nos casáramos por una serie de razones, pero la que más le interesa es el hecho de que podría abrir su cafetería en la avenida Madison.
Cuando no hizo ningún comentario, nos quedamos en silencio.
—¿Eso es todo? —preguntó al final con un tono de impaciencia—. ¿Quiere casarse conmigo, perdone, cerrar un acuerdo de negocios conmigo casándose conmigo para que pueda abrir mi cafetería?
—Parece que me ha entendido bien.
Después de otra mirada desconcertada, se reclinó en el asiento, luego se levantó, dejó el bolso en la silla y caminó hacia los ventanales que iban del suelo al techo para contemplar el horizonte. Estuvimos un minuto entero en silencio, y se me empezó a agotar la paciencia.
—En ese caso, está loco —dijo—. ¿Está loco, señor Hawthorne?
—No voy a responder a esa pregunta —contesté, seco.
—Nada nuevo. No responde a mis preguntas, no explica nada.
—Quiero ayudarla. Así de simple.
Me miró con sus grandes ojos marrones como si hubiera perdido la cabeza y, cuando no continué, alzó los brazos y los dejó caer.
—¿Así de simple? ¿Podría ser de ayuda y explicarme más, por favor? Quiere ayudarme por alguna loca razón, a mí, alguien que, por cierto, ni siquiera sabe cuál es su nombre.
—Mi nombre es Jack.
Me observó durante un rato, ambos sosteniendo la mirada.
—Lo dice en serio, ¿verdad? ¿Es un servicio que le ofrece a todos sus clientes, Jack Hawthorne? ¿Se ofrece a ayudarles casándose con ellos?
—Es la primera, señorita Coleson.
—Conque soy el copo de nieve especial.
—En cierto sentido, sí.
Volvió a contemplar las vistas, agachó la cabeza y se frotó las sienes.
—¿Por qué?
—¿Me está preguntando por qué es un copo de nieve especial?
Bufó y me miró por encima del hombro.
—No, no le estoy preguntando… ¿Puede darme más información, por favor? En plan, ¿frases de verdad que expliquen algo y que tengan sentido? Estoy bastante segura de que no me está pidiendo que me case con usted solo para ayudarme. ¿Qué gana? ¿Cuáles son las razones que ha mencionado? —Examinó el despacho, absorbiéndolo todo, incluido yo; todos los muebles caros, mi ropa, las vistas, los clientes y abogados que pasaban por allí—. Voy a jugármela y decir que no se trata de dinero, porque no creo que tenga nada que ofrecerle en ese aspecto.
—Tiene razón, no necesito dinero. Como he dicho antes, es estrictamente un acuerdo de negocios. Para mí no significa nada más. Cuando avancemos con el matrimonio…
—Es increíble lo seguro que está de sí mismo mientras yo sigo intentando descubrir si es usted el que se está burlando de mí.
Ignoré su evaluación y continué.
—No será más que una transacción comercial entre dos personas. —Me levanté y caminé hacia ella—. Me hice socio este año, señorita Coleson. Tengo treinta y un años, soy el socio más joven del bufete y, para tratar de manera adecuada con algunos de mis clientes actuales y futuros, necesito dar una buena impresión. Hay cenas formales e informales, eventos a los que tengo que asistir. A pesar de que no es un requisito tener una relación seria o ser un «hombre de familia», como se dice, creo que puedo usar a mi favor la ilusión que me brindará un matrimonio. No quiero perder a ninguno de mis clientes ni a ningún cliente en potencia a manos de otros socios.
Con los brazos cruzados sobre el pecho, se puso cara a cara conmigo y nos miramos el uno al otro. No tenía ni la menor idea de lo que se le estaba pasando por la cabeza. Mi puñetera cabeza, sin embargo, estaba en guerra con mi consciencia.
—¿Por qué no casarse con alguien a quien quiera? ¿Alguien con quien esté saliendo? ¿Alguien a quien de verdad conozca? ¿Por qué se ha planteado siquiera pedírmelo a mí? No sabe nada de mí. No somos más que dos desconocidos. —Con aspecto de estar tratando de reprimir las emociones, respiró hondo—. Llámeme anticuada, señor Hawthorne, pero soy una romántica. Creo en el hecho de casarse con alguien por amor y solo por amor. Para mí, el matrimonio es… El matrimonio significa algo totalmente distinto de lo que creo que significa para usted. No quiero ofender, no le conozco, pero no me da la impresión de que sea alguien que le dé mucho significado…
—Puede terminar la frase, señorita Coleson. —Me metí las manos en los bolsillos traseros del pantalón.
—Creo que entiende adónde quiero llegar.
Asentí, porque sí que lo entendía.
—Ahora mismo no tengo tiempo para relaciones personales y no voy a casarme con alguien que acabe esperando más de lo que ofrezco. No voy a ofrecerle algo que no estoy dispuesto a dar, y no puede ser tan ingenua, ¿verdad? No puede pensar que solo quiero casarme con usted para tener a alguien colgado del brazo en las ocasiones apropiadas y para que me pague un pequeño alquiler.
Se le enderezó la columna y me fulminó con la mirada.
—¿Ingenua? Créame, señor Hawthorne, no soy tan ingenua. Si estuviera casada, mi marido sería el dueño de la propiedad, eso es lo que dice el testamento. Así que, si usted es mi marido… —Hizo una pausa y se encogió de hombros—. Entiendo que también va detrás de la propiedad, pero sigo esperando a oír la parte en la que me ayuda. Por ahora, lo único que he oído es que usted saca todo lo que quiere de esto. No veo cómo casarme con usted me ayuda a salvar los (para usted, muy escasos, seguro) ahorros que ya he gastado en comprar todo para la cafetería. ¿Dónde encaja que monte una cafetería? En este escenario, consigue la esposa falsa y la propiedad; una propiedad que asumo que puede comprarles a mis primos en el caso de que consideren venderla, si es lo que quiere.
—Dudo que estén interesados en venderla. Incluso si lo estuvieran, ¿por qué iba a gastarme tanto dinero en algo que puedo conseguir gratis? Y para darle más contexto sobre el tema, no estaba buscando de manera activa a alguien con quien casarme, pero cuando me pidieron que leyera el testamento para dar mi opinión sobre un par de cuestiones, me enteré de su situación y pensé que podríamos ayudarnos mutuamente. Para dar más detalles sobre algo que ha mencionado, no somos completos desconocidos. Nos conocimos antes, una vez, hace un año. Fue un breve encuentro en una de las fiestas de su tío, pero me ayudó a ponerle cara a su nombre. Aunque vaga, tenía una idea de quién era, y en cuanto al resto… tenía suficiente tiempo como para aprender lo que necesitaba aprender sobre usted, y estoy seguro de que tendrá la misma oportunidad con respecto a mí.
—¿Nos conocimos? ¿Dónde? No me acuerdo.
Incómodo, cambié el peso de una pierna a otra y, ya que no quería entrar en mucho detalle, le resté importancia a su pregunta.
—Si no se acuerda, no tiene sentido repetirlo. Como he dicho, de todas formas, no fue más que una presentación breve. ¿Algo más que le gustaría saber?
—¿De verdad que no es una broma? ¿En serio?
Eché un vistazo al reloj de la pared. Estábamos perdiendo el tiempo.
—No voy a seguir repitiéndome, señorita Coleson. Si acepta, nos casaremos y la propiedad me será transferida. Después de eso, cumpliré los términos del contrato inicial y puede seguir adelante con sus planes.
Suspiró y pareció sopesar mis palabras.
—¿Ya está? ¿Eso es todo? ¿La propiedad, asistir a eventos y actuar como si estuviéramos casados delante de otras personas? ¿Nada más?
—Exacto, y solo durante dos años. Nada más, nada menos.
Apartó la mirada de mí y se mordió el labio.
—Dos años… Claro, porque eso no es nada. ¿Esto no es ilegal? ¿No sería ilegal?
—¿Por qué iba a serlo?
Me lanzó una mirada de exasperación.
—Vale. ¿Y qué hay de Jodi y Bryan? Es imposible que se crean que es un matrimonio de verdad. ¿No pueden recurrir, impugnarlo o lo que quiera que haga la gente en esta situación para impedirme que abra la cafetería y que usted sea el propietario? —Con el ceño fruncido, negó con la cabeza—. No estoy diciendo que vaya a hacerlo, pero si por alguna loca razón acepto su oferta… No me puedo ni creer que lo esté pensando, mucho menos diciéndolo en voz alta.
No era difícil ver la expresión de esperanza en su cara. Consciente de que era el momento adecuado, le di otro pequeño empujón.
—No es una decisión difícil, señorita Coleson. Si sospechara que habría repercusiones negativas, para mí o para usted, no haría la oferta. Soy el mejor en lo mío, y nadie va a recurrir nada. Si acepta, me encargaré de sus primos. No serán un problema, se lo aseguro. —Alcé el hombro con indiferencia—. No le incumbe a nadie más que a nosotros, y no le debe explicaciones a nadie.
Con los ojos fijos en el suelo, siguió sacudiendo la cabeza. Ya sabía cuál iba a ser su respuesta; estaba haciendo preguntas, lo que significaba que se lo estaba pensando. Ya era un acuerdo cerrado. Si no hubiera estado seguro del resultado, no le habría hecho la oferta. Se había gastado todos sus ahorros en su sueño y no me la imaginaba rechazando mi oferta, la cual nos beneficiaría a ambos. También sabía que eso no significaba que fuera a obtener su respuesta sin oponer resistencia.
Sobresaltados, ambos miramos a mi asistenta, Cynthia, cuando llamó a la puerta de cristal y entró.
—Su próxima cita está aquí, señor Hawthorne, y quería que le informara de cuando empezase la otra reunión.
—Gracias, Cynthia. Voy a necesitar unos minutos más.
Mientras Cynthia asentía y cerraba la puerta, Rose Coleson se volvió a acercar a su silla y cogió el bolso.
—Me voy ya… y me pensaré lo de…
—Me temo que tendrá que darme una respuesta ya. —No me moví de donde estaba.
Dejó de juguetear con el bolso y me miró a los ojos.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Porque tal y como nos ha informado Cynthia, sus primos están en la sala de reuniones ahora mismo, discutiendo cómo gestionar la propiedad. Si acepta mi oferta, nos uniremos a ellos y les anunciaremos la situación. Si no, perderá la última oportunidad que tiene.
—No puede pretender que tome una decisión ahora. ¿Piensa que se van a creer que nos hemos enamorado a primera vista? ¿Y que luego decidimos casarnos en una semana?
—¿Y cómo iban a saberlo? ¿Cómo van a saber cuándo o cómo nos conocimos? —Me saqué las manos de los bolsillos y me encogí de hombros mientras volvía junto a mi escritorio—. No es problema nuestro si asumen que nos conocimos hace semanas o meses.
—Mi prometido me dejó hace unas semanas, señor Hawthorne. De la nada. Sin motivo alguno. Me conocen lo suficiente como para saber que no me casaría con otra persona tan rápido.
—¿Adónde quiere ir a parar?
—¿Adónde quiero ir a parar? —Frustrada, negó con la cabeza—. No puedo creerme que esto esté ocurriendo ahora mismo.
Abrumada y con aspecto de confusión, se dejó caer en la silla. Me sentía como un imbécil por forzarla a que me diera una respuesta, pero tenía un millón de cosas que hacer y no el tiempo suficiente para hacerlas. Si íbamos a seguir adelante con esto, tenía que saberlo de inmediato, porque no iba a volver a ponerme en una situación como esta.
—Necesito que me dé una respuesta, señorita Coleson.
—Y yo necesito más detalles, señor Hawthorne. Además, ¿podría, por favor, dejar de llamarme señorita Coleson?
—Los detalles no son importantes ahora mismo. Es un sí o un no.
—Me está presionando. No me gusta. No me gusta esto.
—No estoy haciendo nada de eso. Puede salir de mi despacho cuando quiera… después de que me dé una respuesta, así de simple. No tiene que decir que sí, pero cuando responda, no olvide que la decisión es únicamente suya. Yo no tengo nada que perder. Si no acabo con esa propiedad, encontraré otra cosa en la avenida Madison. ¿Puede decir lo mismo?
Con las manos en el regazo, las palmas sobre los vaqueros, alzó la cabeza y me miró.
—Es una locura. Si lo hago, estoy loca. Está loco.
—Creo que me ha quedado bastante claro lo que piensa sobre mí. —Medio sentado en el escritorio, me crucé de brazos—. Esto nos va a beneficiar a ambos, señorita Coleson. Si firmamos ese simple papel que declara que estamos casados, podrá abrir la cafetería y no cambiará nada en dos años. Si no lo hacemos, perderá todo su dinero en los muebles y el equipo que ha comprado y que en este momento no puede usar. Desde mi punto de vista, no hay decisión que tomar. Le estoy ofreciendo un sustento. Si le parece bien perder todo eso, no hay nada más que discutir.
—No hacemos buena pareja, señor Hawthorne. Seguro que es consciente de ello.
—No, supongo que no. Estoy totalmente de acuerdo, pero, una vez más, creo que lo hacemos lo suficiente como para lo que tenemos en mente. Si su respuesta es no, por favor, dígamelo para poder irme a mi siguiente reunión.
Los segundos pasaron mientras esperaba su respuesta, y vi el momento exacto en el que su sueño de abrir su propia cafetería influyó en su decisión, tal y como había sospechado que ocurriría.
—No puedo creer que esté diciendo esto. Ni siquiera puedo creer que esté sucediendo, pero si vamos a hacerles creer que nos vamos a casar, creo que deberías empezar a llamarme Rose.
—Bien. Discutiremos los detalles otro día. Mientras tanto, redactaré un contrato matrimonial que lo cubra todo. —Me levanté del escritorio, me acerqué a la puerta y se la abrí.
—Seis meses —soltó.
Arqueé una ceja cuando se levantó y se giró para mirarme.
—¿Seis meses?
—Sí. Quiero que me des seis meses antes de empezar a pagar la cantidad de alquiler que se habló en el contrato original. —Asintió con el ceño fruncido, como si no estuviera muy segura de lo que estaba pidiendo—. Sé que eso no estaba en el contrato inicial que hice con mi tío, pero ya que vas a acabar quedándote con la propiedad de todas formas, quiero que esos seis primeros meses no tenga que pagar alquiler para que al menos pueda intentar obtener algún beneficio. —Hizo una pausa, pensativa—. Creo que puedes permitírtelo. Si soy sincera, yo no. Sí, el alquiler que te voy a pagar no es nada para un local en la avenida Madison, pero con todo lo que está pasando, no podré permitírmelo. Pero esos seis meses sin alquiler me ayudarán a empezar bien.
La estudié con más detenimiento.
—Tienes razón, puedo permitirme no cobrar el alquiler. Trato hecho. ¿Eso es todo?
—S… Sí, eso es todo.
—Podrías pedirme la mitad de la propiedad. Si te hubieras casado con Joshua, tendrías la mitad.
—¿Me la darías?
—Me temo que la respuesta sería no.
—Ya me lo imaginaba. No pagar el alquiler durante seis meses me ayudará.
—Bien. Entonces no hay problema. Vamos a unirnos a la reunión.
—¿Así sin más?
—¿Tienes más preguntas?
—Unas cien solo. —Se detuvo a mi lado y me miró a los ojos.
Arqueé una ceja.
—Me temo que de momento no podemos repasarlas todas. Quizá la próxima vez. Tendrás mucho tiempo para preguntarme lo que quieras después de casarnos. Déjame hablar a mí en la reunión y todo irá bien.
Más pálida de lo que estaba cuando entró en mi despacho y tal vez un poco conmocionada, asintió y me siguió mientras nos dirigíamos a la sala de reuniones.
A cada paso que daba, me maldecía por lo cabrón que era.
Cuando estuvimos a pocos pasos de la sala de reuniones y vi a Bryan y Jodi Coleson sentados uno al lado del otro de espaldas a nosotros, miré a Rose y vi que tenía la respiración un poco descontrolada y los ojos muy abiertos e inseguros.
—¿Lista? —pregunté, adivinando ya cuál iba a ser la respuesta.
—No puedo decir que lo esté.
Asentí con la cabeza. Con eso bastaba.
—¿Cuándo fue la última vez que hablaste con tus primos?
Se frotó las sienes antes de mirarme.
—¿La semana pasada, tal vez? ¿Puede que más? ¿Por qué?
—Déjamelo a mí.
Entramos en la sala. Uno al lado del otro. Volvía a agarrar el bolso, que colgaba del hombro, con una fuerza mortal.
—Tim —interrumpí, y todos en la sala, incluidos Jodi Coleson y Bryan Coleson, se giraron para mirarnos—, siento llegar tarde a la reunión.
Tim reorganizó las páginas que tenía en la mano, se levantó y se quitó las gafas, con los ojos puestos en Rose.
—Hola, Jack. Señorita Rose, me alegro de que haya venido. No la retendré mucho tiempo, solo necesitamos que…
—Tim —repetí, y esperé hasta que su mirada se encontró con la mía—, pensé que te gustaría estar informado para que puedas hacer los cambios necesarios. Rose Coleson es mi prometida y nos vamos a casar en unos días.
—¿Te…? ¿Te vas a casar con la señorita Rose? ¿Qué? —Mientras Tim se quedaba mirándonos a Rose y a mí con expresión estupefacta, Bryan se incorporó despacio y encaró a Rose.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó, y su mirada ya severa saltaba de Rose a mí—. Explícate.
—Bryan, Jack y yo nos vamos a casar. —Forzó una carcajada y cambió el peso de un pie a otro—. Sé que suena un poco…
—Suena como si me estuvieras jodiendo, primita.
Di un paso adelante y a la izquierda para colocarme delante de Bryan y obligar a Rose a dar un paso atrás.
—Sé que ha sido una sorpresa para su familia, señor Coleson, así que esa la voy a dejar pasar, pero le sugiero que vigile sus palabras cuando le hable a mi prometida. —Aparté la mirada de él y me dirigí a la sala—. Le pedí matrimonio a Rose la semana pasada, y pensamos que sería un buen momento para compartir la noticia con ustedes. No pudimos hacerlo antes porque queríamos tener un poco de privacidad para celebrarlo. Tim, creo que esto cambia la situación con respecto a la propiedad de la avenida Madison.
—¡Y una mierda! —soltó Bryan mientras su hermana, Jodi, se quedaba ahí sentada observando cómo se desarrollaba todo con expresión de aburrimiento—. Esta situación, sea lo que coño sea, no cambia nada. No va a quedarse la propiedad. ¿Tan estúpido se cree que soy?
—¡Oh! No sabría decirle, señor Coleson. Pronto seremos familia y no me gustaría insultarle. —Vi cómo se le oscurecía el color del rostro—. Además, en el testamento, Gary Coleson establece con claridad que, en el supuesto de que fallezca, la propiedad del inmueble de la avenida Madison se transferirá al marido de Rose. El plazo era hasta 2020, creo, pero siempre podemos comprobarlo. Solo se lo explico por su bien, señor Coleson, porque no voy a casarme con su prima por una propiedad. Mis sentimientos por ella no tienen nada que ver con lo que está pasando aquí.
—Jack, tal vez deberíamos… —empezó Tim.
—Si no tiene nada que ver con lo que está pasando aquí, no reclamarás la propiedad —dijo Bryan entre dientes mientras miraba a Rose.
—La propiedad creo que es el último regalo de Gary Coleson a su sobrina. Estoy seguro de que no está intentando ignorar los deseos de su padre.
Bryan cerró despacio las manos en sendos puños y dio un paso hacia adelante.
Tim carraspeó y se frotó los ojos con el pulgar y el índice.
—Jack, igual este no era el mejor momento para… eh... compartir la buena noticia. Quizá podamos programar otra reunión para…
—Sí, creo que sería lo mejor. Rose y yo esperaremos noticias tuyas pronto.
—Impugnaré el testamento —dijo Bryan, con los ojos brillantes de ira, antes de que pudiera sacarnos de allí. Hablaba con Rose y tenía los ojos clavados en ella—. No pienso dejar que te la quedes. Estás haciendo esto porque no te dejé usar el lugar y te dije que tenía otros planes.
—Si impugna, tendrá que esperar mucho tiempo hasta que obtenga su parte. Yo contraataco, señor Coleson —advertí.
—Bryan —intervino Rose desde mis espaldas—, no me voy a casar con Jack por la propiedad. Sé que el momento es… incómodo, pero no es lo que piensas. Nos conocimos cuando… —Se colocó a mi lado y entrelazó el brazo con el mío.
Me obligué a relajarme.
—No tienes que darle ninguna explicación —dije, mirándola.
Formó una línea fina con la boca cuando sus ojos se encontraron con los míos.
—Sí, tengo que hacerlo, Jack. Claro que sí.
—No pienso escuchar ni una palabra más de ti —cortó Bryan—. Esto no va a ocurrir. Si me obligas, me opondré.
Con eso, salió, asegurándose de golpearme el hombro con el suyo.
Finalmente, Jodi se puso de pie.
—Bueno, bueno. Nuestra pequeña Rose por fin hace algo interesante. —Me recorrió de la cabeza a los pies con la mirada mientras Rose me soltaba el brazo—. No está mal, primita —dijo—. No es mejor que Joshua, pero ya que lo perdiste, supongo que este servirá.
Cuando arqueé una ceja, sonrió como si tuviera un secreto y se encogió de hombros.
—No es mi tipo. Demasiado serio, demasiado rígido, pero bueno, ¿quién soy yo para hablar de tu prometido?
Se detuvo frente a Rose y se inclinó para darle un beso en la mejilla, y noté cómo Rose se ponía rígida a mi lado y se echaba un poco hacia atrás.
—Sabes que me da igual el tema de las propiedades, tengo mis millones y la casa del testamento, pero sabías que Bryan tenía los ojos puestos en esto. No creo que este pequeño plan matrimonial cambie nada. —Alzó la mano y observó sus uñas rosas—. Que gane el mejor, supongo. Sea como sea, me voy a divertir.