BOSTON, MASSACHUSETTS
Tú sigue el plan, se dice a sí misma. Adáptalo si es necesario, pero cíñete al plan. Sabe que corre un gran riesgo. Su estrategia para el día uno consiste en no correr demasiado rápido ni ir demasiado lejos, solo abrirse paso lentamente hasta la estación de autobuses local en el momento señalado y tomarlo desde allí. Ha hecho sus deberes y ha rezado sus plegarias. Santa María, madre de Dios. Tiene que funcionar. Repasa mentalmente los santos favoritos de su madre. No es realmente creyente, pero necesita toda la ayuda divina que pueda conseguir. Se le ocurre que tendría que haber encendido más velas, tendría que haber pedido que uno o dos ángeles la cuidaran. ¿Qué mal hubiera hecho eso?
Boston. Casa. Pero, de repente, es territorio enemigo. Hay ojos por todas partes. Lleva un tiempo vigilando las cámaras de las calles conocidas, pero ahora siente que son esas cámaras las que la vigilan a ella. De algún modo, parece que hay muchas más que antes, en cada paso de peatones, en el casco de casi todos los ciclistas. Estas cámaras no te molestan cuando sabes que no te están buscando, pero si sabes que sí, se vuelven insoportables. Ahora, cualquier persona y cualquier objeto parece ser un posible informante. El mundo que la rodea es hostil.
Su estrategia principal en este momento es hacer algo incorrecto de un modo inteligente. Trastocar sus expectativas. Esperan astucia, habilidad, artimañas brillantes y desvíos extremos por parte de los concursantes. Así que ¿y si no se esmera demasiado por escapar? Si se esfuerza mucho, probablemente acabe en sus manos.
Por ejemplo, no hay ninguna norma que indique que no se puede tomar un avión a Honduras o a la Patagonia, pero para hacerlo te encontrarás con los métodos de vigilancia del Estado en su variante más intensa. El mero intento de tratar de ponerte fuera de su alcance sería tu perdición. Así que, tras haber decidido que no habría aeropuertos ni puntos de control en su plan, empezó a pensar en acciones que nadie se esperaría de una mujer como Kaitlyn Day. ¿Qué podría hacer que definitivamente no encajara con su modelo predictivo? ¿Qué chocaría con su perfil de personalidad y sus antecedentes y, por lo tanto, no sería anticipado?
Había leído sobre el modelo conductual que la nueva sociedad de vigilancia había desarrollado para ir un paso por delante de los delincuentes, para saber lo que iban a hacer los malvados antes de que lo hicieran, basándose en su comportamiento en el pasado y en la verdad universal de que en el fondo nadie cambia, solo son espasmos y florituras. Qui non mutantur. Seguro que ahora mismo estarán haciendo modelos de Kaitlyn y, por su historial, podrán descubrir en cualquier momento y con un alto grado de probabilidad lo que es más previsible que haga a continuación. Pero ¿y si lo pone todo patas arriba? ¿Y si les estropea el trabajo? ¿Y si no solo anda como otra persona, sino que también piensa como otro persona, actúa como otra persona, reacciona como otra persona y se convierte en otra persona?
Se acerca al banco. Su vida es ahora una especie de baile de máscaras. Observa a sus conciudadanos, todos centrados en su propia representación de ellos mismos y de su individualidad, cada uno con su pequeña máscara. ¿Quién de entre todos ellos es un espía? ¿Un fraude? ¿Un estafador? ¿Y quién quiere atraparla? ¿Este joven que se acerca tan pegado al móvil como toda su generación y que camina encorvado como lo hacía el Homo habilis hace dos millones de años es el enemigo? ¿O lo es esta mujer también con el móvil, quizás publicando un tuit, rastreando sus pasos, comprobando las calorías que tiene una magdalena común o recibiendo un cupón de descuento de la cafetería por la que acaba de pasar, todo grabado, ordenado y extraído para que los conglomerados de datos, las compañías de seguros y las campañas políticas obtengan información del consumidor? Warren se lo explicó todo en su día y, cuando terminó, ella cerró todas sus cuentas esa misma noche. ¡Pum! De repente, todos los demás le parecían enajenados. El modo en el que vivían sus vidas era una locura. ¡Y la llamaban loca a ella!
A Kaitlyn le encantan las historias de detectives. Las clásicas, pero también las nuevas. Llenan las paredes de su estrecho apartamento, y tiene un lugar de honor para las historias de Edgar Allan Poe. Pero puedes olvidarte de Sherlock Holmes. Ese sociópata eternamente reciclado era una copia barata del único C. Auguste Dupin, el héroe de Los crímenes de la calle Morgue de Poe. Menuda historia. Sí, la del mono. Dupin puede sorprender a sus amigos leyéndoles la mente y respondiendo a sus pensamientos no expresados. Sabe lo que va a hacer alguien antes de que esa persona lo sepa. Tiene sed de detalles y un modo extraordinario de ver, recordar e interpretar lo que ve. Dupin deduce, extrapola, infiere, predice. Es solo una historia ficticia, por supuesto, y una idea interesante, pero nadie puede ver ni recordar tanto como para predecir lo que va a pasar antes de que pase. Hasta ahora. ¿Ahora? Todo el mundo lleva en el bolsillo un rectángulo de C. Auguste Dupin que analiza su ciclo del sueño y su frecuencia cardiaca, se aprende su horario y sus trayectos; escucha sus conversaciones y deduce sus próximos movimientos. Este detective en miniatura sabe cuándo debería llegarte una alerta de noticias o qué eslogan publicitario debería enviarte para empujarte por la puerta adecuada de la tienda en el momento justo.
Vale. Vale. Allá vamos.
Se acerca al banco. Le pide mentalmente a Warren que le desee suerte y se coloca delante del cajero automático esperando su turno. A plena luz del día. Gorra. Gafas de sol. Todo este tiempo ha llevado tapándole la cara su mascarilla del COVID, ahora ya nadie se sorprende ni lo hará nunca más. Sin embargo, extrañamente, se la quita en este momento. Respira profundamente. Le toca. Dios te salve, María, llena eres de gracia. Da un paso adelante. Introduce un PIN deliberadamente revelador e incluso mira hacia donde está convencida de que hay una cámara oculta capturándola, reconociéndola. Muestra su rostro desenmascarado a este ojo invisible y lo mantiene ahí, quieta y con toda la calma, antes de tomar el dinero regurgitado. Vuelve a ponerse la mascarilla y desaparece.