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Banda sonora para una batalla

Jack

De pequeño, todo el mundo daba por sentado que, como era el hijo de Sam Orsino, de mayor sería uno de los mejores quarterbacks.

Y tenían razón… Bueno, más o menos.

A ver, tiene su lógica. Mi padre, que era hijo único de un bedel y una camarera, se hizo famoso por romper el récord de Carolina del Norte del mayor número de yardas recorridas en los noventa, cuando estaba en el Instituto Mesalina. Hace cuatro años, mi hermano mayor volvió a romper el récord. Así que sí, me hago una idea de lo que la gente espera de mí. ¡Creen que lo de tener un buen brazo es cosa de familia! Prácticamente lo consideran un derecho de nacimiento. La gente da por hecho que seré idéntico a mi padre y a mi hermano: un adalid en el campo. Alguien que puede liderar el partido. En general, aciertan.

Pero yo veo los partidos de un modo distinto a los demás. Los comentaristas suelen llamarlo «visión» o «claridad», creo, aunque para mí es algo innato. Cuando el Iliria me reclutó el otoño pasado, decían que veía el campo como lo haría un prodigio del ajedrez; ese comentario se acerca un poco más a la verdad. Soy consciente de dónde se ha colocado la gente, y también de hacia dónde va a moverse. Es como si lo sintiera en algún rincón de mi interior, como si fuera un músculo tensándose. Lo percibo como cuando cambia el viento.

Como ahora mismo, por ejemplo.

Las Colinas de Mesalina, California, no es lo que se dice Odesa, Texas, pero, para ser solo un próspero barrio de las afueras de San Francisco, nos montamos bastante bien la típica noche de partido de instituto. El calor de finales de agosto se desvanece y el sol muda la piel y se transforma en los focos del estadio, con lo que convierte la familiaridad del campo del instituto en el mito único que es cada día de partido. Las gradas están a reventar: se oyen gritos y a gente charlando entre la multitud, que se enciende con el dorado y el verde del Mesalina. Se escucha el golpe en el tambor de un percusionista, tan afilado como el acero de un cuchillo. En el campo, el fuerte olor del sudor y la sal se entremezcla con el aroma a chamuscado de la barbacoa, el famoso sello distintivo del asado que preparan cuando se celebra en casa el primer partido de la temporada.

Esta noche, aquí en el campo, durante mi último año de instituto, parece el comienzo de una era. El destino, el sino o como quieras llamarlo, está aquí en el campo, con nosotros. Lo percibo desde el instante en que da comienzo la siguiente partida y todo mi equipo se queda paralizado durante un suspiro fugaz.

—¡Hut!

El equipo contrario va directo a por Curio, nuestro quarterback, así que hago como que me dirijo a un sitio, y luego cambio de rumbo y me quito de encima al linebacker para acercarme a Curio por la izquierda y que me pase el balón. Hemos ensayado esta jugada un millón de veces. La semana pasada, cuando jugamos fuera de casa contra el Instituto Verona el primer partido de la temporada, nos salió de lujo; igual que nos va a salir ahora. Me apodero del balón y me fijo en un defensa que se acerca a mí y que le grita al bloqueador que me derribe por la derecha. Como es evidente, no lo consigue, así que vuelvo a girar para esquivar a un defensa derecho. No me puede seguir el ritmo. Qué pena me da.

Ahora solo tengo que recorrer cuarenta yardas con la defensa al completo del Padua pisándome los talones.

¿Recuerdas que te he dicho que la gente estaba más o menos en lo cierto cuando decía que iba a seguir los pasos de mi padre? Eso es porque soy el mejor running back. Es lo que soy, lo que me gusta hacer. Tras ver que echaba a correr con el balón a la más mínima oportunidad que se me presentaba durante mi primera temporada en la liga infantil, mi entrenador tuvo el buen ojo de ponerme como running back desde el principio. Se supone que mi padre se enfadó muchísimo porque, en el pasado, le habían profetizado que sería uno de los pocos quaterbacks negros que podían rivalizar con Elway o Young, pero, sin previo aviso, todos sus sueños se desvanecieron por culpa de una lesión que le impidió jugar a nivel profesional. Como era de esperar, vio reflejada en sus dos hijos su propia gloria, por lo que nos esculpió para alcanzar esa grandeza que le habían presagiado.

Sin embargo, cuando recorrí el campo entero, ni siquiera el rey Orsino pudo llevarme la contraria. Dicen que los mejores jugadores de fútbol tienen una chispa sobrenatural, y la mía (la que me convierte en el mejor jugador del campo) es que en cuanto atisbo una apertura, puedo ganar en una carrera a cualquiera que intente detenerme. Albergo una fe inquebrantable en el pulso de mi pecho y en la santidad de mi pies, en la certeza de que siempre me levantaré, por muy dura que sea la caída. La mayoría de las personas no sabe cuál es su propósito en la vida ni por qué están en este mundo ni qué deberían hacer en él; yo sí. A fin de cuentas, es una historia muy corta.

En este caso, solo cuarenta yardas.

Cuando cruzo la línea de la zona de anotación, la banda interpreta a todo volumen la cancioncita de ánimo del instituto, y el pueblo entero enloquece en las gradas. En lo que se refiere al primer partido que se celebra en casa, les estoy dando todo un espectáculo, y la gente me devuelve el favor con su cántico habitual: «Duque Orsino», igual que mi padre era el rey y, mi hermano, el príncipe.

Este año nadie dice «si ganamos el partido estatal», sino «cuando ganemos el estatal».

Le lanzo el balón al árbitro mientras miro al cornerback del Padua, que llega demasiado tarde y que no parece muy contento de que haya vuelto a marcar un tanto mientras a él le tocaba defender. Puede que sea el más rápido de su equipo; que seguro que es un cumplido espantoso si no te has cruzado conmigo, claro. Hay gente que lleva muy mal lo de quedar segundo; si no, que se lo digan a Viola Reyes, la vicepresidenta del cuerpo estudiantil, del que soy el presidente. (Exigió un recuento cuando le gané por veinte votos y se puso a gritar algo de los protocolos de las elecciones mientras me fulminaba con la mirada, como si mi popularidad fuera algo malvado y haberla vencido fuera una afrenta personal). Por desgracia para el cornerback del Padua (y también para Vi Reyes), soy así de bueno. No hay más misterio. La velocidad y la agilidad que me aseguraron una plaza en el Iliria en otoño no son moco de pavo, ni tampoco me paso cada minuto de mi existencia siendo agradable para el ESPN, el canal de deporte y entretenimiento.

Salvo por algunas excepciones.

—La próxima vez métele un poco más de caña —le aconsejo al cornerback, porque qué gracia tienen los partidos si no te picas un poco—. Unas cuantas más y lo conseguirás.

Frunce el ceño y me responde con un corte de mangas.

—¡ORSINO!

El entrenador me hace un gesto para que me acerque a la banda mientras nos cambiamos con el equipo especial y pone los ojos en blanco al ver que tengo mi sonrisa de creído, que es como la llama él.

—Que tus carreras hablen por ti, Duque —me regaña, y no es la primera vez que lo hace.

Qué fácil es pregonar humildad cuando no es a ti a quien alaba el público.

—Pero si no he dicho nada —respondo con gesto inocente.

El entrenador me mira de reojo y luego me señala el banco.

—Siéntate.

—Señor, sí, señor.

Le guiño el ojo, y él los deja en blanco.

¿He mencionado ya que a veces llamo «papá» al entrenador? Sí, exacto… El rey Orsino se convirtió en el entrenador Orsino y, gracias al trabajo que desempeña en la comunidad como entrenador del equipo del instituto, sigue siendo el orgullo del pueblo. El año pasado ganó el premio al Hombre del Año de la Bay Area Black Business Association, y además lo han homenajeado en casi todas las actividades que ha organizado el instituto durante la última década. Los logros que hemos obtenido entre los dos llevando el dorado y el esmeralda del Mesalina nos han granjeado un hueco en la historia predominantemente blanca de esta ciudad.

Hay quien dice que nuestras habilidades en el campo no son más que suerte. Nosotros decimos que es un legado. De todos modos, a diferencia de mi padre y mi hermano, yo aún tengo que demostrar lo que valgo. A mi edad, a ellos ya les habían concedido el título de All-Americans y tenían posibilidades de que los reclutaran para la NCAA. Además, a diferencia de mí, ya habían ganado el campeonato estatal cuando comenzaron el último curso del instituto. Puede que sea el mejor running back de California, y diría incluso que del país, pero aún sigo intentando escapar de una sombra que se extiende a lo largo de kilómetros. Como mote, «Duque Orsino» no está mal, hasta que te pones a pensar en qué lugar ocupas en la línea de sucesión, claro. Todos los años se repite la misma historia cruel: «casi pero no».

Aun así, es bueno tener algo que me motive tanto, porque aunque esta noche estoy jugando mejor que nunca (de momento ya he marcado dos touchdowns difíciles, lo cual me deja a una sola buena carrera de romper el récord del Mesalina a más yardas recorridas), el Padua tiene un batallón de defensas grandullones que hacen todo lo posible para mantener a nuestra línea ofensiva a raya. Nuestra defensa está conteniendo las jugadas del Padua, pero Curio, nuestro quarterback de último curso que al fin ha avanzado puestos, no es tan bueno como lo era Nick Valentine cuando estaba en último curso. Va a depender de mí que el balón llegue a la zona de anotación, pase lo que pase. Vamos, que esta noche voy a romper mi propio récord.

Me estremezco al oír los ruidos de la afición del Padua: su wide receiver atrapa el balón de un modo impresionante, y nuestro lado de las gradas protesta. Esta va a ser difícil. Pero, por mucho que haya en juego, esto es como cualquier otro partido. Solo tienes que pensar en la próxima jugada y, en cuanto acaba, centrarte en la siguiente.

Siempre hacia delante, sin mirar atrás.

Giro el cuello y suelto el aire. Me pongo de pie en el momento exacto en el que una espiral perfecta lleva a los del Padua hasta la línea de gol. Si marcan, nos toca a nosotros. Me toca a mí. Llega mi momento. Todas las personas a las que conozco están en las gradas, conteniendo el aliento; no voy a decepcionarlas. Esta noche, antes de salir del campo, todo el mundo será testigo de mi destino: ganar una temporada.

Ganar un campeonato estatal.

Alcanzar la inmortalidad.

¿Estoy siendo dramático? Sí, desde luego, pero cuesta no romantizar el fútbol. Y no me parece un disparate decir que siempre ha habido algo aguardándome. Algo grandioso; y esta es mi oportunidad de hacerme con ello.

Así que, ahora mismo, ha llegado la hora de correr.

Vi

El ambiente se está caldeando esta noche durante la partida. Hemos perdido a algunos de nuestros mejores jugadores del año pasado y, con un ritmo tan arduo como este, la concentración lo es todo, así que para conseguir que este equipo gane voy a necesitar… un milagro.

Pero bueno, los milagros ocurren.

—Ya vienen.

Es lo único que me dice Murph. Me estremezco al momento. Esta es la parte más emocionante, pero también en la que más errores se cometen. Me inclino hacia delante. Estoy nerviosa, pero no preocupada. Podemos lograrlo.

(Tenemos que lograrlo. Si no, jamás llegará mi oportunidad, y me niego a aceptarlo).

A mi izquierda, Rob Kato es el primero en contestar:

—¿Cuántos son?

Murphy, o Murph (que en realidad se llama Tom aunque nadie lo llame así; la verdad es que no me molesto en aprenderme los nombres de nadie, no son tan importantes) responde desde el otro extremo de la mesa:

—Diez.

—Algunos tendréis que enfrentaros a dos —comenta Danny Kim.

Es el nuevo; no solo en el grupo, sino también en el juego, por lo que es tan útil como cabría esperar y se merece menos que nadie que me acuerde de él. (Si por mí fuera, les pondría un número a cada uno para que fuera más fácil, pero voy con ellos a clases de nivel avanzado desde hace unos… ¡Vaya, cuatrocientos años! Así que, para que no haya mal ambiente, vamos a fingir que me preocupo por su existencia).

—Yo me encargo —se ofrece Leon Boseman, que está a la izquierda de Rob.

Los chicos lo llaman Bose o Bose Man, un apodo de respeto entre bros que no hace que sea menos muermazo.

—Yo también —añado a toda prisa.

—¿Qué? —pregunta Marco Klein, que está a la izquierda de Murph.

Es un capullo, pero estoy acostumbrada a él. Supongo que mejor malo conocido que…

—Mira mi hoja de personaje, Klein —respondo con un gruñido—. Tengo un cinturón negro en…

Al otro lado de la ventana de la cocina de Antonia se oye un rugido repentino y ensordecedor, seguido del estruendo de la banda.

—Ay, perdón. —Antonia se levanta y cierra la ventana—. Los días de partido se arma un jaleo tremendo.

Los sonidos lejanos del partido del instituto quedan ahogados, por lo que podemos volver a centrarnos en la partida de ConQuest que hemos organizado sobre la mesa de la cocina. Sí, ConQuest, sí; ese juego de rol para frikis, ja, ja, sí. El caso es que: 1) somos frikis; es decir, que entre todos formamos parte del uno por ciento de nuestra promoción que seguramente acabe dominando el mundo aunque por culpa de ello perdamos algún que otro concurso de popularidad (y no me tires de la lengua con la estafa que son las elecciones para el cuerpo estudiantil o te juro que poto), y 2) no es un juego exclusivo para raritos antisociales que se reúnen en sótanos. ¿Sabías que los juegos de mesa como el ConQuest son los precursores de los RPG online como el World of Warcraft y el Twelfth Knight? La mayoría de la gente no lo sabe y eso me saca de quicio. No soporto que la gente menosprecie formas de entretenimiento revolucionarias solo porque no las entienden.

Aunque tampoco quiero que se me malinterprete, porque comprendo de dónde viene la confusión. Murph se ha echado el pelo despeinado y de color rubio ceniza hacia delante para cubrirse un cinturón de Orión de puro acné quístico. Danny Kim tiene el pelo negro de punta, a lo anime, y a pesar de eso sigue sin llegarme al hombro. Leon es famoso por su risa de hiena. Rob Kato es proclive a sudar de manera incontrolada por culpa del estrés. Antonia (que, por cierto, es la única de los presentes a la que respeto) lleva un chaleco de punto tejido a mano que está lleno de bultos y muy poco a la moda. Y, bueno, yo en general parece que tengo doce años, así que quizá no sea la más indicada para hablar. Aun así, este juego es revolucionario, independientemente de que un puñado de adolescentes con muy buenos resultados académicos haya superado la pubescencia o no.

—¿Qué decías? —me pregunta Antonia, aunque sigo enfadada con Marco.

(Una vez me suplicó que lo ayudara a que Murph lo invitara, como si Murph mandara).

—Soy cinturón negro en tawazun —repito, mosqueada.

Así es como se dice «equilibrio» en árabe, y es una de las cinco disciplinas de lucha más importantes del ConQuest original. Dicen que Guerra de espinos (es mi serie favorita, una adaptación de una saga de fantasía medieval sobre unos reinos enfrentados) nació a partir de una campaña de ConQuest masiva que organizó el autor, Jeremy Xavier, jugando a una partida personalizada de QuestMaster cuanto estudiaba en Yale. (Podría decirse que lo considero un héroe. Todos los años cruzo los dedos con la esperanza de toparme con él en la MagiCon, pero aún no ha habido suerte).

—Pero ¿el tawazun no es una lucha ceremonial con abanicos o algo así? —pregunta Danny Kim, quien, de nuevo, no se entera de nada.

Sí, en el tawazun se usan abanicos, pero es que se emplean en un buen número de artes marciales. Además, el tawazun consiste en emplear el impulso de tus rivales en su contra, por lo que es una elección superpráctica para un personaje femenino menudo como Astrea. (Esa soy yo: Astrea Starscream. Llevo dos años jugando al rol con ella, mejorando su historia poco a poco con cada campaña. Resumiendo, es una huérfana a la que entrenaron en secreto para convertirla en una asesina a sueldo, pero entonces se enteró de que los asesinos de sus padres eran las mismas personas que la habían entrenado y ahora quiere vengarse. ¡Vamos, lo que se dice una historia más vieja que la tos!).

Antes de que pueda corregir otra de las ideas equivocadas de Danny Kim, Matt Das responde:

—El tawazun es como el jiu jitsu.

—Además, que he dicho que me encargo yo —añado—. No tengo que daros más explicaciones.

Aún no hemos combatido mucho. Antes nos hemos metido en una escaramuza con unos bandidos, tras la que hemos conseguido una punta de flecha de ónice, pero ninguno de nosotros sabe qué hacer con ella. Además, que no debería tener que demostrarle nada a nadie.

—¿Y por qué no los seduces o algo por el estilo?

Vale, creo que odio a Danny Kim.

—¿Ves que ponga «poderes de seducción» en alguna parte de mi hoja de personaje? —le pregunto, y esta vez no lo hago con tanta paciencia.

Danny intercambia una mirada con Leon, que es quien lo ha invitado y, de pronto, me dan ganas de estamparles las cabezas como si fueran un par de cocos. Pero no lo hago, claro; porque, por lo visto, tengo que ser más agradable si quiero que la gente esté de acuerdo conmigo. (Gracias por tus sabios consejos, abuelita).

—Además, te lo creas o no, Danny —le digo, con una sonrisa afilada—, las artes marciales imaginarias se me dan tan bien como a ti.

De hecho, se me dan mejor que a él porque me he pasado los últimos cuatro años practicando muay thai con Bash, mi hermano mellizo. (Bash va para combates escénicos, y yo, para momentos como este).

Danny Kim no me devuelve la sonrisa; al menos no es un completo idiota.

—Puedo intentar una cosa —interviene Antonia, porque siempre es la mediadora del grupo—. Tengo una poción de amor que podría funcionar. Es una treta femenina, ¿no?

No me creo que acabe de pronunciar las palabras «treta femenina». La adoro, pero, venga ya.

—¿Quieres que sea tu movimiento oficial? —le pregunta Murph mientras extiende la mano hacia los dados.

Le doy un golpe para impedírselo. Por el amor de Dios…

—Larissa Highbrow es sanadora —le recuerdo al resto de la mesa, porque, en todas las campañas, sin excepción, siempre nos pasa que alguien necesita de las artes curativas de Antonia para poder seguir adelante. Básicamente es el personaje más importante de todos y, como es evidente, los chicos son incapaces de reconocerlo (o no quieren hacerlo)—. Deberías quedarte en la retaguardia y curar a los heridos.

—Tiene razón —interviene Matt Das. Qué raro que sea de ayuda teniendo en cuenta que ha sido el último en llegar al grupo. (Matt es moreno, tiene el pelo ondulado y parece un buen amigo del desodorante, por lo que, si me importara el aspecto de la gente, diría que es bastante guapo)—. Podemos encargarnos nosotros de pelear.

—O… —replico, pero me interrumpen.

—¿Podemos dejarnos de tanta cháchara y pelear ya? —protesta Marco.

—¡O! —repito, más alto, pasando de su cara—. A lo mejor podríamos probar primero resolver todo esto por la vía diplomática.

Todos los chicos menos Matt Das protestan al unísono.

—Eh… Vienen hacia nosotros enarbolando hachas —me dice Rob.

—Murph no ha dicho nada de ningún hacha —le recuerdo, ya que es el QuestMaster, el que narra la partida y nos proporciona toda la información que necesitamos. Asimismo, no nos da información que no se aplique a la partida—. ¿Tienen armas, Murph?

—Estáis tan lejos que no lo veis —responde Murphy, que hojea las páginas de la Biblia del QuestMaster (tiene un nombre tontísimo, pero me encantaría tenerla)—, pero se están acercando con cada minuto que pasa —añade, y se adueña de un rollito de pizza con gesto despreocupado.

—¡Se están acercando con cada minuto que pasa! —me informa Rob, con urgencia, como si no hubiera oído lo que acaba de decir Murph.

—Que sí, pero a lo mejor cometemos un error al dar por hecho que vienen armados. ¿Os acordáis de lo que nos pasó el año pasado durante el asalto a Gomorra? —les pregunto arqueando la ceja, y todos asienten con la cabeza; todos menos Danny Kim, que sigue sin enterarse de nada—. Ni siquiera sabemos si esos tipos forman parte del resto del ejército.

Afortunadamente, están pasando tres pueblos de mí y de mi cara.

—Yo propongo que disparemos primero y que hagamos las preguntas luego —nos dice Leon, soplándole al cañón de una pistola imaginaria a pesar de que Tarrigan Skullweed, su personaje, usa arco y flechas.

Ultrajada, lo fulmino con la mirada, y él me guiña el ojo.

—¿A cuánto están? —le pregunta Antonia a Murph—. ¿Podemos acercarnos de algún modo para ver si van armados?

—Probad a ver qué pasa —responde Murph, encogiéndose de hombros.

—Claaaro. ¿Algún voluntario que esté dispuesto a morir? —pregunta Marco.

Dios, qué pesadez.

—Vale, pues peleamos —digo—, la suerte está echada.

—¿Eso es de Guerra de espinos? —me pregunta Danny Kim; quién si no.

Sí, lo es, lo dice Rodrigo, el protagonista, que es un poco inútil en comparación al resto de personajes, justo antes de meter a su ejército en una batalla que acaba perdiendo.

—¿A quién le toca? —pregunto en voz alta.

—A mí. —Rob se incorpora—. Tomo la espada y la arrojo directamente contra el corazón del guerrero más grandote.

Un poco típico, pero al menos el personaje de Rob, Bedwyr Killa (ya, sí, yo también pondría los ojos en blanco, pero no es el peor nombre del grupo), es enorme, fuerte y, además, un cabeza loca con poco sentido del pragmatismo.

Murph lanza los dados.

—Le has dado. El líder del grupo cae al suelo, pero, en cuanto lo hace, levanta el brazo y…

Ay, señor. Como porte una bandera blanca te juro que…

— … el trozo de tela blanca que portaba en la mano ondea hasta caer al suelo.

—Buen trabajo, chicos —los felicito con sarcasmo.

—Cállate, Vi —me responde Marco con pocas ganas.

—¿Y ahora qué? —pregunta Matt Das.

Si por mí fuera, emplearíamos la magia del personaje de Antonia para curarlo y luego resolveríamos el conflicto. Imagino que intercambiaríamos suministros con la horda o que les sacaríamos información sobre las gemas perdidas, el objetivo de esta campaña. Pero sé que no voy a conseguir nada si lo propongo… Si quiero ganarme el apoyo del grupo para cuando acabe la noche, tenemos que ganar esta partida a su manera.

Y si los chicos quieren violencia, violencia tendrán.

—Pues es evidente que tenemos que luchar, ¿no? Me toca —les recuerdo. Me giro hacia Murph y le digo—: Me acerco al teniente del grupo y le digo que pueden seguir su camino y que no los atacaremos si se rinden.

Murphy lanza los dados.

—No acepta tu oferta —responde, negando con la cabeza—. El teniente exige sangre y te asesta una estocada en el pecho con una daga.

Como siempre, comprobamos la fuerza de nuestros personajes, pero yo tengo muy claras mis habilidades.

—Espero hasta el último instante posible, le quito la daga retorciéndole el brazo y se la clavo en el riñón.

Murphy vuelve a lanzar los dados.

—¡Golpe crítico! El teniente ha caído.

Me yergo, complacida. Los chicos parecen impresionados, lo cual me recuerda que, aunque sean la incompetencia personificada, quiero que crean que soy capaz de manejar la situación.

—Derribo al otro más grande con mi maza —dice Marco.

—Disparo una flecha —añade Leon.

—¿A quién? —le pregunto, pero él me responde sacudiendo la mano para que no le moleste.

—La flecha impacta en el omoplato de uno de los miembros de la horda, pero no es un golpe mortal. La maza no da en el objetivo —responde Murph.

—Golpeo de nuevo —replica Marco.

—Utilizo el lazo —interviene Matt Das, cuyo personaje tiene un rollo de vaquero raro y sospecho que es porque lo ha reutilizado de una campaña antigua.

—El lazo aguanta, pero no mucho. La maza impacta contra el objetivo, pero os han rodeado.

Los demás se emocionan ante la posibilidad de un enfrentamiento, pero lo que parecen haber olvidado es que en el ConQuest lo importante es la historia. Hay buenos y malos, y todos los personajes tienen sus motivaciones. ¿Por qué ha venido un ejército hacia nosotros con una bandera blanca? Deben de querer algo que tenemos en nuestro poder. Da igual los personajes que seamos, los objetos siempre forman parte de la campaña, por lo que debe de ser algo que hemos recogido durante la partida. Aquella punta de flecha tan rara…

Ay, Señor. Soy idiota. La campaña se llama, literalmente, «El amuleto de Qatara».

—¡Saco el amuleto de Qatara de su funda y lo sostengo en alto! —exclamo de repente, poniéndome en pie, y todo el mundo se gira para mirarme con cara de póker.

(Por cosas como esta no me gusta jugar con gente que no presta atención, porque me vuelvo más tonta).

Sin embargo, Murph me responde levantando el pulgar sin muchas ganas.

—La pelea se detiene —nos informa—, y la horda solicita hablar con Astrea Starscream.

Ya era hora. Acabemos con esto.