CAPÍTULO UNO
ROSE

Nota para mi yo del pasado: NO, repito, no accedas a casarte con el guapo desconocido del que resulta que no sabes nada.

—Rose Coleson, ¿aceptas a…?

No. Nop.

—¿...Jack Hawthorne como tu legítimo esposo?

Mmm... Déjame que me lo piense. No acepto. Nop.

—¿Prometes amarle, honrarle y cuidarle hasta que la muerte os separe?

¿Cuidarle?

Con los ojos muy abiertos y un poco temblorosa, miré fijamente hacia delante mientras el oficiante pronunciaba las palabras que tanto temía. ¿De verdad iba a hacerlo? Cuando el silencio en la sala, casi vacía y un tanto deprimente, se prolongó y me llegó el turno de hablar, estuve a punto de ponerme a hiperventilar. Hice todo lo posible por tragarme el nudo que tenía en la garganta para poder hablar, pero temía que las palabras que querían salir con desesperación no fueran «Sí, quiero».

No me estaba casando en un exuberante jardín verde mientras los pocos amigos que tenía nos vitoreaban como siempre había imaginado que harían. No me estaba riendo ni llorando de felicidad extrema como todas las novias en algún momento de la ceremonia. No tenía un ramo de novia precioso, solo una rosa que Jack Hawthorne me había puesto en las manos sin mediar palabra justo después de encontrarnos delante del ayuntamiento. Ni siquiera llevaba un vestido blanco, y mucho menos el vestido de novia de mis sueños. Jack Hawthorne llevaba un traje negro hecho a medida que posiblemente costaba lo mismo que un año de mi alquiler, si no más. No era un esmoquin, pero era igual de bueno. A su lado, yo me veía bastante barata. En lugar de un vestido de novia precioso, llevaba un vestido azul sencillo (era lo único que poseía que era caro y lo bastante apropiado para la ocasión, aunque de alguna manera seguía siendo… barato), y estaba junto al hombre equivocado, uno que no hacía más que fruncir el ceño y fulminar con la mirada.

También estaba el acto de cogernos de la mano, la sorprendente fuerza con la que me apretaba, sobre todo en comparación con lo flojo que le estaba agarrando yo a él. Un acto bastante simple, pero ¿sostener la mano de un desconocido mientras te casas? Nada divertido. Mira, olvídate de lo de cogernos de la mano; estaba a punto de ser la esposa de un hombre del que no sabía nada más que lo que me había proporcionado una rápida búsqueda en Google.

Aun así, había accedido de buena gana y a sabiendas, ¿no?

—¿Señorita Coleson?

Cuando se me empezó a acelerar la respiración y el pánico comenzó a apoderarse de mí, intenté apartar la mano de la de Jack Hawthorne, pero sentí cómo sus dedos me apretaban aún más. No sabía lo que estaba pensando ni lo que él pensaba que iba a hacer, pero no podía mentir y decir que no se me había pasado por la cabeza huir.

Su agarre firme fue una pequeña advertencia que luego desapareció. Le miré a la cara, pero tenía los ojos puestos en el oficiante, los rasgos afilados inmutables. Frío. Muy frío. Me pareció ver que le temblaba un músculo de la mandíbula, pero parpadeé y ya no estaba ahí.

El hombre mostraba sus emociones tanto como un bloque de cemento, por lo que intenté hacer lo mismo que él: concentrarme en el presente.

—¿Señorita Coleson?

Me aclaré la garganta e hice todo lo posible por fortalecer la voz para no llorar. Aquí no. Ahora no. No todos los matrimonios son por amor. De todas formas, ¿qué me había ofrecido el amor más allá de un corazón roto y hambre emocional por las noches?

El corazón me latía fuerte y rápido en el pecho.

—Sí, quiero —respondí finalmente con una sonrisa que estaba segura de que me daba aspecto de desquiciada.

No quiero. Creo que no quiero en absoluto.

Mientras el hombre sonriente repetía las mismas palabras para mi casi marido no sonriente, desconecté de todo y de todos hasta que llegó el momento de los anillos.

¡Dios! Y pensar que hacía solo unos meses estaba planeando mi boda con alguien diferente, y más que eso, pensar que había creído que las bodas eran siempre románticas… Esta boda era más como si estuviera a punto de saltar en paracaídas desde cuatro mil metros de altura, algo que preferiría morir antes que hacer, y, sin embargo, allí estaba. No solo no estaba en un jardín rodeado de vegetación y flores, sino que el único mueble de la sala era un sofá de un tono naranja bastante feo, y, por alguna razón, ese único mueble y su color era lo que más me molestaba y ofendía. ¿Quién lo hubiera imaginado?

—Por favor, colocaos uno frente al otro —dijo el oficiante, y seguí sus instrucciones como un robot. Con una sensación de entumecimiento, dejé que Jack me cogiera la otra mano y, cuando sus dedos me dieron un diminuto apretón, esta vez me encontré con sus ojos inquisitivos. Tragué saliva, intenté ignorar el pequeño vuelco que me dio el corazón y le ofrecí una pequeña sonrisa. Era realmente llamativo de una forma fría y calculadora. Mentiría si dijera que el corazón no me dio un pequeño vuelco la primera vez que lo vi. Completamente involuntario. Llevaba lo de fuerte y silencioso a rajatabla. Sus ojos azules, igual de llamativos, se clavaron en mis labios y luego volvieron a mis ojos. Cuando noté cómo me colocaba despacio un anillo en el dedo, miré hacia abajo y vi una alianza preciosa con un semicírculo de diamantes redondos que me devolvía la mirada. Sorprendida, alcé la mirada para encontrarme con sus ojos, pero tenía puesta su atención en mi dedo mientras que, con el pulgar y el índice, hacía rodar el anillo hacia un lado y hacia el otro con suavidad. La sensación no podía ser más extraña.

—No pasa nada —susurré cuando no dejó de toquetearlo—. Es un poco grande, pero no pasa nada.

Soltó la mano y el anillo y me miró.

—Me encargaré de ello.

—No hace falta. Así está bien.

No sabía si Jack Hawthorne sonreía alguna vez. Por ahora (las tres veces contadas que lo había visto) no había sido testigo de ello, al menos no de una sonrisa genuina, pero suponía que, si se estuviera casando con alguien de quien estuviera enamorado en vez de conmigo, al menos tendría una sonrisita juguetona en los labios. No parecía la clase de persona que esbozaba sonrisitas, pero seguro que habría algún atisbo. Por desgracia, ninguno de los dos éramos la imagen de una pareja de recién casados feliz.

Busqué su mano para ponerle su alianza, pero llámalo nervios, torpeza o señal, si quieres, pero antes de que pudiera tocarle la mano, el anillo barato y fino se me resbaló de los dedos temblorosos y vi cómo volaba lejos de mí a cámara lenta. Tras el tintineo sorprendentemente fuerte que hizo cuando entró en contacto con el suelo, corrí tras él, disculpándome con nadie en particular, y tuve que ponerme de rodillas para poder salvarlo antes de que rodara debajo del sofá naranja feo. A pesar de que el vestido azul claro que había elegido llevar no era para nada corto, tuve que ponerme una de las manos en el culo para cubrirme y no enseñarle nada a nadie mientras cogía el puñetero chisme antes de tener que arrastrarme de rodillas.

—¡Lo tengo! ¡Lo tengo! —grité por encima del hombro con demasiado entusiasmo al tiempo que alzaba el anillo como si hubiera ganado un trofeo. Cuando vi las expresiones de desagrado a mi alrededor, sentí que las mejillas se me teñían de un rojo intenso. Bajé el brazo, cerré los ojos y solté un larguísimo suspiro. Cuando me giré sobre las rodillas, me di cuenta de que mi casi marido sin anillo estaba junto a mí, ofreciéndome ya la mano para levantarme. Después de ponerme de pie con su ayuda, me quité el polvo del vestido. Al alzar la vista hacia su rostro, me di cuenta tarde de lo rígido que estaba: la mandíbula apretada, el tic muscular sin duda de vuelta.

¿Había hecho algo mal?

—Lo siento —susurré, muy avergonzada, y como respuesta recibí una inclinación de cabeza seca.

El oficiante se aclaró la garganta y nos dedicó una pequeña sonrisa.

—¿Continuamos?

Antes de que pudiera llevarme de vuelta, me incliné con discreción hacia el que pronto sería mi marido y susurré:

—Mira, no estoy segura de… Pareces… —Hice una pausa y solté otro largo suspiro antes de reunir el valor suficiente para mirarle directamente a los ojos—. No tenemos que hacerlo si has cambiado de opinión. ¿Estás seguro? Y quiero decir muy, muy seguro de que quieres seguir adelante con esto.

Sus ojos buscaron los míos mientras ignorábamos a las demás personas de la sala, y se me aceleró el corazón mientras esperaba su respuesta. Por mucho que me mostrara reacia a hacerlo, si cambiaba de opinión, estaría jodida de pies a cabeza y ambos lo sabíamos.

—Terminemos con esto —dijo al rato.

Eso fue todo lo que obtuve.

Encantador.

¡Qué comienzo tan alentador para un nuevo matrimonio! Uno falso, sí, pero aun así.

Volvimos a ponernos delante del oficiante y, al segundo intento, logré colocarle el anillo en el dedo con rapidez y éxito. Le quedaba perfecto. Al lado de la preciosidad que me había dado, la alianza lisa que le había comprado el día anterior parecía tan barata como mi vestido, pero era lo único que podía permitirme. De todas formas, no parecía que le importara. Observé con ojos curiosos cómo se quedaba mirando el anillo, cerraba en un puño la mano en la que acababa de ponerle la alianza y los nudillos se le volvían blancos por la fuerza antes de volver a cogerme la mano.

Mi atención cambió al oír el final de las palabras del oficiante:

—Yo os declaro marido y mujer. Puedes besar a la novia.

¿Ya está? ¿Estaba casada? ¿Así de simple?

Miré a mi ya marido oficial y, durante un segundo, no supe cómo reaccionar. Su mirada se encontró con la mía. ¿Qué era un simple beso después de darle el «Sí, quiero» a un desconocido, verdad? Con el pensamiento de que él estaba esperando a ver cuál iba a ser mi movimiento y con el deseo de acabar de una vez para largarnos de allí, fui yo la que dio el primer paso. Con las manos todavía entrelazadas, evité sus ojos, me puse de puntillas y le di un pequeño beso en la mejilla. Justo cuando me separé y estaba a punto de retroceder, su mano ahora libre me agarró la muñeca con suavidad y nuestros ojos se encontraron.

Por el bien de las pocas personas que nos rodeaban, forcé otra sonrisa y vi cómo se inclinaba despacio para darme un beso en la comisura de la boca.

Se me aceleró el corazón, ya que me pareció que se había quedado un segundo más de la cuenta, y era demasiado cerca y demasiado tiempo para mi comodidad, pero teniendo en cuenta que estábamos representando un papel, supuse que un beso inocente no significaba demasiado. Para mí no, y estaba segura de que, sin duda, para él tampoco.

—Enhorabuena. Os deseo una vida feliz juntos. —La voz del oficiante nos separó y cogí la mano que me esperaba del hombre.

Mientras nuestro único testigo, que sabía a ciencia cierta que era el chófer de Jack Hawthorne, se movía para felicitar al hombre que ahora era mi marido, cerré los ojos y le pedí a mi corazón que se lo tomara con calma y viera el lado bueno de las cosas. Toda esta farsa me beneficiaba más a mí que a Jack Hawthorne. Daba igual que hubiera estado comprometida con otro hombre, Joshua, hacía solo unas semanas. Este matrimonio en concreto con este hombre en concreto no tenía nada que ver con el amor.

—¿Estás lista para irte? —preguntó mi muy real y oficial pero aún falso marido, y abrí los ojos.

No lo estaba. De repente, tenía calor y frío a la vez, lo cual no era buena señal, pero le miré y asentí.

—Sí.

Hasta que no salimos del edificio, con el chófer siguiéndonos desde una distancia prudencial, no nos dirigimos la palabra. En ese momento, el chófer desapareció para ir a por el coche y nos quedamos allí de pie, observando a la gente a nuestro alrededor en un silencio incómodo, como si ninguno de los dos supiera del todo cómo habíamos acabado en la calle. Al cabo de unos instantes, los dos empezamos a hablar al mismo tiempo.

—Deberíamos…

—Creo que…

—Deberíamos volver —dijo con firmeza—. Tengo que estar en el aeropuerto en una hora si no quiero perder el vuelo.

—Vale. No quiero retrasarte. Tengo que cambiarme primero antes de volver a la cafetería, y puedo coger el metro de vuelta a mi apartamento sin problema. No quiero que te pille un atasco solo porque…

—No pasa nada —contestó, distraído. No me estaba mirando a mí, sino al coche negro que acababa de detenerse junto a la acera—. Por favor —murmuró, y noté que me tocaba brevemente la espalda con la palma de la mano antes de que el contacto desapareciera y abriera la puerta del coche.

¡Joe!

No le conocía lo suficiente como para discutir sobre cómo volver a casa, por no hablar que discutir era lo último que me apetecía hacer. En el tiempo que habíamos tardado en salir a la calle, había empezado a sentir náuseas a cada paso que daba. Mientras me miraba expectante, intenté no arrastrar demasiado los pies al aceptar su oferta tácita y subir al coche.

Cuando entró detrás de mí y cerró la puerta, cerré los ojos ante cómo había concluido todo.

Joder, estoy casada. Daba igual cuántas veces me lo repitiera, seguía sin creerme que hubiera accedido a esto.

—¿Todo bien?

El tono duro y áspero de su voz me sacó de mis pensamientos confusos, y giré la cabeza para mirarle con una pequeña sonrisa.

—Claro. Debería darte las gracias…

—No hace falta. —Sacudió la cabeza de manera cortante antes de que pudiera terminar y se centró en su chófer—. Raymond, cambio de planes. Primero tenemos que pasar por el apartamento y luego iremos al aeropuerto.

—Sí, señor.

Tragué saliva y cerré los puños sobre el regazo. ¿Y ahora qué?, pensé. ¿Hablamos? ¿No hablamos en absoluto? ¿Cómo funciona esto? Para mi sorpresa, él fue el primero en romper el lúgubre silencio.

—Puede que no esté disponible durante unas horas al día, dependiendo de las reuniones que tenga, pero me pondré en contacto contigo en cuanto pueda. —¿Estaba hablándole a su chófer o a mí? No sabía decirlo—. Si surge algo con Bryan o incluso con Jodi, si te causa algún problema con respecto a nuestro matrimonio, escríbeme. No hables con ninguno de ellos hasta que te responda. —A mí entonces. Tenía la mirada fija al frente, pero me estaba hablando a mí porque Jodi y Bryan eran mis primos—. Si todo va según lo previsto, volveré en una semana como mucho. —Hizo una pausa—. Si lo deseas… puedes acompañarme.

Nop.

—Gracias, pero no puedo. Tengo que trabajar en la cafetería, y por mucho que…

—Tienes razón —me interrumpió antes de que pudiera terminar—. Yo también prefiero ir solo.

Pues vale…

Asentí y miré por la ventana. No sabía si había conseguido disimular bien mi alivio. Que estuviera fuera una semana significaba siete días más para asimilar la decisión que había tomado. Aprovecharía cada minuto extra que obtuviera.

—¿Adónde ibas? —pregunté, ya que me había dado cuenta de que no tenía ni idea.

—A Londres.

—¡Oh! Siempre he querido ir a Londres. A cualquier sitio de Europa, en realidad. Tienes suerte de poder viajar. No sé si los abogados viajan mucho, claro, pero…

Hice una pausa y esperé a que dijera algo, aunque solo fuera para ayudarme a entablar una conversación sin sentido, pero tenía la sensación de que no iba a ocurrir. No me equivocaba.

—¿Tienes un cliente en Londres? —Lo volví a intentar, pero sabía que era inútil.

Jack levantó el brazo y miró su reloj mientras negaba con la cabeza como respuesta a mi pregunta.

—Raymond, gira en la siguiente. Sácanos de aquí.

Cuando no hubo nada más que silencio en la parte trasera del vehículo, cerré los ojos y presioné la sien contra el frío cristal de la ventana.

Desde que dije que sí a este plan descabellado, había hecho todo lo posible por no darle demasiadas vueltas. Ahora ya era demasiado tarde para darle cualquier vuelta. Ni siquiera habíamos tenido tiempo de discutir dónde iba a vivir. ¿Con él? ¿Sin él? ¿Nos llevaríamos bien siquiera si viviéramos juntos? Joshua… ¿Se enteraría de que me había casado? Y encima poco después de nuestra ruptura. De repente, me vinieron a la mente todas las preguntas que tenía y las que ni siquiera sabía al mismo tiempo.

Habían pasado diez minutos en los que nadie había pronunciado una sola palabra en el coche. Por alguna razón, eso me estaba causando pánico más que nada. ¿En qué me había metido, de verdad? Si ni siquiera podía mantener una conversación sencilla con él, ¿qué narices íbamos a hacer durante los próximos doce o veinticuatro meses? ¿Mirarnos fijamente el uno al otro? Sentí náuseas y me presioné el estómago con la palma, como si pudiera reprimirlo todo (todas las emociones, decepciones, sueños olvidados), pero ya era demasiado tarde para eso. Sentí cómo la primera lágrima se me deslizaba por la mejilla, y a pesar de que me apresuré a intentar limpiármela con el dorso de la mano porque no había motivo para llorar, no fui capaz de detener todas las que siguieron. En tan solo unos minutos, estaba llorando en silencio, las lágrimas eran un torrente silencioso que no sabía cómo detener.

Muy consciente de que lo más probable era que el rímel me hubiera hecho un destrozo en la cara, lloré sin decir ni pío hasta que el coche se detuvo. Cuando abrí los ojos y me di cuenta de que nos dirigíamos hacia el lado equivocado de Central Park, me olvidé de las lágrimas y miré a Jack.

—Creo… —comencé, pero las palabras murieron en mi garganta cuando vi su expresión.

¡Mierda! Si pensaba que se había enfadado cuando se me cayó el anillo, estaba muy equivocada. Juntó las cejas al tiempo que sus ojos me recorrían el rostro y la tensión en el coche se triplicaba.

Hice lo mejor que pude para limpiar toda evidencia de mis lágrimas sin mirarme al espejo.

—Este es el lado equivocado…

—Llévala al apartamento, por favor. Iré al aeropuerto por mi cuenta —le dijo Jack al chófer. Acto seguido, eliminó todo rastro de emoción, la cara se le volvió inexpresiva cuando se dirigió a mí—. Esto ha sido un error. No deberíamos haberlo hecho.

Todavía lo estaba mirando atónita cuando salió del coche, dejando atrás a su novia (es decir, yo).

Esto ha sido un error.

Unas palabras que cualquier chica que se hubiera casado hacía solo treinta minutos querría escuchar, ¿verdad? Sí, yo tampoco lo creía.

Después de todo, yo era Rose y él era Jack. Con esos nombres estábamos condenados desde el principio. Ya sabes… el Titanic y todo eso.

Número de veces que Jack Hawthorne sonrió: cero.