EL QUE ESPERA

El castigo que nos imponen a Mari y a mí lo deciden otros dioses, otras fuerzas; o eso es lo que nos hacen creer. Y la culpa, los remordimientos y la tristeza más profunda hacen que al principio no le concedamos importancia. Lo que sí tenemos claro los dos es quién ejecuta la sentencia.

Es Erio quien hace mortal a nuestra hija. Él se la lleva cuando se agota su vida mundana. Y él me obliga a mí a partir la realidad en dos, a crear el cielo y el infierno, y a exiliarme a este último para que Mari pueda ver a nuestra hija.

Eso le da trabajo, un propósito y poder; porque se convierte en quien hace siempre ese paseo, quien toma de la mano a todos los mortales y los guía a través del Purgatorio, quien se cobra su viaje, quien pone más condiciones cuando se le antoja… También es quien empieza a castigar a mortales que lo han ofendido de alguna manera condenándolos a vagar eternamente por el Purgatorio; quien engendra a Lañaide, la plaga que destruye miles de vidas a lo largo de la historia; quien se ha llevado a humanos antes de su tiempo por placer, curiosidad o simple afán de probar su superioridad.

Por eso no me sorprende verlo aquí, a las puertas de mi casa, con esa mirada vacía y terrible, y esa corona hecha de astas.

Yo no tomo la forma del lobo, porque sé que esta otra lo enfurecerá.

Erio mira con sus cuencas oscuras mis piernas, mi torso, mis manos… y ese rostro que, incluso si parece tan mundano, nunca podrá llevar al otro lado.

—Has hecho trampas —sisea, sin que nada en su calavera se mueva.

Yo también podría hablar así, pero me molesto en abrir los labios, en que vea cómo pronuncio palabra por palabra.

—Ella me ha ofrecido un pago y yo he aceptado.

Un temblor bajo mis pies, una vibración en el tejido de la realidad.

—Vuelves a jugar sucio.

Esta vez, el temblor lo provoco yo: más poderoso, más peligroso.

—No me gusta lo que insinúas, Erio, y me veo obligado a recordarte que eres tú el que ha venido a mi casa.

Su cornamenta se mueve hacia atrás cuando alza la cabeza con arrogancia y contemplación.

—Las mismas fuerzas que intervinieron la primera vez que rompiste las normas podrían intervenir ahora.

La Muerte.

El Amor.

La Vida.

El Equilibrio.

Eso se dijo, eso se aseguró. Los dioses de los dioses, las fuerzas que habitan en nosotros y que constituyen el tejido mismo de la realidad. Estaba demasiado roto para verlo, pero ahora me siento muy entero y sé que a esas fuerzas nosotros les damos absolutamente igual.

Le dedico a Erio una sonrisa.

—Gracias por preocuparte por mí, hermano; pero sé cuidarme las espaldas.

Una nueva corriente de poder vibra entre los dos, una advertencia mutua, la destrucción asegurada.

Entonces Erio desaparece y yo me digo a mí mismo, que he esperado durante siglos, que la venganza está más cerca.