Vi
Antonia me llama antes de que me dé tiempo a aparcar en el camino de entrada de mi casa. Se me pasa por la cabeza no responder (estoy enfadadísima, sobre todo después de que Matt Das se creyera que le debía una cita), pero luego me lo pienso dos veces. No es culpa suya que apoyar mis ideas sea una tarea de proporciones sisíficas.
—Hola —le digo con un suspiro.
—Mira, tienes que dejar que vayan haciéndose a la idea —me dice con esa voz tranquilizadora, pacifista, de niña pequeña—. No te lo tomes como algo personal. A los chicos les gusta lo que les gusta; es lo que hay.
—Es que es un club tan de chicos —murmuro—. No lo soporto.
—Pero, a ver, yo lo entiendo. Tú siempre te pones de mi parte; de la de ellos, nunca. A lo mejor se creen que somos nosotras las que los estamos marginando. La historia tiene siempre dos versiones, ¿no?
Ay, Antonia. Mi pobre e inocente Antonia.
—Me pongo de tu parte porque usas el cerebro.
—Bueno, da igual. A mí tu campaña me parece guay —me dice—. Y a ellos también se lo acabará pareciendo.
Suelto el aire y echo la espalda hacia atrás mientras apago el motor del coche.
—¿Y eso cuándo va a ser?
—No creo que tarden mucho. Puede que un par de meses.
—Dios. —Cierro los ojos—. Es que no entiendo qué les pasa. Vamos a ver…, he jugado a su campaña, he hecho lo que querían… Joder, pero si soy mejor que todos ellos…
—Bueno, a lo mejor ese es el problema, ¿no? —me dice Antonia, armándose de paciencia—. A veces tienes que dejarlos ganar, Vi. Para mantener la paz en el grupo.
—Eh… ¿no? —le respondo, y me estoy empezando a mosquear un poco. Antonia no es nueva en el mundillo del fandom y de los RPG. El problema no es que sea una hija de puta que está intimidando a este grupo de chicos en concreto, sino que la historia siempre es la misma, de forma sistemática—. ¿Por qué tendría que hacerme de menos para que ellos se sintieran bien consigo mismos? No tiene ningún sentido.
—A ver, no es lo más ideal, pero funciona —me indica—. Se atrapan más moscas con miel que…
—Las moscas no me sirven de nada.
—Ya sabes lo que quiero decir.
Sigo sin estar de acuerdo con ella, pero da igual. No sirve de nada discutir cuando ella no tiene la culpa.
—Además —añade—, Matt estaba bastante enfadado cuando ha vuelto a entrar en casa.
Se me escapa la risa por la nariz.
—¿Y?
—¿Qué le has dicho? Solo estaba intentando ser simpático contigo.
Se me eriza el vello de la nuca.
—¿Te ha contado lo que me ha dicho?
—No. No ha dicho nada.
—Bien.
Al menos ha tenido la decencia de no ser un gilipollas delante de los demás. Aunque, siendo sincera, ahora mismo no es algo que me consuele demasiado.
—Bueno, ¿qué ha pasado? —insiste.
—Uf. Nada. Me ha pedido una cita.
—¿Y qué le has dicho?
—Que no, obvio.
—¡Vi! —exclama Antonia, escandalizada.
—¿Qué?
—Venga ya. Matt es simpático y es bastante evidente que le gustas.
—¿Y?
—¿Cómo que «y»?
—¿Te parece motivo suficiente para salir con alguien?
—A ver, sí, ¿por qué no? Es obvio que tenéis gustos parecidos.
—Siguiendo esa lógica, debería salir contigo.
—Seríamos una pareja monísima y rarísima —responde Antonia con tono despreocupado—, pero deja de intentar cambiar de tema. No puedes ser tan tiquismiquis.
—No soy tiquismiquis, pero tampoco quiero salir con él.
—Bueno, da igual. Dejando a un lado el tema de Matt, no debería sorprenderte que los chicos sean unos capullos contigo.
Vuelvo a enfurecerme.
—¿Estás diciéndome que me lo tengo merecido?
—Claro que no, solo te digo que eres hostil con todo el mundo cuando no hace ninguna falta. O sea, ¿de verdad hace falta que fulmines a Danny Kim con la mirada cada vez que hace una pregunta?
Pues sí; claro que sí.
—En realidad soy bastante menos hostil de lo que podría ser. —Madre mía, lo que pasaría si dijera todo lo que se me pasa por la cabeza—. Además, estaba haciendo unas preguntas tontísimas.
—No existen las preguntas tontas —me responde.
(Lo dice porque su madre es profesora).
—Cualquier pregunta que pueda responderse con cinco segundos de razonamiento deductivo es una pregunta tonta, pero vale —respondo.
—Veo que estás captando a la perfección la idea que intento transmitirte —contesta Antonia con un suspiro.
Aunque sea mi mejor amiga, necesito tomarme un descanso de esta conversación. Necesito un descanso de la noche entera, porque cuanto más pienso en lo que ha pasado, más me enfado.
—Cambiando de tema, parece que Jack Orsino se ha roto el LCA —me dice Antonia, pero es que me la suda Jack Orsino.
Bastante tengo que aguantarlo a diario sin que, además, me lleguen informes médicos que no he pedido de la secta de musculitos narcisistas. Además tiene que devolverme firmado un informe presupuestario y al menos el diez por ciento de mi salud mental.
—Mira, estoy cansada —le digo a Antonia—. Voy a meterme en la cama.
—¿Qué? Pero si ni siquiera son las diez…
—Supongo que ha sido una semana muy dura. Además, mañana tenemos que madrugar.
Antonia, Bash y yo nos hemos ofrecido voluntarios para la feria local del renacimiento y, para sorpresa de nadie, me toca conducir a mí.
—Ya. —Antonia suspira—. Mira, Vi… prométeme que les darás algo de tiempo. No te des por vencida con ellos… Deja que vean que se han equivocado, ¿vale?
—Vale.
Ya, claro. Ni en broma me planto en otro viernes de ConQuest después del infierno que me ha tocado aguantar hoy; pero no hace falta que se lo diga a Antonia. Ya me inventaré excusas durante unas cuantas semanas hasta que capte la indirecta o hasta que se rinda.
—Vale. ¿Seguro que estás bien?
—Sí. Nos vemos mañana.
—Vale, adiós.
Colgamos y vuelvo a tomar aire. Luego abro la puerta del coche con fuerza y me arrastro hasta la puerta de casa.
Mi vecindario es uno de esos barrios de las afueras tan homogéneo que hasta duele mirarlo; ya sabes, el típico que aparece en las películas en las que hombres de mediana edad les ponen los cuernos a sus mujeres. Vivimos en un dúplex que está tan cerca de la casa de al lado que, cuando me asomo, veo al yorkie del vecino ladrándome desde el sofá en el que se ha subido.
—Yo también me alegro de verte —le digo, y, al entrar, descubro que ya hay alguien en casa, pero no es mi madre, porque su coche no está en el camino de entrada.
Tampoco me sorprende mucho. Mamá nunca está en casa los viernes por la noche.
¿Alguna vez te has parado a pensar en la suerte que tenemos de haber nacido en una época en la que existe el agua corriente y las vacunas de la polio? Bueno, pues mi madre tiene la suerte de haber nacido en una época en la que existen las citas por internet. Se le da muy bien tener citas y, sobre todo, meterse en relaciones en las que no hay ninguna clase de compromiso. Lo del matrimonio no se le da tan bien; no puedo ofrecer un testimonio de primera mano porque, por lo visto, mi padre y ella no llegaron a casarse antes de que se quedara embarazada de Bash y de mí, pero, teniendo en cuenta que nunca ha estado lo bastante con nadie como para que lleguemos a conocerlo, me fío de su palabra.
Seguro que estás pensando: Vaya, qué pena, seguro que tu madre tiene alguna tarita que mantiene alejados a los hombres. ¡Menuda tragedia! El mayor temor de todo el mundo es quedarse solo (a excepción de mi abuela Lola, que en su caso es que mi madre jamás conozca el placer de ser la animadora personal de un hombre durante el resto de su vida), pero ¿qué sentido tiene? Hasta donde yo sé, la mayoría de los matrimonios consisten en que un hombre se compra a alguien que se encarga de la casa, de cocinar, de hacer de niñera y de ser su terapeuta por el módico precio de una sortija de diamantes que cuesta el sueldo de dos meses.
A decir verdad, a mi madre no le han faltado oportunidades de casarse. Le han propuesto matrimonio tantas veces que de verdad que ya he dejado de llevar la cuenta. Creo que mi madre sería un marido fantástico (lo de estar todo el día en el trabajo y luego llegar a una casa limpia y que te tengan la comida preparada parece una fantasía, así que entiendo que los hombres™ le tengan hecha la cruz al feminismo), pero lo de ser la esposa de alguien no le pega. Mi madre y yo no nos sometemos; somos duras, críticas, y eso no le gusta a todo el mundo.
Sin embargo, como ya he dicho, a mi madre se le da muy bien tener citas, y, técnicamente, esa es la parte difícil de todo el meollo. Es una escritora freelance que alcanzó cierto éxito hace un par de años con una revista online que se llama The Doe, una publicación digital feminista que produce una mezcla de artículos clickbait con exceso de hype, artículos en formato lista y artículos de opinión sobre política. Mi madre escribe una columna de consejos para citas muy famosa, lo cual me parece ya para troncharse, así que suele pasarse las noches usando apps para «encontrar el amor» o algo que se le parezca para poder escribir sobre ello.
Como mi madre no está en casa, solo puede tratarse de mi hermano mellizo, Sebastian, que baja corriendo las escaleras en cuanto me quito los zapatos con los pies.
—¡Al fin! —exclama, señalando las llaves del coche con frenesí. Me había jurado que esta noche no le hacía falta—. Cambio de planes de última hora —me dice en cuanto se las paso—. He quedado con los de la banda de viento en el IHOP.
Bash forma parte del grupo de teatro y de la banda, dos ecosistemas tan aislados del resto del mundo que el noventa por ciento de las veces no sé de qué me está hablando; pero me viene muy bien tenerlo a mano cuando necesito ideas para crear un personaje del ConQuest. También nos gusta pelear cuerpo a cuerpo, pero él ya no quiere luchar conmigo porque dice que una vez le sangró la nariz por mi culpa, aunque yo creo que era porque el ambiente estaba demasiado seco.
—Pásalo bien —le digo, agotada, y paso junto a él apartándolo con el hombro, pero me detiene.
—No les ha gustado, ¿no? —me dice, con una mueca de compasión.
Los dos tenemos la piel olivácea y los ojos oscuros, la cara con forma de corazón y el pelo casi negro, por lo que la gente siempre comenta lo mucho que nos parecemos hasta que nos conocen. Bash se quedó con el carácter de mamá, y yo, con su forma de ver el mundo, lo que, de algún modo, nos convierte en extremos opuestos. Casi todo el mundo se piensa que uno de nosotros se parece a nuestro padre, pero no hay forma de saberlo. No lo hemos visto mucho, salvo por las cuatro veces contadas que viene de visita a la ciudad.
—No —respondo.
—Menudos idiotas. —Bash siempre ladea la cabeza cuando sonríe y verlo es muy relajante. (Se supone que fue un niño muy fácil de criar; en cambio yo…)—. Seguro que a la próxima caen.
—Al suelo van a caer, porque me los voy a cargar —le digo con la voz cargada de optimismo.
—Si es lo que quieres… Yo confío en ti —me dice con una sonrisa.
—Es que mira que son idiotas —protesto.
—A ver, obvio. Te recuerdo que escribí la campaña contigo —me dice, encogiéndose de hombros—. Ya lo sé.
—A lo mejor estás exagerando un poquito.
A Bash no se le da muy bien escribir. Él es más de «me aburro, vamos a hacer otra cosa». No está contento a menos que haga reír a la gente; por eso, aunque mi madre piensa que es una locura que de mayor quiera ser actor, tampoco puede culparlo. Su personalidad no deja mucho margen de elección para otros intereses y, puestos a ser sincera, tiene muchísimo talento.
—Bueno, da igual. Son unos cerdos.
—Gracias —le respondo, y dejo escapar el aire. Aprecio la simplicidad del enfoque de Bash—. Pásatelo bien.
—¿Quieres venir? —me pregunta, sacudiendo las llaves.
—No. —Tengo planes con la mejor compañía posible: conmigo misma—. Nos vemos luego.
—No le prendas fuego a la casa —me grita mientras subo las escaleras y enciendo las luces del dormitorio.
Lo tengo un poco desordenado, como siempre. Hay ropa en el suelo que aparto de una patada. Tengo un póster de Guerra de espinos de la MagiCon colgado en la pared, junto a la estantería en la que he colocado la saga entera de Guerra de espinos en formato bolsillo (también tengo las ediciones especiales de tapa dura de Reino Unido, y las cubiertas son para morirse). Aunque no es que solo esté obsesionada con un único fandom, obvio. Tengo muchísimos libros de fantasía y ciencia ficción desperdigados por el cuarto, y también novelas gráficas, las guías del ConQuest, recuerdos de la feria renacentista… Supongo que tengo síndrome de Diógenes, pero no hasta el punto en que me impida llevar una vida normal. Mi posesión más preciada se halla sobre el escritorio: el póster de El imperio perdido firmado por el mismísimo director y por el que me tocó hacer una cola de casi catorce horas. (Es que me flipan los space opera). Y mi ordenador portátil, claro, que es, en esencia, un tesoro que contiene mis cosas más preciadas.
Me siento, levanto la pantalla y me pongo los cascos con cancelación de sonido. Voy a hacer exactamente lo que he hecho la mayoría de las noches desde que comenzó el curso. No sé si es que es el último año de instituto o qué, pero estoy más estresada que nunca. El instituto es abrumador, sí, pero me pasa algo más. Algo así como… No sé, existencial. Siento cierta inquietud, como si le ocurriera algo a la gente y a cuanto me rodea. O puede que sea yo la que no encaja.
La musiquita que emite el Twelfth Knight al arrancar me tranquiliza muchísimo; parezco uno de los perros de Pavlov.
Te cuento un poco de qué va el juego. Tras la muerte del rey Arturo, sus reliquias quedaron desperdigadas por once reinos distintos. Los caballeros que quedan deben impedir que el caos se apodere del mundo al tiempo que Camelot es asediada por un tirano corrupto en ciernes: el misterioso Caballero Negro. Puedes jugar como mago, hechicera, bárbaro, criatura, caballero artúrico, asesino del Caballero Negro… Lo que tú quieras. Evidentemente, escojo al caballero artúrico porque, en general, me encantan las espadas.
Selecciono a mi personaje y me pongo a hacer cola para jugar al modo batalla. De verdad, lo de que los chicos se crean que a las chicas solo nos gustan los romances, los vestidos de fiesta y los cachorritos te deja formarte una idea muy clara de que, en realidad, no saben nada sobre nosotras. Juego al Twelfth Knight porque en el mundo real estoy estresada o enfadada… ¿Y acaso no tengo motivos de sobra para estarlo?
Cuando empecé a jugar a los MMORPG, lo hacía con cascos con micrófono. Ya no. ¿Sabes por qué? Porque en cuanto los chicos oyen una voz de chica, o van a por ti (así, por la cara, porque se creen que eres una presa fácil) o interpretan cualquier cosa que digas como que estás ligando con ellos. Ser simpática con un friki y que este sepa que eres mujer es como recibir el beso de la muerte. ¿Sabes la de veces que me han llegado mensajes vulgares o fotos explícitas? Y, si los rechazo… ¿Sabes la de veces que me han llamado «hija de puta»?
A ver, no todos son horribles, pero es imposible escapar de los que sí lo son. Además, de primeras, es imposible saber si lo son. Por eso mi nombre de usuario es Cesario. Y, en cuanto a mi personaje… Exacto, lo has adivinado: lo he diseñado como el Cesario de Guerra de espinos. Rudo, hábil, musculoso, fuerte. El mejor luchador en cualquier arena y el más estratega en el campo de batalla. Tiene unos cuádriceps del tamaño de columnas. Es la clase de hombre que posee todos los atributos que le gustaría tener a cualquier chico. Y, ¿sabes qué? Tiene todos los atributos que me gustaría tener a mí, porque, te lo creas o no, no todas las chicas quieren ser princesas, sanadoras o cualquier fantasía de pechos gigantes que solo juega para perder. Puede que de vez en cuando me gusten las cosas de chicas, pero no existo para que se me coman con los ojos. No quiero que me consideren guapa si no me consideran habilidosa.
No es que no me sienta a gusto con mi cuerpo. Dejando a un lado el tema de la regla y los estirones, no tengo ningún problema con la forma que he ido adquiriendo. Sin embargo, si en la vida real me pareciera a Cesario, no me pondrían pegas si quisiera ser el máster de la partida que he diseñado. Nadie pondría en duda mis capacidades. Nadie se pensaría que le debo una cita solo porque ha tenido un único detalle conmigo. Jack Orsino no deambularía por el instituto como si fuera el amo y señor del lugar solo porque todo el mundo le perdona todos y cada uno de sus defectos cada vez que sonríe o atrapa el balón. Y, sobre todo, Antonia no tendría que decirme cosas rollo «no te lo tomes como algo personal» cada vez que los chicos se aliaran contra mí. ¡Ojalá fuera algo personal! Ojalá me odiaran por motivos normales, por mi personalidad, por ejemplo, y no porque, en cuanto me ven el pelo largo y las tetas, deciden que eso valida todas sus ideas preconcebidas.
Pues claro que estoy enfadada. Estoy enfadada a todas horas, ya sea por las traiciones de mi propio gobierno o por la hipocresía de mis amigos. Por lo visto, el horror no me da tregua. Da igual cuántas ventajas de combate le conceda a Astrea Starscream, jamás la tomarán en serio. Da igual lo lista que sea o cuánto trabaje, porque que me acepten siempre viene con condiciones. Además, no me pasa solo a mí; no conozco ni a una sola chica que pueda existir en este mundo sin tener que estar enfadada en todo momento.
Sin embargo, en cuanto entro en el juego como Cesario, la ventana de chat se llena de chicos que quieren que haga cola para meterme en el modo batalla con ellos; al menos aquí se me valora. Al menos hay un mundo en el que estoy a salvo.
al fin bro. vamos a darle una paliza a gm0n33
me pasé ese nivel hace dos meses, escribo en el chat.
¿Ves? Cuando soy Cesario, la gente confía en mí. Hasta me admiran. Sigo siendo yo, pero me ahorro cualquier tipo de acoso por el chat y que nadie intente machoexplicarme cosas que ya sé. No tienen por qué saber quién soy. Saben que soy un chico, y con eso les basta.
no puedes quedártelo, necesito ayuda
De verdad, cómo son los chicos.
venga perdedores, escribo, poniendo los ojos en blanco. qué os hace pensar que no puedo encargarme de todo?
Jack
—Te dije que iba a pasar —dice mi madre desde la cocina, que habla con mi padre con un tono que se supone que no debería oír desde el sofá del salón del que no puedo moverme—. Te dije que nadie tiene un cuerpo que pueda soportar tanto embate. Era cuestión de tiempo que le pasara a alguno de los chicos del equipo.
Levanto la vista hacia el techo. La verdad es que no me sorprende que haya venido. Mi madre ya no vive aquí, pero mis padres han optado por la famosa «paternidad compartida», lo cual viene a decir que no hay nada más importante que mi hermano o yo. Supongo que tener a la mitad de tus hijos caída en combate es motivo de sobra para venir a pasar el fin de semana.
—Ya sabes lo que decía el doctor Barnes sobre Jack —prosigue mi madre—. Es demasiado rápido, el cuerpo no puede seguirle el ritmo. Hasta ahora ha tenido suerte, pero…
—¿Y qué quieres que haga? Va a descansar y se va a poner bien —responde mi padre, que, por como habla, parece bastante seguro de sí mismo, pero es que siempre habla así; es de esos que fingen seguridad hasta que logran tenerla.
—Me he informado, Sam. Podría tardar un año en recuperarse de la cirugía, y luego está la rehabilitación…
Me encojo con una mueca.
Venga, ibuprofeno. Haz lo que tú sabes, venga.
—¿Estás de broma? —responde la voz de mi madre, aguda, tras lo que sea que le acaba de decir mi padre—. Es tu hijo, Sam. ¡Ya has visto la caída!
—El Duque sabe cuidar de sí mismo…
—No lo llames así —le recrimina mi madre—. ¿Qué quieres, que acabe en una silla de ruedas antes de que cumpla los cuarenta? Dime, ¿cuántos de tus antiguos compañeros están lesionados? ¿A cuántos les ha cambiado la personalidad por culpa de las conmociones o les han pasado cosas mucho peores…?
Mi madre no es fan del fútbol americano y nos lo recuerda a todas horas. Le gustan mi padre y su equipo, pero no es ningún secreto que espera que algún día la NFL se venga abajo. Considera que hay algo pérfido en ese mundo, en que los dueños de los equipos sean blancos y en que los jugadores sean negros. «Bailad y entretenednos», pero sin el activismo social de la NBA.
Que ella sea blanca no tiene ninguna importancia para el asunto que nos atañe.
«La cuestión es la imagen que da», nos dice. Mi madre es experta en dar buena imagen. Es administradora de la junta escolar, y su trabajo consiste en ocultar todo lo indefendible de la educación pública y enmascararlo con diversidad y progreso. Trabaja en el condado de al lado, donde está el instituto en el que habría jugado mi padre si no hubiera sido tan bueno jugando. En el condado hay algunas discrepancias económicas; no como aquí, que casi todo el mundo es de clase media y blanco.
—La vida es así, Ellen —dice mi padre, alzando la voz—. Jamás lo he obligado. Fue él quien decidió empezar a jugar, y fue él quien firmó para jugar con Iliria…
—¿De verdad crees que tenía elección, Sam? ¡O se convertía en ti y le gustaba lo que a ti te gusta, o jamás te habría visto el pelo!
Estiro la mano para adueñarme del teléfono y olvidarme de ellos. Me han llegado un par de mensajes de Nick, que me dice que quedamos el fin de semana que viene después de que me operen, cuando vuelva. Uno de mi hermano, Cam, que se queja de las clases y me dice que me voy a poner bien. Uno de Curio, que me manda un enlace a un artículo de la prensa local en el que dicen que al cornerback del Padua lo han penalizado sin jugar en el próximo partido… Aunque a mí y a mi rodilla nos da igual. Uno de Olivia, pero, cuando lo abro, me doy cuenta de que solo ha reaccionado con un corazón al mensaje en el que le daba las buenas noches. No me ha respondido nada. Mmm…
Olivia lleva un tiempo rara. Bueno, ahora que lo pienso, lleva bastante tiempo rara. Se fue a pasar el mes de julio a Nueva York con sus primas y no había vuelto a verla hasta que comenzó el curso hace un par de semanas. Seguramente sea culpa mía; incluso sin el entrenamiento doble todos los días, tampoco es que haya tenido mucho tiempo libre.
Supongo que ahora tengo todo el tiempo del mundo.
Ignoro la palpitación que siento en el pecho, y le doy a su nombre, que lo tengo guardado en la lista de contactos favoritos.
—¿Jack?
Ha respondido. Está tomando el sol en el patio trasero de su casa y hay mucha luz. La echo tanto de menos que hasta me duele; así, de repente, como si acabara de caer un rayo. Echo de menos que huela a vainilla y a aire salado; como la hoguera del verano pasado, cuando hablé con ella por primera vez.
—Ey, ¿estás ocupada?
—Un poco. Estamos en pleno día de chicas —me dice, enseñándome a sus hermanas pequeñas, que aún van al colegio. Después me sonríe raro, como si estuviera preocupada, distraída o algo—. ¿Cómo estás?
Voy a decirlo y ya: Olivia es preciosísima. Tiene el pelo oscuro y dorado por algunas partes, la piel morena y los ojos oscuros… Es como un sueño hecho realidad. Sí, es un poco típico que la estrella del equipo de fútbol salga con la animadora, pero cualquiera que la viera lo entendería. Olivia no encaja en el arquetipo de la chica mala que acaba siendo reina del baile, ¿sabes? Es distinta. Es interesante, divertida y cariñosa.
—Bien —le digo—. No te preocupes.
—Ya, te pondrás bien —responde, y vuelve a salirle esa sonrisa vacilante y ausente mientras las voces de mis padres suenan cada vez más altas en la cocina.
—¿Quieres que me acerque a tu casa? —le pregunto, porque estoy desesperado por salir de la mía—. Os puedo llevar limonada o lo que sea que os parezca más apropiado para un día de chicas.
La verdad es que no tengo ni idea de qué llevar. Mi madre no es de las que se miman, a diferencia de la madre de Olivia, que siempre huele como el vestíbulo de un hotel de los caros.
—¿No deberías hacer reposo? —me dice con tono ausente.
—Puedo hacer reposo en cualquier parte —le aseguro.
—Mmm… —Olivia mira hacia su espalda—. Bueno, es que mis padres no están en casa. Se han ido a tomar el brunch con Teita.
Teita es su abuela, que es como la madre de Olivia, solo que aún más repipi.
—Ah. —La familia de Olivia nos ha impuesto una normas muy estrictas—. Bueno, no pasa nada. Es que hace tiempo que no te veo.
—Mmm… —responde, protegiéndose los ojos de la luz del sol.
¿Estará enfadada conmigo? Puede.
—Soy consciente de que últimamente la cosa está un poco rara entre nosotros —le digo, y ella deja escapar el aire como si le acabaran de dar un golpe repentino en la tripa.
—Ah, ¿sí?
—Venga, Liv, que no vivo en la luna. —Olivia se levanta, puede que para alejarse de sus hermanas y que no la oigan—. ¿Va todo bien?
—Sí. Bueno… —Pone una mueca—. A ver, en general, sí.
—Ya —le digo riéndome—. Suenas de lo más convincente. Venga, dime.
—Es que…
Vuelve a dudar, y caigo en que puede que esté esperando una disculpa por mi parte.
—A lo mejor debería empezar yo —le digo—, porque siento que todo esto es culpa mía.
—¿De veras?
—Pues claro. Nunca puedes contar conmigo. —Eso era de lo que más le echaba en cara mi madre a mi padre: que nunca tenía tiempo para nada—. Quizá hasta nos venga bien que me haya lesionado. —Hay que ver el lado bueno de las cosas, ¿no?—. Ahora estaré más disponible —le recuerdo, y me siento mejor ante la idea—, así que a lo mejor podemos…
—Creo que deberíamos darnos un tiempo —me suelta Olivia.
— … volver a estar como antes —concluyo, y luego me callo—. Espera, ¿qué? ¿Es por lo de la lesión?
—¿Qué? ¡Jack! —exclama horrorizada—. ¡Claro que no!
—Pero…
Parpadeo sorprendido, y el mundo entero se me viene encima.
Una vez más.
—Es que… Mira, a mis padres nunca les ha hecho gracia que tuviera novio —me explica Olivia con una mueca.
La verdad es que esto no me toma por sorpresa. Sus padres son muy conservadores y estrictos, algo que nunca he entendido; sin embargo, jamás me ha parecido que eso fuera un problema.
—¿Quieres que nos demos un tiempo porque no les caigo bien a tus padres?
Esto no tiene ningún sentido; pero ¡si le caigo bien a todo el mundo! Hasta a la gente a lo que no le caigo bien le caigo un poco bien. A los Hadid parecía que les caía bien. ¿Desde cuándo esto le ha supuesto un problema a Olivia? ¿Ahora tengo que volver a ganármelos a ellos también?
A ver, podría hacerlo.
—¿Te parece bien si me acerco luego a tu casa? Puedo llevarle flores o algo a tu madre, o tal vez fingir que me entero de cosas de medicina…
—No, no —me responde a toda prisa—. Es que… Mira, da igual. Solo estaba dándole vueltas. ¿Sabes lo que te quiero decir? No… Da igual. —Niega con la cabeza—. Olvídalo.
—Olivia. —No puede estar diciéndomelo en serio—. No puedo hacer como si…
—Es que estoy estresada —me interrumpe—. El instituto me está agobiando, y entre mi familia y todo el rollo de la universidad… —No termina la frase—. Pero aún me importas, claro…
—¿Que te importo? —repito.
Yo le dije que la quería hace casi nueve meses y ella me dijo que ella también, pero, de repente, me doy cuenta de que hace tiempo que no me lo dice, y que darle like a un mensaje no es lo mismo que decir: «Te quiero».
Madre mía. ¿De qué más cosas no me habré percatado?
—No, Jack, es que… —Suelta el aire, frustrada—. Te quiero. Claro que te quiero. Siempre te querré, te lo juro, pero… Es que es un poco raro todo ahora con…
Justo entonces me vibra el teléfono y casi se me cae de la mano.
—Olivia, no… —Vuelve a vibrar mientras aparto con torpeza el mensaje de la pantalla—. Perdona, espera un segundo que…
—Mira, ya hablamos, ¿vale? Lo siento. Sé que estás agobiado con tus cosas, y Leya necesita que la ayude con no sé qué. Hablamos luego, te lo prometo —me asegura Olivia y, entonces, antes de que pueda impedirlo, me cuelga.
Me quedo observando la pantalla negra, cagándome en mis muertos en silencio; sobre todo cuando veo de quién son los mensajes.
tenemos que hablar sí o sí de los planes para el baile aloha, me dice Vi Reyes. el comité de eventos necesita saber de cuánto presupuesto dispone
A nadie le importa una mierda ese baile, pero a ver quién es el guapo que se lo dice a Vi Reyes. Es un poco como esa chica de las pelis que se quita las gafas y se sacude la melena y le revela a todo el mundo que (¡ah!) era guapa desde el principio, solo que no lleva gafas y ya la he visto con el pelo suelto. En general, Vi tiene vibes de directora de orfanato victoriano para niños que se portan mal.
Pero discutir con ella no me va a llevar a ninguna parte, así que inspiro hondo. Varias veces.
buenos días, cariño, le respondo. a lo mejor ya te has enterado, pero ahora mismo estoy un poco débil tras una heroicidad, sabes? aún sigo esperando a que me lleguen tus flores, por cierto
por qué?, me responde. te has muerto?
Antes de que pueda responder, me manda otro mensaje:
te hacen falta las rodillas para firmar un presupuesto?
Pongo los ojos en blanco.
cuidado no te vayas a herniar por preocuparte por mí, le contesto. jamás me lo perdonaría
además, añado. pídele a ryan que te lo firme y ya
La cuenta corriente del CDE (vamos, el Consejo de Estudiantes; Vi tiene la manía de hacer acrónimos potentes con todo, como si todos fuéramos parásitos de Wall Street) requiere la firma de dos de tres personas: el presidente, el vicepresidente o el tesorero. Vi podría darle la lata a otro con todo este tema, pero de verdad que creo que acude a mí para tocarme las narices. Para ella soy como uno de sus hobbies relajantes, como hacer punto o escuchar jazz.
ryan es idiota, me contesta.
qué interesante, respondo, y no me contengo y añado: entonces a mí no me consideras idiota?
En cuanto empieza a responder, me arrepiento de haberle dicho nada.
eres el PRESIDENTE Jack de verdad si no vas a tomártelo en serio ni siquiera sé para qué quieres el cargo
lo único que te estoy pidiendo es UNA FIRMA
imagínate que es un autógrafo
seguro que eso te encanta
Dios, es imposible ganar en una pelea contra Vi. Estoy a punto de lanzar el teléfono bien lejos y desaparecer durante el resto del día, pero entonces recibo un mensaje de Olivia.
Lo siento, Jack, pero creo que necesito un poco de tiempo
Vaya, menuda ironía, pienso, ahora que parece que tengo todo el tiempo del mundo.