Apenas unos instantes después de que Christopher se marchara, una sirvienta que se presentó como Abigail acudió a su encuentro para llevarla hasta su dormitorio. Estaba tan inmersa en sus pensamientos cíclicos que se golpeó de lleno con el marco de la puerta; lo bastante fuerte como para que su guía se detuviera y le preguntara si se encontraba bien. Cualquier tipo de respuesta coherente, sin embargo, se desvaneció en cuanto sus ojos recayeron en la estancia.
Las gruesas cortinas permitían que la luz del mediodía se desparramara por doquier y centelleara en contacto con las cuentas que pendían de la lámpara, dibujando delicados patrones arcoíris en la moqueta del suelo. Y, aunque tuvo que esforzarse al máximo para no lanzarse a la cama, el simple hecho de contemplar el lino inmaculado de las sábanas le pareció un pecado capital. Desde la distancia, era capaz de apreciar la meticulosidad con la que habían sido bordadas; incluso las habían adornado con la rosa del escudo de armas de la Casa Carmine en hilo blanco.
—¿Le gustaría darse un baño?
Fue consciente del tacto con el que Abigail pronunció la pregunta.
—Por favor. Me encantaría.
En cuestión de unos minutos, toda una congregación de criados se había encargado ya de cargar con una bañera hasta allí y habían colocado sus patas en forma de garra junto a la chimenea. Después, Abigail le llevó un carrito repleto de elegantes botellas de cristal y extendió el biombo para darle privacidad.
—Llámeme si necesita cualquier cosa, señorita.
Y, tras ello, la dejó sola.
De inmediato, sintió que se le formaba un nudo en la garganta y que le picaban los ojos. No llores, se dijo. Odiaba llorar cada vez que se enfadaba o se estresaba. No obstante, una vez que comenzó ya no pudo parar. Las lágrimas le recorrieron las mejillas y ni siquiera se molestó en apartárselas. Lo único en lo que podía pensar era en los ojos ambarinos de Christopher Carmine fijos en ella como si se tratase de una rata que acabara de colarse en la bodega; lo único que escuchaba era el desprecio en su voz.
Una estúpida que lo único que sabe hacer es pavonearse por ahí y atragantarse con sus halagos. No sabía nada de ella.
Antes de abandonar Caterlow hacía ya tres días, su madre había tomado su rostro y le había dicho: «La temporada puede llegar a ser peligrosa para una joven como tú. Si realmente deseas ir, a stór, no voy a impedírtelo, pero quiero recordarte que nuestro bienestar no es responsabilidad tuya».
Recordaba el tacto de sus dedos en la barbilla, los callos en las puntas tras décadas dedicadas a la costura y las articulaciones desgastadas por todas las horas de trabajo. La había mirado a los ojos, caídos y azules como los suyos, y se había fijado en las primeras arrugas que se le dibujaban en los bordes. Por primera vez, se había dado cuenta de que ya no era una mujer joven.
Y sí. Claro que el bienestar de ella y de su abuela era su responsabilidad. En especial en aquel momento, que se encontraba en Avaland, en el mismísimo hogar de la familia que se había encargado de dejarlos al borde del abismo. Una nueva bocanada de culpa la dejó sin aliento.
Su país había sufrido setecientos años de mandato avalés. Tal y como habían afirmado los primeros colonizadores, Machland era una tierra productiva y abundante; no había forma de agotarla. Antes de su llegada, durante el tiempo que sus habitantes habían podido campar a sus anchas, sus recursos habían comenzado a extenderse sin control; no obstante, sabían que, con el cuidado adecuado, comenzarían a dar sus frutos. Con el paso de los siglos, los avaleses habían ansiado conseguir cada vez más y más y habían exportado todo a su tierra natal; no les habían dejado nada a las personas encargadas del cultivo.
Habían exprimido cada uno de sus bienes hasta que no habían quedado ni los restos. Y después había llegado la plaga. La gota que colmó el vaso.
En Avaland hablaban de ella como un terrible accidente; para Machland, había sido una masacre.
Los avaleses consideraban que el barbecho era innecesario si podían contar con la magia de los Carmine, así que habían explotado la tierra hasta que ya no habían podido producir nada más. Un año, las cosechas se habían marchitado. Al siguiente, igual. Y al de después también.
Y, a pesar de que la sangre de la familia real se había encargado de mancillar su país, el rey, el padre de Christopher y Jack, no había movido un dedo. Se había quedado mirando mientras un millón de personas moría de hambre y el otro millón abandonaba la isla. La rebelión que había estallado después había sido sangrienta y rápida. Durante veinticinco años, Machland había logrado gobernar, pero no había una sola alma viviente que hubiera olvidado ni perdonado.
Niamh había crecido rodeada de todos aquellos fantasmas. Y siempre se había esforzado al máximo para aligerar el peso que cargaban su madre y su abuela y atenuar el recuerdo del pasado, que aún las atormentaba. Había decidido que se mostraría feliz cada día, justo porque sabía lo terrible que podía llegar a ser todo; sonreía porque no podía soportar que ninguna de ellas pensara por un momento siquiera que le habían fallado en algo.
De modo que sí, por supuesto que era su responsabilidad preocuparse por ellas después de lo que habían tenido que vivir. Tratar de ofrecerles lo que nunca habían tenido, ayuda y comodidades, era lo mínimo que podía hacer.
Ser buena persona era lo mínimo que podía hacer.
Cuando el llanto se detuvo por fin, se enjugó las lágrimas, se desató el vestido y el corsé y se introdujo en la bañera. El agua, tan caliente que casi dolía, le acarició las pantorrillas. El vapor formaba nubes a su alrededor que olían a lavanda y romero. Con cuidado, se agachó hasta que el agua le llegó por la barbilla y solo entonces deseó —por el bien de su conciencia, al menos— poder disfrutar del baño.
Nunca había hecho nada tan lujoso como aquello; en Caterlow, usaban jarros y una palangana para asearse. Y, en realidad, le parecían bastante más prácticos.
La suciedad, aunque prefirió no fijarse demasiado, fue abandonando su cuerpo poco a poco y, por suerte, también lo hizo la tensión. Extendió una mano para atrapar un cepillo que había en el carrito y comenzó a desenredarse el pelo. Se extendía por el agua, tan oscuro que apenas se diferenciaba de ella. Con miedo creciente, dirigió la vista a la sección plateada que se lo recorría.
Seguía igual que siempre, pero sabía que pronto…
No. No merecía la pena preocuparse antes de tiempo.
No estás enferma hasta que estés enferma.
Tras soltar un suspiro, comenzó a cepillarse tras el hombro para no tener que volver a verlo. Colocó los brazos en los bordes de la bañera y apoyó la mejilla en uno de ellos. Sintió el frío del cobre contra la piel, pero el fuego de la chimenea, que crepitaba con calma, lo contrastaba.
En apenas unas semanas, todo aquello habría terminado. Con el dinero que ganaría, podría traer a su familia a Sootham. Quizá su abuela no se mostraría demasiado contenta con la idea de primeras, pero sabía que no tardaría en darse cuenta de que allí tendrían una vida mejor; acabaría apreciando la belleza que había, por frívolo que pudiera ser todo.
Eso, claro, dando por hecho que lograba hacer algo lo bastante prodigioso como para cautivar incluso a alguien tan cínico como Christopher Carmine.
Algo más tarde, Niamh abrió la puerta de su dormitorio. La luz del sol de la tarde, que atravesaba las ventanas, pintaba el pasillo del tono rosáceo húmedo de una herida.
No tenía ni idea de dónde podían estar las cocinas, pero no creía que fuera a ser demasiado difícil encontrarlas. Si había algún sitio en el que pudiera estar Erin, era allí. Hacía mucho tiempo, el clan Ó Cinnéide había destacado por sus poderes curativos: elaboraban un tipo de elixir capaz de salvar a hombres al borde de la muerte y una pócima que regeneraba miembros cercenados.
Lo más impresionante que su amiga había conseguido preparar en su vida había sido una taza de té que le había calmado el dolor en las articulaciones durante un par de horas, aunque, eso sí, las tartas le salían deliciosas.
En mitad de su camino hacia las escaleras, escuchó un ruido —una especie de bramido, si hubiera tenido que describirlo de alguna forma— que venía desde el piso inferior. Y, entonces, estalló el caos.
Una mezcolanza de pisadas y voces comenzó a rebotar contra el suelo de madera y a extenderse por doquier. Niamh se aferró a la barandilla y echó un vistazo hacia abajo. Mucho más allá, tandas y tandas de sirvientes avanzaban a toda velocidad, cargados con platos, bandejas y una vajilla tan pulida y reluciente como el acero de una armadura. No pudo evitar asombrarse con toda aquella agitación ni pensar en lo fácil que lo tendrían si contaran con un ceird.
En Caterlow, había gente que podía hacer que los objetos llegaran a sus manos desde cualquier rincón y levantar tres veces el peso de un ser humano. Había escuchado que allí, entre las clases bajas avalesas, había casos de personas con poderes, pero eran excepcionales. Le parecía estúpido que la gente que tenía que llevar a cabo trabajos físicos no recibiera asistencia mágica.
Qué raro, pensó de pronto. Tampoco parece haber ningún criado con poderes.
—¡Eh! ¿Qué estás haciendo ahí?
Sobresaltada, se dio la vuelta para recibir la mirada de una mujer joven que llevaba una cesta con ropa de cama apoyada en la cadera. Haciendo gala de su brillante inteligencia, preguntó:
—¿Quién? ¿Yo?
Sin embargo, pareció que ni siquiera la había escuchado.
—El príncipe regente se encuentra de un humor terrible últimamente, ¿sabes? Imagino que no querrás que te encuentre deambulando por aquí, mirando a la nada como si nos sobrara personal.
Estaba claro que debía de haberla confundido con una criada. Niamh se balanceó sobre sus piernas con la vista fija en ella.
—No, señora. Lo siento, señora.
—Entonces, a trabajar. Y que parezca que tienes sangre en las venas.
Estuvo a punto de obedecer, pero en ese instante se dio cuenta de que podía aprovechar ese momento para recabar información.
—Disculpe, señora; quería saber si trabaja aquí una chica llamada Erin Ó Cinnéide.
—Erin —repitió ella. Había apretado los labios, pensativa. Sin embargo, su expresión se volvió sombría en cuanto reparó en a quién se refería—. Sí. Trabajaba aquí, pero se marchó. Hará unos dos días.
¿Se había ido? Era imposible.
—Ah, ¿sí? ¿Por qué?
—Ya me dirás tú —respondió, cortante, y después pasó por su lado, murmurando algo sobre lo vagos que eran los machlandeses entre dientes.
Después de la conversación con el príncipe Christopher, no le quedaba energía para tomarse aquello como algo personal siquiera. Y mucho menos en aquel momento. Se había quedado a cuadros.
Erin parecía contenta en Sootham; en todas sus cartas —en sus muchísimas páginas— había visto reflejado el ingenio, el humor, la serenidad y la inteligencia que la caracterizaban. Si hubiera querido regresar a Caterlow, o si no hubiera estado cómoda allí, lo habría mencionado. No tenía ninguna duda.
Aunque, en realidad, con lo mal que funcionaba el servicio postal, era bastante probable que se hubiera marchado de casa antes de que hubiera llegado la carta concreta en la que le decía aquello.
Decidió que le escribiría de inmediato, que llegaría al fondo del asunto. Sin embargo, fue entonces cuando el estómago comenzó a rugirle y su decisión dio un pequeño giro: primero iría a comer algo, aunque fuera ya tarde.
Cuanto más se aventuraba en el interior del palacio, mayor parecía ser el caos. Los lacayos llevaban de aquí para allá arreglos florales y lámparas, e incluso vio una escultura tallada en hielo. Algunos, subidos en escaleritas precarias, se tambaleaban mientras trataban de colocar velas en cada superficie libre. Las damas se afanaban en sacar brillo a los espejos; tanto que, al pasar por delante, un destello de luz rebotó en uno de ellos y alcanzó sus ojos. Cegada por un instante, acabó chocándose contra un pobre hombre que pasaba por ahí, centrado en sus propios asuntos.
Exclamó un «¡Lo siento muchísimo!» al mismo tiempo que él decía:
—Eh… ¿No es usted Niamh O’Connor?
Dio un paso atrás para observarlo.
El joven que se encontraba ante ella conocía el poder que otorgaba una buena vestimenta: llevaba un frac de color azul pálido con unos puños que le alcanzaban los nudillos al estilo jailleano y un chaleco de cuello alto que mostraba un patrón de rombos. Remataba el conjunto con un par de guantes color turquesa y un pañuelo atado al cuello que combinaba con ellos a la perfección. Incluso se había arreglado el cabello rubio a conciencia, dándole un efecto despeinado a base de cantidades ingentes de pomada.
Se trataba de un noble, sin duda, a juzgar por la fingida falta de interés escondida en su acento digno de cuento de hadas.
Se esforzó por no sonar demasiado sorprendida:
—¿Me conoce?
—Por supuesto que la conozco. He sido un gran admirador de su trabajo desde que logró cautivar a la alta sociedad hace ya dos temporadas. De hecho, vestir una de sus prendas sería para mí un sueño.
—Oh. —De pronto, se sentía hasta nerviosa—. Se lo agradezco enormemente. Sería un placer confeccionar algo para usted en cuanto tenga un hueco.
—No se comprometa a nada todavía. —Su sonrisa adquirió un ángulo un tanto pícaro—. Esta tarde he estado dando un paseo a caballo con el príncipe Kit y he escuchado cosas fascinantes sobre usted.
La simple mención de su nombre se encargó de arrebatarle la capacidad de lenguaje y cada brizna de sentido. Pensaba que había conseguido deshacerse de toda la rabia llorando, pero la sintió renacer en su interior. Debió de reflejarse en su rostro, porque él añadió:
—Veo que ha tenido una muy buena primera impresión de él.
Maldita sea. Ahora tendría que fingir. Según los cuentos que había leído, los príncipes eran caballerosos y románticos; no obstante, dos de los dos únicos que había conocido en la vida real habían demostrado ser unos excéntricos.
—Oh, sí. Fue encantador.
A sus palabras, la compostura del joven se quebró. Dejó escapar la carcajada menos aristocrática que había escuchado jamás.
—Debe de ser usted la mismísima santa Imogen si realmente lo cree. —Se sacó un pañuelito, con un precioso patrón, parecido al de su chaleco, del bolsillo delantero y se dio unos toquecitos en los ojos—. Gracias. Lo necesitaba.
—De… nada —respondió, casi como una pregunta.
—¡Ah! Pero ¿dónde están mis modales? En ocasiones me olvido de ellos; en especial, en presencia de jóvenes hermosas. —Le dedicó una sonrisa cargada de ironía, como si tratara de hacerle ver que estaba teatralizando el momento, y extendió una mano en su dirección—. Gabriel Sinclair.
Niamh colocó la suya encima y deseó no sonrojarse mientras él besaba el aire a escasos centímetros de sus nudillos.
—Es un placer conocerlo, lord Sinclair.
—Llámeme solo «Sinclair», por favor. —Su agradable sonrisa se desvaneció—. Parece algo perdida. Podría indicarle el camino a donde desee ir, si lo necesita.
Bueno, al menos había una persona en el palacio que quería ayudarla.
—¿Sabe usted dónde se encuentran las cocinas?
—¿Las cocinas? —Frunció el ceño—. ¿No preferiría que pidiese al servicio que prepararan té para ambos?
—¡No, no! ¡No se preocupe! No me gustaría obligarlo a tener que acompañarme.
—Permítame que insista; todos necesitamos contar con un amigo en la corte. —Le guiñó un ojo—. Especialmente cuando se procede de fuera.
Le hizo un gesto para que lo siguiera a través de otro pasillo.
Debía de tratarse de un buen amigo de los Carmine, desde luego: la guiaba por el palacio como si lo hubiera recorrido cientos de veces antes y, a medida que avanzaban, iba dando órdenes a los criados con soltura; una que, aun así, rezumaba modestia. No obstante, se fijó en que, de vez en cuando, cuchicheaban entre ellos y soltaban risitas. Aunque, si él se percataba de ello, no dio muestra de aquello. No pudo evitar sentir curiosidad; quizá, si hasta el servicio tenía la confianza suficiente como para tratarlo así, era porque él mismo provenía de fuera de la corte.
Encontraron asiento en una terraza acristalada y, apenas unos minutos después, una jovencita apresurada llegó con el servicio de té. Antes de desaparecer, depositó una torre de galletitas y una tetera que dejaba escapar una nube de vapor cuyo aroma lo llenó todo.
Mientras Sinclair se encargaba de rellenar las tazas, Niamh se llevó una de las galletas a la boca.
—Es usted un salvador. Se lo agradezco de verdad.
—Lo sé —respondió—. Aunque, por favor, mastique. Me está poniendo de los nervios.
Obedeció de inmediato; por fin tenía un segundo para saborear de verdad, y pudo apreciar su delicado toque floral y el delicioso regusto a mantequilla. Después le dio un sorbito al té; se arrepintió de inmediato, eso sí, porque le abrasó la garganta. Aunque al menos dejó sobre su lengua un agradable deje acaramelado. Su acompañante se mostró impresionado.
—Parece que las cosas están un poco agitadas por aquí hoy —comentó ella entonces—. ¿Conoce la razón?
—El príncipe Jack se encuentra de un humor bastante desagradable, así que todo el servicio se ha convertido en su reflejo perfecto. —Puso un mueca—. El Fisgón ha regresado a tiempo para la temporada.
—¿El Fisgón?
—Es una especie de crónica de sociedad; publica escándalos de la corte en la gaceta local, aunque debo confesar que considero que su autor, Lovelace, tiene cierta… perspicacia.
—¿A qué se refiere?
—Me refiero a que se pueden encontrar cotilleos sobre la temporada en cualquier parte, pero los suyos son distintos; cuentan siempre con un enfoque político. Lovelace se considera algo así como un defensor de los oprimidos, aunque sus publicaciones no son más que palabrería. —Se echó hacia atrás en su asiento—. Y no es que no esté de acuerdo con su punto de vista, por supuesto, pero ha dedicado tres años a defenderlos sin conseguir absolutamente nada. Aunque, eso sí, es casi digno de admirar el odio que profesa hacia Jack. Ha puesto todos sus esfuerzos en criticarlo sin descanso desde el primer momento.
—¿En serio? —susurró. Aunque apenas conocía al príncipe, no lo imaginaba como alguien que permitiera que le pusieran en ridículo ni tres minutos, así que ni hablar de tres años completos. Parecía demasiado orgulloso de sí mismo—. ¿Y cómo es que nadie le ha parado los pies?
—Si alguien hubiera conseguido atraparlo, no me cabe duda de que lo mínimo que haría Jack sería meterlo en prisión. Nadie sabe quién es, pero, de alguna forma, él parece saberlo todo sobre todo el mundo. —Absorto en sus pensamientos, no se dio cuenta de que estaba deshaciendo la galleta que sostenía entre los dedos—. Cada una de las personas que menciona en sus columnas recibe un ejemplar el día antes de su publicación. Les da la oportunidad de comprar su silencio. No me preguntes cómo lo sé.
—¿Alguna vez ha escrito sobre usted?
—Unas cuantas, sí. Aunque mi padre, el duque de Pelinor, se lo ha tomado mucho peor que yo. No es en realidad tan terrible como parece —agregó—. Personalmente, creo que el hecho de que expongan tu verdadero yo resulta liberador. —A pesar de la indiferencia que trataba de dar a sus palabras, Niamh era capaz de apreciar el rencor en su voz, la mentira. Acababan de conocerse, sí, pero era casi doloroso verlo tratar de disimular que no le afectaba—. En ocasiones puede resultar una molestia, pero en otras puede ser incluso interesante. ¿Le gustaría leer alguna?
Dudó un instante. No le parecía del todo correcto meter las narices en los cotilleos que hablaban sobre el hombre que la había contratado, pero era cierto que, de vez en cuando, disfrutaba de enterarse de algún que otro chisme.
—Sí.
Sinclair tocó una campanita para llamar a uno de los criados y pedirle que les trajera un ejemplar de La Gaceta Diaria. En cuanto la tuvo entre sus manos, le preguntó con franqueza:
—¿Sabe leer?
Era una pregunta normal; muy pocas jóvenes de clase baja sabían hacerlo. Su madre le había enseñado, aunque lo cierto era que no solía leer más que las leyendas de los mapas y algunos pasquines de moda.
—Lo suficiente, creo.
Él se la tendió. El papel estaba usado y arrugado por la cantidad de veces que debían de habérselo pasado unos a otros. Se dispuso a abrirla, no sin cierta torpeza y esforzándose por apartar la sensación de ser demasiado pueblerina.
Jamás había visto una publicación como aquella. La idea de recibir noticias diarias le resultaba increíble; era algo casi más extraño que la magia.
En Machland, la información llegaba a cuentagotas. Podían tardar meses en saber qué había ocurrido en el continente. De lo que pasaba en Avaland solían enterarse en cuestión de un par de semanas, pero los sucesos de al otro lado del océano a veces tardaban incluso medio año en llegar. Y a todo eso debían añadírsele los días extra que les costaba alcanzar pueblos como Caterlow, claro. Un vez allí, uno de los pocos habitantes alfabetizados reunía al resto en la taberna para recitar en alto los distintos acontecimientos.
Aunque de todos modos tampoco era que hubiera demasiada necesidad de columnas de cotilleos; en realidad, todos acababan conociendo los asuntos de los demás. Si te daba por revelar un secreto en voz alta, el viento se encargaba de transportarlo por todas las casas antes de que el día llegara a su fin.
La Gaceta, por desgracia, resultó ser un tanto complicada de leer. La tipografía era demasiado pequeña, como si la persona que hubiera maquetado el texto se hubiera dejado la piel para encajarlo todo en primera plana. Entrecerró los párpados, deseando para sí contar con una lupa, y pasó las distintas páginas hasta llegar a la última. Allí, entre varios anuncios de venta de carruajes y enaguas, se encontraba la de El Fisgón.
Según pudo observar, Lovelace usaba epítetos para referirse a las personas de las que hablaba, pero resultaban lo bastante obvios como para que cualquiera que tuviera los contactos suficientes pudiera adivinar las verdaderas identidades. Aunque no tardó en descubrir que otras no estaban ocultas en absoluto.
Recientemente, ha llegado a mis oídos el desastroso desenlace de la celebración de cierto almuerzo en la mansión de lord W, a quien es probable que recuerden por su implicación en el incidente de los viveros que tuvo lugar varios meses atrás. Al parecer, a la hora de servir el vino, ninguno de sus criados hizo acto de presencia y, en poco menos de una hora, la reunión fue disuelta. Podrán imaginar la terrible afrenta que supuso. Les informo de ello no con intención de extender rumores, sino para ofrecerles consuelo. O tal vez como advertencia.
Quizás ya se han percatado de que sus calendarios de eventos se encuentran más vacíos de lo normal esta temporada. No se alarmen; no es que sus amistades les hayan tomado inquina (quiero suponer), sino que se debe a que los miembros de la clase obrera machlandesa, instados por la señora HC, han suspendido sus oficios como protesta por el trato mediocre que reciben, así como para exigir una indemnización por la plaga que asoló su país. En lo referente a la señora HC, deseo poner fin a los ridículos rumores que han extendido la creencia de que es ella quien se encuentra tras estas palabras. Es cierto que compartimos una misma causa, y la admiro por haber sido capaz de movilizar al pueblo machlandés de forma tan efectiva, pero ¿acaso la han escuchado ustedes hablar? Su seriedad sobrepasa todos los límites, y yo no he sido serio ni un solo día de mi vida.
Me estoy desviando del tema. Permítanme destacar que Cierta Personalidad se ha mantenido en su determinación de negarse a celebrar un encuentro con ella, sin importarle siquiera que sus propios criados abandonen sus obligaciones en masa. Tal vez resulta que no es capaz de ponerse a la altura de su padre —es obvio que carece de la firme determinación que lo caracterizaba, por no hacer mención al terrible temperamento del que ha hecho gala—, pero sí parecen compartir un obvio rechazo hacia nuestros vecinos machlandeses. O tal vez es que se encuentra demasiado ocupado en sus intentos por contener a nuestro propio Hijo Descarriado, que por fin ha regresado a casa tras cuatro largos años. Aún está por verse si sus modales han mejorado desde la última vez, pero lo cierto es que tengo mis dudas. De lo único que tengo plena certeza es de que esta temporada hierve en descontento, tanto entre el pueblo machlandés como en el seno de la corte.
Le ruego, pues, CP, por su propio bien y bajo la creencia en la dignidad inherente a toda la humanidad, que escuche los reclamos de esta parte de nuestra sociedad, una de las más vulnerables, ya que, como habrá podido comprobar —y como con toda seguridad seguirá experimentando—, sus propios placeres dependen de su trabajo y de su magia.
Niamh apartó la vista, consciente del nudo que se le había formado en el estómago. No importaba cuánto tiempo hubiera pasado; los avaleses no parecían dispuestos a dejar de pisotear a su pueblo. Sin embargo, no tenía sentido eso de que incluso Jack tratara mal a sus criados machlandeses; había sido muy amable con ella. Aunque, en realidad, tampoco podía fiarse. Siempre había sido demasiado confiada; siempre había estado dispuesta a encontrar bondad en todas las personas.
Se preguntó entonces si quizás la longitud de las cartas de Erin había sido más un reflejo de su soledad que de su entusiasmo. ¿Cómo era posible que no se hubiera dado cuenta?
Que existiera algo como El Fisgón era insólito. Atreverse a cuestionar así la regencia el príncipe y apoyar tan abiertamente la movilización de los suyos… Esperaba que Lovelace hubiera tomado las precauciones necesarias para asegurarse de que nunca lo descubrieran. Los detalles de lo ocurrido en Jaille hacía ya treinta años habían llegado incluso a Caterlow; las clases bajas se habían hartado del trato que recibían por parte de la élite mágica y, un día, habían atrapado a la familia real y la habían quemado viva en las calles de la capital. Desde entonces, todos los monarcas del continente habían silenciado a sus detractores con una presteza sorprendente.
De todos modos, aquello era solo la opinión de una única persona. Y no podía tratarse de uno de los súbditos de Jack; estaba casi segura. Lovelace tenía que ser machlandés. Dudaba que un avalés fuera a apoyar a las clases bajas extranjeras de forma pública.
—Creo que alguien tan ocupado como el príncipe regente tiene cosas mucho más importantes por las que preocuparse que un columnista.
—Ya, bueno; lo que pasa es que tiene la horrible manía de convertir todo lo que ocurre en asunto suyo. —A juzgar por la amargura en la voz de Sinclair, le dio la sensación de que había arrojado sal en una herida abierta—. Aun así, sí: ha tenido que soportar mucha presión. Los miembros de la corte pueden volverse bastante insoportables cuando ven afectados sus compromisos sociales. Y, tal y como dice Lovelace, no es que cuente precisamente con la reputación que tenía su padre.
—¿Acaso no lo apoyan?
—No es como él —respondió con simpleza—. En el momento de mayor esplendor de su reinado, lo consideraban poco menos que un dios. Infundía respeto. O quizás miedo. Además, gobernaba de verdad. Jack, por su parte, se preocupa más por controlar lo que ocurre en el palacio que en el resto del reino.
Ella ya se había dado cuenta de eso. Estaba casado y tenía al ama de llaves, por lo que cualquiera de las dos podría encargarse de gestionar el palacio sin necesidad de su supervisión. Con cierta duda, separó los labios:
—¿Es habitual que los monarcas avaleses se ocupen de la organización del servicio?
—En absoluto. Es solo que Jack es un controlador donde los haya. Y no confía en nadie. —Le daba la sensación de que le había agradado la pregunta, pero se detuvo un instante, tal vez para buscar las palabras para responder—. Siendo sincero, en la actualidad, la mayoría de los reyes no son más que una figura que se sienta en el trono; carecen de verdadero poder político, a menos que realmente quieran ejercerlo, como ocurría con su padre. Las arcas reales financian a las autoridades y el rey dirige el Ejército; del resto, de las cuestiones más delicadas, se encarga el Parlamento.
Agitó una mano antes de continuar:
—Nuestros monarcas siempre han encontrado la forma de mantenerse ocupados cuando se aburrían de atender los asuntos del Estado. El padre de Jack tenía su colección de arte; su abuelo, una camada de los galgos más bonitos de todo el continente. Y Jack…, bueno, tiene su inmensa lista de eventos. La planificación de la boda de su hermano lo ha tenido bastante ocupado.
—Oh.
—Exacto. —Alzó la taza hacia ella—. Bienvenida a Avaland.
Sí, bienvenida, aunque eso no hacía que su trabajo fuera menos difícil. Si Christopher se negaba a vestir cualquier cosa que saliera de sus manos, estaba segura de que su hermano la reemplazaría por alguien a quien sí tolerara. Por mucho que hubiera amenazado con hacerlo, no podía ir desnudo a su boda. Sintió que el calor le subía a las mejillas solo con pensarlo.
—No me gustaría parecerle una cotilla, Sinclair, teniendo en cuenta que apenas nos acabamos de conocer, pero me gustaría saber si…
Él se echó hacia delante.
—¿Si…?
—¿Cuán bien conoce usted al príncipe Christopher?
Dejó escapar un suspiro antes de contestar:
—Lo cierto es que demasiado bien. Nos conocemos desde que éramos ambos unos críos, así que ninguno de los dos tuvo mucho que decir en cuanto a lo que a nuestra amistad se refiere.
Eso lo explicaba todo. Niamh sonrió, de pronto divertida ante la imagen de ambos interactuando.
—No parece que tengan demasiado en común. De hecho, me cuesta imaginar los temas sobre los que podrían hablar.
—Oh, sobre cientos de cosas. Kit tiene una lista de todos mis defectos por orden alfabético y le encanta quejarse de todos y cada uno de ellos continuamente.
Eso le arrancó una carcajada.
—Sí. Eso me encaja.
Él le dirigió una mirada maliciosa.
—¿Por qué lo pregunta?
—¡No es nada inapropiado, se lo prometo! Solo quería pedirle consejo, si es que tiene alguno que darme. Lo apreciaría enormemente. Sé que no soy del agrado de Su Alteza, pero aun así tengo que asegurarme de hacerle prendas que no odie. Dijo que… —Le costó un universo repetir sus palabras—: Que prefería morir que vestir cualquiera de mis prendas.
—Definitivamente, suena a algo que él diría —murmuró Sinclair con la profunda resignación de alguien que ha escuchado la misma historia cientos de veces antes. De pronto, su expresión se volvió seria—. No estoy tratando de excusarlo, pero Kit ha estado luchando durante muchos años contra sí mismo; a veces es inevitable encontrarse justo en mitad de un fuego cruzado. Intente no tomárselo como algo personal.
—Lo intentaré, sí.
No sonó demasiado convencida; ni siquiera para sí misma.
—Esa es la actitud. —La diversión volvió a iluminar sus ojos—. Una vez que consigues arrancarle todas las espinas, no resulta tan terrible. Kit tiene un buen fondo; puede llegar a ser dulce y agradable. Trate de ser usted misma, nada más. Esta tarde me ha permitido descubrir que es un huracán de honestidad y buena compañía con el tamaño de una pinta de cerveza. Ha sido…, bueno, una grata sorpresa. Algo distinto a lo de siempre.
Niamh no supo qué era peor, si pensar en el príncipe como alguien que pudiera ser «dulce y agradable» o si convencerse de que eso de tener «el tamaño de una pinta de cerveza» era un cumplido. Como si no fuera ya suficiente castigo ser incapaz de conseguir nada por sí misma.
—Gracias, Sinclair. Creo.
—Un placer. —Le sonrió—. Y buena suerte.
No le quedaba duda de que iba a necesitarla.