También para ella pretenden que haya un castigo, como lo hubo para Mari, como lo hubo para mí.
Esta vez yo no lo permito.
Odette desata una fuerza dormida e indómita que quizá no sea capaz de convocar nunca más y lo que la convierte en persona, lo que la hace diferente y especial, ese pedazo de ser al que a veces los humanos llaman «alma», o «arima», en el lenguaje de la magia, cruza el primer umbral hacia la morada de Mari, adonde yo jamás podré entrar, y se queda en el purgatorio.
La chica llega con el corazón roto. No ha pasado de repente; ha sido poco a poco. Primero hubo personas que hicieron que resistiera sin romperse completamente: parches en las grietas: Alex, Léon, Elián… Quizá su recuerdo y el calor de sus gestos lo mantuvieron entero en el pecho después, cuando ellos mismos se convirtieron en grieta.
Más tarde llegó algo diferente a todo lo demás, un tipo de parche que no se contentaba solo con mantener los pedazos unidos. Hubo más.
Y eso acaba ahora transformado también. Acaba haciendo jirones los pedazos recompuestos, acaba convirtiendo en sombra los fragmentos más brillantes.
La chica llega con el corazón roto y está dispuesta a todo para recomponerlo.
Camina en la oscuridad sin preguntarse dónde está ni a dónde se dirige. Sus pies se mueven solos por una determinación que nace del instinto, del deseo y del deber, hasta que me escucha llamarla.
—No está bien robar a los muertos, Odette.
No da un paso atrás. Quizás el dolor sea tan terrible como para no dejar espacio al miedo. O tal vez no lo tenga. Tal vez siempre ha sabido que conmigo no debía tenerlo.
Me mira con atención, casi con descaro, y a mí me gusta que lo haga, que me observe despacio y se permita buscar entre las sombras y la oscuridad de mis formas. Así que yo tomo una que conoce, una que le guste.
Y me aparezco ante ella como un lobo blanco.
Ella me arroja un puñado de monedas a los pies.
Arrogante, descarada, desesperada.
Estúpidamente valiente.
—Vengo a llevármelo —me dice—. Vengo a sacarlo de aquí.
No le tiembla la voz.
—El mortal al que llaman mi paladín no pertenece al purgatorio, ni pertenece a mi casa: pertenece a la morada de Mari. Se ha ganado ese honor.
—Pero no ha llegado todavía, ¿verdad? Aún no puede haber cruzado.
La chica es hermosa, como lo fue alguna vez su antepasada, mi hija. También es obstinada. También en ella ruge la furia de las tormentas sin control. Si miro atentamente casi podría encontrar un destello familiar en esos ojos salvajes que me recuerdan a Mari.
—No, no lo ha hecho.
—Entonces, volverá conmigo.
Sonrío y ni siquiera al ver mis fauces me teme.
—¿Es una orden, criatura?
—¿Obedecerás si digo que lo es? —contesta, insolente.
La oscuridad a su alrededor no la perturba. El silencio denso de la eternidad que ha hecho perder a otros la cabeza no le hace flaquear.
—¿Qué llevas en los bolsillos? —pregunto, aunque conozco la respuesta.
He visto cómo enfadaba a todos mis hermanos robando esas ofrendas, desafiando todas las normas, desatando ese poder por el que a Mari y a mí nos condenaron.
—El pago —me dice—. Para cruzar a por Kirian y para volver con él después.
Sonrío una vez más. La oscuridad se pliega a mi alrededor.
—Cruzar es barato —le digo.
Ella ya lo sabe. La advertencia le palpita en las sienes, en ese lugar que ignora porque el corazón le duele más.
Sabe que cruzar nunca es caro, pero volver… ah, nunca sabes cuánto he de pedir para que te deje regresar.
Y a ella le da igual.
Se vacía los bolsillos. Deposita todas las monedas a mis pies e implora:
—Por favor.
Sigue habiendo, incluso en la súplica, una soberbia difícil de ocultar, una determinación ciega que nace del dolor, la nobleza y el coraje. Y quizá, muy en el fondo, sea un remanente de mí. Una parte que ha ido sobreviviendo generación tras generación hasta traerla aquí.
—Acompáñame.
Ella me sigue sin dudar.
Atravesamos bosque y oscuridad, el propio tejido del espacio y del tiempo, y la llevo al mismo salón del trono en el que, en el plano mortal, descansa el cuerpo de Kirian.
Aquí tampoco hay cristales, ella los ha roto en ambos planos. Así de fuerte es su poder, su agonía.
Todo se mantiene a oscuras, salvo ese altar en el que Kirian aguarda a que Erio lo lleve.
Aquí sí parece dormido; tumbado bocarriba, con las mejillas aún llenas de color y los labios que ama besar rojizos. Eso es lo que piensa Odette en cuanto lo ve, y por eso corre a despertarlo, pero yo le advierto:
—Perturbar a los muertos trae consecuencias impredecibles.
Ella se detiene. Hace de tripas corazón, encuentra fuerzas donde no le quedan.
Se queda inmóvil frente al cuerpo, aguardando, anhelando.
Entonces me mira, y en esos ojos verdes descubro lo mismo que veía en los ojos de mi primera hija cuando me pedía algo que yo siempre acababa concediéndole.
—El mortal es tuyo para llevártelo de vuelta si lo quieres.
—¿Cuál es el precio? —inquiere.
Sus manos aferradas al borde del altar, a un impulso de tocarlo.
—Tu nombre.
—¿Mi… nombre? —repite.
—No Odette, ese no me importa. Ese debes conservarlo. ¿Cómo te llaman los mortales? ¿Cómo te llaman las brujas?
Ella inspira con fuerza.
—Hija de Mari.
—Y sin embargo tú eres consciente de que aquello que te convierte en hija de la diosa te convierte también en hija de alguien más.
—Me convierte en hija tuya —responde, todavía sin temor.
—Solo te pido un nombre que lo reconozca.
—¿Por qué? —se atreve a preguntar.
Respondo con sinceridad:
—Porque añoro la voz de mi primera hija cuando ella me llamaba.
Odette, que ha cruzado el umbral; Odette, que ha desafiado a los dioses, a la muerte y a la vida; Odette que ha vuelto a enfadar a quienes enfadamos Mari y yo en su día, me mira y murmura sin nada que meditar:
—Soy Hija de Gaueko.
Sonrío.
—Deberás marcharte hacia atrás —le advierto, y ella no lo cuestiona.
Mi oscuridad la lleva fuera del bosque.
Aún se arremolina alrededor de sus pies desnudos cuando atraviesa el umbral. La lleva pegada a la piel, a los huesos y a las ideas… La lleva consigo a través del jardín en el que todos se detienen para mirarla mientras avanza hacia atrás, y aún la arrastra cuando cruza los cristales que ella ha roto, atraviesa la barrera que impedía que la comandante la siguiera fuera y vuelve adentro sin volverse aún, de espaldas, con las hermanas conmocionadas del capitán, con los soldados que a partir de ahora darán testimonio de lo que ha de hacer.
Todos observan. La comandante no sabe bien qué decir. Cree que ha sido una explosión de ira, de pena. Cree que ha recapacitado, que ha vuelto para llorar a Kirian en paz y pedir perdón por las monedas hurtadas.
Está preparada para buscar consuelo que ofrecerle donde no le queda nada más que dolor, pero no está lista para lo que ocurre después.
Odette, que ahora lleva pegados a la piel dos brazaletes negros trazados con la forma de bellas enredaderas y flores hermosas, se da la vuelta por fin y se detiene frente al altar. Solo entonces se inclina sobre el rostro sin vida de Kirian y deposita en sus labios un beso que rompe un poco a quienes lo ven.
Creen que se trata de una despedida.
Y quizá sea así. Quizá ambos se estén despidiendo de una versión de su historia que nunca estuvo destinada a ser.