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Kirian

Me río un poco, pero me asalta la tos y tengo que detenerme.

—¿Qué dices?

—No bromeo —susurra—. No lo haría con algo así.

La miro, consternado, y algo en sus ojos me dice que no está mintiendo. No lo parece, pero… No. Es imposible.

—Explícate.

Nírida traga saliva. Veo subir y bajar su garganta mientras busca las palabras.

—Moriste en aquellos túneles, te perdimos.

Creísteis que me habíais perdido —matizo.

Ella sacude lentamente la cabeza.

—No, Kirian. No lo creímos: tu corazón dejó de latir, la magia de Odette no pudo cerrar tus heridas, no llegó a tiempo. Yo la aparté de tu cuerpo sin vida. Yo di la orden de que te trajeran aquí, al salón del trono, para honrarte.

Recuerdo el rostro sin color de Odette, su mano sin fuerza sobre mi pecho y esa mirada perdida en mi espalda. Cuando Erio me habló me di cuenta de que era a él a quien ella miraba.

Erio, la misma Muerte, estaba haciendo una apuesta y tanteaba cuál de los dos quería jugar contra él: ¿Odette o yo?

Los dos. Los dos estábamos dispuestos a morir por el otro. Odette estaba usando demasiada magia para liberar a Erea y salvarme a mí… y yo le mentí. Le dije que ella podía proteger los túneles y hacer caer las murallas porque yo aguantaría mientras tanto.

Miro a mi alrededor.

Las monedas. Miro las monedas que lo cubren todo.

Un escalofrío desciende por mi columna vertebral.

—Pero… ¿Cómo?

—Te estábamos llorando. Tus hermanas, tus soldados… Te lloramos y entonces ella atravesó esos cristales, profanó las ofrendas a Erio, robó esas monedas y se perdió en el bosque. Unos minutos después surgió de la oscuridad, volvió aquí dentro y… te trajo de regreso.

Siento el corazón latiendo con una fuerza abrumadora; latidos fuertes, acompasados, que parecen decir:

Tú lo sabes, lo sabes, sabes que es verdad…

—No es posible —murmuro.

—Kirian, Odette te ha traído de vuelta de entre los muertos —dice entonces, seria, grave—. No sé cómo, pero lo ha hecho. Tú mismo eres la prueba.

Trago saliva.

—Por eso Aurora ha…

—Sí. Por eso ha preguntado si eras su hermano, y si te digo la verdad me alegra que te haya obligado a responder, porque a mí todavía me cuesta creer que seas tú.

—Soy yo —murmuro, incapaz de decir nada más.

Nírida se muerde los labios.

—Es un milagro —susurra, pero no parece muy convencida.

O una atrocidad, completo yo. Ella debe de estar pensando lo mismo.

—Entonces… ¿estás bien? —tantea.

—Como nuevo.

Ella esboza una sonrisa un poco forzada.

Y caigo en la cuenta de algo.

Eris.

—¿Qué ha ocurrido con el cadáver del Cuervo que se hacía pasar por el heredero?

Fue él quien me mató. Todo este tiempo desde que decapité al heredero real los Cuervos debían de haber hecho creer a los Leones que Eris seguía con vida.

Nírida se frota los ojos.

—Intentamos ocultarlo, pero igual que muchos te han visto a ti… los hombres saben que hoy Eris estaba en los túneles y que tú lo has matado otra vez. —Suspira con pesadez—. He escuchado cómo algunos lo llamaban espíritu.

—Mejor eso que la verdad —opino.

Nírida asiente.

—¿Te ves capaz de ayudarme? Hay mucho trabajo que hacer y tenemos una coronación que organizar.

Bajo las piernas del altar improvisado, tirando al suelo varias de las monedas.

Por todas las criaturas oscuras. Ahora que sé lo que son, por quién pagaban a Erio, me parece aún más macabro.

—Claro. Me he perdido el final de los Leones. No pienso perderme el comienzo de los Lobos.

Esta vez, cuando Nírida sonríe, siento el gesto más cálido, suave, tierno. Algo se ablanda en esa expresión, algo que hace que sus labios tiemblen un poco antes de abrazarme; de forma breve y apenas insinuada, muy contenida pero real.

Luego, nos ponemos en marcha.

La noche es larga, aunque liberar la ciudad no es difícil. No queda resistencia, pues casi la totalidad de los erenitas apoyaban a los Lobos. Sin embargo, hay que sofocar los disturbios, contener las celebraciones que se desbocan, la euforia de quienes buscan venganza en los negocios de aquellos que se enriquecían a costa de los oprimidos…

Destinamos varios grupos de soldados a la ciudad. Otros encabezan las partidas de caza contra los hiru que se han visto atraídos por la magia. Las brujas saben controlarla, me lo explicó Odette, pero es inevitable que parte de esa energía escape de las barreras que ellas mismas erigen en medio de la guerra.

Algunos soldados más vigilan las fronteras y el resto ayudan a limpiar el destrozo: las murallas derruidas, la tierra partida por la mitad, los cadáveres en el campo de batalla…

Distingo con facilidad a quienes tan solo habían escuchado la noticia de la muerte de su capitán de los que habían visto mi cuerpo.

Muchos, la mayoría, no debían de estar en los túneles; tampoco tuvieron tiempo de acercarse a la sala del trono a presentarme sus respetos. Así que sus expresiones solo van de la incredulidad al alivio.

Otros saben la verdad.

O, al menos, una parte; porque ni siquiera yo la entiendo aún.

Ellos no se limitan a observar con curiosidad, a mirar mientras se preguntan por qué circula un rumor tan funesto. Ellos se apartan de mi paso y murmuran una plegaria silenciosa a Mari.

Horas después, el final de la noche trae consigo el nuevo comienzo del que hablaba con Nírida.

Todos se reúnen en el salón del trono que horas antes había dado cobijo a mi propio velatorio.

No queda ni rastro de las monedas, y alguien ha recogido los cristales rotos que cubrían los suelos.

Nírida ha escogido con cuidado el lugar; lo ha hecho porque aquí empezó todo. Aquí corté la cabeza del heredero de los Leones, de Eris. Aquí di inicio a la revolución cuando no tuve otra opción, cuando iban a ejecutar a mi comandante y amiga, y a condenar a… Odette.

Tal vez unos meses más nos habrían dado ventaja: ya habríamos tenido movilizado al ejército y habríamos logrado evacuar a algunos Lobos erenitas, pero Eris no me dio otra opción.

Advierto los murmullos cuando me abro paso entre la gente, hasta llegar a los capitanes, hasta Nírida, que aguardan en primera línea. También están aquí las brujas y la Hija de Mari, la reina madre de los aquelarres de Sulegi: Camille. Se deja caer con cuidado sobre el cuerpo de Ilhan, su pareja, y este la recoge con la misma sutilidad, como si no quisiera que los demás fueran conscientes de su debilidad. Debe de estar agotada después de la batalla.

También está Elba. En cuanto me ve aparecer me dedica una larga mirada y, después, un largo asentimiento de cabeza.

Él también debía haber oído algo sobre mi muerte.

Recuento en silencio los rostros conocidos de los capitanes y sus tenientes, y advierto que faltan algunos. Podrían estar en otro lugar, sanando sus heridas con las brujas o ayudando con el traspaso de poder; pero soy muy consciente de que a algunos no los volveré a ver nunca. El ambiente, en general, es solemne. Una tristeza fría, apagada, late bajo la emoción de la victoria. Esta ha exigido un alto coste.

Nírida me ve entre sus capitanes y se abre paso hasta llegar a mi lado. Un segundo después, una de las sorginak alza las manos y, entonces, las luces se atenúan provocando un murmullo entre quienes aguardamos.

Las voces crecen a nuestra espalda y todos nos giramos para ver cómo se forma un pasillo entre los soldados y las brujas. Se hacen a un lado como en una coreografía aprendida y Odette, que lleva el disfraz de Lira, entra en el salón del trono.

Un resplandor la acompaña mientras camina y parece que brille en la suave oscuridad que han creado las sorginak.

Los soldados ven en esos rasgos afilados, en los pómulos orgullosos y el mentón alzado a la Reina de Reyes.

Las brujas que sonríen, que saben la verdad, también deben de estar viendo a una reina. Odette le dedica una mirada a una de ellas: Kaia.

Fue ella la primera que le habló de sus orígenes, también a Eva, cuando la conocimos como embajadora entre brujas y humanos en la corte de Sulegi.

Esta le devuelve la sonrisa a Odette y después se inclina en una reverencia de reconocimiento.

Sigue avanzando y lo hace despacio, permitiendo que todos la admiren, tal y como habría hecho la verdadera Lira. Aunque ella, me digo, jamás habría llegado tan lejos; jamás se habría atrevido a desafiar a los Leones, por muy despiadados que fueran. Jamás se habría arriesgado por su pueblo ni habría puesto en peligro la plácida comodidad en la que se había instalado.

Odette, en cambio…

Ha elegido un vestido rojo, con un escote en v pronunciado, donde un delicado brocado parece adherirse a la pálida piel de su pecho. Las mangas, largas y suntuosas, caen como seda traslúcida desde sus hombros y la tela de la falda se pega a sus caderas hasta abrirse a la altura de las rodillas.

Es un vestido digno de una reina, porque ella siempre ha sabido elegirlos bien. Quizá mejor de lo que sabía la propia Lira.

Mientras avanza, me doy cuenta de que va a pasar por mi lado y una sola mirada basta para que sepa ver, al fondo de esos ojos que una vez conocí, a la verdadera reina.

Le doy la mano y ella la toma para dejarse ayudar a subir los últimos escalones al trono. No voy a quedarme, voy a bajar cuando es ella misma la que me hace un gesto, un simple movimiento de cabeza, y yo entiendo.

Así que me pongo detrás del trono, como una vez hizo mi madre con los padres de Lira.

Me sitúo ahí y siento las miradas de todos puestas en mí, en nosotros; pero nadie juzga. Solo aguardan.

Nírida sube entonces los escalones, se inclina ante Odette y se vuelve a una esquina. Las luces, que continúan atenuadas allí abajo, han regresado aquí arriba. Un resplandor dorado arranca destellos al cabello rubio de la comandante, a los brocados del vestido de Odette y a la corona que alguien le entrega a Nírida. Detrás de nosotros, en el bosque, comienza a amanecer.

Contengo el aliento.

Todos lo hacemos.

Sin embargo, Nírida no coloca enseguida la corona. Se queda allí, aguardando, hasta que Odette se adelanta un paso y los mira, como si paseando la mirada lentamente pudiera abarcarlos a todos, como si pudiera dedicarle un segundo a cada uno.

—Lobos —empieza entonces—, Erea es vuestra.

La solemnidad se expande y estalla, algunos aplauden, otros aúllan con fuerza; pero todos saben volver a guardar silencio enseguida.

—Esta victoria, sin embargo, ha exigido esfuerzo: sacrificios que todos habéis hecho con honor en una guerra que aún no ha terminado. Queda mucho por hacer, aquí dentro y fuera, en los lugares que aún no son libres de los Leones.

Un abucheo hacia los Leones, unos gritos de conformidad que ella escucha y deja que se prolonguen unos instantes antes de continuar.

—El siguiente paso está claro: proteger lo que es nuestro, cuidar nuestra magia y a nuestra gente y, después, reconquistar la Tierra de Lobos por completo. Soldados, sorginak, gente de Erea… cuento con vosotros.

Todos aplauden, aúllan. Gritan el nombre de Lira sin saber que está muerta y que quien los ha llevado a la victoria es otra que no tiene nada que ver con ella: una asesina, una traidora a los suyos, una mentirosa y… una heroína.

Odette se gira un segundo y me mira en el instante en que Nírida da un paso más hacia ella, alza la corona dorada entre los dedos y la coloca en su cabeza cuando esta se agacha.

Vuelve a erguirse con la corona, con el poder y la autoridad, en un mar de aplausos, de gritos y vítores de quienes estallan por la emoción y las lágrimas, mientras el amanecer la baña en tonos dorados.

La celebración se prolonga mucho después de que haya salido por completo el sol.

Pero yo no me quedo hasta el final.

Odette tampoco.

La sigo cuando abandona el salón del trono abarrotado, los pasillos en los que se sigue festejando y también cuando se tiene que detener frente a quienes desean presentarle sus respetos y jurarle lealtad.

La sigo hasta que toma las escaleras que llevan al ala de los dormitorios y deja atrás las puertas tras las que debería quedarse ahora que los duques no están: los aposentos que pertenecieron a los reyes de Erea.

En lugar de ello la veo entrar en la habitación que le cedieron cuando estuvimos aquí, cuando la acompañé a Erea para que buscáramos juntos una forma de hacer frente a la maldición de Tartalo y empezó todo esto.

Parece que ha pasado una eternidad desde entonces, y ni siquiera ha transcurrido un año.

Me acerco a la puerta y me doy cuenta de que Odette debe de haberme oído, porque la encuentro abierta.

La cierro tras pasar dentro y voy hasta el dormitorio. Cuando la veo, me quedo quieto.

Odette me espera junto a las ventanas.

No se ha quitado el vestido rojo, que se pega a sus curvas de manera generosa. No puedo evitar mirarla, mirarla de verdad, recorriendo la forma en la que la tela abraza su pecho, su cintura, su cadera… Contengo el aliento cuando nuestras miradas se encuentran: los ojos verdes que creía que no volvería a ver nunca, las pestañas largas y hermosas, las cejas alargadas, la nariz pequeña sobre la que hay una constelación de pecas, los labios que adoro.

El pelo le cae ahora en suaves ondas que se curvan sobre sus hombros y espalda.

Tampoco se ha quitado la corona.

—Mi reina —la saludo.

—Mi capitán —responde.

Y entonces voy hasta ella.