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Mientras Niamh se inclinaba sobre la barandilla del barco, la asaltó la sensación de que se le había olvidado algo.

Había envuelto sus mejores piezas en un delicado papel color crema, empaquetado sus bobinas y tijeras de tela y —lo más importante— guardado a buen recaudo la invitación en su ridículo. Eso era todo. Por supuesto. Aun así, no podía estar segura. Mantener el control sobre sus pertenencias jamás había sido su virtud más destacable. Y por mucho que detestara admitirlo (y aunque estuviera casi convencida de que su bolsito escondía la entrada a un mundo desconocido repleto de lapiceros rotos y monedas extraviadas), no tenía forma de negar la verdad: cada vez que atesoraba algo, ya fuera su par de tijeras favorito o sus valiosos años de vida, se le acababa escurriendo entre las manos.

Además, volver a echarle un vistazo a la invitación no haría daño a nadie.

Rebuscó en el interior de su ridículo y suspiró, aliviada, cuando encontró la carta. Los bordes se le habían curvado por la inclemente brisa marina y, pese a que el pergamino parecía amarillento por el paso del tiempo, en realidad era porque había sido víctima de al menos cinco incidentes por derramamiento de té. A esas alturas ya había memorizado cada centímetro, desde el impecable sello de cera de la familia real, que había pasado a estar suave y brillante por los incansables toques de sus dedos, hasta la emborronada tinta que conformaba su contenido:

Estimada Niamh Ó Conchobhair:

Nos complace anunciarle que ha sido invitada al reino de Avaland como huésped de honor de la familia real para servir como costurera real en la unión matrimonial de Su Alteza Real, el príncipe Christopher, duque de Clearwater, y Su Alteza Real Rosa de Todos los Santos de Carrillo, infanta de Castilia…

Aún era incapaz de creérselo. Ella, una simple chica machlandesa proveniente de un lugar olvidado como Caterlow, iba a ser la costurera de la boda real. Por fin, su trabajo estaba dando sus frutos.

Hacía ya dos años, una muchacha de su pueblo, Caoimhe Ó Flaithbertaigh, había viajado a Avaland para visitar a un familiar lejano. Y, tras haber llevado uno de los diseños de Niamh durante un baile —un precioso vestido de seda amarilla, adornado con hilos metalizados y encantado con reminiscencias de los primeros días de primavera—, había conquistado al soltero más cotizado de la temporada, el duque de Aspendale. Desde entonces, no había dejado de recibir clientes avaleses deseosos por sentir aunque fuera la caricia de la magia que había convertido a aquella joven machlandesa de clase baja en duquesa.

Niamh había confeccionado vestidos para nobles desesperados por hacer irresistibles a sus hijas sin poderes, para señoritas deseosas por desposarse con miembros de la aristocracia y para damas que ansiaban conservar su cada vez más marchita belleza. Aquellas ambiciones habían mantenido a su familia a flote durante los últimos años… aunque a duras penas. Al fin y al cabo, pocas personas en su reino podían permitirse los vestidos mágicos de los Ó Conchobhair.

Sin embargo, ya no tendría que preocuparse por su madre, sus doloridas articulaciones y su vista deteriorada, ni por su abuela, que cada día se volvía más frágil e irritable, ni por el tejado que seguía necesitando que alguien lo reparara, al igual que la hendidura de la ventana, cortesía de su vecino, el pequeño Cillian, y de su cabra. De alguna forma, su trabajo había captado la atención del mismísimo príncipe regente de Avaland.

Convertirse en la costurera real para la boda sería el impulso que le permitiría abrir su propia sastrería en el centro de la capital avalesa y obtener el dinero suficiente para poder sacar a su madre y a su abuela de Machland y enviarlas a una villa acogedora donde no tuvieran que matarse trabajando ni un solo día más. Aquella era la oportunidad que siempre había estado esperando.

Lo único que deseaba era dejar de sentirse egoísta por haberla aprovechado.

Cuando le había contado a su abuela que se marchaba, la había mirado como si no la reconociera. «Tu abuelo perdió la vida luchando contra los avaleses para asegurarse de que pudieras tener una vida aquí en Machland. Tú y tu magia sois lo que esos monstruos trataron de arrebatarnos. ¿Y ahora pretendes usarla para hacerles vestiditos? Qué vergüenza. Jamás lograré recuperarme».

Lo último que Niamh quería era deshonrar a su familia. Cada día de su vida le habían recordado lo afortunada que era por vivir libre sobre suelo machlandés y cuánto les debía a aquellos que habían luchado como su abuelo. Una nieta buena y obediente habría tomado la invitación y la habría hecho pedazos sin pensárselo siquiera; una nieta buena y obediente le habría propuesto matrimonio a alguien que pudiera darle estabilidad y unos hijos que heredaran la magia que fluía por sus venas. Sí, así no encontraría la felicidad, pero al menos su cultura sobreviviría una generación más.

No obstante, en ese momento, con la carta del príncipe en las manos, era incapaz de conformarse con ser obediente. No importaba si su abuela lo aprobaba o no; no importaba si de esa forma traicionaba a sus ancestros: tenía que cuidar a su familia de la única forma que estaba en su mano.

Era la deuda que debía pagar.

Guardó la carta de nuevo y dirigió el rostro hacia la brisa salobre. Ante ella, el mar de Machland se extendía como un trozo de tela gris. La espuma lo cubría como una pátina de encaje y el agua, brillante bajo la luz que precedía al alba, parecía infinita, como las posibilidades a su alcance.

—¡Atracaremos en Sootham en diez minutos! —exclamó uno de los miembros de la tripulación—. ¡Diez minutos para atracar!

Niamh dio un respingo y se golpeó la cadera contra la barandilla.

—Oh.

El dolor desapareció en cuanto fijó la vista en la ciudad que se alzaba sobre las aguas. Una nube de bruma cubría la costa, tan blanca y vaporosa como un velo, y los débiles rayos del sol bañaban con delicadeza las siluetas apuntadas de los edificios. Cerró los dedos sobre la barandilla, casi temblando por el ansia; fue lo único que logró impedir que se lanzara por la borda y echara a nadar hasta la orilla.

En cuanto el barco se detuvo por fin y los marineros lo amarraron al muelle, Niamh recogió sus pertenencias y se dirigió a la pasarela. El resto de los pasajeros comenzaron a rodearla entre gritos y empujones. Jamás había visto una multitud tan grande como la que comenzó a apelotonarse en la cubierta. Varias personas acunaban a sus hijos contra sus pechos; algunos niños se aferraban a las faldas de sus madres, con los huesos marcados contra la piel, y unas jóvenes no mucho mayores que ella miraban en su dirección, aunque no parecían verla; tenían suciedad bajo las uñas y los ojos cansados. Todos ellos olían a desesperación y sueños.

Sin duda, habían abandonado sus hogares y a sus familias para tratar de encontrar un puesto de trabajo allí, en Sootham. Por primera vez, temió que su abuela estuviera en lo cierto: quizás nunca había comprendido lo cruel que podía llegar a ser el mundo.

Se esforzó por mantener el equilibrio cuando comenzaron a caminar, aplastada entre hombros ajenos y equipaje. En cierto momento sus pies incluso abandonaron el suelo. El fuerte hedor de los cuerpos a su alrededor era casi inaguantable y, una vez que logró por fin alcanzar el muelle, las piernas le temblaban como si aún se encontrara en medio del mar.

Avanzó a duras penas, recorriendo con los dedos las húmedas y deshilachadas cuerdas que los acorralaban. A pesar de lo desorientada que se sentía, evitó pisar a las ratas que correteaban por doquier y, de milagro, detener el impulso de disculparse con ellas. En cuanto alcanzó suelo firme de una vez por todas, miró hacia arriba y la posibilidad de haberse equivocado de barco la golpeó de lleno.

La ciudad que la esperaba al final del puerto no era en absoluto lo que había imaginado. ¿Dónde estaban la elegancia y el brillo? ¿Dónde se encontraban los hermosos parques y las calles abarrotadas? En aquel lugar, los edificios se apoyaban los unos sobre los otros como si apenas pudieran mantenerse en pie por sí solos y el hedor a algas y agua estancada lo cubría todo.

No. Aquello tenía que ser Sootham.

Pero si no conseguía encontrar el camino al palacio, no había ningún otro sitio al que pudiera ir. No tenía dinero suficiente para volver a casa, aunque eso ni siquiera era una opción. No habría soportado tener que ver a su madre deslomándose otra noche más, cosiendo encajes sin magia y sin descanso bajo la escasa luz de la lámpara, ni tampoco ser testigo de lo que cada encantamiento le arrebataba a su abuela. Su bienestar dependía de ella, y era lo suficientemente fuerte para cargárselo a los hombros.

Tomó aire y entrecerró los párpados para poder ver entre la bruma. Allí, bajo el tenue resplandor de una farola, no demasiado lejos de donde se encontraba, había un carruaje. Era discreto aunque hermoso, pintado de un elegante negro laqueado que destacaba incluso en mitad de la neblina. En uno de sus lados tenía grabado el escudo real en rojo rubí y dorado: una rosa con los pétalos decorados con lágrimas de oro. Con toda facilidad, podría haber llegado a creer que había salido de un cuento de hadas y que en cuanto mirara hacia otro lado regresaría a la realidad, convertido en una calabaza bajo la cruda luz de la mañana.

Mientras se acercaba, un lacayo se bajó de la parte trasera. Parecía una estatua, vestido con una fina librea, serio, galante y tan alto que ni siquiera parecía real. De hecho, ahí, de pie e iluminado ante el carruaje, le dio la sensación de que se trataba de uno de los Justos, dispuesto a enviar su espíritu al Otro Mundo. Sus fríos ojos azules la estudiaron y, por fin, con notoria condescendencia, se dirigió a ella:

—¿La señorita Niamh O’Connor?

Era obvio que había estado esperando algo diferente.

Tuvo que combatir sus instintos para no atusarse el pelo o ajustarse las faldas. Estaba segura de que aquellos cuatro días en mar abierto no se habían portado especialmente bien con ella. Aun así, le dedicó la sonrisa más encantadora que fue capaz de convocar.

—Esa soy yo.

El hombre le pidió que le entregara su maletín y lo agarró como si se tratara de un gato sujeto por el pescuezo.

—De acuerdo, pues. Supongo que será mejor que me acompañe.

La fachada de piedra blanca del palacio real resplandecía, con sus hileras de ventanales e inmensas columnas que parecían soldados bien estirados bajo el pórtico. Se veía antigua, pulcra, perfecta e impresionante. El simple hecho de tenerla delante arrebataba el aliento. Era magnífica, aunque a la hora de la verdad casi dolía mirarla. Cada rincón centelleaba a la indomable luz de la mañana.

—Guau —suspiró Niamh, presionando el rostro contra el frío cristal.

¿Cómo podía existir tanta riqueza y tanto abandono en aquella ciudad al mismo tiempo? Era incapaz de creer que esa fuera a ser su casa durante la temporada. Quizás, con un poco de suerte, acababa encontrándose con algún conocido. Sabía que iban a enviar a su amiga Erin Ó Cinnéide al palacio. Sería maravilloso verla de nuevo después de tantos meses.

Todas las familias nobles contrataban un gigantesco servicio provisional para la temporada, y muchos de sus miembros procedían de Machland. Por lo que sabía gracias a las cartas que había recibido, era un trabajo duro; aun así, al menos era trabajo. Quizá su país había logrado obtener la independencia, pero no tenía mucho más. Las tierras seguían recuperándose tras la plaga y las familias, de sus pérdidas. Apenas había nadie de su edad que no se hubiese marchado de Caterlow para tratar de conseguir una vida mejor al otro lado del mar.

El carruaje comenzó a reducir la velocidad y se detuvo ante el palacio. Entonces, Niamh se fijó en que había una mujer —supuso que el ama de llaves— ante las puertas, con los brazos enlazados a su espalda con elegancia. Sus pesadas ropas oscuras la hacían parecer una mancha en mitad de todo aquel blanco.

El lacayo bajó para abrirle la puerta y otro, que los había estado esperando a un lado del camino, se encargó de recoger sus pertenencias, que desaparecieron de su vista antes siquiera de que pudiera abrir la boca para darle las gracias.

En cuanto puso un pie en la tierra, se sintió abrumada. Sin su maletín, no tenía nada en absoluto en lo que ocupar las manos. Fue lo único en lo que pudo pensar mientras avanzaba, perdida. Subió las escaleras que conducían al pórtico, haciendo un esfuerzo consciente para no quedarse embobada con los espléndidos jardines y las estatuas desgastadas que los moteaban. No obstante, cuando el ama de llaves dirigió su penetrante mirada hacia ella, frenó de golpe.

Era una mujer imponente, no mucho mayor que su abuela, pero con la constitución de un caballo. Llevaba el pelo recogido en un moño apretado, lo que resaltaba sus rasgos severos. Solo estar en su punto de mira era como si le hubiera colocado un cuchillo contra el cuello. No supo qué decir; su amiga Erin trabajaba en una gran mansión y, pese a que sus cartas contenían párrafos y párrafos sobre chismes de la corte y líos entre los nobles, nunca les había prestado demasiada atención. Algo le dijo que quizás tendría que haberlo hecho.

Se inclinó en una reverencia.

—Niamh Ó Conchobhair. Es un placer conocerla.

No hubo respuesta. Cuando por fin se atrevió a alzar la vista de nuevo, la mujer la contemplaba con el ceño fruncido.

—¿No puede hacer nada con ese acento?

Durante un instante, se quedó muda por completo. Su abuela ya le había advertido sobre el hecho de que los avaleses les guardaban tanto rencor a los machlandeses como lo hacían ellos. No obstante, jamás habría imaginado que quedaría tan patente desde el principio.

—Me temo que no, señora. Lo lamento.

—Una pena. —Chasqueó la lengua—. Se dirigirá a mi persona como «señora Knight». Su Alteza Real, el príncipe regente, ha solicitado verla. Hay varios aspectos sobre su labor que desea tratar con usted.

Se irguió de inmediato. ¿El príncipe regente de Avaland quería verla? ¿Y hablar de su trabajo? Estaba segura de que podía ser ella quien la pusiera al día de los detalles de su estancia allí.

—¿Conmigo? ¿Está usted segura?

—Bastante segura, sí. A Su Alteza Real le gusta estar implicado en el funcionamiento del palacio. Es un hombre muy particular.

Niamh leyó entre líneas de inmediato: con «particular» se refería a «puntilloso». Si metía mano en los asuntos que pudiera llegar a tener una costurera, no imaginaba cómo debía ser la forma en la que gobernaba un país entero.

No sabía demasiado sobre la familia real aparte de que, hacía ocho años, la salud del rey había comenzado a deteriorarse, que ya nunca había vuelto a la vida pública y que su mujer había fallecido hacía cuatro años en un trágico accidente. El Parlamento había nombrado regente a su hijo mayor, el príncipe John, hasta que su padre se recuperara o —los dioses no lo quisieran— muriese. De su hermano menor, el príncipe Christopher, sí que no tenía idea; solo que se casaría en un mes.

Aun así, era consciente de que no podía presentarse delante del príncipe regente en esas condiciones. Después de cuatro días de viaje en barco —y siendo generosa—, olía a rancio. Y no quería ni pensar en el aspecto que tendría su pelo; estaba segura de que parecía más que se había hecho un nudo que una trenza.

—Temo no encontrarme en las mejores condiciones para…

—En efecto, no lo está. No obstante, Su Alteza Real detesta que lo hagan esperar una vez que toma una decisión, así que sígame.

Sin esperar una respuesta por su parte, desapareció en el interior del palacio. Niamh fue tras ella, aunque volvió a detenerse de golpe bajo el marco de la puerta. Ante ella se encontraba un mundo nuevo, tan brillante y desconocido como el Domhan Síoraí, el reino de los Justos. Dejó escapar el aliento.

—Oh.

Aquello iba más allá de su imaginación. Cada rincón rezumaba elegancia y opulencia, desde los grabados en los muros hasta las telas de los tapices y cortinas. Y los muebles centelleaban. Había incrustaciones de oro en los cojines, cabezas de león de bronce en las patas de las sillas, y la decoración en espiga del suelo de palisandro… Sintió que debía disculparse con él por obligarlo a soportar las pisadas de sus sucias botas de viaje.

—¡No hay tiempo para quedarse pasmada!

—¡Lo siento!

El ama de llaves la guio a través de uno de los pasillos. Y, por los dioses, era muy rápida. Estuvo a punto de tropezarse un par de veces en su intento por seguirle el ritmo.

A medida que avanzaban, los sirvientes casi se arrojaban hacia los lados para dejarlas pasar y se quedaban rígidos; algunos de ellos incluso se inclinaron en su dirección, como si la señora Knight fuera el mismísimo príncipe regente. Otros, no obstante, se quedaban mirándola con un desdén que apenas se esforzaban en ocultar. Niamh, alarmada, mantuvo la vista fija en los hombros de su guía. Estaba claro que no todo el mundo tenía a sus superiores en estima.

Por fin, se detuvieron ante una puerta que le doblaba la estatura. Había una estatua dorada en lo alto que representaba a un halcón con las garras estiradas hacia ellas. Se le antojó un tanto excesiva, pero el mensaje quedaba claro. Era un presagio.

—Su Alteza la recibirá aquí —le hizo saber la señora Knight—. Será así como se dirigirá a su persona, y más tarde como «señor». ¿Queda claro?

Asintió. Nunca había imaginado que la condescendencia podría resultar así de acogedora. Sentía un nudo en el estómago, la garganta seca por completo, y deseó ser capaz de aguantar las ganas de vomitar sobre aquella preciosa alfombra. Eso la enviaría de vuelta a Caterlow. O directamente a la prisión de deudores.

Calma, se dijo a sí misma como tantas veces lo había hecho su abuela. Si te mantienes en calma, te equivocarás mucho menos.

Afianzó los pies contra el suelo y sacudió las manos para deshacerse de los nervios. Después, tras tomar una gran bocanada de aire, entró en el salón.

Justo en el momento en el que abrió la boca para anunciar su llegada, tropezó con un pliegue de la alfombra. Ahogó un gritito de sorpresa y se esforzó por estabilizarse antes de que lo siguiente fuera caer de cabeza en uno de los inmensos jarrones repletos de flores que se esparcían a ambos lados.

—¿Se encuentra usted bien?

La pregunta, con cierto deje de alarma, vino de parte de Su Alteza Real, el príncipe regente de Avaland. Niamh sintió cómo las mejillas le ardían.

—Sí, Alteza. Agradezco su preocupación.

Cuando fue capaz de hacer acopio de toda su entereza para alzar la mirada, él ya se había puesto en pie. No debía de tener más de treinta años, pero su porte, adusto y cansado, lo hacía parecer veinte años mayor. Su pelo era castaño oscuro y se lo habían peinado con esmero; no había ni un solo mechón fuera de su sitio. Llevaba un traje negro, simple y recto. Ni siquiera su anillo de bodas, que no consistía en más que un aro dorado, mostraba una sola señal de desgaste por el uso. Todo en él, desde sus cejas hasta los pómulos marcados, gritaba orden. Era una estatua tallada en mármol que encajaba a la perfección en aquel palacio construido siglos atrás.

Sin embargo, no era él de quien no pudo apartar la vista, sino del joven que se encontraba a su lado. Debía de tener pocos años más que ella; diecinueve, quizás. A la luz de la mañana, sus ojos dorados ardían con una intensidad que casi rozaba la hostilidad. Y, cuando encontraron los suyos, tuvo la sensación de que el corazón se le detenía en el pecho. Se vio obligada a apoyarse en el respaldo de una de las sillas.

Sus rasgos eran afilados como el filo de una espada y le daban un aspecto… Bueno, lo habría descrito como peligroso, pero en realidad tenía la constitución de una aguja. Podría haberlo partido en dos de haber querido. Llevaba puesto un frac negro con unas solapas muy peculiares sobre un chaleco color carbón y una corbata anudada con sencillez. Nunca había sentido especial inclinación por las paletas monocromáticas —le parecían pasadas de moda, por no decir aburridas; en especial, para el día a día—, pero habían confeccionado sus ropas con tanta destreza que ni siquiera le dedicó un pensamiento de más. Llevaba el cabello, tan oscuro como la tierra húmeda, recogido en un moño bajo.

Era el hombre más apuesto que había visto en su vida.

No obstante, en cuanto separó los labios y habló con una arrogancia heladora, el hechizo se desvaneció:

—¿Y usted quién es?