VENTANA DE CAPTURA: 29 DÍAS, 22 HORAS Y 21 MINUTOS RESTANTES

CENTRAL DE FUSION, WASHINGTON D.C.

Una hora y treinta minutos después de empezar De Cero, los equipos de Fusion están en sus puestos, esperando ante las hileras de pantallas apagadas, obedientes a la orden de no tocar ni una barra espaciadora hasta que hayan transcurrido las dos horas indicadas. Solo quedan veintiún minutos hasta que dé comienzo el desafío más importante de su carrera profesional. Tic-tac, tic-tac, tic-tac…

La doctora Sandra Cliffe espera ente ellos. A sus sesenta y ocho años, la veterana ha luchado en muchas batallas. Ha visto de todo y ha derrotado a muchos rivales. Allá por los años noventa, fue la primera en animar con éxito a la CIA a buscar colaboraciones con el sector privado. Incluso diseñó personalmente una propuesta para adquirir tecnología en etapa de desarrollo de los gigantes tecnológicos. Le dieron por ello el Premio del Director de la CIA, el Premio del Director de la Agencia de Inteligencia de la Defensa, la Medalla al Mérito de la Inteligencia de la CIA, el Premio por el Servicio Distinguido de la Oficina Nacional de Reconocimiento y la Medalla al Servicio Distinguido de la Agencia de Seguridad Nacional. Se retiró en 2005, satisfecha con su contribución.

Durante casi una década, se resistió a ocupar cargos públicos hasta que el nuevo presidente (más amigable) la nombró miembro del Comité Nacional de Ciencias y de la Fundación Nacional de Ciencias en 2014. El presidente siguiente (más hostil) ignoró este puesto antes de que su sucesor (amigable otra vez) lo reafirmara, y por eso ha venido hoy a ser los ojos del despacho Oval sobre la iniciativa Fusion y sobre su sucesor en la agencia, el doctor Bertram «Burt» Walker, designado por George W. Bush en particular.

Esta es la mayor preocupación de Sandra Cliffe en este momento: cuando empezó a animar a la CIA para que colaborara con el sector privado, no cabía duda de que los activos que procurara la agencia, así como su control, pertenecerían a la CIA, a la Agencia de Inteligencia de la Defensa o a la comunidad gubernamental en general. Específicamente, no debían ser de copropiedad ni estar completamente operados por un empresario no elegido que no haya prestado juramento a nadie más que a sus accionistas. Como resultado, sospecha de este proyecto y no derramará muchas lágrimas si esta prueba excesivamente cara fracasa.

Cuando se gira para mirar a Burt Walker, este le sonríe, cautivado por todas las luces parpadeantes y por las pantallas llenas de datos. Parece mucho más contento con todo esto que ella.

Fusion es el bebé de Burt. Tiene cincuenta y cinco años. Lleva una camisa mal abotonada bajo una corbata de diez dólares. Tiene la cara roja, como si se acabara de afeitar. Fusion es, de lejos, su mejor apuesta como director adjunto, y es su propio intento de hacer por la agencia en la década de 2020 lo que consiguió Cliffe de manera tan elegante y exitosa tres décadas antes: ampliar y modernizar las actividades de la agencia. Puesto que la CIA tiene prohibido en gran medida operar en suelo estadounidense y, si lo hace, solo puede ser para luchar contra amenazas extranjeras, Burt ve en Fusion y en Cy Baxter una forma de expandir discretamente las operaciones domésticas de la agencia sin desencadenar una gran discusión de varios años con los comités de Washington sobre la violación de los estatutos.

Por lo tanto, Fusion puede hacer en nombre de la CIA y con mucha discreción aquello que la CIA no puede hacer directamente.

El acuerdo secreto que ha cerrado Burt con Cy Baxter es tan sencillo como frágil: si esta prueba beta sale bien, Fusion estará sujeta a un contrato anual con la CIA, quien desde entonces pagará todas las facturas de la Iniciativa Fusion, unos nueve mil millones de dólares en los próximos diez años. Con este acuerdo secreto, Fusion tendrá acceso a todos los datos relevantes de la agencia de la red nacional de inteligencia del país con pautas estrictas sobre su uso. A cambio, la CIA disfrutará de acceso libre (y secreto) a la enorme biblioteca de Fusion sobre información privada de todas las personas que se han instalado en algún momento WorldShare: actualmente, más de dos mil millones de personas. Además, Fusion pondrá a disposición de la CIA sus brillantes socios tecnológicos de todo el mundo, así como sus activos de vigilancia de vanguardia tanto en tierra como en el espacio, mediante la constelación de satélites WorldOne de órbita baja.

Burt cerró el trato (cuyos términos exactos se han ocultado al Congreso) persuadiendo a sus superiores y al Pentágono de que el gobierno se enfrenta a una decisión existencial: o establecen una alianza con el WorldShare de Baxter o se arriesgan a quedarse peligrosamente detrás de China y de Rusia, ambos patrocinadores estatales de armas cibernéticas.

Durante un interrogatorio ante una audiencia clasificada de aprobación en el Pentágono, le preguntaron cómo había sido posible que una organización tan poderosa y bien establecida como la CIA se hubiera quedado atrás tan rápido en comparación con una red social en términos de recopilación de inteligencia.

Walker respondió que era muy sencillo. Que, a diferencia de la CIA, WorldShare no se enfrentaba a limitaciones constitucionales, legales o regulatorias.

—Estos gigantes de la tecnología se han salido con la suya. Se les ha concedido una licencia para, básicamente, robar, gestionar, manipular y vender experiencias humanas y datos personales durante casi dos décadas, y nadie del Capitolio les ha dicho nada. Así pues, ¿realmente es de extrañar que ejerzan un control casi total sobre la producción, la organización y la presentación de la información a nivel global?

Así que a la rama más secreta de la superpotencia más grande del mundo no le ha quedado más remedio que ponerle una silla en la mesa de los grandes a Cy Baxter, que al menos es una persona con la que la CIA puede trabajar.

Por lo tanto, no es ninguna sorpresa que Cy esté sonriendo desde el primer piso mientras pasan los últimos segundos antes de que empiece la prueba beta, tan emocionado como una princesa con una botella de champán ante el lanzamiento de un nuevo barco de Estado. Él y su generación están declarando hoy la victoria; la de una industria joven que una vez fue considerada frívola y a la que ahora se le ha confiado un trabajo importante. Además, tanto para Erika como para él mismo es una victoria más personal, ya que ambos están marcados por una tragedia para la cual este proyecto es, en gran parte, una respuesta directa.

Si la prueba tiene éxito, y nadie (excepto tal vez Sandra Cliffe) duda de que vaya a tenerlo, habrá llegado la era de la información total, por suerte o por desgracia, y podrá ponerse a trabajar para hacer del país (y del mundo) un lugar mejor.

Tres.

Cy aprieta los puños y los levanta…

Dos.

Ojalá todo salga bien. Para todos. De verdad.

Uno.

Menos para los malos.

—¡Hora del espectáculo! —anuncia Cy.

Tras eso, en el mismo instante en el que se encienden todos los ordenadores y todas las pantallas de alta resolución, la proyección del reloj antiguo desaparece y, en su lugar, en la enorme pantalla LCD aparece un gran reloj digital, con una cuenta atrás en números anticuados de un rojo intenso que proclaman:

29 DÍAS, 21 HORAS, 59 MINUTOS RESTANTES