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Jugador vs. jugador

Jack

Los típicos rizos de animadora de mi novia, Olivia, le caen sobre los ojos, por lo que no me ve cuando le guiño el ojo mientras vuelvo al campo porque tenemos la posesión del balón. Sus amigas sí me ven; se ríen bajito y le dan empujoncitos, pero, cuando alza la mirada, ya estoy en la zona de anotación de los Padua, al menos mentalmente. «Tienes que visualizarlo —dice siempre el entrenador—. Visualízalo y lógralo. El éxito no es algo que se obtenga por casualidad». Sus enseñanzas cruzan mi mente como destellos de un letrero de neón. «Para ser un campeón solo necesitas dos cosas: ganas y esfuerzo».

«Pásale el balón al Duque». Eso ha sido lo último que le ha ordenado el entrenador a Curio.

Vamos a hacer como si Curio fuera a pasársela a alguno de los receptores. Así los confundimos un poco, por si el Padua ha averiguado ya cómo juego; aunque tampoco creo que así consigan detenerme. Una cosa es entender lo que pasa en el campo, y otra muy distinta es controlar lo que ocurre. Me coloco justo detrás de Curio; tengo a Malcom Volio (va a primero y es hábil pero fanfarrón) a mi izquierda, y a Andrews, que es de segundo y juega como receptor, a mi derecha.

Curio da tres pasos atrás y examina el campo mientras Andrew se coloca como si fuera a atrapar el balón, pero entonces Curio se gira y me lo pasa a mí. Atravieso el bloqueo de guardias, centros, tackles y ya está. El campo se abre ante mí.

El mismo cornerback de antes se percata de que lo hemos engañado. Cambia de dirección, de modo que tuerzo el rumbo hacia la banda del equipo rival, y esquivo por los pelos a un tackle que intenta placarme. Me obliga a desviarme más de lo que me habría gustado y casi me sacan del campo, pero avanzo con cuidado por la línea de banda, como un funambulista. Es curiosísimo que puedas llegar a conocer un campo solo por la de veces que te lo has recorrido, que puedas leerlo de forma intuitiva con los pies. Lo noto en los huesos cuando alcanzo el primer down, las diez yardas; luego veinte, treinta. El público grita; la banda del equipo contrario me abuchea y a la izquierda cantan mi nombre. Me cuesta contener la sonrisa.

Ya veo la zona de anotación cuando el cornerback me alcanza como una flecha y me golpea con el hombro para sacarme de esta delgada línea de seguridad que recorro. Me empuja y me obliga a avanzar con dificultad, y luego me empuja una segunda vez a la altura del torso. Casi me caigo sobre una de las animadoras del Padua, pero recupero el equilibrio antes de lanzarme contra toda la línea ofensiva del equipo contrario.

Me sacan del área de juego antes de que me dé tiempo a llegar a la zona de anotación, con lo que el cornerback me pone cara de chulo. Da igual; he conseguido avanzar hasta quedar a diez yardas de hacer un touchdown, así que como mínimo podremos marcar un gol de campo y desempatar. Solo espero que no tardemos porque aún nos queda tiempo de ganar más puntos, y quiero ganarlos yo.

Solo cuando retrocedo a toda prisa para la siguiente jugada, caigo en que acabo de correr unas ochenta yardas. Aunque es una hazaña bastante impresionante por sí sola, lo mejor de todo es que he roto el récord. Oigo a varios alumnos del Mesalina gritar y me giro en su dirección. Entonces veo a Nick Valentine, nuestro antiguo quarterback y mi mejor amigo. Lleva una pancarta en la que pone: El Duque Orsino y una imagen de una cabra, para hacer la broma con GOAT: Greatest of All Time, el mejor de todos los tiempos. El que más yardas ha recorrido en toda la historia del Mesalina.

No es para tanto, me digo a mí mismo, pero entonces veo a mi padre en la banda, masticando una barra de Big Red, como siempre, y escribiendo algo a toda prisa en el teléfono. Levanta el pulgar, tan estoico como de costumbre, aunque tengo clarísimo que acaba de mandarle un mensaje a mi hermano, Cam.

Vale, sí. No voy a mentir, me siento de puta madre.

—Menuda carrera —me dice Curio cuando ocupo mi puesto para nuestra próxima jugada ofensiva—. ¿Quieres repetirla?

—¿Y llevarme yo toda la gloria? Venga, inténtalo tú aunque sea una vez.

Curio pone los ojos en blanco y nos dice que va a lanzársela a uno de los receptores, así que aquí pinto poco.

Curio no lanza el balón a la perfección, aunque tampoco veo muy bien qué es lo que está pasando. El cornerback del Padua me está cubriendo porque seguro que le han dicho que haga todo lo posible para mantenerme lejos de la zona de anotación. Comprensible, pero está empezando a cabrearme. Me da empujones sin venir a cuento y yo se los devuelvo.

Me responde algo, que imagino que no debe de ser muy bonito por la cara que me pone, pero no lo oigo porque nuestra banda se pone a interpretar la cancioncita de ánimo del Mesalina. Vuelvo a alinearme con Volio y estoy que echo chispas, pero me doy cuenta de que me mira de reojo.

—¿Estás bien, Duque?

—De maravilla, Mal. De esta me encargo yo. ¡Curio! —grito entonces, y nuestro quarterback y yo intercambiamos una mirada con la que nos decimos que esto va a ser una pasada; literalmente. Voy a adueñarme del balón y voy a correr con él hasta la zona de anotación del Padua, porque es donde tiene que estar.

Se reanuda el partido. Tengo el balón en mi poder, agarrado con fuerza contra el torso mientras agacho la cabeza y avanzo a base de fuerza de voluntad. Mi madre no soporta ver esto y se cubre los ojos, pero, para mí, este es el momento en el que el partido se convierte casi en una guerra porque hay algo primitivo y peligroso subyaciendo en él. Aprieto los dientes contra la férula y me corro hacia delante tan rápido como puedo; me toca correr el riesgo y jugármelo todo a que llevo cuatro años entrenando con pesas, a que he acumulado buen karma y que tengo una fe ciega.

Un instante después, me golpean con violencia desde dos direcciones distintas, desde la izquierda y la derecha. Algo choca contra la parte delantera de mi casco, pero agacho la barbilla a tiempo para que no me dé un latigazo cervical; sin embargo, noto un impacto en la rodilla derecha desde un ángulo extraño: una torsión antinatural e intensa…

(Mierda).

… y en un solo instante de dolor cegador me hallo bajo una montaña de cuerpos, con el balón clavado contra la tripa a solo una yarda del touchdown.

Durante un segundo, estoy demasiado aturdido para ponerme en pie y tengo que parpadear para que desaparezcan las estrellitas.

¿Me duele algo?

No, no me duele nada. (Cada vez que me golpean pasa lo mismo; es un como un flash de nervios o algo así). Pero me cuesta levantarme, y Curio tiene que ayudarme mientras intento recuperar el equilibrio. En cuanto vuelvo a estar en pie, me encuentro mejor.

Creo.

Doblo la rodilla hacia delante y hacia atrás para asegurarme de que no ha pasado nada.

—¿Estás bien? —me pregunta Curio en voz baja.

—Sí. —Lo sabría si me hubiera pasado algo, ¿no?—. Sí, sí.

Bajo el casco, Curio mantiene una expresión inescrutable.

—Tenía mala pinta…

Durante un segundo me pregunto si estaré equivocado, pero el entrenador pide tiempo muerto desde la banda. Se ha armado cierto revuelo por el estadio, y no del bueno. Es la clase de tensión que se reserva para cuando se va a perder el partido.

Curio frunce el ceño y espera a que responda, pero niego con la cabeza. Aún tenemos que ganar, y soy el único que puede lograrlo.

—Estoy un poco conmocionado, perdona —le digo, trotando hacia el grupo—. Va todo bien.

El entrenador ofensivo, Frank, se coloca a mi lado.

—Qué golpe tan feo, Orsino —me dice con su tono grave habitual.

—Qué va —respondo, y pongo mi mejor cara porque sé que el entrenador me está mirando—. No pasa nada. Solo ha sido una rozadura.

Frank arquea una ceja con gesto dubitativo.

—¿Seguro?

—¿A solo una yarda de ganar? Segurísimo. —Me noto raro, como si fuera a perder el equilibrio, pero sigo pudiendo moverme. Además, si perdemos ahora que acaba de empezar la temporada, ya podemos despedirnos del campeonato estatal. Chas, y la temporada y mi legado entero desaparecen envueltos en una nube de humo—. Estoy bien —repito—. No hay de qué preocuparse.

Frank entrecierra los ojos y luego corre como un rayo hacia mi padre.

—Es arriesgado —le dice, murmurando—. Sería mejor sacarlo del campo.

—Ni en broma —intervengo al momento—. ¡Entrenador, nos queda una yarda para ganar!

El entrenador Orsino comparte mi ansia de ganar. Asiente una sola vez con la cabeza, con rigidez, y el alivio que siento casi me arrebata el aliento.

—Haz una jugada de carrera. Volio —añade luego el entrenador—, quédate cerca de él.

Nos separamos y volvemos al campo. Curio me sigue mirando de reojo mientras compruebo mi postura.

—¿Seguro que estás bien?

Me meto la férula en la boca y me encojo de hombros. Curio, por su parte, asiente al comprenderme. No estoy seguro, pero voy a hacerlo. Creo que tengo la rodilla un poco delicada, pero no pasa nada.

Siempre hacia delante, sin mirar atrás. Cruzo una mirada con el cornerbarck, que nos observa mientras nos preparamos para el pase inicial. En verdad me está mirando fijamente, y da mal rollo. Le lanzo un beso al aire y me coloco en la línea de scrimmage, me olvido de mis recelos y me centro en la zona de anotación.

Es el tercer down. Ahora o nunca, así que Volio y yo nos preparamos para la jugada de carrera: otra de esas jugadas que hemos practicado hasta la saciedad para engañar al rival.

—Venga, a la de una —grita Curio—. ¡HUT!

Retrocedo y Curio finge pasarle el balón a Volio: una actuación digna de un Oscar. Todo el mundo pica, menos mi mejor amigo del alma, el cornerback del Padua, que no me quita los ojos de encima. Aunque no importa; Curio me lanza el balón, salgo disparado y giro bruscamente hacia una zona despejada. Estoy convencidísimo de que este touchdown tiene mi nombre escrito, y la multitud también lo sabe.

—¡DU-QUE, DU-QUE, DU-QUE…!

En la periferia de mi campo visual, veo que el cornerback del Padua se lanza a por mí y que apunta hacia mis piernas (no, hacia mis rodillas), y te juro que lo veo a destellos, como si ocurriera a cámara lenta.

El uniforme rojo del cornerback por el rabillo del ojo.

El amarillo de los postes.

El verde del campo.

El blanco cegador del miedo cuando siento que algo va mal…

No, no lo siento. ¡Lo oigo! Tan fuerte como un disparo, como alguien que se cruje los nudillos, pero peor; ni siquiera tengo palabras para describirlo. El sonido resuena más que el impacto, pero no soy consciente de ello hasta que me arrastran al suelo. En cambio, lo que pienso es: ¿Aún tengo el balón en las manos? Y luego pienso: Algo no va bien.

Algo va muy pero que muy mal.

—Disfruta de las vistas —se burla el cornerback del Padua, a quien penalizan por haberme tocado tras rozar el borde exterior de la línea de banda.

O por algo por el estilo. No me entero del todo de qué es lo que dice el árbitro porque estoy demasiado ocupado diciéndome: Levanta. Vamos, Jack, levanta, pero algo no funciona. Es como si mi cuerpo se hubiera desconectado de mi cerebro.

—¿Jack? ¿Puedes moverte, Jack? —me pregunta Frank.

—Duque —me dice mi padre, con el rostro deformado e irreconocible.

El árbitro me está hablando, o eso creo.

—¿Estás bien, chico? ¿Necesitas ayuda?

Oigo que mi padre llama a un médico.

—¡Ay, Dios, Jack!

Esa es Olivia. La purpurina verde y dorada se desdibuja cuando intento mirarla. No puedo centrar la vista. El dolor comienza a asentarse, como si me estuviera dando un calambre. De algún modo, trepa por mi cuerpo y se me aferra al pecho.

—¿Estás bien, Jack?

—¡Han derribado a Jack Orsino, el Duque, el running back estrella del Mesalina, en la zona de anotación del Padua! —grita el comentador por los altavoces.

Apenas lo oigo porque su voz queda oculta por la cancioncita de ánimo del Mesalina. O sea, que lo hemos logrado. Hemos marcado el touchdown. Hemos ganado.

Bien. Genial. Me habría cabreado muchísimo si no lo hubiéramos conseguido.

Además, estoy bien, ¿no?

—Esto no tiene buena pinta, entrenador —le murmura Frank a mi padre, que no abre la boca.

Cierro los ojos y dejo escapar el aire.

«Para ser un campeón solo necesitas dos cosas: ganas y esfuerzo». Puedo obligarme a llegar a la zona de anotación. «Visualízalo y lógralo». Puedo obligarme a levantarme del suelo.

Pero esta vez, creo que no puedo hacerlo.

Vi

Murph se ha metido de lleno en un soliloquio:

—La cabeza, separada del cuerpo…

—Qué bonito todo —murmuro para mí misma.

(Bueno, en verdad se lo he dicho a él, pero, si alguien me pregunta, diré que lo he murmurado para mí misma).

— … alza la mirada hacia vosotros y susurra una palabra…

—¡Toni! —grita la madre de Antonia, la señora Valentine—. ¿Estás en casa?

—¡Sí, mamá! ¡En la cocina! —grita Antonia junto a mi oreja. Luego se pone roja—. Ay, perdona, Vi.

—Estoy acostumbrada a este tipo de maltrato —le digo para tranquilizarla.

La madre de Antonia entra en la cocina y todos la saludamos al unísono con un: «Hoooolaaaa, señora Vaaaalentine» como si fuéramos un coro griego. El hermano mayor de Antonia, Nick, que ha venido a casa a pasar el fin de la semana, entra con unos andares de «antes yo era el rey de la casa, que lo sepáis» mientras que su hermano pequeño, Jandro, arrastra los pies tras él.

—¿Cómo ha ido el partido? —le pregunta Antonia a Nick en nombre de todo el grupo por una simple cuestión de buena educación.

(Una vez, Antonia tuvo que explicarle a Leon cómo se jugaba al fútbol americano, y él le respondió al instante que era demasiado complicado. «Que no, que es como una campaña —insistió Antonia, porque para ella es importantísimo que todo el mundo se sienta a gusto y esté bien informado—. A ver, cada jugador tiene una hoja de personaje en la que le pone qué jugadas tiene permitido hacer y cuáles no…». Leon la interrumpió para concluir con tono burlón: «Y el objetivo es lanzarse un juguete de un grandullón a otro». Y eso lo dijo un chico que se cree que seguro que podría disparar flechas letales si le concedieran una oportunidad).

—Ha estado muy bien el partido —le responde la señora Valentine a su hija con tono animado—. El nuevo quarterback no es tan bueno como Nicky, claro…

—Mamá —gruñe Nick.

—Pero ya irá aprendiendo… ¡Seguro que lo consigue! —le responde ella.

—Mamá, Curio lo ha hecho bien. ¿Puedo irme? —pregunta Nick con tono nervioso—. Quiero acercarme al hospital.

—¿Al hospital? —repite Danny Kim.

Durante un instante me había olvidado de él.

—¿Tan grave está? —le pregunta la señora Valentine a Nick, que se limita a encogerse de hombros y a pasarse la mano por el pelo.

—Su madre estaba intentando convencerlo para que fuera, así que imagino que estará allí. ¿Te importa si me llevo tu coche?

—No, claro…

—Llévate el tuyo —le dice Antonia corriendo—. Esta noche no voy a usarlo y, si vamos a cualquier lado, puede llevarme Vi.

Nick me mira durante un segundo y, al momento, vuelve a pasar de mi cara.

—Gracias, Ant.

Y entonces se larga, y nos deja a todos mirando a la señora Valentine con cara de no estar entendiendo nada.

—¿Qué ha pasado?

—Uno de los amigos de Nicky se ha lesionado.

—¿Quién? —pregunta Leon, que ha vuelto a espabilar; puede que el fútbol no le interese, pero meterse en las vidas de los demás le encanta.

—Jack Orsino —responde la señora Valentine.

—¿Jack? —repite Antonia con sorpresa.

Y a mí, al mismo tiempo, se me escapa un gruñido de protesta:

—Uf, Jack.

Ella me fulmina con una mirada rápida y silenciosa. En parte se debe a que Antonia es una «buena persona», pero, sobre todo, a que Jack Orsino tiene unos pómulos y un pecho tan amplio que siempre despiertan su compasión.

A nadie debería sorprenderle que Jack Orsino ganara las elecciones del CDE, teniendo en cuenta que todo el proceso es una farsa. Para empezar, sus amigos del equipo de fútbol fueron quienes se encargaron de contar los votos; por eso tuve que pedir un recuento. Tras pasarme casi un mes negociando a muerte con todos los clubes más grandes y los más infrarrepresentados de todo el campus, me pareció despreciable perder por dieciocho votos, así que me acogí a las directrices de las elecciones, que requieren un margen de votos mayor para declarar la victoria. Sin embargo, en vez de permitir que «una tercera parte objetiva» lo hiciera, tal y como indica el manual, dejaron que los mismos musculitos apáticos recontaran los votos.

De todos modos, los resultados oficiales no acabaron siendo tan sorprendentes. Jack, que tiene la piel cobriza de un dios olímpico y la confianza preternatural de alguien que ha nacido con la piel perfecta y abdominales, reúne todos los requisitos previos necesarios para ser el rey del instituto; aunque a saber qué significa eso dentro de diez años. (Como quedé segunda, acabé siendo vicepresidenta, así que al menos el esfuerzo no fue en vano, pero, aun así…). El caso es que jamás se puede sobreestimar a los votantes, porque, en cuanto ven unos hoyuelos y la tipografía de los uniformes del equipo deportivo, llegan a la conclusión de que esa persona también sabe hacer un presupuesto o de que es capaz de esforzarse un mínimo. Bajo mi punto de vista (o sea, el que menos le importa a nadie), Jack es como ese capitán rebelde que sonríe con aires de superioridad de El imperio perdido, solo que tiene la piel más oscura, es más alto y cuesta mucho más trabajar con él que con el rebelde. Imagínate al típico granuja del cine, pero con la improbabilidad de que aparezca de repente para salvarte porque… «Uy, espera, ¿necesitabas algo? Vaya, qué raro, se me había olvidado por completo».

En lo que respecta a Jack Orsino, estoy cien por cien de acuerdo con Leon en que el fútbol americano tan solo consiste en lanzar un juguete de un lado a otro. Jack es uno de los que corre por ahí con el juguete y, hasta donde yo sé, para eso no se necesita demasiada pericia. Al menos Nick, que era quarterback, tenía que ser estratega. Jack se limita a… correr. (Para sorpresa de nadie, cuando pedí que volvieran a contar los votos porque es literalmente lo que nos piden desde el instituto, reaccionó como si le hubiera dado una patada a su perro. Imagino que debe de costarle creer que a él también se le aplican las reglas que nos rigen a los demás).

—¿Qué le ha pasado a Jack? —pregunta Antonia con cierto aire de preocupación; cómo no.

—He de decir que a mí me ha parecido una jugada muy poco deportiva —responde la señora Valentine, que observa la mesa, donde están los dados y las hojas de personaje—. ¿De qué va la aventura de hoy?

—Es la del amuleto de Qatara —le respondo, con la esperanza de que baste para que volvamos a centrarnos en la partida—. Es una de las campañas más clásicas.

—Hala, qué chulo —responde la señora Valentine.

A su espalda, a Jandro, el hermano de Antonia, se le escapa una risita.

—Acaban de decapitar a una persona —le digo a modo de reproche mientras Antonia palidece y la señora Valentine lo saca de la cocina con un empujoncito.

—Déjalos que jueguen, Jandro. Pasadlo bien —nos dice con tono cariñoso—. ¿Queréis tomar algo? ¿Algo de picoteo, algún refresco?

—Tenemos de todo, señora Valentine —le digo, porque mi madre no ha criado a una maleducada—. Muchas gracias.

—Vale, ya dejo de molestaros.

Nos sonríe y le da otro empujoncito a Jandro hacia el salón. Volvemos a girarnos hacia Murph.

—Vaya, ¿qué le habrá pasado a Orsino? —pregunta con la mirada perdida.

—¿Qué más da? —Tamborileo la mesa con las uñas—. ¿Podemos acabar de una vez?

—Buenoooo, sí que tienes prisa —responde Marco.

—¿Qué pasa? ¿Que no quieres ganar? Acabamos de aniquilar a la última horda de cretácicos.

—Bueno, creo que la cabeza quería decir algo —responde Murph.

—Vale, ¿qué quería decir?

—«¡Paraaaaaaaad!» —responde Murph, con una voz grave y malrollera de ultratumba.

Pongo los ojos en blanco.

—Unas últimas palabras maravillosas.

El resto de la campaña no resulta demasiado complicado. Como ya hemos eliminado a la última horda de enemigos, hemos explorado las cuevas y ya hemos desmembrado con éxito a los malos, no queda mucho por hacer. El personaje de Antonia, Larissa, nos cura para que estemos preparados para la siguiente fase de nuestra aventura, y entonces llega el momento que tanto estaba esperando. Ha llegado el momento en que el grupo decide con qué volumen de expansión del ConQuest seguimos, y… me preocupa levemente cuál será la opción escogida.

—Ahora que ya hemos terminado la campaña —les digo tras aclararme la garganta—, tengo una proposición para el grupo.

—Sí, capitana —responde Leon con voz de marinero obsceno.

—Aún no he terminado —replica Murph.

—Ya, ¿y? A eso voy —respondo con impaciencia—. Antes de que terminemos…

—Hala, qué pequeñito —me interrumpe Marco, que parece estar mirando un pretzel con forma pocha.

—Eso es lo que diría tu novia —se burla Leon, y Danny Kim se ríe.

—Mmm… —protesto, agotada—. ¿Hola?

—Venga, chicos —interviene Matt Das—. Vamos a oír lo que tiene que decir, ¿vale?

Joder, menos mal que no son todos idiotas.

—Eso, eso. Mi casa, mis normas —añade Antonia, que hace una reverencia melodramática en mi dirección—. Astrea Starscream, te escuchamos.

—En realidad, esto quiero decirlo como Vi —les digo, y le dedico a Antonia una breve mirada de agradecimiento—. Quiero hablar de nuestra próxima campaña.

Leon, tan útil como siempre, interviene:

—Pero ¿no íbamos a hacer Los acantilados de Ramadra?

—¿Qué es eso? —pregunta Danny Kim.

Quién si no.

—Se supone que es el juego en el que se inspiró Guerra de espinos —responde Murph.

—Aah —contesta Danny Kim al momento—. Suena guay.

—Es un juego de batallas —dice Rob Kato—. O sea, dicen que se centra cien por cien en las peleas.

—Y que hay muchísimo gore —añade Leon, más contento que unas castañuelas—, como en la serie.

—La serie no es tan gore —responde Antonia con una mueca.

—Claro, como tú solo la ves por Cesario —responde Leon con malicia, y el comentario me molesta bastante.

Cesario es uno de los protagonistas de Guerra de espinos; es un príncipe caído en desgracia del reino rival y que antes era el villano principal. Su arco de redención es la trama más interesante de toda la serie, pero todos los chicos del mundo se creen que las chicas vemos la serie solo para verle los abdominales.

—Aún no habíamos acordado seguir con Los acantilados de Ramadra —les digo.

—Sí que lo habíamos…

—Mirad, el caso es que este verano he escrito una campaña —les digo, yendo directa al grano—. Y creo que…

—¿Cómo que has escrito una campaña? —me pregunta Matt Das.

—Sí. —Estoy emocionadísima, pero estoy intentando mostrarme tranquila. Si huelen mi esperanza como si fuera sangre en el agua, se reirán de mi idea hasta aniquilarla antes de que tenga la oportunidad siquiera de intentar convencerlos de que les puede gustar—. A ver, es un thriller político. Más o menos —les digo. A mi hermano Bash y a mí se nos ocurrió después de ver unas películas viejísimas de mafiosos en casa de nuestra abuela—. La campaña comienza en un bazar…

—¿En un bar? —pregunta Murph.

—En un bazar —lo corrijo—. Es como una especie de mercado negro fae, pero…

—¿De hadas? —repite Danny Kim, con una expresión que me encantaría borrarle de la cara.

—Durante la campaña —prosigo alzando la voz—, estamos en un mundo en el que impera un sistema capitalista corrupto que permite el reinado tiránico del Rey Sombra… —Me percato de que estoy hablando muy rápido por el modo en que todos me ponen cara de aburridos durante un instante, así que prosigo—. El caso es que, para sobrevivir en este mundo, tendríamos que compincharnos con una banda de contrabandistas ocultos que coexiste con los asesinos del Rey Sombra. Pero, como estamos en un mundo en el que la magia nos vincula a nuestras palabras, todo lo que hacemos en él tiene consecuencias a largo plazo…

—Parece complicado —responde Murph, frunciendo el ceño.

—Además, te encanta enrollarte en las partes de estrategia —añade Marco.

—A ver, en verdad, no tanto —le contesto a Murph, porque está clarísimo que Marco lo único que quiere es quejarse, así que su opinión no importa—. O sea, siempre y cuando yo fuera el QuestMaster…

—¿Quieres ser el QuestMaster? —me pregunta Marco.

—A ver, la campaña la he escrito yo, así que…

Leon y Murph intercambian una mirada antes de que Marco vuelva a intervenir:

—Vamos, que no pelearíamos en ningún momento.

—A ver, chicos. —Insisto, practico un deporte de combate, pero como vuelvan a llamarlo kickboxing te juro que me da algo—. Evidentemente, los combates son una parte esencial de la historia, pero…

—A mí los juegos de batalla me parecen más entretenidos para el grupo —interviene Rob, con un tono pensativo impostado de lo más irritante.

—Mira, eso es literalmente una mentira…

—Yo creo que puede ser divertido —aporta Antonia entonces—. A lo mejor podríamos jugar una primera partida para probar.

—Bueno… —Sé que está intentando ayudarme, pero no lo está logrando—. Como ya he dicho, cada acción tiene consecuencias a largo plazo, así que…

—No lo entiendo. ¿Vamos a luchar contra hadas? —pregunta Leon.

—No —respondo, apretando los dientes para no perder la paciencia—. He dicho que se parece a un mercado fae, rollo un mercado negro mágico en el que se lleva a cabo contrabando y donde tenemos acceso a…

—Vamos a votar —propone Murph, mientras yo rechino los dientes y me preparo para un resultado con el que estaba segura que no tendría que lidiar.

O sea, venga ya, ¿no? He jugado a la campaña que han escogido. He ganado varias rondas de combate y ellos, por su parte, han sido tan tontos como para caer en la misma trampa de la hipermasculinidad. Les he demostrado que sé lo que me hago.

¿No?

—¿Votos a favor de la campaña de hadas de Vi? —pregunta Murph.

—Me cago en todo —digo, alzando la mano—, que no son hadas.

Pero da igual. Antonia levanta la mano y, luego, poco a poco (tras pasarse un buen rato mirando de un lado a otro) Matt Das la imita. Nadie más.

—Estáis de broma —les digo.

—¿Votos a favor de Los acantilados de Ramadra? —pregunta Murph.

La mano de Danny Kim sale disparada hacia arriba y no sé qué pasa después, pero me da igual. Me levanto, me adueño de mis dados y mis notas, y me lo guardo todo en la mochila.

—Madre mía, qué mal perder… —comenta Leon.

Me da igual todo. No solo tengo que ir a un instituto en el que la gente tan solo se preocupa por su aspecto, su ropa y el fútbol, sino que encima también tengo que aguantar a un grupo de bros sin personalidad que jamás me otorgan el beneficio de la duda. No hay manera de salir airosa; ni siquiera entre un grupo de frikazos del ConQuest que se pasan las horas muertas imaginándose y hablando de las tetas de Antonia.

Me he pasado todo el verano trabajando en esta campaña. La diseñé para que le gustara a todo el mundo: tiene escenas de batalla, una ambientación chulísima, una trama interesante y original. Pero no. Como soy una chica, pues he diseñado una campaña de chicas.

—Oye —oigo a mi espalda—, ¡espera, Vi!

Matt Das viene tras de mí, cruza la puerta de la casa de los Valentine y me para antes de que llegue al coche.

—Venga, Vi, perdona…

—Me he pasado dos meses trabajando en esto —le digo con amargura. No quiero mirarlo siquiera. Lo único que me faltaba ahora era ponerme a llorar—. No tenéis ni idea de lo mucho que me lo he currado, todo lo que he investigado, planificado y…

—Mira, lo siento. —Y parece que lo siente de veras—. Son idiotas.

—Ya. —Me giro y, tras tomar aire, alzo la mirada—. Perdona, no quería salir de ahí a toda leche.

—Eh, yo habría hecho lo mismo. Están siendo muy ridículos.

—Pues sí. —Me muerdo el labio—. Oye, gracias por haber votado a favor de mi campaña y tal.

—Sí, claro, no ha sido nada. Leon es idiota.

—Ja. Pues sí.

—¿Y Danny Kim? O sea, ¿sabes algo, macho?

—Ya. —Dejo los ojos en blanco y suelto un suspiro—. Uf.

—Oye, ya sé que es una mierda, pero ellos se lo pierden. Venga, vuelve y la semana que viene los destrozas.

—Ya… Sí, supongo que sí. —Alzo la mirada hacia él y suspiro—. Gracias.

—Nada. ¿Quieres que nos vayamos? —me propone—. Podemos ir a tomar yogurlado y hablar del tema.

¿Cómo que hablar del tema? No, gracias. Lo único que me apetece es conectarme a internet y aniquilar a personajes ficticios hasta que las ganas de arrojar dardos a personas reales se desvanezcan de mi cuerpo.

—Ah, gracias, Matt, pero… —Me encojo de hombros—. Estoy cansada. Creo que prefiero irme a casa.

Me doy la vuelta hacia el coche, pero, por lo visto, Matt aún tiene algo que decirme.

—¿Y mañana? —me pregunta, colocándose frente a la puerta del coche.

—¿Qué?

—¿Te apetece ir al cine o algo?

—Ah… Pues a lo mejor. —Esto se ha puesto rarísimo de repente—. No sé, Matt…

—¿En serio?

Parpadeo, sorprendida.

—Matt, quiero irme a casa, ¿vale? Si me apetece ir a ver una peli mañana, te escribo.

—Es evidente que no vas a hacerlo —responde, y se cruza de brazos.

—Vale, ¿a qué viene esto? —le pregunto con un suspiro y señalando su pose—. Tengo que estar todo el día en la feria renacentista, y luego he quedado con mi hermano y mi madre. Si al final están liados, ya te lo diré.

—Vaya, qué casualidad.

—Eh… Pues sí. —Estiro la mano hacia la puerta del coche, pero Matt se mueve y vuelve a bloquearme el paso—. ¿Qué coño te pasa?

—Si estás dándome calabazas, dilo y ya —me dice con malicia—. A ver, ¿qué más quieres que haga, Vi? Me he puesto de tu parte. ¿Qué más quieres?

La tensión me trepa por las vértebras.

—Oye, oye, ¿qué está pasando aquí?

—Sé que no quieres salir conmigo porque no te parezco lo bastante guay…

—¿Qué?

Tiene que estar de broma. Como si estuviera yo para rechazar a alguien por no ser «lo bastante guay». Por favor, pero si llevo una camiseta con un chiste de matemáticas.

— … pero me porto bien contigo, Vi —prosigue, vociferando—, y no me parece justo que hagas como que no existo.

—Matt —respondo, cortante—. No sabía que me estabas pidiendo una cita, ¿vale? Solo estaba informándote de mis planes.

—Bueno, pues ya lo sabes —insiste, el muy cabezota—. Así que dime, ¿vas a llamarme o no?

—Eh… ¿No? —respondo, porque, vamos a ver, no me está dejando subirme a mi coche y, aunque sea un friki miope que no entraña amenaza alguna bajo ninguna clase de circunstancia, se las está apañando para que no quiera acercarme a él ni ahora ni mañana ni nunca.

—Genial. Muy guay por tu parte, Vi —responde Matt, soltando todo su sarcasmo.

Dios.

—¿Me dejas que me meta en el coche?

Hace un gesto con la mano y una reverencia burlona al tiempo que me suelta:

—Que sepas —me informa, apoyando la mano en la puerta abierta del coche—, que soy el único de los que estamos ahí dentro que no te llama «hija de puta» a tus espaldas. Hasta a Antonia parece que le dan ganas de decírtelo de vez en cuando.

Me pongo hecha una furia en cuanto menciona a Antonia. De verdad que lo de los chicos majos es una cosa…

—Y a ver, déjame que lo adivine… ¿te crees supervaliente por dejarles que me llamen eso?

—Es que eres una hija de puta, Vi —me suelta—. Pensaba que a lo mejor no lo eras, pero, por lo visto, me equivocaba.

Sus palabras no deberían molestarme. No deberían.

—¿De verdad te pensabas que iba a salir contigo? —Me obligo a soltar una carcajada gélida—. Ni en un millón de años.

Y me meto en el coche, echo el seguro y me alejo de ahí mucho antes de que las manos dejen de temblarme sobre el volante.