Es noche cerrada y oigo pájaros.
Los oigo, los veo, cierro los ojos y los siento, plumas que se estremecen en el aire, que se doblan por el viento, alas que me acarician los hombros cuando alzan el vuelo, cuando se posan. Unos chillidos discordantes suenan y retumban, suenan y retumban…
¿Cuántos?
Cientos.
Pájaros blancos, blancos con manchas doradas, como coronas sobre la cabeza. Vuelan. Surcan el cielo con alas fuertes, firmes, dueños de sus destinos. Antes me daban esperanza.
Ya no.
Giro la cara hacia la almohada y hundo los dedos en la carne de algodón mientras las memorias me invaden la mente.
✥ ✥ ✥
«¿Te gustan?» pregunta ella.
Estamos en una habitación grande y espaciosa que huele a suciedad. Hay árboles por todas partes, tan altos que por poco no tocan las tuberías y las vigas del techo abierto. Decenas de pájaros trinan mientras baten las alas. Sus graznidos son sonoros. Me asustan un poco. Intento no encogerme cuando uno de los grandes pájaros blancos se abalanza en picado y me pasa por el lado. Lleva un brazalete brillante de un color verde neón alrededor de una pata. Todos lo llevan.
Esto no tiene ningún sentido.
Me recuerdo a mí misma que estamos dentro de un edificio —las paredes blancas y el suelo de hormigón bajo mis pies— y levanto la vista hacia mi madre, confundida.
Nunca he visto sonreír tanto a mamá. Normalmente sonríe si papá está cerca o cuando papá y ella se apartan a una esquina y se susurran algo, pero ahora mismo solo estamos mamá, un puñado de pájaros y yo, y está tan feliz que decido ignorar la sensación extraña que tengo en el estómago. Las cosas van mejor cuando mamá está de buen humor.
«Sí», miento. «Me gustan mucho».
Sus ojos se iluminan. «Lo sabía. A Emmaline no le hicieron demasiada gracia, pero tú… tú siempre has mostrado demasiado afecto por las cosas, ¿verdad que sí, tesoro? No te pareces en nada a tu hermana». En cierto modo, las palabras son mezquinas. No parece que lo sean, pero suenan como tal.
Frunzo el ceño.
Todavía estoy intentando desentrañar lo que está ocurriendo cuando dice…
«Cuando tenía más o menos tu edad, tuve uno como mascota. Por aquel entonces, eran tan comunes que no nos podíamos deshacer de ellos». Se ríe, y la observo mientras ella dirige la mirada hacia uno de los pájaros que está volando. «Uno vivía en un árbol cerca de mi casa, y decía mi nombre cada vez que pasaba cerca. ¿Te lo puedes imaginar?». Su sonrisa se desvanece cuando formula la pregunta.
Al fin, se gira para mirarme.
«Ahora prácticamente se han extinguido. Entiendes por qué no podía permitir que ocurriera».
«Claro», le digo, pero estoy mintiendo de nuevo. Hay poco que entienda sobre mamá.
Ella asiente.
«Estas son unas criaturas muy especiales. Inteligentes. Pueden hablar, bailar. Y cada uno de ellos lleva una corona». Vuelve a desviar los ojos para observar a los pájaros con la misma mirada que les dedica a todas las cosas que hace por el trabajo: con alegría. «La cacatúa galerita se empareja de por vida», me explica. «Igual que tu padre y yo».
✥ ✥ ✥
La cacatúa galerita.
Me estremezco, de repente, al notar la sensación inesperada de una mano cálida sobre mi espalda y unos dedos que me resiguen con suavidad la columna.
—Cariño —dice él—, ¿estás bien?
Cuando no respondo, se remueve, haciendo crujir las sábanas, y tira de mí hacia sus huecos, su cuerpo curvándose alrededor del mío. Es cálido y fuerte, y su mano se desliza por mi torso e inclino la cabeza hacia él, encontrando paz en su presencia, en la seguridad de sus brazos. Sus labios tocan mi piel, un roce sobre mi cuello tan sutil que suelta chispas, calientes y frías, que me recorren todo el cuerpo.
—¿Está pasando otra vez? —susurra.
Mi madre nació en Australia.
Lo sé porque me lo dijo un día, y porque ahora, a pesar de mi desesperación por eludir muchos de los recuerdos que me han sido devueltos, no consigo olvidar. Un día me dijo que la cacatúa galerita era nativa de Australia. Se introdujo en Nueva Zelanda en el siglo diecinueve, pero Evie, mi madre, no la descubrió allí. Se quedó prendada de esos pájaros en casa, cuando era niña, cuando uno de ellos, según dice, le salvó la vida.
Esos eran los pájaros que en su día me atormentaban en sueños.
Esos pájaros, enjaulados y criados por una mujer loca. Me siento avergonzada al darme cuenta de que me había aferrado a un sinsentido, a las impresiones borrosas y desfiguradas de antiguos recuerdos que había descartado sin más. Había tenido esperanzas de conseguir más cosas. Había soñado con más cosas. La decepción se ancla en mi garganta, una piedra fría que soy incapaz de tragar.
Y entonces
de nuevo
lo siento
Me pongo rígida por las náuseas que preceden una visión, el puñetazo repentino en el estómago que significa que hay más, hay más, siempre hay más.
Aaron me estrecha más, me sujeta con más firmeza contra su pecho.
—Respira —susurra—. Estoy aquí, cariño. Estaré siempre aquí.
Me aferro a él, cerrando los ojos con fuerza mientras me da vueltas la cabeza. Estos recuerdos fueron un regalo de mi hermana, de Emmaline. La hermana cuya existencia descubrí hace nada, recuperé hace nada.
Y solo porque hizo lo imposible por encontrarme.
A pesar del incesante empeño de mis padres por eliminar de nuestras mentes las persistentes pruebas de sus atrocidades, Emmaline prevaleció. Usó sus poderes psicoquinéticos para devolverme lo que nos robaron de nuestros recuerdos. Me dio este regalo, el don de recordar, para ayudarme a salvarme a mí misma. Para salvarla a ella. Para pararles los pies a nuestros padres.
Para arreglar el mundo.
Pero ahora, tras una huida por los pelos, este don se ha convertido en una maldición. Cada hora mi mente vuelve a nacer. Alterada. Los recuerdos no dejan de venir.
Y mi madre muerta se niega a guardar silencio.
«Pajarillo», susurra, recolocándome un mechón de pelo detrás de la oreja. «Ha llegado la hora de que alces el vuelo».
«Pero no quiero ir», le digo, mientras el miedo hace que me tiemble la voz. «Quiero quedarme aquí, contigo y con papá y con Emmaline. Todavía no entiendo por qué me tengo que ir».
«No hace falta que lo entiendas», me dice con voz amable.
Me quedo incómodamente quieta.
Mamá no grita. Nunca ha gritado. En toda mi vida, jamás me ha levantado la mano, nunca me ha chillado ni me ha insultado. No como el padre de Aaron. Pero mamá no necesita gritar. A veces simplemente dice cosas, cosas como que no hace falta que lo entienda, en las que subyace una advertencia, una rotundidad en sus palabras que siempre me ha asustado.
Noto que se me acumulan las lágrimas y me arden los ojos y…
«Nada de llorar», me dice. «Eres ya demasiado mayor para llorar».
Inhalo por la nariz, con fuerza, conteniendo las lágrimas. Pero las manos no me dejan de temblar.
Mamá levanta la vista y asiente hacia alguien detrás de mí. Me giro justo a tiempo para ver a Paris, el señor Anderson, esperando con mi maleta. En sus ojos no hay ningún tipo de amabilidad. Ningún tipo de bondad. Me gira la cara y mira a mamá. No saluda.
Dice: «¿Max se ha instalado ya?».
«Ah, hace días que está preparado». Mamá le echa un vistazo a su reloj, distraída. «Ya sabes cómo es», dice, esbozando una media sonrisa. «Siempre busca la perfección».
«Solo cuando se trata de tus deseos», repone el señor Anderson. «Nunca he visto a un hombre adulto tan enamorado de su esposa».
La sonrisa de mamá se ensancha. Parece estar a punto de decir algo, pero la interrumpo.
«¿Estáis hablando de papá?», pregunto, con el corazón desbocado. «¿Papá estará allí?».
Mi madre se gira hacia mí, sorprendida, como si se hubiera olvidado de mi presencia. Vuelve la atención hacia el señor Anderson.
«¿Cómo le está yendo a Leila, a todo esto?».
«Bien», responde él, aunque suena enojado.
«¿Mamá?». Las lágrimas amenazan de nuevo. «¿Me voy a quedar con papá?».
Pero mamá no parece oírme. Está hablando con el señor Anderson cuando dice: «Max te dará los detalles de todo cuando lleguéis y podrá responderte a la mayoría de las preguntas. Si hay algo que no pueda contestar, lo más probable es que se trate de una información para la que no tengas autorización».
De repente, el señor Anderson parece irritado, pero no dice nada. Mamá no dice nada.
No puedo soportarlo.
Las lágrimas se me derraman por la cara ahora, mi cuerpo tiembla con tanto ímpetu que hace que se me entrecorte la respiración. «¿Mamá?», susurro. «Mamá, por favor, co-contéstame…».
Mamá me posa una mano fría y firme alrededor del hombro y me quedo completamente quieta. Callada. No me mira. No se digna a mirarme. «También te encargarás de esto, ¿verdad, Paris?».
En este momento, el señor Anderson me mira a los ojos. Son muy azules. Muy fríos. «Por supuesto».
Un destello de calor me atraviesa. Una ira tan repentina que durante un breve instante reemplaza el terror.
Lo odio.
Lo odio tanto que hace que algo brote en mi interior cuando lo miro… y el aluvión abrupto de emoción hace que me sienta valiente.
Me giro hacia mamá. Lo vuelvo a intentar.
«¿Por qué Emmaline sí puede quedarse?», pregunto, enjugándome las mejillas húmedas con furia. «Si tengo que irme, ¿no podemos al menos irnos jun…?».
Me quedo a media palabra cuando la veo.
Mi hermana, Emmaline, se está asomando por detrás de la puerta entornada. No debería estar aquí. Mamá se lo dijo.
Se supone que Emmaline debería estar en sus clases de natación.
Pero está aquí, con su cabello mojado goteando sobre el suelo, y me está mirando fijamente con los ojos abiertos como platos. Está intentando decir algo, pero sus labios se mueven demasiado rápido como para que pueda comprenderla. Y entonces, de la nada, una descarga eléctrica me sube por la espalda y oigo su voz, aguda y extraña…
Mentirosos.
MENTIROSOS.
MÁTALOS A TODOS
Abro los ojos de golpe y jadeo, con el pecho acelerado y el corazón martilleándome. Warner me sujeta mientras musita sonidos calmantes y me pasa una mano reconfortante arriba y abajo del brazo.
Las lágrimas se derraman por mi cara y me las seco, con las manos temblorosas.
—Odio esto —susurro, aterrorizada por cómo me tiembla la voz—. Lo odio mucho. Odio que me siga ocurriendo. Odio lo que me hace. ¡Lo odio!
Warner Aaron me apoya la mejilla en el hombro y suelta un suspiro; su respiración me acaricia la piel.
—Yo también lo odio —dice en voz baja.
Me giro con cuidado entre sus brazos y recuesto la frente en su pecho desnudo.
Han pasado menos de dos días desde que escapamos de Oceanía. Dos días desde que maté a mi propia madre. Dos días desde que me encontré con los residuos que quedan de mi hermana, Emmaline. Solo dos días desde que mi vida entera se puso patas arriba otra vez, algo que me parecía imposible.
Solo dos días, y las cosas ya están ardiendo a nuestro alrededor.
Esta es nuestra segunda noche aquí, en el Santuario, el centro neurálgico del grupo rebelde dirigido por Nouria —la hija de Castle— y su esposa Sam. Se supone que aquí estamos a salvo. Se supone que aquí podemos respirar tranquilos y reagruparnos después del infierno que hemos vivido durante las últimas semanas, pero mi cuerpo se niega a relajarse. Mi mente está sobrepasada, atacada. Creía que la avalancha de los nuevos recuerdos al final se iría calmando, pero las pasadas veinticuatro horas he sufrido un asalto inusualmente brutal, y por lo visto soy la única que lo pasa mal.
Emmaline nos ha devuelto a todos, a todos los hijos de los comandantes supremos, los recuerdos que nuestros padres nos habían robado. Una a una se han ido desvelando las verdades que nuestros padres habían enterrado, y uno a uno hemos ido volviendo a nuestra vida normal.
Todos menos yo.
Los demás hace mucho que han seguido adelante, han puesto en orden sus líneas temporales, le han encontrado el sentido a la traición. Mi mente, por otro lado, continúa flaqueando. Girando. Pero, claro, ninguno de los demás perdió tanto como yo; no tienen tantas cosas que recordar. Ni siquiera Warner —Aaron— está experimentando una reestructuración de su vida con tantas dificultades.
Me empieza a asustar.
Es como si mi historia se estuviera reescribiendo, párrafos infinitos tachados y corregidos apresuradamente. Imágenes viejas y nuevas —recuerdos— hacen capas unos encima de los otros hasta que corre la tinta, rompiendo las escenas y convirtiéndolas en algo nuevo, algo incomprensible. A veces siento que mis pensamientos son como perturbadoras alucinaciones, y la arremetida es tan invasiva que temo que me esté haciendo un daño irreparable.
Porque algo está cambiando.
Cada nuevo recuerdo viene acompañado de una violencia emocional que se estampa contra mí, que me reordena la mente. Había sentido este dolor en pequeñas oleadas —el mareo, las náuseas, la desorientación—, pero no he querido prestarle demasiada atención. No he querido mirarlo de cerca. La verdad es que no quería creer en mis propios miedos. Pero la verdad es que soy un neumático pinchado. Cada inyección de aire me deja tanto llena como deshinchada.
Estoy olvidando.
—¿Ella?
El terror sube por mi interior como la espuma y me sangra por los ojos abiertos. Tardo unos instantes en recordar que soy Juliette Ella. Cada vez, tardo un poco más.
La histeria amenaza con…
Me obligo a contenerla.
—Sí —respondo obligando a mis pulmones a llenarse de aire—. Sí.
Warner Aaron se tensa.
—Cariño, ¿qué pasa?
—Nada —miento. El corazón me late rápido, demasiado rápido. No sé por qué estoy mintiendo. Es un esfuerzo inútil, ya que él puede percibir todo lo que estoy sintiendo. Debería decírselo. No sé por qué no se lo digo. Sé por qué no se lo digo.
Estoy esperando.
Estoy esperando a ver si se me pasa, si los fallos en mi memoria son solo problemas técnicos que esperan que los reparen. Decirlo en voz alta hace que sea demasiado real, y es demasiado pronto como para expresar estos pensamientos en voz alta, para ceder al miedo. Después de todo, solo ha pasado un día desde que empezó. Ayer me pasó por la mente que algo no andaba nada bien.
Se me pasó por la cabeza porque cometí un error.
Varios errores.
Estábamos sentados fuera, mirando las estrellas. No recordaba haber visto nunca el firmamento así, nítido y claro. Era tarde, tan tarde que no era de noche sino que empezaba a clarear el alba, y la vista era vertiginosa. Me estaba helando. Un viento agitado meció las copas de una arboleda cercana, llenando el aire con un leve susurro. Me había atiborrado a pastel. Warner olía a azúcar, a hedonismo. Yo me sentía embriagada de alegría.
«No quiero esperar», dijo él tomándome la mano. Apretándola. «No esperemos más».
Lo miré pestañeando. «¿El qué?».
¿El qué?
¿El qué?
¿Cómo pude olvidar lo que había ocurrido apenas unas horas antes? ¿Cómo me pude olvidar del momento en el que me pidió que me casara con él?
Era un problema técnico. Al menos lo sentía como tal. Donde una vez hubo un recuerdo de pronto había un vacío, una cavidad hueca solo hasta que pudiera reajustarla con un movimiento seco.
Me recuperé, recordé. Warner se rio.
Yo no.
Olvidé el nombre de la hija de Castle. Olvidé cómo habíamos aterrizado en el Santuario. Olvidé, durante dos minutos, cómo me había escapado de Oceanía. Pero esos errores eran temporales, me parecían retrasos naturales. Solo experimentaba confusión mientras mi mente se cargaba y vacilación hasta que mis recuerdos resurgían, anegados y difusos. Creía que quizá se tratara de cansancio, que estaba abrumada. No le di mayor importancia, no hasta que estuve sentada bajo las estrellas y fui incapaz de haber recordado pasar el resto de mi vida con alguien.
Humillación.
Una humillación tan grande que creía que iba a morir por el embate de su fuerza. Incluso ahora un rubor se extiende por mi cara, y me alivia que Warner no pueda verme en la oscuridad.
Aaron, no Warner.
Aaron.
—No sé si estás asustada o avergonzada —dice, y exhala levemente. Parece una risa—. ¿Estás preocupada por Kenji? ¿Por los demás?
Me aferro a esta media verdad con todas mis fuerzas.
—Exacto —respondo—. Estoy preocupada por Kenji. Y por James. Y por Adam.
Kenji lleva guardando cama desde primera hora. Entrecierro los ojos con la vista perdida en un rayo de luz de luna que entreveo por la ventana y recuerdo que hace rato que ha pasado la medianoche, y eso significa que técnicamente Kenji enfermó ayer por la mañana.
De todos modos, ha sido algo horrible para todos.
Las drogas que Nazeera le administró a Kenji en el vuelo internacional desde el sector 45 hasta Oceanía fueron una dosis demasiado grande, y ha estado tambaleándose desde entonces. Al final se desplomó —las gemelas, Sonya y Sara, han estado comprobando su estado y dicen que se pondrá bien—, pero no antes de que supiéramos que Anderson ha estado reuniendo a los hijos de los comandantes supremos.
Adam, James, Lena, Valentina y Nicolás están bajo su custodia.
James está bajo su custodia.
Han sido un par de días terribles y devastadores. Han sido un par de semanas terribles y devastadoras.
En realidad, meses.
Años.
Algunos días, por más que intente volver la mente atrás, no consigo encontrar buenos momentos. Algunos días, la felicidad esporádica que he experimentado me ha parecido un sueño extraño. Un error. Surrealista y desenfocado, con los colores demasiado brillantes y los sonidos demasiado altos.
Productos de mi imaginación.
Hace solo unos días que al fin alcancé la claridad. Solo unos días que parecía que había dejado lo peor atrás, que el mundo parecía estar lleno de potencial, que mi cuerpo era más fuerte que nunca, mi mente cabal y afilada, más capaz de lo que creí jamás.
Pero ahora
Pero ahora
Pero ahora siento que estoy colgando por los bordes difusos de la cordura, esa amiga que desaparece en los momentos difíciles y siempre me rompe el corazón.
Aaron me estrecha más fuerte y me fundo en su cuerpo, agradecida por su calor, por la firmeza de sus brazos a mi alrededor. Tomo una bocanada de aire temblorosa y exhalo contra su cuerpo. Inhalo el aroma profundo de su piel, la sutil fragancia a gardenias que curiosamente desprende siempre. Los segundos pasan envueltos en un completo silencio mientras escuchamos nuestras respiraciones.
Poco a poco, mis latidos se van calmando.
Las lágrimas se secan. Los miedos toman un descanso. El terror se distrae con el vuelo de una mariposa y la tristeza se echa una siesta.
Durante un instante, somos solo él y yo y nosotros, y todo está inmaculado, libre de oscuridad.
Sabía que quería a Warner Aaron antes de todo esto —antes de que nos capturara el Restablecimiento, antes de que nos despedazaran, antes de que conociéramos una historia compartida—, pero ese amor era nuevo, recién brotado, con profundidades sin explorar, sin examinar. Durante esa breve ventana deslumbrante en la que sentía llenos los agujeros de mis recuerdos, las cosas cambiaron entre nosotros. Todo cambió entre nosotros. Incluso ahora, con todo este ruido en la cabeza, lo siento.
Aquí.
Esto.
Mis huesos contra los suyos. Esto es mi casa.
Noto que se tensa de repente y me aparto, preocupada. En esta perfecta oscuridad, no logro distinguir bien su figura, pero noto cómo se le eriza la piel de los brazos cuando me dice:
—¿En qué piensas?
Pongo los ojos como platos, y la realidad destrona a la preocupación.
—Estaba pensando en ti.
—¿En mí?
Vuelvo a acortar la distancia que nos separa. Asiento con la cara pegada a su pecho.
No dice nada, pero en el silencio puedo oír el martilleo de su corazón desbocado y al final lo oigo exhalar. Se trata de un sonido profundo e irregular, como si hubiese estado aguantando la respiración durante demasiado rato. Ojalá pudiera verle la cara. Por más tiempo que pasemos juntos, me sigo olvidando de que es capaz de sentir mis emociones, sobre todo en momentos como este, cuando nuestros cuerpos están arrimados.
Con delicadeza, le resigo la espalda con un dedo.
—Estaba pensando en lo mucho que te quiero —le digo.
Se queda quieto, pero solo durante un breve instante. Me toca el pelo y sus dedos me peinan los mechones lentamente.
—¿Lo has notado? —le pregunto.
Cuando no me ofrece ninguna respuesta, me vuelvo a apartar. Pestañeo en la oscuridad hasta que consigo discernir el brillo de sus ojos y la sombra de su boca.
—¿Aaron?
—Sí —responde, pero es como si le faltara el aliento.
—¿Sí lo has notado?
—Sí —repite.
—¿Qué es lo que sientes?
Suspira. Se tumba de espaldas. Está tanto rato en silencio que no estoy segura de que me vaya a contestar. Al final, me dice en voz baja:
—Me cuesta describirlo. Es un placer tan cercano al dolor que a veces no logro diferenciarlos.
—Qué horror.
—No —repone—. Es una maravilla.
—Te quiero.
Inhala abruptamente. Incluso envueltos en la oscuridad puedo ver la fuerza de su mandíbula, la tensión que la embarga, mientras se queda mirando el techo.
Me incorporo, sorprendida.
La reacción de Aaron es tan natural que no sé cómo no me había dado cuenta antes. Pero, claro, puede que se trate de algo nuevo. Quizá sea verdad que algo ha cambiado entre nosotros. Quizá antes no lo quería tanto como ahora. Supongo que tiene sentido. Porque cuando me detengo a pensarlo, cuando examino lo mucho que lo quiero ahora, después de todo por lo que…
Otro jadeo repentino. Y entonces se ríe con nerviosismo.
—Vaya —me sorprendo.
Se tapa los ojos con la mano.
—Esto es un poco humillante.
Estoy sonriendo, casi a punto de reír.
—Ey, no pasa…
Mi cuerpo se agarrota.
Un estremecimiento violento me recorre la piel y me yergue la espalda. Unos alfileres invisibles me dejan los huesos clavados en el sitio y la boca abierta, intentando respirar.
El calor me llena la visión.
No oigo nada más aparte de una electricidad estática, unos rápidos bulliciosos, agua blanca, un viento feroz. No siento nada. No pienso nada. No soy nada.
Durante un momento infinitesimal soy…
Libre.
Bato los párpados y los abro cierro abro cierro abro cierro soy un ala, dos alas, una puerta batiente, cinco pájaros
El fuego me sube por el interior, estalla.
¿Ella?
La voz aparece en mi mente con una fuerza repentina, contundente, como si me aguijonearan el cerebro con unos dardos. Me doy cuenta débilmente de que estoy sumida en dolor —me duele la mandíbula, mi cuerpo sigue suspendido en una posición antinatural—, pero lo ignoro. La voz vuelve a insistir:
¿Juliette?
Al caer en la cuenta, es como si me hubieran hecho un tajo en las rodillas. Las imágenes de mi hermana inundan mi mente: huesos y piel derretida, dedos palmeados, boca empapada, sin ojos. Su cuerpo suspendido bajo el agua con un largo cabello castaño que es como un enjambre de anguilas. Su voz extraña e incorpórea me atraviesa. Así que digo sin hablar:
¿Emmaline?
La emoción me recorre como unos dedos que se hincan en mi carne y una sensación que me araña toda la piel. Su alivio es palpable. Puedo saborearlo. Está aliviada, aliviada de que la reconozca, aliviada por haberme encontrado, aliviada aliviada aliviada…
¿Qué ha pasado?, le pregunto.
Un aluvión de imágenes me inunda el cerebro hasta que se hunde, creo. Sus recuerdos me anegan los sentidos, me saturan los pulmones. Me ahogo cuando los sentimientos arremeten contra mí. Veo a Max, a mi padre, inconsolable después de la muerte de su esposa; veo al comandante supremo Ibrahim, histérico y furioso, exigiéndole a Anderson que reúna a los demás niños antes de que sea demasiado tarde; veo a Emmaline, a la que dejan sola un breve instante y aprovecha la oportunidad…
Suelto un grito ahogado.
Evie lo dispuso todo para que solo Max o ella pudieran controlar los poderes de Emmaline, y ahora que Evie ha muerto, los mecanismos de seguridad implementados se han debilitado de golpe. Emmaline predijo que tras la muerte de nuestra madre se abriría una pequeña brecha que podría aprovechar, una pequeña ventana durante la cual puede que fuera capaz de retomar el control de su propia mente antes de que Max rehiciera los algoritmos.
Pero el trabajo de Evie era demasiado bueno y la reacción de Max, demasiado veloz. Emmaline solo lo logró en parte.
Muriendo, me dice.
Muriendo.
Cada destello de sus emociones viene acompañado por un tortuoso asalto. Siento que me quema la piel. Mi columna parece hecha de líquido, mis ojos están ciegos, me arden. Percibo a Emmaline —su voz, sus sentimientos, sus visiones— con más fuerza que antes porque es más fuerte que antes. Que haya conseguido recuperar suficiente poder como para encontrarme ya es una prueba de que al menos en parte está desatada, libre. Durante los últimos meses, Max y Evie habían estado experimentado con Emmaline hasta niveles temerarios, intentando hacerla más fuerte, aunque su cuerpo se marchitara. Esta es la consecuencia.
Estar tan cerca de ella es insoportable.
Creo que he gritado.
¿He gritado?
Todo sobre Emmaline se intensifica hasta niveles enloquecedores; su presencia es salvaje, imponente, y hace que se me pongan los nervios de punta. Los sonidos y las percepciones pasan por delante de mis ojos y recorren mi cuerpo violentamente a toda velocidad. Oigo una araña que se escurre por el suelo de madera. Las polillas cansadas arrastran las alas por la pared. Un ratoncillo se sobresalta y se tranquiliza en sueños. Las motas de polvo se estrellan contra la ventana, la metralla patina por el cristal.
Mis ojos se remueven inestables en mi cráneo.
Noto el peso opresivo de mi pelo, de mis brazos y piernas, mi carne que me rodea como si fuera celofán, un ataúd de cuero. Mi lengua, mi lengua es un lagarto muerto posado en mi boca, áspera y pesada. El fino vello de mis brazos se eriza y se mece, se eriza y se mece. Tengo los puños cerrados con tanta fuerza que las uñas me desgarran la carne suave de la palma.
Noto una mano que se posa sobre mí. ¿Dónde? ¿Estoy?
Sola, me dice.
Me lo muestra.
Una visión de nosotras en el laboratorio donde la vi por primera vez, donde maté a nuestra madre. Me veo a mí misma desde la perspectiva de Emmaline, y es deslumbrante. No ve mucho más que un borrón, pero nota mi presencia, distingue el contorno de mi forma, el calor que emana de mi cuerpo. Y luego mis palabras, mis propias palabras, arrojadas de vuelta a mi cerebro…
debe de haber otra manera
no tienes que morir
podemos superar esto juntas
por favor
quiero a mi hermana de vuelta
quiero que vivas
Emmaline
no dejaré que mueras aquí
Emmaline Emmaline
podemos superar esto juntas
podemos superar esto juntas
podemos superar esto
juntas
Una sensación fría y metálica empieza a florecer en mi pecho. Se mueve por mi interior, me sube por los brazos, me baja por la garganta y me empuja el estómago. Las encías me palpitan. El dolor de Emmaline me acuchilla y me desgarra, se aferra con una ferocidad que no puedo soportar. Su sensibilidad también es desesperada, apabullante por lo sincera que resulta. Está sobrepasada por la emoción, caliente y fría, alimentada por la rabia y la devastación.
Todo este tiempo me ha estado buscando.
Durante los últimos dos días, Emmaline ha estado rastreando el mundo consciente en busca de mi mente, intentando encontrar un puerto seguro, un lugar donde descansar.
Un lugar donde morir.
Emmaline, digo. Por favor…
Hermana.
Algo se contrae en mi mente, me aprieta. El miedo se propulsa por mi interior y me perfora los órganos. Me falta el aire. Me llega un olor a tierra y a humedad, a hojas en descomposición, y siento que las estrellas observan mi piel con el viento empujando a través de la oscuridad como un padre ansioso. Tengo la boca abierta. Estoy tumbada en el suelo.
¿Dónde?
Me doy cuenta de que ya no estoy en mi cama, ya no estoy en mi tienda, me doy cuenta de que ya no estoy protegida.
Pero ¿cuándo he echado a andar?
¿Quién ha movido mis pies? ¿Quién ha empujado mi cuerpo?
¿Cuánto me he desplazado?
Intento mirar en derredor, pero estoy ciega, con la cabeza sujeta con tornillos, con el cuello reducido a tendones crispados. Mi respiración resuena en mis oídos, áspera y alta, áspera y alta, áspera áspera, me falta el aire, me da vueltas la cabeza
Aflojo las manos, las uñas arañan el suelo mientras los dedos se desenroscan y las palmas se allanan. Huelo el calor, saboreo el viento, oigo la tierra.
se balancea
La tierra que está bajo mis manos, en mi boca, bajo mis uñas. Me doy cuenta de que estoy gritando. Alguien me está tocando y estoy gritando.
¡Basta!, grito. Por favor, Emmaline… Por favor, no lo hagas…
Sola, insiste.
s o l a
Y con una agonía repentina y feroz…
Me desplazo.