DOS


PROBLEMAS

Bel

–Así que —dice la señora Voss—. Tu catapulta.

—Eh… ¿sí? —digo, decido jugar a la inocencia. He aprendido que siempre es mejor no intentar intuir lo que está a punto de salir mal. Es como no decirle al policía a qué velocidad ibas cuando te para, por si acaso. O algo así. (No sé, me lo dijo Jamie).

—Vale, Isabel, escucha —susurra la señora Voss, cosa que nunca es una buena señal. No hay nada como un poco de intimidad fabricada: ¡Escucha, aquí todos somos amigos!, para hacer que algo parezca fatal, y solo mi madre me llama por mi nombre completo—. Creo que tú y yo sabemos que no ha habido tanto esfuerzo en este proyecto como podría haber habido.

—Oh, eh. Bueno…

Me interrumpo, y luego, en lugar de terminar la frase, me detengo. Me parece lo único lógico, la verdad.

Por alguna razón, la señora Voss me dedica una extraña sonrisa ladeada.

—¿Qué asignaturas de ciencias cursaste en tu último instituto? —me pregunta.

Una pregunta un poco rara, pero bueno.

—¿Bio y Química?

—¿Me lo preguntas o me lo estás diciendo?

Uf.

—Perdona, te lo estoy diciendo. Bio y Química.

—¿Y cómo te iba en esas clases?

—Ah, bueno. Saqué un sobresaliente en las dos.

—¿Pero no cursaste ninguna asignatura de ciencias avanzadas?

—No… no me gustan mucho las ciencias.

—¿Y las matemáticas?

Frunzo el ceño.

—¿Te refieres a si cursé Matemáticas?

Vuelve a esbozar una media sonrisa.

—Sí. ¿Qué asignaturas de matemáticas cursaste?

—Eh, Algebra y Precálculo. Ahora estoy en Cálculo.

—¿Cómo te fue en esas asignaturas?

—¿Obtuve un sobresaliente bajo en Álgebra? Creo. —Mi segundo año fue raro; tuve un perdedor de novio que hizo que me castigaran al menos cuatro veces antes de que al final rompiese con él—. Pero saqué un sobresaliente en Precálculo.

—¿Estás en Cálculo avanzado ahora?

—Eh… no, en el normal —digo. (Esto es raro, ¿verdad?).

—¿Así que tampoco te gustan las matemáticas? —me pregunta, y creo que está… ¿bromeando?

—Supongo que no —digo, con un tono muy poco convincente.

—Ah —comenta la señora Voss, antes de pasar a otra cosa—. Dime, Isabel, ¿has pensado en qué quieres especializarte?

Ay Dios, esta pregunta no. ¿Podemos volver a hablar de mis notas? En mi antigua escuela, me consideraban una de las buenas; ósea, una a cuyos padres no había que llamar a menudo, cosa que me permitía tener el privilegio de pasar desapercibida.

—Bueno, estoy pensando en estudiar… —¿Qué hará que me deje en paz?—. ¿Arquitectura? Claro, sí, arquitectura —digo sin más—. Me gusta, ya sabes. El arte y esas cosas.

—¿El arte y esas cosas? —repite.

—Bueno, eh… —Recuérdame que archive esto en el apartado de pesadillas de mi diario de sueños. A ver, ¿qué se supone que tengo que decir? Nadie que yo conozca tiene «aficiones» o «intereses» ni hace nada más allá de «pasar el rato», que normalmente consiste en comer patatas fritas gratis en restaurantes o sentarse en un aparcamiento y hablar de por qué es una tontería hacer otras cosas. Estoy segura de que Jamie tiene un discurso ensayado sobre todas las razones filantrópicas por las que quiere estudiar Derecho, pero no es que me encante estar en contacto con ancianos o cualquier otra forma de servicio a la comunidad que se espera de nosotros en nuestro tiempo libre. La mayoría de las veces me gritan por ensuciar cuando me dejo los lápices por ahí o me dicen que me vaya cuando intento tomar prestadas las herramientas de mi hermano. (Mi madre cree que tengo un problema de no saber estar quieta, pero la verdad es que hago lo que puedo para no estorbar).

—Me gusta construir cosas —consigo decir de la nada, ya que está claro que la señora Voss espera una respuesta—. Por diversión. Monté mi escritorio con una vieja máquina de coser que encontré en una tienda de antigüedades —digo, y entonces, gracias a Dios, tomo impulso—. No soy, digamos, la mejor soldando. El escritorio fue mi primer proyecto real que no era hacer una caja o algo muy sencillo. Ah, y a veces ayudo a mi hermano con el coche. No soy muy de coches, pero es interesante.

Hago una pausa, pero como parece que la señora Voss sigue esperando a que llegue a una gran conclusión, continúo.

—También tuve una etapa con los cuchillos que duró un tiempo —digo, antes de darme cuenta de que me va a enviar a una especie de psicólogo escolar o algo así si me detengo ahí—. No es que me gustasen los cuchillos —me apresuro a explicar—, es que me gustaba hacerlos. Mi padre tiene un taller de carpintería y una forja en casa. Es contratista, según él es un hobby, así que uso sus cosas. O solía usarlas, antes de que él…

Me detengo. Por mucho que no quiera hablar de mi futuro, ni de broma quiero hablar del divorcio de mis padres.

—Lo siento —digo, y parpadeo—. ¿Cuál era la pregunta?

Por alguna razón completamente incomprensible, la señora Voss me sonríe.

—Tu catapulta —dice—. Es brillante.

Ehhh, ¿qué?

—Ah. Yo, eh. No esperaba que…

—No puedo ponerte un sobresaliente, teniendo en cuenta que se suponía que había que hacer un informe escrito que consistía en algo más que un diagrama garabateado —me dice con algo que juraría que es una sonrisa burlona—, pero como tu catapulta tiene la mejor relación potencia-peso, puedo ponerte un…

Se detiene a pensarlo, murmurando para sí misma.

—Un insuficiente.

—¿Qué?

La palabra sale de mi boca con más pánico del que pretendía.

—Lo siento —me apresuro a corregir—, no era mi intención… es que…

Ella espera, con los brazos cruzados.

—No quiero ser grosera —digo con algo que mi madre llamaría sin duda voz de maleducada—. Es solo que creo que teniendo en cuenta que mi catapulta superó a la de todos los demás, debería ponerme un poco más que un… —Dios, solo de pensarlo me da algo— suspenso.

—Hay otra opción —dice la señora Voss, y mi pulso, que se ha acelerado bastante ante la idea de decirle a mi madre que he suspendido un trabajo, no encuentra alivio precisamente. La verdad es que no tengo tiempo para otro proyecto, y si voy a tener que redactar un trabajo o algo…

—Quiero cambiarte de clase —dice la señora Voss, interrumpiendo mi espiral frenética—. A una de las otras clases de Física. En concreto, a la clase de Física Avanzada.

Me quedo paralizada.

—¿Qué?

—Tendré que comentárselo al señor MacIntosh —añade—, pero también quiero que hagas las pruebas para el equipo de robótica.

—Estás de broma. —Tengo la sensación de que la estoy dejando estupefacta—. ¿Robótica? ¿Se supone que es una especie de castigo?

—En absoluto. Esto —dice, sosteniendo mi pequeño portarrollos— es ingenioso. Es tan ingenioso que habría pensado que has hecho trampas si no supiera perfectamente que lo has construido esta mañana.

Esta tarde, pero eso es irrelevante.

—Señora Voss —le suplico—: Siento mucho haber olvidado el trabajo, pero…

—Mira. —Se pone seria por un momento. Había oído que era estricta, pero no lo había visto hasta ahora. Ante la transformación, casi me trago la lengua.

»Isabel, eres brillante —me regaña—. Demasiado brillante. Vas a desaprovecharlo en mi clase cuando sé que tienes potencial para brillar en otro sitio. ¿Has pensado en matricularte en Ingeniería Mecánica?

Me quedo en blanco con la iluminación industrial, con las brillantes batas de laboratorio.

—¿Ingeniería?

—Podrías construir cosas —me dice—. Lo que quisieras. Podrías construirlo.

Fórmulas matemáticas absurdas pasan ante mis ojos. De solo pensarlo, me sale urticaria.

—Es que… no se me dan muy bien las matemáticas y las ciencias, ¿sabes?

—Eso no tiene importancia —dice, y nadie, nadie, desde luego no un profesor, había sido nunca tan despectivo conmigo—. Es evidente que tienes talento para crear cosas, Isabel. No existe eso de tener facilidad para una cosa u otra. Tienes una mente que funciona, y funciona bien. Así que úsala.

—Pero…

—Voy a recomendar tu traslado inmediato a la clase de Física Avanzada del señor MacIntosh —dice—. Sé a ciencia cierta que tiene pocos alumnos. Habrá sitio para ti.

No puedo creer que esto esté sucediendo. No soy mi hermano Gabe; saco buenas notas, sí, porque mi madre me mataría si no lo hiciera, pero no voy por ahí persiguiéndolas.

—Pero, señora Voss…

—El mundo no es muy amable con las chicas inteligentes —dice la señora Voss—. Lo más normal es que intente meterte a la fuerza dentro de una caja. Pero te pido que no le hagas caso. —Mira mi catapulta y, como me he quedado medio muda y no sé hacia dónde encaminar mi confusión, yo también lo hago—. Si te estoy obligando a hacer algo que no te apasiona, Isabel, dímelo. Pero si solo vacilas porque dudas de tus capacidades, entonces déjame pedirte, por favor, que te arriesgues.

Levanta la vista hacia mí y me siento curiosamente conmocionada, aún con la mirada fija en el pequeño portarrollos que he robado.

—¿Puedes hacerlo? —me pregunta la señora Voss.

—Yo —intento hablar, e inmediatamente tibuteo—: Bueno, yo… es que…

—¿Puedes hacerlo? —repite—. No me refiero a si lo harás —añade—. Me refiero a si puedes hacerlo.

Oh Dios, oh no. Oh no…

—Sí —digo, como una idiota—. Sí, puedo hacerlo.

—Maravilloso. —Sonríe satisfecha antes de aclararse la garganta, complacida—. No me gustaría tener que ponerte un insuficiente —comenta.

—Ah —digo con el ceño fruncido—, ¿eso era verdad?

La señora Voss me lanza una mirada que me recuerda a mi madre.

—Sí, Isabel. Tenías que hacer el trabajo y técnicamente no lo has hecho.

—Cierto —admito, con una mueca de disgusto—. Y… en cuanto a… robótica…

—Sí, tendrás que reservar algo de tiempo para eso esta semana. —Oh, ¡genial! Justo lo que quería: más deberes. Ya pasé la mayor parte de la noche tratando de ignorar la quedada de brochas de maquillaje en la que mis amigas «olvidaron» incluirme. («Supusimos que estabas ocupada, ¡¡pero podemos quedar el jueves!!», dijeron, como si yo pudiera ir a Van Nuys una noche entre semana).

»El equipo esperará ver algún tipo de esquema —continúa la señora Voss—, al que espero que dediques un poco más de tiempo que a la catapulta. Las pruebas son el viernes por la tarde.

—Guay —digo con desgana.

La señora Voss me apoya una mano en el hombro en señal de simpatía, lo que no deja de ser irónico, ya que todo esto es obra suya.

—Te ayudaré en lo que necesites —me asegura—. Si no te gusta, no pasa nada, lo has intentado. Pero si te gusta…

Se calla, se encoge de hombros y me lleva de vuelta a su clase.

—Si te gusta, entonces las dos podemos darnos por satisfechas al saber que tenía razón —dice, así que pongo los ojos en blanco, cedo a mis impulsos de adolescente anarquista y gruño en voz alta mientras entramos.

TEO

Dash: soy yo o esto es muy fácil

Teo: es fácil

Dash: sí, claro

Dash: pero mac está

Dash: ¿poniéndonos a prueba?

Dash: o

Dash: qué

Teo: cómo nos pondría a prueba mac

Dash: yo que sé, solo preguntaba

Dash: da igual

Teo: no, hablo en serio

Teo: de verdad que me gustaría oír tu respuesta

Teo: para ser sincero, estoy desesperado por oírla

Dash: vale, aquí va lo que pienso

Teo: oh genial, allá vamos

Dash: digamos que mac está algo así como… reclutando alumnos para una sociedad secreta.

Teo: por ahora vas bien

Dash: y esta es una de esas situaciones en las que se supone que debemos saber que pasa algo

Dash: como que estos no son los droides que estamos buscando

Dash: ese tipo de cosas

Teo: claro

Dash: y luego, ¿seguramente haya un código secreto?

Dash: aquí en algún lado

Teo: ¿como en el trabajo?

Dash:

Teo: guay guay, entonces, ¿cuál es el código?

Dash: ni idea

Dash: solo he llegado hasta ahí

Teo: bueno, no has llegado al final, pero has estado cerca

—¡Teo!

Levanto la vista cuando mi madre me llama desde alguna parte de la casa; seguramente desde el gimnasio de abajo. Su figura es muy importante para ella, algo que me dice con bastante más frecuencia de la que me gustaría. «Mi aspecto físico es mi trabajo», como ella dice, así que no hace falta que diga que estoy muy familiarizado (¿demasiado?) con los rigurosos entrenamientos y la rutina de diez pasos para el cuidado de la piel que la revista Self consideraría «sexy» y «exclusiva». Hay que reconocer que me alucina.

Dash: vale, pero creo que estoy tras una pista

Teo: sigue investigando

Teo: ahora vuelvo

Bajo corriendo las escaleras y atravieso el pasillo para encontrarme a mi madre con uno de esos espejos raros en los que un entrenador personal la orienta a través de su reflejo. Métricas en tiempo real, retransmisión, todo. La realidad virtual es una pasada, amigo. La bicicleta Peloton también está aquí, en algún sitio. Seguramente detrás del aparato de pilates.

—Teo —dice jadeando—. ¿Tienes todo preparado para mañana?

—Mamá, ya te he dicho que mañana no puedo ir.

—¿Qué? Pero si te encanta Vail.

—No es en Vail, es en Denver, y no es más que otra de las convenciones de papá. —Mi padre, que también se llama Mateo Luna, fundó una de las empresas de software más exitosas de la historia moderna, así que participa en muchas convenciones del sector. Con todos los programadores que intentan presentarle sus aplicaciones durante todo el día, hasta sus pausas para el café parecen un programa de Negociando con tiburones.

—Tengo algo el viernes —le recuerdo a mi madre—. No puedo faltar.

—¿Qué, un partido? ¿Ya?

—Eso es la semana que viene. El viernes son las pruebas de robótica.

—¿Eso de frikis? ¿Sigues haciendo eso?

—Mamá. —Está de broma, pues tampoco considera que lo que hace mi padre sea cosa de frikis, lo cual es bastante gracioso. Claro, las aplicaciones que hace ahora son populares entre influencers y famosos, pero él empezó escribiendo código, como yo.

—¿Qué? —dice, echándose hacia atrás la coleta húmeda—. Ahora los cerebritos están cañón, cariño…

—Mamá, de verdad que no puedo volver a tener esta conversación —me quejo, y ella me guiña un ojo, disfrutando como siempre de la oportunidad de burlarse de mí.

—¿No puedes tomarte el fin de semana? —pregunta, secándose el cuello con la toalla.

—El fin de semana, sí, pero el viernes no. —Son las pruebas. Sé que mi madre lo intenta, pero es incapaz de entender que básicamente soy el equipo de robótica. Llevo allí desde primero y mira, no es por ser un imbécil, pero básicamente todos los que son buenos en el equipo solo se presentaron porque yo los recluté. El resto: Kai, Emmett, Dash, incluso Justin, que al menos es bastante competente soldando para compensar sus otros defectos de personalidad, están aquí porque todos los años en los que he participado, Essex Academy Robotics ha sido el equipo a vencer. El año pasado incluso ganamos los Nacionales. Así que no es que esto sea lo más guay que hacer en otra escuela que no sea la nuestra.

—Bueno, no puedo dejarte aquí solo, cariño. Creo que la guía dice algo al respecto. —A mi madre le gusta bromear sobre una guía de crianza que no existe, que es básicamente un código para la crianza convencional. (Quiero a mi madre, pero los detalles de la maternidad no son lo suyo).

—Estaré bien —le aseguro—. Me quedo para hacer las pruebas de robótica. ¿De verdad te preocupa que vaya a montar alguna fiesta?

—¿Los niños siguen montando juergas? —comenta pensativa—. A estas alturas ya habrán pasado a algo más interesante.

—Nadie va a montar una fiesta —le recuerdo—. Eso es lo que estoy diciéndote. No habrá juergas.

—Teo. —Me apunta con el dedo—. ¿Estás haciéndote el listo conmigo?

—¿Contigo, mamá? Nunca.

Suspira y se limpia un poco de sudor de la frente.

—Sabes que te adoro —dice, con aspecto serio.

—Sí, lo sé.

—Probablemente demasiado.

—Sí.

—Y ambos sabemos que estás mintiendo. —Aunque se distrae con facilidad, no es descuidada. En aras de la eficacia, hemos desarrollado un sistema por el cual, si voy a hacer alguna trastada, cumplo sus condiciones previas: una, hacerlo en casa, donde la seguridad es estricta y las posibilidades de perder un miembro son mínimas; y dos, no ver ninguno de sus programas sin ella. En realidad, es una regla que no tiene nada que ver, pero está muy arraigada en mi cabeza.

—Te estoy ofreciendo una negación plausible —le recuerdo—. ¿No es mejor que… nos limitemos a seguir con el juego?

Me lanza una mirada de afectuosa advertencia.

—Y papá dijo que no pasaba nada si volaba el sábado —añado, lo cual es cierto. Aunque la relación con mi padre no es tan… fluida, supongo, tiene más motivos que mi madre para considerar las pruebas de robótica un asunto de vital importancia. Incluso llegado a su nivel de éxito, un punto en el que otros directores generales se habrían marchado a sus islas privadas o habrían sucumbido a su inevitable adicción al golf, Mateo Luna sigue seleccionando personalmente a sus propios equipos técnicos, incluso a los subcontratados y a los consultores a corto plazo. En pocas palabras, llevo la supervisión en la sangre. (Como en la jerga de la empresa, a menudo me pide que vuelva sobre nuestras conversaciones anteriores y nunca me envía mensajes de texto ni me llama, sino que me envía un ping. ¡Sinergia!).

—Ah, entonces bien —dice mamá. Eso es suficiente para tranquilizarla, como sospechaba que lo haría. Después de todo, mi padre es el estricto—. Pero la abuela vendrá a ver cómo estás, ¿vale?

—Vale. —Eso no es problema. La madre de mi madre, que vive en Beverly Hills, suele disfrutar de tres cosas en la vida: la buena comida, opinar y el estilo de Chanel posterior a Lagerfeld. Ella, al igual que mi madre, es en realidad más judía desde el punto de vista cultural («Jew-ish», como le gusta decir a mi madre) que estrictamente devota a la Biblia; en todo caso, se sentiría insultada si yo no me esforzara por marcar mi estatus entre mis iguales, por una mera cuestión de obligación social. Por otro lado, mi abuela vive en Miami y disfruta cocinando en casa, opinando y sintiendo una buena dosis de culpa católica. Quizás esto explique por qué mi madre y yo estamos dando vueltas a un tema del que nunca me habría librado ni siquiera intentándolo con mi padre.

—Vale, muy bien —dice mamá, dándome una palmadita en la mejilla—. Tú vete a tu pequeña convención de empollones y yo me reuniré contigo en el aeropuerto de Vail a primera hora.

—Denver.

—¿Mm?

—Denver, mamá, no Vail.

—Sí, sí. —Por un momento, parece distraída, luego me sonríe de repente, como si fuera un rayo de luz—. ¿Cómo he acabado con un chico tan listo, eh? —me pregunta con una risita, alborotándome el pelo—. Además, guapo.

—Para —me quejo, y ella me da un codazo.

—Haz los deberes —me dice—. Eso está en la guía.

—Sí, eso —le digo, dando media vuelta para que me dé un beso en la mejilla antes de que le pida a Siri que ponga en marcha su mezcla de música pop alternativa de los años 2000.

—¿Tailandés para cenar? —añade sobre los primeros acordes de Teenagers.

—Vale —contesto con un grito, subo las escaleras de dos en dos y dejo que la puerta se cierre tras de mí. En mi móvil hay unos ocho mensajes nuevos de Dash en los que continúa con su teoría de la conspiración, además de algo de Kai preocupado por el diseño de Neelam.

Agh, Neelam. No es que sea mala en lo que hace ni nada por el estilo, pero yo ya sé lo que hace falta para ganar. He estado en los Nacionales tres veces y ella dos. Le escribo algo genérico a Kai para que no se preocupe, aunque claro que lo hará, y vuelvo a mi conversación con Dash.

Teo: sí, entonces todo esto suena de fiar

Teo: otra cosa, ¿fiesta el viernes por la noche en mi casa después de las pruebas?

Dash: sííí

Dash: me apunto

* * *