7 DÍAS DESPUÉS: 20 MINUTOS ANTES DE EMPEZAR DE CERO

CENTRAL DE FUSION, WASHINGTON D.C.

El uno de mayo, a veinte minutos de las doce del mediodía, Justin Amari, en ayunas y despeinado, es recibido por un comité de bienvenida en el exterior de la central de Fusion, un complejo privado que surgió cerca de McPherson Square el año pasado con una velocidad extraña y misteriosa. «El multimillonario de Silicon Valley, Cy Baxter, compra un bloque en el centro de Washington D.C. y empieza a pasar más tiempo en la ciudad por motivos desconocidos».

Entre los rostros, Justin distingue a la mano derecha de Cy, casi tan famosa como él: Erika Coogan, cofundadora junto con Baxter de la empresa matriz de Fusion, WorldShare. También tiene un gran poder, aunque de un modo sutil.

—¿Nerviosa? —le pregunta Justin mientras se acerca.

La pregunta sorprende a Erika y la hace sonreír.

—Tengo fe en Cy y en lo que estamos haciendo aquí. —Habla con voz grave y le queda un leve acento de Texas—. Pero hoy sí que estoy nerviosa. Esto es muy importante. Grandioso.

Junto con otros dignatarios, atraviesan el vestíbulo de vidrio y acero y pasan por un par de puntos de control de alta seguridad antes de ingresar en el área supersegura (nada que deje huella digital, nada de móviles, portátiles, Fitbit o grabadora en la tapa del boli), cuyo centro activo, en forma de atrio lleno de equipos de trabajo en la planta baja y rodeado por un sistema de pórticos, ha sido apodado «el Vacío».

La magnitud lo sorprende. Es de esas cosas que te dejan la columna helada. Una enorme sala de pantallas con hileras de escritorios ocupados por ingenieros, científicos de datos, agentes de inteligencia, programadores, hackers y analistas superlistos de sectores públicos y privados, que conforman los soldados de a pie de la Iniciativa Fusion. Y desde un estrado en la primera planta, digno del capitán Kirk, Cy Baxter contempla su poderosa obra con una energía nerviosa y con gran orgullo.

Soy yo el que debería estar nervioso, piensa Justin. Es mi pellejo el que está en juego hoy.

Todas las pantallas (ordenadores, tablets, móviles e incluso las enormes pantallas de la pared trasera) están apagadas, durmiendo, esperando… esperando… esperando a que las despierten.

Justin comprueba su reloj. Quedan quince minutos y cincuenta y nueve segundos… cincuenta y ocho… cincuenta y siete…

Cuando le hacen señas para que avance, camina hacia el estrado en el que aguarda Cy, vestido formalmente por una vez y privando a la multitud de su habitual uniforme de adolescente que consiste en zapatillas de deporte, vaqueros holgados y camiseta con alguna frase motivadora, como: «Joder, ¿por qué no?»

También está esperando el superior de Justin, el doctor Burt Walker, director adjunto de ciencia y tecnología de la CIA. Cy y él están ahí arriba como si acabaran de descubrir la teoría del todo. También con ellos, no tan contento y claramente no del todo convencido de que todo esto sea una buena idea, está la predecesora de Walker, ahora CEO de una nueva start-up de análisis de amenazas, la doctora Sandra Cliffe.

A Justin le da la impresión de que Walker parece estar buscando una cinta que cortar. Es la era equivocada, Burt, aquí no hay cintas. Lo que dará comienzo al lanzamiento de esta importante prueba beta será algo tan insignificante como el clic de un ratón que dará el pistoletazo de salida a los diez candidatos elegidos para la prueba secreta y les indicará que empiecen De Cero, que se pierdan. Deben desaparecer rápidamente del radar sin dejar rastro. Pero no será nada fácil: Cy Baxter y su equipo de ciberdetectives están más equipados que nadie en la historia de la humanidad para encontrarlos. Y para hacerlo pronto.

Cada uno de los diez participantes (o «Ceros», como los conoce el equipo) tiene dos horas de ventaja y ni un minutó más para poner en marcha su estrategia, sea la que sea, antes de que empiece la persecución por parte de Fusion.

—Unas palabritas antes de empezar —dice Cy con una solemnidad amplificada.

A sus cuarenta y cinco años, sigue pareciendo un niño con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante y el peso en los dedos de los pies, como si siempre estuviera preparado para echar a correr.

—En primer lugar, debo dar las gracias a nuestros amigos de la CIA por esta colaboración histórica entre el sector público y el privado. —Pasa la mirada por encima de Justin, la posa en el doctor Walker y la doctora Cliffe y les dirige un asentimiento significativo—. Por supuesto, también doy las gracias a todos los inversores que han confiado en nosotros, algunos de los cuales están aquí hoy. —Señala a la gente trajeada de la primera fila del público—. Pero, sobre todo, gracias a vosotros, el equipo de Fusion, por vuestro incansable trabajo y vuestra genialidad.

El personal de Fusion aplaude.

—Cuando me comentaron por primera vez si era capaz de imaginarme una colaboración entre el sector público y el privado que pudiera elevar los poderes de seguridad y vigilancia de este país a un nivel completamente nuevo, miré al director adjunto… y a la doctora Cliffe, quien puede que recuerde mi reacción, y dije algo parecido a: «¡Tiene que ser una puta broma!»

Se oyen risas.

—Pero supongo… que Orville Wright debió de decirle algo parecido a su hermano, ¿verdad? Igual que Oppenheimer cuando le pidieron que fabricara una bomba o Isaac Newton cuando le pidieron que definiera qué era «arriba».

Más risas.

Esboza una sonrisa sorprendentemente victoriosa.

—No sabes que puedes hacerlo hasta que lo haces, ¿verdad? «Es imposible» siempre viene antes que «por supuesto». Sin embargo, a pesar de nuestra confianza y de todo el arduo trabajo llevado a cabo por los presentes en esta sala, todavía no estamos seguros al cien por cien de que podemos hacerlo. Por eso hemos organizado esta prueba beta. Así que vamos a ello. Encended el papel táctil, a ver qué tenemos aquí.

Se oye un aplauso prolongado. Cy adora a esta gente, y ellos también lo adoran a él por muchos motivos.

La mirada de Justin sigue fija en Cy mientras se pregunta: ¿cómo de rico es este tipo? Nadie está del todo seguro. Su biografía es misteriosa. Los detalles son escasos. ¿Dónde nació exactamente? Incluso eso da lugar a confusión. Cy dice que en Chicago, pero no se ha proporcionado ningún certificado de nacimiento para responder a los rumores que aseguran que su madre eslovaca trajo a su único hijo a Estados Unidos con la edad de siete años. Recientemente, cuando el personal de los rompecabezas de Ravensburger se acercó a Cy y le soltó mil piezas de él (con los brazos en jarra frente a un cohete de Bezos, listo para poner en órbita los satélites de seguridad de WorldShare), la gente finalmente consiguió con dedos hábiles y ojos escrutadores hacer lo que hasta entonces había sido un desafío puramente mental: formarse una imagen clara de este hombre.

Justin lo ha estudiado desde lejos y ha recopilado hechos. Los perfiles de las revistas, invariablemente halagadores, revelan a alguien de desarrollo lento que aprendió tarde qué tenedor usar y cómo escribir bien palabras como «nicho» (Cy: «nixo»). Sin embargo, tiene un coeficiente intelectual de 168. Un niño solitario, a menudo acosado, casi guapo, aunque con unos ojos pequeños y ligeramente asimétricos y con las espinillas y los codos cubiertos de eccema. Llegó pronto al mundo de los ordenadores y se subió a la ola de la tecnología. Cuando cumplió veintiséis años, ya había convertido una start-up que empezó en un garaje en un negocio valorado en doce mil millones de dólares con un crecimiento disparado. Empezó por la tecnología revolucionaria y las redes sociales. Hizo que WorldShare pasara de un pequeño intercambio amistoso de información («¿Nos liamos?»; «Claro, ¿por qué no?») a un ecosistema de amistad global que, desde ahí, se expandió rápidamente en todas direcciones, hundiendo los beneficios de empresas más arriesgadas como si se tratara de apuestas de galgos.

Wall Street se enamoró a primera vista de este niño prodigio e invirtió mucho dinero en sus aventuras: ciberseguridad, cámaras de protección del hogar, alarmas, herramientas de vigilancia pública e incluso satélites de comunicación. Rico como el rey Midas en una década, pero sin alardear de ello, nunca ha sido fotografiado en la Semana de la Moda de París, no tiene amigos en Hollywood, un yate gigante ni un jet privado. Además, ha apostado fuerte de manera discreta y sin publicidad por un futuro verde, saludable, terrenal e incluso interplanetario. Ahora financia investigaciones sobre energía solar, extensión de la vida útil de las baterías y criptomoneda transparente para la Reserva Federal, al mismo tiempo que estudia reactores nucleares modulares para poner fin de una vez por todas a la era del petróleo. Lo que hace que la gente adore tanto a Cy y lo encuentre tan atractivo, aparte de su brillantez y a pesar de su riqueza, es que parece que de verdad quiere aprovechar quién es y lo que tiene para ayudar al mundo cuando podría, simplemente, surfear. O lanzarse en un cohete al espacio.

Y no es solo un adicto al trabajo, sino que también saca tiempo para su vida privada: toca el bajo en un cuarteto indie y suda en la cancha de tenis pública de Palo Alto dos veces a la semana. Nunca se lo ha relacionado en el sentido romántico con una mujer que no sea Erika Coogan. Declaró en la revista Men’s Health que encuentra ese equilibrio tan necesario en la meditación. Puede aguantar la posición del loto durante horas y hacer la plancha durante más de quince minutos; cuando los medios se lo cuestionaron, lo hizo en directo durante veintitrés minutos. En definitiva, se ha convertido en un héroe de culto: cabeza y corazón igual de saludables.

Justin admite que es todo un logro en esta época que un multimillonario pueda lograr y adquirir tantas cosas y aun así generar tan poco desprecio. Las pruebas lo obligan a concluir que es uno de los beneficios de mantener cualquier cosa que hagas en la vida en la mayor discreción.