Lo siento como un espacio vacío, a oscuras, que es colmado poco a poco. Regresa el tacto suave de la piel cálida sobre mis dedos, el aroma conocido a lilas, mezclado un poco con tierra y humedad, el regusto a sangre en el paladar y algo más.
Siento el sabor de sus labios contra los míos, la calidez de su boca. Escucho los latidos acelerados de su corazón como si fuera el mío propio, muy dentro de mi pecho.
Cuando le aprieto la mano consigo justo lo contrario a lo que deseo, porque en lugar de prolongar ese beso que es vida y es luz, Odette se aparta.
En ese instante abro los ojos y regresan también los colores. El color hermoso del atardecer, contenido en un cabello que cae a ambos lados de un rostro, su rostro.
Advierto algo oscuro en sus mejillas, zarcillos hechos de noche y estrellas que se retuercen alrededor de sus ojos, sus pómulos, su mandíbula… hasta que retroceden y desaparecen en el cuello, bajo la tela de la camisa y se quedan en sus brazos, con la forma de dos brazaletes.
Una alucinación, imagino, producto del sueño. Un pequeño fragmento persistente de pesadilla.
Luego, respiro.
Lo siento como una bocanada que me llena los pulmones por primera vez y me sorprende no sentir dolor, no sentir nada en absoluto: ni una pequeña molestia, ni una tirantez… nada de resistencia cuando inspiro y vuelvo a dejar escapar el aire.
Y Odette, con esos ojos verdes que contienen toda la magia de los bosques de Erea, me mira como si fuera un milagro, me mira como debo mirarla yo a ella.
Casi espero que regrese el dolor, la punzada que me advierta de que esto está a punto de acabar, la voz sin voz que me amenace con regresar a por mí… Pero nada de eso ocurre.
Me incorporo para estar frente a ella, para tomar ese rostro hermoso entre mis manos y volver a besarla, y me doy cuenta de que ya no estamos bajo los túneles.
Veo los suelos de mármol, los techos altos y el trono, veo el lugar en el que antes había un gran ventanal y al otro lado los jardines. Veo a Aurora, que está lívida como si hubiera visto un fantasma y a Edith, en cuyo rostro se adivina un terror que no vi ni siquiera cuando le quitaron la vida a Tristán ante nuestros ojos. Descubro a Nírida, que ha dejado caer su espada al suelo y me contempla como si estuviera a punto de perder el sentido.
—Odette… —murmuro, con voz ronca.
Estoy a punto de decir algo más, de preguntar, pero no llego a hacerlo, porque ella deja escapar una exclamación ahogada, como si llevara una eternidad sin tomar aire y, entonces, se inclina hacia mí.
Toma mi rostro entre las manos y siento su aliento en los labios un segundo antes de cerrar los ojos y notar su boca contra la mía.
Hay dolor en el beso. Hay miedo. Pero también alberga algo más, complicado y hermoso, que palpita en cada respiración. Y cuando logro recuperarme de la sorpresa y se lo devuelvo, cuando mi lengua pide permiso y sus labios me lo conceden, siento algo cálido rodando por mis mejillas.
No me doy cuenta de que las lágrimas no son mías hasta que no siento un leve temblor contra mi pecho, en su cuerpo. Apoyo una mano en su espalda y siento en el centro de la palma los latidos acelerados de su corazón.
El beso sabe a sal y a sangre, pero también sabe a ella. Bebo de él, sediento, buscándola con las manos, acariciando sus húmedas mejillas, enredando los dedos en su pelo…
Cuando se aparta tiene los pómulos sonrojados, los ojos húmedos y los labios enrojecidos. Toma mi rostro entre las manos y contra mi boca murmura:
—Bienvenido a casa, Kirian.
Odette me mira de una forma complicada. Le brillan los ojos, de un verde especial a la luz de los cirios, un verde que contiene magia y canciones.
Vuelvo a mirar a mi alrededor, a Nírida, a mis hermanas… a los soldados que me observan con una expresión que baila entre la conmoción y el horror. Estamos en el salón del trono, pero…
—Los túneles —digo. Me noto la voz raspada, ronca, como si llevara una eternidad sin usarla—. ¿Qué ha pasado? ¿Los soldados pudieron atravesar la muralla? ¿Los Lobos? ¿Hemos…?
Nírida no responde. También ella me mira de esa forma que no augura buenas noticias.
Odette, en cambio, esboza una sonrisa.
—Lo logramos —me dice, recuperando mi atención—. Lo hemos conseguido. Las murallas cayeron, los Lobos reconquistaron Erea. Son libres, Kirian.
Un peso que no sabía que aún cargaba se afloja en mis hombros, en mi pecho… en cada fibra de mi ser.
Libres.
Los Lobos de Erea libres de nuevo.
—Gracias a ti —le digo, y busco su mano, esa que ha liberado mi hogar.
Entrelazo mis dedos con los suyos y, al hacerlo, me doy cuenta de que le tiemblan un poco. Aprieto más fuerte y me los llevo a los labios para besarlos.
—Me parece que los ejércitos de Sulegi y los rebeldes comandados por Nírida, los soldados de Numa capitaneados por Arlan, las brujas y las Hijas de Mari tendrían algo que decir.
Me río un poco y, de nuevo, esa risa me raspa la garganta.
Creía que no lo conseguiría. Estaba convencido de que Erio me llevaría en esos túneles. Sabía que los Leones caerían en Erea, pero pensaba que nuestra única oportunidad pasaba por mi muerte.
Me equivocaba.
Pero no se lo digo. No le digo que no confié en ella, en su fuerza.
—Ca… capitán…
Me giro hacia uno de mis hombres, uno que aguarda en una esquina, estirado como un junco. Otro soldado lo agarra de la pechera, como si hubiera estado intentando contenerlo y evitar que hablara, aunque no parece haberlo logrado. Varios hombres más me observan con la misma mueca consternada, atravesada por la angustia.
—Fuera —ladra entonces Nírida, que parece haber recobrado el aplomo. Se agacha para recoger la espada que ha dejado caer y mientras lo hace me doy cuenta de que nunca había visto que hiciera tal cosa—. Fuera de aquí todo el mundo. Ya.
Los soldados no esperan una segunda orden. La sala del trono se vacía; todos la dejan en silencio, con una solemnidad que no concuerda demasiado con el ambiente de celebración que debería haber.
Me muevo un poco y, entonces, un sonido tintineante me hace bajar los ojos hasta el lugar en el que estaba tumbado, cubierto de monedas que han rodado al suelo.
Frunzo el ceño.
Voy a decir algo cuando Aurora se acerca a nosotros y se planta frente a mí con un gesto grave.
—¿Eres mi hermano?
Parpadeo.
—¿Qué?
—Aurora —la regaña Edith, que continúa con esa expresión tensa y las mejillas húmedas.
—¿Qué ocurre? —pregunto entonces: a Nírida, a mis hermanas, a Odette.
Ha debido de ocurrir algo muy malo si nadie celebra la victoria, si todas me observan así.
—Responde, por favor —me suplica Aurora, un poco más suave.
No entiendo qué pretende con esa pregunta extraña. No sé qué espera escuchar, pero lo hago igualmente porque es mi hermana y la forma en la que me mira…
—Sí, soy tu hermano.
Aurora ahoga una exclamación y, entonces, se arroja a mis brazos. Me río un poco, impresionado, y me sorprende comprobar que no siento dolor. Nada. No queda ni rastro de la agonía lacerante que me hizo creer que moriría.
—Aurora… —murmuro, sorprendido.
—Está bien —dice entonces Nírida, acercándose a nosotros—. Tenemos trabajo que hacer. Edith.
Solo pronuncia su nombre, pero la mayor de mis hermanas asiente y, como si contuviera el aliento, se acerca hasta agarrar a Aurora del brazo y obligarla a soltarme. Da varios pasos atrás, sin dejar de mirarme.
—Odette, no me gusta pedirte esto, pero… deberías prepararte.
Ella asiente levemente.
Necesitamos que la Reina de Reyes dé un discurso, se ponga una corona y se siente en el trono de Erea, el que habría heredado Lira si los Leones no hubieran masacrado a toda su familia.
Odette me dedica una sonrisa antes de desaparecer.
—Te veré enseguida.
Asiento y miro a mi comandante.
—¿No hay trabajo para mí?
Ella me contempla con intensidad, las cejas contraídas, el gris pálido de sus ojos emborronado por una fina película de lágrimas. De pronto, alza la cabeza y mira a nuestra espalda, al vacío que antes era una hermosa cristalera que daba a los jardines.
—¡Largo de aquí! —ordena, con autoridad, y los curiosos que merodeaban se dispersan enseguida.
Me froto un poco la nuca y, al alzar la mano, varias monedas más vuelven a caer al suelo. Las sigo con la mirada, preocupado.
—Si todos estabais así… ha debido de ser difícil. Siento no haber estado al final.
Nírida abre la boca para decir algo, pero no es capaz, y son pocas las veces que se queda sin palabras.
Me llevo la mano al pecho y, al hacerlo, noto los bordes reventados de la armadura de cuero, en el lugar en el que la espada del falso Eris, ese Cuervo que lo había suplantado, ha estado a punto de arrebatarme la vida.
Me esfuerzo por sonreírle un poco.
—Ha estado cerca, ¿eh?
Nírida me mira entonces como si hubiera regresado de un trance.
—¿Cerca? —inquiere, en un susurro áspero—. Kirian, has estado horas muerto.