CENTRAL DE FUSION, WASHINGTON D.C.
Cy está en su oficina en la primera planta cuando le llega la primera alerta. Su escritorio de vidrio se ilumina. La bibliotecaria, Cero 10. La chica de Boston. Genial. Tienen un equipo de captura en esa ciudad. Cy no sale corriendo de su despacho, sino que se pasea. De todos los Ceros cuyos detalles de identificación ha estado estudiando estos últimos dieciséis minutos, Cero 10 se le ha anunciado inmediatamente como la más representativa de un ciudadano poco inteligente, una ingenua feliz con la ilusión de que vive en un mundo donde todo lo que hace sigue siendo privado.
Pero esperaba que incluso la bibliotecaria le supusiera un mayor desafío. Al parecer, ha acudido a un cajero automático y ha usado su propia tarjeta de débito. No hay nada de diversión. Espera que su tecnología vasta y variada supere alguna prueba mucho mayor antes de que termine todo esto. Para impresionar a la CIA de modo que apruebe un paquete de diez años y de noventa mil millones de dólares, necesita que vean que sus equipos resuelven problemas difíciles, que se dejan la piel por resolver situaciones complicadas, que investigan a fondo los deshechos digitales que deja atrás cualquier persona común y que demuestran capacidades inconcebibles de detección y captura, puesto que los Ceros del futuro no serán bibliotecarios, sino enemigos cibernéticos estadounidenses con apoyos: bandas de hackers rusos y chinos desplegando estrategias elaboradas, casi indetectables e incansables; criptocriminales norcoreanos; chantajistas iraníes; terroristas anónimos sueltos por las calles de los Estados Unidos.
Así que atrapar a Cero 10 en menos de una hora no es tan bueno como parece. De hecho, lamenta su propia insistencia en quedarse fuera del proceso de selección de Ceros, un proceso que fue llevado a cabo mayormente por sus compañeros de la CIA, a quienes el acuerdo encomendó reclutar a cinco civiles representativos y a cinco profesionales. Pero ¿una bibliotecaria? ¿Representativa? ¿En serio? ¿Una persona de letras? ¿El resto del mundo se había vuelto digital una generación antes y algún idiota de su equipo había elegido a una persona de libros, a una anticuaria, para poner a prueba a Fusion? Toma nota mentalmente para quejarse de esta oportunidad de aprendizaje perdida, antes de darse cuenta de que las personas analógicas (hace tiempo que no piensa en ellas) en realidad tienen ciertas ventajas en el mundo de la vigilancia moderna; es mucho menos probable que sus meteduras de pata hagan saltar las alarmas digitales, lo que hace que su captura dependa más de los medios tradicionales. Aun así, y demasiado pronto para su gusto, esta mariposilla análoga ha quedado atrapada en su resplandeciente red.
Cy sale a la pasarela elevada sobre el control central y mira la pantalla grande.
—¿Visuales? —pide.
Erika está en la planta baja. Cy la saluda y ella lo corresponde con un ademán.
Sin Erika, no tendría nada de esto, piensa. Le debo tanto. Hay relaciones que te arruinan y otras que te forman. Son pocas las que inspiran cosas como esta. Observa todo lo que ha construido con su ayuda y se permite un elogio para sí mismo: no está mal para el hijo de una madre soltera que vendía botellas de refresco vacías a cambio de efectivo en las viviendas más humildes de Portland, Oregón, pero que es ahora una parte esencial del aparato de seguridad interna del Estado. Además, ahora está a cargo de una instalación que podría detectar el próximo brote viral extraño en cuanto surja, captar conversaciones en la etapa de planificación de un ataque sónico contra los empleados de la embajada de Estados Unidos, repeler los cierres de servicios vitales por ransomware o detener a otro Jeffrey Epstein en seco, por no hablar de lo que le pasó a Michael. ¡Pobre Michael! Hoy pienso en ti, amigo, reflexiona mientras levanta la mirada en una oración secular hacia el techo y el universo más allá.
Las imágenes de baja resolución proporcionadas por el cajero automático ocupan ahora tres metros en la pantalla gigante. Un programa de su propia creación congela automáticamente el vídeo en su fotograma favorito, dibuja líneas verdes en los planos del rostro, mide la distancia entre los ojos, la forma de las orejas y la generosa boca de Kaitlyn Day, y la contrasta con una imagen fija de un vídeo grabado durante la fase de entrevistas. Coincide perfectamente. Ahora tienen más ángulos gracias al cajero automático, así que pueden rastrear su rostro en cualquier parte. Observa a Cero 10 darse la vuelta y salir del encuadre. Cy comprueba la marca de tiempo: hace cincuenta y tres segundos. Una persona, ahora un punto en el mapa. En Washington Street. No tiene posibilidades. Lamenta que, a este ritmo, no va a poder jugar con ninguno de sus mejores juguetes.
—¿Podemos seguirla con Medusa? —pregunta Cy.
Se refiere al superdron que puede volar a más de siete mil metros de altura, transportar múltiples cámaras y usar una ingeniería óptica excepcional que les permita obtener un mejor plano de Cero 10 sin perder de vista los cuarenta kilómetros cuadrados circundantes.
Erika niega con la cabeza. Negativo.
Cy lo entiende. Boston es una de esas ciudades. Cabría pensar que, después de los bombardeos en el maratón, habrían querido tener a un dron como Medusa dando vueltas por ahí, pero no.
Erika se gira hacia él.
—Pero tenemos minidrones desplazándose hacia allí, así como videovigilancia. Va hacia Chinatown.
Mientras Erika escucha a los operadores de la flota de minidrones de última generación, no más grandes que un libro de bolsillo, Cy baja la escalera de caracol.
—¿Dónde está el equipo de captura? —pregunta.
—En su casa. Estaban preparándose para el barrido inicial. Les quedan cuatro minutos.
Cy mueve los hombros para aliviar el estrés que se le acumula en esa zona y en el cuello.
—Cuando la atrapen, pueden unirse a los equipos de alerta de los Ceros 7 y 4. ¿Tengo yoga esta noche?
—Drones en el aire. Y sí, Kuzo ha venido volando.
—¿Qué haría yo sin ti? —Salir con ella es como salir con un software de confianza.
Mientras Cy toma asiento en el estrado y se convierte en el capitán Kirk una vez más, la pantalla principal se divide en media docena de Kaitlyns caminando por la calle desde el cajero automático. Tres imágenes son de cámaras fijas a las que se unen ahora otras tres aéreas, más distantes, pero acercándose rápidamente.
—¿Quién pilota? —pregunta Cy.
Se levantan brevemente tres manos cercanas y se pone a dar instrucciones.
—Uno que se ponga delante de ella, que analice su marcha y haga una referencia cruzada con las cámaras estáticas.
En realidad, no tiene sentido, ya la tienen en el saco. Pero servirá para entrenar al algoritmo y mantener al personal del Vacío en alerta hasta que aparezca el equipo de captura.
La imagen de una de las pantallas baja en picado y gira mientras un dron acelera por delante de los demás. Seguir los eventos en la pantalla y mirar al operador que lo controla es como subirse a una de esas atracciones infantiles en una taza de té. Sin embargo, es un movimiento fluido: el cardán de la cámara lo facilita y la velocidad de procesamiento y la conectividad 5G consiguen que todo fluya sin problemas. Cy se inclina hacia adelante y selecciona un par de opciones de los menús desplegables de su propia pantalla para poder monitorear el análisis en tiempo real de cómo se mueve Kaitlyn, de cómo gira las caderas, de cómo se extienden y se alargan sus piernas, de cómo balancea los brazos. Todos son elementos comunes en el catálogo humano, pero aquí están representados en líneas y espirales de números fríos que revelan algo íntimo, personal y específico. Está viendo pensar a una máquina. Es precioso ver cómo se codifica uno de los misterios humanos: el Homo erectus en movimiento. Entonces se corta. No hay rastro de Kaitlyn en ninguna de las seis pantallas.
Levanta la mirada.
—¿Dónde está?
—Se ha metido ahí —señala Erika.
Una de las cámaras de los drones muestra una triste y diminuta bodega.
—¿Hay videovigilancia en el interior?
—Nada —responde uno de los miembros del equipo asignado específicamente a Cero 10—. No están conectadas. ¿Esperamos?
Cy suspira. Se da cuenta de que están esperando a que conteste. Aún tiene que aprender a ser un general en servicio activo en una situación de combate: este momento no se parece en nada a presidir una reunión de la junta directiva, a dar el visto bueno a un informe anual o a aprobar la última actualización de software.
—¿Por casualidad este establecimiento tiene una puerta trasera? —se le ocurre preguntar.
Uno de los drones salta hábilmente sobre el techo y baja justo al callejón de detrás. Se queda ahí flotando como un colibrí, esperando. Capta una salida de emergencia cerrándose en ese momento. No obstante, el callejón está vacío.
Cy gira el dedo y el piloto gira el dron en un círculo agonizantemente lento: contenedor de basura… salida de emergencia… puertas de garaje… ¡Ahí!
—¡El garaje!
En cuanto Cy grita, el dron se sacude, se estabiliza y corre por el callejón como un sabueso justo a tiempo de ver a Kaitlyn Day… subiéndose a un taxi.
—¡Informadme! —exclama Cy. De repente, ya no está aburrido.
—El equipo de captura está a dos minutos. Y tenemos el taxi identificado.
En la pantalla aparece una licencia de taxista con un número de placa, seguido por prácticamente todo lo que se sabe sobre ese moldavo, padre de tres hijos con el visado vencido y propietario del vehículo.
Los otros equipos también están mirando la gran pantalla, apartados de su propio trabajo en el Vacío y en otros lugares por la emoción de la persecución.
El piloto de dron que ha sorprendido a Kaitlyn subiendo al taxi sigue persiguiéndola y aprovecha las habilidades de su generación con los videojuegos para mover los controles manuales de un lado a otro. Esquiva el mobiliario urbano, rodea los árboles y pasa por debajo de la pasarela del puente Washington. A continuación, en el momento en el que se le bloquea la vista, el taxi se mete en una marea de tráfico entre otros taxis, de manera que todo el equipo de persecución ahora debe esquivar entre carriles en Stuart Street, luego girar al norte hacia Charles, rodear un autobús y alejarse de la acera mientras un segundo dron toma un atajo por debajo de los árboles y se lanza sobre las cabezas de los turistas que miran hacia arriba sin nada que ocultar («Tendría que existir una ley que prohibiera estos drones») justo a tiempo de ver el taxi de delante girando bruscamente a la izquierda y provocando que suenen varias bocinas. El dron se detiene. Responde. Reanuda la persecución.
—¡Ahí! —grita Cy, cuando finalmente se detiene junto a las escaleras de la estación Park Street, abarrotada por el tráfico de estudiantes que se dirigen al metro.
Distingue a una mujer delgada de cabello oscuro sumergiéndose entre la masa bulliciosa de adolescentes.
Tras eso, desaparece. Los drones se quedan inútilmente en la entrada del metro mientras el equipo de captura grita desde un SUV y salen todos, menos dos, a la calle, con sus uniformes negros y sus chaquetas anónimas. Los dos hombres que quedan sacan al conductor del taxi tras mostrarle sus placas. El taxista no parece alegrarse mucho al verlos.
Mientras el equipo de captura se lanza a la persecución, Cy sonríe y golpea la mesa con las palmas de las manos, agradecido por las inesperadas habilidades de la bibliotecaria y emocionado porque, al fin y al cabo, le esté suponiendo un desafío bastante decente. ¡Qué guay! Las cámaras corporales le permiten seguir la persecución mientras su gente (desarmada, por supuesto) baja las escaleras a trompicones abriéndose paso entre los adolescentes en la estrecha escalera mecánica
—El reconocimiento facial de la estación no obtiene nada —declara uno de los trabajadores asignados a Cero 10—. Y no ha usado su CharlieCard, la tarjeta del transporte público de Boston, en los torniquetes.
La pantalla parpadea con una amplia gama de imágenes del interior de la estación cuando el personal se conecta a la red videovigilancia. Hay una masa de bostonianos de todas las formas, tamaños y colores. Todos se mueven, giran, se mezclan. Cy se muerde el labio. Hay demasiados. Demasiadas gorras de los Red Sox, gorros de invierno y cuellos de abrigo levantados (a pesar de que estamos en mayo) y alboroto urbano. Sus algoritmos de reconocimiento facial se esfuerzan por seguirle el ritmo a las asombrosas matemáticas de la diversidad humana. Estación de Park Street. Dos líneas de metro, cuatro direcciones que elegir. Puntos ciegos. Pilares. Durante el primer minuto mantiene la esperanza, pero cuando pasa otro minuto empieza a pensar que se ha ido. Se ha esfumado.
Eso se merece otra sonrisa de apreciación. ¿Quién iba a decirlo?
—Dividid al equipo. Que la mitad vuelva a su casa a completar el registro y que la otra mitad se quede en su sitio. Y mantened el reconocimiento en funcionamiento en todas las cámaras del metro. Diablos, que sean todas las de la ciudad.
Vuelve a su despacho, todavía sonriendo y pensando perversamente: Vamos, Kaitlyn.