Solsticio de verano

La ciudad bastión se había vestido con sus mejores galas para celebrar la más importante de sus festividades. Los ciudadanos daban los últimos retoques a las tiendas y al exterior de sus casas mientras una avalancha de viajeros y comerciantes buscaban un buen lugar donde hospedarse y disfrutar de lo que acontecería en breve. Un hombre de ojos marrones y pelo oscuro sobresalía entre aquella multitud que iba y venía; caminaba por la zona norte cubierto por una ligera armadura de placas y acompañado por tres hombres. A un ademán suyo, uno de ellos se dirigió hacia una posada donde tenía lugar una discusión. Sin mucho más esfuerzo, dio órdenes al resto de guardias para que ayudasen a sus vecinos, quienes lo saludaban con un «buenas tardes, capitán».

—Raydon, casi es la hora —dijo una voz conocida a su espalda.

Este se giró y vio a su segundo, de facciones duras, ojos oscuros y cabello castaño.

—Creía que estarías supervisando la puerta, teniente.

—He dejado a varios hombres al cargo. Estaba seguro de que no habrías vuelto.

—Aún tengo algo de tiempo —respondió, estrechando el brazo de su interlocutor.

Asrock miró sonriente a su capitán.

—Hace un buen rato que te espera en el cuartel.

—¿Ya ha terminado? —preguntó algo sorprendido.

Asrock asintió.

—Antes de venir hacia aquí, he pasado por la guardia y estaba entrenando con algunos veteranos. —Le dio un suave golpe en el hombro—. No le hagas esperar más.

Raydon asintió, le informó de la actividad del resto de soldados y se dirigió hacia la Guardia del Norte.

Llegó varios minutos después. Nada más entrar por la puerta, oyó que los que estaban más cerca cuadraban la postura y saludaban poniéndose el puño en el pecho y diciendo: «Capitán». Al mismo tiempo, un joven de diecisiete años, de ojos y pelo negros, se acercó y saludó de igual forma.

—Bienvenido, papá.

Raydon lo miró de hito en hito. Llevaba una cota de cuero sobre la que se apreciaba impresa a fuego la insignia de su guardia, un escudo de torre con un hacha y un martillo de herrero entrecruzados. Sintió cómo el estómago se le encogía y, a su vez, el pecho se le llenaba de orgullo.

—Has de llamarle capitán —le reprendió un hombre canoso y de ojos azules—. Jin, recuerda lo que te dije —prosiguió con un tono conciliador.

Este asintió y, algo avergonzado, miró a su padre, quien le guiñó un ojo mientras repetía correctamente el saludo.

Minutos después ambos paseaban por las calles de Terra. Durante el trayecto, algunos de los vecinos se les acercaron para felicitar brevemente al joven Jin por el ingreso en la Guardia del Norte. Tras varios encuentros más, Raydon hizo parar a su hijo y le señaló el blasón de la cota.

—¿Sabes qué significa la insignia de tu pecho?

—Si no recuerdo mal, el escudo y el hacha representan a los soldados, mientras que el martillo simboliza al pueblo, ya que muchos eran herreros —dijo dubitativo—. Creo que su lema es: «Pueblo y soldados unidos».

—Te has acercado, pero no —respondió, y señaló una casa en la que el escudo estaba grabado en la piedra—. Lo que realmente quiere decir es: «Todo por el pueblo y todo por el reino». La villa donde residía nuestra guardia fue el lugar de nacimiento de nuestro héroe, y él siempre lo dio todo por su gente.

Jin parecía ansioso por saber más sobre los secretos de su nuevo lugar en el mundo; no obstante, su padre parecía disfrutar enormemente de la caminata, la cual terminaba en la plaza del Rey. En su periplo hablaron de lo que le esperaría en los próximos días y de cómo tendría que demostrar su valía no solo como guerrero, sino como hombre. Tras torcer una esquina, por fin pudieron divisar, al final de la calle, su objetivo y el castillo Blanco de fondo. De repente, una hermosa pelirroja les salió al paso con una cálida y amable sonrisa.

—Hola —dijo algo apresurada—. No esperaba encontraros aquí.

El joven devolvió el saludo, cuando Raydon lo interrumpió:

—¿Ha ido bien?

—No demasiado —respondió. Se fijó en que el chico parecía más corpulento gracias al peto de cuero curtido—. Veo que ya tienes un nuevo cadete —comentó, dando un toque con el dedo sobre el blasón de la armadura.

—Sí —respondió, y posó una mano en el hombro de su hijo—. No va a ser fácil, pero estoy seguro de que lo hará bien.

Jin sintió que se le acaloraba el rostro cuando Seraphine le alborotó el cabello:

—No le hagas mucho caso, a tu edad él estaba más verde. ¿Nos vemos luego, Ray?

—Sí, después de la celebración iremos al Scarlet. ¿Te pasarás?

Ella levantó el pulgar antes de despedirse con la mano y alejarse a la carrera con un suave tintineo. Raydon miró a su hijo, quien aún tenía las mejillas algo coloradas.

—Vamos.

La plaza del Rey, que poco a poco se había ido llenando de visitantes, estaba rodeada por antiguas casas de piedra que empequeñecían ante la imponente presencia de la estatua que se alzaba en su centro: un hombre cubierto por una armadura completa esculpido en piedra blanca de más de ocho metros de altura. Su pose solemne y sus facciones duras imponían tanto como la espada de doble filo y grandes dimensiones que asía clavada en el suelo. Ante aquella espléndida y maravillosa obra descansaba un pedestal con una placa de metal que rezaba:

Armengol Van Teisho.

El rey que sin ningún don doblegó hordas de enemigos y el poder de los dioses.

Al llegar se fijaron en que diversos soldados vestidos con túnicas rojas escoltaban la figura y ordenaban a la aglomeración de visitantes en una larga cola. Mientras esperaban, Raydon le explicó que aquella talla era una representación de la verdadera, que descansaba en el interior del castillo, y que solo la familia real y la Corte Elemental podían acudir allí ese día.

En un momento dado, Jin se percató de que los asistentes se paraban en grupos de diez o doce. Cada uno mostraba sus respetos de distinta forma: algunos dejaban flores de color turquesa y lila; otros, sobre todo los más ancianos, daban un ligero golpe de cabeza al tiempo que murmuraban unas palabras ininteligibles, y unos pocos hincaban una rodilla. Sin embargo, lo que más le llamó la atención fueron los custodios que la guardaban. La forma de presentar su devoción era como mínimo curiosa, pues se abrían los mantos para enseñar una armadura completa de placas blancas, desenvainaban las espadas y apoyaban la punta en el suelo a la par que decían: «Por el rey Héroe». Sin duda, era un espectáculo digno de ver, ya que cada vez que llegaba un custodio nuevo hacía todo aquel ritual.

Raydon se fijó en su hijo, quien no parecía saber bien cómo actuar. Era la primera vez que lo hacía con su nuevo título… Ya no era un niño, sino un soldado que protegería su país.

—Solo hazlo como te salga —le aconsejó, dando un paso al frente. Se golpeó en el pecho con el dorso de la mano y con la mirada posada en la estatua—. Todo por el pueblo.

—Todo por el reino —finalizó Jin, imitando la postura de su padre.

Se apartaron para ceder el paso a los siguientes. Al pasar por delante de uno de los custodios, oyeron: «Todo por el rey Héroe». El capitán sonrió y pasó el brazo por encima de los hombros de Jin para salir del río de gente.

—Vamos a buscar a tu madre y tu hermana, o se pensarán que nos hemos olvidado de ellas.

Cuando llegaron a su hogar, Raydon fue el primero en entrar y verse asediado por una jovencita de largos cabellos dorados y mirada radiante. La cogió y la levantó por encima de la cabeza.

—Ven aquí —dijo antes de bajarla para que lo abrazase.

Mientras Sophie le estrujaba el cuello, Vainille salió del cuarto ataviada con un hermoso vestido largo en tono lavanda y un fénix bordado de color verdoso. Aquella ropa remarcaba su estilizada figura y, al igual que su hija, llevaba la melena castaña clara suelta y adornada con un pasador en forma de ave con una piedra rojiza en el pecho y las alas extendidas.

—¿Cómo ha ido? —preguntó.

Él asintió con la cabeza. En ese momento, Jin entró exultante. Miró a Vainille, quien a la vez que se acercaba y lo estrechaba entre sus brazos, dijo:

—¡Felicidades! Ya tenemos uno más en la familia.

Sophie se agarró a su hermano e imitó a su madre.

—¿Cuándo empiezas?

—Mañana se unirá al resto de cadetes —respondió Raydon, en tanto que liberaba la espada de su cinturón y la dejaba descansar en una repisa, debajo de la cual había un escudo de forma triangular con el dibujo de un fénix arropando el blasón de la Guardia del Norte.

El chico se dispuso a hacer lo propio cuando se dio cuenta de algo básico e importante: no había cogido su espada del arcón. Su padre lo miró y le quitó hierro al asunto, puesto que mañana sería su primer día y ya podría recogerla. Jin insistió en querer volver a por ella, pero alguien llamó a la puerta. Vainille atendió a la visita, que resultó ser un mensajero que traía un paquete para su hijo.

Curioso por saber quién sería el remitente, estudió el bulto. Era alargado y estaba envuelto en una caja de madera que, a su vez, estaba cubierta por una tela de color ocre y atado con un cordel basto de trenza.

—¿Un regalo? —se preguntó.

Sus padres se apartaron, mientras Sophie trepaba por la silla hasta llegar a la mesa.

—¿Qué es? —preguntó la pequeña, al tiempo que intentaba abrirlo.

Jin le llamó la atención a su hermana, quien retiró la mano con los mofletes inflados. Aquella táctica tenía el particular efecto de hacerle ceder; no obstante, la ocasión era diferente… Un objeto con aquellos cuidados era algo que solo él debía descubrir. Deshizo el nudo, retiró la tela delicadamente y lo que vio le dio un vuelco al corazón. No era una caja común, sino un baúl decorado con un blasón en concreto: estaba pintado en blanco sobre la madera de roble enrojecida dibujando un escudo triangular con tres puntas en la parte superior, con el castillo Blanco y el fénix de alas extendidas surgiendo de él y cinco torres que lo rodeaban desde el centro hasta los flancos. Supo con total certeza de quién provenía. «¿Qué me habrá enviado?», se preguntó al pasar el dedo por el cierre de plata. Abrió el pestillo y se encontró tres cosas. La primera fue una carta sobre una tapa de madera. Debajo esperaba la segunda, dos protectores gemelos blancos para los antebrazos de perfecta manufactura y en los que se veía grabada una cenefa tribal que conectaba las insignias de Terra y la Guardia del Norte; la primera estaba en la parte alta y la segunda en el extremo opuesto. Se resistió al deseo de probárselos, pues todavía debía hacer algo antes de observar con detenimiento sus protecciones. La última era una espada envuelta en un bonito tejido blanco que parecía tener algo bordado de color dorado. Antes de probarse los regalos, abrió la carta.

Felicidades por tu graduación.

Deseaba entregarte este presente yo misma, pero hay deberes que no puedo eludir. Aunque lamento no poder ver tu cara cuando los veas, me conformo con vértelos puestos. Espero que pronto esta hoja cumpla lo que nos prometimos…

P. D.: Espérame en la plaza del Rey después del homenaje.

Jin la guardó con cuidado en el sobre, la dejó dentro del baúl y sacó la espada. Retiró la tela, que resultó ser una capa de viaje blanca con el blasón de Terra en el centro y una inscripción que rezaba: «Gladius qui protegit».

—La espada que protege… —murmuró.

Dejó la capa con cariño a un lado y, por fin, permitió que la curiosidad aflorara. Se fijó en el arma que tanto rato llevaba esperando su atención; durante un instante tuvo la sensación de que aguardaba impaciente su turno. La cogió por la vaina y la examinó. Era, al igual que las protecciones, de una manufactura magnífica, y a cada lado de la funda estaban grabados los escudos del reino y de la Guardia. De ambos nacían cenefas tribales que recorrían toda la funda hasta el centro, en donde se podía ver el fénix que representaba al imperio. Asió la empuñadura recubierta de cuero, perfecta para usarla a una o dos manos. Estiró poco a poco de la espada, que gimió al salir. Dejó la funda dentro del arcón y se fijó en la hoja; brillaba con fulgor propio y era alargada, de dos filos, serrada al llegar a una guarda que se curvaba en forma de garras. Justo en la parte llena de dientes vio una inscripción:

Tu espada es mi protección, y mi escudo, la tuya.

Jin la blandió y descubrió que era ligera y resistente, ideal para su estilo de lucha.

—¿Qué nombre le vas a poner? —le preguntó Sophie expectante desde el otro lado de la mesa.

—Protectora… No, ese no es su nombre —susurró. La alzó y la miró una vez más. Esta vez se quedó mirando la inscripción durante tres respiraciones. Tras enfundarla, respondió—: Guardiana.

—Es un buen nombre —comentó Raydon poniéndose de pie.

Jin le ofreció el arma para que le echara un vistazo mientras él se probaba los brazales; le encajaban perfectamente. Los cordones de cuero se ajustaban con un cierre de clic de plata, eran fáciles de poner y más rápidos de quitar. Una maravilla de la técnica.

—Se ve que conoce bien tus gustos —bromeó tras ojear la espada y dejarla en el estuche.

El muchacho sintió que se le acaloraba la cara antes de que su padre alzara la capa y la estudiara.

—Mamá, ¿puedo darle mi regalo? —preguntó ansiosa Sophie.

—Creo que no habrá una ocasión mejor, ¿verdad, cariño? —dijo Vainille a Raydon, quien asintió para corroborar lo que ella ya pensaba.

La pequeña salió disparada, seguida por su madre, en dirección al pasillo que daba a unas escaleras y a un par de estancias más. Poco después bajó dando saltitos y cargada con un fardo. Le ofreció el paquete a Jin, quien esperaba mostrando cierta expectación, y de buen grado lo cogió diciendo:

—Gracias.

Era ligero, pero tenía algo que bailaba en el interior… Deshizo el envoltorio y descubrió un cinturón de color ocre con una hebilla plateada. Jin dibujó una sonrisa, pues notaba la emoción de Sophie.

—Es bonito, ¿verdad? Mamá dijo que te haría falta uno nuevo.

—Me vendrá bien —confirmó, y se agachó para darle un abrazo.

—Lleva todo un mes ayudando en casa para comprarlo —comentó Vainille al volver al salón con otro paquete largo en las manos.

Su madre le tendió el siguiente regalo: una espada más pequeña que Guardiana. Retiró el envoltorio y vio una hermosa vaina de cuero ocre que, al igual que su peto, tenía la insignia de la Guardia del Norte grabada a fuego. Agarró la empuñadura y comprobó que era más recia de lo que parecía. A diferencia de la otra, esta era basta y de un peso similar, de un único filo y con un bajorrelieve negro que comenzaba en la empuñadura con forma de cabeza de ave y seguía por todo el lado romo de la hoja en una línea negra hasta casi el filo.

—¿Cómo lo habéis sabido? —inquirió.

—No creas que tu estilo pasa desapercibido —dijo su padre, en tanto que tomaba la mano de su esposa—. Hace tiempo que se comenta que prefieres un estilo dual en vez del convencional espada y escudo. —Miró de hito en hito a su hijo—. Esta promoción prometía ser especial, y no me equivocaba. Se han graduado muchos con notas excepcionales, entre ellos tú y la princesa. Además, corre el rumor de que vendrá a nuestra guardia —añadió echando un vistazo al baúl.

Una tenue sonrisa se le desbordó por la comisura de los labios cuando agachó la cabeza, y blandió el arma mientras pensaba en cómo nombrarla.

—Aliento… No —murmuró, al tiempo que la hacía girar. En ese momento se le ocurrió una idea. Repitió el movimiento, pero esta vez canalizó su elemento por ella, que chasqueó y brilló como si un relámpago hubiese recorrido las nubes—. Ya lo tengo…

La levantó una vez más y dijo:

—Relámpago.

La envainó y se dispuso a ponerse su nuevo equipo. Primero fueron los brazales; después, cogió el cinto y lo cruzó con el viejo, formando así una equis; en cuanto terminó, ancló y ajustó a Guardiana en el nuevo y a Relámpago en el viejo. Solo cuando estuvieron acomodadas a la perfección se puso la capa sobre los hombros y cerró el enganche de clic. Su nueva indumentaria le hizo sentirse como un viajero de los que aparecen en las leyendas, con el corazón lleno de esperanzas y listo para comenzar su nueva vida como soldado.

El atardecer dio comienzo a la ceremonia del solsticio de verano. El sol descendió lentamente, siguiendo el perfil de las montañas, hasta que entró en un valle apenas visible. Desde allí, la luz rojiza se reflejó en la torre norte del castillo, que a su vez reflectó el haz a sus hermanas, y las cuales hicieron lo propio con el fulgor en dirección al castillo, tiñéndolo de color carmesí. En ese instante cientos de cristales de cuarzo repartidos por toda la ciudad empezaron a brillar al unísono. Los visitantes quedaron sorprendidos por aquel suceso, ya que ignoraban que los habían imbuido con magia para mostrar lo que se reflejaba en el cuerpo principal: un hombre de unos cuarenta años ataviado con ropas blancas —ahora rojizas por la luz—, de pelo castaño y ojos dorados que miraba a la multitud del interior del castillo Blanco.

El ruido de la gente se acalló cuando este dio un paso a un lado y apareció una hermosa jovencita, de aspecto angelical y larga cabellera dorada. Al igual que su padre, portaba un vestido blanco teñido por el ocaso. La vista de la muchacha divagó por los oyentes que esperaban en los jardines antes de saludar con una mano. Todos los soldados que había en las cercanías o que observaban los cristales realizaron el mismo gesto: golpearon con un pie en el suelo y cuadraron la postura. Jin y Raydon, entre otros, estaban en los jardines y bramaron a su vez: «¡Por el Imperio elemental!». Ante aquella reverencia, la princesa Halaxa dibujó una sonrisa y repitió lo que habían dicho. Acto seguido, la multitud clamó el nombre de su futura emperatriz, quien hizo un gesto apaciguador con ambas manos.

—Antes de que empiece el homenaje a nuestro primer emperador y al pueblo elemental, quiero daros las gracias a todos un año más por el esfuerzo. Y a todos los visitantes, ¡bienvenidos! —Recorrió el lugar con la mirada—. Gracias a todos. —Se echó a un lado e hizo un ademán hacia el hombre—. Ahora mi padre dará el discurso del solsticio de verano: el rey Gailes Van Teisho.

El rey, quien había quedado en segundo plano hasta ese momento, fue vitoreado en diferentes puntos de la capital. Besó a su hija en la mejilla y saludó apoyando el puño izquierdo en el pecho.

—Bienvenidos seáis aquellos que habéis emprendido un largo viaje para compartir con nosotros este día. Gracias por el trabajo de todos los ciudadanos y, en especial, de los soldados que protegen nuestro territorio.

»Durante siglos nuestro imperio ha sido atacado por otros e incluso por nosotros mismos. Pero eso terminó hace quinientos años, cuando un hombre vio el futuro que le depararía al reino si seguíamos por ese camino. Su nombre era Armengol Van Teisho, un héroe de los que nacen una vez cada mil años. Nació sin ser capaz de usar la magia ni los elementos. Sin embargo, se alzó contra los reyes y señores que tiranizaban al pueblo y los derrotó a todos. Se enfrentó a hordas de invasores sin perder ni una sola batalla. Pero su leyenda no queda ahí. —Aguardó un instante y la imagen de la estatua que descansaba en los jardines interiores del castillo apareció en los cristales—. En nuestro reino era conocido como el rey Héroe. A pesar de todo, Armengol fue en busca de los dioses que destruían los países vecinos sin saber que en aquel momento entraban al nuestro. Aquella guerra sería conocida como la Guerra de los Dioses.

»Nuestros antepasados fueron testigos de la caída de nuestro imperio, y aun así Armengol no se rindió. A su lado lucharon cinco héroes que dieron su vida por expulsar a aquellas poderosas deidades. Pero tal y como cuenta la leyenda, la guerra terminó en este mismo lugar el día del solsticio de verano. Hasta hace relativamente poco no sabíamos por qué Armengol decidió combatir aquí, ya que nació en un pueblo conocido como Torastak. Por eso, cuando supo que el propio Dagda, dios de los rayos y líder de los dioses, se dirigía hacia aquí con el fin de descubrir la valía del rey Héroe, fue a su encuentro junto con sus cinco hombres y mujeres de confianza: Ikias, señora del viento; Dekaros, la montaña; Gyson, el impávido; Feiran, hijo de las llamas de Fenrir, y Larsect, la hechicera negra. —A cada nombre que pronunciaba, los cristales mostraban las altas torres del castillo donde estaban esculpidos sus retratos—. La batalla duró tres días y tres noches, y cuando el sol alcanzó el punto en el que está ahora, la batalla terminó. La confederación de reinos conocida como Elrick había desaparecido, dejando únicamente sus cenizas… Dagda reconoció la determinación y valía de Armengol y los suyos e hizo un gesto que hasta el día de hoy se recuerda como el Pacto de los Dioses Elementales: le entregó su espada forjada con rayos. Armengol no tenía nada con qué devolver su gesto, pero sabía que de aquella lucha tendría que resurgir un nuevo reino, por lo que nombró al nuevo país el Imperio elemental, en honor a la tierra que pisaban y a los hombres y dioses que habían luchado.

La luz del atardecer había desaparecido poco a poco.

—Esa es la historia de nuestro reino, y hoy rendimos homenaje al rey Héroe y todos aquellos que combatieron hace tanto y por los que nos protegen ahora. —Levantó las manos de la barandilla de piedra—. Disfrutad, y que Armengol vele por nosotros esta noche.