No dejo de repetírmelo: cuando me levanto, cuando me presento en el hospital de campaña, cuando tomo la forma de Lira para pasear por la capital y hablar con los erenitas, cuando me acuesto por las noches con Kirian…
No dejo de repetírmelo desde que él me lo susurró un día enredados entre las sábanas, cuando advertí que empezaba a salir el sol.
«¿Qué importa?», me preguntó, en un ronroneo contra mi oreja.
«Es tarde», respondí yo, sin estar segura.
«Tenemos tiempo», aseguró él antes de robarme un beso profundo, de esos que desestabilizan la realidad, y desde entonces no dejo de decírmelo a mí misma.
La guerra ha de continuar, pero no todavía.
Primero hay que cuidar de nuestros heridos, reorganizar el ejército, ayudar al pueblo a sanar… Después partiremos a Ilun. Así lo acordamos con el rey de Numa.
Las brujas se marchan hoy.
Ya han atendido a los heridos más graves y ya nos han ofrecido suficiente ayuda.
Kaia se quedará por aquí. Parece que no hay reina madre en Erea. Los aquelarres siguen existiendo. Kirian y yo lo comprobamos en aquella aldea de Izartegi, pero no parece que haya una jerarquía como la que se mantiene en Sulegi y puede que las necesitemos pronto. Así que Kaia ayudará con eso.
Todas están ya listas para partir. Se amontonan junto a los muros del palacio que ayudaron a reconquistar. Eva y yo las observamos prepararse desde uno de los torreones.
—Acordaos de poner una barrera a la magia. Que los hiru no puedan olerla —nos dice Camille, que también contempla a las suyas desde lejos.
Lleva el cabello oscuro recogido en un bonito peinado que despeja su rostro y enseña un cuello elegante y alargado. Tiene las manos apoyadas en las almenas del torreón, la espalda recta y el mentón erguido.
—No os olvidéis de escuchar a vuestro vínculo —añade, y entonces se gira hacia mí—. No dejéis que la oscuridad os consuma.
Trago saliva y guardo silencio.
—Gracias —le dice Eva, que al parecer tiene más modales que yo.
—Sí. Gracias por todo, Camille. —Lo digo con sinceridad, pues fue ella quien nos acogió en la Ciudad de las Brujas y nos mostró por primera vez de lo que éramos capaces. —Sin vosotras estaríamos perdidas.
Ilhan espera en la puerta que lleva a las escaleras, demasiado lejos como para escucharnos, pero cerca; siempre preparado, siempre alerta.
—¿Lo estaríais? —repite—. Tened cuidado. Protegeos la una a la otra. Aún estáis solas. Aún necesitáis un aquelarre.
Eva también se tensa entonces. Tal vez, esté pensando en sus padres. Ella sí que tiene un aquelarre, sí que tiene gente que la espera y que la recibirá con los brazos abiertos cuando esté preparada.
—Estamos bien juntas —dice Eva, con una sonrisa cómplice.
—Tus padres te esperan cuanto esto termine —le recuerda y después se vuelve hacia mí. Sus manos, cálidas al tacto, toman las mías sin previo aviso—. Tu tía abuela me ha pedido que te diga lo orgullosos que estarían tus padres.
Inspiro con fuerza y evito hacer ningún gesto que me delate, nada que provoque un apretón de manos más fuerte, lástima o culpa en esa mirada.
—Amaris —murmuro.
Ella se quedó en Sulegi, como antigua reina madre, protegiendo a quienes permanecen allí.
—Y estoy segura de que Ingrid también te diría…
Alzo una mano para interrumpirla.
Yo también tengo a alguien: mi abuela Ingrid, la madre de mi padre. Ella, sin embargo, sigue en las montañas, porque no me conoce, porque no sabe quién soy y no tiene intención de descubrirlo.
Camille se detiene y esboza una sonrisa de disculpa.
—Te lo agradezco —le digo, con sinceridad—, pero no hace falta inventar mentiras. Soy más fuerte de lo que parece.
—Lo sé, niña —asiente—. Eres fuerte. Las dos lo sois. Y si antes de la guerra necesitáis algo de nosotras, yo…
—Yo sí necesito algo —la interrumpo. Camille se sorprende, pero esboza una sonrisa que parece decir «adelante»—. Necesito saber la verdad. Nos has mostrado lo poderosas que somos, lo poderosa que eres tú, Amaris, las otras Hijas de Mari… Y no dejo de pensar en el día que me arrebató a mis padres.
Camille inspira con fuerza.
Eva murmura:
—La matanza del Bosque de la Ira.
Digo que sí con un suave asentimiento.
—¿Cómo fue posible? ¿Es que no lucharon suficientes de las nuestras? Si somos tan poderosas, ¿cómo permitimos que los Leones nos hicieran tanto daño?
Perdieron y después huyeron. Dejaron que los Leones conquistaran territorio, quemaran a las suyas, prohibieran toda magia…
—Yo no estaba allí —contesta Camille, que debe volverse hacia las almenas—. Y crecí sabiendo que preguntar tenía un coste: las miradas perdidas, el vacío, el dolor… Las que vivieron aquella época de guerras prefieren no contarlo.
—Necesito saberlo —susurro—. Mis padres murieron allí.
Camille traga saliva, pero no me mira.
—Usaron algo que podía hacer frente a nuestra magia, algo sucio y viciado a lo que era imposible enfrentarse. Quienes alguna vez me han hablado de ello mencionan la tierra calcinada, las cenizas, los cadáveres ennegrecidos…
Tuvo que ser terrible. La batalla de Erea me ha mostrado lo que somos capaces de hacer… y a pesar de la destrucción y de la muerte que inevitablemente trae consigo cualquier guerra, me cuesta imaginar algo capaz de doblegar a tantas brujas.
—¿Qué? ¿Qué fue lo que usaron?
—No lo sé —reconoce y entonces me mira—. Yo también perdí a parte de mi familia en esa batalla y lo único que me han contado, lo que sé seguro, es que de no haber luchado habría sido peor.
—¿Peor? —interviene Eva.
—Habríamos perdido toda Tierra de Lobos. —Cierra los ojos un instante y cuando vuelve a abrirlos hay determinación en ellos—. Si algo nos ha enseñado esa experiencia es que no podemos confiarnos. Debemos estar alerta y agradecer a Mari que en esta batalla hayamos resultado vencedoras. —Esboza una sonrisa cálida que destierra parte de las sombras que ahora la sobrevuelan—. Serás una Hija de Mari poderosa, Odette. Las dos lo seréis.
Tuerzo un poco la expresión, porque tengo la sensación de que las palabras han sido elegidas con cuidado para obligarme a replicar.
Suelto las manos de la bruja con suavidad.
—Eva lo será —digo, con calma—. Yo, en cambio, soy Hija de Gaueko.
—Todas somos hijas de Mari y de Gaueko —me recuerda Camille, con paciencia, y una nota de preocupación vibra en su voz.
—Eso es cierto —coincido—. Así que me darás la razón cuando me llamo a mí misma Hija de Gaueko.
—No nos llamamos así. Somos hijas de ella, de la diosa, de la madre de todos los dioses…
—Y del padre de todas las criaturas oscuras —termino.
Camille me observa en silencio, barajando qué respuesta darme. Eva, a mi lado, se cruza de brazos sin aportar nada nuevo.
—El nombre importa —dice Camille.
—Lo sé.
Sus ojos descienden a mis hombros desnudos, a los brazos que lucen los trazos negros.
Luego, mira a Eva.
—Cuidaos —repite, cuando renuncia y comprende que no va a sacarme nada más.
Ya lo intentó Kaia, ya lo intentó ella misma después y sabe que no les daré lo que quieren.
Tal vez no pueda hacerlo.
Nos despedimos de Camille y la vemos marchar escoltada por Ilhan, que nos dice adiós con un asentimiento de cabeza. Poco después, se reúne con el resto de las sorginak de vuelta a su tierra.
—Has puesto nerviosa a mami —canturrea, con voz de falsete.
—No la llames así —la reprendo.
Eva sonríe, divertida por lo fácil que le resulta molestarme.
—Pero es cierto. La has puesto muy nerviosa. Igual que a Kaia, y que a todas esas brujas que saben que has traído a alguien del otro lado.
—Creo que no puedo darles lo que quieren para que estén tranquilas.
—¿Información? —sugiere.
—No la tengo.
—Pero sí sabes que ya no eres una Hija de Mari —pronuncia, despacio.
—Sí, eso lo sé.
—¿Y no sabes lo que significa?
—No —confieso.
Eva asiente, todavía con los brazos cruzados bajo el pecho. Las sorginak han emprendido la marcha. Desaparecen entre los árboles, camino del bosque.
—¿Y ahora? —pregunta.
—Ahora tenemos una celebración que preparar —respondo.
Eva arquea una ceja, pero no protesta. No lo ha hecho desde que empezaron los festejos: por el verano, por la victoria, por la magia que late de nuevo…
Ambas bajamos juntas de aquí y ayudamos con los preparativos.
El sitio los ha dejado agotados. La ciudad, cuando la vi aquellos primeros días, no tenía mucho que ver con el lugar que conocí este invierno. Los puestos de los mercados habían desaparecido, y en su lugar las plazas se habían convertido en espacios donde castigar a las brujas y a los traidores.
Nírida tiene registros que no he querido consultar; informes donde alguien apuntó religiosamente cuántas personas mataban al día. Yo vi las plazas, los restos de las últimas piras, donde ya habían bajado a los cadáveres y no quedaban más que las cenizas. Pero no he tenido valor para preguntar por cifras.
He ayudado cuanto he podido: con la presencia consoladora de Lira, la Reina de Reyes que los ha liberado, y con mi magia.
Sin embargo, hay heridas que ni la reina prometida ni las Hijas de Mari pueden ayudar a cicatrizar. Esas necesitan tiempo, necesitan algo más que magia.
Esta noche el palacio se abre al público. Ya se han celebrado los ritos funerarios de quienes murieron en combate, pero hoy conmemoraremos la vida de todos los que murieron durante el mandato de los Leones.
Han sido dos décadas muy largas y algunos aún no han podido despedirse de sus seres queridos como se merecían.
Como Arlan.
Aunque el ala de los aposentos esté cerrada al público, toda la planta baja, así como los jardines y los paseos que colindan con el bosque, están abiertos. Hacia el atardecer comienzan a llegar con timidez, sin atreverse a traspasar los muros hasta que alguien del servicio los anima a entrar.
Muchos se quedan en los jardines, sin atreverse a visitar al interior. Los más valientes abren camino al resto al asomarse, recorrer los salones de baile y entretenerse en las salas de recreo.
Yo aguardo en uno de los balcones más amplios. Una música de violines muy suave escapa del interior de uno de los salones, pero no importa demasiado porque las voces de los visitantes y los gritos de los niños no dejan que se escuche bien.
Desde aquí veo el resto de las balaustradas, las ventanas abiertas y los que ya buscan un lugar desde el que contemplar el espectáculo.
Nírida se acerca a mí cuando las últimas luces desaparecen en una línea cobriza tras las copas de los árboles.
Está muy guapa con ese uniforme negro y esa capa igual de oscura ondeando sobre sus hombros. Su cabello dorado es una pincelada de color que hoy lleva prácticamente suelto. Una trenza lo recoge solo parcialmente y evita que caiga sobre sus ojos.
—Están felices —me dice, a modo de saludo.
—Debería transformarme en Lira y declarar que el palacio es ahora del pueblo.
Nírida me dedica una mirada de advertencia, pero la suaviza enseguida.
—Ahora la necesitan —me recuerda.
Suspiro.
—Supongo que sí.
—También te necesitan a ti —añade y me dedica una mirada—. ¿Cómo lo vas a hacer?
—Hoy, Eva será Lira —le explico—. Yo seré… simplemente yo.
—No es poco —opina.
Un cumplido, supongo.
Miro al frente. El sol desaparece lentamente, haciendo que las luces de los cirios brillen de forma más intensa en contraste, igual que las luces de la ciudad que se ven más allá del bosque. Pronto será la hora.
—Creo que no llegué a darte las gracias —murmura.
Me giro hacia ella. La brisa agita su cabello dorado.
Hubo un tiempo en el que Nírida me odió por ser Lira. Luego, cuando le confesé la verdad en aquella aldea bajo La Maldita creo que me odió por creerme caprichosa e irresponsable.
Por aquel entonces yo estaba absolutamente dañada. No sabía quién era ni quién quería ser, pero sí tenía claro que no quería interpretar nunca más el papel de Lira.
A ella le costó entenderlo, porque por encima de todo estaban los Lobos, Erea y la esperanza que le brindaba la Reina de Reyes.
Me parece que ahora las dos entendemos un poco mejor a la otra.
—¿Por destruir las murallas?
Sonríe un poco.
—Por ir al infierno a por mi mejor amigo.
Nírida no me ha preguntado por el precio ni una sola vez.
Yo también le devuelvo la sonrisa.
—No hay de qué. No ha supuesto una molestia —bromeo.
Apoya las manos en la balaustrada, aún sonriente, y se inclina un poco adelante cuando se da cuenta de que una pequeña comitiva acompaña a Lira hacia la plataforma que han improvisado en el jardín.
Kirian va con ella. Le da la mano para ayudarla a bajar de su montura, pero se queda atrás cuando avanza hasta el estrado y otros soldados la escoltan.
También él lleva capa a pesar del calor del verano y sus brazos desnudos asoman por debajo con el movimiento, mostrando unos músculos firmes y bien trabajados. El resto de su atuendo, como el de Nírida, es marcial; pero hay en él una solemnidad que no tiene la armadura con la que combate. El cuero es más fino, los detalles son más delicados. Él también se ha vestido de gala para honrar a los muertos.
Las dos observamos cómo Eva pronuncia un discurso que también podría haber pronunciado yo. Elige las palabras con cuidado, finge emoción cuando toca y los deja a todos con ganas de más.
Es entonces, cuando está terminando de hablar, cuando uno de los soldados da la señal y todos se preparan.
Las luces de los cirios brillan cuando se encienden y se prenden unos a otros en la oscuridad creciente.
Nírida saca un farol de papel, lo prepara y me lo ofrece.
—Yo voy a necesitar ambas manos para esto —murmuro.
Aunque quizá no sea cuestión de dirigir la magia con las manos. La cuestión es que necesitaré toda mi concentración. Ya he visto cómo lo hacía Camille, aquella vez en la que selló mi vínculo bihotz con Kirian y el vínculo de Eva con Nírida; pero no sé si yo seré capaz.
—Lo encenderé por las dos, entonces —murmura y, sin esperar más, vuelve a entrar para traer consigo un pequeño cirio con el que prender el farolillo.
La llama ondea bajo el aire y ella la resguarda con sus manos.
Allí abajo, Eva sigue con su discurso.
—Siempre me ganaba en clase de Dialéctica —susurro, preparándome para el final—. Le encantaba escucharse hablar.
Nírida se ríe, pero advierto preocupación al fondo de esos ojos grises.
—Sigo sin comprender del todo cómo la Orden pudo…
—¿Engañarnos? ¿Usarnos? ¿Lavarnos a todos el cerebro para estar dispuestos a dar gustosos la vida por ellos?
Nírida asiente. Traga saliva, pero no se atreve a decir nada.
—¿Por quién vamos a encender este farolillo? —murmura.
A nuestro alrededor, más personas han comenzado a salir al balcón. Algunos ya tienen los faroles preparados, otros se esfuerzan para estar listos a tiempo.
Miro abajo, a Eva, a Kirian, a esos soldados que han venido a llorar a sus compañeros. El bosque, allí atrás, es una pincelada verde en la oscuridad.
—Por la madre que nunca conocí —susurro—. Por el padre que nunca tendré.
Antes creía que los veía en sueños, que esa visión que me asaltaba a veces en la que una mujer de largo cabello pelirrojo y un hombre de pelo oscuro acunaban a un recién nacido era un fragmento de mis recuerdos; un regalo robado al tiempo y a la muerte.
Ahora sé que no eran ellos.
Un escalofrío desciende por mi columna cuando reparo en Kirian allí abajo.
Tres años. Ese es el tiempo que tenemos para hacer realidad esa visión o, de lo contrario, ambos moriremos.
Kirian así se lo prometió a las brujas de Líobe que me maldijeron. Teníamos más tiempo, pero luego lo acortó haciendo un segundo trato con Elie, la nieta de la bruja original con la que lo selló. Quería saber cómo deshacerse del brazalete de Tartalo que yo aún llevaba. No funcionó y ahora tiene tres años para engendrar un niño con una bruja.
Conmigo, si hago caso de esa visión.
Erio siempre me la había mostrado como un futuro que se desvanecía cuando había estado a punto de morir. Yo no entendía por qué, hasta que Kirian me confesó la verdad sobre el trato con las brujas.
Ahora sé que ese sueño canta un posible futuro… con Kirian, con un niño.
Sacudo la cabeza e intento no pensar en ello.
—¿Por quién lo enciendes tú? —quiero saber, y me siento un poco mal al comprender que en parte hago esta pregunta para dejar de pensar en ese trato que pende sobre nosotros como una espada afilada.
—También por mi padre —decide, sin pensarlo mucho—. Y por mi hermana.
Trago saliva. Nunca se lo había preguntado.
—Lo siento.
Nírida asiente.
—Hoy los honraremos.
—¿Fueron los Leones?
—Lucharon por los Lobos cuando mataron a los padres de Lira. Yo era demasiado pequeña y mi madre, cuando ocurrió, fue lo suficientemente lista para suplicar perdón y rogar por la vida de ambas. Vi cómo se arrodillaba ante los hombres que le habían arrebatado a su esposo y a su hija y me enseñó que algunas batallas han de ganarse luchando otro día.
—¿Los echas de menos? —pregunto.
Quizá suene estúpido. Quizá piense que no sé qué decir, pero es una pregunta genuina. Me cuesta entenderlo, porque cuando yo pienso en mis padres solo siento un vacío: denso, terrible y viscoso. Se me pega a los huesos como una sensación parásita, para la que siento que no tengo derecho.
—Todos los días —responde y cierra los ojos unos instantes—. He tenido noticias de Ciria. Mis espías dicen que esta vez la noticia de la muerte del heredero sí ha llegado a la reina Morgana y al rey Aaron.
—Por fin —murmuro—. ¿Cambia algo esa muerte?
Sus manos continúan haciendo de pantalla frente a la llama.
—Aaron y Morgana seguirán gobernando. Si él muere, el siguiente en la línea de sucesión es uno de sus sobrinos: Lance. Mis espías dicen que ha dejado su casa en Tana para mudarse a Ciria.
—Quiere estar cerca de la corona.
Nírida asiente, y yo no digo nada más. Tampoco hay tiempo.
El discurso llega a su fin, la emoción trasciende sus palabras y ambas asistimos a los rostros conmovidos, a las miradas brillantes, a las manos temblorosas que sujetan las luces de la esperanza…
Entonces, Eva alza los brazos hacia el cielo y yo alzo los míos también como en un espejo.
Los faroles se sueltan de las manos de sus dueños al tiempo que decenas de luces nacen de la nada.
Al principio no se dan cuenta. Después, las exclamaciones ahogadas se superponen. Un niño se echa a un lado cuando una de esas luces brillantes pasa junto a él, y se maravilla cuando se da cuenta de que no queman, ni duelen ni hacen daño.
También es un niño el primero que levanta una mano para tocar una de esas luces mágicas, que parpadea, se tambalea como si tuviera vida propia y sigue ascendiendo al cielo con el resto de farolillos.
Las luces que lanzan se entrelazan con las que yo creo, y pronto el cielo se llena de todas ellas: puntos brillantes en la reciente oscuridad, almas que esta noche encontrarán el camino de regreso a casa.
No hay silencio, pero sí una solemnidad que se respira en las risas discretas, los murmullos emocionados y las exclamaciones contenidas.
Pienso en la noche que viví esto mismo en invierno, aquel día que Kirian confirmó que Lira estaba muerta.
Lo supo por mis ojos. Eso es lo que me dijo.
Esa noche me llevaron al bosque en Armira, a ese lugar desde el que el pueblo seguía demostrando fortaleza. Antes se hacía para alejar al mal, a las criaturas oscuras: luz frente a la oscuridad. Ese significado cambió con la llegada de los Leones. Igual que se apropiaron de la imagen de Gaueko e hicieron suya su fuerza, también las luces se convirtieron en un símbolo de resistencia: somos muchos y estamos aquí.
Aquel día durante la ceremonia de otsaila en el bosque las luces brillaban aún más y entonces me doy cuenta de algo.
Hoy también puedo hacer que brillen así.
Cierro las palmas de las manos y… apago la luz.
Desaparece el resplandor del interior del palacio.
Desaparecen las luces que llegan de la ciudad.
Quienes observan se dan cuenta y exclaman.
Desaparece entonces el brillo de las estrellas.
Y desaparece la luz de Ilargi.
A mi lado, también Nírida deja escapar una aspiración contenida.
La magia fluye a través de mí: luz que brilla con intensidad, junto a los faroles. Oscuridad que se hace más y más intensa.
Es sencillo, tanto que aprieto más, solo un poco, para descubrir hasta dónde puede perdurar ese contraste.
El resplandor de los propios faroles queda contenido en fragmentos, igual que el de las luces. Dejan de alumbrar a quienes los sostienen o a aquellos que acaban de lanzarlos. Simplemente se pierden en la oscuridad al tiempo que esta crece, y los jadeos se hacen más intensos, también las exclamaciones e incluso los gritos.
—Odette.
No me doy cuenta de lo que he hecho hasta que me giro hacia la voz de Nírida y descubro que no la veo.
A mi alrededor solo quedan las luces que flotan en el cielo. El resto es negrura: intensa, absoluta y… angustiosa.
Aflojo, y vuelvo a ver su rostro, que parece preocupado.
—Perdona —susurro.
Nírida traga saliva.
Ha sido solo un instante, pero durante ese segundo no había nada salvo oscuridad.
Nada.
Busco en los rostros de la gente y compruebo que el miedo desaparece enseguida, sin ser del todo conscientes de qué ha ocurrido. Tal vez piensen que ha sido su imaginación o que han exagerado.
Yo sé la verdad.
Ahora soy consciente de que puedo sumir el mundo en la oscuridad más absoluta.
Me miro los dedos.
Y también soy consciente de que no me ha costado nada.
He de volver dentro un rato.
Siento mi magia en el aire, en el cielo nocturno, como parte de Erea, de este palacio, de estas personas.
Me escabullo a las cocinas, que bullen de agitación por quienes preparan los platos que más tarde se ofrecerán a los asistentes: patatas asadas cubiertas de virutas de queso, huevos escalfados sobre tiernos panecillos, dulces rellenos de mermelada…
Mi intención era tomar un poco de agua, pero acabo robando un par de pasteles antes de volver a salir con la boca llena y los dedos manchados de chocolate a uno de los balcones desde los que puedo continuar vigilando las luces del cielo.
Disfruto del silencio cuando unos pasos se detienen a mi espalda y sé que alguien me está observando.
Es Aurora.
Lleva un vestido sencillo, nada ostentoso comparado con los hermosos atuendos que elige su hermana. Se ha recogido el pelo y se ha echado hacia atrás el flequillo, y ahora sus rasgos en ese rostro despejado recuerdan más a los de su hermano; sobre todo los ojos.
En cuanto sonríe siento el impulso de largarme de aquí, pero me porto bien.
—¿Disfrutas de la velada?
Aurora da un paso adelante y mira arriba. Las luces que flotan a nuestro alrededor le iluminan el rostro.
—Acabo de llegar, en realidad. He estado ayudando en el hospital. No podía quedarme quieta —añade—. Cada vez que lo hacía veía el cadáver de mi hermano tendido en ese altar.
Ni siquiera me mira.
—No lo hemos contado —le advierto—. Aunque la noticia de su muerte llegara lejos, ahora hablamos de curación.
—«Curar» y no «traer desde el otro lado» —observa—. Está bien. Las dos sabemos lo importantes que son las palabras.
El silencio a su lado me pone nerviosa, así que cuando se acomoda y no dice nada más, soy yo quien debe hablar.
—¿Qué harás ahora? ¿Vas a volver a Armira?
—Creo que no —contesta—. Al menos, por el momento. Quiero ayudar en el hospital y quiero aprender a hacerlo bien. Quizá intente formarme.
—Quieres ser sanadora.
Asiente.
—Armira puede esperar. No creo que Edith tampoco quiera volver todavía. Querrá ayudar a reabastecer al pueblo, a poner en orden el gobierno y… bueno, esas cosas que se le dan tan bien. —Sonríe—. Y Kirian… él no va a volver todavía, así que no me queda nada allí.
—¿No tienes amigos allí?
—La amistad es complicada cuando no puedes obviar las mentiras piadosas ni las que se cuentan por compromiso.
—Puedo imaginarlo.
Vuelve a sonreír, esta vez de forma más amplia.
—Sí, seguro que sí. Desde que te conocí supe que estabas acostumbrada a moverte entre las mentiras. Tu aura es diferente cuando te transformas en ella. Tu vida en sí se convierte en una mentira.
—Lo sé. Procuro dejarlo —bromeo.
—Mi hermano se enamoró de ti antes de saber que eras tú, ¿verdad?
Ahí está, ese brillo peligroso en la mirada.
—Eso tendrás que preguntárselo a él.
—¿Y tú? ¿Cuándo supiste que estabas dispuesta a ir al infierno por él?
Reprimo una sonrisa. Sabe exactamente a dónde fui y qué hice, y ha elegido con mucho cuidado las palabras.
—Nunca antes de ese día había meditado seriamente lo de darme una vuelta por la casa de Gaueko —le contesto, con una chispa de diversión.
Ella tuerce un poco el gesto y ladea la cabeza.
Mierda. ¿También así es capaz de adivinar que alguien no dice toda la verdad? ¿Así de sutil es su poder?
—Pero sí que lo sabías, ¿no? Esas cosas se saben sin tener que pensar en ellas.
—¿Sí? ¿Se saben?
—Debes querer mucho a mi hermano.
Un escalofrío baja por mi espalda cuando pienso en ello, en las cosas que no nos hemos dicho y en todas las que supe que me habría gustado decirle cuando ya no pude hacerlo.
El eco de mi voz gritándole, como una súplica, resuena en mi mente y hace la noche un poco más fría.
No. No… Kirian, te quiero. ¿Me escuchas? Kirian… Te quiero. Te quiero como no he querido nunca a nadie. Y te necesito. Te necesito conmigo, porque si no… Me moriré, Kirian. Moriré sin ti.
—Kirian no dice ni una palabra —dice entonces Aurora y chasquea la lengua. Quizá quiera relajar el ambiente, de pronto oscuro—. No ha querido darme detalles de vuestra relación, incluso si es evidente cómo es, qué sois… Y creo que es porque no habéis hablado de ello.
—No hace falta hablar sobre algunos temas.
—Tú no piensas eso de verdad —me contradice y espera, dándome la oportunidad de replicar. Como no lo hago, continúa—: ¿Por qué mi hermano no sabe que lo amas?
La pregunta es una flecha directa al corazón.
—Pareces muy segura de unos sentimientos que no te pertenecen.
—Dilo en voz alta y averigüemos si es verdad —me reta.
—Estoy segura de que no funciona así.
Aurora se ríe un poco y suspira.
—Tienes razón. No es así como funciona —admite y apoya las palmas de las manos en el frío mármol de la balaustrada—. Las mentiras que nos contamos a nosotros mismos a menudo son tan reales como la verdad y pesan lo mismo en nuestro corazón.
Aurora se queda conmigo unos instantes más. No insiste ni pregunta, aunque sé que no le faltan ganas.
Si fuera un poco más mala… o si tuviera el pragmatismo estratégico de Edith, tal vez, podría sacarme lo que quisiera; pero es buena, es inocente, y se apiada de mí. Así que nos quedamos en silencio y no me obliga a decir algo cuya verdad no estoy dispuesta a asumir todavía.