El muchacho se pone en pie en cuanto me ve. Parece de nuevo tambaleante, un poco nervioso mientras me recorre con la mirada. Antes de dejarlo como Lira le he hecho prometer que esperaría mientras llamaba a una sorgina.
—O-Odette…
Esbozo una sonrisa mientras cierro la puerta con cuidado y paso al interior.
—Me recuerdas —murmuro.
—No te esperaba.
Hay cierto nerviosismo en su voz, algo sutil parecido al… ¿miedo?
—¿A quién esperabas?
Arlan se apoya en el sillón de tapizado azul cerúleo con una mano. Por la forma en la que sus dedos se hunden en él parece estar haciendo un gran esfuerzo. Su rostro se contrae un instante.
—A otra bruja, a una sanadora —reconoce.
¿Es miedo o respeto? ¿Una mezcla de ambas?
Evito responder a eso mientras me planto delante y le hago un gesto con la mano.
—Siéntate, por favor. Yo también sé sanar.
Arlan traga saliva e intenta dejarse caer con suavidad, pero acaba haciéndolo de forma bastante torpe.
Me mira desde abajo y compruebo lo parecido que es a su hermana: el pelo oscuro que lleva parcialmente recogido con una cinta de cuero y la mirada verde y oscura, enmarcada por dos cejas largas, tupidas y elegantes. También hay algo duro en esos ojos, algo frío que me recuerda a mí misma cuando era ella. Pero su expresión es más tierna, más vulnerable.
—¿Dónde te han herido?
—La pierna está curada —responde.
Enarco una ceja.
—Empezaremos por la pierna, entonces.
Arlan frunce un poco el ceño, pero no se molesta en replicar. No parece atreverse. Me inclino sobre él, apoyo una mano sobre la venda ensangrentada que le envuelve el muslo y dejo que la energía fluya suavemente a través de mí.
La magia tarda un instante en abandonar mis dedos y durante ese fragmento impreciso de tiempo me pregunto si seré capaz de hacerlo. Apenas han pasado unas horas desde mi encuentro con… Gaueko. Y entonces tampoco hacía mucho de la caída de Erea y de mi intervención en las murallas. Sin embargo, tras un instante de vacilación, la sanación comienza.
Arlan hincha el pecho y aferra con más fuerza los orejones del sillón.
—¿Te da miedo la magia? —pregunto.
—No —responde, con rapidez—. No me da miedo. Es solo que…
—No estás acostumbrado.
—No mucho —admite, con una sonrisa tímida—, aunque debería estarlo. He convivido con brujas en la corte de Numa.
—Tampoco yo estoy acostumbrada si te sirve.
Arlan ladea la cabeza y me dedica una mirada interrogante.
—No crecí con mis padres biológicos —le confieso, tras meditarlo—, y no fui consciente de mi poder hasta hace poco.
Esbozo una sonrisa y él abre mucho los ojos. Eso es todo cuanto puedo ofrecerle.
—No pareces una persona poco acostumbrada al poder —observa.
Sus ojos brillan con un destello que es en parte astucia en parte curiosidad; pero también vuelve a arder en ellos la desconfianza que antes lo mantenía tenso y en pie.
Está bien. Ha oído lo que he hecho con Kirian.
Termino con la pierna y busco la herida de su costado, el lugar en el que el acero ha atravesado el cuero de su armadura.
—Imagina de qué habría sido capaz si hubiera crecido con mis padres. —Esbozo una sonrisa y él acepta el puente que le tiendo, porque también sonríe ligeramente.
—Tal vez esa haya sido la razón. —Cuando me ve arquear una ceja continúa—. Tal vez su ausencia te haya convertido en…
—¿Una asesina? —lo ayudo.
—Una guerrera con habilidades especiales —matiza, también divertido.
Hay algo muy joven en esa sonrisa, algo blando y dulce; algo frágil y pequeño.
—¿Quieres decir que si hubiese conocido a mis padres no sería ahora tan poderosa?
Se encoge de hombros.
—Tal vez no habrías necesitado serlo. —Una pausa—. Si yo hubiera crecido con los míos habría sido poeta.
Se me escapa una sonrisa. También a él.
Lira era joven cuando perdió a toda su familia, pero Arlan… él lo era aún más y solo le quedó ella: la hermana que día tras día se hacía más cruel, más despiadada, más tirana… la hermana que estuvo dispuesta a traicionar a su pueblo una y otra vez, hasta que Arlan no tuvo más remedio que abandonarla y huir.
Existe un tipo de valentía muy particular que solo albergan quienes están dispuestos a renunciar al amor cuando saben que está mal.
Creo que yo nunca sería tan valiente.
—¿Escribes poesía? —pregunto entonces, mientras apoyo una mano en el hombro herido.
Los ojos de Arlan siguen el camino de mi mano.
—¿No te he dicho que soy huérfano? También soy un asesino, aunque yo no tengo la potestad de revertir… estados.
Sé lo que quiere que le cuente.
—Tampoco yo.
Arlan alza el mentón.
—¿No has sido tú la que ha cruzado el bosque profanando un montón de templos?
—He sido yo —contesto.
—¿Y entonces no has sido tú la que le ha dado la bienvenida al capitán Kirian en el salón del trono?
—He sido yo —repito.
—Pero dices que no tienes el poder de traer a las personas de vuelta. ¿Quién, entonces?
—Gaueko —contesto, sin dudar.
Arlan parece sorprendido; primero incrédulo y, después, algo turbado, pero… no escandalizado.
—¿Él te ha otorgado ese don?
—Sí.
—¿Puedes usarlo de nuevo?
—Me parece que no.
Asiente, pensativo. Hace rato que la magia ha dejado de fluir desde mis dedos y él debe de notarlo también. Sin embargo, yo no he movido mi mano y él no ha hecho ningún esfuerzo por apartarse.
Aguardo un instante.
—Creo que ya está —murmuro.
Arlan se yergue de pronto y carraspea un poco.
—Gracias.
Doy un paso atrás y después otro. Ya no tengo excusas para quedarme aquí a hablar con él.
—Ven a verme si tienes alguna molestia —sugiero, y escondo unas manos nerviosas tras mi espalda—, o si quieres hablar de poesía.
Arlan se sorprende. Tarda unos segundos, pero acaba asintiendo y yo no necesito más antes de darme la vuelta.
Apenas he puesto un pie fuera de la habitación cuando una sombra a mi izquierda me sobresalta y lo que queda de mi energía acude a mis dedos como parte de una respuesta instintiva.
Veo el pelo oscuro, ahora recogido alrededor de la nuca, los ojos castaños muy enrojecidos y el rastro del llanto en unas ojeras moradas y profundas, y mi magia se repliega.
—Edith —murmuro, y me llevo una mano al pecho, sobresaltada—. Me has asustado.
—No quería interrumpir. —Da un paso adelante y mira atrás, a la habitación que acabo de abandonar. Se frota las manos—. Necesito hablar contigo.
Trago saliva.
—Debo prepararme para el discurso de Lira.
—Te ayudaré —se ofrece.
La mano no le tiembla cuando la estira hacia mí, pero yo dudo. Me quedo mirándola unos instantes, con el corazón latiéndome con fuerza contra las costillas, hasta que la agarro y ella me la pone en su antebrazo.
Caminamos pegadas hasta mis propios aposentos en silencio y no habla de nada diferente a los preparativos mientras tanto.
—¿Para Lira o para ti? —pregunta, frente al armario.
—Para mí —contesto—. Eva dará el discurso. Siempre se le ha dado mejor hablar que a mí.
Asiente, sin decir nada, y enseguida encuentra lo que busca.
Es negro, delicado y sencillo. Lleva un corpiño a juego, pero lo vuelve a meter en el armario y me tiende solo el vestido.
Me ayuda a quitarme la ropa, pero no lo hace después cuando me pongo la prenda. Es tan sencilla que no lo necesito. La tela se adapta a mi cuerpo y se pega de formas que podrían considerarse indecentes, sin mangas, ni florituras: solo tela negra y hermosa, cuajada de destellos que parecen estrellas.
Edith me contempla a través del espejo del tocador, como lo hago yo, y pregunta, con cuidado:
—¿Quieres llevar capa?
Está mirando los brazaletes negros. Sacudo la cabeza.
—Me gustan.
Se acerca hasta ponerse frente a mí.
—Si significan lo que creo, a mí también —me dice, con la voz afectada, y luego baja la voz de una forma que no cuadra demasiado con su carácter regio y su intensidad—. Nunca podré pagarte lo que has hecho.
Se me hace un nudo en la garganta, pero alzo la cabeza cuando pregunto:
—¿Y qué crees que he hecho?
Espera unos segundos, pero no duda.
—Traer a mi hermano de vuelta.
—¿Tú no vas a preguntar cómo lo he hecho?
—He visto cómo lo hacías —responde, muy segura, y sacude ligeramente la cabeza—. Con tu fuerza, con tu amor, con ayuda de unas monedas robadas… —Sonríe—. No necesito saber más.
Nos quedamos mirándonos unos instantes, con la verdad flotando entre las dos, oscura y pesada.
—¿Me dejas peinarte? —dice entonces.
Asiento y vuelvo a girarme hacia el espejo.
Edith se pone detrás de mí y antes de agarrar el cepillo pasa sus dedos por mi cabello.
—Solo necesito preguntarte una cosa —dice entonces, cuando tengo los ojos cerrados—. Pero no tienes que responder si no lo deseas.
—¿Qué es?
Sus dedos se detienen unos instantes, enredados en los cabellos cobrizos. Me mira a través del espejo.
—¿El precio ha sido alto?
Miro los brazaletes.
—Habría pagado más —contesto.
Su pecho se hincha al inspirar con fuerza.
—Odette…
—No me ha exigido ningún sacrificio —confieso, porque siento que a ella sí quiero contárselo, que Edith lo entenderá—. Creo que solo me ha regalado cosas.
Sé cómo suena, sé lo que está pensando.
Los tratos son peligrosos y siempre exigen algo a cambio; pero en sus ojos aún brillan las ascuas de un dolor demasiado pesado y real como para que se apague por completo, incluso si Kirian está vivo de nuevo, y sé que lo comprende.
Asiente. Empieza a cepillar el pelo de nuevo.
—Si alguna vez necesitas algo, cualquier cosa, estaré eternamente en deuda contigo.