3
Odette

Kirian me mira de esa manera que siempre me ha resultado tan difícil de comprender; con esa ansiedad y ese denuedo, con ese fervor contenido de quien contempla algo imposible, algo valioso e irrepetible.

Me mira largo y tendido, como si no hubiese visto nunca nada parecido y, entonces, con una sonrisa canalla, ensayada y perfecta, murmura:

—Mi reina.

Tiene la voz ronca.

—Mi capitán —respondo.

Kirian rompe el contacto solo para echar a andar hacia mí. Son pasos lentos pero decididos, y algo en la manera en que se acerca hace que me tense con anticipación; pero nada me prepara para lo que ocurre después, para sus manos rodeando mi rostro, enredándose en mi pelo, para sus labios conquistando terreno beso a beso.

Kirian besa como hace el amor, con pasión y abandono. Lo entrega todo mientras también lo exige… y yo se lo doy. Me rindo a ese beso y a esa boca que me devora con absoluta renuncia: renuncia al decoro, a la realidad, a la cordura… y me pregunto si lo siento así por el vínculo bihotz que ha de intensificar todo lo que sentía ya o si se debe a la oscuridad del lugar del que lo he traído, que aún late en mí.

Sabe a él. A Kirian. Sabe a esperanza y a futuro.

Sabe a un regalo conjurado en la oscuridad de un bosque lleno de monedas robadas.

Tan solo se oye su respiración y la mía, hasta que se me escapa un gemido y él lo interpreta como una petición y un permiso, y su cuerpo se pega al mío casi con furia. Mi espalda choca contra el cristal de la ventana, pero ni siquiera el frío que lo traspasa es suficiente para enfriar mi piel.

De pronto, Kirian se agacha, apenas un segundo lejos de mi boca, y su mano agarra la tela del vestido para tirar de ella, hundirse debajo y subir por mi muslo, desatando una corriente que me atraviesa de arriba abajo, de lado a lado.

Noto su cadera contra la mía, su cuerpo encajando con el mío de la manera correcta, disparando todos mis nervios, desatando oscuros deseos. Sus dedos se apartan entonces solo para buscar mi espalda, los cordones que atan el lujoso vestido, y comienzan a desatarlos con un cuidado que no encaja con la cruda necesidad que arde en sus ojos.

—Creía que no volvería a verte —murmura contra mi boca.

Sobre la necesidad y el deseo, arde la furia, y la tristeza; arde una emoción extraña y compleja que solo conocen aquellos que lo han perdido todo.

—Yo también —confieso.

Kirian desliza los dedos por mi columna. La sensación de la tela cayendo y dejándome expuesta es deliciosa.

—Eso me han contado —murmura, mirándome fijamente a los labios.

No aparta los ojos, aunque se sigue moviendo, aunque me tiende la mano y me ayuda a alejarme de las cortinas, antes de agarrarlas y cubrir los cristales con ellas.

Se vuelve hacia mí y yo espero con el corazón en la boca. Se acerca despacio, igual que lo ha hecho antes. Esta vez no me besa, me mira mientras sus fuertes manos se posan en mis hombros y deslizan con suavidad la tela para bajarla por completo, descubriendo la ropa interior de encaje, el corpiño delicado, apenas unos retales de tela que dejan poco lugar a la imaginación.

Él, no obstante, no mira el delicado encaje o la piel que hay debajo y arde por su contacto. Sus manos se deslizan por mis hombros, mis brazos, y se detienen ahí, en el mismo lugar que sus ojos.

—¿Qué has hecho, Odette?

Me tenso un poco, pero no dejo que lo note.

Siento un regusto amargo al fondo de la garganta.

—Salvarte —susurro, sin vacilar.

—Dicen que has hecho mucho más que eso. —Sus ojos, fijos en los brazaletes negros que abrazan la piel. No son opacos, ni completamente compactos. Están formados por trazos más delicados de tinta, que se entrelazan como en una obra de exquisita filigrana, y son hermosos—. ¿Has hecho un trato?

Kirian me mira y yo le devuelvo el gesto. Sus ojos contienen toda la luz del cielo, todos los tesoros hundidos en el mar más profundo.

Y entonces tomo una decisión.

—No lo recuerdo.

La respuesta lo sorprende. También a mí.

—¿No lo recuerdas?

—Sé qué fui a buscar a ese bosque. —Señalo las cortinas que ahora cubren las ventanas—. Recuerdo despertar y dejarme conducir hasta el salón del trono, convertido en un funeral. Recuerdo tu cuerpo sin vida y las monedas, recuerdo la pena de Nírida, el horror de tus hermanas… Recuerdo tomar el camino al bosque y, después… después estabas vivo.

Traga saliva. Sus cejas oscuras se crispan ligeramente mientras me evalúa, pendiente de cada gesto.

—¿No sabes cómo lo hiciste?

—No —contesto, y la mentira sale con sorprendente facilidad de mi garganta—. ¿Importa?

Kirian deja de mirarme para fijarse de nuevo en los brazaletes. Sé qué está pensando. Sé qué se está preguntando.

¿Qué criatura oscura será dueña de ese pacto?

—¿Te encuentras… bien? —quiere saber entonces.

—Estoy agotada, pero estoy bien. —Lo observo—. ¿Y tú?

Tengo presente la pregunta de su hermana, el miedo de Aurora latiendo bajo sus palabras:

«¿Eres mi hermano?».

—Estoy vivo —contesta. Luego, se inclina hacia mí y me roza la nariz con la suya de forma lenta y perezosa, erizando cada vello de mi piel—. Gracias.

Trago saliva.

—Un placer —respondo, contra sus labios.

Una sonrisa oscura tira de las comisuras de sus labios.

—Deja que te demuestre lo agradecido que estoy.

Sus labios aterrizan sobre la base de mi cuello.

—Muy, muy… —Deposita otro beso más abajo—. Agradecido.

Me estremezco ante el susurro de las palabras contra mi piel, la caricia y la promesa, y mis piernas tiemblan un poco cuando sus manos se deslizan por mi cintura.

Yo también lo busco con las mías, las entrelazo tras su nuca, atrayéndolo más a mi cuerpo mientras sigue besando mi cuello. Un mordisco particularmente malintencionado me arranca la última pizca de autocontrol que me quedaba y lo empujo suavemente hasta que sus rodillas encuentran la cama y se deja caer en ella con una mirada incendiaria y una sonrisa expectante.

Me subo a horcajadas sobre él y sus dedos me aferran las caderas con posesividad. Solo hay hambre en su mirada mientras me inclino hacia él para besarlo cuando, de pronto, dos golpes en la puerta hacen que me detenga.

—Ignóralo —gruñe Kirian, contra mi boca.

Y yo estoy más que dispuesta a hacerle caso.

Vuelvo a besarlo.

Pero los golpes suenan de nuevo. Esta vez, no es una llamada en la puerta. Ambos nos apartamos cuando escuchamos cómo se abre con estrépito y nos giramos hacia la entrada, en la que Eva aparece, aún con la ropa que llevaba en la batalla.

Nos dedica una larga mirada acompañada de una ceja arqueada cuando repara en algo por encima de mí… en la corona que aún llevo puesta.

—¿Ibais a dejarme en la puerta?

—Como habrás podido comprobar por ti misma, estamos bastante ocupados.

Eva me dedica una sonrisa afilada.

Los dedos de Kirian continúan sobre mi cadera. Mis manos siguen entrelazadas tras su cuello.

—El enternecedor reencuentro tendrá que esperar —declara. Vale. Así que ella también está al tanto de mi excursión nocturna al bosque—. Arlan ha recibido una misiva del rey de Numa y quiere dársela a Lira.

Esta vez soy yo la que sonrío, molesta.

—Qué pena que nadie además de mí haya estado entrenando durante diez años para hacerse pasar por ella.

Eva me sonríe.

—Necesito la ropa.

Ah. La ropa.

Un solo pensamiento basta para que el vestido que ha caído al suelo salga disparado hacia los brazos de Eva. Esta enarca las cejas cuando se da cuenta de que no he necesitado las manos para dirigir el hechizo, pero no comenta nada.

La magia burbujea en mis dedos; un suave tirón que me recuerda que aún no he recuperado todo mi poder.

Quién sabe cuánto requirió entrar en el reino de Gaueko.

Un estremecimiento que no tiene nada que ver con los dedos provocadores de Kirian baja por mi espalda, como si una garra helada siguiese mi columna vértebra a vértebra.

Eva aún no se marcha.

—¿Necesitáis la corona para algo en concreto o…?

Suspiro y acabo levantándome. Kirian me dedica una mirada interrogante, pero creo que ya sabe lo que voy a decirle a Eva.

—Espérame en la sala de estar, te ayudaré a vestirte.

—¿En la sala de estar? —inquiere—. No tengo interés en quedarme aquí y escuchar…

—Eva —la corto.

Ella hace un gesto displicente con la mano libre antes de darse la vuelta y dejarnos a solas.

Kirian tiene la elegancia de no mencionar lo que acabamos de perder los dos. Se limita a seguirme con la mirada mientras rodeo la cama, me inclino y tomo una de las almohadas.

—¿Crees que serán buenas noticias? —pregunta.

—Es posible, ¿no? Erea y Sulegi han ganado esta batalla. Arlan mencionó que Numa nos apoyaría si todos íbamos a la guerra contra los Leones. Creo que es el momento.

Kirian asiente, pensativo, y no pregunta cuando me inclino sobre él, desenfundo una de las dagas que lleva en el muslo y la uso para rasgar la almohada por uno de los laterales.

Dejo la daga en el colchón, hundo los dedos en la almohada y cuando dan con algo frío el corazón empieza a latirme con fuerza.

Tiro con suavidad y descubro una cadena muy fina, de la que pende un eguzkilore.

Fue el primer regalo de Kirian después de que las brujas de Líobe intentaran matarme. Como Lira, debería haberme desecho de él, pero no tuve valor. Lo llevé hasta que me obligaron a vestir de novia para casarme con Eris.

Los ojos de Kirian se abren por la sorpresa mientras ve la pieza que se balancea entre mis dedos.

—Lo escondiste.

—Pensaba que tendría tiempo de volver a buscarlo —susurro y abro el cierre para ponérmelo.

En cuanto el acero de luna cae sobre mi piel, sin embargo, una punzada de dolor me atraviesa el pecho y el instinto reacciona antes de que yo sea consciente de lo que ocurre. Lo agarro y lo aparto de mí, arrojándolo sobre la cama.

Para entonces, Kirian ya se ha puesto de pie, con una mano sobre la empuñadura de la espada, listo para defenderme de cualquier peligro.

Los dos miramos el colgante sobre las sábanas.

—¿Qué ha pasado?

—Me ha… quemado —murmuro, y bajo la vista para descubrir la marca del eguzkilore contra mi piel.

Él lo recoge con cuidado y lo observa detenidamente. A Kirian, sin embargo, no le quema. Me acerco un paso mientras él lo mantiene frente a mí y acerco con cuidado un dedo.

El simple contacto hace que lo aparte, dejando escapar un siseo.

Kirian se tensa cuando lo comprende. Yo inspiro con fuerza.

Veo cómo me mira, cómo dirige los ojos a la quemadura que ahora marca mi piel, y le veo buscar las palabras, barajarlas y preguntarse si se atreve a pronunciarlas en voz alta. Por eso me adelanto.

—Cuando lo llevaba mi magia dormía. Ahora todo ha cambiado.

Kirian asiente, aceptando esa verdad tambaleante que le ofrezco. Ni siquiera yo sé si me convence esa excusa. Ya había magia en mí cuando lo llevaba, la misma que usaba para estar transformada en Lira. También lo llevé al ser yo misma, con este cuerpo y apariencia. Mi magia no ha cambiado… o no lo había hecho hasta esta madrugada.

Aprieto los labios.

—Tendrás que guardármelo tú —murmuro, e intento esbozar una sonrisa tranquilizadora—. Voy a ayudar a Eva.

Kirian vuelve a decir que sí y se lleva el colgante al bolsillo mientras se inclina para depositar un beso en mi mejilla.

—Luego sigo explicándote cómo de agradecido estoy —susurra, en mi oído, y un estremecimiento muy dulce me recorre entera hasta los dedos de los pies.

Eva espera en la sala de estar.

Se ha sentado en un sillón con las piernas en alto, las botas manchadas de tierra y suciedad cruzadas una sobre la otra, y el vestido sobre ella cubriéndola casi por completo.

No me he puesto nada por encima porque pienso que es más fácil si soy yo la que hace esto. Le hago un gesto a Eva.

—Vamos. Ayúdame.

Eva sigue con la mirada a Kirian, que sale un segundo después del dormitorio para enfilar el pasillo hasta la puerta de la entrada.

Incluso cuando se marcha, no se levanta.

—Creía que teníamos prisa —siseo.

Eva me mira fijamente. Ya no hay diversión en su mirada.

—¿Qué has hecho, Odette?

Arroja el vestido el suelo cuando se pone en pie, sin miramientos, y me sostiene la mirada con intensidad.

Alzo el mentón.

—Lo que tenía que hacer para salvarlo.

—¿Y qué tenías que hacer? —inquiere, con una nota tirante.

El silencio se extiende entre las dos, transita de una a otra hasta que se hace denso y pesado y yo no lo soporto más. Voy hasta el vestido, me agacho y lo recojo para meterme en él.

—Odette —murmura Eva, seria—. Estaba muerto. Sus pulmones dejaron de respirar, su corazón dejó de latir… Vi su cuerpo cuando Nírida llamó a los médicos para que le aseguraran que no había nada que hacer.

—Sí había algo que hacer —respondo.

Entrecierra los ojos.

—Es evidente. —Eva me ve ignorarla, guardar silencio mientras me acomodo la tela del vestido y me giro, esperando a que me ayude a atármelo. Sus dedos pegan un tirón a los cordeles que con tanta suavidad ha desatado antes Kirian—. ¿No vas a contármelo?

Hay crítica en su voz, pero también algo más; algo que antes me habría sorprendido escuchar en ella. Siempre había sido mi rival, la chica a la que tenía que quitarle el honor y la gloria. Mi vida dependía de que ella fracasara.

Me giro a pesar de que es evidente que no ha terminado de atar el vestido.

—No sé cómo lo hice. Solo sé que había un precio a pagar y yo estaba dispuesta.

—¿Qué precio? —pregunta, recelosa.

Respondo con una sonrisa.

Ella suspira. Su rostro, sin embargo, se tensa nuevamente.

—¿Crees que yo podría…? —No termina de hablar, se atraganta con las palabras, con la posibilidad.

Está pensando en Amita, en ese otro Cuervo que le obligaron a matar sin que supiera que, tras el disfraz, estaba el amor de su vida.

—No. Lo siento —respondo—. El alma de Kirian aún no había cruzado al otro lado.

Y Amita lleva meses muerta.

Esa verdad flota entre las dos sin que ninguna tenga que decir nada. Eva cierra los ojos un instante; ojos llenos de una pena profunda, inabarcable. Cuando los vuelve a abrir el desafío de siempre arde en ellos.

—Espero que haya merecido la pena, pajarillo —murmura, de nuevo entera, y me obliga a girar para seguir atando mi vestido.

Arlan espera en una de las salitas de recreo. Es muy parecida a aquel cuarto de lectura en la que estuve a punto de traspasar las líneas que me había impuesto a mí misma con Kirian. Aquel día me llevó al límite, me empujó y me dijo lo que tanto había deseado escuchar sin ser siquiera consciente: que era diferente y que por mí estaría dispuesto a esperar toda la vida.

Nunca sabré si habría llegado hasta el final, porque Kirian me detuvo antes de que hiciéramos algo de lo que después me habría arrepentido eternamente.

Todo ha cambiado mucho desde entonces.

Arlan se pone en pie en cuanto me escucha. Necesita un par de segundos, porque al primer intento se tambalea y noto una venda por encima del cuero de sus pantalones. También hay sangre en su costado, en su hombro derecho y en su sien.

—Arlan —murmuro—. ¿Te encuentras bien?

—Estoy bien —responde con entereza, y saca un sobre arrugado del bolsillo—. Lo envía Devin, rey de Numa.

—Siéntate, por favor —le pido, cuando advierto el temblor de su mano—. ¿Cómo no has ido a ver ya a un médico?

—Iré luego —gruñe—. Al acabar.

—¿Al acabar qué? —inquiero.

Arlan me mira con desconfianza. Tal vez me haya dejado llevar demasiado. Inspiro con fuerza, endurezco un poco el gesto e ignoro que está sangrando delante de mí.

Tal vez a la verdadera Lira no le habría preocupado tanto.

—¿Has leído la carta?

Arlan sacude la cabeza y me tiende el sobre. Hay marcas de sangre en el papel.

—No la he leído, pero sé lo que te va a pedir.

Aguardo, expectante, pero él no suelta prenda, así que rasgo el sobre con rapidez, saco de allí la nota y leo.

Es escueta, apenas unas líneas poco formales, sin las florituras y las ambigüedades a las que acostumbraría un rey que ha de tratar algo tan sumamente crucial.

Cuando acabo, alzo hacia él la cabeza.

—Quiere que nos reunamos en Ilun. Vamos a convencer a su rey de que toda Tierra de Lobos vaya a la guerra.