Esquivo una erupción del suelo y me agacho justo a tiempo de eludir un conjunto de enredaderas que salen de la nada. A lo lejos, una roca se hincha hasta adquirir un tamaño astronómico, y cuando empieza a acelerar hacia nuestra dirección le aferro la mano a Nazeera y me agacho en busca de protección.
El cielo se está resquebrajando. El suelo se está agrietando bajo mis pies. El sol titila, emitiendo una luz estroboscópica, ahora intensa, ahora atenuada, todo sobrenatural. Y las nubes… Hay algo completamente nuevo y desajustado con las nubes.
Se están desintegrando.
Los árboles no consiguen decidir si erigirse o echarse al suelo, ráfagas de viento salen disparadas de la tierra con un poder pavoroso, y de repente el cielo se llena de pájaros. Se llena de putos pájaros.
Emmaline está fuera de control.
Sabíamos que sus poderes telequinéticos y psicoquinéticos eran parecidos a los de un dios —mucho más potentes que cualquier cosa que hayamos visto— y sabíamos que el Restablecimiento construyó a Emmaline para controlar nuestra experiencia del mundo. Pero solo era eso, y no eran más que habladurías. Teorías.
Nunca la habíamos visto así.
Desatada.
Está claro que en este instante le está haciendo algo a J., devastando su mente mientras azota el mundo a nuestro alrededor, porque la escena que tengo delante y que parece fruto de un trance producto de las drogas no hace más que empeorar.
—¡Vuelve! —grito por encima del estruendo—. Consigue ayuda… ¡Trae a las chicas!
Con un simple chillido de afirmación, la mano de Nazeera se zafa de la mía, sus pesadas botas sobre el suelo son la única prueba que tengo de que regresa a toda prisa hacia el Santuario. Pero incluso ahora, sobre todo ahora, sus acciones rápidas y certeras me llenan de una cantidad considerable de alivio.
Me complace tener a una compañera capaz.
Me abro camino por el disperso bosque, agradecido por haber logrado esquivar los obstáculos más grandes, y cuando al fin estoy lo bastante cerca como para discernir el rostro de Warner, desactivo mi invisibilidad.
Estoy temblando por el cansancio.
A duras penas me había recuperado de los medicamentos que casi me llevan al otro barrio y, aun así, aquí estoy, con un pie en la tumba otra vez. Pero cuando levanto la vista, medio agachado con las manos sobre las rodillas intentando respirar, me doy cuenta de que no tengo ningún derecho a quejarme.
Warner tiene peor aspecto del que me imaginaba.
Expuesto, tenso, con una vena que le palpita en la sien. Está de rodillas sujetando a J. como si intentara contener un motín, y no me había dado cuenta hasta este momento de que puede que esté aquí no solo para proporcionar apoyo emocional.
Toda la situación es surrealista: los dos están prácticamente desnudos, en la tierra, de rodillas —J. con las manos apretadas sobre las orejas—, y no puedo evitar preguntarme qué tipo de infierno los ha llevado hasta este instante.
Y pensaba que era yo el que estaba teniendo una noche rara.
Algo me golpea de repente el estómago, me doblo por la mitad y me desplomo en el suelo con fuerza. Con brazos temblorosos, me incorporo y miro a mi alrededor en busca del culpable. Cuando lo localizo, se me hace un nudo en la garganta.
Es un pájaro muerto, a un par de metros de distancia.
Madre mía.
J. sigue gritando.
Me sacude una repentina y violenta ráfaga de viento y, justo cuando recobro el equilibrio, preparado para acortar los escasos cincuenta metros que me separan de mis amigos, el mundo se queda callado.
Sonido desactivado.
Ningún viento aullador, ningún grito torturado, ningún ataque de tos, ningún estornudo. No es una calma normal. No es quietud ni silencio.
Es algo más.
Es nada.
Pestañeo, pestañeo, con la cabeza girando en un movimiento lento e insoportable mientras examino a lo lejos en busca de respuestas, esperando que aparezcan las explicaciones. Esperando que la pura fuerza de mi mente sea suficiente como para que la lógica brote del suelo.
No lo es.
Me he quedado sordo.
Nazeera ya no está aquí, J. y Warner siguen a cincuenta metros y yo me he quedado sordo. Sordo sin poder oír el sonido del viento, de los árboles que se estremecen. Sin poder oír mi propia respiración jadeante ni los gritos de los civiles que se alzan de las instalaciones a lo lejos. Intento apretar los puños y tardo una eternidad, como si el aire hubiese aumentado de densidad. Espeso.
Algo no anda bien en mi interior.
Soy lento, más lento de lo que he sido jamás, como si estuviera corriendo debajo del agua. Algo está empecinado en retrasarme, apartándome físicamente de Juliette, y de repente todo tiene sentido. La confusión de hace unos segundos se desvanece. Claro que no hay nadie más aquí. Claro que nadie más ha venido a ayudar.
Emmaline no lo habría permitido jamás.
Quizá haya llegado tan lejos solo porque ella estaba demasiado ocupada como para percatarse de inmediato de mi presencia, para percibirme aquí, con la invisibilidad activada. Me pregunto qué más ha hecho para mantener esta área libre de intrusos.
Me pregunto si voy a sobrevivir.
Me resulta más difícil pensar con cada segundo que pasa. Tardo una eternidad en fusionar los pensamientos. Tardo una eternidad en mover los brazos. En levantar la cabeza. En mirar alrededor. Para cuando consigo abrir la boca a la fuerza, me he olvidado de que mi voz no emite sonido alguno.
Un destello dorado en la distancia.
Vislumbro a Warner, moviéndose tan lentamente que me pregunto si estamos padeciendo ambos la misma aflicción. Está intentando con todas sus fuerzas sentarse al lado de J., J. todavía está de rodillas, inclinada hacia delante con la boca abierta. Tiene los ojos cerrados en un gesto concentrado y si está gritando no puedo oírla.
Mentiría si dijera que no estoy aterrado.
Estoy lo bastante cerca de Warner y J. como para discernir sus expresiones, pero no sirve de nada; no tengo ni idea de si están heridos, así que desconozco el alcance de lo que sea con lo que estamos lidiando. Tengo que acercarme más como sea. Pero cuando doy un único paso doloroso hacia delante, un lamento agudo estalla en mis oídos.
Grito sin emitir ningún sonido llevándome las manos a la cabeza, ya que el silencio se llena de repente de una presión malvada. El dolor acuchillador me aguijonea y la presión aumenta en mis oídos con una intensidad que amenaza con estrujarme desde dentro. Es como si alguien me hubiese llenado la cabeza hasta el tope con helio, como si el globo en el que se ha convertido mi cerebro fuera a explotar en cualquier momento. Y justo cuando creo que la presión me va a matar, justo cuando pienso que no puedo soportar más el dolor, el suelo empieza a retumbar. A retumbar.
Se oye un crujido sísmico…
Y el sonido se vuelve a activar. Un sonido tan violento que desgarra algo en mi interior, y cuando al fin aparto las manos de las orejas están rojas, goteando. Trastabillo mientras me palpita la cabeza. Oigo un pitido. Un pitido.
Me seco las manos en mi torso desnudo y mi visión se emborrona. Me abalanzo hacia delante estupefacto y aterrizo torpemente, golpeando con las palmas húmedas la tierra con tanta fuerza que el impacto hace que me tiemblen todos los huesos. El suelo bajo mis pies se ha vuelto resbaladizo. Húmedo. Levanto la vista y entrecierro los ojos hacia el cielo y la repentina lluvia torrencial. Mi cabeza sigue balanceándose sobre una bisagra bien engrasada. Una gota de sangre me cae por la oreja y me aterriza sobre el hombro.
Una segunda gota de sangre me cae por la oreja y me aterriza sobre el hombro. Una tercera gota de sangre me cae por la…
Mi nombre.
Alguien grita mi nombre.
El sonido es amplio, agresivo. La palabra escora confusamente por mi cabeza, expandiéndose y contrayéndose. No puedo estabilizarla.
Kenji
Me doy la vuelta y mi cabeza resuena, resuena.
K e n j i
Tardo días en pestañear, varias vueltas del sol.
Amigo
leal
Algo me está tocando por debajo, levantándome, pero en vano. No me muevo.
Pesa
demasiado
Intento hablar, pero no puedo. No digo nada, no hago nada cuando me abren la mente de par en par, cuando unos dedos helados rebuscan dentro de mi cráneo y desconectan los circuitos que hay en el interior. Me quedo quieto. Me tenso. La voz retumba en la oscuridad detrás de mis ojos, diciendo palabras que me parecen más un recuerdo que una conversación, palabras que desconozco, que no comprendo
el dolor que acarreo, los miedos que debería haber dejado atrás. Me hundo bajo el peso de la soledad, de las cadenas de la decepción. Mi corazón pesa quinientos kilos. Peso tanto que ya no me pueden levantar de la tierra. Peso tanto que no me queda más opción que me entierren bajo ella. Peso tanto, peso demasiado
Exhalo mientras me desplomo.
Mis rodillas sueltan un crujido al golpear el suelo. Mi cuerpo se desploma hacia delante. La tierra me besa la cara, me da la bienvenida a casa.
El mundo se torna oscuro de repente.
Valiente
Pestañeo. Un sonido zumba en mis oídos, una especie de corriente eléctrica amortiguada. Todo está sumido en las sombras. Un apagón, un apagón en el mundo natural. El miedo se aferra a mi piel. Me envuelve.
pero
d é b i l
Unos cuchillos me perforan agujeros en los huesos que se llenan rápidamente con pena, una pena tan aguda que hace que me quede sin aliento.
Nunca había tenido tantas ganas de dejar de existir.
Estoy flotando.
Ingrávida y, aun así, algo tira de mí hacia las profundidades, destinado a hundirme para siempre. Una luz tenue resquebraja la oscuridad detrás de mis ojos y en la claridad veo agua. Mi sol y mi luna son el mar; mis montañas, el océano. Vivo en un líquido que jamás beberé, ahogándome lentamente en unas aguas marmóreas, lechosas. Mi respiración es profunda, automática, mecánica. Me veo obligada a inhalar, obligada a exhalar. El sonido áspero y ronco de mi propia respiración es mi recordatorio constante de la tumba que es mi casa.
Oigo algo.
Reverbera a través del tanque, un golpe sordo amortiguado de metal contra metal, que me llega a los oídos desde el espacio exterior. Entorno los ojos para fijarme en las nuevas figuras y colores, en las formas difusas. Aprieto los puños, pero mi piel es blanda, mis huesos son como una masa fresca, mi piel se desprende en pequeñas tiras húmedas. Estoy rodeada de agua, pero mi sed es insaciable y mi rabia…
Mi rabia…
Algo se rompe. Mi cabeza. Mi mente. Mi cuello.
Tengo los ojos abiertos de par en par y la respiración agitada. Estoy de rodillas con la frente apoyada en el suelo y las manos escarbando en la tierra mojada.
Yergo la espalda con la cabeza que me da vueltas.
—Pero ¿qué cojones ha pasado? —Todavía estoy intentando respirar. Miro en derredor. Tengo el corazón desbocado—. ¿Qué…, qué…?
Estaba cavando mi propia tumba.
Un terror que se arrastra y serpentea me recorre el cuerpo mientras lo comprendo: Emmaline estaba dentro de mi cabeza. Quería comprobar si podía conseguir que me suicidara.
Y mientras lo pienso, mientas agacho la vista hacia el intento miserable de enterrarme vivo, siento una empatía apagada y punzante por Emmaline. Porque he sentido su dolor, y no era cruel.
Era desesperado.
Como si tuviera la esperanza de que, si me suicidaba mientras ella estaba en mi cabeza, de algún modo sería capaz de matarla a ella también.
J. ha empezado a gritar de nuevo.
Me pongo en pie trastabillando con el corazón acelerado mientras los cielos se deshacen y liberan su ira sobre mí. No estoy seguro de por qué Emmaline le ha dado a mi sesera una oportunidad —valiente pero débil—, pero sé lo suficiente como para comprender que lo que está ocurriendo aquí es lo bastante jodido como para que me pueda encargar de ello yo solo. Ahora mismo, solo puedo esperar que todos los del Santuario estén bien y que Nazeera regrese pronto. Hasta entonces, mi cuerpo roto tendrá que dar lo mejor de sí.
Me obligo a avanzar.
Me obligo a avanzar a pesar de que la sangre se enfría y se seca en mis oídos y en mi pecho, armándome de valor para enfrentarme a las volátiles condiciones atmosféricas, que van en aumento. La continua sucesión de terremotos. Los centelleos de los relámpagos. La tormenta embravecida que está evolucionando a toda prisa en un huracán.
Cuando al fin estoy lo bastante cerca, Warner levanta la vista.
Parece conmocionado.
Se me ocurre que acabo de materializarme delante de él —después de todo lo ocurrido—, se acaba de dar cuenta de que estoy aquí. Un destello de alivio le cruza los ojos, reemplazado demasiado rápido por el dolor.
Y entonces pronuncia una palabra. Una palabra que jamás pensé que me dirigiría:
—Ayúdame.
El viento se lleva la frase, pero la agonía de su mirada permanece. Y desde mi perspectiva ventajosa, por fin comprendo la profundidad de lo que ha tenido que soportar. Al principio creía que Warner solo la estaba sujetando, intentando consolarla.
Me equivocaba.
J. está vibrando con poder y Warner apenas puede contenerla. Retenerla en el sitio. Algo —alguien— está usando el cuerpo de Juliette, articulando sus piernas, intentando obligarla a levantarse y probablemente a salir corriendo de aquí, y Emmaline no lo ha logrado gracias a Warner.
No tengo ni idea de cómo lo está haciendo.
La piel de J. se ha vuelto traslúcida y las venas son extrañas y protuberantes en su pálida cara. Tiene un tono casi azul, a punto de romperse. Un leve zumbido emana de su cuerpo, el chisporroteo de la energía, el ronroneo del poder. La agarro del brazo y, en el medio segundo que tarda Warner en redistribuir su peso entre nosotros, los tres nos vemos arrojados hacia delante. Nos estampamos en el suelo con tanta fuerza que apenas puedo respirar, y cuando finalmente soy capaz de levantar la cabeza miro a Warner con los ojos desorbitados por un terror evidente.
—Todo es obra de Emmaline —digo, gritándole las palabras.
Asiente con el semblante sombrío.
—¿Qué podemos hacer? —le pregunto—. ¿Cómo puede seguir gritando así?
Warner se limita a mirarme.
Solo hace eso, y la torturada expresión que hay en sus ojos me dice todo lo que necesito saber. J. no puede dejar de gritar así. No puede estar de rodillas aquí gritando hasta el fin de los tiempos. Esta mierda la va a acabar matando. Por el amor de Dios. Sabía que estábamos en una mala situación, pero no creía que fuera así de mala.
J. parece que se vaya a morir.
—¿Por qué no intentamos levantarla? —No sé ni por qué lo propongo. Dudo de que pueda levantar su brazo por encima de mi cabeza, mucho menos todo su cuerpo. Mi propio cuerpo todavía tiembla, tanto que apenas puedo cumplir con parte para evitar que esta chica se eleve literalmente del suelo. No tengo ni idea de qué tipo de mierda le está recorriendo las venas en este instante, pero J. está en otro planeta. Parece medio viva, con el aspecto de un alienígena. Tiene los ojos cerrados y la mandíbula floja. Está irradiando energía. Verla así me aterra.
Y apenas puedo seguir el ritmo.
El dolor de mis brazos ha empezado a subirme hacia el hombro y a bajarme por la espalda, y me estremezco con violencia cuando una ráfaga de viento me golpea la piel desnuda y sobrecalentada.
—Intentémoslo —dice Warner.
Asiento.
Respiro hondo.
Me suplico a mí mismo ser más fuerte de lo que soy.
No sé cómo lo hago, pero por obra de una especie de milagro consigo ponerme en pie. Warner y yo logramos sujetar a Juliette entre nuestros cuerpos, y cuando desvío la mirada hacia él, al menos me consuela ver que también le está costando. Nunca he visto que tuviera que esforzarse de verdad y estoy bastante seguro de no haberlo visto sudar jamás. Pero aunque me encantaría reírme un poco ahora, verlo forcejeando solo para sostenerla hace que una nueva oleada de miedo me recorra el cuerpo. No tengo ni idea de cuánto rato hace que lleva intentando contenerla él solo. No tengo ni idea de qué le habría pasado a Juliette si él no hubiese estado ahí para sujetarla. Y no tengo ni idea de qué le ocurriría a ella ahora si la soltáramos.
Ese pensamiento hace que me nazcan energías renovadas. Hace que esa opción desaparezca. J. nos necesita ahora mismo, y punto.
Y eso significa que tengo que ser más fuerte.
Estar de pie aquí en medio hace que seamos un objetivo más fácil en toda esta locura, y grito una advertencia cuando un fragmento de metralla vuela hacia nosotros. Interpongo mi cuerpo para proteger a J. y recibo un impacto en la espalda, con un consecuente dolor tan agudo que veo las estrellas. Ya me había lesionado la espalda esta noche, y ahora seguramente los moratones empeoren. Pero cuando Warner me clava la mirada con un pánico aterrador, asiento, haciéndole saber que estoy bien. Yo la cubro.
Centímetro agonizante tras centímetro agonizante, vamos regresando al Santuario.
Arrastramos a J. entre los dos como si fuera Jesús, con la cabeza colgando hacia atrás y los pies dejando sendos surcos en la tierra. Al fin ha dejado de gritar, pero ahora se está convulsionando, con el cuerpo temblando incontrolablemente, y parece que la cordura de Warner pende de un único hilo deshilachado.
Da la impresión de que hayan pasado siglos antes de volver a ver a Nazeera, pero la parte racional de mi cerebro sospecha que deben de haber pasado no más de veinte o treinta minutos. Quién sabe. Estoy seguro de que estaba intentando con todas sus fuerzas regresar aquí con personas que pudieran ayudar, pero me temo que ya es demasiado tarde. Todo es demasiado tarde.
No tengo la más mínima idea de qué cojones está pasando.
Ayer, esta mañana —hace una hora—, estaba preocupado por James y Adam. Creía que nuestros problemas eran simples y claros: recuperar a los hijos, matar a los comandantes supremos, darnos un buen banquete.
Pero ahora…
Nazeera, Castle, Brendan y Nouria se detienen en seco delante de nosotros. Pasan la vista de uno a otro.
Miran detrás de nosotros.
Ponen los ojos como platos y se quedan boquiabiertos. Giro el cuello para ver qué están contemplando y me doy cuenta de que hay un maremoto de fuego que se dirige directamente en nuestra dirección.
Creo que me voy a desplomar.
Mi cuerpo ha dejado atrás los temblores. En este punto, mis piernas están hechas de goma. Apenas puedo soportar mi propio peso, y es un milagro que consiga sujetar a J. De hecho, una rápida mirada de soslayo al cuerpo agarrotado y tenso de Warner es todo cuanto necesito para darme cuenta de que probablemente esté haciendo la mayor parte del esfuerzo.
No sé cómo vamos a poder sobrevivir a esto. No me puedo mover. Está claro que no voy a poder esquivar una ola de fuego, joder.
Y de hecho no acabo de comprender lo que sucede a continuación.
Oigo un grito inhumano y Stephan está de repente corriendo hacia nuestra posición. Stephan. De golpe se planta delante de nosotros, de golpe está entre nosotros. Agarra a J. y la sujeta en volandas como si fuera una muñeca de trapo, y empieza a gritarnos a todos que corramos. Castle se queda para redirigir el agua de un pozo cercano y, aunque su esfuerzo para sofocar las llamas no es del todo exitoso, nos da el tiempo suficiente para escapar. Warner y yo nos arrastramos junto con los demás de vuelta al campamento, y nada más cruzar el umbral del Santuario nos da la bienvenida un mar de caras histéricas. Un número incontable de siluetas se adelanta, con sus gritos y alaridos y conmoción frenética fusionándose en un único barullo ininterrumpido. Lógicamente, comprendo por qué la gente está aquí fuera, preocupada, llorando, gritándose preguntas sin respuesta, pero ahora mismo lo único que quiero es que se quiten del puto medio.
Nouria y Sam parecen leerme la mente.
Empiezan a vociferar órdenes a la multitud y los cuerpos empiezan a despejarse. Stephan ha dejado de correr, aunque sigue andando a paso ligero, apartando a codazos a la gente que le barre el paso, algo por lo que le estoy agradecido. Pero cuando Sonya y Sara se acercan corriendo, gritándonos que las sigamos hacia la tienda médica, por poco me arrojo hacia ellas y les doy un beso en la boca.
No lo hago.
Me limito a detenerme unos instantes para buscar a Castle; me pregunto si ha podido escapar. Pero cuando echo la vista atrás para inspeccionar nuestra porción de tierra protegida, experimento un momento de comprensión repentina que me devuelve la sobriedad. La diferencia entre aquí dentro y ahí fuera es surrealista.
Aquí dentro, el cielo está despejado.
El tiempo calmado. El suelo parece haberse vuelto a suturar. El muro de fuego que ha intentado perseguirnos todo el camino de vuelta al Santuario no es más que un humo que se disipa. Los árboles están en su posición vertical y el huracán es poco más que una neblina. La mañana parece casi preciosa. Durante un segundo, juraría haber oído el canto de un pájaro.
Es probable que haya perdido la cabeza.
Me desplomo en medio de un camino desgastado que lleva de vuelta a nuestras tiendas, con la cara golpeando contra la hierba húmeda. El olor a tierra fresca y mojada me llena la cabeza y me embriago de él, de todo él. Es como un bálsamo. Un milagro. Quizá, pienso. Quizá todo haya acabado. Quizá pueda cerrar los ojos, darme un respiro.
Warner pasa por al lado de mi cuerpo caído, sus emociones son tan intensas que me incorporo de golpe sorprendido.
No tengo la más mínima idea de cómo puede seguir moviéndose.
Ni siquiera lleva puestos los zapatos. Sin camiseta, sin calcetines, sin zapatos. Solo un par de pantalones de deporte. Me doy cuenta por primera vez de que tiene un enorme tajo que le cruza el pecho. Varios cortes en los brazos. Un arañazo con mal aspecto en el cuello. La sangre se derrama lentamente por su torso, y ni siquiera parece darse cuenta. Tiene cicatrices por toda la espalda y manchas de sangre por todo el cuerpo. Parece estar enajenado, pero todavía se mueve, con los ojos ardientes de rabia y algo más…, algo que me da muchísimo miedo.
Alcanza a Stephan, que todavía sujeta a J. —que sigue con las convulsiones—, y yo repto hasta un árbol para usar el tronco para levantarme. Cojeo detrás de ellos, encogiéndome involuntariamente por una brisa repentina. Me giro demasiado rápido para comprobar los bosques en busca de escombros o alguna piedra voladora, pero solo me encuentro con Nazeera, que me posa una mano sobre el brazo.
—No te preocupes. Dentro de los confines del Santuario, estamos a salvo.
Me la quedo mirando, pestañeando. Y luego observo a mi alrededor, las familiares tiendas blancas que cubren todas las sólidas estructuras independientes del glorioso campamento que forma este refugio.
Nazeera asiente.
—Sí… Para eso están las tiendas. Nouria ha mejorado todas sus protecciones de luz con algún tipo de antídoto que nos hace inmunes a las ilusiones que crea Emmaline. Los dos acres de tierra están protegidos y el material reflectante que cubre las tiendas nos provee de protección en el interior.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo he preguntado.
Vuelvo a mirarla batiendo las pestañas. Me siento tonto. Insensible. Como si se hubiera roto algo dentro de mi cerebro, en lo profundo de mi cuerpo.
—Juliette —digo.
Es la única palabra que me llena la mente en estos momentos, y Nazeera ni siquiera se toma la molestia de corregirme, de decirme que su verdadero nombre es Ella. Solo se limita a agarrarme la mano y a apretármela.