5
Kirian

El sol calienta el suelo de mármol de la sala del trono. Ya no hay soldados, ni nobles ni capitanes. Nírida ha conseguido despejar el lugar en un tiempo asombroso.

Supongo que la ocasión lo requería.

Ha sido ella la que me ha contado qué carta ha recibido Odette… No, qué carta ha recibido Lira. Mientras tanto, ella curaba las heridas del joven Arlan.

Se han dispuesto sillas en forma de medialuna; todas regias y ornamentadas, pero al estilo de los Leones: madera tallada con hermosos pero sobrecargados relieves, cojines de terciopelo, patas que simulan garras… La sala es grande y sirve para que ninguno tenga una posición mejor que otro. Los capitanes se sientan, también Camille y algunas de sus brujas más poderosas. Aparecen los nobles que han luchado desde dentro y también guerreros que han dirigido la resistencia. Tras las sillas, otros invitados a la reunión: los tenientes, soldados valerosos que son la mano derecha de sus capitanes, otras brujas e Ilhan, el comandante de Camille.

Él podría haberse sentado junto a ella, pero permanece detrás de la Hija de Mari, siempre vigilante, protector. Cuadrado y recto, con la mano sobre la empuñadura de su espada y la expresión serena y decidida evoca peligro y promete muerte a quien se acerque demasiado.

Todos han tenido tiempo de cambiarse ya, y no hay ni rastro de las heridas, la sangre ni de la suciedad. Al menos, no en la ropa.

Los ojos… los ojos son otra cosa.

Nírida se sienta en el centro. Todos deciden que es allí donde ha de sentarse la comandante que nos ha reunido a todos: sin que lo hayan hablado, sin que hayan tenido que decidirlo. Es el sitio que le corresponde, y no hay lugar a discusión.

Yo me siento a su lado. Desde aquí todos podemos vernos entre nosotros y también vemos el trono vacío.

Lira llega al tiempo que lo hace Odette, quizá por eso nadie se fije en esta última. La reina, que ahora debe de ser Eva, camina con actitud hasta el trono, se deja caer en él y apoya las manos en los reposabrazos mientras se inclina adelante y estudia la estancia como un halcón desde las alturas.

Odette pasa entre las personas sin que nadie repare más de la cuenta en ella… hasta que llega junto al resto de brujas. En un extremo, Camille la ve acercarse y la sigue con cuidado hasta que toma asiento a su lado. Kaia, la sorgina, la mira sin tanto disimulo en cuanto la tiene cerca, y se inclina para preguntarle algo al oído.

Está lejos, pero incluso desde esta distancia parece cansada. Se ha cambiado de ropa y lleva un sencillo vestido sin corpiño, de tela suave, que cae y se pega a sus caderas de una forma delicada que, en esta misma corte hace unas horas, habría supuesto un escándalo: demasiada piel al descubierto, demasiadas líneas de su cuerpo expuestas.

No lleva mangas; no se ha molestado. Y en sus brazos luce las líneas por las que las brujas deben de estar haciéndose muchas preguntas.

Su pelo cae en ondas sobre la tela negra que se ciñe a su pecho en un generoso escote, en un hermoso contraste donde laten el fuego y la oscuridad.

Arlan se queda de pie junto al trono de su hermana, el trono que en realidad le corresponde a él, pero mantiene una respetuosa distancia, como si no se atreviera a acercarse más a ella.

A Lira no parece importarle.

—Capitanes, guerreros, erenitas… —empieza Eva, con la misma cadencia y el mismo tono que emplea Odette cuando se hace pasar por la Reina de Reyes—. Os he hecho llamar de nuevo tan pronto porque tengo noticias de nuestro vecino de Ilun.

Un murmullo apagado se extiende, porque todos saben lo que eso significa.

—El rey Egeón del norte de Tierra de Lobos quiere una audiencia; quiere reunirse conmigo para saber si habrá guerra.

—Claro que habrá guerra —dice Nírida, tomando la palabra de manera informal—. También habrá victoria para los Lobos.

Unos cuantos gritos, algún aullido y pisotón fuerte contra las baldosas.

—Sé cuál es su postura, comandante, porque es la misma que la mía; pero quiero saber qué opinan los demás. Quiero cifras, promesas y certezas que llevarle a Egeón cuando le pida que ponga sus ejércitos oscuros a nuestro servicio.

Se gira un poco hacia atrás, una invitación sutil, y Arlan se cuadra.

—Me consta, aunque no puedo hablar por él, que el rey Devin de Numa apoyará la guerra si Ilun lucha.

—Contamos con Erea, Numa e imagino que también con Sulegi —añade, y dedica una prudente mirada a Elba.

—Tampoco yo puedo hablar por la reina Drusila —declara—, pero sí. El objetivo de todo esto era luchar en una última guerra que nos liberase a todos. —Una pausa—. Puede contar con Sulegi.

En realidad, sí que puede hablar por Drusila, porque la verdadera reina murió y ahora debería gobernar su nieta, la pequeña Iuma. Elba lo ha mantenido en secreto para proteger a la hija de su amante, el príncipe que se enamoró del general de sus ejércitos.

Si Nírida o yo lo sabemos es solo porque Eva y Odette lo precipitaron todo en aquella audiencia en la que pedimos el favor de la reina.

Iuma accedió a luchar por Erea, por Odette, gracias a sus palabras, no a las de Lira.

—Erea, Numa y Sulegi. ¿Y los aquelarres?

Camille alza el mentón.

—Los aquelarres de Sulegi lucharán, pero no iremos a Ilun. Nuestra gente nos necesita en casa. Aguardaremos allí hasta que empiece la guerra.

—También lo harán así los soldados de Sulegi —coincide Elba.

Ambos comparten una mirada de reconocimiento.

—Parte del ejército de Erea se quedará aquí, ayudando a la transición —declara Nírida—. Otro destacamento partirá a Ilun con la Reina de Reyes, por protección y apoyo, pero también para estar preparados cuando haya que partir a la guerra.

Eva mira entonces a Odette.

—¿Y las Hijas de Mari que no pertenecen a los aquelarres de Ilun?

Debe preguntar por el espectáculo, por el teatro.

Odette no se mueve antes de responder:

—La Hija de Mari que no está presente irá a Ilun —responde.

Camille se tensa. Kaia la mira de hito en hito. Eva arruga el ceño.

—¿Qué demonios dice? —me susurra Nírida, al oído.

—No tengo ni idea.

Se hace el silencio unos segundos en los que Eva se debate entre preguntarle o guardar silencio y seguir con la reunión; pero el desconcierto le puede más.

—¿Es que tú no irás, Hija de Mari?

—Yo no soy Hija de Mari —contesta Odette. Su voz es una sentencia templada.

Camille pierde la compostura y la sutilidad y se gira hacia ella del todo, expectante.

—Kirian… —murmura Nírida, preocupada, pero yo no respondo, porque no tengo ni la más remota idea de qué…

—Soy Hija de Gaueko.

Las palabras caen como una losa pesada, imponen silencio y gravedad, y nadie se atreve a quebrarlos hasta que ella misma vuelve a alzar la voz y añade:

—E iré a Ilun para luchar por Tierra de Lobos.

Escucho una palabrota, murmullos de quienes se atreven a pronunciar palabra.

—Me cago en la corona de los Leones —espeta Nírida, alterando a quienes tenemos al lado—. Me cago en la corona, en Morgana y en todos los hijos de…

—¿Qué quiere decir la bruja? —la interrumpe Niste, la capitana que tenemos al lado.

Nírida se queda muda; porque tampoco sabe qué quiere decir.

Me quedo mirando a Odette, que ha hecho que todos la contemplen con recelo, y también con miedo. Tan indiferente, tan hermosa y distante, como si fuera completamente ajena al desequilibrio que ha provocado su confesión.

Es Eva, con la forma de Lira, la que llama al orden, la que puede fingir que una declaración así no la perturba en absoluto y es capaz de redirigir la conversación, como si no le importara quién o qué fuera Odette, hacia la reconstrucción de Erea, los soldados, el viaje a Ilun y la guerra con los Leones.

Durante todo el tiempo miro a Odette y ella mira al frente.

Cuando la reunión acaba, se marcha antes de que pueda alcanzarla. Los capitanes se ponen en pie, se mezclan con sus segundos, se acercan a las brujas y estas se pierden también entre el gentío… y Odette desaparece.

Se levanta rápido, moviéndose con destreza entre los presentes, mucho más rápido de lo que puedo moverme yo, y no la atrapo a tiempo. Sigo los destellos cobrizos de su melena, apareciendo y desapareciendo, doblando esquinas, recorriendo pasillos y tomando atajos, hasta que sale del palacio.

Todavía hay demasiadas personas aquí: vivas y muertas.

Aún transportan a los heridos y cargan con los muertos, cubiertos por mortajas blancas. Aunque ya no haya quemas de brujas, el cielo de Erea estará encapotado por el humo las próximas noches.

Sé que Odette es consciente de mi presencia cuando la veo detenerse, mirar un instante de reojo y seguir con su paseo; pero no la llamo, no la detengo. La sigo a través del jardín, mientras nos alejamos de los heridos, los soldados que patrullan de un lado a otro y aquellos que todavía festejan la victoria de ayer.

La veo rodear el edificio principal, alejarse de los muros y tomar uno de los senderos de piedra que conducen a otro jardín: muros de arenisca que brillan bajo el sol. Allí gira en una de las esquinas, tomando un camino que lleva al interior, y desaparece.

La imagen de estos jardines es muy diferente a como era en invierno, pero hay algo del frío que persiste en la atmósfera: en el azul del cielo templado, en el verde oscuro de las hojas de los arbustos espinosos… Y, aun así, también hay flores. Decenas de ellas: rosas exuberantes, violetas que crecen entre las espinas, lirios de tonos estridentes, malvas de un púrpura intenso…

Tomo el camino por el que la he visto adentrarse, entre los arbustos que dan cobijo y las paredes que proporcionan sombra. Sin embargo, un ruido a mi espalda hace que me gire, pero demasiado tarde.

Unos dedos desnudos, sin arma, se posan con suavidad en mi cuello. No parece una amenaza, pero hay algo peligroso en la caricia cuando Odette susurra, en mi oído:

—¿Me estaba siguiendo, capitán?

—¿Me estaba esperando, mi reina?

Odette se aparta de mi espalda y gira a mi alrededor sin deshacer la caricia. Sus dedos se deslizan como en una promesa oscura por la piel sensible de mi cuello mientras me mira.

—Dijiste que no te acordabas —murmuro entonces, más serio.

Odette interrumpe el contacto para dar dos pasos atrás, como distraída, y tomar entonces uno de los senderos entre los muros de piedra.

Por encima, el sol brilla. Aquí abajo, entre los arbustos y los muros, en cambio, dominan las sombras.

Un destello consigue colarse entre las ramas más altas de un arbusto de espinas y el brillo incide en la mejilla de Odette.

—¿Quieres preguntarme algo? —sugiere, sin dejar de caminar hacia atrás.

—La pregunta no ha cambiado. ¿Qué hiciste, Odette?

Su rostro es sereno.

—La respuesta tampoco.

La mentira. La mentira que puede ofrecerme no ha cambiado.

—¿Qué quiere decir que ya no seas Hija de Mari?

Alza la mano y sus dedos acarician la pared de piedra tomada por la hiedra. No deja de andar despacio. Yo tampoco.

—Quiere decir que ahora soy Hija de Gaueko.

Nos encontramos ante un cruce y Odette se detiene un instante. Alargo la mano para intentar tomar la suya, pero entonces decide el camino y vuelve a andar. Esta vez, me da la espalda.

—¿Y qué significa eso? —pregunto.

Odette me mira por encima del hombro.

—No lo sé —responde.

Más adelante los muros desaparecen y la luz regresa. Odette abandona el sendero y yo la sigo al interior de este jardín. Otros caminos traían a él. Hay varias entradas alrededor; el final de otros caminos por el suave laberinto.

No hay gran cosa, pero es hermoso: parterres de arbustos donde crecen flores que perfuman el lugar, suaves rincones poblados de hierba de un verde intenso y una galería de arcos que cruza la mitad del lugar en una medialuna perfecta.

Es allí a donde ella se dirige, entre las columnas talladas en piedra, la hiedra que intenta trepar por ellas y las flores que han sobrevivido al invierno.

—¿Cómo es posible que no lo sepas? —insisto.

Intento parecer paciente, aunque estoy nervioso.

Odette cruza la galería, pasa alrededor de una columna y después alrededor de otra, como una de las flores trepadoras que se enredan en ellas.

No responde y me doy cuenta de que no estoy haciendo las preguntas correctas.

Doy una zancada más larga y la alcanzo. La agarro de la muñeca justo cuando la galería termina.

—¿Es que no confías en mí?

Sus ojos verdes, que tan parecidos a estos bosques se me han antojado siempre, destellan.

—¿Y tú? ¿Confías tú en mí, Kirian?

La crítica en su voz me toma desprevenido, y la suelto.

Odette sale de la arcada y se adentra de nuevo en el jardín. Sus tobillos desaparecen en la hierba, ligeramente más larga de lo que debería.

Los jardineros debieron dejar de cuidar este lugar. Por eso la hiedra ha crecido tanto y las espinas de los arbustos amenazan con hacerse con el jardín.

—Confío en ti —le digo con seriedad.

Odette se detiene junto a un arbusto con frutos de un violáceo intenso muy parecidos a las moras. Desliza las yemas de dos dedos sobre las espinas que los custodian.

Entonces, alza la mirada despacio, me contempla como si me estudiara y ladea ligeramente la cabeza.

No me cree.

Y supongo que sé por qué: el trato con las brujas de Líobe. La promesa con la joven bruja Elie que después nos quitó aún más tiempo.

Si no engendro un niño con una bruja, ambos moriremos en tres años.

No hablamos después de que se enterara. Esa noche me rehuyó y después no hubo tiempo. Allí abajo, en los túneles, todo eso dejó de importar. Ni siquiera lo recordaba. Todo cuanto me importaba era estar con ella, atesorar un segundo más y, luego, marcharme con su recuerdo.

Si no me hubiera traído de vuelta nos habríamos separado para siempre mientras esta herida seguía abierta entre los dos.

Trago saliva.

—Odette, yo…

—Ambos hicimos lo necesario para mantener al otro con vida —me interrumpe de pronto.

Inspiro con fuerza.

Sus ojos me miran con intensidad, tanta que ella misma parece incapaz de sostener mi mirada. La aparta y la dirige a sus dedos, que toman uno de los frutos violáceos y le manchan las yemas.

—El resto no importa ahora.

Vuelve a mirarme y veo algo vulnerable bajo el verde de sus iris. Los labios entreabiertos, el pecho que se infla a cada respiración, el cabello que es agitado suavemente por la brisa…

—Es cierto —coincido—. No me importa nada salvo que estás aquí y que yo puedo estar también contigo.

Sonríe con suavidad y esos labios hermosos se hacen aún más bonitos.

—Estamos de acuerdo.

Me acerco a ella cuando suelta el fruto que había tomado entre los dedos, rodeo su cintura con las manos y ella está a punto de apoyarlas en mi pecho cuando se da cuenta de que me mancharía al hacerlo.

Tomo esa mano y esos dedos manchados y me los meto en la boca ante su atenta mirada.

—Eso ha sido muy estúpido —murmura—. Podría ser venenoso.

Sonrío y lamo sus dedos despacio antes de sacármelos de la boca y devolvérselos. Vuelvo a agarrarla con fuerza de la cintura y me acerco más a ella.

—No me importa —digo, contra sus labios, y me inclino un poco.

Lo hago lento, ofreciéndole la oportunidad de apartarse… una oportunidad que no toma. Mis labios alcanzan los suyos y estos se abren ante la caricia. Beso su labio inferior y siento su respiración agitada como un compás en contraste con la quietud forzada de mis movimientos.

Es ella, ante el roce, quien pierde esta batalla y, con ella, la paciencia. Sus dedos se enredan en el cabello de mi nuca mientras su boca devora la mía y el sabor ácido de las bayas se deshace en nuestras lenguas.

Siento un pequeño tirón, una petición mientras Odette se echa hacia atrás, flexiona las rodillas y cae al suelo. Yo lo hago con ella, tumbándome sobre la alta hierba. Una rodilla entre sus piernas, un brazo junto a su cabeza.

Su cabello se desparrama y una chispa arde en sus pupilas cuando me aparto para mirarla y susurrar:

—Si era venenoso, moriremos los dos.

Una sonrisa peligrosa se desliza en esos labios que me muero por volver a devorar.

—Qué desperdicio —ronronea.

—Te prometo que merecerá la pena.

Y vuelvo a inclinarme sobre ella. Un beso en los labios y después otro en la mandíbula, y en el cuello, y en el pecho… Odette arquea la espalda para estar más cerca de mí mientras sus manos tiran de mi cuello y sus caderas se alzan para encontrarse con las mías.

Entonces, un sonido muy suave, un gemido dulce que toca todas mis fibras y tensa todos mis nervios, escapa de su boca.

Por todas las criaturas… quiero comérmela enterita.

Me aparto con brusquedad, solo para que me mire con una expresión incendiaria y una mirada de advertencia, pero no dejo que crea mucho tiempo que la dejaré así.

Deslizo las manos por su cintura, las bajo por su cadera y recojo el borde de la falda negra del vestido mientras sus dedos se aferran a la hierba y sus labios quedan entreabiertos en un jadeo ahogado.

Subo las manos por sus piernas y sus muslos y ella se retuerce ante la caricia. No deja de mirarme, no aparta los ojos de mí ni yo de ella mientras doy con el borde de su ropa interior, tiro de ella y vuelvo a hacer el mismo camino a la inversa con sus bragas entre los dedos.

Las saco por sus tobillos y las dejo a un lado mientras me pongo entre sus piernas, tomo sus rodillas con cuidado y las separo mientras me inclino sobre ella, subo despacio el vestido y, entonces, la devoro.

Odette suelta un quejido, o quizás sea una súplica, sus rodillas se tensan en mis manos y yo las mantengo abiertas mientras deslizo la lengua por el centro de su cuerpo, lamo y muerdo con suavidad y estoy a punto de perder el control tanto como parece perderlo ella cuando abre los labios y entre gemidos murmura mi nombre:

—Kirian…

Se acerca al borde, lo sé por la respiración entrecortada y los músculos que se tensan bajo mis manos, pero no dejo que se precipite. Me aparto cuando aún se retuerce debajo de mí y ella vuelve a reclamarme con todo su cuerpo: con los dedos que se enredan en mi pelo, los brazos que me rodean el cuello, las piernas que se anclan alrededor de mi cintura…

Sus manos exploran la piel bajo mi camisa, tiran del chaleco y después de los botones que la atan y ambos nos deshacemos de ella con movimientos furiosos y poco meditados, demasiado absortos el uno en el otro.

Sube las manos por mi abdomen y se detiene un instante en los pectorales, en el tatuaje partido por una herida que podría haberme costado la vida. Los movimientos meditados duran poco, porque entonces sus dedos se aferran a mis hombros y se clavan allí mientras se mueve debajo de mi cuerpo y yo me derrito ante la forma en la que lo hace, la mirada que me dedica, la necesidad que destila cada poro de su piel…

Me desabrocha el cinturón mientras yo le beso el cuello y sus dedos se tropiezan una y otra vez con cierta torpeza hasta que encuentran lo que quieren y me la agarra con suavidad.

Todo mi cuerpo reacciona al roce y me estremezco ante la caricia, ante el liviano movimiento cuando sube y baja la mano y murmura, contra mis labios:

—Te quiero dentro.

Cumplo sus deseos y me inclino sobre ella, entre sus piernas. Cuando me hundo en ella Odette cierra los ojos un instante, se muerde los labios enrojecidos por los besos que le he robado y sus caderas se mueven para acomodarme.

Esta vez no hay movimientos tentativos. Le hago el amor entre los arbustos de bayas venenosas, con su sabor en los labios y el deseo ardiendo en pulsos acelerados en mi sangre.

Ni siquiera me quito los pantalones. Tampoco la desnudo a ella.

Y mientras me muevo y siento cómo se aprieta a mi alrededor, cómo sigue el ritmo de mis caderas con las suyas y sus piernas me rodean para acercarme más, más… pierdo un poco la noción del tiempo y de la realidad. Me pierdo un poco a mí mismo.

Sus manos me buscan, tiran de mí, recorren mis mejillas y mi cuello y apresan mi rostro cuando echa la cabeza hacia atrás y grita, y yo quiero beberme ese sonido. Lo hago más duro, más rápido, y Odette se corre cuando el placer me alcanza también y me dejo ir con ella con unas últimas embestidas más intensas y desesperadas.

Cuando acabo me desplomo sobre ella, y una risa limpia y alegre escapa de su garganta al quedar sin respiración.

Me aparto un poco de ella como puedo, pero no demasiado; la necesito cerca. Necesito sentir el calor de su piel, su olor… y notar su respiración acelerada contra mi pecho.

Rodeo su cintura con un brazo y apoyo la cabeza en el hueco de su cuello.

—¿Ha merecido la pena? —pregunto, con la voz todavía un poco ronca.

Odette no responde, pero vuelve a reírse, y ese sonido reverbera en mi caja torácica, en cada fibra, en cada parte de mí.