Me parece raro llamarlo suerte.
Me parece raro, pero en cierto modo perverso y retorcido lo es. Es una suerte estar en medio de un bosque húmedo y helado antes de que el sol se haya dignado a levantar la cabeza. Es una suerte que la parte superior de mi cuerpo esté medio entumecida por el frío.
Es una suerte que Nazeera esté conmigo.
Hemos activado nuestra invisibilidad casi al instante, así por lo menos ella y yo estamos temporalmente a salvo aquí, en la extensión de tierra virgen que se alarga casi un kilómetro entre el territorio regulado y la tierra inhóspita. El Santuario se erigió sobre un par de acres de tierra sin regular no muy lejos de donde estoy ahora, y está oculto con destreza a la vista directa solo gracias al poder antinatural de Nouria para doblegar y manipular la luz. En la jurisdicción de Nouria, el clima es en cierta manera más templado, el tiempo es más predecible. Pero aquí, en la tierra salvaje, los vientos son imparables y combativos. Las temperaturas, peligrosas.
Aun así, somos unos afortunados por poder estar aquí.
Nazeera y yo hacía un rato que habíamos salido de la cama, corriendo a toda velocidad en la oscuridad en un intento de matarnos el uno al otro. Al final todo acabó siendo un complicado malentendido, pero también algún tipo de destino: si Nazeera no hubiera entrado a hurtadillas en mi habitación a las tres de la mañana y casi me hubiera matado, no la habría perseguido por el bosque, más allá de las protecciones visuales y acústicas del Santuario. Si no hubiésemos estado tan lejos del Santuario, jamás habríamos oído los distantes gritos retumbantes de terror de los civiles. Si no hubiésemos oído esos gritos, jamás nos habríamos apresurado a buscar su origen. Y si no hubiésemos hecho nada de eso, jamás habría visto a mi mejor amiga gritar hasta ver despuntar el alba.
Me habría perdido esto. Esto:
J. de rodillas sobre la tierra, Warner agachado a su lado, los dos con el semblante ceniciento mientras las nubes literalmente se funden en el cielo sobre ellos. Los dos están justo delante de la entrada del Santuario, mirando hacia la extensión de bosque que sirve como muro separador de nuestro campo y el corazón del sector más cercano, el número 241.
¿Por qué?
Me he quedado congelado cuando los he visto ahí, dos figuras rotas entrelazadas, con los miembros plantados sobre el suelo. Me ha paralizado la confusión, luego el miedo, luego la incredulidad, todo mientras los árboles se zarandeaban y el viento me azotaba el cuerpo, recordándome de manera cruel que no había tenido la oportunidad de ponerme una camiseta.
Si mi noche hubiese sido distinta, quizá habría tenido la oportunidad.
Si mi noche hubiese sido distinta, quizá podría haber disfrutado, por primera vez en mi vida, de un amanecer romántico y reconciliación atrasada con una chica preciosa. Nazeera y yo nos habríamos reído por cómo me había pateado la espalda y casi me había matado, y cómo yo después casi le disparo por ello. Después de eso me habría dado una buena ducha, habría dormido hasta el mediodía y habría comido mi propio peso en platos del desayuno.
Tenía un plan para hoy: no esforzarme.
Quería un poco más de tiempo para curarme después de mi reciente experiencia cercana a la muerte, y creo que no era tanto pedir. Creía que quizá, después de todo lo que he vivido, el mundo finalmente me daría algo de tregua. Me dejaría respirar entre tragedias.
Pero no.
Aquí estoy, muriéndome de frío y de terror, observando cómo el mundo se cae en pedazos a mi alrededor. El cielo se está balanceando salvajemente entre horizontes horizontales y verticales. El aire se perfora en lugares aleatorios. Los árboles se hunden en la tierra. Las hojas revolotean a mi alrededor. Lo estoy viendo, lo estoy presenciando, y aun así soy incapaz de creérmelo.
Pero prefiero denominarlo suerte.
Suerte de poder ver esto, suerte de que sienta que tal vez vomite, suerte por haber corrido todo este trecho con un cuerpo que aún está enfermo y dolorido para llegar a tiempo de agenciarme un asiento en primera fila para contemplar el fin del mundo.
Suerte, destino, coincidencia, serendipia…
Voy a pensar que esta puta sensación que tengo en el estómago no es más que una nimiedad si eso me puede ayudar a mantener los ojos abiertos el tiempo suficiente como para ser testigo y desentrañar cómo puedo ayudar.
Porque aquí no hay nadie más.
Nadie aparte de Nazeera y de mí, algo que me parece una locura hasta límites insospechados. Se supone que el Santuario tiene guardias patrullando a todas horas, pero no veo a ningún centinela ni ninguna señal de que la ayuda esté en camino. Tampoco ningún soldado del sector cercano. Ni siquiera civiles curiosos o histéricos. Nada.
Es como si estuviéramos en un vacío, en un plano de existencia invisible. No sé cómo J. y Warner han conseguido llegar tan lejos sin que los localizaran. Ambos parece que los hayan arrastrado literalmente por la tierra; no tengo ni idea de cómo han pasado inadvertidos. Y aunque es posible que J. justo se haya puesto a gritar ahora, todavía tengo miles de preguntas sin respuesta.
Tendrán que esperar.
Dirijo la vista hacia Nazeera por costumbre, olvidándome por un instante que tanto ella como yo somos invisibles. Pero entonces noto que se acerca y suelto una exhalación de alivio cuando su mano se desliza con la mía. Me aprieta los dedos. Le devuelvo la presión.
Es una suerte, me recuerdo.
Es una suerte que estemos aquí ahora, porque si hubiese estado en la cama, donde debería haber estado, ni siquiera habría sabido que J. estaba en peligro. Me habría perdido el temblor en la voz de mi amiga mientras grita, suplicando clemencia. Me habría perdido los colores devastadores de un amanecer retorcido, un pavo real en medio del infierno. Me habría perdido la manera como J. se ha llevado la cabeza entre las manos y ha empezado a sollozar. Me habría perdido los aromas pungentes de pino y azufre que arrastra el viento, me habría perdido el dolor seco en mi garganta, el temblor recorriéndome el cuerpo. Me habría perdido el momento en el que J. menciona el nombre de su hermana. No habría oído cómo J. le pedía específicamente a su hermana que no hiciera algo.
Sí, definitivamente es una suerte.
Porque si no hubiese oído nada de eso, no sabría a quién culpar.
Emmaline.